martes, 30 de octubre de 2012

“Culpa”, de Ferdinand von Schirach. Apuntes de lo incierto.


Con motivo de la publicación de su anterior libro de relatos, “Crímenes”, comenté que veía escasa literatura en la pluma de este autor, y un deseo más bien de llegar a los lectores por la vía rápida del efectismo. Aquella colección de casosresumidos en tres o cuatro páginas no parecía tener otro propósito que el de dar cuenta de episodios criminales sin otro valor añadido que el de su capacidad de impacto. El narrador se mantenía neutral –lo que de por sí justificaba la existencia del libro para los reseñistas más perezosos-, aunque de una manera un tanto tramposa se nos sugería en las solapas que todos los asuntos habían sido llevados por él a lo largo de su trayectoria como penalista, lo que añadía ya un componente de reality-show que aseguraba el morbo y las ventas.


Otros acudimos a von Schirach, sin embargo,  por el interés que nos suscita la poco frecuente incursión de los juristas en el mundo literario para tratar sobre los temas que mejor conocen, y que no obstante suele dar buenos resultados. La impresión general fue de cierto desencanto, aunque había algo que de todas formas nos impulsaba a darle un margen de confianza.


Ese algose ve mejor trabajado y expuesto en su segundo volumen de relatos, “Culpa”, donde no dejamos de encontrar una panoplia de crímenes aborrecibles, pero apreciamos que el modo de contarlos –es decir, el arte literario a fin de cuentas- ha variado lo suficiente para conferirle mayor entidad. Y es que el título ya anuncia lo que vamos a encontrarnos: una reflexión sutil, apenas discernible, sobre el concepto de culpa, sus perfiles, volubles adjudicatarios y amplios efectos. La culpa del delincuente “espontáneo”, la culpa de los que no hicieron todo lo posible por evitar el mal, la culpa intrínseca de quien parece haber nacido para ser víctima, y la estremecedora ausencia de culpa de esos tipos que, más allá del sentido común y la capacidad de empatía, parecen haber nacido para victimarios. La culpa del abogado, del juez y del testigo. La culpa del azar, incluso.


Semejante propósito requería de una escritura más “literaria” que en libro anterior. Y aquí von Schirach demuestra tener mayor talento de lo que nos ha dado a entender: sin abandonar su prosa seca, tajante, los párrafos en los que reconstruye lo que podía haber sucedido adquieren un vigor narrativo que los aproxima a los logros de un Carver, en cuanto a su capacidad de sugerencia. Asimismo elabora con buena mano el transcurso del relato y su final, abierto o lapidario, según los casos, donde no suele faltar la aparición del propio narrador en un guiño a menudo sorpresivo, pues no siempre defiende a la parte a la que estamos esperando que lo haga. Nos hemos salido ya de los márgenes arquetípicos del bien y el mal, de la manida reflexión acerca de sus fronteras, y abordamos en la lectura otros aspectos colaterales, pero no por ello menos interesantes, como el dolor que se expande con cada uno de ellos, y que por encima de la acción siempre imperfecta de la justicia suele ser irreparable.


Estamos asistiendo a la construcción de un autor, que en vez de repetir fórmula intenta exigir algo más de sí mismo, lo que es también apreciable en la estructura general del libro, con un comienzo que deja noqueado al lector y un final amable que le concede una sonrisa. Tramoya de escritor, en fin, frente a la simple memoria de jurista de su obra precedente.


Está por llegar al mercado editorial español su primera novela larga, y este “Culpa” nos ofrece motivos suficientes para esperarla. 

viernes, 26 de octubre de 2012

“Una cuestión de prueba”, una cuestión de paciencia. Paseos por el sector cultural.


Escribir una novela es un proceso muy largo en el que abundan los desfallecimientos, la búsqueda de sentido y los abandonos furiosos. Aun así son también numerosas las ocasiones en que nos posee la euforia, cuando llegamos a pensar que aquello que habíamos elaborado tanto tiempo en la imaginación va cobrando forma, y suena tan bien como habíamos fantaseado. En esa alternancia de rasgos esquizofrénicos van pasando los meses, y los años.

Publicarla es otra cosa. Un engorro, una pesadez, una batalla, una tortura. Escoger la mejor opción, o la única viable, esperar respuestas, creer en promesas, interpretar gestos, administrar silencios… Un aprendizaje tal que puede cargarse muchas vocaciones, sobre todo en la juventud, cuando uno piensa ingenuamente que tiene derecho a todo. Pero no, en verdad no hay derecho a nada, ni al respeto ni a la amabilidad ni a la generosidad ni al apoyo. Se necesita ir curtiendo la piel para entrar en ese mundo como se debe entrar: sonrisa en los labios, educación ante todo, sí, pero la faca enrobinada o la pistola con silenciador escondida en la chaqueta o bajo la manga. Esta parte del proceso requiere no esperar nada y arriesgarlo todo, dejar de lado los cálculos y evitar ante todo ponerse a los pies de nadie. Ofrecer tu trabajo cortésmente, inclinar la cabeza y dar media vuelta cuando se rechace, agradecer el ocasional aplauso y tener, sobre todo, mucha paciencia.  La cual cabe perder legítimamente si se nos trata de manera inadecuada para el tono medio exigible a cualquier caballero. Es entonces cuando se saca el puñal o el revólver, eso sí, sin perder las formas. Se rebanan o agujerean cabezas y luego seguimos adelante.

