viernes, 30 de marzo de 2012

"Antología de crónica latinoamerica actual", de VV.AA. La verdad, aunque duela.


Decir que este libro constituye una radiografía certera del continente latinoamericano quizá sea excesivo, por cuanto no ese ese su propósito: mientras que algunos de los textos en él recogidos ahondan en la realidad político-social de un país, otros presentan carácter anecdótico, al ocuparse de cuestiones menores de carácter humorístico (‘El colombiano más bajito’, ‘En qué semejante rasca’ –feliz historia del romance de Mario Jurisch Durán con el ron-, ‘La larga pena del Sátiro Alado’), de perfiles o episodios biográficos de grandes artistas (Borges, Monsiváis, Dylan, Pavese, Guillermo Kuitca, los Rolling Stones) o mitologías populares (Gloria Trevi, Gardel, los grandes clásicos futbolísticos).


Sin embargo lo que queda en la memoria son los reportajes descarnados, vibrantes, que nos acercan a situaciones tan incómodas como complejas, desde los secuestros de las FARC a la estremecedora batalla de Lydia Cacho, desde la violencia paramilitar a la violencia estructural pinochetista –tratada por la sorprendete vía indirecta del análisis de su biblioteca-; pero también resultan memorables los artículos de más pequeña ambición pero igual calado, en que las vidas de personas comunes y corrientes se vuelven imagen esclarecedora de un tiempo y un lugar: así, conocemos la dureza de la supervivencia económica cuando no hay oportunidades ni salidas, o la épica de los arrabales del deporte –el boxeo y la lucha libre-, o los cuerpos lacerados por las operaciones de cambio de sexo.


El libro contiene la suficiente variedad de temas y estilos para complacer a cualquier lector-a; en él tienen cabida el lenguaje callejero y la erudición literaria, la narrativa novelesca de sustrato real –acudiendo a ese género híbrido que tan bien cultivó W. G. Sebald- y el artículo de opinión. Funciona a la perfección como muestrario de un género, el reporterismo, al que acechan no pocos peligros. Así que no está de más que este volumen haya levantado acta de lo hecho hasta ahora, con el fin de tomar aliento para seguir adelante –los propios autores recopilados o quienes hayan de tomar su relevo- o de rezar una última plegaria por una tradición literaria tan necesaria como hermosa.


Y es que las páginas finales vienen dedicadas a reflexionar sobre la crónica como género, su razón de ser, especificidad y dificultades. Se abordan aspectos éticos, estrictamente ténicos –la escritura del reportaje requiere de una especie de despojamiento del “yo” en favor de los otros, aun desde la perspectiva subjetiva del observador-, o de difusión e impacto en la era de las redes sociales. Sin embargo echamos de menos un aspecto más mundano, si se quiere, y por ello más inquietante: en qué medida pervivirá un género que precisa de un cierta solvencia económica por parte de los medios que lo acogen entre sus páginas. Y ello por cuanto el futuro incierto de la prensa escrita, y la cultura de la gratuidad en la red, parecen compadecerse mal con esta forma de artesanía periodístico-literaria que requiere de un tiempo demorado en su elaboración, de la capacidad de reescribir y fracasar, de buscar y no encontrar nada. Es, ni más ni menos, el horizonte incierto de la investigación, de cualquier investigación, en un futuro que parece abocado a la consigna, la frase corta, el retweet y la opinión gratuita, apenas meditada, y encerrada en un puñado tasado de caracteres.


Confiamos en que este libro interesante, entretenido y profundo nos recuerde que la prosa puede ser el más eficaz de los medios para conocer el mundo propio y el ajeno, para retar al poder, acercarnos a nuestros afines y comprender la diversidad que nos rodea. Leerlo nos ayuda a seguir confiando en los libros. Y no es poca cosa en estos tiempos, cuando parece que ya nada merece nuestra confianza.

