viernes, 30 de noviembre de 2012

Unas palabras de Phil Oakey. Paseos perrunos.

En una entrada anterior comenté mi devoción por The Human League, los Human League actuales, con su excelente y larga trayectoria, su encanto y elegancia y su admirable actitud de aceptación y carpe diem ante la vida.  Phil Oakey, el frontman, ha declarado hace poco en una entrevista:

"I'm healthier than I've ever been in my life because I've got a dog. Suddenly I'm a guy who can run up hills for three miles."
 
Su mujer es vegana y activista pro animales, así que este gentleman de la electrónica ha descubierto, a sus cincuenta y seis años, la fuente de salud y felicidad canina. Tener perro modifica, entre muchas otras cosas, la manera de ver y vivir tu ciudad. Esos paseos errabundos constituyen uno de los grandes placeres a los que podemos acceder, y a coste cero. Exigen, además, una actitud relajada, sin que nada que llevemos ya a cuestas en nuestra mente nos impida disfrutar del camino: el cielo abierto, la infinita diversidad de personas de vuelta a casa, las celdas de luz amarilla en los edificios, de noche, y el encuentro fortuito con otros perros -los olisqueos, juegos, rituales de respeto...-. Suele llegar un momento en que el pensamiento se libera por completo y nos hace creativos. A todos aquellos que tratamos de escribir, pintar, componer..., nos ha ocurrido alguna vez: la perfecta culminación eufórica de esos paseos consiste en regresar con una buena idea.
 
 
Seguramente Phil Oakey las tuvo en compañía de su perro, por los alrededores de Sheffield, durante el proceso de elaboración de su último y excepcional álbum, 'Credo'. Estos días están de gira por el Reino Unido para conmemorar su trigésimo quinto aniversario como banda. Es emocionante y enternecedor ver cómo agotan los aforos y la gente continúa, tanto tiempo después, entusiasmada. Recientemente el cascarrabias Morrissey ha dicho, con su retranca habitual -y que siga muchos años-, que le encanta Youtube: "así puedo ver monitorizada mi vida"... Se refería a la inmediatez con que sus seguidores suben cualquier vídeo que hayan grabado en un concierto, o por la calle, incluso aquellos en que el artista sale poco favorecido. Sin embargo los usuarios sólo podemos agradecer la posibilidad de "asistir" vicariamente a eventos maravillosos en cualquier lugar del mundo.
 
 
Así ha sido como me he sentido ocupando puesto en las primeras filas del XXXV Tour de The Human League. Aquí está el arranque del set list, con la música de la película Exodus como prólogo a la genial Sky de Credo (empieza en el minuto 2.30). Como suele suceder, el vídeo no tiene mucha calidad, pero sí que captura el pulso del momento:
 






Libros, música, alguien a quien queramos, y un perro: el secreto de la felicidad. Tantos siglos dando vueltas en torno a él y acabo de revelarlo aquí, en este humilde blog. Seguro que la posterioridad me lo reconocerá...
 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

“El arte de la duda”, de Gianrico Carofiglio. Todos necesitamos un plan.


Conocemos a Gianrico Carofiglio por sus novelas del abogado Guido Guerrieri, títulos en los que asistimos seguramente al crecimiento de un autor en formación. En ellas apunta pero no llega, las encontramos finalmente faltas de nervio narrativo y precisión, mas persistimos en su lectura. A veces el mayor logro que puede obtener un autor es el derecho a la segunda oportunidad.


En “El arte de la duda” se nos presenta otra faceta del autor relacionada con su prestigiosa labor de jurista.  Este libro tuvo una primera edición de carácter más técnico, pero fue tal la acogida entre el público en general, con independencia de su vínculo con la profesión de letrado, que decidió sacar a la luz una segunda versión más depurada de concreciones legales y centrada en el meollo del asunto. El cual consiste, como anuncia el título, en ese particularísimo “arte” de interrogar en el acto del juicio, interrogar para esclarecer la duda, pero dudando al mismo tiempo de los mecanismos que empleamos para alcanzar la verdad procesal. Un cuestionamiento que podemos señalar como el propósito último del ensayo, esto es, que quien se encuentra en la tesitura de formular preguntas en sede judicial reflexione previamente acerca del cómo y el porqué de su actuación.


Carofiglio parte de la aceptación básica de que aquello que se dilucida en el proceso no es la “verdad” absoluta o discutiblemente calificada como “real”, sino aquélla que sea posible alcanzar al tribunal a través de los diferentes elementos de juicio puestos a su disposición, desde los argumentos expuestos por los abogados o el fiscal a los diferentes medios de prueba. Entre estos alcanza un lugar relevante el interrogatorio, al cual los profesionales deben enfrentarse en no pocas ocasiones por voluntad ajena a la suya. Y lo cierto es que no existe práctica probatoria más abierta, peligrosa, intrigante e imprevisible. Es posible que carezca de toda fuerza, al no ser suficiente para contrarrestar lo que ya consta por elementos dotados de mayor fehaciencia, o bien que el juicio entero dependa de su resultado. Y ahí entra la habilidad de los juristas para sacar de ella lo que mejor convenga a sus intereses o, por el contrario, oscurecer o anular aquello que les perjudica.


El autor plantea de una manera detallada y realista los diferentes escenarios que se puede encontrar el litigante. En primer lugar centrándose en los distintos tipos de testigos o peritos a los que razonablemente deberá enfrentarse en algún momento de su carrera: desde los que saben mucho a los que no tienen ni idea de lo que hablan –y cuánto riesgo conllevan-, desde los que emplean conocimientos técnicos a los que declaran por meras referencias, los voluntarios y forzosos, los que en teoría van a ayudarte y los que, desde el primer momento, te aborrecen… Cada uno de ellos presenta sus peculiaridades, pero si algo tienen en común es el ser completamente impredecibles, y encerrar consiguientemente mucho más peligro del que pueda preverse. Todas las prevenciones son pocas, por lo tanto, y resulta fundamental planificar la práctica de esta prueba con el máximo detenimiento.


