lunes, 30 de julio de 2012

Esther Tusquets y Gregorio Peces-Barba. Libros sobre la mesa.

Con permiso de los mercados, de los recortes, de las medidas que no queremos tomar pero no hay más remedio, de la fiesta que se ha acabado, de los servicios públicos insostenibles y de los muchos sacrificios que debemos hacer... Quisiera dar las gracias a Esther Tusquets y Gregorio Peces-Barba. De la primera se ha destacado su labor editora en Lumen (por cierto, excepcionalmente continuada ahora con una línea de narrativa escrita por mujeres realmente brillante), y del segundo su protagonismo en la construcción de nuestra democracia. Pero es justo también destacar que fueron dos excelentes escritores. En el caso de ella así se ha puesto de manifiesto estos días, pero quizá menos en el caso de él. Y es que más allá de su tarea docente, nos deja, entre los muchos ensayos que pueblan su bibliografía, una obra magna, de absoluta referencia, totalmente innovadora en literatura jurídica española, y que será objeto de lectura y consulta durante muchas generaciones. Se trata de su "Historia de los Derechos Fundamentales", que acabará lamentablemente inacabada, al menos con su participación. En estos tiempos absurdos que vivimos no está de más recordar que existen personas que, antes de decir adiós y cerrar la puerta, tienen la deferencia de dejar sobre nuestra mesa un puñado de libros, como quien no quiere la cosa, y para el uso que se estime más conveniente -se recomienda su lectura-. En la lejana, inimaginable visión global de la historia serán situados en la parte positiva de la balanza que equilibra el mundo. 





La ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos. Inglaterra y nosotros.

Fue algo más que una ceremonia de apertura de juegos olímpicos. Fue el reencuentro colectivo con un imaginario que a lo largo de los siglos nos ha proporcionado placer estético y diversión, ha educado nuestro gusto y nos ha enseñado oscuros caminos para mejor entendernos. Por encima de la ilusión del olimpismo y de subrayados políticos que, en cuanto tales, estarían sometidos a discusión, nos ha recordado que la literatura, la música y el carácter inglés han aportado algunos de los mejores ingredientes a la modernidad. Mal que pese a unos cuantos especialistas en ver fallas en todo lo ajeno. 

La propia decisión de encomendar la dirección de la ceremonia a un cineasta como Danny Boyle, que nunca se ha caracterizado precisamente por ofrecer una imagen amable y patriótica de Inglaterra, da fe de lo mucho que deberíamos aprender de ellos. Pensemos en lo complicado que sería, en la España actual, tomar una decisión de ese tipo, y basten para entenderlo los ridículos, humillantes diseños de la vestimenta olímpica con que nos hemos presentado. Claro que durante estos días las televisiones han rememorado también la ceremonia de Barcelona en 1992, y entonces nos damos cuenta de que hace veinte años íbamos por el buen camino, pero algo se torció.

España era un país moderno, que sorprendía por su rápida evolución y su creatividad. Vista a los ojos de hoy, la intervención de la Fura del Bauls parece inverosímil, ¿éramos nosotros, de veras? Sí. Pero ahí se acabó todo. Después decidimos arrumbar el diseño, la imaginación, la diversidad... Y dedicarnos a un monocultivo urbanístico que destrozó todo el potencial que teníamos. Un monocultivo que resucitó lo peor de una tradición que creíamos superada: la del español como personaje grotesco, pícaro, defraudador, ostentoso, especulador, intolerante. España ha quedado convertida en lo que ahora vemos por la calle, una sociedad insufrible, que ha desterrado cualquier atisbo de humanismo y se refocila en las malas formas. Si algo la ha salvado desde siempre han sido las excepciones, individuales o colectivas. En este sentido resulta paradójico que el deporte que se ha convertido en otro monocultivo nacional, el fútbol, apenas tenga capacidad de contagiar en sus seguidores alguna de sus virtudes. La selección nacional, como una especie de oasis fuera del tiempo, ha negado de raíz la vieja ideología de la "furia española", del triunfo a sustentado en "los cojones", para ofrecer un juego creativo, solidario, humilde y hermoso. Así nos ocurre también con artistas, literatos, creadores culinarios, gente del cine y un buen puñado de emprendedores que están desbrozando los viejos caminos del empresariado -me niego a incluir como ejemplo de éxito a Zara, esa industria vulgar de la piratería con poco más lustre que las tiendas chinas que tanto despreciamos-. Sin embargo nada de esto trasciende a una población encanallada, que ha vivido durante decenios de la especulación con la vivienda, del ganar dinero sin formarse ni trabajar, de aprovechar hasta el extremo cualquier ayuda estatal, a ser posible mediante el fraude, para después eludir impuestos y verse a sí misma, frente al espejo, como el paradigma del triunfo. Bien, sí, por supuesto que no hemos sido todos. Pero la imagen colectiva de un país la construyen las mayorías, eso que se suele llamar la opinión social, y la nuestra no puede ser más desoladora. 

Ayer estuve viendo la esforzada victoria de nuestro equipo de basket contra China. Son otra colección de tipos admirables que han roto toda clase de barreras y prejuicios, contemplándolos uno tiende a pensar que hay otra España posible. A los que no nos sentimos muy identificados con la bandera se nos acusa de muy diversos males, pero deberíamos precisar que esa ausencia de empatía no deja de causarnos tristeza. Uno quisiera llevar sobre sí la bandera española como en muchos otros países llevan la suya. La clave está en el desacuerdo de raíz que nos separa de unos rasgos y valores que se han querido consolidar como "la esencia" de nuestra tierra. Rasgos y valores idénticos a los de hace cuarenta años, a pesar de internet, de la integración europea, de la inmigración, de los derechos sociales, de la innovación tecnológica en las empresas, de la diversidad sexual, de los cambios generacionales, del respeto hacia los animales, del erasmus y las facilidades para viajar. La fiebre del ladrillo ha servido para demostrar que, en efecto, más allá de siglas ideológicas, esa esencia española continúa vigente, y ahora mismo pagamos sus facturas. 


Pero el viernes, durante unas horas, nos asomamos a otro mundo. Un mundo en el que se nos recordó que el homenaje a la capacidad de emprendimiento e innovación no es incompatible con otro paralelo a los trabajadores y trabajadoras que lo hicieron posible; donde hubo espacio para señalar viejos problemas aún existentes -las sufragistas y el hecho de que ésta sea la primera edición de las olimpiadas en la que todas las delegaciones llevan mujeres-, generosidad con los grandes creadores que nos han hecho la vida más agradable, el gran sentido del humor británico -geniales Rowan Atkinson y la Reina, gran actriz en su saludo a un personaje de ficción-, y una celebración del hedonismo pop donde aparecieron muchos de los grandes: The Who, los Rolling New Order, Bowie... (¿Saint Etienne hubiese sido mucho pedir? Por dios, quiénes hay más londinenses que ellos...). Y todo ello enmarcado en la madre naturaleza, de cuyo respeto Londres se está poniendo a la cabeza. Ya comenté en otro momento que todos los puestos de comida de los juegos deben respetar el animal welfare... Mientras aquí los principales medios de comunicación se han burlado recientemente del ensanchamiento de las jaulas de las gallinas calificándolas de spa, y acusándola de encarecer los huevos (si la gente tuviese conocimiento directo de cómo se producen dejarían directamente de consumirlos)... 

