sábado, 15 de junio de 2013

"Henry y Cato", de Iris Murdoch. La humanidad entera dentro de un libro.

Hablemos primero del sello editorial que tiene a bien ofrecernos joyas como ésta. Impedimenta posee algo del poder de fascinación de esas pastelerías repletas de formas y colores que atraen nuestra atención, nos invitan a acercarnos, contemplar con gula sus creaciones y finalmente -ay- entrar. Sin necesidad de ampararse en alguna clase de manifiesto, lo cierto es que se han empeñado en alegrarnos la vida y educar nuestro sentido estético especializándose en lo que podríamos etiquetar como "novela encantadora". Nos referimos a esa clase de libros que leemos con el máximo interés por sus hechuras de clásicos, que no renuncian a la forma elaborada pero tampoco a la narratividad, que se abren una y otra vez con pasión hasta que los terminamos y cerramos con una sonrisa en la boca, que hablan de nuestro lugar en el mundo -no siempre bien situado- y nuestros sentimientos más universales, que nos ofrecen personajes inolvidables y escenas arrebatadoras, estremecimiento y diversión. Es cierto que en su mayoría son anglosajones y del siglo pasado, pero más allá de épocas o países lo que los une es una misma concepción, tan profunda como hedonista, de la literatura. 

Así las cosas no podía faltar en su catálogo la maravillosa Iris Murdoch. Entrañable para el que escribe, porque las reseñas de este blog comenzaron por ella, y el hecho de que "Henry y Cato" aparezca ahora en el mercado editorial español supone para mí reencontrarme con una amiga y mentora literaria, que desde allí donde descansa me enseñó unas cuantas cosas sobre la lectura y la escritura. Esta es, como la mayoría de sus novelas, un prodigioso compendio de técnicas, estilos y contenidos. Engancha al lector desde sus primeras páginas, con una puesta en escena de los personajes que sugiere misterios y peripecias de corte tradicional, pero en seguida nos pone a prueba con un desarrollo demorado, digresivo, y una prosa de una riqueza y soltura poco habituales, que se permite larguísimas descripciones a la manera antigua, exploraciones intimistas, diálogos extensos de un sorprendente sabor real  -que no precisa sostenerse en modismos-, análisis que la acercan al ensayo filosófico... Llegamos a las ciento cincuenta páginas y aún nos está presentando a los actores de este drama existencial, de forma que cuando empezamos a preguntarnos si la autora no se habrá perdido en su propia indagación, determinados episodios "tiran" de la trama y comienzan a encajar las cosas. Murdoch no es una escritora frívola, y sabe que la vida, cualquier vida, no admite ser encasillada en un puñado de líneas. "Henry y Cato" nos hace recordar esa peculiar forma de conocimiento que -no siempre- constituye la literatura: no se trata de una "historia", sino de una tesis narrativa sobre una serie de personajes que, sin embargo, nunca ponen su humanidad al servicio de una idea de esa deidad que los construye desde una limitada omnisciencia. Novela profusa, incasable, que pega un puñetazo en la mesa de nuestro tibio mundo de mensajes cortos y reclama la dignidad maltrecha de un viejo arte. 

En este caso se trata de la fe y la familia, nada menos -¿como tratar tales temas si no con el respeto que simboliza la extensión del libro?-, la construcción de la identidad en un entorno sutilmente opresivo, el amor y el dinero. Muchas de las grandes obras de la historia literaria se ocupan de uno solo de esos temas, pero Iris Murdoch los coge todos y los mezcla con el justo azar y el justo cálculo. No cabe duda de que muchas de sus páginas obedecen a esa escritura instintiva que con frecuencia acompaña al temperamento artístico, pero al mismo tiempo hay un guión subterráneo que no abandona a su suerte a los personajes. Porque ambos tienen algo importante que aprender: la pasión amorosa -enfrentada a la fe- y sus peligros, en un caso; la apertura al mundo superando los rencores mal cicatrizados de la juventud, en el otro.  Una serie de sucesos van empujando a Henry y Cato en direcciones confluentes, y sólo cuando su trayectoria se une consiguen salir del laberinto de sí mismos, reconocerse y reconocer a los otros. La trama tiene un final íntimo, puramente psicológico, pero también una resolución fáctica que nada debe envidiar a los grandes creadores de intrigas. 

Tan entretenido como intelectualmente ambicioso, este título puede situarse a la altura de sus mayores logros, y permite que nuevos lectores/as se incorporen al inimitable universo de la autora, retador sin dejar nunca de ser entretenido. Hablamos de literatura, simplemente. Lo que ocurre es que de verla tan poco llegamos a olvidar lo que era. "Henry y Cato", por ejemplo.

domingo, 28 de abril de 2013

“Local”, de Brian Wood y Ryan Kelly. El mapa de la vida.


Son tan pocas las ocasiones en que uno se encuentra con un cómic –o novela gráfica- que aborde la ficción desde un punto de vista maduro, profundo y transversal en cuanto a la edad y sexo de sus destinatarios que no cabe sino manifestar entusiasmo ante la publicación de una obra como “Local”. La paradójica vitalidad editorial del género se contradice con su inflexible segmentación y limitados propósitos: la ficción superheróica, la pseudohistoria fantástica a rebufo de Tolkien y el amplio muestrario de traumas generacionales -ceñido a los que nacieron en los ochenta- que abunda en esos tomos de dibujo desmañado y tema único –“el mundo no me entiende”-.