Y ahí es donde se centra el segundo de los aspectos desarrollados en el libro: Carifiglio expone los diferentes objetivos que deben buscarse en el interrogatorio, y que no siempre pasan por la destrucción de los argumentos del contrario, sino por metas más sutiles como la búsqueda de la contradicción, la minoración del alcance del testimonio, el ataque a la credibilidad misma de quien testifica… La labor de coordinación entre la tipología personal y la finalidad a conseguir exige ante todo sentido común y un cierto talento que seguramente no puede enseñarse en las escuelas de práctica jurídica, ni a través de libros como éste. Sin embargo su publicación resulta pertinente porque, al menos en países como el nuestro, son tantas las carencias de muchos de los ejercientes que no está de más cualquier iniciativa que los haga huir de los automatismos habituales con que se pasean por las salas de justicia.


Aun así no dejará de sorprender al lector que determinadas ideas de este ensayo, cercanas a la obviedad, necesiten de por sí ser transmitidas. Esto nos puede dar la medida de la sorprendente ineptitud con que defienden los intereses ajenos ciertos profesionales. Y es que lo mínimo que debe pedirse a quien dirige un pleito es un cierto sentido de la estrategia. El abogado litigador debe poner cualquier interés personal, su orgullo y sus prejuicios al servicio de la causa por la que debate: en ocasiones habrá de ponerse de perfil, y en otras subir al ring y golpear, lo importante, y quizá esa sea la mayor lección de este libro, es el resultado final, que funciona como un horizonte insoslayable en la actividad profesional.


Por lo demás, al reproducir interrogatorios de actas judiciales reales, la lectura se hace muy amena, lo que explica su éxito, y en numerosas páginas el Carofiglio ensayista y el narrador se confunden con excelente resultado.


Concluye el volumen con una hermosa cita de ese clásico de la literatura jurídica que es Norberto Bobbio: “La teoría de la argumentación rechaza las antítesis excesivamente tajantes: muestra que, entre la verdad absoluta de los dogmáticos y la renuncia a la verdad de los escépticos, hay lugar para las verdades susceptibles de ser sometidas a permanente revisión merced a la técnica consistente en aportar razones a favor y en contra. Sabe que, en cuanto los hombres dejan de creer en las buenas razones, empieza la violencia”.  Pocas definiciones tan acertadas del proceso judicial, ese pequeño teatro en el que cabe toda la humanidad, y donde aprendemos a diario que la razón y la dialéctica son el único modo digno de dirimir nuestras disputas. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

La Casa Azul y Saint Etienne en Murcia, 16 y 18 de noviembre de 2012. Las grietas de la realidad.


Con motivo de la publicación de su excelente “Words and music by Saint Etienne”, los londinenses han hablado en alguna entrevista sobre la capacidad del pop para proporcionarte instantes de felicidad de tres o cuatro minutos, que hoy día se prolongan eternamente gracias a la continuidad que podemos establecer en nuestro reproductor de mp3 con las listas de elaboración propia. Guille Milkiway también ha comentado, al sacar al mercado “La polinesia meridional”, que la idea de escapismo había estado muy presente en la confección del álbum.


Vivimos tiempos complicados, crueles incluso, y no tienen visos de mejorar en el medio plazo, tal vez incluso la pequeña evolución que vayan experimentando con los años apenas llegue para que nuestra felicidad vuelva a cifrarse en aspectos estrictamente materiales. Y sin embargo la vida sigue, el tiempo pasa y se va descontando de nuestro depósito. Está claro que, más allá de las discusiones político-económicas que suscite la crisis, la consigna a seguir en el futuro tendrá mucho ver con la felicidad de lo inmediato. Debemos ser conscientes de que cada pequeño momento de dicha es algo valioso e irrenunciable, por pereza que nos dé o riesgo –incluso económico, para qué asustarse cuando hay tan poco ya que perder- que nos cueste.


El pop siempre ha sido para el que suscribe un refugio de optimismo, sensibilidad y elegancia. La Casa Azul y Saint Etienne son, en sus respectivos estilos, maravillosos ejemplos de ello, y la semana pasada tuvimos la fortuna de que tocasen por aquí cerca. Poner sus discos o asistir a sus conciertos es abrir una grieta en la realidad asfixiante que nos rodea y colarse a través de ella. En muchas ocasiones he hablado ya del poder que tiene la música de Saint Etienne para rescatarme de cualquier sombra, de cualquier tropiezo, en especial esos segundos discos que han aparecido con las reediciones de sus álbumes, donde se muestran más delicadamente experimentales y renuncian casi al concepto de “canción” en favor de deliciosos momentos sonoros.



La Casa Azul es otra cosa, quizá menos sutil, más inmediata, pero también más profunda de lo que parece. “La polinesia meridional” es un estallido de euforia que esconde precisamente el miedo y la indignación frente a la realidad, una rebelión pop más sincera y convincente que muchas otras poses culturales. Ahora bien: el directo de Guille supera todo lo que hayamos visto antes en un aspecto muy concreto: la conexión con el público. Su puesta en escena es impactante: a pesar de tocar en locales de tamaño reducido, la pantalla donde proyecta cuidadas imágenes, y la escenografía robótica habitual, anuncian una frialdad electrónica que quiebra en cuanto los fans empiezan a cantar todas, absolutamente todas las canciones a voz en grito. Los que lo seguimos, pero no tan intensamente, nos vemos de repente envueltos en una especie de ceremonia eufórica que nos supera. Es algo emocionante y muy divertido. Arrancó con “Los chicos hoy saltarán a la pista”, y cuando comenzó la segunda, “Chicle cosmos”, apenas se oía ya su voz, la gente había tomado todo el protagonismo. Y así a lo largo del concierto: dialogando con él, solicitándole temas, haciéndole coros, supliendo sus ocasionales olvidos de letras antiguas… En varias ocasiones el cariño que transmite el público llega a ser sobrecogedor, y el propio artista se rompe, especialmente cuando pasa al piano y extrae el tuétano romántico de muchos de sus temas, sobreproducidos para la pista de baile. Sonaron todos sus clásicos, y brillaron los del disco nuevo que entrarán seguro en esa categoría: “Qué se siente al ser tan joven”, “Colisión inminente (Red lights, Red lights)” o “La fiesta Universal”. El concierto se alargó mucho más allá de los bises previstos (con una versión dance y alargada de “La revolución sexual”), y salimos de allí con esa alegría extenuante de las vivencias que recordaremos siempre.