Todo fue hermoso, correcto y divertido. Pero interrumpiéndolo constantemente estaban las dos locutoras de TVE, para recordarnos que estábamos aquí, y no allí. Nadie va a dudar ahora de la capacidad de María Escario para retransmitir actos deportivos, pero eso sí, estrictamente deportivos. La ceremonia de las olimpiadas hubiese requerido a alguien con una base cultural mucho más sólida. Tanto ella como su compañera, a pesar de disponer de un dossier descriptivo, se equivocaron innumerables veces, obviaban todo aquello que no conocían, como buenas españolas, hasta que algo les sonaba y entonces decían: "suena Adele", fueron incapaces de comprender el sentido de la representación, o al menos de interpretarla a su modo de una manera solvente. Tan sólo hubo dos instantes en que se mostraron exultantes, a nuestra particular manera: cuando salió la delegación española -con las chicas, ay, disfrazadas de Las Grecas-, y ¡cuando vieron imágenes de 'Cuéntame' en el medley de series televisivas!, y ello con la alegría del paleto que reconoce algo propio en medio de otro algo que lo desborda. Ahí, ante nosotros, estaban dos imágenes cabales de lo que hoy por hoy es Inglaterra y de lo que es España.

Comienza, por lo demás, una breve temporada en la que descubriremos anonadados que existen otros deportes, que nos pueden proporcionar instantes de entretenimiento e intensidad inolvidables. Eso si la televisión nos lo permite. Es decir, bastará con que Mourinho o Tito Villanova digan no sé qué en una rueda de prensa para que cualquier noticia sobre las olimpiadas pase a segundo plano. Aquí seguimos con nuestro actual monocultivo de ocio, mientras añoramos aquel de trabajo que nos ha llevado a la ruina.



jueves, 26 de julio de 2012

“Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables”, de Katherine Ketcham y Elisabeth Loftus. La verdad del derecho.


No anda sobrado el mundo jurídico de libros como éste, por otra parte tan necesarios. ¿Qué es lo que dota de ese carácter a “Juicio a la memoria”? Su propósito divulgativo, en primer lugar, desarrollado a través de una escritura de impacable técnica narrativa, seguramente por obra de la periodista y coautora Katherine Ketcham; en segundo lugar, por el rigor de los conocimientos que expone la doctora Loftus sobre los mecanismos de la memoria; y en tercer lugar, por su estructura en forma de capítulos correspondientes a los casos más significativos en que ha intervenido la especialista. La obra se convierte así en un thriller apasionante, donde el gran teatro de la vida en que consiste la justicia se nos pone de manifiesto con crudeza, pero no deja de cumplir su tarea de transmitir unos conocimientos tan útiles como poco conocidos.

La opinión pública nunca suele tener razón en lo que atañe al derecho. Sé que esta afirmación puede resultar escandalosa, y sin embargo es así. La ciencia jurídica, y su aplicación en el sistema judicial, es una materia técnica sobre la que opinar alegremente tiene mucho menos sentido del que parece. Cuando la gente se pronuncia sobre el incremento de las penas, la edad punible o la reinserción lo hace con una naturalidad estremecedora, y si son muchas voces la idea adquiere el tono de verdad absoluta al ser coreada en masa. Los programas de televisión eluden invariablemente la palabra de los estudiosos, y da igual que un experto en política criminal publique un artículo en el que exponga que los delitos de agresión sexual culminan en asesinato en mayor número de casos cuando se agravan las penas; da igual porque la sobrevalorada “voz de la calle” ha dictaminado lo contrario,  y en los medios de comunicación no le darán la oportunidad de explicar lo que la ciencia y la experiencia en política criminal dice al respecto. Así ocurre, por ejemplo, con la violencia de género, cuyo tratamiento periodístico no puede ser más nefasto, como si se empeñasen en contradecir justamente todo lo que les indican los especialistas.  Otro tanto ocurre con las impresiones de culpabilidad, los mal llamados “juicios paralelos” y las condenas sociales fundamentadas en meras filtraciones de la prensa. La historia está llena de errores escalofriantes, y en este libro se da cuenta de algunos de ellos, aunque desde la estricta perspectiva de la memoria.

La doctora Lofton nos explica que los recuerdos no se quedan fijados en nuestra mente como una fotografía, ni siquiera en esas condiciones –el estrés, el miedo, la amenaza- que supuestamente se predican como “imborrables”. Por el contrario, la capacidad de rememorar aquello que hemos visto es materia lábil, sometida a numerosas interferencias capaces de desfigurar lo percibido hasta el punto de cambiarlo por completo. La autora cree en la ciencia, no en las teorías conspiratorias, de ahí que lo que nos relate parezca doblemente inquietante: la inducción de una determinada imagen en la mente del testigo no obedece a una voluntad de manipulación policial o de la fiscalía, sino a hechos tan aleatorios como haber contemplado reiteradamente en la prensa a un sospechoso, o la circunstancia de que en una rueda de reconocimiento no se hayan igualado bastante sus rasgos físicos; a veces también influyen aspectos tan dispares como la necesidad de protagonismo o una mal entendida buena voluntad y ganas de colaborar con la justicia.


Los casos que Lofton incluye en este ensayo recorren algunos de los crímenes más aberrantes que puedan imaginarse, y en los que normalmente había un acusado inocente con base en meras pruebas testificales, a veces en apoyo de otras indiciarias, pero también en algunos supuestos como único motivo de imputación. El libro es también un homenaje a los abogados defensores que se implican en los casos hasta el desmayo, y que en compañía de la doctora reconstruyen los antecedentes del proceso para poder explicar por qué alguien que dice haber visto inequívocamente a otra persona en un contexto determinado en realidad se estaba equivocando, que no mintiendo. La comparecencia de Lofton en las vistas es el momento más intenso de cada capítulo, donde debe esforzarse por dar cuenta de la fragilidad de la acusación mientras resiste los envites del fiscal. Ella intenta no contagiarse del entusiasmo de los defensores y mantener una prudente distancia científica con sus patrocinados, pero aun así no logra evitar sentir curiosidad por la verdad. Claro que en un proceso judicial no existe tal cosa, sino una particular verdad del derecho configurada a través de estrictas reglas procesales que procuran garantizar la igualdad de armas y oportunidades para ambas partes, de una serie de pruebas a menudo insuficientes y, manejando todo ello, de la inteligencia y habilidad estratégica de los abogados. Por eso en la mayoría de los casos no hay una respuesta final que apacigüe la conciencia de los participantes. Es la justicia la que la da, y con ella deben conformarse tras haber intentado enmendar sus peores desviaciones.

