jueves, 6 de agosto de 2015

"Ve y pon un centinela", de Harper Lee. La conciencia como guía lectora.

Decir que se trataba este de un libro muy esperado es algo más que un tópico y requiere de algunos matices. Se aguardaba su publicación, sí, pero únicamente para impugnarla, con el colmillo bien afilado y el argumentario habitual en perfecto estado de uso. Bastaba ver los profusos reportajes que anunciaron su existencia acompañándola de "rigurosas" especulaciones acerca del estado mental de la autora y su capacidad o incapacidad de autorizar la publicación. Ni siquiera se reproducía el viejo debate sobre la medida en que debiera respetarse la voluntad de los escritores (el "quémalo todo" de Kafka a Max Brod) y el eventual "derecho" que como público tendríamos a acceder a la obra inédita; no, se daba por hecho que nos encontrábamos ante una mera operación comercial al amparo del desvalimiento de Harper Lee, anciana enferma e internada en una residencia. Difícil, por tanto, se presentaba la tarea lectora para quien mínimamente hubiese recibido información sobre el libro, como si los medios periodísticos hubiesen apostado un centinela entre sus páginas para recordarnos en todo momento el supuesto artificio.
 
De ahí el notable valor de esta novela, que a medida que avanza se abre paso sobre la hojarasca de un contexto, el de 2015, que no le pertenece. Y es que nos encontramos ante el resultado creativo paradójicamente más auténtico de una autora importante, su primer impulso literario, en el que se revela un trasfondo ético de indudable arraigo en lo más subjetivo. Es Harper Lee quien aparece en el libro, sola ante su vocación literaria, mientras que en "Matar a un ruiseñor" lo hace llevada de la mano de la industria editorial. Llevada con éxito, evidentemente, hasta la creación de un mito, lo cual no sólo no descalifica esta nueva obra, sino que la convierte en un complemento indispensable de la anterior.
 
Hemos de aclarar que "Ve y pon un centinela" se escribió antes que "Matar a un ruiseñor", pero no acabó de convencer a los editores, que sin embargo se sintieron atraídos por la historia que en aquélla se mencionaba acerca de un caso en el que Atticus había defendido a un negro acusado de violación. Le pidieron, pues, a Lee que desarrollase esa idea, lo que finalmente hizo con la repercusión que conocemos. Pero no debemos olvidar, por tanto, que su idea inicial era hablar del mundo en el que había crecido a través de la perspectiva de una mujer indudablemente avanzada para su tiempo, trasunto de la autora, que al regresar al lugar de su infancia se enfrentaba no sólo a los recuerdos, sino a la realidad de un universo áspero, cerrado, engañoso en su aparente bonhomía y amabilidad, intolerante e invasivo hasta la asfixia. Ese era, insistimos, el impulso creativo que hizo nacer a la novelista, y no el de la construcción mitológica del hombre de leyes justo, inteligente y bondadoso que acabaría por definir su obra.
 
Adentrarse, por tanto, en "Ve y pon un centinela" requiere, por seguir el lema del libro, que cada cual se deje guiar por su propia conciencia y trate de obviar el ruido que lo rodea. Lo que se puede encontrar de este modo es una novela valiente, de estilo ligero pero trasfondo denso, escrita con un tono nada pretencioso y ajustado a la personalidad de su protagonista, una joven en plena transición a la madurez que ve cómo el puñado de verdades que había recibido en su educación se caen de golpe y la dejan en un desamparo moral doloroso. El relato avanza lento y amable, a la manera en que la vida transcurre en la localidad de Maycomb, entre memorias infantiles y encuentros familiares o amistosos, todo ello a través de la mirada inteligente e irónica de una neoyorquina que aterriza en aquel territorio del pasado como procedente de otro siglo. Y aunque en no pocas escenas podemos advertir ya un sonido extraño de fondo, como un rechinar de puertas que nos indicase que nos en tan habitable la vivienda, las cosas se precipitan cuando es testigo de una reunión del Ku Klux Klan a la que asiste  Atticus. A partir de entonces se produce una quiebra no sólo en la visión del personaje, sino en el propio relato, que se ve cubierto de un tono sombrío culminado con maestría en una de las conversaciones más memorables que uno recuerda en letra impresa, aquella donde padre e hija contraponen sus posturas de una manera tan correcta como descarnada, y que no sólo está resuelta con maestría, sino que se proyecta más allá de la novela para, muchos años después, interpelar al lector contemporáneo. Discrepamos, por tanto, de quienes sorprendentemente han señalado que el libro desfallece al final -como si de alguna manera hubiesen encontrado la excusa argumentativa para ratificar su prejuicio-; bien al contrario, alza el vuelo y se convierte en una reflexión artística acerca de un problema eterno: el miedo a los otros -que no es otra cosa que miedo a la diversidad misma-, traducido en la intolerancia con que  se cierran filas en torno a supuestos valores y se les veda el acceso a nuestro mundo cercado.
 