Uno de los aspectos más desagradables que me he encontrado, y al que me cuesta acostumbrarme, es la asombrosa falta de educación que paradójicamente parece ser nota común en el mundo cultural. Recuerdo ahora un episodio de aquel proyecto novelesco de Javier Marías, “Negra espalda del tiempo” -tal mal entendido en su día hasta el punto de que parece haber sido abandonado por el autor- donde una pareja de libreros ingleses le preguntaban, sorprendidos, al narrador si era habitual en España el no responder a las cartas. Resultaba enternecedora su sensación de modesto agravio por no recibir una mínima respuesta a una educada comunicación. Llevo años de trato con editoriales, agencias, y no sólo eso, he estudiado Gestión Cultural y he tenido cierto contacto con algunos “profesionales” del sector. Y entrecomillo “profesionales” porque no sólo apenas existen, sino que la gran mayoría de los que se afirman tales no encontrarían hueco en ningún otro campo de la actividad social a causa de su incompetencia, ineficacia, ignorancia, formas groseras y ética dudosa. Mi impresión, fruto de esos años a que me he referido, es que a salvo honrosísimas excepciones de empresas y figuras individuales que representan lo mejor de una industria apenas incipiente en nuestro país –la mayoría, por cierto, ubicados en Cataluña-, el llamado “mundo cultural” ha conseguido encarnar a la perfección los rasgos más conspicuos de ese capitalismo salvaje que tanto critica. Estafas formativas, explotación de becarios y jóvenes en prácticas, informalidad absoluta en plazos, documentación y cumplimiento de normativa… El trato que como regla general –lo que admite pues singularidades- dispendian las editoriales hacia la inmensa muchedumbre de autores que llaman a sus puertas sería inimaginable en otro tipo de empresas, lo que unido a sus enjuagues de premios literarios –a menudo maneras obscenas de detraer fondos públicos- y vergonzoso servilismo con quienes adquieren una mínima posición de poder componen un perfil ciertamente siniestro. Pese a lo cual no dejan de llorar cada vez que bajan las ventas o las partidas presupuestarias con que hacer rentables sus tiradas mediante las compras a las bibliotecas; y tampoco dejan de quejarse sobre la piratería, siendo los mayores defensores del trabajo gratuito: no dudarán en rastrear internet y apropiarse de la mínima mención de cualquiera de sus libros para impulsar campañas publicitarias, no ya sin gastar un euro, por supuesto, sino evitando lo que podemos denominar la regla básica de comportamiento ciudadano: dar las gracias. El “sector cultural” en España es especialista en el aprovechamiento del esfuerzo ajeno, en el “no me han pagado así que no puedo pagarte”, en el dinero en B, cuando lo hay, y la petición de voluntarios en jornadas de doce horas a cambio de ver de refilón un concierto y tomarse una cerveza. La gran diferencia con respecto a otros sectores productivos más áridos es que la precariedad no viene impuesta “desde arriba”, sino que se practica con desparpajo por lo propios operadores, horizontalmente. Muchos autores/as, cineastas, actores y actrices, bandas musicales, etc., sufren a diario esa picaresca agotadora, ese sobrentendido que sugiere que aquí nadie cobra ni a nadie se le respeta porque todo se hace “por amor al arte”. Los que bien que mal van manejando los hilos están tan faltos de preparación y profesionalidad que son completamente incapaces de reconocer y tratar a un profesional. Así abundan los e-mails desabridos, los anuncios de comunicación en unos días que de repente se convierten en meses, las insólitas confianzas, no concedidas ni fomentadas, el tono autoritario y sobrado, como de acaparador de recursos en época de escasez, las promesas rotas y los dineros desaparecidos. A todo esto me refería cuando hablaba de que uno debe moverse por estos campos minados con ilusión pero bien armado, consciente de que si quiere mantenerse digno lo arriesgará todo. Claro que hay naturalezas que no sirven para otra cosa, es decir, que algunos podemos ser amables, simpáticos, leales y afectuosos, pero tenemos una tara genética que nos impide lamer culos, así que realmente lo de la dignidad no es una opción, sino una guía. Esa horizontalidad que comentaba antes no debe entenderse limitada a quienes pueden proporcionar empleo y oportunidades, sino a los mismos aspirantes a tales bienes: escasea el esfuerzo sostenido y el rigor, y por el contrario abundan los charlatanes, oportunistas, caraduras que en seguida proponen “hacer equipo” o “ayudarnos unos a otros” sin que por su parte haya el mínimo atisbo de correspondencia. A lo que debemos añadir la confusión que está provocando la facilidad tecnológica para difundir la supuesta “obra” de infinitos “creadores” de nuevo cuño. Pongo un ejemplo: aplicaciones como Garageband y similares permiten que uno, en su propia casa, sea técnicamente capaz de componer y grabar una canción. Es posible con el ordenador o la tableta y dos dedos ir añadiendo pistas de teclados, guitarra, percusiones, añadirles efectos, corregirlas hasta el cansancio… Pues bien, esa disponibilidad a que nos ha llevado el desarrollo de la informática no nos convierte en músicos o artistas, simplemente nos facilita el ocio creativo, lo que es muy de agradecer tanto en etapas educativas como en la vida adulta. El hecho de que al que suscribe, por ejemplo, le guste mucho la música pop y jugueteando con esos programas pueda hacer secuencias de sonidos no lo equipara a quienes llevan decenios escuchando, componiendo e interpretando música. Se trata de algo tan básico como que cualquier arte requiere una etapa de aprendizaje larga, a veces eternamente inconclusa, a solas, con ahínco, rabia, frustración y felicidad. Es tan sencillo de entender que no podemos dejar de sorprendernos cuando quienes por primera vez garabatean unos folios se sienten acreedores de lectura, valoración y, ya puestos, apreciación. El tema se ha llevado al cómodo terreno de “tener derecho”: todos tenemos derecho a opinar, publicar, ocupar espacio, inundar la red me gusta/no me gusta, o de exabruptos o de obras presuntamente maestras. Me atrevo a decir, empero, que no tenemos “derecho”, sino simplemente “posibilidad” tecnológica. Los derechos nacen siempre con una legitimidad de origen, y esa legitimidad, en ámbitos no reglados como los de el arte, se obtiene con trabajo y calidad.


Este es el paisaje humano en el que se desarrolla el sector de la cultura, y que no sino síntoma de una enfermedad moral más profunda que afecta a la sociedad por entero. Por él ha estado vagando “Una cuestión de prueba”, y sé que no suena muy bien que yo lo diga, pero ha venido recibiendo persistentes valoraciones positivas. Entre eso y el sentimiento paternal que se asocia a la autoría -justo es decir que también me ha provocado abundantes dolores y desalientos- aún me quedan ganas de pelear por ella. Ahora parece que estamos cerca de que pueda ver la luz. No obstante este final del camino me pilla ya curtido y vacunado de impaciencia. Sé que en algún momento me olvidaré de todo y simplemente disfrutaré con su existencia “pública”, aunque también sé que el camino ha sido rico en malas experiencias que permanecerán en forma de cicatrices. Espero que todo quede compensado por el hecho de verla a disposición de los lectores/as, ya sea mediante editorial convencional o con las formas de distribución a las que he recurrido otras veces. A estas alturas ambas serán buenas. Pero de vez en cuando, como hoy, no puedo evitar mirar atrás y pensar -sonriendo al menos- “menuda tropa…”.

“Un grupo de nobles damas”, de Thomas Hardy. Contar el futuro.


Si aplicamos la siempre útil jerga del pop a este libro podemos decir que se trata de un “greatest hits” de la narrativa clásica anglosajona. Los miembros del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex se reúnen en un museo municipal por causa del mal tiempo. Qué mejores circunstancias pueden imaginarse para una implosión narrativa: el clima desapacible en el exterior, la calidez perfecta dentro, el perfume amable de las pipas, el abrigo de los licores y horas por delante para aburrirse. Surge entonces –Hardy no se molesta en relatarnos cómo- la idea de contar unas cuantas historias para mejor pasar el rato. Y el fruto de ello es una extraordinaria colección de relatos que ejemplifica lo mejor de la literatura decimonónica a uno y otro lado del atlántico. Que estamos ante un autor imprescindible ya lo sabíamos desde siempre, pero que podía sorprendernos con este juego estructural consistente en el mero añadido de un par de páginas finales –los relatos aparecieron publicados de forma independiente en diversas revistas- es algo que quizá no esperábamos tras leer sus novelas mayores.


Y es que el libro funciona con esa autonomía artificiosa que va más allá de la reunión de un puñado de cuentos, y no es difícil que nos imaginemos en la sala del museo participando del ritual de la palabra. Hardy opta por evitar la imitación de la oralidad, en coherencia con unos tiempos donde se huía de lo evidente y se buscaban experimentos más sutiles con el lenguaje, cuando el arte de la narración aún iba dando pasos hacia su progresivo refinamiento. Así que no podemos esperar la recreación de un diálogo con los oyentes, sino que debemos asumir la regla no expresada de jamás interrumpir al orador, y limitarnos a buscar buen acomodo en el sofá y disfrutar de las historias. Las hay de muy diversos tipos en el libro, y nos enganchan con los habituales giros dramáticos y conflictos personales que han hecho grandes a nombres como Austen, las Brönte, Dickens, James o Collins. Cada una de ellas, en realidad, podría crecer hasta convertirse en novela, tanto a cargo del propio Hardy como de cualquiera de esos autores y autoras que he citado. Cuando uno reincide en el apasionamiento con esta clase de literatura no deja de tener en cuenta los prejuicios que continúa mereciendo: para los lectores más perezosos nos encontramos ante narraciones “sentimentales”, de casamientos, amoríos y esas cosas. Dejando de lado el desconocimiento que tales afirmaciones demuestran sobre los mecanismos y logros de la literatura intimista, tal vez su mayor inconsistencia consista en la incapacidad de apreciar el verdadero valor de los temas de fondo que trata.