Desde el punto de vista de las testificales erróneas Lofton nos ofrece todo un catálogo de tipologías: la víctima de abusos que reconoce inequívocamente a su supuesto agresor, el testigo de violencias ajenas que va rectificando hasta acomodar su declaración a lo que la investigación –o la sociedad entera- precisa, la ciega malinterpretación de lo que dicen los niños, en aras de un afán sincero (¿?) por protegerlos… Al final llegamos a la conclusión de que podemos responder al mal con un mal aún mayor si no calibramos adecuadamente las garantías judiciales, y esa es quizá la mayor enseñanza del libro.

Mencionar, por último, la honestidad de la autora al relatar sus propias batallas íntimas con la ética cuando se trataba de casos especialmente dudosos. Batalla perdida cuando se enfrenta a un acusado de crímenes durante el nacismo; entonces pesa su condición de judía, su profunda conexión cultural con las víctimas, y decide no intervenir como perito de la defensa. Tal vez podemos pensar que su postura es contradictoria con otras actuaciones en supuestos de gravedad extrema, sin embargo no es difícil de comprender la implicación personal que sufría, y a fin de cuentas la propia ley ha previsto históricamente la posibilidad que un profesional se abstenga en tales ocasiones. Y es que hay verdades que resulta mejor no conocer, aun pasadas por el tamiz del derecho.

Un libro interesantísimo para toda clase de lectores, más allá de los juristas, que ayudará a conocer mejor la labor de éstos y a entender el gran drama de la administración de justicia: como cualquier otra empresa humana, se mueve en términos relativos. No sólo se trata de que a veces no exista una verdad, sino de que en todos los casos, por encima de las opiniones y las apariencias, lo más complicado es demostrarla (lo cual, permítaseme la alusión personal -que explica también el entusiasmo con que recomiendo este libro-, es el tema fundamental de mi novela “Una cuestión de prueba”). 

martes, 24 de julio de 2012

“Pequeños sueños gravemente heridos”, de Rafael González Tejel. Lucidez en el cruce de caminos.


Cómo tratar literariamente la juventud, he ahí el gran reto que afronta este libro, seguramente sin planteárselo, y del que el notable talento del autor lo hace salir victorioso. El tema ha sido y seguirá siendo objeto de novelas, películas, canciones cómics y poemarios, e invariablemente –a salvo excepciones como la obra que reseñamos- se adoptará una perspectiva equivocada. En lo creativo vivimos años de polarización a ese respecto: la juventud como delirio, caricatura del vacío y del exceso; o bien, por el contrario, como núcleo existencial de la vida humana, donde la persona se debate en dilemas egocéntricos de cansina profundidad, normalmente relacionados con el desengaño del mundo, la inconsistencia del amor, la imposibilidad de los sueños, etc. Saltamos así de la broma a la elegía, a cual más vacua y repetitiva. Y pasan los años y apenas quedan obras que merezcan la pena, que nos hayan proyectado el foco del sentido en alguna dirección inédita, imaginativa o conmovedora por su exploración sincera de la intimidad.


Recientemente me he referido a una novela –“Algún día este dolor te será útil”- que colocaba al personaje en la zona de tránsito hacia la vida adulta, con la carga de decisiones que ello conlleva, y lograba transmitirnos su zozobra interior mediante una voz narradora de intensa naturalidad. Algo parecido cabe decir de la voz poética de Tejel, sólo que donde allí había ironía y un humor liviano, aquí encontramos sabiduría y calma.


Comienza el libro con un poema memorable, que de alguna manera marca el tono personal -más que estilístico- del resto:

NUEVA RUTA

No aspiremos al trono de la felicidad efímera.
Conformémonos con resistir unidos
Hasta distinguir los copos de nieve del próximo invierno.


Estas palabras exactas, como sólo pueden serlo los buenos versos, revelan ya lo que iremos encontrando a lo largo de las páginas: un recuento vital realizado en el momento mismo de la bifurcación, cuando el camino se desvía hacia la madurez y ha de seguirse, o bien permanecer errático en el ya recorrido, que artificiosamente se prolonga; y una aceptación del paso del tiempo más lúcida que conformista. 

La primera parte del libro, compuesta por los poemas más largos, mira al pasado, al desánimo, a los ímpetus traicionados y a lo que ha cambiado para siempre. Recuerda "el divino regalo de la ingenuidad del principiante" y nos habla del destino incierto. Rafael González Tejel escribe poesía con plena libertad estilística, sin la previa adscripción a formas y cánones que la hagan previsible. En un mismo poema encontramos la metáfora brillante, el lenguaje seco y sentencioso, el dibujo mundano o el instante lírico. Incluso juega con lo realista y lo cotidiano en un vigoroso "Las chicas (m.m.s.)" que bien pudiera convertirse, con la música adecuada, en una canción eterna:

"Las chicas ya no suspenden matemáticas,
no mienten por teléfono
ni ahorran monedas para ir al estanco.
Ahora pasean sin rumbo en cualquier parque,
lloran rímel de tienda de barrio
y se caen en la escalera,
lentamente"


En la segunda parte del libro entra el amor en juego, anunciado en el pórtico por una tajante declaración de principios -y una lección sobre el manejo del romanticismo en literatura alejado de clichés-:

CAUSA JUSTA

No importan las consecuencias 
si el pacto indestructible de tu felicidad
entra en juego.
Bastará con que un día descubran
que tuve una causa justa.


Y que continúa explorando el tiempo compartido, la tensión entre lo real y lo deseado, la posibilidad de la pérdida. Con una sutil variación los versos se hacen más introspectivos, y el mundo exterior es apenas una referencia donde sólo existe el ser querido:

BANDA SONORA

Noto que me escucha,
percibo el tacto de la preocupación, 
el leve descenso de su cuello
y el roce teñido del cariño
por el que se relacionan nuestras yemas.

Sólo eso, 
con una taza humeante
y dos sillas de madera como testigos,
es el mejor regalo que he recibido,
no lo dudes,
en los último 28 cumpleaños infelices
cantados en el silencio
de un piso de alquiler
compartido con el ruido inalterable de la realidad. 