Saint Etienne tocaban el domingo, y uno no dejaba de tener el presentimiento fúnebre de que los realmente fans íbamos a ser bastantes menos, que la mayoría de la gente no iba a reconocer muchos temas del set list, y que en definitiva no podría haber tanta conexión. Hablamos, claro, de unos ingleses más ingleses que la mermelada de naranja, es decir: repertorio cerrado, distancia, emotividades las justas… En esos casos lo mejor es abstraerse y pensar que están tocando sólo para ti, además estábamos en primera fila y no era cuestión de preocuparse por nada, sólo disfrutar.
 
Y así fue. El repertorio era el mismo del Primavera Sound –sólo eché en falta “Mario’s Cafe”-, aunque en distinto orden, pero al fin y al cabo es garantía segura, y en seguida la gente empezó a bailotear en el asiento. Para otra entrada dejaré el asunto de la organización de conciertos pop en auditorios con butacas, algo tan ridículo que sólo puede entenderse en un país como el nuestro, rebosante de contenedores culturales a los que no se sabe o se quiere dar contenido, y que acaban acogiendo toda clase de manifestaciones artísticas de valía –gracias a la nunca apreciada labor de los gestores culturales- en un espacio inadecuado. Pero el caso fue que a medida que iban cayendo los temas y se ponía en evidencia la profesionalidad de Sarah Cracknell, diva, glamourosa y entregada como si estuviese tocando frente a su fan club, Lovers Unite, el público fue respondiendo y unos cuantos valientes se echaron a un lado para acompañarla de pie. Pese a alguna crítica insidiosa que he leído últimamente, sonaron unos cuantos temas de su último álbum, al menos seis, los suficientes para que pueda considerarse reivindicado. Muestra indicativa de la buena acogida que está teniendo es la reacción de los asistentes ante “Tonight” o “I’ve got your music”.
 
Su disposición en el escenario es muy sencilla: Bob y Pete a las máquinas, en posición DJ, Sarah ejerciendo de entertainer con su vestido de lentejuelas y su boa de plumas, y Debsey haciendo coros y arropando el baile a la derecha. Suficiente para desgranar algunas de las piezas más joviales y encantadoras de la música popular reciente: Sylvie, Like a motorway, Who do you think you are, Nothing can stop us now, A good thing…, acompañadas por proyecciones de series y películas de los sesenta-setentaUno echa de menos alguno de sus mejores temas, quizá aquellos proco apropiados para el directo –especialmente un directo ante público no habitual-, como pueda ser el Last days of discode su último álbum, pero aun así el concierto fue memorable y la gente acabó de pie y entusiasmada ante el cierre, He’s on the phone.


Es hermoso y emocionante ver a tu grupo favorito, sobre todo cuando durante mucho tiempo temí que no llegase esa ocasión, porque andaban medio retirados. Este año es la segunda vez, y por años que pasen siempre recordaré estos momentos. Llamémoslo escapismo, huida a través de la grieta o, simplemente, felicidad.



P.D.: esto es amor y lo demás son tonterías. Pese a tenerme discretamente vigilado en lo que a las miraditas a la Cracknell se refería, Nuria tuvo el detalle de, apenas se retiraron, aproximarse al escenario y coger una de las plumas de la boa que se habían quedado en el suelo. Y que ahora permanece guardada, como un tesoro, en la caja de la edición para coleccionistas de “Words and music…”.







Por cierto, aviso para fans: la semana que viene se pone a la venta a través de cierto canal y a ciertas horas la versión US del disco, con un segundo CD de diez temas inéditos entre los que está el Jan Leemig que pudimos ver en un vídeo en el que se nos explicaba su composición. Como veis, el aviso es relativo: no concreto lugares ni fechas porque habrá que pelearse por él, y yo en esto, muchachos, no hago amigos…

El arte de la pose.


-Lorena Alvarez es entrevistada en el último Rock de Lux y se muestra como una excelente vendedora de sí misma. El indie lo admite todo, las tragaderas son infinitas, así que en este caso vale hacerse la paleta, la conservadora y, en un alarde de frivolidad provocadora que no pasa de descerebrada, la machista. Uno cada vez es más escéptico ante esta clase de productos, en los que no hay nada de espontaneidad, honestidad o como queramos llamarlo.


-Arturo Pérez Reverte: vuelve el macho man. Entrevista con Pepa Bueno en Yo Dona, y en numerosos otros medios, donde de nuevo se esfuerza por dejar claro que es la rencarnación literaria de Charles Bronson, claro que si la periodista empieza por calificarlo con algo tan previsible y servil como “guerrero curtido en mil batallas”, mal empezamos; y mal seguimos, porque durante el resto del reportaje la mujer se comporta como ante el emperador de Japón.

Nunca se ha visto a nadie con tanta habilidad para rentabilizar unos años de reporterismo que a Pérez Reverte, lo que al parecer le ha dado cédula de habitabilidad en la narrativa contemporánea. Bien es cierto que dentro de unos años nadie recordará su nombre, y menos aún sus novelas testosterónicas, ya sabéis, de testosterona cultureta. Porque además de un tipo duro, es muy muy culto, ha leído tanta literatura clásica y tanta historia que ¡ay de quien se le ocurra apuntar de lejos a la verdad!, es decir, que carece de las mínimas aptitudes para escribir novela. Ahora ha publicado una historia de amor -pero con dos cojones, eh…- en la que la protagonista femenina suelta esta frase que marcará un antes y un después, no ya en la literatura, sino en la ciencia antropológica, la psicología y los sexshops: "Él me mostró rincones oscuros que yo tenía"… ¡olé! En realidad el tipo es un autor clásico que enlaza con grandes creadores que han tratado previamente el tema de la mujer liberada sexualmente por un hombre: Fernando Esteso, Andrés Pajares, Mariano Ozores…, con títulos como “¡Caray con el divorcio!” o “El erótico enmascarado”.

