lunes, 30 de enero de 2017

La terquedad del salmón.

Hay algo hermoso en su batalla contra la espuma que lo bate, los guijarros que lo golpean, la pendiente que desafía su salto. Aparece vigoroso a dos palmos del agua y deja que lo vean, luego se hunde y sigue nadando. Hasta que un gancho se introduce en su boca, y tira y desgarra, y lo aparta de su destino. Hoy he pensado en ese salmón capturado y expuesto en una vitrina, antes de ser despedazado y engullido. Muchos llegan, muchos otros fracasan. Como todos ellos, trato de permanecer alejado del anzuelo. Miro hacia adelante y aleteo. Algo me espera allí arriba, donde nace el río.
 
2017, cuarenta y seis años,  la mayoría de abjuraciones en vez de trabajo, porque la ruta se me ha hecho demasiado ardua. Pero luego pasa el tiempo, cambian las estaciones, y siempre vuelvo, movido por un impulso terco e inevitable; porque en ese lugar, contra la corriente y las sombras amenazantes de la ribera, me sigo sintiendo vivo.     

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