Llegamos a la parte tercera, y recordamos aquello de que el dolor es parte de la felicidad. Fiel a su escritura intimista, pero con una pequeña modulación de nuevo, los poemas se hacen más tensos al manejar "demasiado daño para compartir". Es grande el mérito de no ceder a la tentación de lo evidente, de no cargar los versos de rencor o autocompasión cuando el amor desaparece. González Tejel repasa lo vivido con lucidez, incluso en un poema como "Página 85", donde se rememoran las grietas que iban apareciendo. El orden de los poemas ha sido bien escogido, y contribuye a que acompañemos a la voz poética desde la asunción de las expectativas rotas a la definitiva oscuridad de quien se queda solo, aun "sin derecho a la soledad" -cómo sentirla cuando hay recuerdo y hay escritura para encarnarlo-, de nuevo un  momento memorable:

"Al fondo del túnel,
me cito con tu sombra.
El caudal de deseo desemboca
en el calor de tu cuerpo.
Desde la frente hasta los pies
lo recorro, lo palpo, lo anhelo,
ardo en el impulso incontenible
de consumirme en cada escalofrío.

Con el corazón agotado,
saciado de placer
y devorado por la ternura,
me reconcilio con la calma.

Aquí, entre las estrellas,
que alumbran tu sonrisa,
he encontrado el refugio
en el que archivar el dolor,
despreciar a la muerte
y escribir la vida del antipoeta
sin derecho a la soledad"


Y la vida sigue. El libro concluye con una sección cuarta que cambia el registro, aunque no el tono o el estilo, coherentes en esa diversidad a la que he hecho referencia. Compuesta por cinco fragmentos de prosa, el poeta se convierte ahora en observador, se abre al mundo y se encuentra con otros a los que describe, en primer lugar, para después indagarlos. Son pequeños momentos urbanos, repletos de gestos y objetos comunes a los que la propia escritura eleva con la fuerza de una lírica muy personal, en la que la frase acerada de corte realista culmina de manera sorprendente en un giro abstracto. 


Al final, el poeta toma el camino correcto de los dos que se cruzaban, se propone "que perdamos la orientación al observar por la ventana, rompamos brújulas y mapas, que seamos fuertes y miremos de frente, a la cara, sin miedo". Y nada podrá con él y con todos los que son como él, "pura química del desorden, punto de equilibrio en medio del naufragio descontrolado". En eso consiste la madurez. Y el autor ha sabido contar ese tránsito por medio del arte, en un libro editado a la altura de su alto contenido, con hermosas ilustraciones a cargo de Patricia Dubreil. 


Qué pasará después, que nos ofrecerá el futuro -si es que existe... harto improbable de acuerdo con los periódicos de estos días-. Habrá que estar atentos no tanto a la realidad cuanto a la lectura que de la misma nos ofrecen escritores como Rafael González Tejel. 

lunes, 23 de julio de 2012

Morning becomes eclectic: lo mejor del pop contemporáneo en directo.

Este programa de la radio californiana KCRW se ha convertido en un objeto de oculto, un asidero y un fiel suministrador de felicidad para mí en estos tiempos grises. Los directos que cuelgan en su red son una oportunidad perfecta para tener la oportunidad de asistir a conciertos íntimos de lo mejor del pop actual. Os dejo algunos de mis favoritos:



The Drums: uno de esos casos en los que una banda que no me había llamado demasiado la atención me parece extraordinaria al presentar sus temas en directo. Aunque había escuchado algo de ellos, porque con el primer disco estaban en boca de todos, esta pequeña actuación me ha dejado con ganas de devorar el segundo,'Portamento'.







Tennis: el primer tema, single del nuevo álbum, me ha hecho fan, pese a que su primer disco no me convenció del todo. En la entrevista relatan su año a bordo de un barco, origen de la existencia del grupo. ¿Un pelín frikis?





Keane: vale, nos tenían un poco hartos, pero es que el nuevo disco tiene un puñado de canciones geniales. Se les nota más relajados, sin el intento del single incuestionable que caracterizaba a los anteriores álbumes. En directo suenan muy bien, aunque el cantante debería bajar dos tonos. Uno se lo imagina en mi tierra asturiana voceando, con una boina, un pantalón de pana y un chaleco de pelo, una vara larga en la mano, rodeado de vacas... 







Beach House: no sé por qué este no tiene imágenes. Pero la música merece tanto la pena... Qué regalo, el Bloom...









St Vicent: elegante, agradable, aunque le falta un algo para ser grande de veras. Tiempo al tiempo.







Sharon Van Etten: al parecer en el Primavera estuvo un poco antipática. Pero por haber escrito 'Leonard' se lo perdonamos todo.


¡Nite jewel y Linda Mirada al rescate!


Dicen que sólo la intervención del Banco Central Europeo puede salvar nuestra economía. Pero más allá de eso, lo cierto es que sólo el pop puede salvar nuestra existencia. Estas dos señoritas están haciendo lo posible por rescatarnos con sus últimos trabajos.


“One second of love” es un album de Nite Jewel cuyas cualidades superan cualquier empeño clasificador en formas o tendencias musicales. Lo suyo son los teclados y las bases, sí, pero la electrónica sirve de vehículo para la emoción, la sensibilidad y el romanticismo. Todo ello servido a través de una voz delicada que, como manifiesta en la entrevista que reproduzco, es un instrumento más, y quizá el mejor del disco. No hay temas de relleno, y cumplida la exigencia del hit –precisamente ‘One second of love’- nos permite disfrutar de medios tiempos y “momentos sonoros” a la manera de Saint Etienne o Jay Jay Johanson, pero con un tono más denso y seguramente melancólico. La plasticidad de su voz hace que Ramona González –verdadero nombre de la artista, me temo, ay, que preferimos el otro- nos ofrezca una variedad de registros que elevan las canciones por encima de sus melodías. La gravedad de la memorable “This Story”, la conmovedora “Clive”, los tintes folk de “Unearthly Delights”, el pop encantador de “Memory Man” o “Mind & Eyes”… Nada sobra en un disco que busca un lugar privilegiado en nuestra colección de imprescindibles, que siempre sabe proporcionarnos la respuesta adecuada para cada estado de ánimo. Es de esperar que siga creciendo como artista, sobre todo porque se trata de su segundo álbum y supone ya un avance notable con respecto al primero.



Este es un mini-concierto que dio en la radio KcRw, en el Programa "Morning becomes eclectic" -una maravilla-. Suena muy bien, y se puede apreciar ese trabajo con la voz al que hacía referencia.







Si Nite Jewel es la noche, ya sea de invierno –tras los cristales, con taza de café en la mano- o de verano –al aire libre, rodeados de siluetas-, Linda Mirada es la luz del sol, la playa, los viajes de vacaciones, el cambiarse de ropa para salir tras quitarnos la arena y la sal del cuerpo, los recuerdos de juventud ligados a bares con música irresistiblemente pegadiza. “Con mi tiempo y el progreso” –anda que no tiene guasa el título, como la mayoría de las letras, de un rebuscado humor secreto- busca sus raíces en el italo disco y el pop masticable de los ochenta, pero al igual que en el otro caso hay una personalidad detrás que hace especial el resultado. La composición ha avanzado también con respecto al “China es otra cultura” de hace un par de años, la producción es más matizada y las canciones se van digiriendo con el disfrute de aquellas golosinas o helados de la época –yo qué sé, el Drácula, o el Cola Jet-; como dice Silvio José, el personaje de Paco Alcázar, no es que sean adictivas, es que nunca tienes suficiente.