viernes, 23 de marzo de 2012

"El fin de la raza blanca", de Eugenia Rico. Virtuosismo y ventriloquía


Hay momentos en la trayectoria artística de un músico en los que se siente capaz de ponerse a prueba concibiendo un álbum donde pone en práctica todo lo que ha aprendido con los años y exprime sus facultades hasta casi agotarlas. El resultado suele mostrar una variedad de estilos y registros que apabulla, sin perder un ápice de voz propia. Ignoramos si "El fin de la raza blanca" marcará un hito en la carrera de Eugenia Rico, pero lo cierto es que parece responder a ese instante y a ese propósito de intensidad creadora. 
Se trata de una colección de relatos tan variada como brillante, en los que el interés se renueva con los cambios de tono y tema, y donde encontramos un manejo de las técnicas narrativas adecuado a cada uno de ellos. Esa comunión entre forma y fondo es lo que suele distinguir al mero contador de historias del autor literario, y no cabe duda de que, por encima de logros precedentes, Eugenia Rico se sitúa con este libro entre los segundos.

El volumen se abre y se cierra con sendos microrrelatos a modo de pequeños apuntes inquietantes. El primero nos sugiere seguir leyendo, y el final, lamentar que se haya acabado. Porque por en medio podemos disfrutar de todo un muestrario de voces y contenidos en los que la autora no se permite ni una sola caída. Estructurado en tres secciones, evoluciona desde el trabajo artesanal con el lenguaje hasta la trepidación de argumentos potentes, donde la violencia, el engaño y el abuso a los débiles encuentran acomodo. Vamos allá:

-"La línea gris" es un monólogo faulkneriano que invoca los recuerdos de la guerra civil y desliza con habilidad una trama de tensión creciente en los recovecos de lucidez que va dejando una voz narradora próxima a la locura.
-"Tren de vida" es quizá el más lírico y abstracto del libro, lleno de instantes poéticos que acompañan a una prosa lenta que, digamos, traquetea, en un ritmo opuesto al del cuento precedente. Así nos va llevando, como cuando apoyamos la cabeza en la ventana del tren, tomamos el sol y nos dejamos ir, hasta un final de corte fantástico que bien puede entenderse como una metáfora perfecta de la cobardía y el ensimismamiento contemporáneos.

-"One way": regreso a la voz monologal para contarnos una realidad de pesadilla relacionada con el error al tomar un avión, pero ahora con frases cortas y palabras crispadas, sin renunciar ocasionalmente al hallazgo.
Hasta aquí la sección que podríamos considerar más recomendable por su ambición literaria, sin que ello suponga que las dos siguientes no resulten igualmente plausibles. En ellas se inicia un camino gradual hacia el realismo, el cuento fantástico y la fábula.

-"La chaqueta": relato intimista en el que esa prenda ejerce de testigo que pasa de una mano a otra en la carrera del amor.

-"La sala de espera": indagación psicológica de los miedos relacionados con la maternidad, con un guiño al anterior "One way".

-"Selena": historia conmovedora, brutal, que adopta inicialmente el punto de vista de una perrita para focalizar posteriormente sobre una mujer y un niño, todos ellos víctimas de maltrato. Y quién puede negar que ocurre así, que la violencia, ya sea de género, contra los niños o contra los animales es ejercida por la misma clase de ser humano, si es que se le puede calificar de tal modo. Este relato es un ejemplo de cómo la literatura tiene sus particulares medios de reflexión, a menudo más efectivos que el mejor de los ensayos.

-"Desperdicios": como una suerte de contrapunto a "La chaqueta", constituye una representación del amor gastado o, mejor, podrido.

Y abandonamos la sección "purgatorio" para adentrarnos en un "infierno" alucinatorio poblado de monstruos y fantasmas.

-En "El muerto" se cruzan Le Carré y Poe, y hay una irónica vuelta de tuerca al final que remata el cuento con inteligencia.

-"La noche de la Candelaria" es probablemente el más convencional, en el sentido de que adopta una voz narradora que remite a las historias orales sobre los dramas de nuestra guerra civil. Pero incluso esto está bien hecho.

-"La primera vez": algo nos recuerda en este cuento espeluznante al tono del primero del libro, aunque la tensión formal cede ante la fuerza del argumento, relacionado con los abusos infantiles.

