jueves, 31 de mayo de 2012

"Algún día este dolor te será útil", de Peter Cameron.

El tránsito entre la adolescencia y la edad adulta ha sido tratado ya en numerosas novelas. Cabe preguntarse, pues, qué puede aportar un nuevo intento como el que realiza Peter Cameron en este interesante título. La respuesta se encuentra en sus páginas: honestidad, sencillez, ausencia de prejuicios -entendidos como una toma de postura previa de carácter artístico o intelectual que pretendiese de alguna forma dar la réplica o complementar a cuantos lo han precedido-. Cameron construye un personaje creíble porque no es el más listo, el más irónico, el que mas sufre o el eternamente incomprendido. Se trata, simplemente, de un muchacho que a punto de dar el paso que supone abandonar el hogar e irse a la universidad siente que no va a encajar allí, porque en realidad no lo hace en ninguna parte. 


Semejante planteamiento, sin duda reconocible, se nos presenta mediante un narrador en primera persona que, quizá desde un punto en el que todo parece ya menos amenazante, recuerda esos días en que tuvo que tomar algunas decisiones. Aunque existe otro plano en su memoria: el relacionado con un instante de derrumbamiento y posterior huida que le sirve como referente. Ahora el protagonista se encuentra de nuevo en la misma tesitura: la de aceptar la "vida adulta" tal como viene, o la de escapar seguramente hacia ninguna parte. 


Peter Cameron compone una obra sutil en la que son los lectores quienes debemos indagar entre líneas y llegar a ciertas deducciones para entender a los personajes. El libro, más que concluir, se detiene y nos deja con la sensación de que habría podido continuar siguiendo al narrador durante muchos años. Apenas encontramos giros argumentales, y los pocos que hay parecen producirse de manera azarosa, fruto del temperamento oblomoviano del protagonista, que se nos antoja espectador de su propia existencia. Aun así abundan las escenas divertidas, los diálogos inteligentes y los pensamientos ingeniosos de un adolescente que más que plantearse las grandes cuestiones del mundo se pregunta por qué se empeña la realidad en no dejarlo tranquilo. Y mediante ese tono impasible el texto acaba burlándose de los terapeutas, del supuesto amor paternal y maternal, del arte contemporáneo y sus cultivadores, de la alegre muchachada universitaria y sus comportamientos grupales, de la masculinidad clásica asociada al despacho lustroso y el consumo de filetes sangrantes, de las redes sociales, de la histeria urbanita... El estilo recuerda a los primeros libros de David Leavitt, al menos en su contenida emotividad, pero con unas dosis más altas de ironía. 


Tan sólo parece haber algo auténtico en la vida del protagonista, y es el mundo antiguo, afectuoso y cabal representado por su abuela, a quien acude siempre que las cosas van tirando a mal. Los mejores pasajes de la novela transcurren en esa casa antigua donde ambos comparten mesa y una simpática esgrima verbal. Instantes conmovedores que, sin mayores subrayados, sirven de anclaje en mitad de la tormenta. 


Nueva York y sus traumas post once de septiembre son el escenario de fondo. Pero más allá de eso está el temible instante de la bifurcación en que debemos decidir si seguiremos creciendo en el abandono de todo lo puro que había en nosotros o bien somos capaces de conservarlo. Quien más quien menos hemos tenido que escoger el camino deseado, y aún seguimos haciéndolo. Por eso la novela de Peter Cameron resulta aconsejable para leer en la juventud, e imprescindible en la madurez, cuando corremos el riesgo de olvidar que alguna vez nos sentimos así. 

sábado, 26 de mayo de 2012

"Out of the game", de Rufus Wainwright. Sigue siendo el rey -o mejor, el príncipe-.

Uno tiene la sensación, al vivir en el mismo tiempo en que un artista como Wainwright desarrolla su carrera, de tener el privilegio de estar presenciando la paulatina construcción de un clásico. Al igual que los que siguieron a Bowie en los setenta, esperaban con ansia sus discos y asistían a sus conciertos asombrados por su capacidad para no fallar nunca. Rufus pertenece a esa casta de músicos que siempre acierta, por mucho que podamos destacar unos álbumes por encima de otros. Pero es que, como un valioso añadido a su figura, está aportando unos ingredientes de sutileza, inteligencia, complejidad y sinceridad que elevan varios grados el nivel de la música popular en los comienzo de este siglo. En resumen, es emocionante pensar que cuando dentro de muchos años se hable de él como una referencia casi mitológica, podamos presumir de que "estuvimos allí". 


Su anterior trabajo, "All days are nights, songs for Lulu" fue un ejercicio estremecedor de terapia personal -y pública- tras el fallecimiento de su madre. Un disco áspero, difícil y desnudo en el que exponía cretinamente su luto. Así, de hecho, lo escenificaba en aquella gira, sin duda la más irrepetible y emotiva de su carrera, en la que interpretaba todos los temas, en el mismo orden del álbum, acompañado sólo por el piano y con la petición al público de no aplaudir hasta que hubiese terminado por completo. El escenario se oscurecía como su música, y mostraba proyecciones de un ojo fuertemente maquillado en negro -¿el símbolo de dios, la muerte misma?- mientras un Rufus austero desgranaba las canciones con sensibilidad y respeto. 