Al contrario que en el disco anterior, no hay un gran single, pero todos los temas mantienen el mismo brillo y jovialidad. Quizá ese algo que añade encanto al disco sea el contraste entre voz y música. La primera resulta divertidísima y peculiar en su completa falta de empatía con lo que está cantando, como si lo hiciese desganadamente, y por supuesto ajena a tonos y variaciones emocionales -es curioso, si comparamos ambas artistas, cómo se pueden conseguir resultados tan notables por dos vías tan diferentes-; las melodías y los arreglos –sintizadores, sobre todo, y algún saxo ochentero- son sin embargo de lo más inmediato, destinados a metérsete en la cabeza con la fuerza de los clásicos de aquella década a la que invocan. Escuchar este disco supone también maravillarse ante la completa impermeabilidad del mundo mainstream. Las canciones de “Con mi tiempo…” serían una base genial para campañas publicitarias, o excelentes temas-karaoke de esos que se gritan con tres copas. Es decir, que debería vender como lo hicieron Mecano en otros tiempos. Pero no. Hemos construido una sociedad tan inteligente que los que aprecian la música no pagan por ella y los que no la aprecian se la regalan unos a otros por navidades con papel y lacito del Corte Inglés.  


Aquí está el hit de su primer disco, ése que tendrá que tocar siempre en directo, aunque se harte de ella:







Para un mejor encuadre en la iconografía de los ochenta, "El día de San Valentín" debería haberla enterrado ya convertida en un One Hit Wonder. Pero no. "Secundario" le da nueva vida... Salvo que se retire y vuelva dentro de veinte años, que también encajaría.







Deconstruyendo el discurso de Andoni Luis Aduriz en torno al foie. Un plato de viejos ingredientes mal elaborados y presentados.


Valoro altamente a los grandes creadores gastronómicos de este país. Y lo aclaro para dar a entender que cuando utilice la palabra “artista” lo será sin asomo de ironía. Un artista inteligente y sensible habría reaccionado de un modo muy diferente frente a la investigación de Igualdad Animal en torno a los modos de producir el foie de una serie de granjas, que incluyen toda clase de vulneraciones legales y un intolerable sufrimiento animal. Ese artista al que nos referimos habría reflexionado sobre el asunto, y aunque legítimamente podría tener algún gesto de empatía hacia la productora, con la que lleva trabajando tiempo, no habría desaprovechado la ocasión para emitir un comunicado en el que afirmase su voluntad de, a partir de ahora, vigilar que la calidad del producto que entra en su cocina respete escrupulosamente la normativa y evite el maltrato animal –entiéndase maltrato como sufrimiento gratuito en aras de una mecánica productiva determinada. Para los del colmillo afilado lo aclaro: no es lo mismo matar que matar con aturdimiento. Hablamos de algo perfectamente reglado-. Por encima de todo a lo que me referiré, echo de menos en su postura un poco de piedad, una mínima conmoción ante las imágenes que ha visto.

Una postura tan sencilla habría zanjado la cuestión de forma tajante. Un creador que maneja parámetros de exquisitez, cuidado e imaginación en la cocina bien podría haberse alineado con los partidarios del respeto a la capacidad de sentir –miedo, angustia, dolor- de los animales. Sin embargo Aduriz no ha respondido de esa forma. En un artículo publicado en su blog titulado nada menos que “Crueldad vegana” ha desarrollado unos razonamientos que ilustran perfectamente el significado de la expresión “enseñar la patita”, esto es, mostrar lo que de uno es de verdad, lo que uno piensa y el argumentario que maneja.

Algunas veces se ha definido la “mala follá” granaína (esa especial ironía, a veces sarcasmo, con que los habitantes de tan bella tierra –y estoy casado con una- se refieren a ciertos gestos y personas) como la “destrucción del mito subjetivo”, es decir, de la personalidad enaltecedora con que la gente se reviste, una mitología que sólo a ellos y sus allegados convence pero que cuando se expone a la luz se queda en nada. Así ha ocurrido con Aduriz, y sin intermediación granadina de por medio. Con este texto se ha retratado no como un artista, sino como un señor a la antigua, profundamente conservador, intolerante, defensor de su posición y despectivo. Asimismo vemos cómo su discurso emplea similares elementos que los de los comentaristas más retrógrados de los medios de comunicación más radicalizados en sus posiciones políticas. Luego saldrá en alguna revista en diálogo intelectual con algún filósofo –seguro que Savater se presta- o poeta y todo resuelto.

Pero las imágenes seguirán ahí, por siempre.


Vamos a examinar brevemente los ingredientes del discurso de Aduriz (pongo en cursiva sus palabras):


Vemos como nos han enseñado a ver, es por ello que observamos las cosas como somos más que como realmente son

Comienzan el artículo con una frase hacia la que sólo podemos adherirnos. En efecto, no se podía definir mejor nuestra manera de tolerar el sufrimiento animal. Los niños crecen en el amor a los animales, no hay cuaderno infantil de actividades escolares en el que no aparezca una granja donde los cerdos sonríen, los perritos corretean, los ojos de los patos brillan de felicidad y los terneros mueven el rabo acompasando tan deliciosa armonía. Y seguramente debe ser así. Hemos aprendido a observar las cosas tal como nos han enseñado a verlas. De ahí el impacto que produce conocer que todo es mentira, y conocerlo por algo tan directo como una grabación en vídeo.

Los niños deben seguir creciendo con esa imagen idílica de la granja, y en el amor y el respeto a seres humanos y animales. Los adultos tenemos la responsabilidad de hacer más pequeña la brecha existente entre la ilustración del libro escolar y la espantosa realidad de muchas granjas y mataderos. Se trata simplemente de eso.


Tengo que reconocer que frente a los artículos expuestos en una pescadería, me conmuevo. No puedo dejar de proyectar mentalmente esos pescados y mariscos que se exponen ante mí, en forma de guisos, asados o platos de todo tipo. Me fascina esa diversidad de posibilidades que yo asocio a placer, cultura, tradición y salud (…) Admito que nunca hubiese pensado que donde yo veo posibilidades infinitas de sabores y texturas, otros ven un macabro cementerio, repleto de cadáveres y sufrimiento.