-"La gata negra": variación sobre Poe, de nuevo con los malos tratos de fondo. El más extenso, y disfrutable como uno de esos postres excesivos que nos escandalizan pero atacamos sin remilgos.

-Lo mismo podemos decir de "El fin de la raza blanca", donde el registro alude ahora a "Las mil y una noches" pasado por una narradora que practica la manipulación mediante palabras inocentes y serviles.


Como vemos, el libro tiene mucho de ventriloquía, de entrega a la pasión de contar, y de interés por explorar todas sus posibilidades. Evita así el error en que incurren otros volúmenes de relatos: la insistencia empalagosa en un estilo, la agotadora sucesión de golpes de ingenio y, muy a menudo, el vacío disfrazado de minimalismo (cuánto daño ha hecho Carver -o el editor de Carver, ya sabéis-). Esperemos que contribuya al reconocimiento en nuestro país de un autora mejor valorada en el extranjero, como suele ocurrir con los grandes.


P.D.: Es un lástima que el libro se haya visto sometido a una polémica absurda relacionada con las citas periodísticas que adornan su portada y contraportada. Las editoriales deberían replantearse esta política estúpida de llenar de halagos ajenos la presentación de una obra que, como en este caso, se defiende por sí sola. Se lo han puesto en bandeja a los trolls que deambulan por la red con el hacha en la mano, a la espera de algo que cortar. En fin, cuando el ruido pase, quedará "El fin de la raza blanca", así de simple.



jueves, 22 de marzo de 2012

El 25 de marzo, manifestaciones contra el maltrato animal. No faltes.

Es algo cotidiano en este país desgraciado. Las imágenes de un sadismo insoportable de la granja de Murcia en la que un puñado de valientes ejercitaba su psicopatía con los pobres cerdos (animales mucho más similares a nuestros perros de compañía de lo que estamos dispuestos a admitir...); cinco casos de maltrato animal en la provincia de Castellón en los  dos últimos meses, incluyendo unos cuantos galgos ahorcados; un cazador arroja a su perra de siete años a un pozo, donde sobrevive varios días malherida, sin agua ni alimento, y cuando la encuentran por casualidad, el servicio de emergencias responde que no pueden hacer nada por culpa de los recortes. No hay semana en la que no tengamos noticia de algún juicio en el que se condena a un tipejo por matar a golpes a su perro (se condena, me refiero, a una multa, más la inhabilitación para tener animales domésticos, y a vivir). Y día tras día asistimos horrorizados a este espectáculo que parece no tener fin. Más allá del escándalo que ocasionan ciertas imágenes, las cosas siguen como están, o los avances son escasos y demasiado lentos. 


Pero seamos optimistas. El movimiento no al maltrato animal continúa convocando manifestaciones por toda España y recogiendo firmas para promover reformas legislativas, que al final es lo único que realmente funcionará. Al mismo tiempo los chicos y chicas de Igualdad Animal, auténtica mosca cojonera contra el silencio oficial, no cesan en su propósito de divulgar el horror, horror real, simplemente filmado, cinéma vérité que remite a nuestras peores pesadillas. Y es que hay cosas que ya no podemos tolerar, como el comportamiento de los cazadores (ah, qué noble gremio), a quienes a veces se nos intenta vender como ecologistas y preservadores del medio ambiente. Uno se pregunta por el grado de humanidad de una persona que, una vez que su compañero animal -que le ha servido durante años- se encuentra menos ágil para responder a las exigencias de la cacería, lo ahorca, le inyecta lejía en las venas o, simplemente, lo arroja a un pozo. El hecho de que no exista ni un atisbo de piedad en ese último instante, esto es, que ni siquiera se gaste un cartucho, lo dice todo.