Pero después tenía que venir la fiesta, claro. Y ya en las entrevistas del "All days..." nos iba anunciando que el siguiente debía ser luminoso, pegadizo e inmediato. Es decir, popero. Y aquí está el resultado, que como cabía esperar ni es tan optimista ni tan sencillo y, menos aún, vulgar como uno de tantos movimientos comerciales que a veces perpetran los músicos necesitados de una resurrección. No era ése el caso de Rufus, que seguía vivo como nunca, con su cofre recopilatorio de la obra completa, con el estreno de la ópera "Prima Donna" y demás proyectos paralelos y colaboraciones de esas que nunca faltan en la carrera de un artista para el que la amistad, la familia, el "hacer nido" son tan importantes. 


"Out of the game" es cien por cien Rufus. Nadie se imaginaba que fuese a salirle un disco pop en el sentido estricto de la palabra, construido a partir de melodías sencillas y secuencias repetitivas. Las canciones vuelven a tener ecos clásicos, a romperse hacia la mitad para convertirse en otras, a enlazar acordes imposibles y superponer arreglos y voces en subidas del tono teatrales u operísticas. El pop se encuentra más, digamos, en la atmósfera y en la producción de Mark Ronson que en la composición propiamente dicha. Y esto sí que es un aspecto a destacar: al contrario que en "Release the Stars", donde la mano de su amigo Neil Tennant apenas se notaba, está claro que al productor en esta ocasión se le ha permitido "ronronear" determinados temas, lo que se hace evidente en pequeños detalles -el rasgueo de guitarra en 'Barbara', los vientos y coros de 'Rashida', los teclados new wave de 'Bitter Tears', el funk y de 'Perfect Man', que rechazó Tennant, por cierto, al tener demasiados acordes...- que contribuyen a añadir luz y color a unos temas excelentes. 


'Out of the game' probablemente se situará en el podio de la discografía de Rufus junto con los dos 'Want', las melodías son memorables como en aquel caso, y las letras continúan apelando a su biografía, al sentimiento autenticado y engrandecido por el arte, junto con algunos guiños humorísticos marca de la casa. 


Añade, además, algunos títulos a su colección de clásicos incuestionables. En especial 'Montauk', dedicado a su hija Viva. Este poema sonoro recorre con emotividad sus edades futuras, y anticipa la reacción de Viva ante ellas, para finalmente invocar el espíritu de la madre fallecida, presente en el océano. Una canción hermosa y conmovedora que recuerda a "The art teacher". La incluyo en una versión desnuda, teclado y voz:

One day you will come to Montauk
And you will see your dad wearing a kimono
And see your other dad pruning roses
Hope you won't turn around and go

One day you will come to Montauk
And see your dad playing the piano
And see your other dad wearing glasses
Hope that you will want to stay
For a while
Don't worry, I know you laughed it out

One day you will come to Montauk
And see your dad trying to be funny
And see your other dad seeing through me
Hope that you will protect your dad

One day you will come to Montauk
And see your dad trying to be evil
One day you will come to Montauk
And see your other dad feeling lonely
Hope that you will protect him

You have stayed
Don't worry, I know you have to go

One day, years ago in Montauk
Lived a woman, now a shadow
But she does wait for us in the ocean
And although you want to stay
For a while
Don't worry, we all have to go
One day you will come to Montauk











El set list de la gira se abre con 'Candles' dedicada a su madre, y que contiene alguno de los versos más intensos que haya escrito  (I tried to do all that I can. But the churches have run out of candles...). Pero a continuación, como si simplemente quisiese dejar claro que ella siempre seguirá presente, cierra la puerta al dolor y enlaza con la glamourosa 'Rashida'.







Acabo con el vídeo de "Out of the game", protagonizado por Helena Bonham Carter, divertida bibliotecaria aburrida de la vida que promueve una orgía entre tres usuarios a cual más friqui intepretados por el propio Rufus -si tenía que salir haciendo el amor con alguien en un vídeo, sería consigo mismo, estaba claro...-:







Un disco perfecto que contribuye a consolidar una carrera perfecta. Y un lujo el hecho de estar invitados a seguirla y difrutarla.

"A la rica marihuana y otras especias...", de Terry Southern. El hombre que siempre estaba allí.

Terry Southern formó parte de la generación beat y del Swinging London, fundó el llamado “nuevo periodismo”, escribió los guiones de Dr. Strangelove y Easy Rider… Vamos, que estuvo en todas las fiestas y firmó en todos los libros de visita que daban cuenta de la cultura de los animados setenta. Semejante currículum hace que cualquier obra suya que pueda ofrecernos el mundo editorial en español merezca interés. Junto con una interesante y alocada novela (“El cristiano mágico”) que publica Impedimenta, aparece esta recopilación miscelánea en Capitán Swing que sirve de buena introducción al singular universo literario del autor. Universo marcado sobre todo por un estilo ácido que se sirve del sarcasmo y la ironía para desnudar a la sociedad americana, pero sin alcanzar el trazo grueso de lo grotesco o la admonición panfletaria. 