Aquí ya entramos en harina con un argumento que utilizan los defensores de la tradición cultural que conlleva el maltrato animal: la defensa de los animales como enfermedad mental. Hace poco lo utilizaba el amigo Sostres, y meses antes Albert Boadella, cuando llamó enfermos mentales a los que habían votado al Partido Animalista. Aduriz sigue ese camino cuando habla –sin saber manejar bien la ironía- de “macabro cementerio, repleto de cadáveres y sufrimiento”. La imagen de un vegetariano frente a una pescadería soltando lagrimones es algo que les encantaría ver. Mala suerte, la realidad de las cosas no es tan patética: el movimiento animalista crece entre la gente más ilustrada, y su base es fundamentalmente gente joven, está lleno de futuro y se propaga por el mundo tal como hicieron en su tiempo los derechos humanos, el feminismo o la ecología.

Con respecto al placer, cultura, tradición y salud de los que habla… Lo mismo puede decir el propietario de uno de esos chalets edificados a pie de playa previo unte al concejal de turno: “no entiendo que aquí donde yo veo un paisaje bello, el frescor del mar, la luz del sol… Haya quien vea un atentado ecológico”; o el piropeador profesional que no se explique por qué donde él sólo veía un halago al cuerpo de una compañera de trabajo otros vean una expresión de machismo rayano en el acoso laboral. Si es que el mundo está lleno de locos, a que sí.





Soy consciente de que mi dieta omnívora es imperfecta en muchos aspectos, pero esta avalada por miles de años de prácticas, la inmensa mayoría de los nutricionistas, y varias teorías que explican que somos como somos porque un día, hace ya  muchos miles de años, un lejano antecesor nuestro decidió, o se vio obligado, a comer proteínas de forma regular y continuada.

¿A cuento de qué viene esta refutación del vegetarismo/veganismo?

Se trata de un truco barato habitual en los retrógrados: desviar la atención sobre el fondo de lo que se discute… Oiga, que los vídeos sobre la producción del foie no hablan sobre cuánta proteína animal se debe consumir, sino sobre prácticas que además de ilegales implican un sufrimiento salvaje de un ser vivo con capacidad de sentir. Ni más, ni menos.

Esa alusión en la que sólo habría faltado el “quieren quitarnos las proteínas de nuestros hijos” es un torpe intento de controlar la discusión en términos más cómodos. Existen ya numerosos informes científicos que avalan la dieta vegetariana/vegana,  son millones de personas los que la practican, y cada vez más. También está acreditada la rentabilidad, en términos económicos y ecológicos, de la producción vegetal, muy superior a la animal. Pero no vamos a entrar en ello. Limitémonos a decirle al señor Aduriz: respete la normativa sobre bienestar animal en los productos que ofrezca en su restaurante, nadie le está pidiendo que se haga vegetariano.

Para acabar con esta frase, subrayar únicamente un nuevo mecanismo mistificador, arropado de cursilería y con el que nuevamente se trata de desviar la atención, me refiero a lo de soy consciente de que mi dieta omnívora es imperfecta… Idéntico a esos políticos que en un determinado momento dicen: “puede que haya cometido algunos errores”… Señor mío, errores no, ¡que se ha llevado tres millones de euros! Pues en el caso de Aduriz nos encontramos con lo mismo: el reportaje d de Igualdad Animal no iba destinado a mostrar las imperfecciones de una dieta omnívora, porque sin duda que no hay ninguna perfecta. De hecho, no teorizaba en modo alguno sobre las dietas. Hablaba de la tortura animal a través de los métodos de producción. Sé que al cocinero no le agrada situarse en esos términos del debate, pero no se han planteado otros.



Nunca se me hubiese pasado por la cabeza tratar de explicar los motivos culturales, éticos, políticos, socioeconómicos e incluso, de protección de la biodiversidad, que se ven afectados si una opción alimentaria exenta de carne, pescado, leche y sus derivados, huevos y miel, se impusiese como norma. Jamás trataría de persuadirles, por muy convencido que esté, y por mucho que crea que esta manera de afrontar la alimentación daña la cultura culinaria que he heredado, así como las formas de vida que conozco y configuran los paisajes físicos y emocionales de mi cultura y tradición. Seguramente por cómo soy, y por cómo pienso, se me hace muy duro entender cómo una organización que promulga el respeto hacia los animales, que por cierto compartimos, nos lleva una semana acosando por todos los medios habidos e imaginados, incluida la falsedad y la coacción velada e indirecta, para conseguir unos objetivos que todavía no me quedan claros. ¿Se pretende que renuncie a ver el mundo como creo que hay que verlo?

Por supuesto que nunca se le hubiese pasado por la cabeza explicar los perniciosos efectos de la dieta vegetariana. En primer lugar porque es completamente innecesario: desde niños nos educan para que esa opción, sencillamente, no exista. Muchos sabemos lo dificultoso que es asumirla, las escasas opciones que te ofrecen los restauradores en una cuidad pequeña, el tiempo que necesitan para adquirir productos y prepararlos… Ser vegetariano/vegano es arduo, nunca se ha planteado como opción en nuestro sistema social y educativo.

Pero vuelvo a negar la mayor: y dale con el vegetarismo… ¡Que se trata los sistemas de producción del foie! Nadie pretende que su restaurante pase a ser exclusivamente vegano… Sino que se ponga a la cabeza de la manifestación, en vanguardia del respeto de los derechos de los animales a no sufrir innecesariamente para proporcionarnos placer.

Y por fin encontramos en su discurso el argumento más habitual que a lo largo de la historia contemporánea han empleado los que se encuentran en una posición dominante, en el lado favorecido por la tradición y la economía: el victimismo. Aduriz se siente acosado por las redes sociales. Al igual que ciertos hombres se sienten acosado por las feministas. Al igual que ciertos ciudadanos se sienten acosados por la mano de obra inmigrante. Al igual que los miles de aficionados que acuden a una plaza de toros se sienten acosados porque seis o siete chavales acudan con una pancarta y se coloquen en una esquina en silencio.

Si algo está claro es que el cocinero no renuncia a su visión del mundo. Lo que le agradecemos es que la haya puesto de manifiesto de manera tan expresa a través de sus palabras.