La obra de Wood y Kelly recorre la vida de una chica errabunda, que afronta su destino como un viaje continuo a través de diversos estados americanos. En cada uno de ellos encuentra nuevos motivos para seguir huyendo, pero todos le dejan una huella experiencial que poco a poco la va conformando como adulta. Megan, la protagonista, se nos presenta con distancia y buen empleo del punto de vista, como en una tercera persona que se limitase a describir sin juzgar, al modo de la “omnisciencia limitada” de los maestros literarios de lo psicológico; lo cual da fe del respeto de los creadores hacia su personaje, pues no es éste mera excusa para desarrollar un discurso. Y es que ignoramos el porqué de ese deseo constante de seguir adelante sin tan siquiera tomar aliento, un deseo que -seguramente de forma apresurada- achacamos a la inconsciencia de la juventud, y que se contradice con la soledad que la persigue durante todo su recorrido, de la que intenta librarse en ocasiones de forma desesperada. “Local” es una gran obra sobre la soledad, y algunos de sus episodios resultan memorables a ese respecto. El cambio, la necesidad de empezar de cero, arrastra consigo el despojamiento de las relaciones personales que se han ido fraguando, y nuevos comienzos difíciles. Unas viñetas amplias, de gran expresividad -mediante el mero uso de blancos y negros- y afán figurativo se ponen al servicio de un guión tan inteligente como emotivo.


Cada capítulo se corresponde con una ciudad diferente, y con un una nueva experiencia de vida. Así se va dibujando un mapa en cuyo recorrido no resulta difícil identificar paisajes que cada lector, por su cuenta, ha transitado. Algunos de ellos constituyen excelentes relatos literarios, y su variedad temática hace la lectura muy entretenida: encontramos  una original historia romántica, un thriller de acción, varias peripecias intimistas sobre el desarraigo, conflictos generacionales, reflexiones sobre el paso del tiempo... Hasta llegar a un final en el que la memoria ocupa el primer plano y permite al personaje reconciliarse con lo vivido y consigo misma, porque todo viaje encierra dentro el deseo de retornar. Megan va cambiando ante nuestros ojos hasta convertirse en una mujer adulta, la vemos equivocarse, amar, reír, llorar y, en definitiva, crecer. Quizá es algo a lo que estamos acostumbrados en el cine o la literatura, pero no tanto en el cómic. La obra de Wood y Kelly marca una senda que deberían frecuentar más los editores españoles, al menos aquellos que deseen que el género trascienda el encasillamiento adolescente. 





lunes, 22 de abril de 2013

“La puerta entreabierta”, de Fernanda Kubbs. Salto mortal.


Cristina Fernández Cubas es una de las novelistas españolas “de culto” o “secretas” más destacadas. Términos tan manoseados que conviene aclarar: no se trata de que no sea conocida, no publique en una editorial prestigiosa o no reciba el aprecio de la crítica. El culto se refiere en esta ocasión a la distancia existente entre la calidad y accesibilidad de su obra y su presencia en los medios de comunicación. Es valorada, sí, pero muy lejos del nivel de otros “santones” de la literatura española. Seguramente contribuye a ello el hecho de que a lo largo de las últimas décadas se haya dedicado de manera silenciosa y persistente a la elaboración de su obra, sin apenas apariciones en periódicos o radio para opinar sobre cualquier cosa o ejercer de pseudoperiodista campechana –ahí están Millás o Rivas para cubrir esa plaza-. Autora de relatos, recogidos en el imprescindible ‘Todos los cuentos’, novelas y un tomo memorístico –‘Cosas que ya no existen’- se caracteriza por un estilo sencillo a través del cual, sin embargo, va urdiendo tramas de corte fantástico que transmiten tensión e inquietud al lector. Leerla es una experiencia siempre intrigante que nos remite a grandes clásicos por encima de géneros, desde los maestros decimonónicos de la literatura fantasmal a los igualmente notables creadores de tramas y enigmas de la época.

 
Tras un tiempo de silencio, que a ninguno de sus seguidores debe extrañar, ha regresado a las mesas de novedades con lo que constituye una decisión de riesgo: iniciar, bajo el nom de plume Fernanda Kubbs, una nueva línea narrativa que, siendo fiel en lo fundamental a su estilo, tono y presupuestos, supone sin embargo un giro temático lo suficientemente rupturista para que el resultado pueda suscitar opiniones encontradas. Y es que donde antes había una línea apenas definible entre realidad y fantasía, ahora se opta directamente por esta última: es la magia el centro del relato, magia de la que convierte unas cosas en otras, de la que exige conjuros y pruebas para ser invocada o superada, de la que recordamos en los cuentos infantiles y que, con el paso del tiempo, ha sido sustituida en la ficción por la ciencia. Semejante elección requiere una actitud singular en el lector, que en cierto modo siempre había estado presente en los títulos anteriores de la autora: debemos suspender el sentido de la verosimilitud de una manera similar a la que, en efecto, desarrollamos de niños. Y dicho planteamiento resulta inexcusable, no hay otros caminos interpretativos que nos permitan salir de la bola de cristal en la que la historia nos encierra. Es una apuesta a todo o nada que dice mucho sobre el vigor narrativo de una escritora que, lejos de conformarse con vivir de las rentas artísticas de una larga trayectoria, trata de reinventarse mediante una profundización en lo que de alguna manera ya estaba larvado en sus relatos y novelas.


Lamentablemente, por cuanto se trata de una de mis autoras predilectas, el tono mágico del libro me ha expulsado de la trama. Comienza muy bien, con ese realismo de fronteras neblinosas habitual en ella que nos va enredando y, de repente, se produce el salto –por lo demás excelentemente narrado-. A partir de entonces somos conscientes de que Cristina Fernández Cubas ha dado paso a Fernanda Kubbs, y debemos decidir, o mejor sentir si queremos acompañarla. No fue así en mi caso, porque la magia elimina todo aquello que resulta admirable en el relato fantástico: la sutileza, la ambigüedad, el decir entre líneas, la escena enigmática, lo que cada lector imagina que ocurre desde una posición activa frente al libro. Por el contrario, el cuento infantil leído en una edad adulta precisa de cierto acomodo mental que simplifica demasiado las cosas, y que sólo puede ser compensado por una trama novelesca llena de interés. Imagino que el triunfo de Harry Potter y productos similares procede precisamente de esto: los trabajos del héroe, sus batallas, incertidumbres y padecimientos sostienen las novelas, que tendrían mucho menos éxito si la línea argumental se redujese a la resolución de uno o dos percances. Tal ocurre en este libro de Fernanda Kubbs, donde las peripecias de la protagonista no dan para el entretenimiento del lector a lo largo de doscientas páginas. La historia, que no revelaré, permitía alguna clase de simbolismo kafkiano que le diese otro relieve, pero la autora se ha ceñido a la creación de un mundo fantasioso al que debemos acercarnos exclusivamente desde una mirada que recupere la ilusión infantil.