Southern es un gran escritor, capacitado especialmente para el diálogo, a través del cual capta la espontaneidad de la calle, aunque tampoco se pierde en la excesiva imitación del slang, porque sus textos se dirigen ante todo contra los prejuicios, inercias y fundamentalismos de la sociedad americana: el racismo, la homofobia, el gran tabú de las drogas… Pocas cosas quedan al margen de su pluma insidiosa, le agrada especialmente retratar con rasgos burlescos algunas de las grandes cuestiones políticas de la época, desde los viajes espaciales a la CIA a “la bicha” del comunismo; pero también se mueve por cuestiones más mundanas, como el jazz o la literatura pulp (ay ese Mike Hammer que hoy contemplamos con una mirada aún más sardónica que la de Southern...). 


En el libro encontramos también algunos textos de ficción que no pasan de pequeñas curosidades o apuntes de lo que podrían llegar a ser comedias musicales, obras de teatro o guiones televisivos. Mención especial merece “Se cambia de apartamento”, donde une nada menos que a Freud, Kafka y la madre de éste en una especie de sesión de terapia desopilante que termina con una resolución simbólica que habría agradado al autor de “La metamorfosis”. Otro de sus logros es la incorporación de la narrativa al reportaje periodístico, a la manera de Capote (no entremos en quién fue primero, el huevo o la gallina… o dejémoslo mejor en la marihuna y todos contentos), técnica que hoy se sigue practicando con profusión y que quizá no ha sido lo suficientemente estudiada y valorada. 


Un volumen entretenido, irreverente, de ágil lectura y buen sabor de boca final. Si un mínimo pero podemos ponerle es lo pegado que se encuentra a su época, aunque ese inconveniente deja de serlo porque aquellos tiempos, al menos bajo la visión de Southern, aparecían cuajados de humor, desvarío, creatividad y, en definitiva, vida. Contemplarlos desde la grisura del presente nos invita a reiterar la famosa interpelación de Tierno Galván: el que no este colocado aún, que se coloque. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

"La jungla", de Upton Sinclair. Un clásico incómodo.


Comencemos por dejarlo claro: estamos ante una obra maestra, uno de los libros más influyentes del pasado siglo, al menos hasta que la economía de mercado nos aseguró la felicidad eterna y entonces novelas como ésta dejaron de considerarse necesarias. Visto con la perspectiva del tiempo, y el terrible punto de vista de la situación actual, el olvido de “La jungla” en la preceptiva literaria resulta bastante sarcástico. 

Debemos añadir a lo anterior, no obstante, que se trata de excelente literatura, que a nadie asuste el argumento porque sería muy limitado considerar la novela como “literatura social”, por mucho que –ya sabéis- se recurra a esa etiqueta para identificarla de alguna manera. Upton Sinclair es un escritor importante, profundo en sus planteamientos temáticos, pero dotado asimismo de una indudable capacidad estilística, lo que proporciona una vitalidad y cercanía a la historia que la lleva a alcanzar el logro mayor al que aspira toda literatura: trascender al tiempo en que ha sido creada y permanecer en la memoria eterna de las reediciones, las recomendaciones entre lectores, las bibliotecas. Pasarán muchos años más, y seguiremos necesitando que “La jungla” nos recuerde, a través de los sutiles mecanismos del arte, el mundo en el que vivimos, o mejor dicho, aquel del que procedemos y al que la historia nos condena a regresar cada cierto tiempo (y ahora parece que toca de nuevo). 

Upton Sinclair maneja con maestría un expresionismo literario de corte realista que dibuja ante nosotros escenas de una peculiar belleza, a pesar de retratar un universo sucio, violento y desesperanzado. Desde el arranque magistral del libro, con la boda de los protagonistas -momento en que la ilusión y la confianza en las propias posibilidades aún es posible-, hasta el vigoroso retrato de “la jungla” en que proyectan su vida, la prosa nos conduce a un tiempo por las peripecias de los personajes –de una crudeza a menudo estremecedora- y por la huella que estas dejan en su pensamiento. En este sentido la evolución de Jurgis, el patriarca de la familia, es ejemplar por la sutileza y lentitud con que se aborda: desde una omnipotente seguridad inicial –a todas las vicisitudes responde con la misma sentencia: “trabajaré más”- a su progresivo desengaño de la sociedad entera por vía del conocimiento de sus mecanismos, esto es, de la explotación del ser humano en aras del beneficio económico, de la división radical entre clases sociales y de la miseria moral en que todo ello discurre, hasta el punto en que cualquiera puede ser engañado por cualquiera, y no hay un verdadero minuto de respiro. La metáfora de la jungla es idónea: uno tiene la impresión de que los personajes deben moverse por ella sin orientación, pero en constante alerta. 

Trabajos sin unas mínimas condiciones de dignidad, viviendas insalubres, explotación constante, abusos y estafas en los servicios, ausencia de garantías o posibilidades de defensa, de curación, de progreso… Los rasgos de esa sociedad del Chicago de finales del diecinueve y principios del veinte proyectan un inquietante aroma de reconocimiento sobre nuestra sociedad actual. ¿Volvemos hacia ese punto en aras de la dinamización de la economía? La lectura de esta novela resulta tan perturbadora que quizá sea el único pero que podemos ponerle: al igual que exclamó Inocencio X al ver el retrato que de él había realizado Velázquez, podemos afirmar que se nos antoja “demasiado real”. 

