martes, 18 de diciembre de 2012

Felicitación de navidad

Hay tantos motivos para sentirnos preocupados, temerosos, desolados... Que sólo por llevar la contraria propongo que seamos optimistas, alegres y felices. Que apartemos por un momento la rabia y nos concedamos la capacidad -tan atacada este año- de ilusionarnos.

Que pensemos en un 2013 donde, pese a todo, seguiremos teniendo a mano gente que nos quiere, y mil motivos para levantarnos cada día.

Que nos propongamos, en mitad de las muchas batallas que nos veremos obligados a librar, ser más dulces, amables y sensibles los unos con los otros (entre los cuales, claro, incluyo a los de cuatro patas...).

Pues eso: feliz navidad a todos y todas las se pasen por este blog. 


Os dejo con la pequeña postal de uno de esos recursos personales de los que he echado mano este año para sonreír:







Y con la canción que cerró la gira de The Human League -otro de esos truquitos para ir tirando-, buena excusa para desear que nada ni nadie nos robe el año que viene nuestros sueños eléctricos:



Mis temas pop favoritos de 2012

-"Last days of disco", de Saint Etienne:





-"Montauk", de Rufus Wainwright:





-"This story", de Nite Jewel:






-"Leaving", de Pet Shop Boys:





-"Sea fog", de Keane:





-"Walk on by", de El perro del mar:




-"Angels", de The XX:





-"The crying game", de Hannah Cohen:





-"Motion sickness", de Hot Chip.




-"Secundario", de Linda Mirada:




-"El evangelio (según Pablo)", de Grupo de Expertos Sol y Nieve:




-Y para acabar, una celebración de la compañía que la música nos hace siempre:





Libros, discos y pelis del año. ¡¡¡¡La listaaaaa… !!!!



Llega el fin de año, y un caballero bien educado debe necesariamente publicar su lista con la mejor recolecta cultural de los pasados meses. No puede decirse que literariamente haya sido una temporada memorable, especialmente si nos atenemos a las estrictas novedades, y no a las reediciones o relecturas de clásicos. El cine continúa bajo mínimos, hasta el punto que debo añadir la etiqueta “televisión” para incluir a las series, el territorio donde se está creando la gran narrativa audiovisual de nuestro tiempo. A uno y a otro lado quedan las películas comerciales que ofenden a la inteligencia (me refiero a sólo esas) y que piensan en un muy concreto consumidor de palomitas y nachos con salsa tóxica, o en los padres de familia que acuden a la sala con sus hijos a ver una de esas aberraciones animadas con dobles lecturas para complacer a ambos; y por el otro lado, las pifias cada vez más previsibles del llamado 'cine de autor', llenas de manierismos -silencios inverosímiles, planos suspendidos, lentitud y gravedad artificiosas...-. Afortunadamente la música pop sí que presenta vigor y diversidad, pese a la gigantesca reconversión industrial que está afrontando. Este ha sido para mí un año de pocas idas y venidas, así que no habrá sección de arte, porque las buenas exposiciones a las que pude acceder no resultan representativas del estado de cosas. Vamos allá:


-Cinco libros de 2012:

1.- “La jungla”, de Upton Sinclair (Capitán Swing). Novela total, dolorosa, imprescindible en estos tiempos y excelentemente escrita. De una complejidad que desmiente la impresión inicial de obra ideologizada. Un clásico para cualquier biblioteca de narrativa. Por cierto, atentos siempre a este sello editorial, que nos está dando verdaderas sorpresas y habla de la fortaleza de un sector a menudo encastillado en la comodidad.

2.- “Algún día este dolor te será útil”, de Peter Cameron (Libros del Asteroide). Una vuelta a la adolescencia, o mejor decir a la inadaptación en cuanto sentimiento universal, relatada con un tono amable de esos que acaba calando como por contagio. Libro con mejores resultados de lo que lo eran sus pretensiones, algo hay en su lectura que deja poso, y que no llegas a olvidar a pesar del tiempo.