La entrevista más adecuada para el guerrero sería una realizada por Mario Vaquerizo en la que éste, nada más verlo, lo saludase diciendo: “maricooón…”.


Discos últimos.


La cata más reciente en Spotify sigue sin dar grandes resultados, y en realidad resulta razonable que ocurra así, es mucho lo que se edita y poco lo que permanece, como en cualquier arte. Ahí van mis intentos:


-“Pale Fire”, de El perro del mar: se deja oír, es un pop agradable, quizá un poco sinsustancia, con una voz monocorde que no llega y temas que no pasan de resultones.

-“Beams”, de Matthew Dear: álbum enfocado a la pista de baile, con todo lo que ello supone de crisol de sonidos y estilos, me recuerda lejanamente al de Kindness, aunque con una interpretación envuelta en distorsión maquinal. Agradable como fondo de una fiestecilla, pero falto de emoción y carisma. Es un de tantos discos que entretiene y se nos olvidará.

-“Love this giant”, de David Byrne y St. Vicent: mira, no. Hace muchísimo que Byrne ha perdido el rumbo, y sus proyectos en colaboración suelen ganar puntos cuando aparece el acompañante, y perderlos en cuanto la voz cada vez más chirriante de él irrumpe para terminar de arruinar melodías deslavazadas. Al final se trata de hacer buenas canciones, y esto es lo que falta aquí. Una broma modernilla e intelectualoide.

-“Take the Crown”, de Robbie Williams: superproducción de las habituales, y como tal, falta de alma. No se puede decir que no contenga un puñado de temas buenos, pero desde luego que no añade nada a la discografía del irregular Williams. Una de sus carencias más frecuentes es la ausencia de una personalidad, un estilo definidor de cada álbum. Tan sólo destacan las composiciones mejor arropadas por arreglos solmenes, a la manera del último título que sacó con los Take That.

-“Tinsel and Lights”, de Tracey Thorn:  la larga tradición anglosajona de los “discos de navidad” ha ido acumulando un buen puñado de títulos clásicos, y es que, más allá de las etiquetas, suelen contener estupendas canciones. Este es el caso del último de Tracey, cuyo timbre tan familiar nos sugiere ya lo mejor apenas la escuchamos. Lejos de la previsible revisión de villancicos, encontramos en él muy buenos temas, de por sí delicados, pero a los que las notas características de la casa engrandecen: sentimiento, ternura y una desprejuiciada producción pop donde se nota la mano de Ben Watt.


-“Saint Etienne Present Songs For The Lyons Cornerhouse”: recopilación a cargo de Bob de un conjunto de canciones absolutamente memorables de lo que él llama la era “pre-rock and roll”. Mucha orquesta de los cincuenta, clásicos como Candilejas, The Great Pretender e interpretaciones vocales que te llevan a un mundo de caballeros trajeados y elegantes damas, un mundo nevoso e inocente, como debe ser la navidad. Quizá, sin pretenderlo, sea el mejor álbum que podemos escuchar en casa mientras nos dejamos llevar por esa agradable fantasía.

jueves, 22 de noviembre de 2012

"Normas de cortesía", de Amor Towles. Reglas de supervivencia.


En The art teacher, canción de Rufus Wainwright-seguramente una de las mejores de la historia de la música popular-, el intérprete, apoyándose únicamente en una secuencia de notas de piano con leves variaciones, relata cómo una mujer recuerda un amor de infancia, el único en realidad de toda su vida, o al menos el más auténtico y sincero. Lo hace frente a la contemplación de un cuadro de Turner, pintor favorito de aquel profesor de Arte que, en una visita al Metropolitan, se convirtió en objeto de su adoración. En el tiempo presente en que discurre la letra de la canción, ella contempla la pintura y contempla su vida acomodada, gracias a un matrimonio exitoso, pero reconoce que sólo hubo un hombre al que amó de veras: el profesor de arte que le habló de Turner por vez primera.



Traigo a colación este tema porque resulta inevitable resaltar las concomitancias entre la pieza de Wainwright y este Normas de cortesía, de Amor Towles. A una canción debemos pedirle la belleza inmediata, y a una novela, sin embargo, otro tipo de emoción estética ganada con lentitud y profundidad. Nos la ofrece este título a lo largo de casi una treintena de cortos capítulos agrupados también en cuatro secciones correspondientes a las estaciones del año. Todo arranca, como en The art teacher, con la contemplación de una fotografía en una exposición, resorte proustiano que proyecta la memoria de la narradora hacia finales de la década de los treinta en Nueva York, período de entreguerras en que la vida recuperaba un agradable pulso de hedonismo. El jazz, los clubes humeantes de tabaco, las posibilidades de exploración íntima en un ambiente de relajación moral, las luces del progreso que se había puesto de nuevo en marcha tras el crack del 29… Pero también los primeros atisbos de la sociedad despiadada que tomaría forma en los cincuenta y sesenta, tras el intervalo de una segunda guerra mundial cuya amenaza aparece asimismo en el horizonte de esta novela.


Normas de cortesía es una novela sobre la supervivencia en la gran ciudad, un asunto que ha terminado por convertirse en poco menos que un género literario, especialmente cuando el contexto en que discurren las historias es el de la mitología urbana por excelencia, Nueva York. Allí vienen a parar las dos protagonistas del libro, a las que se une un tercero para conformar una relación afectiva triangular que sin embargo se aleja de los tópicos habituales de la narrativa intimista. Y es que los sentimientos que se entreveran en la amistad de los personajes son tan reales y reconocibles que nos conmueven de por sí sin necesidad de acudir a escenas y giros argumentales mil veces vistos: hablamos de la compasión, del sentido de la lealtad, del sacrificio. Es decir, Towles no se limita a construir un dilema afectivo –dos chicas enfrentadas por un chico, pertinaz esquema machista de la novela tradicional-, sino que lo incardina en una realidad social, y en los avatares de la vida de los que ninguno nos encontramos libres. La narradora sabe que él es y será su único amor posible, pero su relación con la desafortunada rival, que la derrota por la vía de la piedad a causa de un accidente, no se desarrolla en una dinámica de enfrentamiento, sino de comprensión mutua y sincera amistad. El tercero en discordia, por otra parte, resulta finalmente ser algo más que un encantador y sofisticado galán: esconde también sus tormentos personales y la esclavitud social que le impone el arribismo. Una actitud esta última que no es ajena a la propia narradora, que contempla su historia desde una posición acomodada que invalida, por su parte, un juicio demasiado severo hacia los demás.