La pasada legislatura se solicitó a un grupo de expertos un informe con vistas a la eventual promulgación de una Ley Estatal sobre bienestar animal. La comparecencia de los investigadores ante la Comisión del Congreso es una lectura aleccionadora, que pone de manifiesto el atraso secular que llevamos en estos aspectos, la profunda raigambre intelectual de los derechos de los animales (no ha habido filósofo relevante del siglo veinte que no se haya ocupado de ello), la ignorancia mastodóntica que el ciudadano de a pie manifiesta sobre estos temas (puesto que nadie se ha molestado en informar, aunque es cierto que también por parte de los consumidores se prefiere no saber), y más aún, la desatención que evidencian determinados expertos que suelen caracterizarse por sus saberes omnívoros (divertido resulta que el megacatedrático de derecho administrativo García de Enterría desconozca que existe una norma reguladora de la clasificación de los huevos con unos códigos que indican el grado de sufrimiento animal durante la producción). Como tantas otras cosas, ese proyecto permanece en el congelador, y es de esperar que sea retomado en algún momento por el Gobierno actual, pues es indudable que nos encontramos ante un debate ajeno a partidismos, y que en la medida que se divulge, recabará un importante consenso social. Sería además muy importante esa toma de postura, puesto que se tiene que acabar con la actitud defensiva que surge inmediatamente cuando se tocan estos temas: hay que hacer comprender a la gente que cuando pedimos que se reflexione y se debata sobre el sufrimiento animal no se está atacando ninguna esencia de la españolidad. Ciertas prácticas no pueden constituir nuestra esencia. Querer que tu país cambie y evolucione a mejor supone más quererlo que traicionarlo.

Entretanto debemos seguir con nuestra canción, y tratar de que cada vez más personas quieran oírla. Hay un trabajo importante que hacer en el nivel divulgativo y en el activismo, pero no debemos olvidar que la tarea jurídica será la que finalmente aporte soluciones eficaces.


El veinticinco de marzo, todos y todas a la calle para pedir reformas legislativas, seamos humanos, animales o teleñecos, como se dice con gracia en este vídeo de la convocatoria, que no deja de ser fiel reflejo del espanto cotidiano y de la necesidad cada vez más perentoria de hacer algo al respecto:


miércoles, 21 de marzo de 2012

"Por dónde empiezo", de Inma Turbau. Hablemos de dinero (que es de mala educación)..

Comienzan a oírse las primeras voces que reflexionan acerca de los efectos de la crisis en el mundo de la cultura. Hablamos de “voces” y de “reflexión” y a ellos nos atendremos, porque también abundan los lamentos y las pataletas de criaturas que consideran que el hermano mayor les ha arrebatado su juguete favorito, de ahí su reacción a medio camino entre el berrinche infantil y el martirologio pagano.
Un artículo reciente de WinstonManrique Sabogal titulado, nada menos, "Una tormenta perfecta azota el mundo del libro", hace un repaso por las amenazas y peligros reales a los que se enfrenta la industria editorial. Por otro lado, un gestor tan interesante como José Guirao se pronuncia en este vídeo:










Y en semejante panorama es interesante reseñar el libro de Inma Turbau, "Por dónde empiezo. Guía práctica para programar, financiar y comunicar eventos culturales", que sin habérselo propuesto proyecta algunas luces sobre el futuro de una profesión, la Gestor Cultural, que ha vivido también su pequeña "burbuja", aunque no fuese consciente de ello.  La autora trata de elaborar una guía práctica sobre la concepción y puesta en práctica de proyectos culturales, pero no a la manera de otros manuales clásicos, como el de Roselló, que incurren en el error de un cierto fundamentalismo conceptual con el que intentaban apuntalar la razón de ser de la profesión en torno a la elaboración del proyecto, convertido en elemento diferenciador y clave en la especificidad de una tarea que desde los años ochenta trataba de encontrar su sitio. Ocurre que la cosa no daba para tanto, y el afán por dotar a esa técnica de un carácter cuasi doctrinal acababa por encorsetar las ideas en una serie de plantillas o modelos sobre los que se han edificado decenas de programas formativos tan pretenciosos como ineficaces. Los numerosos posgrados en Gestión Cultural que han ido proliferando en las Universidades y Escuelas de Negocios españolas son reflejo de la anomalía en que continuamos instalados: la sobreabundancia de posibilidades educativas contrasta con su casi generalizada inhabilidad para situar al titulado en unas condiciones mínimamente aceptables en el mercado de trabajo. Y buena parte de la responsabilidad de ello caba achacarla a los encomiables pero equivocados esfuerzos teóricos por, insistimos, conceptualizar la labor del gestor a partir de los proyectos que elabora. No es de extrañar que los programas académicos de muchos Máster acaben convirtiéndose en una sucesión de charlas o conferencias vergonzosas a cargo de profesionales con nula aptitud académica, entreveradas de algunas clases de nivel básico sobre los aspectos que en realidad deberían ser la base fundamental para cualquiera que programe y organice eventos culturales, esto es, los económico-jurídicos, por un lado, y los de estricta gestión empresarial (organización, producción, comunicación -en la que el marketing es componente sustancial) por otro.