3.-“La muerte llega a Pemberley”, de P.D. James (Ediciones B). Impresionante ejercicio literario de una autora que se transforma en otra (Austen) sin dejar de ser ella misma. Entretenida, brillante e involuntariamente reivindicativa de un género y un modo de hacer cultivado durante décadas.

4.- “Las razones de Georgina”, de Henry James (Navona). Cómo no incluir al maestro siempre que caiga en nuestras manos algo suyo. En este caso su indagación en la maldad resulta quizá más expresivo y áspero de lo habitual, lo que no deja de ser un regalo para los jamesianos. Obra menor en su trayectoria, es decir, mucho mayor que el noventa por ciento de lo que hoy se publica.

5.- “El fin de la raza blanca”, de Eugenia Rico (Páginas de Espuma). No ha recibido el eco que merecía esta notable colección de relatos llenos de emoción e intriga, y donde la autora maneja variados registros.


Mención especial a "Kallocaína", de Karyn Boye (Gallo Nero), novela inquietante que nos devuelve el género de la ciencia ficción distópica de ambiciones literarias, y a un ensayo excelente que he leído este año, aunque fue publicado hace unos cuantos: "Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables", de Elisabeth Loftus (Alba Editorial): un estudio sobre la falible capacidad de recordar y las escalofriantes consecuencias que comporta cuando el proceso judicial se fundamenta en ella. 



-Cinco discos pop de 2012:


1.- “Out of the game”, de Rufus Wainwright. Porque nadie escribe e interpreta como él, y porque con las escuchas este álbum puede colocarse a la altura de los dos Want o Poses. A destacar: “Montauk”, “Rashida” y “Bitter Tears”.

2.- “Words and music by Saint Etienne”. Excelente retorno que al abajo firmante le ha proporcionado un año de felicidad, con mi caja de la edición especial incluida y una pluma de la boa de Sarah Cracknell en ella tras la hábil pesca de mi chica a pie de escenario. Dos veces hemos podido verlos en directo en 2012, qué más pedir. A destacar: “Last days of disco”, “Over the border” y “I’ve got your music”.

3.- “One second of love”, de Nite Jewel. Un disco que no dejo de escuchar, y que uno intuye que pasará a formar parte de esa discoteca personal que te sigue acompañando con los años. Con apenas un single, el resto de temas son una maravilla de sensibilidad y delicadeza. A destacar: “This story”, “Memory Man”, “In the dark”.

4.- “La polinesia meridional”, de La Casa Azul. Enérgico y más maduro que nunca, pero sin renunciar a las melodías y estribillos memorables. El directo, una de las experiencias más impresionantes –por la conexión artista-fans- que puedan vivirse hoy día. A destacar: “La fiesta universal”, “Qué se siente al ser tan joven”, “Peter, Terry y yo”.

5.- “Con mi tiempo y el progreso”, de Linda Mirada. Otro disco adictivo, sencillo, aparentemente superficial -no nos engañemos: la ironía nunca lo es- e irresistible. Pop de siempre. A destacar: "Secundario", "Adicta a nivel internacional (un día más)" y "Mientras la música no pare".

Menciones especiales para "Thank you for the boots", de Maika Makovski y "El eje de la tierra", del Grupo de Expertos Sol y Nieve.



-Cine/series. Dejémoslo en series, habría que ser muy generoso para incluir una película...