El propósito es admirable en lo que supone de vitalidad y ambición, máxime cuando hablamos de una escritora con estilo bien asentado. La propuesta, sin embargo, tiene mucho de salto al vacío. Habrá lectores que la reciban mejor que otros, y a Fernanda/Cristina corresponderá decidir si continúa esta vía recién abierta. En mi opinión, el libro de la magia debería cerrarse y volver a la estantería del cuarto oscuro donde estaba. Porque allí dentro, entre las sombras, seguro que ocurren muchas otras cosas.

domingo, 7 de abril de 2013

“Jinetes en la tormenta”, de Diego A. Manrique. Un gentleman en los camerinos.

Hay nombres en el periodismo ante los que uno, por elemental educación, debería ponerse en pie. Afortunadamente tenemos varios en España, y Diego A. Manrique es de los más notables. A la chita callando ha sido maestro de música popular de infinidad de lectores gracias a sus programas de radio y artículos en prensa, por lo que pasado el tiempo es de justicia sentirse agradecido con tipos como él. “Jinetes en la tormenta” (ay, había que haberse currado un poco más el título…) recopila un buen puñado de sus escritos musicales para El País. Su prosa es buen reflejo de un una personalidad amable, que no indiferente. Lejos de la malignidad de un Boyero, Manrique lanza educados dardos y manifiesta sus peros sin perder nunca las formas, y eso reafirma en su credibilidad –algo que parece no haber entendido el santón cinematográfico, al que se le están poniendo cara de candidato seguro a cualquier reality-show de los de broncas y odios eternos-.  
 
 
El libro aparece dividido en bloques temáticos que dan fe de los variados intereses del autor. Con perfil más rockero que popero, sus páginas recorren los grandes clásicos fundacionales, las bandas míticas, el territorio menos frecuentado del blues y el soul y los grandes fenómenos de nuestro tiempo. En ellas se aprecia una cierta nostalgia de los tiempos en que la autenticidad no era un marchamo publicitario, y una fascinación aún adolescente por la mitología de los rebeldes y malditos. Con el tono elegante marcha de la casa nos cuenta los años de locura de los setenta, la intrahistoria de los discos imperecederos o el ascenso, caída y sucesivas resurrecciones de los más veteranos. En sus análisis hay siempre agudeza, un saber ver más allá de las cifras de venta y las leyendas de origen a menudo incierto. Y este tomo, que indudablemente podría haber sido mucho más extenso, se devora más que se lee.
 
Mención aparte merecen las pequeñas venganzas periodísticas en las que se da cuenta del antes y el después de las entrevistas cuyo cuerpo apareció pulcramente editado en los papeles. Esos momentos previos y posteriores nos dicen mucho más de los personajes que sus estereotipadas declaraciones. Y agradecemos al periodista que conculque el secreto profesional, si existe tal cosa en esos casos, para desvelarnos lo que se esconde tras el biombo con que los jefes de prensa y agentes nos ofrecen a los artistas. Así descubrimos a un Lou Reed no simplemente borde, sino mucho más inseguro y quizá acomplejado de lo que imaginábamos, o a unos U2 apasionados que nos hacen refrenar las críticas que con tanta dedicación se han ido mereciendo.
 
Pequeña enciclopedia del rock con un índice onomástico de imprescindible uso, “Jinetes en la tormenta” nos permitirá cotillear en los desvanes de nuestros mitos y apreciar a otros que tal vez no había recabado nuestra atención. Muy recomendable (pese a la, ejem, clamorosa ausencia de Morrissey…).

jueves, 4 de abril de 2013

“Cuerpos extraños”, de Cynthia Ozick. Asuntos de familia.

Reconozco que el enraizamiento de un libro en el territorio bien asentado de la narrativa jamesiana me predispone a favor de su lectura. Así acudí a este “Cuerpos extraños”, que se anuncia además como una suerte de variación sobre “Los embajadores” del maestro, título maltratado en la única traducción disponible hasta hace poco en español, la de Antonio Prometeo-Moya en Montesinos. La novela de James marcaba un hito dentro de su trayectoria, formaba parte de la trilogía que junto a “Las alas de la paloma” y “La copa dorada” suponía la culminación de su estilo. “Los embajadores”, uno de sus títulos predilectos, era un verdadero concentrado químico de la prosa elusiva y las tramas punzantes a la vez que discretas del escritor. Lástima que aquella traducción poco menos que ilegible dificultase su acceso para el lector en español, aunque la propia editorial Montesinos ha tratado de enmendar el error con una nueva edición hace un par de años –aún no la he leído, no puedo opinar-.
 
El libro de Ozick parte del mismo basamento argumental: la embajada que se encomienda a su personaje principal, consistente en acudir a Paris al rescate del hijo descarriado de una familia americana. En este caso la protagonista es una mujer, y el joven huidizo,  su sobrino. Hasta aquí las concomitancias, y no era de esperar que fuesen más lejos al modo de esos experimentos postmodernos de relectura de los clásicos. Sin embargo podemos decir que se ha hecho flaco favor a la autora al insistir tanto en su inspiración jamesiana, pues donde en “Los embajadores” había un admirable ejercicio de exploración psicológica, y un análisis perfecto del clásico conflicto entre la América inocente y la Europa corrompida, nos encontramos aquí una historia intimista deslavazada, un pasar páginas aburrido, sin emoción estética ni pulso narrativo.
 