El denominado “trabajo de investigación” aireado por los activistas de Igualdad Animal, se llevó a cabo traicionando la confianza de una productora seducida mediante promesas de ser ayudada a regularizar su situación. Eso si que es un escandalo. Estremecedor. Los integrantes de este grupo “ético”, se presentaron como miembros de una universidad

El desprecio con que habla usted de “investigación” se soluciona buscando en el diccionario de la Real Academia. En cuanto a lo “estremecedor” –de nuevo la cursilería y el victimismo- de la manera en que se acercaron a la productora… Así ha ocurrido desde que el mundo es mundo. Emily Wilding Davison, militante británica sufragista, tuvo que fallecer atropellada por el caballo del rey Jorge V el 4 de junio de 1913 para marcar un hito en la historia de los derechos de las mujeres. Muchas personas han tenido que saltar vallas, introducirse en lugares prohibidos, arriesgar su trabajo, su posición social, su vida entera para que los demás pudiésemos conocer algo que nos estaba oculto. Hay muchas posiciones intermedias en el comportamiento social del ser humano, pero también existen los dos polos: los que rompen el candado y entran y los que quieren que permanezca siempre cerrado. Reprochar de falta de ética a quienes han sacado a la luz imágenes tan –ahora sí- estremecedoras equivale a negar la existencia misma del periodismo. Muchos reportajes que se ponen encima de las mesas de las redacciones más importantes de este país no han sido obtenidas llamando a la puerta y diciendo “buenas tardes, vengo a investigar el cobro de comisiones ilegales del señor de la casa”. El argumento es de una puerilidad llamativa, pero también contiene cuarto y mitad de hipocresía: en ningún momento se aplica el parámetro “ético” al sistema de producción del foie.


Al igual que con el resto de los cientos de pequeños productores que conozco, no hace falta un “trabajo de investigación” para sonsacar opiniones y desvalijar vidas, simplemente con acercarse a escuchar sus problemas e inquietudes diarias, es suficiente. Seguidamente se reviste el documento con grandilocuentes palabras como “sacar a la luz”, “escándalo”, o “estremecedores resultados” y ya tienes carnaza para la noticia del verano

Este párrafo no merece más comentario, aquí el autor ya se desmelena y pese a condimentarlo con el victimismo habitual –“desvalijar vidas”-, pretende descalificar el reportaje con fundamento en las notas de prensa con que se presenta. Es decir, elude su contenido. Echamos de menos una mínima referencia a lo que en él hemos visto. Seguimos desviando la atención, vaya.


Ahora, también confieso que no han logrado modificar ni un ápice nuestra concepción de la cocina y la gastronomía, como tampoco nuestra posición en defensa de la calidad, la tradición y los pequeños productores que siempre hemos defendido. Si por ser consecuente con mi forma de pensar, tengo que pagar un alto precio, estaré dispuesto a asumirlo.

Tranquilo, el alto precio se te verá doblemente reparado y compensado. Pues no dudamos que recibirás el doble de visitas y de apoyos, que saldrán de las cavernas los defensores de no se sabe qué, mejor llamarlos los atacantes de lo nuevo, y tendrás muchas más reservas que pedirán expresamente el foie y se llenarán la boca con él, alzarán su copa de vino, sonreirán y dirán “que se jodan los activistas”. Siempre ocurre así, ante el mínimo atisbo de discusión sobre algo considerado “tradicional” las fuerzas vivas que lo defienden se agrupan. No te preocupes, te irá bien.

Tan sólo un matiz dirigido a los que hagan el brindis, aunque sé que no les importa; se trata de una mera cuestión de forma, de utilizar la expresión correcta: los que se joden no son los activistas. Son los animales. 

Propuestas para una limpieza ética de la Administración Pública –se recomienda aplicarlas sin piedad, pero con mascarilla-.


No dejamos de hablar de lo mismo, ¿verdad? Parece que nuestro mundo se ha reducido a un eterno darle vueltas a la crisis. El diagnóstico de lo que no ocurre está bastante claro, y suficientemente expresado. Pero uno echa de menos propuestas concretas destinadas a que las cosas cambien, a salir de ésta sentando las bases de una sociedad mejor. Pienso que cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestro conocimiento sectorial derivado de la formación y/o el trabajo, deberíamos poner en circulación ideas para reconstruir el mundo. A veces nos sorprende encontrar algunas que, en términos macroeconómicos, nos explican que existen alternativas para reducir gastos y obtener ingresos. Claro que nunca llegan a los telediarios, pero aun así mucha gente las lee a través de la red y uno piensa que ese conocimiento colectivo acabará teniendo algún sentido.

Aquí van las mías, referidas al concreto ámbito de la Administración Pública. Últimamente se nos intenta convencer de que es el centro de nuestros males, y se habla de ella como de una realidad sin matices, se la quiere arreglar a brochazos –o mejor, tijeretazos-, y se la presenta como una suerte de comuna hippie, en el sentido paródico del término, llena de vagos y gente de mal vivir mantenidos por el resto de esforzados trabajadores. La descripción, en realidad, tiene algo de cierto, pero se equivoca en su objeto. Generalizar es la manera más directa de sembrar la injusticia. Empecemos:


-Los jueces tienen un régimen estricto de actuación en el caso de presentar alguna clase de afectación personal relacionada con el caso que enjuician. La ley les impone el deber de apartarse, y la posibilidad de que las partes lo promuevan, cuando existe algún grado de parentesco, amistad o incluso intereses más difusos relativos a lo que se discute o a quiénes lo discuten. Pues bien, la misma incompatibilidad ha de existir en lo que atañe al acceso a la administración pública. Nadie puede obtener plaza o puesto de trabajo en una administración donde ejerza su autoridad un pariente, amigo o similar. Sé que esto provocaría un inmediato recurso de constitucionalidad por vulneración del principio de igualdad. ¿Es que mi hijo no puede acceder a una plaza en el Ayuntamiento del que soy Alcalde?, dirían. La respuesta debe ser no, y el mismo fundamento que sustenta las prohibiciones a los jueces sería perfectamente aplicable por analogía. El juzgador debe decidir sobre la libertad o los bienes de una persona, y la ley le impone que ningún factor emocional incida en esa toma de decisión. Del mismo modo, el responsable político debe decidir sobre el trabajo y el proyecto vital de los ciudadanos cuando se enfrentan a las pruebas de acceso a la administración. Sin duda que muchos de estos casos son más relevantes que cientos de juicios donde un juez se ve obligado a apartarse del caso. No es difícil de entender.

Para ello se establecería, en primer lugar, esa incompatibilidad referida a un ente administrativo, departamento o dependencia concreta. Pero también una legitimación activa, amplia, para que cualquier trabajador público pudiese denunciar la existencia de esa relación de familiaridad, amistad o interés entre quien decide y quien aspira a ser elegido.

Hasta ahora algunos jueces han dado alas a la corrupción con base en un criterio grotesco: el de que la alta autoridad administrativa, pongamos en concejal, el consejero, ministro o diputado, no es quien se sienta en el tribunal de oposición y no es, por tanto, quien tiene la última palabra. Efectivamente, no es él quien lo hace… sino sus directos subordinados. Los funcionarios escogidos para formar parte de un tribunal calificador no necesitan que alguien les explique que tal o cual aspirante es el sobrino de no sé quién o que se trata de un fiel militante del partido que ha ayudado en la campaña electoral. La ley debe proteger a estos profesionales para que ni siquiera tengan la posibilidad de sentirse coaccionados.