1.- "The good wife" (2ª y 3ª temporadas): hace meses no me habría atrevido a ponerla en primer lugar, pero con las temporadas ha ido creciendo maravillosamente. Mucho más valiente, radical y diversa desde el punto de vista social y político de lo que aparenta su factura impecable. Guiones de un nivel apabullante, que consiguen ensamblar en cuarenta minutos grandes tramas generales con un "caso" que se plantea y resuelve en cada episodio. Personajes secundarios geniales que han ido comiéndose a la protagonista hasta convertirla en un catalizador de las apariciones de los otros. Inolvidables Will Gardner (el abogado brillante que sabe convivir con todos los claroscuros de la profesión), Diane Lockhart (más atormentada por la ética, pero tan tan elegante... que lo demás no importa), Cary Agos (el jurista cabroncete de toda la vida) y, sobre todo, Eli Gold (un maquiavelo cómico que nos provoca las mejores risas de la televisión reciente, aunque sólo para connoisseurs del cinismo). "The good wife", un buen ejemplo de lo que da de sí el gran teatro de la abogacía.

2.- "Sherlock" (2ª temporada): otra muestra de la eternidad de los clásicos, que admiten propuestas renovadoras que nacen de la fidelidad y la profunda comprensión hacia el original. Tan inteligente que, como el personaje protagonista, roza la insolencia. Sostenida por tres actores brutales: Benedict Cumberbatch -que se enfrenta al reto de encarnar a alguien mil veces interpretado, y vence...-, Martin Freeman -y es que Watson era, sobre todo, un buen tipo- y Adrew Scott -el primer Moriarty que de verdad acojona...-; y unos guiones que nos demuestran que la buena literatura no está sólo en los libros.

3.- "Black Mirror": lo más perturbador que uno haya visto en la tele, así de simple. Crítica social, futuros aterradores y unas cuantas escenas que ya nunca podrán borrarse de nuestra memoria. Debería quedarse así, perfecta, irrepetible en sus tres episodios.

4.- "Dowton Abbey" (3ª temporada): aún estamos con ella, pero es algo así como volver al hogar, un hogar tan confortable y encantador que disculpamos sus pequeñas grietas por donde entra el frío de lo previsible e incluso culebronero... Por mucho tiempo que pase, seguiremos necesitando este tipo de historias.

5.- "Mad Men" (5ª temporada): ocurre un poco como con la anterior, ha sido derrocada de los lugares más altos de la lista únicamente por el empuje de propuestas más arriesgadas, quizá como ella lo fue al principio. Aun así no decepciona, de hecho podría durar hasta la vejez del protagonista y seguiría mereciendo nuestra atención. En ésta Don Draper se humaniza, se equivoca, aprende lecciones... Y por detrás, como siempre, una fascinante panorámica social que nos habla del origen de muchos males que padecemos. Y quizá la única serie de televisión con una -aunque sutil- perspectiva de género, tan necesaria como plausible.


Mención especial a Damages (5ª temporada), que no incluyo simplemente por aquello de escoger cinco. Grandes capítulos con un clon de Julian Assange y una "madre de todas las batallas" entre la gran Patty y su discípula Ellen. El final, un poco apresurado, maniqueo y efectista la coloca fuera de la gran lista de Casoledo.



Peor o mejor cosecha que en años anteriores, lo cierto es que siempre hay un buen puñado de creaciones que nos hacen la vida más agradable.  Así que esperamos con ilusión las del año que viene, que en realidad serán sin duda lo mejor que nos ocurra en 2013, vistas las previsiones... 


domingo, 16 de diciembre de 2012

“El sentido de un final”, de Julian Barnes. El piloto automático.


Autor de brillante carrera y variedad de registros, Julian Barnes nos ofrece en esta última novela una narración sin nervio, escrita como con desgana, y en la que apenas reconocemos al autor en los chispazos de humor cínico que abundaban sobre todo en sus primeras obras. La historia se desarrolla en torno a dos únicos elementos: una voz y un episodio del pasado. Algo que hemos leído ya centenares de veces, y que requería quizá de un plus literario que Barnes no ha querido o podido aportar. Parece así que nos encontremos ante unos de los habituales ejemplos de escritor exitoso que, llegado cierto punto de su carrera, pone el piloto automático para conducirla sabedor de que todo lo que produzca será bien recibido –Auster podría ser el desgraciado ejemplo paradigmático-. No es cuestión de edad o trayectoria, sino de mera exigencia creativa.