Narrada en una tercera persona omnisciente, alejada del hábil manejo del punto de vista por parte de James, y con ocasional empleo de las cartas entre la protagonista y su hermano o su sobrina, se nos presenta el viaje y la búsqueda como un mero asunto de familia que podría haber sido tratado en cualquier otra novela sentimental. Y es que el personaje, Bea, no se encuentra frente a la fascinación transformadora de un mundo nuevo, sino que aprovecha el encargo para saldar cuentas con su propio pasado: un amor que todavía hiere, unas relaciones familiares castradoras. La embajada aparece así como una excusa en la trama que podía haber sido sustituida por cualquier otra.
 
Escrita en una prosa correcta, con abundantes diálogos y epístolas que posibilitan en sentido del humor, pero carecen de relieve, echamos de menos el verdadero conflicto propio de la novela, dado que esa variación jamesiana no se plantea con un propósito estrictamente artístico. Pienso que a las cuidadísimas ediciones de Lumen, una editorial siempre a seguir que está rescatando autoras admirables del siglo pasado, no le hacen falta excesivos anclajes a los antecesores de sus lanzamientos. Y es que en la literatura, como en la vida, la familia puede ser un gran apoyo o una gran, insuperable carga.

martes, 2 de abril de 2013

Apuntes de 2013: lo que es "natural" y "no natural" para los perros.

Uno ya ha aprendido a olfatearlos recurriendo quizá a esa parte animal que nos es propia y frecuentemente olvidamos. Apenas se forma la reunión, la quedada o el encuentro espontáneo, los reconozco: ejemplares de macho alfa que se plantean la vida social como una oportunidad reiterada de subirse a no se sabe qué tarima y pontificar desde ella; una manera de demostrar lo hombres que son, y una asunción entusiasta del deber que alguna deidad les ha impuesto sin que los demás nos hayamos enterado: el de dirigir a las masas, sobre todo si son mujeres u hombres educados y pacientes. Quien más quien menos se los ha tropezado alguna vez y ha tenido que sufrir su tabarra. Puede que les dé por la cosa humorística, y como quiera que te rías ante la primera gracieta, en un gesto de cordialidad, estás perdido. A otros les da por el relato de hazañas laborales o empresariales, aderezadas por listados de posesiones y operaciones inmobiliarias (cada vez menos frecuentes, vaya por dios). Un tercer grupo no se complica tanto la vida y se limita a ejercitar su capacidad asombrosa para saber de todo, hablar de todo, dictaminar sobre todo y, ya de paso, bromear sobre todo con el inevitable tono de suficiencia de quien se reconoce como "el elegido" (?). Así que uno ya los olfatea: apenas comienzan las presentaciones entre las personas con las que vas a pasar la jornada de domingo, o la cena de sábado, detectas a uno de ellos y piensas: "ay madre". Rara vez te equivocas.


Cuando el macho alfa es propietario de perros, la lección magistral suele tener que ver con su adiestramiento. Es entonces cuando surge la cuestión sobre lo que es natural y no natural en nuestro trato con ellos, es decir, aquello que supuestamente respeta lo que los animales harían en estado salvaje, y aquello que lo contraviene y, en consecuencia, los perjudica. Las cosa está muy clara: es natural la obediencia, la respuesta sumisa al liderazgo, el entrenamiento para la defensa, las pruebas de agilidad y fuerza... No son naturales, por el contrario, los mimos, la ropita, los baños con tratamientos adecuados... Resumiendo, el cuidado.


Los cretinos de los que hablo, ciegos en su omnisciencia, no alcanzan a comprender el profundo prejuicio de género que guía sus opiniones: lo tradicionalmente masculino es "natural", lo que asociamos a lo femenino es "no natural", artificioso, prescindible. La coartada moral de este pensamiento se apoya en un supuesto estado originario de los perros en libertad, en manada... Y uno se pregunta dónde están esos animales asilvestrados,  si en los Picos de Europa o la Selva Negra alemana. Vivimos en un mundo urbano, lleno de edificios, calles y carreteras donde los perros no tienen posibilidad alguna de sobrevivir, así que discutir el asunto en términos comparativos con una realidad que no existe es, cuando menos, mistificador. El ser humano ha creado el modo de vida en que todos, racionales y no racionales, compartimos espacio. Para bien o para mal, las cosas son así. Dejemos a una manada de perros suelta e iremos recogiendo sus cadáveres en los arcenes. Ellos han estado siempre con nosotros, pero cuando inventamos la rueda comenzamos a ponerles las cosas más difíciles, y lo cierto es que siempre nos hemos ido adaptando. Así que el hecho de que cuidemos a nuestros perritos, les prodiguemos atenciones, nos preocupemos de que estén entretenidos con mordedores y otros juegos adecuados para sus capacidades, vigilemos su salud, les regalemos galletas, los acostemos a nuestro lado, les apliquemos tratamiento para el pelo o las almohadillas, etc., no es ni más ni menos que proporcionarles una vida feliz en este mundo al que los hemos traído, con estas reglas de juego que ni ellos ni nosotros vamos a poder cambiar. Cuestión diferente es el trato patológico que algunas personas les dispensan, esa "humanización" desaforada que puede acabar causándoles numerosos perjuicios orgánicos por vía de la alimentación, entre otras cosas. Pero nadie que quiera de verdad a su perro, y que tenga dos dedos de frente, confundirá el afecto y el cuidado con la expiación de frustraciones. 


Animo, pues, a que nadie se corte lo más mínimo con sus amigos caninos. De hecho, nada tan inteligente, cuando uno se encuentra con los machos alfa, que recurrir a la provocación y la irreverencia. Si uno de ellos se me acerca en plan "mira, este tío es abogao, parece un tipo serio y tiene una mascota, le voy a enseñar tres o cuatro cosas", a la pregunta "qué, así que tienes perro" lo más aconsejable es responder: "Eh, un momento. Mi Betty no es un perro. Es una princesita". A partir de ahí, podemos seguir hablando. 

“El mundo se va a acabar”, de Pauline en la Playa. Líneas de acuarela.