Sin embargo por eso mismo se hace imprescindible en los tiempos que corren, cuando la articulación colectiva de la sociedad parece cosa de otra época. Libros como éste nos recuerdan en qué contexto surgió la lucha, y que gracias a ella nos ha venido pareciendo, en los últimos decenios, innecesaria. 

Upton Sinclair inició la escritura del libro, curiosamente, por encargo: se trataba de investigar la industria cárnica de Chicago, sus malas prácticas laborales y sanitarias y sus posibles efectos perniciosos en la salud. Lo que podía haberse quedado en un informe se convirtió en un clásico de la literatura. Pero lo cierto es que consiguió que el Presidente Roosvelt se plantease una serie de cambios legislativos dirigidos a “humanizar” las condiciones de trabajo de los empleados de los mataderos. El alcance de tales reformas fue bastante más limitado de lo que prometían, y la batalla colectiva continuó siendo necesaria. La novela contribuyó a ello, pese a que no se muestra excesivamente optimista o ingenua en lo que atañe a la articulación política de las reivindicaciones laborales. Desde el punto de vista individual, es decir, desde la mirada de Jurgis Rudkus, “La jungla” es una fábula de aprendizaje, envilecimiento y desilusión. La luz quizá debamos aportarla nosotros, los lectores, al analizar la historia y concluir que todo fue yendo a mejor. Al menos hasta ahora –ay-.

Decir, por último, que hay otra realidad en el trasfondo de la trama de la que apenas se habla y que tal vez sólo nos aventuramos a imaginar de un modo superficial, porque sabemos que si nos adentramos en ella puede ser insoportable: hablamos del sufrimiento de los animales en el inicio de los modernos métodos de producción cárnica masiva. Sinclair se limita a un breve apunte, de por sí elocuente:

“El cerdo tenía cadenas en las piernas. De repente, se abalanzaba sobre él, agarrándole la pierna. La máquina agarraba el cadáver del cerdo del suelo y después lo ponía en el segundo nivel, pasando por una máquina maravillosa con muchos raspadores que se ajustaban al tamaño y a la forma del animal y lo echaba por el otro lado con casi todo su pelo afeitado. Luego, pendiendo de otra máquina, daba un paseo sobre un carro, ahora pasando por dos líneas de hombres, quienes estaban sentados en una plataforma elevada, cada uno haciéndole su trabajo específico al animal muerto cuando pasaba. Uno rasgaba el exterior de una pierna, el otro el interior de la misma. Con un golpe rápido y preciso le cortaba el cuello; con dos golpes más lo degollaba, cayendo la cabeza al suelo y desapareciendo en un hueco. Aún otro hacía una larga incisión; el segundo abría el cuerpo más anchamente; un tercero, con una sierra, le cortaba el esternón; el cuarto le aflojaba las entrañas; el quinto se las quitaba. Había hombres para rasgar cada lado y otros para rasgar el lomo; había hombres para limpiar adentro, para revolverlo y limpiar todo el cuerpo".


Los animales habrían de esperar sesenta o setenta años más para que se les tuviese mínimamente en cuenta. Y ésa es otra guerra que aún continúa.

"Una puerta que nunca encontré", de Thomas Wolfe. Memoria y lírica.


La edicion de “El niño perdido” por Periférica el año pasado supuso que muchos lectores/as se reencontrasen con Thomas Wolfe. Al menos con un Wolfe menor, pero aun así incuestionablemente característico de un estilo que alcanzaría sus cotas más altas en el ciclo de novelas largas que inició “El ángel que nos mira”. 

La editorial tiene el acierto de publicar ahora “Una puerta que nunca encontré” (título más acertado que el más pacato y literal “No hay puerta” con que podía encontrarse en las librerías de viejo bajo el sello de Caralt), que de alguna manera viene a complementar al anterior. 


Nos encontramos de nuevo ante una novela corta que, al igual que sus hermanas mayores, carece de argumento o trama propiamente dichos.  Constituye, no obstante, un excelente ensayo del estilo lírico y la peculiar mirada puntillosa del autor. Si “El niño perdido” comenzaba con un alarde de descripción literaria en torno a un niño y una plaza, “Una puerta…” lo hace instalada ya en los mecanismos de la memoria tan queridos por Wolfe, ahora con la excusa de una conversación evocadora a lo largo de una cena. Ahí aparecen sus temas predilectos, la soledad y la errancia, que en los tres capítulos posteriores se ven complementados por el paso del tiempo, la ausencia de los seres queridos –el padre, en esta ocasión- la naturaleza exuberante como única compañía de los seres humanos, el proceso formativo, intelectual y emocional, del narrador en su juventud…


El recuerdo no es para Thomas Wolfe un mero ejercicio de nostalgia, sino la oportunidad de reunir a vivos y muertos, a personas, paisajes y objetos, en la ceremonia creadora de la escritura. Resulta admirable su capacidad para la descripción, y la peculiar energía que desprende su prosa, reflejo de una personalidad voraz que trata de engullir, en cada libro, la vida entera y las posibilidades del arte por igual. 