Y es que Inma Turbau da en la diana cuando menciona, casi de pasada, la alergia inveterada de los profesionales de la cultura a hablar de eso tan molesto llamado dinero. Lo cual conecta con los debates incipientes acerca de la crisis, es decir, de la ausencia de la disponibilidad económica que se ha venido disfrutando en los últimos decenios. José Guirao, director de La Casa Encendida, señala que nos encontramos ante un cambio de modelo: uno se acaba y el otro apenas está emergiendo. Turbau es más explícita cuando apunta al paradigma anglosajón de financiación privada, vía patrocinio y/o mecenazgo, y nos recuerda con acierto que se trataría, en realidad, de algo tan antiguo como la propia existencia del arte. De ahí que un elemento central de su libro consista en la elaboración del presupuesto, peleando por cada euro -es divertido y muy didáctico ver cómo regatea consigo misma en determinadas partidas, cómo se rige en todo caso la economía de opción-, y la consiguiente búsqueda y captación de fondos para cubrirlo. En un artículo reciente publicado en Babelia incide sobre lo mismo: el Gestor Cultural ha de comenzar a hablar el lenguaje de la empresa, buscar sponsors y deshacerse de cualquier vicio aprendido por la tradición que le impida enfangarse en el barro del euro, de la rentabilidad -no necesariamente de tesorería, sino también de impacto y proyección- y la comunicación con el público destinatario de los eventos.

No pecamos de pesimistas si suponemos que todo esto traerá consigo una limpia notable en el sector, comprensible si tenemos en cuenta que muchos de los titulados que ha vomitado la universidad española en la última década apenas han aprendido a gestionar un presupuesto que ya venía dado, subvención mediante. La realidad nos lo ha enseñado así: en cada municipio, en cada organismo, comunidad autónoma, departamento ministerial o chiringuito diverso, había una partida de "cultura" que con mayores o menores fluctuaciones se encontraba siempre ahí. Y si de repente se veía amenzada bastaba con invocar esa palabra mágica -"cultura"- para que cualquier decisión política contraria a ella adquiriese rasgos de delito de lesa humanidad. Sucede, sin embargo, que en estos tiempos que corren el término se ve enfrentado a otros tales como "educación" y "salud", y las cosas ya no están tan claras. Dejo aparte las manipulaciones que a ese respecto puedan realizar los políticos de uno u otro signo, y me atengo a los cambios que se han instalado para siempre en el entendimiento colectivo del dinero público: nos dirigimos hacia un futuro en el que ya no será posible adjudicar y gastar partidas presupuestarias sin una mínima justificación de su necesidad, y si de necesidad hablamos no cabe duda de que el terreno del arte es el más pantanoso.