Los relatos aquí reunidos –pero también las novelas de Hardy, James y demás- disparan sus flechas hacia el meollo inasible de la lucha por la vida, y quizá por eso lo atraviesan sin dar en ninguna diana, porque no existe tal cosa. El por qué somos lo que somos, nos comportamos de tal o cual manera y en una misma decisión somos capaces de lo más ruin y lo más noble es algo sobre lo que podemos debatir, pero no pontificar. Los grandes escritores psicológicos del diecinueve, como Thomas Hardy, nos sitúan frente tesituras incómodas nacidas de cuestiones tan innombrables en la narrativa actual como el dinero. No nos equivoquemos: cuando relatan la batalla entre razón y corazón en el contexto de una propuesta matrimonial nos están hablando de la única posibilidad que para uno de los implicados, y a menudo para ambos, le ofrece la vida para salir adelante. Se trata, en realidad, del trabajo, la hipoteca, la familia, la presión a que nos somete todo ello y la valentía que nos exige para superarlo. Si leemos superficialmente las historias de este libro sacaremos de él poco más que entretenimiento. Si vamos más allá habremos tenido una experiencia de vida.


Pero hay otro aspecto en el que este volumen merece ser destacado, y es el hecho de que los personajes protagonistas de los relatos sean mujeres en todos los casos, ese “grupo de nobles damas” a que alude el título con no poca ironía. Hace un tiempo Alba Editorial publicó una colección de cuentos de varios autores (“Cuando se abrió la puerta. Cuentos de la nueva mujer (1882-1914)”, reseñado en su día en el blog) donde se daba cuenta del modo en que la literatura de la época iba recogiendo los incipientes cambios sociales en torno al papel de la mujer en la sociedad. Este volumen de Thomas Hardy es igualmente representativo de ello, pero de una forma incluso más directa y aguerrida. Las “heroínas” de esa noche de historias orales descolocan al lector por lo incorrecto de su comportamiento: capaces de la crueldad, el egoísmo, la escaramuza cruenta de pareja… Basta retroceder unos decenios para darnos cuenta del salto ético y narrativo que supuso la centralidad de la mujer en las tramas novelescas. Ya no son meros objetos bonitos a los que acceder tras no pocas tribulaciones, como al final de un laberinto. Se han bajado del pedestal de la mera belleza para presentarse inequívocamente humanas, lo que pone en cuestión cuanta mitología las había rodeado hasta entonces: el amor romántico, el instinto maternal, su inhabilidad para los asuntos prácticos de la subsistencia… Resultan así más verdaderas, intensas, atrayentes. Sin embargo no debemos olvidar que todo lo que hacen responde a un porqué: el relacionado con la posición de aberrante subordinación de la que parten. Utilizan sus estrategias para salir adelante porque no les queda otra, a fin de cuentas. Pero los autores de finales del diecinueve se atreven a dotarlas de una personalidad idéntica a la masculina, en cuanto a sus luces y sombras. Las leves, subrepticias manipulaciones de los personajes de Jane Austen dan paso ahora a mecanismos mucho más belicosos, expresiones de una desgarradora lucha por la dignidad que aún continúa. Llegamos así a la conclusión de que autores como Thomas Hardy nos relataban el presente de la sociedad en que vivían, con habituales miradas al pasado –en este libro el propio autor nos habla de su intención de recorrer genealogías-, pero que quizá no eran del todo conscientes de que, ciertamente, estaban anticipando el futuro.

Unos apuntes sobre los últimos discos.


Anda de capa caída el pop en el último trimestre de 2012 tras lo bien que comenzó, con hitos como Rufus o Saint Etienne. Se acumulan los lanzamientos –cada día es más sencillo producir y publicar-, son inabarcables los nombres y, aunque Spotify permite picotear fácimente, se hace necesario establecer alguna clase de criterio acotador para poder escuchar la música con profundidad. En mi caso la orientación viene por una primera aproximación al estilo, si es algo que no me agrada demasiado no tengo ya paciencia para buscar la perla dentro del agua. Así que aquí van las últimas cosas que he estado probando:



-“Charmer”, de Aimee Mann: sigue presa, a mi entender, del “efecto Magnolia”. Este nuevo álbum presenta el mismo tono que aquél, pero con un nivel compositivo mucho menor. Suena agradable, pero no memorable.

-“Ancient future”, de Christopher Willits y Ryuichi Sakamoto: disco apto solo para los no habituales, como es mi caso. Entre el ambient y el clasicismo, nos ofrece momentos de delicadeza no desdeñables, aunque se trate de una poco ambiciosa reiteración de obras precedentes.

-“To the soul”, de Frida Hyvönen es un agradable disco retro, pero tan retro que sus melodías y producción no imitan a las formas de los ochenta, sino que parecen proceder directamente de allí, como si la grabación se hubiese rescatado de algún cajón de rechazados o pendientes de estudio.

-“Sundark and Riverlight”, de Patrick Wolf: álbum de versiones de temas propios a los que se desnuda de barroquismo y frivolidad. El resultado es un petardo. Aburrido, sin más.

-“Sun”, de Cat Power: empezamos el “capítulo de intensas”. A ver, muy indie todo, mucho contexto personal y demás. Pero los temas no saltan de la sartén, no se te quedan, ni te maravillan por sus recursos ni te emocionan. Uno de esos prestigios incomprensibles que en seguida encuentran espacio en las revistas, hagan lo que hagan.

-“The haunted man”, de Bat for lashes: cerramos el “capítulo de intensas”. Hay fragmentos de belleza en estos temas, melodías bonitas y una voz espléndida. Pero es tan evidente el remedo de Kate Bush y tan insoportable la extravagancia forzada de Natasha que nos tira un poco para atrás, comenzando por esa portada efectista que no pasa de ridícula.

-“The origin of love”, de Mika: la pequeña sorpresa de esta temporada. Aunque tanto chicle de colores e histrionismo resultaba difícil de digerir en los anteriores discos, un pequeño giro estilístico hace éste mucho más apreciable. Pop divertido, muy bien arropado por una producción en la que se procura la contención vocal y el acompañamiento electrónico, se hace un poco largo aunque contiene canciones lo suficientemente bonitas para que merezca la pena.

-“Shifty Adventures in Nookie Wood”, de John Cale: ahí está, un tipo de setenta años haciendo el disco más joven, vigoroso, variado y disfrutable de estos meses. Pop-rock de calidad, directo sin renunciar a las pinceladas experimentales, con algunos temas geniales y un tono que recuerda al Bowie más inspirado, incluso en el aspecto vocal.

-“Come home to mama”, de Martha Wainwright: prosigue la línea de su anterior disco pop, con el intervalo del homenaje a Edith Piaf, y continúa teniéndolo todo para llegar, pero no llega. Trata de ofrecer temas pegadizos, como ‘Can you believe it?’, pero es demasiado irregular. Tiene que ser duro lo suyo con su hermano.


No nos podemos quejar, sin embargo, cuando hemos tenido hace poco el estupendo “Coexist” de The XX, la siempre fiable entrega de Pet Shop Boys, “Elysium” y el popemasde Antònia Font, “Vostè És Aquí”, que admite infinitas escuchas (y en ello estamos).