El narrador de “El sentido de un final” –título transparente hasta rozar la simpleza, una vez que acabamos el libro- presenta el bien conocido tono arquetípico inglés, de una acidez divertida a ratos y fatigosa en otros, y se muestra como un escéptico que sacrifica la emotividad en aras de la ironía siempre que la ocasión se presta. Así las cosas, cuando el drama y el enigma unido a él aparecen en la historia, el autor apenas logra que nos sintamos interesados por su resolución; y es que los hechos, al igual que la voz, han sido ya mil veces leídos en otras novelas, lo que no quiere decir que el valor de éstas deba reducirse a la búsqueda de la originalidad argumental, pero hay muchas otras herramientas en la literatura que nos permiten disfrutar hasta de los mayores tópicos, de hacer, en definitiva, que lo antiguo suene como nuevo.


Da la impresión –aunque es aventurarse mucho- de que la idea originaria habría necesitado de un mayor reposo, de un crecimiento previo de los personajes, para que el camino a transitar una vez que comenzase la escritura gozase de mayor profundidad. Y es una lástima, porque en numerosas páginas encontramos muestras de la mejor prosa de Julian Barnes, y es de destacar el formidable arranque en el que se anticipan flashes de recuerdos que a lo largo del libro iremos reconociendo. Por lo demás, la novela cuestiona con cierta sutileza a esa juventud intelectual que tiende a sojuzgar el mundo desde la distancia de su propia y subjetiva consideración, y en ese sentido podemos afirmar que la realidad abre un buen tajo en toda la parafernalia filosófica de los personajes. Seguramente el mayo mérito de la novela, francamente escaso para un autor de la altura de Barnes, que desde la maravillosa “Arthur & George” se ha venido mostrando bastante liviano e irregular. Nada malo en sí mismo, pues exigir que cada paso de su recorrido sea memorable es una puerilidad; lo malo –y esto ya no depende del autor- es que desde los habituales medios de difusión de los autores de éxito se nos venda cada título como una obra maestra. Esta, desde luego, no lo es, lo que tampoco resta demasiado a su merecido prestigio.

"Enésima hoja", VV.AA.


Hay antologías que están llamadas a marcar época y a convertirse en referencia para apreciar el estado del arte en un tiempo y un lugar determinados, que no deja de ser una forma de entendernos a nosotros mismos en esas coordenadas espacio-temporales. Abundan las de poesía en la bibliografía española, y con frecuencia incurren en los mismos errores que las desvirtúan: el excesivo personalismo del compilador, que a través de las voz poética colectiva pretende reivindicar una individual: la suya; o bien la estrecha adscripción a una línea temática o estilística, a la manera de aquellas guerras entre poesía de la experiencia y de la diferencia que protagonizaron los últimos decenios, con resultado más bien estéril. Y es que, en realidad, difícilmente podemos recordar un solo título, más allá del lejano “Nueve novísimos”, que ocupe nuestras estanterías ofreciéndonos una fotografía fiable –por objetiva y rigurosa- del trabajo poetico que se hace en España.


“Enésima hoja” no nace, quizás, con ese propósito, y sin embargo se acerca a él mucho más de las que los intentos que la precedieron, incluido aquel volumen titulado “Ellas tienen la palabra” publicado en Hiperión a finales de los noventa. La presente antología, a cargo de Alicia Arés, sorprende por su frescura, ausencia de prejuicios y atención al único criterio que debe tenerse en cuenta en estos casos: la calidad de los poemas. Algo que se hace patente en el que constituye sin duda el mayor de sus valores: la diversidad. Encontramos en el libro realismo intimista, abstracción de raigambre centroeuropea, poesía de lo cotidiano e incluso puntuales jugueteos vanguardistas. La experiencia en la escritura y la publicación de las distintas autoras recogidas en la obra es muy distinta, así como su edad, temática y estilos.