Las ideas que Atticus expone nos resultan desgraciadamente familiares: partidario de una sociedad 'libre' y sin embargo fuertemente estructurada -la mezquindad de esa contradicción es lo que la vuelve impracticable: se rechaza la intervención estatal... salvo en defensa de una serie de reglas morales que a cierto sector de población interesan-, respeta y apoya que los negros organicen su vida como quieran pero siempre y cuando no lleguen a inmiscuirse en el devenir social, y ello con el argumento de que se trata de un pueblo poco desarrollado, primario e imprevisible, en definitiva. Pero sobre todo mayoritario, de ahí su peligro. ¿Te imaginas que nos gobernasen?, le pregunta a su hija. De este modo, él nunca estaría de acuerdo con el fuego y los linchamientos, pero tampoco deja de apoyar a quienes los promueven pretextando que es el único modo de conservar el orden. La exclusión se hace así necesaria, y la violencia, en último término, puede calificarse como mero exceso de una postura moralmente correcta.
 
Más allá de los términos del debate, lo que esta buena novela nos muestra es el dolor de descubrir que había una parte importante de la realidad que se le había hurtado a la protagonista a lo largo de su infancia. Que aquellos buenos recuerdos, aquel sistema armonizado en aras de la felicidad, estaban  protegidos por un muro que los aislaba del espanto. La rebelde y juguetona scout se vuelve adulta de golpe, y aunque el final del libro huye de excesivos aspavientos, nos deja un rastro inequívoco de pesadumbre. Por eso y por todo podemos situarlo a la altura de "Matar..." como su perfecto complementario. Sólo así apreciaremos cuánto había de verdad en "Ve y pon...", y de genial, perfecto artificio en el otro. Para siempre nos quedaremos con la figura memorable de Atticus Finch como encarnación de los mejores valores de una profesión, la abogacía, que mal que nos pese escenifica uno de los mayores logros del ser humano: la justicia reglada; pero también aceptaremos que aquel héroe no puede ya entenderse sin esta oscura y sorprendente indagación en sus motivaciones. De ahí que carezca de sentido la acusación que asimismo se formula contra la autora acerca de la destrucción de un patrimonio simbólico que ya no le pertenecía, había pasado a manos del público lector y espectador de la brillante adaptación cinematográfica de la primera (en realidad segunda) novela. Atticus Finch, ahora lo sabemos, es el caballero que rechaza la arbitrariedad y se pone del lado de la ley; pero también el que precisa que esa ley lo proteja frente a la incertidumbre. "Matar a un ruiseñor" era el relato apacible de un noble defensor de los negros desde una inequívoca posición de supremacía; "Ve y pon un centinela", el de una mujer que levanta el velo de una sociedad maniquea, y que visto desde el siglo veinte adquiere un valor añadido: encendemos la televisión, o entramos en la red, y vemos cómo prosiguen los abusos raciales, y la violencia contra las mujeres, quizá más virulenta que nunca. Y nos damos cuenta de que frente a ello no necesitamos de brillantes defensores del caso concreto dentro del sistema; sino de figuras valientes que vayan a la raíz del problema. Puede que entonces nos sorprendamos al entender que el verdadero tótem heroico de estas novelas era la pequeña Scout.
 
Recomendamos, pues, que los lectores/as acudan al libro desprovistos de prejuicios, guiados por el centinela de su propia conciencia, y que disfruten del reencuentro con una autora que se revela ahora aún más importante de lo que nos parecía. Tal vez deberíamos preguntarnos por qué dejó de escribir tras el éxito de aquella novela generadora de un mito capaz de devorarla; y si ahora, en vez de ser "utilizada", no se estará riendo en alguna parte por haber podido, al fin, hacernos llegar su palabra.
 

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