Un español renuncia a dinero público (Javier Marías no acepta al Premio Nacional de Narrativa). Reflexiones sobre el individualismo y la grupalidad.


Poco importan sus razones, aunque no sorprenden a quienes lo seguimos desde hace tiempo. Sabemos que siempre ha ido a la suya, que siempre ha sido fiel a sus propios criterios, acertados o equivocados. El suyo es un liberalismo moderno, abierto, similar aunque sin el componente economicista del de Vargas Llosa. Descree del excesivo intervencionismo del Estado en la vida privada, al tiempo que valora la trayectoria individual, independiente, de quienes se abren paso en la vida a golpe de talento, suerte y esfuerzo –como es su caso-; lo que no es incompatible con una sensibilidad y honestidad suficientes para reconocer que las condiciones de partida no son iguales para todos, y que ahí sí que hace falta una mano no invisible, sino compensadora. Así que no nos extraña que rechace un premio gubernamental, y sabemos que lo habría hecho igualmente hace años, PSOE mediante.


Es cierto que el éxito tanto nacional como –sobre todo- internacional de sus novelas le permitirá vivir desahogadamente, pero ello nunca ha sido óbice para que muchos otros en sus circunstancias acaparen cuanto sea posible, y si se trata de fondos públicos y remuneración por encima de mercado, mejor que mejor. Más interesante aún que rechazo del premio me parece esa postura de no aceptar bolos a cargo de las administraciones. Ambas decisiones, unidas, tienen la fuerza estética de una flor arrogante que creciese en mitad de un lodazal. A pesar de la crisis seguimos viendo cómo auténticos best-sellers que están teniendo mucho más éxito incluso que el propio Marías –éxito comercial, en el artístico no le llegan a los talones- no dejan de aprovechar cualquier charleta en provincias a cargo de ayuntamientos, diputaciones y “obras sociales” de las cajas -ahora bancos o sabe dios qué-, así como cursos, talleres y premios varios.


Previsibles y divertidas han sido las reacciones frente a su postura. Estaba claro que iba a provocar irritaciones de todo tipo, que algunos lo iban a asociar equivocadamente a una cuestión política, o mejor, partidista –lo habría aceptado con otro gobierno, y demás-, pero también abundan imprecaciones de creadores paniaguados que se sienten ofendidos por lo feos que salen en la prueba de contraste. Son los efectos característicos de la postura radicalmente independiente de Marías, que pone en cuestión el adecenamiento microgrupal en que se ha ido estructurando nuestra sociedad. No hay en esta grandes opiniones unánimes –afortunadamente- pero sí infinidad de pequeños centros de acuerdo violentamente impositivos, que sólo aceptan al otro como público, que no interlocutor.


Mi modesta experiencia personal en este sentido no puede hacerme pensar de otro modo. Me interesan los derechos de los animales, pero resulta frustrante el contacto con muchos sus presuntos defensores, poseedores de verdades y dictaminadores de comportamientos a menudo irreflexivos que acaban provocando perjuicios a los propios animales (y ay de ti como se te ocurra sugerir algo…); me he acercado alguna vez a otros movimientos sociales, para acabar comprobando que existe un minilobby dirigiéndolos con claro rechazo a cualquier aportación que a su entender pudiera ensombrecerlos; en el ámbito profesional para qué comentarlo, en realidad, si cuando hablamos de dinero, sobre todo de dinero público, en seguida nos tropezamos con el grupito de mediocres que rodean la mesa de canapés anudados por los brazos para que nadie se acerque. Así se ha estructurado la sociedad, no disgregada en individualismos tatcherianos, sino en algo mucho peor: microgrupos donde el individuo queda completamente anulado, lo que lo acaba incapacitando para la construcción social, pues sólo le interesa ya la de su pequeño círculo.


De este modo no debe extrañarnos que no exista atisbo alguno de cambio social en mitad de esta tormenta más existencial que político-económica que vivimos. Recientemente reflexionábamos sobre ello a propósito de unas jornadas de carácter jurídico en las que se debatían cuestiones relacionadas con las últimas reformas legales de indudable interés. Cada una de las ponencias tenía tras de sí una notable trabajo intelectual, estaba bien expuesta y llegaba a conclusiones relevantes, más allá de nuestro acuerdo y desacuerdo con ellas. Sin embargo el público asistente era el habitual, y todo respondía a una especie de ceremonial endogámico mil veces ya visto. Así ocurre con muchas iniciativas: lejos de tratar de llegar a la gente, de informar o proponer ideas que remuevan el pensamiento, se limitan a deglutir la archisabida papilla en la reunión-picnic con que periódicamente se justifican determinadas partidas presupuestarias de asociaciones y organismos varios. No hay interés por propagar el fuego, sino por mantener vivo el que los calienta en su cubículo.


Volviendo a la renuncia de Marías, apreciamos en las reacciones que ha merecido esa inseguridad, ese nerviosismo agresivo propios de los que, felices en la penumbra de sus mangoneos, se ven iluminados por el antorchazo ético de un individuo. Especialmente patética me ha resultado la de un escritor de esos que arrastran un vago prestigio literario-político de la post-transición, y que lleva toda la vida de organismo público en organismo público y tiro porque me toca, un amigo de sus amigos, vaya, el cual opinaba que no eran convincentes las explicaciones de Marías, y que otros muchos nombres habían aceptado el premio y eran “grandes escritores”. Como si la decisión del novelista requiriese en realidad de una explicación pública sometida a enjuiciamiento, y como si de por sí tuviese alguna relación con su calidad literaria –de hecho Los enamoramientos no es precisamente su mejor obra-.


Criterio moral, muestra de libertad, pose bernhardiana…, cualesquiera razones pertenecen al ámbito personal de Javier Marías e importan más bien poco. Lo que debería sacudirnos, conmovernos, provocar el descorche de toda clase de botellas, es que un español ha renunciado a dinero público. Hecho que de por sí tiene la fuerza de una performanceartística memorable en la sociedad en que vivimos. 

lunes, 22 de octubre de 2012

“Lo que no está escrito”, de Rafael Reig. La palabra que asusta.


Comencemos por revelar el final de la trama de esta reseña: nos encontramos ante una de las mejores novelas que se han publicado en España en los últimos tiempos, no me atrevo quizá a decir cuántos, aunque la sensación que he tenido al leerla se aproxima a aquel “Juegos de la edad tardía”, de Landero, con su vislumbre de clasicismo. “Lo que no está escrito” es una obra rica, profunda, llena de capas y matices, salvajemente entretenida, inquietante hasta no poder dejarla, abierta como toda gran literatura y excepcionalmente escrita. Suena excesivo, ya, pero uno se ha provisto de algunas reglas llamémosle éticas en esto del comentario de libros, y la primera de ellas consiste en no reparar en halagos siempre que la causa lo merezca, aunque ya sé que se lleva más el gesto cansino y la ceja escéptica. Cuando a los lectores nos proporcionan semejante disfrute lo mínimo, por educación, es ser agradecidos. Quede claro.