El divertido título del último disco de las Pauline, quizá un diagnóstico de actualidad o profecía de lo que nos espera, tiene un sentido paradójico, porque gracias a trabajos como éste nos damos cuenta de que, pese a todo, el mundo sigue vivo, resistente y con ganas de proteger y hacer que perdure aquello que nos engrandece. El arte, por ejemplo. Claro que hablar de arte para referirnos a la música popular quizá sea meterse en complicaciones innecesarias, pues muchas veces pecamos de racionalizarlo todo en exceso, cuando el pop es algo maravillosamente simple, directo y emotivo.
 
Así ocurre con “El mundo se va a acabar”, que puede encontrarse de salida con un prejuicio muy común entre los reseñistas: el de esperar que cada nuevo álbum de un artista suponga un volantazo en su estilo –como si crearlo y consolidarlo fuese sencillo- y alcance al oyente por el mero efecto sorpresa. Pauline en la Playa nos ofrece nuevos temas que siguen una línea de continuidad con anteriores títulos, si bien podemos apreciar ciertos matices de tono que los diferencian: la misma reposada poesía de “Silabario”, pero con más luz; el mismo acabado perfecto de “Física del equipaje”, pero con  mayor jovialidad y delicadeza en las melodías. Sólo son canciones, pero qué canciones. A la segunda escucha ya tarareas “El mundo se va acabar” o “Relevé”, y a la tercera ya te emocionan y acompañan composiciones tan hermosas como “Todas las flores”, “Aishiteru” o “Haiku para ir a marte”. “Acompañar” es quizá el verbo que mejor define el estilo paulino o pauliniano, y lo cierto es que la recurrente remisión a las Vainica para emparentarlo es buen reflejo de que nadie hace ni ha hecho en mucho tiempo lo que ellas. Estos temas como dichos en voz baja, con arreglos musicales al detalle y letras llenas de dibujos a la acuarela componen un universo personal y valioso como pocos en el pop español.
 
Otro aspecto de destacar es la actitud punk que desarrollan con respecto al amor, el amor en cuanto tema de una canción. Y digo punk porque lo más conservador hoy en día es persistir en la angustia, la separación, la apolillada mitología del corazón roto… Muchos autores han hecho una carrera lucrativa de todo ello. Pauline en la Playa nos habla de amores sosegados, cotidianos pero no por ello menos intensos, sin miedo a la ternura o al tono confesional, aunque suavizados los versos por el sentido del humor y sus peculiares invocaciones a la naturaleza o incluso a las encantadoras artesanías del hogar. Sólo un álbum de Pauline puede permitirse cerrar con un par de nanas deliciosas como “Haiku…” y “Monstruos del mar”.
 
Destacar, para concluir, el cameo que parece ya inevitable en el indie español (todos los discos deberían incluir una pegatina en portada aclarando si participa él o no… Con el paro que hay, ¡acaparador!): la voz honda de Nacho Vegas contrapuntea las de las chicas en un par de temas, y al igual que en el disco de Delafé, les añade sombra para bien.
 
Música para permanecer muchos años, para interpelarnos en las horas muertas, de fondo en el trabajo o como banda sonora de nuestros andurreos. Escuchando estas canciones uno acaba convenciéndose de que no, el mundo no se va a acabar.

jueves, 10 de enero de 2013

Apuntes de 2013. 'Action is my middle name'. Más sobre el disco de Bowie.

-Para promocionar su tour americano, Morrissey ha interpretado 'Action is my middle name'  en el programa de David Letterman. Bien producida en un disco que de momento no aparece en el horizonte (¿será acaso la segunda sorpresa agradable de 2013?), podría tener un agradable tono dulce que recordase a la época del 'Vauxhall and I'.  





-Llegan noticias aún más ilusionantes sobre el disco de Bowie. Según The Guardian, recogiendo declaraciones de Tony Visconti, el sonido de 'The Next Day' será bastante más rock, y a ratos vanguardista, de lo que anuncia el excelente single ahora adelantado. ¿Hay algo mejor de lo que estar pendiente? ¿De veras tenemos que olvidarnos de estas cosas y celebrar las décimas de déficit público que conseguirá reducir nuestro país a costa de la dignidad de la gente común -y dejando incólume a la gente menos común que precisamente ha provocado ese déficit-?


miércoles, 9 de enero de 2013

Apuntes de 2013. Los relatos de Luis Magrinyà.

En una reivindicación de lo mejor de su catálogo, el sello Caballo de Troya reeditó en 2011 los dos libros de relatos de Luis Magrinyà bajo el título "Cuentos de los noventa", en un grueso volumen de agradable tacto rústico que reúne al completo "Los aéreos" y "Belinda y el monstruo", además de otros aparecidos en revistas y que tienen el mayor interés para los lectores de un escritor tan notable como secreto. Esta clase de publicaciones está llamada a tener fugaz presencia en las librerías, como la de un delfín que salte ante nuestros ojos y se hunda en el mar de nuevo; podremos decir que lo hemos visto, pero al cabo del tiempo apenas lograremos describirlo. Ahí está la respuesta a la pregunta inquisitiva que se nos suele hacer a los compradores de libros: sí, ya sé que a veces adquirimos más de lo que nos aconsejaría nuestro ritmo de lectura, pero no lo hacemos con el carácter caprichoso o compulsivo que frecuentemente se nos imputa:, sino conscientes de que esos títulos que nos llevamos a casa tarde o temprano serán leídos, y que de no obrar así tendremos posteriormente bastantes dificultades para encontrarlos. Sí, se nos puede decir que todo está disponible hoy día en internet a través de la compra online, pero sigue sin haber nada comparable a la experiencia estética de entrar en una librería y localizar una de esas piezas deseadas que llevamos siempre en la cabeza o en un cuaderno. 