Resulta innecesario subrayar que se trata de una antología de escritoras, ni repetir el viejo debate acerca de la existencia de una literatura específicamente femenina. La lectura de estos poemas pone de manifiesto que no caben etiquetas, taxonomías o uniformidades en la buena poesía. En este sentido es de destacar cómo alguna de las poetas se sirve del medio literario para reflexionar acerca de su condición de mujer, incluso desde una cierta militancia, mientras que para otras, con total libertad, tales preocupaciones se encuentran aparentemente ausentes. El amor, la soledad, la naturaleza y la lucha por la vida aparecen, no obstante, en muchas de ellas, aunque tambien hay espacio para la reflexión metaliteraria.


En tiempos de comercialidad previsible y alineamientos grupales, “Enésima hoja” nos devuelve el placer de leer de versos, de abrir el volumen por cualquier parte o saltar de unas autoras a otras con verdadera interactividad. A señalar también la excelente edición de Cuadernos del Laberinto, con una portada rompedora y contemporánea que termina por rematar un volumen hermoso. 

martes, 4 de diciembre de 2012

“Superzelda”, de Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. “Stieg Larsson antes de Millennium”, de Guillaume Lebeau y Frédéric Rébéna… Todo esto para qué.



El diálogo o trasvase de ideas entre las distintas expresiones artísticas ha dado en muchas ocasiones excelentes resultados. Adaptaciones cinematográficas que superaban al original, partituras que traducían una obra literaria al género operístico, manifestaciones plásticas que realizaban una lectura visual de determinados textos… Y viceversa, la literatura ha sabido a su vez beber de las muy diversas fuentes del arte en un contagio mutuo y enriquecedor. Lo que en cualquier caso caracteriza  a los mejores logros nacidos de dicho proceso es que la disciplina que incorpora influencias aledañas mantiene sus rasgos esenciales, esto es, continúa fiel a sí misma en cuanto a lenguaje y ambición, de tal forma que incorpora un valor creativo añadido a todo aquello en lo que se apoya. Entre los lectores habituales de novelas de terror no cabe duda de que “Insólito esplendor” de Stephen King tendría un notable valor, pero lo cierto es que la versión para la gran pantalla realizada por Kubrick, “El resplandor”, atesoraba identidad y mérito suficiente, desde parámetros estrictamente cinematográficos, para considerarla como una excelente película, desligada ya de su origen literario. Y lo era porque resultaba, ante todo, una creación inequívoca de su autor que manejaba con libertad y talento los medios expresivos de su arte.


Sirva esta introducción para contemplar sin prejuicios la edición de cómics y novelas gráficas, si es que realmente podemos distinguir ambos términos –cediendo quizá a lo que no es sino una estrategia comercial-, que se fundamentan en libros u otras fuentes relacionadas con lo literario. Así ocurre en los dos casos que comentamos, y en ambos el resultado es muy discutible.