El planteamiento inicial es muy interesante: un padre divorciado va a recoger a su hijo a casa de su ex para pasar con él un fin de semana de acampada en la montaña. Cuando se van la mujer descubre en casa el manuscrito de una novela que él le había dejado sin previo aviso, pero con la apremiante intención de que la leyese. A medida que ella lo va haciendo localiza en el texto algunas alusiones a su vida en común que podrían esconder un mensaje secreto relacionado con ese fin de semana, y que de ser realidad pondrían a su hijo en situación de peligro. El argumento promete, como vemos, una intriga lo suficientemente atractiva para construir una buena novela de suspense. Pero Reig va mucho más allá. La historia trascurre en tres planos narrativos simultáneos, y es contada a través del punto de vista de cuatro personajes, además de ocasionales y oportunas incursiones de la voz narrativa en tercera persona y de una quinta interviniente por cuyos ojos conocemos el memorable final del libro. Este perspectivismo ha sido manejado con destreza por el autor, de forma que no podemos decir que ninguna de las distintas historias pierda interés, ni el lector aliento, en una sola página, al tiempo que le sirve para confrontar la subjetividad de todos los personajes.


Por un lado está el pequeño viaje de padre e hijo, relatado alternativamente por uno u otro, lo que va dotándolo de incertidumbres argumentales mientras nos permite conocer la distancia que existe entre la percepción de la realidad de ambos. Reig nos habla de la comunicación imposible paterno-filial, de los mutuos rencores y agravios irresueltos, y también del amor que como una especie de capa mineral subterránea sostiene un terreno en apariencia inconsistente.  En pocas ocasiones nos ofrece la novela una exploración tan sincera, es decir, incorrecta, transgresora, de esa relación. Y es que a medida que vamos avanzando en la lectura cualquier certeza que hubiésemos ido consolidando se nos viene abajo en un pasar de páginas. Es algo que caracteriza a todo el libro: la ambigüedad moral entendida no como el típico relativismo empeñado en destruir cualquier rasgo de humanidad en los personajes, sino como un análisis de todo aquello que somos capaces de pensar, en incluso de hacer -aunque finalmente no lo llevemos a cabo-, cuando nos enfrentamos a las decisiones importantes en la vida. Las cuales abundan en ese fin de semana que tiene algo de trayecto existencial hacia el nudo de la relación entre padre e hijo, camino enmarcado por una naturaleza que, a modo de metáfora, va mudando de contexto apacible donde rencontrarse a lugar amenazante del que escapar.


Entretanto discurre el segundo plano de la novela, el de la madre lectora del manuscrito. Y es aquí donde el libro supera los márgenes del thriller psicológico para convertirse en una obra metaliteraria en la que se reflexiona sobre el acto de leer y las implicaciones que conlleva. Claro que no se trata de meras especulaciones teóricas, sino que se encuentran profundamente ancladas al presente que vive el personaje: el grado de veracidad de lo que descubre en el manuscrito –tanto en su tenor literal como en lo que existe más allá de él, a lo que alude el título de la novela (de Reig)- marcará su destino inmediato. Y esas apreciaciones dependen a su vez de la manera en que conciba al autor en su relación tanto con la obra como con la lectora, en este caso. Algo tan abstracto, en principio, se torna sin embargo en una segunda línea narrativa igualmente apasionante, pues vemos cómo la madre y antigua esposa duda, se estremece,  sale huyendo del libro y vuelve a entrar en él, rendida o enrabietada, se enfrenta a lo que cree que éste dice sobre ella, y a lo que ella ve en sí misma. La lectura, en definitiva, la paraliza, la vuelve incapaz de decidir y nos la retrata con esa ambigüedad moral a la que he hecho referencia. Nada es lo que parece en el amor materno-filial, y en el desamor hacia el padre de su hijo.


Y, finalmente, nos encontramos con la tercera novela dentro de la novela: un relato de género negro, sucio, oscuro, que de por sí resulta logrado pero que lo es más en la medida en que se halla sometido a constante interpretación por quien lo lee, y ante nuestros ojos. Es difícil, de ese modo, que nos acerquemos a él como a una mera historia de delincuentes, de tipos miserables que buscan su lugar en la historia y que están condenados al fracaso. Más allá de la subjetividad de la mujer que la lee se halla la nuestra, como si la acompañásemos mirando por encima de su hombro. Incluso en este concreto aspecto obtenemos una enseñanza literaria: ellos, en su violencia y marginalidad, son también nosotros, todos nosotros.


Por si algo le faltaba al libro, Reig nos regala una admirable vuelta de tuerca en el último párrafo que rebate y desmiente el final estrictamente narrativo con el que concluía ya la novela. Se trata de un cierre donde se funden, de forma sorprendente, lo real y lo ficticio, lo policiaco, lo psicológico y lo metaliterario. Lo dicho, memorable.


A todo ello añadimos una prosa compleja, de amplísimos registros, que cuando toca se vuelve lírica, descriptiva, costumbrista, reflexiva o ensayística. Echamos la vista atrás en esta reseña, recordamos las horas de goce que nos ha proporcionado el libro -de esas que no se olvidan, como cuando éramos niños- y uno puede retomar lo dicho al principio: una gran novela, la mejor del año, como poco.

martes, 16 de octubre de 2012

"Las leyes de la frontera", de Javier Cercas. Mitología quinqui.




A mediados de 2009, la exposición “Quinquis de los ochenta”, comisariada por Amanda Cuesta y Mery Cuesta, y que pasó exitosamente por la Caja Encendida de Madrid, la Alhóndiga de Bilbao o el CCCB de Barcelona, nos recordó la mitología construida por aquellos tiempos en torno a unos personajes tan fascinantes como aterradores. Había no poca frivolidad en ello, pues a fin de cuentas sus andanzas nos hablaban de la trastienda de una sociedad que comenzaba a desperezarse y asumir con abundantes traumas los códigos de la modernidad. Quizá la heroína fuese uno de los más perniciosos e insensatos, y se echa de menos en el acercamiento artístico a la época una mayor incidencia en lo que tuvo la droga de factor desencadenante de los mitos.


La sinceridad o autenticidad, podemos llamarle, de su planteamiento es uno de los mayores aciertos de esta importante novela de Cercas. Comencemos por aclarar que la historia cuenta el acercamiento de un adolescente de clase media al mundo peligroso de El Zarco, un delincuente juvenil líder de una pequeña banda de atracadores de escaso vuelo, así como su relación con una de las seguidoras del líder, Tere, y el rencuentro con ambos muchos años después, cuando sus caminos se habían separado de nuevo. Claro que esta escueta línea argumental se convierte, en manos de un novelista brillante, en toda una indagación sobre la atracción que el mal ejerce sobre nosotros, sobre la violencia como huida, sobre los endebles andamiajes de la fama y, una vez más, sobre la historia reciente de España.


Para ello adopta una perspectiva múltiple, pues son varias las voces que nos informan sobre El Zarco, aunque unificadas y guiadas a través de capas de profundidad por la visión interrogadora de un escritor que supuestamente pretende escribir un libro sobre el personaje. El libro, claro está, es “Las leyes de la frontera”, y las hábiles intervenciones del observador-narrador provocan que los testimonios de unos y otros se vean interrumpidos, cuestionados o reconducidos hacia la constatación de que cada uno de sus relatos tiene más de subjetivo que de verdadero. Y es que el punto de vista del adolescente protagonista, “El Gafitas”, nos presenta inicialmente a El Zarco con el brillo mitológico que mucho tiempo después, cuando la realidad ya no lo permite, le adjudicará la prensa. Pero al principio, para ese chaval de clase media acosado por matones en el colegio, cruzar la frontera y adentrarse en el barrio peligroso de la Gerona de finales de los setenta tenía algo de ensoñación, como cuando en las pesadillas comenzamos a vernos rodeados de criaturas fantásticas e incomprensibles. Así eran los quinquis para él, poderosos, valientes y dotados de una amenazadora imprevisibilidad. El Gafitas se convierte en su colaborador, se enamora de Tere, se ve envuelto en unos cuantos palos y, finalmente, sale vivo de la descomposición de la banda tras la intervención policial. Todo ello, sin embargo, es materia lábil para la memoria de quien nos lo cuenta, y muchos de los episodios no parecen claros, y nunca serán aclarados. Con un buen manejo de la ambigüedad, Cercas deja que sea el lector quien decida en qué medida las cosas eran como parecían, cuándo había amor y cuándo interés, quién presentaba mayor valor o cobardía, en qué medida era cada uno responsable de sus acciones.