Magrinyà es un escritor esquivo, de prosa discursiva y próxima al 'grand style' anglosajón a través de la cual se nos plantean con ritmo pausado y levedad argumental los conflictos a que se ven sometidos sus personajes, siempre indecisos y a menudo indolentes. El tono ensayístico -más que narrativo- con el que sin embargo analiza algo tan propiamente novelístico como la vida privada constituye el rasgo característico de su estilo. Un estilo que puede hacer desfallecer a los lectores habituados a la simpleza, efectismo y rapidez de la narrativa contemporánea, pero que reserva el mayor disfrute literario para quienes persistan, pues más allá de tramas y escenas la escritura del autor crea por sí sola suspense y enigma: necesitamos seguir leyendo para saber adónde nos conduce, perseguimos las frases en busca de una resolución que lo es de previos razonamientos -y no de peripecias o aventuras-, y agradecemos la mínima recompensa que por vía de los hechos culmina la narración. He leído en estos días uno de los relatos no incluidos en los libros previos: 'Algunos puntos oscuros de la biografía de Mystère', y lo cierto es que merece colocarse a la altura de los mejores suyos. Mediante el recurso de la glosa a una falsa bio-bibliografía -algo que emplea también el abajo firmante en el todavía inacabado "Apuntes para una biografía del profesor Faure"- el autor nos introduce en una vida de una figura nebulosa, como suelen serlo sus personajes, a través del discurso racionalizado del narrador y, a su manera, nos cuenta una historia que se permite incluso terminar con una discreta vuelta de tuerca. Pero es la mera lectura de esta prosa tan personal lo que nos enriquece y acerca a la comprensión de lo que debe ser la literatura como expresión artística: un camino propio en la generación de sentido, conocimiento y placer estético. 

martes, 8 de enero de 2013

Apuntes de 2013. El lenguaje perdido de las grúas.

David Leavitt tituló así su excelente primera novela. Trataba sobre el tránsito a la madurez de un joven en la Nueva York de los noventa, y en mitad de una familia llena de secretos e imposturas. Hacia la mitad del libro había una escena memorable que rompía la coherencia argumental; desligada del resto de la historia, cristalizaba en ella sin embargo todo cuanto quería contar el libro: el bebé de una madre adolescente, fruto de una violación, se pasaba los días en su cuna, junto a la ventana, desatendido y mal alimentado, llorando constantemente. Pero de repente un día dejó de llorar, y a medida que fue pasando el tiempo ese silencio llamó la atención de los vecinos, que terminaron por avisar a los servicios sociales temerosos de que hubiese pasado algo. Cuando los bomberos derribaron la puerta descubrieron que el bebé había sido definitivamente abandonado. Permanecía en su cuna, y sin embargo se intentaba incorporar en una especie de gesto maquinal y extraño, con uno de los brazos extendidos y un movimiento repetido y en apariencia absurdo. Entonces alguien reparó en lo que se veía a través de la ventana, y que había constituido la única compañía y el único aprendizaje vital del desafortunado bebé: una grúa enorme, con un largo brazo que giraba transportando la carga en una obra cercana. La criatura había aprendido, por imitación, el lenguaje perdido de las grúas.

Recuerdo esa anécdota cada vez que veo a un niño pequeño, incapaz aún de la verdadera maldad, hacer ademán de agredir a un perrito o a un gato, aun por mera curiosidad, aun a modo de juego. No puedo hacerlo responsable: me basta observar a su padre para entender que también él ha aprendido, por imitación, un peligroso lenguaje secreto. Y que costará años de esfuerzo educativo enseñarle la empatía, la comprensión, el amor por los animales o incluso algo mucho más básico: la mera piedad.

Apuntes de 2013. Bowie ha vuelto !!!!!

La mejor noticia, sin duda, de este comienzo de año. Después de su larguísimo silencio, abierto a toda clase de especulaciones, ya nadie apostaba por un retorno musical. Ni siquiera la ceremonia olímpica, donde se le rindió homenaje, o la exposición que se inaugurará en el V&A Museum de Londres parecían reclamos suficientes para hacerlo salir a la luz. A ello debemos sumar la catarata de artículos y libros que trataban de desentrañar los motivos de su silencio. En su momento, tras leer la biografía de Paul Trynka, me apreció acertada la hipótesis de ese autor acerca del deseo más o menos persistente de Bowie por desaparecer, de tal modo que el problema cardiovascular y el nacimiento de su hija habrían sido las excusas perfectas para hacerlo, sin más. Claro que tratándose de una decisión comprensible y respetable en quien llevaba más de treinta años de intensa carrera, se echaba de menos una comunicación a sus seguidores, una despedida, al menos. Para empeorarlo todo, de cuando en cuando la prensa captaba una imagen suya paseando por Manhattan y al descubrir que no se trataba de Ziggy Stardust, sino de un hombre de sesenta y cinco años, se lanzaban a escribir sobre "su aspecto desmejorado" (y uno lo veía y se preguntaba dónde había que vender el alma para llegar a esa edad con semejante desmejoría). Una de las cuestiones que más llamaban la atención de ese enigmático retiro era la ausencia de noticias. En tiempos de internet, cuando todo se sabe, se filtra o se rumorea, nadie podía decir nada acerca de lo que él pensaba o hacía, lo que no dejaba de ser una pequeña victoria por su parte. Tal sólo Tony Visconti se pronunció hace unos meses para explicar que se veían de vez en cuando, intercambiaban discos y DVD's y charlaban como dos viejos amigos y dos señores de su edad... Ah, cabrito!!! Resulta que el bueno de Tony estaba produciendo su nuevo álbum, parece mentira que nadie se diese cuenta de que algo tramaban estos dos. De ahí que la sorpresa de este anuncio de nuevo álbum no pueda ser mayor, y más grata.


"The Next Day", título del disco, estará disponible en marzo. Podemos acceder al tracklist en Itunes, nada menos que diecisiete en la edición deluxe. Pero lo más importante es que con motivo de su cumpleaños, hoy día ocho, ha decidido publicar un nuevo single. Momento feliz, intenso como pocos, el de escuchar un tema nuevo de Bowie en estos primeros días de 2013. 