Escrita con un lenguaje sencillo pero sugerente, la novela logra introducirnos en el ambiente de la época y engancharnos con las peripecias de los personajes, abundantes en idas y venidas y encuentros fortuitos que expanden la trama en pequeñas ramas secundarias. Nos sitúa además frente a un verdadero problema moral, quizá irresoluble: el que surge cuando los sentimientos aparecen en el camino de las ambiciones, cuando se debe escoger entre la vía fácil, pero en soledad, o la difícil, pero en compañía. Para transitar por esos territorios tan complejos el personaje masculino se apoya en las Normas de Cortesía planteadas en un opúsculo por George Washington –y que se incluyen como apéndice al libro-; reglas de comportamiento público a las que las circunstancias obligan a violentar en privado. Aun así debemos mirar con nostalgia aquellos tiempos en que al menos procuraba seguirse un código: actualmente los que corrompen la vida social se desenvuelven sin el mínimo decoro. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

"Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo", VV.AA.


Para Baudelaire los dandis son “el último resplandor de heroísmo en la decadencia”, y los asimila al pueblo mitológico de los mirmidones -de ahí el título de este libro-, empeñados en obtener cosecha de tierras yermas, abandonadas por los dioses. Ambas referencias, que aparecen en los dos prólogos que anteceden a la variopinta colección de textos que componen el volumen, nos ponen ya sobre la pista de lo que constituye el propósito último y a su vez el mayor logro intelectual del mismo: un análisis nada superficial, y por lo tanto nada convencional, del movimiento dandi a lo largo de la historia. De la historia literaria, debemos decir, porque también se apuntan otros personajes y ámbitos culturales en que podemos encontrar excelentes ejemplos, desde el cine o la moda a la música pop.



Los iluminadores ensayos de Luis Antonio de Villena, Leticia García y Carlos Primo nos sitúan ante una corriente de pensamiento y acción cuya ideología de base más allá de la mera transgresión estética para convertirse en un aldabonazo ético en la grisura acomodada de la vida aristocrática, antaño, y pequeño-burguesa de las sociedades contemporáneas. Los autores se esfuerzan porque comprendamos que el dandi no se limita a vestir de una forma tan cuidada como original y a menudo extravagante, sino que orienta su vida de una forma igualmente retadora, que invoca los valores de la libertad y la diversidad, de ahí que en puridad los dandis nunca hayan constituido grupo, por mucho que las notables figuras individuales de cada época coincidiesen publicando en determinados medios –de los que la colección de Fashionable Novels  de la Inglaterra del XIX constituye su mejor ejemplo-. Y ese es otro de sus rasgos más fascinantes del movimiento: su persistencia a lo largo de los siglos, mudando quizá en formas de expresión, pero invulnerable a las crisis, las guerras o las transformaciones sociales. Los dandis siempre han estado con nosotros, y siempre podremos reconocer a uno de ellos en una frase, un atuendo o un gesto, con frecuencia no del todo calculados.

Esa línea de continuidad aparece bien reflejada en la excelente recopilación preparada por los coordinadores del libro. En ella encontramos fragmentos de obras literarias conscientemente dandis, donde el comportamiento de los protagonistas y su afilado lenguaje provocador dibujan el arquetipo del personaje desligándolo de su apariencia. Los autores escogidos son garantía de acierto: Disraeli, Thomas Carlyle, Huysmans, Bulwer-Lytton… Muchos de ellos  respondían precisamente al tipo humano que describen, por lo que no necesitan forzar la voz para acercarnos a ese mundo. Y junto a los textos narrativos se reúnen interesantes ensayos, que dan cuenta de la evolución histórica y la atracción permanente que los ha venido caracterizando, a cargo de nombres como Balzac, Virginia Woolf, Baudelaire, Camus, Alvaro Retama y Umbral. El volumen se cierra con una excelente muestra del periodismo narrativo que consagró a Tom Wolfe, donde explora los movimientos juveniles urbanos de los setenta más próximos al espíritu del dandismo. Únicamente echamos de menos al gran Oscar Wilde, cuyas obras de teatro y textos misceláneos abundan en perlas ejemplificadoras de lo mejor de esa corriente. No obstante quizá semejante elección hubiese sido muy previsible y aportaría poco, a estas alturas, al lector en lengua española, que pude acceder de mil maneras a la obra wildeana.

Debemos hacer referencia de nuevo a las oportunas introducciones de los coordinadores del libro y de Luis Antonio de Villena, el gran dandi de la literatura española contemporánea: ambos son de esos prólogos que uno no debe saltarse, pues nos proporcionan numerosas guías para mejor interpretar las muy diversas lecturas que anteceden. Lo cual, junto con las simpáticas ilustraciones de Marina Domínguez, de línea clara y desapego característicamente dandi, componen una maravillosa edición, de la que Capitán Swing ya nos tiene acostumbrados.

En definitiva, una recopilación tan rigurosa como entretenida, y cuya brillantez y encanto son más necesarios que nunca en estos tiempos lúgubres. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

“Olympe de Gouges”, de Catel y Bocquet.


La edad de oro de la novela gráfica, y la merecida consideración que por fin se está otorgando al cómic, hacen posible que podamos acceder a obras tan ambiciosas y meritorias como la presente. Ambiciosa por cuanto trata de abarcar la vida de una figura histórica de indudable pero apenas conocida relevancia, al menos fuera de su país. No debe extrañarnos cuando hablamos de una precursora del feminismo y defensora de las minorías raciales, además de novelista, dramaturga y ensayista política. Un personaje fascinante que deja en ridículo el empecinamiento contemporáneo por destacar únicamente a aquellas protagonistas de la historia que destacaron sobre todo, o al menos se nos muestra así, por sus pasionales amoríos con hombres por supuesto más importantes que ellas. Sobre esta clase de personalidades sí que abundan los biopics en pantalla o novela, pero la que ahora nos presentan Catel y Bocquet se hizo notar, ante todo, por su pensamiento, y por la valentía y astucia con que supo defenderlo.