Apenas hay diálogos en “Una puerta…”, otro de los aspectos en que el autor solía demostrar su maestría, pero sí abundantes descripciones realistas y pasajes del pensamiento consignados con el tono a medio camino entre la lirica y la exaltación que tantas páginas memorables ofreció en sus obras de mayor extensión. Podríamos definirlo, de hecho, como un instante en la biografía de ese narrador habitualmente mimetizado con el propio Wolfe, un instante en el que el tiempo se detiene y la memoria vaga libremente.


En un pequeño volumen como éste encontramos ecos de los ejercicios indagadores de Proust, de las audaces técnicas constructivas de Faulkner, del naturalismo de Thoreau y de la narrativa clásica americana representada, digamos, por un Sherwood Anderson. Al igual que el anterior, se trata de una buena introducción a la novelística de Thomas Wolfe, que quizá sepa  poco si, en efecto, no impulsa al lector a dar el salto a sus títulos mayores, donde encontrará las mejores virtudes del autor amplificadas hasta el exceso. 

martes, 22 de mayo de 2012

"La puerta estrecha", de André Gide. Sentido y sensibilidad.


Esta novela es un ejemplo de cómo a través de una prosa cuidada, tan elegante como intensa, que saber ser delicada a pesar de transitar por la desolación de los personajes, un escritor de talento consige levantar una obra memorable a partir una historia que no se encuentra precisamente poblada de acontecimientos y golpes de efecto. 

“La puerta estrecha” es un modelo de novela intimista, donde las emociones suplen a la acción y resulta innecesario dibujar con detalle tanto los escenarios como los rasgos físicos de sus protagonistas. Novela intemporal, pues habla del amor y la renuncia, de la incomprensión y la estrechez de miras que provoca una moralidad exacerbada, de los pequeños instantes de felicidad que se nos regalan y del sencillo modo en que podemos perderlos. 


Podemos definirla asimismo como novela clásica, relatada por un narrador en primera persona que frecuentemente cede su lugar a otras voces, en particular la de la mujer amada, en forma de cartas extractadas. Desde el punto de vista argumental se ocupa de un tema que podemos emparentar lejanamente con nuestra “La Regenta”. Se trata del enfrentamiento entre la fe religiosa y el amor carnal, pero a diferencia de la novela de Clarín no existe aquí un personaje manipulador que pretenda guiar a una alma cándida por ambos territorios, sino que el sentimiento místico que aparta a Alissa de su relación con Palissier es, digámoslo así, fruto de su época. 


Esta es quizá la mayor dificultad que se encuentra el lector o lectora contemporáneos al acercarse al libro: el asunto nos queda ya lejano contemplado desde nuestro mundo desprejuiciado y hedonista, y algunos pasajes de frenesí romántico pueden sonarnos demasiado pueriles. Sin embargo también nos aporta un puñado de sensaciones que la actualidad apenas nos permite: el tiempo demorado, la sensibilidad descarnada y el gusto por nombrarlo todo con palabras precisas y bellas, como sólo sabe hacerlo la buena literatura. 


En definitiva, no estamos ante una novela para cualquier tiempo y lugar. Necesita de una de esas temporadas en que nos sentimos cómodos en el lado más sutil, esquinado y tenue de la vida, donde el amor y la tristeza son dulces por igual, y donde pasar unas horas leyendo un libro es, indudablemente, la mejor manera de celebrar la existencia. 

lunes, 21 de mayo de 2012

... Y llegó Spotify para salvar el mundo.

O al menos mi mundo (pop). Durante casi una década pasé una etapa oscura en la que me faltaba un componente esencial en la vida, la pasión por la música. Me había quedado en el puñado de artistas pop con los que había ido creciendo, y desconfiaba de las novedades, principalmente porque apenas podía acceder a ellas. A pesar de que la información, vía internet, abundaba cada vez más, el concepto "disco" permanecía enterrado por la grosera piratería, que había acabado con las tiendas y noqueado a una industria ciega y pacata, incapaz de responder a la evolución tecnológica mediante una alianza responsable con los consumidores. Uno regresaba eternamente a los mismos álbumes, a las mismas canciones, y se quedaba en un decena de nombres que constituían la única esperanza de incorporación a las estanterías de CD's (ese invento del diablo).

Y de repente apareció Spotify. La posibilidad de probarlo todo, de picotear en lo nuevo, de rememorar lo antiguo y saltar de un artista a otro con saludable ánimo hedonista y sin prejuicios. Es cierto que son pocos los discos que van apareciendo merecedores de incorporarse a nuestro cajón de imprescindibles, pero sí que lo consiguen algunos/as, o por lo menos determinadas canciones. El caso es que esta aplicación nos permite que la música vuelva a formar parte de la vida de una manera intensa y constantemente renovada. La forma elemental de agradecérselo es hacerse premium, un caballero no puede verse interrumpido por esos insidiosos mensajes publicitarios capaces de malbaratar cualquier momento bonito, hay que hacerse premium aunque la realidad económica nos acojone. Porque uno tiene claro que pasear por la vida acompañados por música maravillosa en nuestro móvil, aislados de todo lo feo con los auriculares, es la mejor manera de afrontar las crisis. 