"Where are we now?" suena extraordinariamente bien. Recuerda un poco al tono de hours..., con aquel "Thursday's child" que lo precedió, pero es más melancólica y emocionante. Remite a sus años en Berlín, y en el vídeo podemos ver a un Bowie echando la vista atrás compungido. Se trata de un tema directo, auténtico y descarnado. El video ha sido dirigido por el artista Tony Oursler -que deja su huella en las figuras grotescas obtenidas mediante la proyección de imágenes sobre superficies ovaladas-, y muestra una creatividad que lo coloca al nivel de los mejores de su carrera. 

No podemos imaginar mejor regalo de reyes, y es de agradecer que estos tiempos oscuros regreso unos de los grandes artistas de nuestro tiempo.



sábado, 5 de enero de 2013

Apuntes de 2013. Gijón.

Hay lugares tan conectados con uno que siempre lo acompañan. Lugares a los que se vuelve siempre con emoción, y de los que se marcha con tristeza. El mío es esta ciudad que siempre contemplé como una tierra prometida. Paso unos días en ella y siento que me guiña un ojo, me da una palmada, me sonríe y me dice: te espero.






viernes, 4 de enero de 2013

Apuntes de 2013. La moda y el futuro.

Durante unos días accedo a canal plus, navego por los canales y caigo en Fashion Tv. Contemplo el backstage de diversos desfiles, entrevistas a profesionales del sector -diseñadores/as, modelos...-, reportajes sobre la elaboración de los últimos números de las revistas de referencia... Y entonces, de repente, uno se queda prendido de esas imágenes impactantes, admirado de la creatividad que ha exigido su elaboración, y de la admirable conjunción de elementos tan distintos: la luz y el color del paisaje, el atrezzo al servicio de una fantasía, el vestuario y el maquillaje de la modelo... No se limitan a "vender" ropa, sino que nos cuentan una historia de la manera más hermosa imaginable, fotografían nuestro presente y al mismo tiempo nos hablan del pasado y adelantan -los creadores más talentosos-, el futuro. La moda es una de las expresiones culturales más apasionantes, divertidas y vivaces del mundo contemporáneo. Y es de lamentar la mirada absurda, estrecha y paleta de algunas ideologías que continúan considerándola un vicio burgués. Cualquiera de estos días grises que nos esperan en 2013, un hombre o una mujer podrán sentirse dignos antes de salir a la calle en el mero gesto de felicidad procedente de una buena elección de vestuario; y de vuelta al hogar, o el fin de semana, se regalarán unos minutos de entretenimiento ojeando percheros, aun sin posibilidad de comprarse nada, o quizá sí, dando satisfacción entonces a meses de ahorro; y a lo largo de la semana habrá también momentos de café o espera en los que la compañía de una revista de moda espantará los fantasmas de la actualidad, tan llenos de palabras -recesión, deuda, hipoteca, quiebra, recorte...- con las que nos han obligado a sustituir las que de veras importan -amor, amistad, sonrisa, música, libro, arte...-. En tiempos en que la economía especulativa nos ha destruido deberíamos aprender a valorar el trabajo de sectores creativos y eficazmente productivos, como el de la moda, que además de generar riqueza y empleo dejan tras de sí un poso de belleza y una notable afirmación de nuestra potencialidad. Basta contemplar los millares de urbanizaciones vacías que recorren nuestro país para darnos cuenta de que nos hemos estado dedicando a la tarea equivocada, dirigidos por personas equivocadas y convertidos en grotescos personajes erróneos. No habiendo nada más que perder, podríamos plantearnos rectificar y empezar a entender que la cultura es el futuro. Ahí están las iniciativas, cada vez más frecuentes, de nuevos negocios relacionados con la creatividad, la producción artesana, la ecología... Claro que requieren formación, exigen trabajo sostenido, no te hacen rico en cinco días ni permiten con tanta facilidad practicar la corrupción y el fraude. Vamos, que muchos preferirán soñar con que volverá "lo de antes". Afortunadamente la realidad no les dejará decidir.

Apuntes de 2013. Catastrofismos.

Nunca como este año han sonado tal artificiosos los buenos deseos, copa de cava en mano, de los presentadores de televisión. Los responsables políticos, con la siempre servil, acrítica y descerebrada ayuda de los medios de comunicación, se han encargado ya, antes de los brindis del 1 de enero, de dejarnos claro que en 2013 no habrá esperanza. Cuesta entender tanta estupidez colectiva. Estos furibundos ataques de realismo en plena época navideña, cuando muchos sectores económicos dependen del buen ánimo con que se afronte el consumo, parecen responder a algún plan secreto de un villano de cómic -¿el joker quizás?-. Duele imaginar a alguien dejando de comprar, de invertir, de arriesgar, por el clima general tan inequívocamente pesimista que nos invade. No es tiempo de falsas esperanzas, por supuesto. Pero quitarnos la capacidad de soñar con un futuro mejor durante sólo cuarenta y ocho horas es algo innecesariamente cruel. Sin duda que no nos hubiese venido mal un poco de ese realismo cuando construíamos aeropuertos, centros de congresos y onanismos varios de arquitectos subvencionados.

jueves, 3 de enero de 2013

Apuntes de 2013: Navidades en Cold Confort Farm (Ed. Impedimenta)

Stella Gibbons nos recuerda que la gran literatura siempre ha brotado en el terreno ínfimo de los detalles: una descripción, un gesto, una escena sin aparente carga dramática. Las historias reunidas en este tomito encantador nos hablan de la soledad navideña -voluntaria a veces-, de emocionantes encuentros causales, de ilusiones hacia las que el año nuevo se muestra impiadoso... La obra de Gibbons debe leerse siempre con media sonrisa, y en un espacio cómodo y elegante que se haga merecedor del libro. A fin de cuentas la Navidad no es sino una excusa propicia para enterrar nuestra cobardía y actuar o, al menos, soñar. Incluso cuando fracasan, los personajes de estos relatos emprenden el vuelo y dibujan una trayectoria hermosa que tal vez lleve a ninguna parte, pero en ese instante mínimo nos regalan esperanza y belleza. No es un logro pequeño para una autora, aunque la visión de género que se esconde tras el canon La Haya situado en los desvanes de "lo femenino". Torpe propósito que los lectores se han encargado de dinamitar.

miércoles, 2 de enero de 2013

Apuntes de 2013: niños y niñas.