El tomo tiene hechuras de gran superproducción ilustrada, con una estructura de pequeñas viñetas y primeros planos que favorecen el diálogo, aunque en ocasiones amplían su perspectiva para reflejar impresionantes escenas colectivas que invitan a detener la vista y disfrutar de los detalles. A través de las primeras hay un acercamiento a la psicología de los personajes, y mediante las segundas se nos ubica en la época de la Francia prerrevolucionaria. En unas y otras, sin embargo, los autores deslizan oportunas referencias históricas, y alusiones a los numerosos personajes secundarios, que nos permiten entender el sentido de lo que se cuenta, que es mucho. Etapa de cambios transcendentales para la historia de la humanidad, Olympe de Gouges fue testigo privilegiada e interviniente en la misma a través de una perspectiva diferente y más arriesgada. Es bien sabido, aunque sigue habiendo quien lo niega, claro, que la historia se ha escrito siempre sin o contra las mujeres. La protagonista de este libro trató de tomar el lápiz y pergeñar al menos algunos párrafos que pusiesen de manifiesto algo que ahora nos parece evidente: la igualdad entre ambos sexos. A través de su irónica pero necesaria “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” desvió el foco de las grandes tribulaciones revolucionarias y lo apuntó hacia la eterna cuestión pendiente. Pagó, como era de prever, un alto precio por ello.


Pero ahí queda su obra, e iniciativas editoriales tan afortunadas como ésta nos la recuerdan, algo especialmente pertinente en tiempos como los actuales, donde la desmemoria selectiva que conviene a determinados poderes trata de sembrar la especie de que los derechos de las mujeres nacieron por combustión espontánea, y crecieron por la magnanimidad de los caballeros. Cualquier cosa que proyecte un velo oscuro sobre el movimiento feminista que encendió el fuego.




La obra de Catel y Bocquet huye de dogmatismos y de un excesivo panegírico de la protagonista, a la que en ocasiones se nos presenta como una hábil manipuladora –es decir, como una persona, sin más-, y tiene el acierto de no detenerse exclusivamente en aquellos aspectos de su vida más llamativos o pegados a la imagen esquemática que podemos tener de ella. Por el contrario, tanto su entorno social y familiar como su propia evolución creativa e ideológica ocupan espacio constante entre los centenares de viñetas limpias que componen el libro. Esto hace que a veces la lectura pierda intensidad o efectismo, pero le da un doble valor como trabajo histórico, además de novela gráfica. Significativo es también que concluya con una interesante cronología y unas notas biográficas de los principales personajes que encontramos en la historia, páginas de consulta obligada para mejor entenderla.


Habiéndose publicado ya Kiki de Montparnasse en la misma colección, esperamos que Ediciones Sins Entido continúe con el proyecto de sacar al mercado excelente literatura gráfica con perspectiva de género. Excelentes libros, sin más. 

martes, 13 de noviembre de 2012

"Mi amor en vano", de Soledad Puértolas. La reinvención a través de la mirada.


Soledad Puértolas es una de nuestras novelistas más destacadas, poseedora de una voz personal que con el progresivo acomodamiento de muchos autores a los géneros de moda, según las épocas (histórico-políticos, de intriga, o de esa clase de realidad ficcionada que sigue la estela de Sebald), adquiere mayor valor a medida que pasa el tiempo y se mantiene fiel a su estilo y visión del mundo. Lejos ya de los fulgores de los grandes premios comerciales, ha encontrado cobijo en uno de los mejores rincones literarios del panorama editorial español: Anagrama, un cuarto propio donde puede ir trabajando sin prisa sus excelentes colecciones de relatos y novelas tan cuidadas como la presente.


“Mi amor en vano” no sorprenderá a los lectores habituales de Puértolas, aunque desde luego que no los defraudará, a la vez que puede hacerle ganar otros nuevos. Si acaso apreciamos una ligera variación técnica que se adecúa perfectamente al argumento de la novela. En otras ocasiones la autora elaboraba la narración en torno al pensamiento, la historia como sucesión de percepciones, a la manera de los grandes maestros de la literatura intimista –en su mayoría mujeres-, y ahora, sin dejar de hacerlo, ensaya una prosa más descriptiva al ritmo en que el narrador y protagonista se enfrenta a su regreso al mundo tras un grave accidente.


Claro que ese mundo ya no es el mismo de antes, pues se ha construido otro donde renacer en libertad. Pero ese territorio nuevo, concretado en un Centro de Rehabilitación, no es, a pesar de su aparente quietud, un universo inmóvil y previsible. Entregado al análisis y la contemplación, el protagonista irá descubriendo una serie de personajes que a la vez que agudizan su atención -y de alguna manera le permiten recobrar el interés por vivir-, también lo enfrentan a sus propios sentimientos, sus miedos y carencias, sus deseos de empezar de cero frente a una realidad que no por hallarse herido se muestra más piadosa con él. Recobrará la simpatía, el afecto y, en una trayectoria que recuerda el proceso de maduración humana, el amor y deseo junto con sus efectos secundarios, los celos. Al final Esteban vuelve a ser él, quizá sin alejarse tanto de sí mismo como había previsto, pero tampoco exactamente igual que antes. La autora nos permite asistir a su evolución con un lenguaje sutil, de tono monologal, en el que a veces se entremezcla la voz de los otros, esos acompañantes involuntarios del mismo Centro que arrastran sus correspondientes historias.