Spotify ha resucitado, curiosamente, la idea de single de adelanto y el álbum como obra acabada que debe completarse de principio a fin. Es, además, una manera ideal de escuchar previamente lo que quizá luego compraremos por el interés de tener algo físico, con carátulas y demás extras. 




Mientras escribo esta entrada comienzo a escuchar el maravilloso "Words and music by Saint Etienne", disco conceptual en torno a la importancia del pop en nuestra vida. El primer tema es incluso un delicioso spoken word que recorre las distintas edades y la permanente compañía musical en cada una de ellas. Le dedicaré una entrada posterior, pero de momento me interesa resaltar lo oportuna que para mí es su edición en estos momentos en que, cuando uno tiene eso que se suele llamar "cierta edad", renueva sus votos matrimoniales con el pop.


Esta temporada, además, ando de gestación de un libro de relatos y dándole vueltas a lo que algún día será mi tercera novela, una historia coral y bastante extensa que me permitirá retomar el tono y el modo de "Los nuevos" (después del viaje intenso por la straight story que fue "Una cuestión de prueba"), y en la que habrá mucho pop, porque habrá muchos estados emocionales diferentes, una escritura lenta e intimista, y un cierto ánimo de abarcar el mundo. Todo eso me lo proporcionan las canciones que voy recopilando en esta lista:



Os invito a acceder a ella, aunque aquí voy a dejaros algunas preferidas:


-Nite Jewel: el disco me atrajo de una manera visceral, a través de una de esas canciones que sin saber por qué te tocan. El título es "This story", está en la lista, y aunque no he podido encontrar un vídeo en Youtube, os dejo el del single, más directo, el encantador "One second of love".






-Baxter Dury: esta especie de golfante del Rat Pack actualizado ha escrito uno de los mejores álbumes pop de 2011. Happy Soup está lleno de temas memorables. Por ejemplo, Trellic, aquí en directo:



Aunque no os perdáis una versión aún más desnuda y festiva (y descojonante) en uno de los "Aquí te pillo aquí te grabo" de "El mundo":

http://www.elmundo.es/especiales/aqui_te_pillo/161_baxter1.html




-Metronomy: The look es una de las canciones más bonitas de los últimos meses, no me canso de escucharla:





-Perfume Genius: AWOL Marine. Ya basta de choteo, pongámonos sensibles un momento. 






-Linda Mirada: si hay algún disco adictivo en este 2012 es "Con mi tiempo y el progreso". Imposible no escucharlo mil veces con una sonrisa en los labios. ¿Va en serio? Ni falta que hace. Maravillosa, pegadiza, pijísima, simpática a tope y más inteligente de lo que muchos pretenden. Un hallazgo. Esto es "Secundario", en un vídeo bastante mejor que el oficial.





-Maika Makovski: "Thank you for the boots" es otro álbum perfecto, lleno de temas excelentes, joviales, enérgicos y sensibles. La Rufus Wainwright española, que después de "Desaparecer" ha demostrado que en música puede hacer lo que le dé la gana. Un descubrimiento impagable. 






-Class Actress: este Keep you hace que un disco irregular como Rapproacher merezca la pena.







-Beach House: han vuelto a hacer un álbum redondo, Bloom, y Myth es perfecta. Excelente idea la de montarle (en plan amateur, esos geniecillos de Youtube) un vídeo con imágenes del documental "Grey Gardens", ese ensayo sobre la capacidad de soñar.











Durante los próximos días haré hueco para el maravilloso "Out of the game", de Rufus Wainwright y el el de Saint Etienne.


La música sigue, todo va bien. 


Antonio Muñoz Molina y las responsabilidades colectivas.

El artículo tiene un año de antigüedad, pero estos días se está moviendo por las redes sociales entre ese público acomodaticio que necesita de gurús oficiales, cual máquinas expendedoras de "verdades como puños" para tiempos de incertidumbre. Hace un año Muñoz Molina, en un texto titulado "Hora de despertar", nos hablaba de los excesos de los políticos, de las inversiones desmesuradas, del dinero público repartido como golosinas entre los cercanos al poder... Y de la incomprensión que sufrían quienes tenían los arrestos de denunciar que no íbamos por buen camino, como él mismo, por ejemplo. Hablaba de visitas al Centro del Instituto Cervantes de Nueva York "con todo pagado", de alcaldes y ediles manirrotos, de la necesidad de una administración rigurosa y de una imprescindible, purificadora autocrítica. 


Cómo no estar de acuerdo con él. En estos momentos en que, al parecer -y subrayo y entrecomillo y coloreo en rojo ese al parecer-, no queda otro remedio que ser implacablemente austeros con los servicios públicos, echamos la vista atrás y nos avergüenza el comportamiento de nuestros dirigentes, las inauguraciones plagadas de risas estrambóticas, las fotografías sonrojantes de políticos zafios -perfectas encarnaciones de los personajes paródicos de la comedia chusca española- acompañados de famoseo diverso, amén de numerosos "seres oficiales": el constructor oficial, el abogado oficial, el deportista oficial, el arquitecto oficial... (Escribo en masculino porque, como suele ocurrir en los grandes males de la historia, eran todo tíos.)