Hace poco leíamos en una revista que el catálogo de una importante firma de juguetes holandesa había aplicado el criterio de evitar imágenes sexistas en la presentación de los juguetes. Así, podía verse a un niño y una niña interactuando con una tabla de planchar, compartiendo tareas, en definitiva, que a esas edades se perciben como juegos.

No cabe esperar lo mismo de España, donde el sexismo en la vida pública y privada sigue presente, infranqueable, a pesar de las declaraciones vacuas de los departamentos políticos correspondientes. Nos hemos acercado a una librería a comprar los regalos de navidad y nos hemos encontrado con este par de cajitas de trucos de magia y otros entretenimientos:
 














Desde la misma portada ya se les enseña que hay cosas que pertenecen invariablemente a las chicas, y otras a los chicos. Incluso en la de éstos se deja bien claro que su contenido está vedado para ellas. Cuesta encontrar justificación a semejante estupidez, sobre todo cuando el interior, tan supuestamente marcado en cuanto al sexo, lo es si acaso por el impresentable subrayado del comerciante, y nada más.

Y al verlo no podemos evitar pensar que la historia de 2013, en lo que atañe a cuestiones como la igualdad o la violencia de género, ha comenzado a escribirse en la cubierta de estas cajitas de juegos.

martes, 1 de enero de 2013

Apuntes de 2013: dilemas.

Inicio con esta entrada una colección de "apuntes de 2013". La vida del blog, a lo largo del año que comienza, se verá liberada de la sobrecarga de trabajo que durante alguno de los precedentes me han supuesto las reseñas. No se trata de que lo anterior o lo nuevo sea más o menos acertado, sino de responder a las meras, y a veces apremiantes, necesidades de la vida y la literatura. 

2013 debe proporcionarme tiempo para mi formación y tiempo, sobre todo, para mi tercera novela, de ahí que vaya a frecuentar bastante menos el reseñismo: sólo acudiré a él cuando el mensaje precise ser comunicado al mundo con urgencia, ya sea para compartir un libro maravilloso o para evitar las tragedias que se derivarían, sin mi abnegada intervención, de la mala literatura. 

Si echamos la vista atrás debemos lamentar lo mucho que está transformando la realidad esta crisis económica. Siempre se mide el sufrimiento en estadísticas generales y en términos duales: desempleo y trabajo, por ejemplo. Pero más allá de ello hay muchos proyectos personales, fantasías, aspiraciones compartidas que se han venido abajo. Y quizá la mejor manera de afrontarlo consista en hacer compatible el esfuerzo por abrirse camino en el desastre y la capacidad de disfrute de lo cotidiano. No podemos perder la ilusión, el deslumbramiento y la sonrisa. Es algo, por ejemplo, que constantemente trata de enseñarnos nuestra perrilla: mira, aquí estoy, tumbada en este único punto de la casa donde ahora mismo da el sol, ¿cabe desear algo más?. Claro que no.

Volviendo a la escritura, de nuevo se presenta ante mí el dilema géminis que me ha acompañado toda la vida. Nunca he creído demasiado en los signos zodiacales, pero a medida que he ido escuchando a otras personas que los tienen en mayor estima, no dejo de sorprenderme de lo mucho que el mío habla de mí. Los géminis vivimos encarando siempre el doble camino, el punto de bifurcación. Y damos unos pasitos en la dirección que escogemos, pero apenas iniciados empezamos a pensar si no nos habremos equivocado, y entonces se nos ocurren mil argumentos con los que justificar que en realidad la buena era la otra... Para a continuación hacer lo mismo con el camino rectificado. Sólo cuando la cosa se hace ya irreversible aprendemos a aceptar nuestra decisión y trabajar por ella. 

Me encuentro a principios de año con dos posibles proyectos novelísticos, y debo elegir. Ambos serían previsiblemente extensos, así que no resultan compatibles. Empezaré con mis dudas y mis pasitos, y ya veremos. Cuando era niño solía jugar de portero de fútbol, por un lado me fascinaba su papel, la peculiaridad de sus movimientos, y la firmeza que debía transmitir -además de las equipaciones maravillosas de las estrellas de entonces: Arkonada, Urruti, Sempere...-; pero al mismo tiempo me abrumaba la responsabilidad, y debía reconocer que en mi elección pesaba también lo torpe y poco ágil que me sentía para ser jugador de campo. Recuerdo muchas horas de fútbol en la infancia, pegado a la portería, como un sufrimiento en espera de la amenaza de los delanteros contrarios, y como un anhelo secreto de poder estar allí en medio del campo y pelear por el balón, dar un pase, marcar un gol... Con los años me di cuenta de que el lugar en el que podía desempeñar un mejor papel era la portería; y el que más me divertía, el de los jugadores de campo. 

Quizá deba ahora aprender de aquello, observar los dos caminos que tengo ante mí y echar a andar por aquel en el que mejor me lo pase. Tan sencillo como eso. A veces Betty también tiene sus "momentos géminis": estamos jugando en el pasillo, yo le tiro la pelotita de tenis y ella corre, la coge con la boca y me la trae -es muy cómico ver cómo también intenta "tirarla"-; pero en ocasiones, cuando regresa con su pieza, se encuentra de repente en el trayecto con otro de sus muñecos, y se queda parada, confusa, como pensando "¿cuál de los dos me llevo?". Sin embargo el dilema dura apenas unos segundos: la pelota es lo que mas la divierte.

Pues eso.