Los lectores de Puértolas saben ya que no deben esperar grandes giros o artificios en la trama, que todo se reduce a mínimos gestos, palabras entredichas o paisajes del alma. Pero todo ello es una manera de confeccionar otro tipo de intriga, la que encierra la vida de cualquiera de los que nos rodean. La novela nos enseña a mirar a los demás para conocernos mejor a nosotros mismos. Y pese a su aparente concreción en un puñado de personajes no es difícil interpretarla como una reflexión acerca de lo que nos toca hacer en estos tiempos complicados que vivimos: reinventarnos sin violentar nuestra propia esencia, aprender de los otros, observarlos y reconocerlos como iguales, creer aún, y a pesar de todo, en la fuerza de los buenos sentimientos; incluido el amor, aunque sea en vano.


En conclusión, una piedra más, y seguramente de las mejores, en la catedral narrativa que va construyendo con libertad y rigor nuestra novelista más secreta, una especie de Anita Brookner a la española a la que el tiempo acabará haciendo mayor justicia. Entrar en esta su última entrega es en cierto modo como vivir la misma experiencia del protagonista: sumergirnos en un mundo aislado, pero lleno de verdad, que exige lo mejor de nuestra inteligencia; y salir de él, finalmente, siendo más sensibles y más sabios.  


viernes, 9 de noviembre de 2012

“Cuentos de lo extraño”, de Robert Aickman. El arte de la percepción.


La noble tradición anglosajona del relato fantástico nos ha enseñado a leer, por encima de géneros y modelos. Excelente escuela del arte literario, lectores y escritores han aprendido a situarse ante el libro en una posición activa, donde somos invitados a deambular por entre las líneas, y a deducir de ellas un sentido que va mucho más allá de lo que dicen y aun sugieren. Desde el manejo elegante de la psicología de un Henry James a las violentas torsiones de la realidad por vía del terror en M.R. James, los cultores de lo fantástico presentan una variedad que rompe las costuras de la etiqueta. Rara vez, sin embargo, se quedan en lo puramente novelesco, ya que se sirven de esa clase de historias para hablarnos del mundo, del exterior y del que, partiendo de aquél, construimos dentro de nosotros a través de los mecanismos de la percepción. Todo ello permite que además de componer relatos abiertos y de amplias capas de significado nos proporcionen un sofisticado entretenimiento. Los mejores libros de este –llamémosle- género son de los que se disfrutan con sofá, manta y ventana cerca, y también de los que te acompañan mucho tiempo después en el recuerdo, como virus de placentero efecto.


Robert Aickman es uno de los más singulares autores de relatos fantásticos, poseedor de una escritura muy personal, de una limpieza inquietante, como esos paisajes de barrios residenciales americanos donde todo es tan luminoso y perfecto que nos obliga a pensar de inmediato en un reverso donde las cosas se muestren en su descarnada oscuridad. El componente “extraño” de los cuentos de este autor no se manifiesta a través de sustos, apariciones estremecedoras o buscados errores de apreciación motivados por un narrador poco fiable. Para él lo excepcional está imbricado en lo común, y en apenas un pasar de páginas el contexto realista donde transcurría la historia se ha convertido en “otra cosa” aparentemente similar, y nunca previsible.  Hay un tono en la voz de los personajes que se transmite de manera natural a quien lee: el de la aceptación de lo fantástico, pero no a la manera de la sumisión kafkiana, sino como un elemento más de lo real, un elemento sin embargo completamente perturbador. Un nudo que hay que deshacer, un lugar de donde salir o a lo mejor quedarse.


En este sentido, el volumen cuidadosamente preparado por Atalanta (hay que seguir a esta editorial, siempre) contiene el relato que quizá defina mejor que ningún otro la poética de Aickman: “En las entrañas del bosque”, un cuento extraordinario que debería estar incluido en cualquier antología de narrativa corta. A través de él el autor construye una verdadera teoría de lo fantástico: se trata de aquella circunstancia que nos coloca en un nuevo estado de percepción. Nada que ver, por supuesto, con los efectos inducidos por la química, las patologías mentales o la búsqueda espiritual. Bien al contrario, es la propia realidad la que, sin apenas advertirlo, cambia el suelo bajo nuestros pies y nos traslada al otro lugar. Realidad que puede operar gracias a una conversación, un paisaje, un objeto cotidiano, unos hechos en apariencia banales… La protagonista de ese relato accede a un nuevo mundo, el de los insomnes, y descubre en ello una nueva forma de sabiduría, o digamos clarividencia, que proyecta luces impiadosas sobre su vida previa.


La tendencia atávica de los lectores a buscar “significados” por las vías del simbolismo o la intriga argumental quiebra en este caso. No hay nada que explicar, al igual que en una lección magistral donde se nos transmita conocimiento. Estamos ahí para aprender, y para aportar a lo que aprendemos. Así ocurre con la escritura de Aickman, y uno se pregunta de cuántos autores podemos decir lo mismo.


Libro para releer, para recomendar y para reconocer, en nuestro andar por la vida, las situaciones aickmanianas que los más afortunados se tropezarán. Los demás, llegado el caso, seguiremos esperando. Esperando a lo extraño.

martes, 6 de noviembre de 2012

"La chica del vestido de topos", de Beryl Bainbridge. Amor y odio en busca de la nada.


Quizá a estas alturas resulte reiterativo decir que los grandes libros permanecen siempre abiertos, que admiten e incluso exigen relecturas, que se adaptan, como arcilla en nuestras manos, a lo que vemos en ellos desde un determinado lugar en el mundo, único para cada lector.

“La chica del vestido de topos” pertenece a esa categoría de novelas, y en tiempos donde proliferan las publicaciones de autores del siglo veinte o principios del veintiuno con el marchamo de “nuevos clásicos” –cuando en realidad se trata de narradores correctos que presentan la indudable ventaja para las editoriales de sus derechos de autor caducados-, es de agradecer que un sello apueste por ofrecer a los lectores en lengua española un libro como éste, que sin alardes ni pretensiones transparentes alcanza grandes cotas literarias.