Sí, es muy desagradable y duele recordarlo ahora. Se trata de esa fiesta que dicen que se acabó y que resulta, en cuanto concepto, profundamente ofensiva. Porque hubo muchas personas que nunca estuvieron invitados a ella, que se limitaron a estudiar, trabajar y vivir su vida sin contacto alguno con el maná del aprovechamiento urbanístico y sus aledaños. Lo malo es que el llamado "fin de fiesta" también les ha afectado a ellos, y en ocasiones como principales damnificados. Por eso debemos ser muy cuidadosos al hablar en primera persona del plural o mentar al colectivo para repartir las culpas e insinuar que todos, en mayor o menor medida -como si esto no importase, cuando la gradación es incluso un principio básico del derecho penal-, somos responsables. 


Y esa especial sensibilidad que debemos exigir al discurso comienza por el orador. Muñoz Molina alza el dedo acusador hacia los políticos grotescos que entraban en la sede del Instituto Cervantes de Nueva York como en el hall de un puticlub. Pero se olvida de posar esa mirada sobre el anfitrión que los aguardaba... Un escritor llamado Muñoz Molina, que veinte años antes había trabajado como funcionario durante siete ejercicios en el Ayuntamiento de Granada. Y tras dedicarse de lleno a la literatura es nombrado en 2004 director del Instituto Cervantes de Nueva York. ¿Se siguió un procedimiento abierto de concurso, o similar? ¿Era él el más capacitado para el cargo? Si consideramos que la dirección de una sede tan importante es un puesto de primer nivel en la gestión cultural... ¿Acreditaba el currículum de Muñoz Molina conocimientos y experiencia suficientes para acceder al mismo? No cabe duda que desde los primeros años ochenta se fue labrando un prestigio notable como novelista, más allá de las legítimas discrepancias que pueda suscitar su obra, pero lo cierto es que nunca antes había accedido a un trabajo de nivel similar, y que si hablamos de gestión cultural en sentido estricto, llevaba casi veinte años sin ejercerla, tras su paso por el Ayuntamiento de Granada. Durante esos decenios un grupo de profesionales lograron implantar, desde la nada, los estudios y la profesión de cultural management en España, pero por supuesto que ninguno de ellos consiguió tocar los cielos. Eso estaba reservado para ciertos nombres "oficiales", los mismos que durante todos estos años se han paseado por los pueblos y ciudades perorando a cargo del erario sobre de sus novelas o los males de la humanidad. Ah, los bolos... Ah, los premios patrocinados por administraciones públicas... Mejor no analizar todo esto, ¿verdad?


Vivimos tiempos en que cada vez resulta más imperiosa la lucha por la dignidad y la justicia. Una no puede entenderse sin la otra. Y para conseguir la segunda habrá que ser críticos, caro que sí, y exigir responsabilidades al máximo nivel. Habrá también que perder el miedo a decir con orgullo "yo no he tenido nada que ver con todo esto". Y habrá que tener el valor de mirarse a uno mismo en el espejo y afrontar con entereza la monstruosidad propia antes de denunciar la ajena. 

"El hijo de Brian Jones", de Jesús Ferrero. Literatura sample.

Jesús Ferrero es uno de los narradores más singulares de la literatura española. Con una obra extensa a sus espaldas, cuya importancia irá estableciendo el tiempo, muchos lectores/as teníamos la impresión de haberlo perdido de vista, a pesar de que su ritmo de publicación apenas había decrecido en los últimos años. Lejos queda su irrupción rompedora en la novelística contemporánea con aquella Bélver Yin que no significaba tanto una apertura de nuevos caminos cuanto la constatación de que la tradición narrativa era un concepto mucho más amplio de lo que se nos explicaba en los medios literarios oficiales y los programas académicos. En obras posteriores podemos afirmar sin duda que Ferrero no dejó género por explorar, pero permaneciendo siempre fiel a un mundo propio caracterizado por un estilo reconocible, y no tanto por una visión del mundo que acababa desleída en el juego de las variaciones temáticas: la novela negra, histórica, mitológica, intimista... Cada uno de los títulos ofrecía una cara distinta del autor, aspecto que lo convierte en uno de nuestros novelistas más meritorios, aunque sólo sea por su voluntad permanente de indagar en las corrientes que lo han precedido. Ello conllevaba, no obstante, como efecto secundario una cierta sensación de superficialidad, de tránsito vacuo entre universos argumentales. Las novelas de Jesús Ferrero prometían más de lo que finalmente daban, y era reiterada la caída hacia la mitad de sus páginas, cuando el contexto ya se nos había presentado y comenzábamos a echar de menos la profundización en los personajes, o bien una construcción eficaz de la trama, o al menos la capacidad de emoción y sugerencia en el lenguaje. El autor era, en realidad, un ejemplo prototípico de la modernidad narrativa en lo que tiene de traslación de técnicas procedentes de otras artes: la improvisación jazzística, la rapidez del rock,  el libérrimo montaje de escenas de la nouvelle vague, e incluso el drop painting. 