“Superzelda”, desafortunado título, narra la vida de Zelda Fitzgerald con apoyo en biografías, textos propios de la autora y de su marido el novelista Scott Fiztgerald, además de otros testimonios indirectos procedentes tanto de escritos de los muy diversos autores que conocieron en su época como de testimonios posteriormente publicados. La labor documental es, en este sentido, ciertamente plausible por su exhaustividad, hasta el punto de que aparecen relatados buena parte de los episodios más importantes de su ajetreada existencia, pero también numerosas anécdotas y escenas confesionales. El propósito evidente del libro es informativo, el lector tiene la sensación de asistir a la recreación de unas vidas prácticamente “monitorizadas”, y los autores emplean una técnica contrapuntística interesante, cuando dentro de una misma viñeta se asoman escritores coetáneos a los protagonistas e intercalan opiniones acerca de ellos. La historia que se nos narra es la de una mujer “desenfadada” –categoría acuñada por la propia Zelda-, rebelde y apasionada por la vida, una luchadora en pos de la felicidad propia, alegre y optimista, que encontró quizá a su compañero y antagonista perfecto en Francis Scott Fitzgerald. Viajes, juergas interminables, alcohol, peleas terribles y solemnes reconciliaciones… Es inevitable incurrir en el tópico de la “espiral autodestructiva”, pero así parece que fue. El cómic nos pasea por los momentos deslumbrantes de París, Nueva York, Italia, la Costa Azul… para terminar en oscuros hospitales psiquiátricos y habitaciones solitarias donde la botella y un manuscrito eran la única agarradera. El punto de vista omnisciente hace que tanto ella como él ocupen similares espacios dentro de la obra, y aquí es donde comenzamos a detectar el problema. Después de un buen número de páginas meramente descriptivas del tipo “volvieron a París, alquilaron una casa en…, se pelearon, se separaron, ella comenzó a pintar, él escribió su libro…, se reconciliaron, fueron a Italia…”, uno tiene la sensación de que el propósito biográfico-informativo acaba por matar cualquier atisbo de arte que hubiese en el proyecto. A ello poco ayudan unas ilustraciones meramente funcionales, titubeantes incluso, en las que se hace difícil reconocer los rasgos de los personajes, y finalmente acabamos por preguntarnos, al leer la última página, qué es lo que ha aportado el formato cómic a esta historia. Y la respuesta es, simplemente, mayor inmediatez: en apenas un par de horas accedemos a la vida de Zelda Fitzgerald, la mitad o un tercio de los tardaríamos en leer una biografía. Claro que en este último supuesto sería nuestra imaginación la que recrearía paisajes y personas, en una posición sin duda mucho más activa, por lo que la novela gráfica aparece como una realización menor en la que el peso del guión ha lastrado a los pinceles. Hubiésemos deseado que la pericia y creatividad de un dibujante trasladasen a su lenguaje todo lo que aquella mujer adelantada a su tiempo, impugnadora de tópicos y dueña de sus decisiones –a menudo reprochables- dejó como legado cultural y vital. Sin embargo “Superzelda” se ha limitado a ahorrar a lectores perezosos el cada vez más minoritario placer de la letra impresa.



Pero si ese primer título es al menos loable por su minuciosidad, “Stieg Larsson antes de Millennium” raya lo extravagante. Apenas un puñado de páginas para dejarnos claro que Stieg estaba muy comprometido con las ideas revolucionarias. Y es una lástima porque, al contrario que en el caso anterior, aquí sí que encontramos buena mano en textos y viñetas, que parten de una metáfora animal para alertarnos de los peligros del fascismo. La vida de Larsson seguramente no fue tan resultona ni glamourosa como la de Zelda, pero tampoco podemos aceptar que pueda contarse de manera tan escueta. Hay un desequilibro patente entre el episodio africano que se relata –el novelista como instructor guerrillero, nada menos-, con unos diálogos tensos y dibujos esquemáticos e inquietantes, y los brochazos que emplean los autores para resumir –literalmente- el gran drama de su biografía: la dedicación obsesiva a la escritura de “Millennium” y el sorpresivo fallecimiento antes de que pudiese ser consciente de su éxito. Así pues volvemos a preguntarnos lo mismo, parafraseando a Lionel Shriver: todo esto para qué… Y la mejor prueba de ello consiste en que las páginas más apreciables de este cómic se encuentren en la cronología meramente textual que lo cierra.


En definitiva, la lectura de una novela gráfica debe suponer algo diferente, con atractivo propio, de un libro, un reportaje periodístico, la navegación por internet o un programa televisivo. De no ser así estamos minusvalorando un arte y convirtiéndolo en paradigma de la facilidad de acceso para lectores supuestamente muy ocupados. La larga tradición del tebeo no se merece tal cosa.