La novela tiene dos líneas narrativas que podíamos calificar de intimista o psicológica una de ellas –la relacionada con los recuerdos personales de El Gafitas- y sociológica la otra, aquélla en la que diversos miembros de las fuerzas del orden dialogan con el escritor sobre el mito, más que sobre la persona. El contraste resulta muy interesante: la primera nos muestra a un pobre diablo presa de sus adicciones y sin otro bagaje vital que la violencia ocasional y la más  persistente picaresca; la segunda, en cambio, lo presenta como un rebelde carismático sobre cuyo destino se especula por unos y por otros en discursos a menudo contradictorios. Por otra parte, el lenguaje apenas se modifica en los cambios de punto de vista, pues, como decíamos, es “El Escritor” quien se ocupa de unificar las voces de un modo que pone en cuestión su propia fiabilidad para acabar así de construir una novela abierta.



Al final nadie sabe la verdad acerca de El Zarco, o quizá cada uno de los personajes tiene la suya que, gracias al autor, se multiplica igualmente en la apreciación de los muchos lectores que tendrá este libro. Los que nacieron en las décadas de los sesenta o setenta se sentirán especialmente tocados por él, pues quién no se ha sentido atemorizado por uno de aquellos quinquis flacos pero duros, de pelo denso y cara picada, de sonrisa rota y mano oculta acariciando el pincho dentro de su zamarra vieja o su pantalón acampanado. Y quién no ha querido abandonar el mundo metódico de las obligaciones académicas o laborales para cruzar la frontera hacia el Liang Shang Po -como lo denomina el adolescente de Cercas-, ese barrio más allá de la ley, aunque sometido a otras leyes, que existe en cada ciudad. Y que siempre existirá porque, más allá de los callejones, de las casuchas, los coches tuneados, los tatuajes y las cicatrices, se encuentra en el interior de cada uno de nosotros. 

viernes, 12 de octubre de 2012

The XX y Hot Chip en Morning becomes eclectic.

En otra ocasión ya os he sugerido algunos enlaces de este programa, por donde pasa lo mejor de la música que se está haciendo ahora.



Ahora os recomiendo este directo de The XX, donde presentaron Coexist, aunque intercalaron temas de su primera álbum. Es sorprendente lo bien que suenan con sólo tres miembros en el grupo, sus guitarras, un teclado y unas bases. 






Geniales, delicadamente oscuros, una de las aportaciones recientes al pop con más personalidad, aunque podamos rastrear sus fuentes con facilidad. 


Y ahora, a bailar... Hedonismo, melodías pegadizas, la frivolidad bien entendida que siempre nos ha puesto una sonrisa en la cara. Hot Chip y su último álbum, In our heads (no os perdáis la relectura del If I was your girlfriend del mítico 'Sing 'O' the times' de Prince):


jueves, 11 de octubre de 2012

“Muerte en primera clase”, de J. M. Guelbenzu. Literatura en el camarote de tercera.



José María Guelbenzu es uno de nuestros narradores más importantes, autor de una obra insólita en la literatura española por su exigencia, ha firmado alguna de las mejores novelas que se han publicado en este país en los últimos decenios. Pertenece a esa generación de escritores a los que tanto debemos los lectores, pues a menudo –como es el caso- han compaginado su labor creativa con la crítica y el reseñismo en diversos medios, y más aún quienes practicamos el arte de la novela; una generación que apareció a finales de los setenta y principios de los ochenta para abrir las ventanas clausuradas de una narrativa castiza y refitolera con no poco trasfondo político –los guardianes de las esencias hispánicas, Umbral, Cela y demás- y permitirnos respirar unos aires de modernidad a los que ya habían accedido de manera natural en otros países. Si el boom latinoamericano renovó el idioma castellano y nos enseñó la diversidad, aquel grupo de autores nacionales –Ferrero, Marías, Muñoz Molina, Gándara, Vila-Matas, Puértolas, Millás, el propio Guelbenzu-, muchos de ellos a la sombra del gran Benet, introdujo en nuestras letras las técnicas de la narrativa anglosajona y la reflexión metaliteraria. Aquellos autores resultaron pieza clave de la formación de muchos de nosotros no sólo por sus propias obras, sino por sus extraordinarias lecturas de las obras de otros. Gracias a ellos llegamos a James, Faulkner o Conrad y redescubrimos los clásicos de la novela psicológica que representarían una Austen, un Hardy o el inacabable Wilkie Collins.


El tiempo fue pasando y debemos reconocer que en muchos casos ha hecho estragos. Envejecer con dignidad es sin duda uno de los mayores retos del artista, y si repasamos los nombres a que he hecho referencia vemos que apenas Marías, Vila-Matas y Puértolas continúan ofreciéndonos obras notables, más allá de las ocasionales caídas que a todo creador afectan. Ferrero lleva tiempo perdido en su propia inconsistencia, Millás se dedica al periodismo, al humorismo o sabe dios qué –qué triste resulta escucharlo a veces en la radio haciendo todo lo posible por parecer gracioso-, Gándara al proselitismo literario y la ponencia papal en su escuela de escritores, y Muñoz Molina ha ascendido directamente a la categoría de Santón, desde donde imparte lecciones de ética –más que de literatura- pese a las numerosas incoherencias de su biografía. Aun así debemos sentirnos agradecidos a lo que todos ellos supusieron en su tiempo, merece la pena revisitar sus mejores obras y reconocer que todo lo que vino con posterioridad es deudor de esas ventanas abiertas, aunque muchos de los narradores jóvenes más-modernos-que-nadie afirmen proceder directamente de la nada o de las caras B de Bowie. Pero no obstante no podemos dejar de señalar las diferencias entre la recopilación de cuentos que presenta Marías estos días o las últimas novelas de Puértolas y Vila-Matas con las diversas performances en que ocupan su tiempo el resto de aquellos autores inolvidables. Estos tres son la prueba de que la supervivencia del arte es posible a pesar del paso del tiempo; y de que el ser humano es hijo de sus decisiones: curiosamente las de los que se han torcido son predominantemente comerciales, está claro que seguir escribiendo lo que te apetece es más arriesgado, ingrato y poco lucrativo que dedicarte a la masterclass o la cháchara sectaria y buenista.