Con "El hijo de Brian Jones" Ferrero regresa a la actualidad literaria en lo que para muchos lectores/as ha supuesto un redescubrimiento. Vuelve, sí, y uno tiene la impresión de que siempre ha seguido ahí, porque la impresión a ratos ilusionadora y a ratos frustrante que producían sus historias permanece intacta en la última. El tema es atractivo, al situarse en la atmósfera del rock de los sesenta -con su representación paradigmática, los Rolling Stones- y adoptar, esta vez, el ropaje de una novela de iniciación que sigue los pasos de una serie de personajes jóvenes que se suben al tren frenético de un mundo en pleno cambio. El momento histórico no puede presentar mayor interés por lo que tiene de transformación en las costumbres sociales, de libertad y locura, de experimentación y riesgo. Sin embargo la escritura zigzageante de Ferrero no logra poner en pie a unos personajes creíbles, y los párrafos van pasando de uno a otro, y de una situación a otra, con un aroma excesivo de improvisación, de errabundia y de búsqueda de ciertos objetivos discutibles: la escena arquetípica de la época, con mucho delirio y tumulto, o la frase inesperadamente poética, que rechina en una prosa por lo demás austera. A ello tengo que añadir un reproche decididamente subjetivo, y que por tanto puede no ser compartido por muchas personas: me refiero a lo cargante que resulta la figura del artista maldito, tocado por los dioses, que se refocila en el exceso siempre al borde de una locura supuestamente creativa... Pienso en aquella película fallida de Jim Jarmusch, Last Days, donde la cámara seguía a un clon de Kurt Cobain en una sucesión aburridísima de escenas herméticas en las que lo único que quería ponerse de manifiesto era que el músico andaba todo el día puesto -otro caso similar es la sobrevalorada Control, de Anton Corbijn-. Luego podemos idear algún otro sentido redentor, como el del niño perdido en un mundo hostil, o el tormento del creador, y demás, pero mucho me temo que la mayor parte de las veces bajo esa representación epatante se esconde la nada. Las páginas de este libro dedicadas a Brian Jones son un ejemplo de lo que digo: a medida que trascurren, y permítaseme ser un poco burro, uno acaba por desear que se tire a la piscina de una puñetera vez. Y es que en realidad esos artistas fueron, en su proyección pública, tan indescifrables que tendemos a revestirlos de una absurda y repetitiva mitología -el Cobain de Jarmusch, el Curtis de Corbijn o el Jones de Ferrero serían intercambiables-.




Alrededor del personaje que da nombre a la novela figuran otros tan inconsistentes como él, igualmente dotados de ese aire de malditismo impostado. Se pierde así una excelente oportunidad para la gran literatura, en torno a un tema y un tiempo en que la realidad cambió por completo y pilló a mucha gente joven en medio. El desconcierto de los protagonistas de "El hijo de Brian Jones" parece haber contagiado a la narración misma, y aunque habrá quien encuentre en ello alguna suerte de transposición de las técnicas compositivas o interpretativas del rock, o incluso un reflejo artístico de aquella época libérrima, los lectores de Ferrero sabemos que no, que se trata de lo de siempre. Amagar y no dar. Claro que esto, en ocasiones, también recibe el nombre de "estilo propio", y provoca que de alguna extraña forma muchos sigamos enganchados al autor. Paradojas de la narrativa. En fin, ahí está el libro, las cartas sobre la mesa... Y a vosotros os toca doblar.

"Wadzek contra la turbina de vapor", de Alfred Döblin. El exceso.


Novela excesiva, en el mejor y en el peor de los sentidos. Excesiva por cuanto antecede de alguna manera la experimentación de la obra magna de Döblin,  Berlin Alexanderplatz, pero al mismo tiempo trata de reflexionar sobre la sociedad industrial y su camino enloquecido de competitividad por la vía de los adelantos tecnológicos. 


Tal vez este propósito ambicioso, que aúna forma y fondo, sea lo que finalmente convierte a esta obra en un intento descabalado e inconcreto. Ciertamente que comienza con fuerza, y las primeras escenas grotescas provocan la risa del lector, pero a medida que avanza pierde tensión narrativa y se muestra reiterativa en la exageración del tono, el histrionismo de los personajes y el subrayado del absurdo en los diálogos. Nada de esto es casual, pues que se trata de algo buscado expresamente por el autor; sin embargo uno llega a la conclusión de que determinados modos y maneras de escribir enevejecen peor que otros. 


En cualquier caso esta visión peculiar de la realidad, a cargo del autor, es la que sostiene el libro, puesto que la trama acaba deslavazándose y las escenas discurren como por inercia. Aun así la prosa no es suficiente, y habría sido deseable que los personajes, más allá de su concepción como caricatura y símbolo crítico del advenimiento de una era caracterizada, en verdad, por el absurdo, tuviesen mayor entidad propia. 


La historia con que se nos presenta la novela, esa rivalidad desquiciada entre Wadzek y Rommel, se pierde en algún momento y da paso a la huida del primero, igualmente exagerada, por un Berlín sometido a la lente deformadora de Döblin, en lo que sin duda constituye un ensayo de su mejor libro. Desde el punto de vista de la técnica literaria, encontramos un amplio muestrario de formas: el monólogo interior, el narrador omnisciente, la perspectiva múltiple… ¿Novela para escritores, pues? Lamentablemente deberíamos acotar aún más ese campo, y remitirnos a todos aquellos interesados en Döblin y en su experimentalismo de firme raigambre alemana, tan interesante desde una perspectiva histórica como escasamente vigente para los lectores y lectoras contemporáneos.