La novela puede entenderse como una road-movie cuyas imágenes debemos incorporar a un texto sugerente que así lo permite, pero también cabe ver en ella un relato kafkiano o una historia realista de trasfondo político y expresión simbólica. El primero de estos significados se hace evidente en el transcurso de escenas y episodios: las interminables carreteras americanas, los silencios en la conducción, los diálogos secos, la tensión entre los protagonistas, una retahíla de paradas, comidas y descansos que sirven también para que la autora, con buena mano, nos acerque a la psicología torturada de ambos protagonistas, sus recuerdos y dolores asociados, sus atisbos de planes y la aparente distancia entre una y otro, que a medida que avanza el libro nos hace pensar que quizá no sea tanta. El tono kafkiano lo apreciamos en ese divagar en busca de una meta existencial a la que, en realidad, nunca se llega; en el encuentro constante con lugares y personajes que parecen esconder un enigma, y que no es otro que el propio de cualquier vida; en el humor apenas subrayado, como una música de acompañamiento; y, finalmente, en una de esas casualidades de la historia literaria que tal vez no lo sea: el hecho de que se trate de una novela inacabada. Pero aludíamos también a la clave realista de la narración, y su significación político-simbólica: en un país confundido por los cambios, la violencia, las revoluciones sociales y sus resistencias, dos personajes que encarnan -a su manera- la ancestral ingenuidad americana y su contrario, el oscuro resentimiento que alimenta una agresividad latente, se dirigen hacia un mismo objetivo movidos por fuerzas tan típicamente antagónicas como el amor y el odio; expresión sin duda de las diversas corrientes sociales que en a finales de los sesenta confluían, no sin dificultades, en la construcción de una historia que cada vez menos se encontraba en sus manos o a su alcance. En este sentido no es descabellado ver en el gurú doctor Wheeler una anticipación sutil de las arcanas fuerzas que dirigen nuestro mundo más allá de las figuras presidenciales que les ponen rostro.

Y así, cargada de sentido, la prosa accesible pero muy efectiva de Bainbridge nos va desgranando una historia llena de capas, entretenida y tensa, que requerirá seguramente de una segunda lectura en el futuro, uno de esos títulos a los que necesitaremos volver de cuando en cuando, y al que no deslegitima su azaroso final. Nos hemos referido a Kafka, salvando las distancias que haya que salvar, y en este caso podemos decir lo mismo que afirmaríamos del clásico: nadie echará de menos una manera “narrativa” o “novelesca” de concluir el libro, de hecho algo así desmerecería sus múltiples significados. Pero también debemos aplaudir la forma en que se pone fin al volumen: el recorte de Los Angeles Times de 1968 en el que se relata cómo, en el día del asesinato de Robert Kennedy, testigos afirmaban haber visto decir a una chica con vestido de topos: “lo hemos matado”. ¿Era Rose?, ¿ayudaría, si así fuese, a que todo encajase de alguna manera?, ¿importa realmente? Por fortuna, la novela deja todas esas respuestas a la libre apreciación de los lectores.


jueves, 1 de noviembre de 2012

"Cuadernos del Himalaya", de Miquel Barceló. Diarios de búsqueda.



Esta clase de libros suelen provocar alguna que otra controversia. Hay quien estima que los artistas, alcanzado cierto estatus, se prodigan en un frenesí comercial en el que tiene cabida cualquier aspecto colateral de su producción. “Cuadernos del Himalaya” podria pertecer a esa categoría, pero a la hora de valorar una publicación como la que comentamos deberíamos partir de cuál sea su propósito. Y no cabe duda de que  estas alturas la salida al mercado editorial de una reproducción facsimilar de los cuadernos de viaje de un pintor como Miquel Barceló no va a añadir demasiados ceros a su cuenta corriente, ni suponer grandes cambios en su estatus profesional.
  

¿Por qué, entonces, tenemos en nuestras manos este trabajo? Porque gracias a él podemos adentrarnos, como expectadores privilegiados, en la “cocina” del artista, en el apunte inmediato que motiva una imagen, en la reflexión a vuelapluma o la improvisacion más libérrima. Si algo caracteriza esta obra es su espontaneidad. Ajeno a cualquier cálculo, Barceló plasma en acuarelas el paisaje del Himalaya, pero no a la manera notarial de un pintor figurativo que plantase su caballete frente a la naturaleza, sino que previamente tamiza lo que está viendo a través de su mundo creativo, y las formas se retuercen, los colores se traicionan, y la previsible calma mística con que contemplamos esa tierra desde occidente muestra una tensión y una violencia subterráneas radiografiadas por la visión del artista. Colores terrosos y oscuros, trazos rápidos y ocasionales figuras reconocibles e inquietantes, semejantes a máscaras teatrales, componen un escenario más interior que exterior, pues no podemos perder de vista que lo que vemos no es el Himalaya, sino el Himalaya de Barceló.  Y así, son de destacar esos autorretratos en los que de forma irónica el artista se representa como el Yeti, esa figura de la mitología popular siempre inaprehensible, y en otras ocasiones como un ser humano en transición a una forma demoníaca. Nunca ha sido ajeno el pintor al juego y el sentido del humor, espacios donde se siente más cómodo que la impostada gravedad de muchos de sus contemporáneos. Pero también econtramos la belleza de las plantas y flores, que le permiten mostrarse más moroso y delicado.


El libro comienza con una suerte de introducción igualmente espontánea en la que se reproducen los apuntes de viaje que fue realizando en una moleskine, y donde lo más llamativo es la continua interpelación al comportamiento de su fantasmagórico acompañante, Ach, que quizá ejerce como antagonista y motivo creativo más que como amigo.


La tercera sección del libro lo componen una serie de fotografías en las que la atención del artista se dirige hacia la plástica de la imagen, con la presencia en primer plano de las texturas de árboles y rocas cicatrizados, que no del paisaje en sí mismo.


El libro nos sugiere que Miquel Barceló se halla a la búsqueda de un nuevo paisaje –tras su “exilio de Africa”- donde reecontrar su arte. Una tierra igualmente voraz, auténtica, salvaje. Pero algo nos dice que quizá éste se trata de un intento fallido, pues hay más de mirada hacia dentro que hacia fuera en sus pinturas. Seguiremos, no obstante, atentos a su evolución, disfrutando entretanto de este volumen primorosamente editado, como siempre, por Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, que tan buenas aportaciones han venido realizando, desde hace ya muchos años, a la bibliografía española.