Volviendo a Guelbenzu, el suyo es uno de los casos más paradigmáticos de lo que ha venido ocurriendo. Después de una notable carrera literaria que ha colocado títulos como “El esperado”, “El río de la luna” o “El sentimiento” en el canon de la novela contemporánea española, en 2001 decide iniciar una trayectoria narrativa que en principio no tendría por qué haber sido “paralela” a la habitual: como buen cultor de la narrativa anglosajona del XIX y principios del XX no era extraño que se interesase por el género policiaco, de suspense intelectual o como queramos llamarlo. Se trata de ese modelo literario que incluye un paisaje cerrado, un crimen, una serie de sospechosos y una mente sagaz dispuesta a descubrir al asesino, frecuentemente acompañada por una figura adyacente que le permite practicar el soliloquio y darle vueltas a la verdad a través de un juego de preguntas y respuestas. Nació así la jueza Mariana de Marco, propuesta interesante en principio porque se apartaba de los habituales “inspectores” derrotados por la vida, y en la medida sobre todo en que debía acomodar su actuación a las reglas del derecho de una forma verosímil, a la manera en que el arte lo es. Comenzó la serie con un libro prometedor “No acosen al asesino” que tras su desafortunado título escondía una interesante mezcla entre el José María Guelbenzu novelista que ya conocíamos y el J. M. Guelbenzu que se nos presentaba: el escritor de lenguaje cuidado, profundidad psicológica, morosidad razonada e inteligente encadenamiento de escenas en combinación con el aficionado a la resolución de misterios. En realidad misterio había poco en aquel primer título, puesto que desde el principio aparecía claro el asesino, y la narración avanzaba en torno a la manera en que el resto de personajes debían descubrirlo y comprenderlo. El lector se veía ampliamente recompensado y atraído por una protagonista cuya tenacidad y capacidad de dudar la hacían tan cercana como creíble. La continuidad de la saga auguraba un panorama alentador en la novela española, y establecía coherencia y continuidad en la carrera del autor, que al igual que en los ochenta parecía introducir modos y maneras clásicas, y sin duda mucho más brillantes, en la rijosa tradición tremendista del género negro que se practicaba en España. Contribuyó a ello el hecho, muy imitado con posterioridad, de que las historias de la juez de Marco fuesen acogidas en un sello editorial de prestigio literario, y no en una colección específica que ya anunciase con tonos oscuros y pistolas en la portada el submundo en el que podían adentrarse los lectores.


Nos gustaría entender qué ocurrió con posterioridad, por qué a medida que se han ido sucediendo los títulos la calidad se ha ido degradando hasta unos extremos que en los dos últimos rayan lo ridículo. Y si precisamente empleamos palabras tan gruesas es por lo que apreciamos al autor. Esa receta perfecta en la que ninguno de los dos Guelbenzus se veía traicionado fue dando paso a una levedad y un manejo de tópicos más propios de las novelas de quiosco. Las aventuras de Mariana de Marco han ido apareciendo a un ritmo cada vez más acelerado y reducidas apenas a una vaga intriga que nos oculta al culpable con mecanismos burdos y rodea a la protagonista de personajes una y otra vez repetidos, entre ellos quizá el que más el arquetipo del galán seductor de mediana edad, canalla con encanto y normalmente relacionado de alguna oscura manera con los hechos que se investigan. Ella, una vez dibujados sus perfiles en las primeras novelas, se limita a repetir tics y clichés, y las amigas con las que discursea en torno al asesinato de turno ejercen únicamente de muro contra el que golpear pensamientos como pelotas de tenis. 


Claro que en el título que precedió a éste, "El hermano pequeño" las cosas iban un poquito más lejos en el camino de la degradación. El autor parecía descubrir el erotismo y convertía a la juez en una mujer fatal sometida a manipulaciones sexuales de una inverosimilitud patética. Había en particular una escena, a la que me referí en su momento, que literalmente te expulsaba de la novela. Pues bien, podemos decir que "Muerte en primera clase" pulveriza todos los récords y no puede leerse sin una fuerte sensación de vergüenza ajena. 


La novela no empieza mal: sitúa "el caso" en el transcurso de un crucero por Egipto, y en el arranque no sólo nos presenta a la víctima y los sospechosos con cierta elegancia, sino que introduce unos diálogos interesantes entre Mariana y su amiga de turno que sirven para que, por vía del personaje, el propio autor reflexione sobre la pesada atracción de la juez hacia el mismo tipo de hombre, o por decirlo de otro modo, por la insistencia de Guelbenzu en repetir jugada novela tras novela. ¿Cambiarían las cosas en esta? Vaya si lo han hecho, pero en la justa dirección equivocada. Ante los ojos un tanto atónitos del lector se desarrollan unas peripecias que recuerdan a aquel cine softcore de finales de los setenta en los que el erotismo estaba "a flor de piel" o se "respiraba en el ambiente". Ambas mujeres no parecen tener otra obsesión que la búsqueda del macho, se sienten miradas y miran constantemente, y conversan sobre todo ello ora en camisón sexy, ora con la toalla de la ducha -todo minuciosamente descrito-, hasta que en un momento dado se hace evidente que va a acabar habiendo "rollo bollo". Cuando Philip Roth publicó su novela "La humillación" provocó no poco revuelo y mucha rechifla: en ella un señor mayor muy bien dotado convertía en hetero a una lesbiana a golpe de polvo. Hubo quien quiso ver en semejante dislate un síntoma del impudor que afecta a ciertos escritores pagados de sí mismos: no dudan en relatar sus propias fantasías en la novela, en construir alter egos con los que vengarse de la vida, que implacablemente les sigue restando facultades con el paso del tiempo. De ahí ese extraño fenómeno que lleva a provectos autores de no menos de setenta años a decidirse a explorar literariamente el sexo femenino cuando antes no había sido objeto de su atención -antes tocaba ser muy cerebral e intelectual, vaya-, pero hacerlo siempre, cómo no, infectados por los prejuicios de género habituales, por la contemplación de la mujer como mero objeto (de deseo, pero mero objeto) y la reducción de todas sus capacidades a la genitalidad. 


Queremos pensar que no ocurre así en el caso de Guelbenzu, y que todo se trata de salpimentar comercialmente las novelas para asegurarse una mayor venta. Entre los lectores, habituales o no, de la saga de Mariana de Marco no dejará de circular la especie de que en este libro "hay chicha", aún más que en el anterior, y quienes a su vez hayan construido una imagen icónica del personaje podrán disfrutar de sus nuevas aventuras, en lo que podríamos titular como "Emmanuelle jurista". Porque el sexo es tratado aquí sin la espontaneidad, verdad y desinhibición con que podemos encontrarlo sobradamente en la literatura y el cine contemporáneos. Bien al contrario, de añadirle un poco de sentido del humor y una banda sonora "calentita" (Je t'aime... moi non plus podría servir) determinadas escenas encajarían a la perfección en las películas del landismo.


Por ahí detrás, en la narración, hay un crimen, sí, y una investigación en la que la perspicacia y arrojo de la juez se ven sustituidas, como ocurría en la novela anterior, por una hábil utilización de las "armas de mujer"... Y al final, claro, el culpable, culpables en este caso, sorprenden moderadamente y no consiguen endulzar el amargor que nos ha producido tal disparate narrativo. 


¿Qué vendrá después? Si nos atenemos a las rutas comerciales, que parece ser lo único que importa, cabe seguir el rastro de esa espantosa trilogía de pseudoerotismo que tanto triunfa por estas fechas... Así que auguramos que la juez de Marco se encontrará, en su próxima instrucción, con algún caballero misterioso que, aunque implicado en el asesinato, la enseñará los más recónditos placeres de su cuerpo con una panoplia de fustas, dildos, esposas y demás artillería. 


O, mejor aún, sugerimos una intervención interesante para la buena de Mariana: que detenga a J. M. Guelbenzu, lo interrogue hasta que confiese, y que averigüe entonces dónde tiene retenido a José María Guelbenzu, para que pueda liberarlo y hacer que vuelva. Que vuelva al camarote de primera de la literatura, ya sea con novelas policiacas o experimentales, pero que vuelva, por favor...


miércoles, 10 de octubre de 2012

“In the Pleasure Groove: Love, Death and Duran Duran”, de John Taylor. Un ajuste de cuentas con el espejo.