Con esta medida poco arreglaríamos, porque entraría en juego inmediatamente el intercambio de cromos: yo coloco a tu hijo en la ciudad X y tú al mío en la cudad Z. De ahí la importancia de esa legitimación amplia para que cualquier persona pudiese ser denunciante, hasta de los cromos.


-Para articular estos controles se crearían medios de supervisión a cargo no de los representantes políticos, sino de profesionales provenientes de la sociedad civil. Al igual que se escogen peritos judiciales, por sorteo, de entre los especialistas en una materia determinada, así ocurriría en ese caso. Un auditor laboral analizaría la corrección del proceso y le daría el visto bueno, con posibilidad por supuesto de impugnación ante el juez.

Estas medidas, al menos, dificultarían las prácticas que han sido regla general en un buen número de administraciones.


-Y en el mismo sentido debería actuarse frente a eventuales recortes de personal público. Con una ignorancia cercana a la temeridad se habla de interinos y contratados como si se tratase de tipos sospechosos, cuando en muchas ocasiones se trata precisamente de los profesionales más valiosos, procedentes del mercado laboral privado. Dentro de ese mismo argumentario se alude a los funcionarios en un sentido sacramental, cuando un número importante de ellos apenas resistirían una revisión objetiva de las pruebas que les han dado acceso a su plaza, sobre todo en la Administración local, donde existe esa cercanía nefasta de carácter sanguíneo, amical o partidista -no así en educación, justicia o sanidad-. Los recortes de gasto en materia de personal no deberían ser en ningún caso generalizados, como lo ha sido la eliminación de la paga extra. Se necesitarían, de nuevo, auditorías laborales que examinasen la pulcritud de los procedimientos de acceso, la necesidad de los puestos de trabajo, etc. Nos llevaríamos muchas sorpresas, para lo cual sería igualmente necesaria la participación de los trabajadores públicos con la posibilidad de informar a los auditores. ¿Demonización de la casta política? Sí, claro, la misma que ahora se está realizando sobre quienes prestan servicios en las administraciones de manera tan genérica como injusta.

En la Administración autonómica y local podemos encontrar verdaderos linajes familiares en ciertos departamentos con plantillas infladas hasta reventar; organismos creados ad hoc para proporcionar servicios a la propia administración mediante formas societarias que sólo buscan eludir el régimen funcionarial para colocar gerentes y directores con remuneraciones obscenas; pruebas selectivas en las que, desde la misma redacción de las bases, se ha facilitado la incoporación a dedo, y otras que directamente constituyen un ejemplo típico de prevaricación. 


-En relación con lo anterior, las pruebas selectivas del futuro deberían eliminar cualquier posibilidad de corrupción: se acabaron todas aquellas que quepa filtrar, es decir, que no dependan del azar (sacar tres temas por un sistema de bolas es puro azar; responder a un test es relativamente fácil si te lo han proporcionado 48 horas antes). Los tribunales deberían estar compuestos por funcionarios ajenos a la concreta administración convocante e incluir un profesional del mundo privado. Formar parte de la administración como funcionario debería ser muy exigente, y por lo tanto indiscutible. En cuanto a la contratación en régimen laboral –puesto que muchas necesidades no se pueden dotar con carácter permanente- requeriría de un proceso selectivo en el que contase el currículum y la superación de pruebas prácticas mediante tribunales escogidos con el mismo criterio anterior.


-Se deberán eliminar de raíz todos aquellos organismos, entes instrumentales y demás satélites administrativos que presten servicios que puedan ofrecer los operadores privados. Pongo un ejemplo: una administración crea una sociedad de participación pública al cien por cien con el fin de realizar informes técnicos y desarrollar proyectos relacionados con las carreteras o el medio ambiente. Para ello la dota de personal público ya existente en la misma, traduciéndolo al castellano, los curritos que cobran un sueldo; pero sobre ellos se crea un organigrama de gerentes, asesores, directores generales, etc. que casualmente son miembros del partido o sobrinos tontos del concejal. Supresión inmediata. Esos servicios los pueden desempeñar profesionales del mundo privado, los funcionarios “regresarían” a su dependencia, y los asesores, a la calle. Así estaríamos recortando gastos y abriendo oportunidades en el mercado de trabajo.


-El ahorro que supondría eliminar todo aquello que únicamente ha servido para colocar amigos se emplearía, además de reducir el déficit, por supuesto, en dotar mejor a los servicios de inspección contra el fraude fiscal y laboral. Aquí contribuimos todos. Se acabó la picaresca de los de más arriba y de los de más abajo: el entramado societario realizado con el fin de evadir toda clase de responsabilidades, pero también el aprovechamiento espurio de quien cuenta con Seguridad Social gratuita a través del cónyuge y prefiere cobrar en negro por su trabajo. Los distintos ministerios contarán con una web donde podrán realizarse denuncias anónimas y a las que se responderá, en principio, con un requerimiento de información al presunto defraudador. ¡Qué barbaridad, una sociedad de denunciantes, como en el nazismo!, dirán algunos –aquí siempre que se toca a los sinvergüenzas echan mano del holocausto judío… hay que tener valor-. Pues sí: ya no podemos confiar en la ética ciudadana, en especial tras estos años gloriosos en que mucha gente se convirtió en especulador con el ladrillo, en experto defraudador y perito en pagas, pensiones y subvenciones. Solidaridad para todo aquel que lo necesite, recursos para fomentar la igualdad de oportunidades, o mejor, de “capacidades” en términos de Amartya Sen. Pero a partir de ahí, mano dura con el pícaro, a quien hasta ahora se ha aplaudido, y todo el mundo a trabajar.



¿Por qué los partidos políticos nunca tomarían estas medidas de limpieza de la Administración? Porque los afecta directamente. Se negarán, está claro, y nos dirán que las soluciones vienen por otro lado. Pero han de tenernos enfrente con la legitimidad que nos da nuestra condición de ciudadanos.

Hay una regla importante, una especie de “prueba del nueve” de la calidad profesional: consiste en comprobar si todo aquel que está en política, o trabaja en la Administración, tendría igualmente hueco en el mercado privado de trabajo. Si no es así, se encuentra bajo sospecha. Necesitamos que dedicarse al servicio público, en cualquiera de sus facetas, sea motivo de orgullo, y no señal de estar muy bien relacionado. Sea cual sea el escenario macroeconómico que nos aguarde a medio plazo, si no abordamos estos cambios todo seguirá igual, y la hecatombe se repetirá tarde o temprano. Más allá de medidas fiscales, de reordenación competencial del Estado o de maneras de obtener recursos, se hace preciso imponer a hierro una concepción ética del trabajo público. Y para eso la civilización nos ha dotado de una herramienta muy clara y directa: el derecho, la capacidad de normativizar la existencia, y de contar con una justicia independiente que controle el respeto de la norma.