Segundo libro de un Duran en los últimos años, precedido por el “Wild Boy” de Andy Taylor y al que resulta inevitable tomar como referencia y contraste de éste. El propósito de uno y otro aparecen, sin embargo, muy diferenciados: Andy escribía desde un moderado resentimiento, y además de relatarnos los años salvajes de juventud, cuando unos críos se convirtieron en estrellas mundiales en plena eclosión del pop, los megaconciertos, los videoclips, etc., aprovechaba la oportunidad para soltar unas cuantas pullas y reivindicarse como el único “auténtico” del grupo, el guitarrista de actitud rocker y criterio musical insobornable. Al “Taylor malo” no había quien se lo creyese, pero resultaba entretenido en su revisión nostálgica de una época que añoramos por lo que tenía de espontaneidad, frescura y locura.  Ahora todo está tasado y medido por maquiavélicas campañas comerciales, más aún en un tiempo en que la industria musical se está transformando a golpes y a regañadientes.



El libro del “Taylor bueno” tiene un tono y unos objetivos completamente distintos: da cuenta también de los primeros ochenta, en que el mundo se puso a sus pies, y relata con voz amable los diversos avatares por los que pasó la banda, sus éxitos y fracasos, rupturas y reuniones. Pero el centro de la historia lo ocupa la confesión de un hombre ya maduro y sereno que vivió buena parte de su juventud sometido por la drogadicción. Al leer sobre ello y apreciar las palabras calmas del narrador comprendemos que el mayor éxito de su carrera ha sido precisamente el de la rehabilitación, y nos parece admirable que, al contrario que en el otro libro al que nos hemos referido, no haya lugar alguno para el rencor o el reparto de culpas. Tampoco echa mano Taylor de un excesivo dramatismo, al menos en la prosa, pero basta que contemplemos una de las imágenes que acompañan al texto para que lo comprendamos todo, incluso lo que no dice: aquélla en que el bajista de uno de los grupos de más éxito de la historia del pop, y sin duda de su tiempo, aparece tumbado en un sofá recibiendo las atenciones de una enfermera y conectado a una máquina de oxígeno. Incluirla, suponemos, ejercerá sobre él un efecto terapéutico, indicativo del lugar adonde nunca debe volver. Porque en las páginas finales nos reconoce que las adicciones siguen ahí, al acecho, y que combatirlas en una batalla que persistirá por siempre.


No sólo eso encontramos en estas memorias sinceras y discretas. También están sus recuerdos de infancia, sus vínculos afectivos y familiares, la llegada de los hijos y, por encima de todo, una intensa e inacabable historia de amor con la música, manifiesta mediante un lema que se repite en varias descripciones de momentos importantes del grupo: “and the music never sounded better”. Porque uno de los aciertos de Taylor es que logra transmitirnos la ilusión que lo ha llevado en volandas a lo largo de la vida, y más allá de los ups and downs de la misa: el instante mágico de salir al escenario tras los rituales previos, comenzar a tocar el bajo y comprobar que todo encaja y produce la magia de la canción pop. Y es aquí donde detectamos una carencia muy común en esta clase de libros: echamos en falta un mayor detenimiento en los aspectos estrictamente musicales, que cuando de los duranishablamos podrían resumirse en esa tendencia extraña a virar la dirección tras un álbum de gran éxito, a rodearse colaboradores errados, a firmar grandes canciones acompañadas de grandes caídas en un mismo disco… O sus sensaciones, a años vista, acerca de determinados trabajos muy mal entendidos en su tiempo y que han sobrevivido con sorprendente dignidad. Da la impresión de que temiese aburrir a los lectores con esas disquisiciones, y sin embargo pienso que sería algo muy de agradecer invitarnos a pasar a las cocinas de una carrera musical que aún perdura sin reducirse al mero recordatorio.


No obstante el libro se lee con gusto y en apenas unas horas, y nos deja la impresión de haber conocido a un tipo amable, en paz consigo mismo tras haber visitado varios infiernos, agradecido a quienes lo han sabido rescatar y generoso con todos sus compañeros (incluso con el Taylor malo, vaya, hubiésemos deseado un poco más de guerra…).  Confiamos en que tras el impecable “All you need is now” continúen ofreciéndonos buenos discos, y que la música siga sonando mejor que nunca.



jueves, 4 de octubre de 2012

“Las mejores historias sobre perros”, VV.AA. Ellos pasaban por allí.

Ocurre cíclicamente: de repente nos paseamos por las mesas de las novedades de las librerías y tropezamos con uno de estos volúmenes que supuestamente reúnen piezas maestras dedicadas a perros o gatos, hojeamos brevemente las primeras páginas en busca del índice, comprobamos que todo parece correcto –es decir, que los autores pertenecen en su mayor parte al canon narrativo- y nos lo llevamos con un sentimiento parecido a la gula. Salimos entonces de la librería deseando llegar a casa para entregarnos a la lectura, seguramente en nuestro sillón más cómodo, y seguramente acompañados por uno de nuestros mejores amigos: tal vez un gato que trepe por el respaldo silenciosamente y nos acaricie con un mero roce de su cola, o bien un perrito juguetón que tal vez se aburra y pretenda quitarnos el tomo de las manos. A veces las cosas empiezan bien, siguen regular, nos hacen luego alzar una ceja y, finalmente, cuando ya hemos pasado varios relatos aguardando al siguiente, confiados en el nombre de su autor –‘seguro que este no falla’-, terminamos por admitir que el libro es un fiasco.
Esta recopilación publicada por Siruela no es una excepción. Y después de haber leído unas cuantas quizá sea el momento de reconocer que la mayoría de los escritores han fracasado en su acercamiento al mundo animal. Y me atrevo a opinar que lo han hecho por una suerte de temor ancestral a desnudarse al hablar de esta clase de sentimientos, ese otro “amor que no osa decir su nombre” o, de manera más simple, ese nexo ancestral e inexplicable que nos une a los seres con quienes, a fin de cuentas, compartimos la naturaleza. Pocas veces encontramos una indagación verdaderamente arriesgada y profunda acerca de la conmoción que produce el afecto inesperado hacia un animal, la sensación de hermandad y compañía, la felicidad cotidiana o el grado de comunicación que podemos alcanzar con ellos, comunicación hecha de pequeños gestos, que no de largos discursos humanizadores.
Este libro, como muchos otros de su cuerda, es un muestrario de inanidades, de apuntes ingeniosos y de pequeñas historias presuntamente graciosas, servido todo con el tono desapegado de quien se retira unas migajas de la manga de la chaqueta. Aparecen en él, sí, fragmentos narrativos o cuentos que pueden considerarse característicos de sus autores, de tal forma que, digámoslo así, los perros simplemente pasaban por allí. Y esto se hace más evidente por cuanto algunas excepciones ejercen de contraste. Jack London nos ofrece un maravilloso relato épico que es, ante todo, una historia de amistad en la naturaleza más salvaje; Eric Parker explica la manera sibilina en que los pequeños peludos se introducen en nuestras vidas, colocan un espejo ante ellas y las trastocan; P. G. Woodehouse recurre al humor y al surrealismo en la pieza más divertida del conjunto; Sir Arthur Bryant llega a ser emotivo en su caballeresco ejercicio de memoria; y Chesterton, en fin, escribe un típico relato del Padre Brown donde un perro asume un papel principal. Lo demás, está ahí, y los lectores seguiremos a la espera de que algún autor se pregunté por qué, siglo tras siglo, continúan a nuestro lado pese al mucho mal que algunos les hacen y gracias, quizá, a lo mucho que otros los queremos.