Uno echa de menos en el discurso del sector cultural una mínima autocrítica. No puedo evitar indignarme a veces cuando leo artículos de reputados escritores que arreglan los problemas del mundo y arremeten contra las corruptelas y las injusticias... quizá días después de haber sido premiados con decenas de miles de euros de un Ayuntamiento, Diputación o Comunidad Autónoma, por la silenciosa vía de la negociación entre su agente y la editorial coparticipante. A eso se le llama malversación de fondos públicos, pero el escritor de turno no sabe nada, claro. Lo mismo podemos decir de los bolos, las residencias artísticas, los festivales "con todo pagado", etc. etc. Lo dicho, que no habría venido mal barrer la habitación propia y después denunciar con ganas la suciedad de la ajena. En adelante no va a ser extraño que nos preguntemos en qué medida las administraciones públicas han de ser promotoras de conciertos a fondo prácticamente perdido, o sufragar conferencias con más personas en la tarima de ponentes que en las filas del público. Quizá esos fondos deberían destinarse a educación, para que un pueblo culto e interesado por las manfiestaciones artísticas les de la importancia que realmente merecen y promueva así su existencia. Algo de esto pensaba el mes pasado, cuando asistí al concierto de un grupo indie de prestigio: cinco personas en la banda, con su despalzamiento, manutención y honorarios -y por supuesto entiendo que no serían excesivos- y apenas treinta en la sala. ¿De veras que la necesidad de "cultura" da para  semejantes inversiones... No sería más rentable en su caso ayudar a los artistas emergentes mediante licitaciones tan rigurosas como las de cualquier otro contrato?


Sin duda que eso es lo que nos espera, y voces como la de Inma Turbau nos ponen sobre aviso. Planificar un evento es algo mucho más prosaico, y no por ello menos apasionante, que teorizar acerca del sentido de la cultura en la sociedad contemporánea y su esquematización en intrincados proyectos. El Gestor Cultural debe programar, producir, ejecutar midiendo los tiempos -todo un capítulo del libro se ocupa de ello- y evaluar con arreglo a criterios económicos tan estrictos como deben serlo los del interés sustancial que tenga el acto en sí mismo.


Si algo se está poniendo de manifiesto ante este nuevo escenario es que hay profesionales que se están remangando para trabajar y aportar ideas, y otros que únicamente claman porque les devuelvan su juguete intacto. El tiempo pondrá en su sitio a cada uno de ellos.

lunes, 19 de marzo de 2012

"Cárceles imaginarias", de Luis Leante.


Vivimos una moda (o epidemia) de narrativa histórica que puede crear confusión sobre novelas de mayor enjundia literaria como ésta. Hay otros “productos” en el mercado literario que enmascaran tramas de culebrón, diálogos inverosímiles para la época y personajes arquetípicos de película de sobremesa en una faramalla de datos, usos y costumbres que satisfacen la curiosidad de cierto público. En realidad, si trocamos castillos por edificios de oficinas, armaduras por trajes y espadas por pistolas tendríamos historias comunes y corrientes, y en eso se encuentra la clave de la diferencia entre la buena narrativa histórica y el oportunismo literario. 


“Cárceles imaginarias” es, ante todo, un homenaje a la labor del investigador histórico. Algunos de sus mejores párrafos nos hablan de la pasión por el documento perdido, por las horas de encierro y el trabajo colectivo que lleva a compartir descubrimientos con ilusión de niños. Esa tarea saca al personaje protagonista de su voluntario aislamiento –a raíz de una tragedia personal- y vuelve a colocarlo en el mundo, a relacionarlo con otros semejantes y, más allá de todo ello, a conectarlo con la pasión que compartía con la persona amada, fallecida en un traumático accidente. 


Luis Leante es un buen prosista, de escritura ágil y limpia, que tiene el acierto de enteverar los diálogos en el propio párrafo narrativo, de forma que la acción discurre con fluidez y no deja de entretener nunca. Cuesta dejar el libro, y no cabe quizá mayor éxito. Pero además de su habilidad para componer las frases, ha puesto en pie una estructura de episodios alternos que funciona a la perfección, y que el lector adivina ya abocada a confluir en algún momento, como efectivamente sucede al final del libro.


Parte de él, pues, está dedicado a la progresiva resurrección de Ferré por vía de recuperar su vocación investigadora, la cual se proyecta en un doble sentido:  la indagación sobre los hechos relacionados con los movimientos anarquistas de finales del XIX (centrados en un concreto personaje y otros más que surgen a su alrededor) y la que tiene por objeto comprender el porqué del interés que su pareja fallecida manifestaba hacia esa época. La otra parte del libro relata con brío las andanzas del anarquista Ezequiel Deulofeu: sus orígenes y formación, sus viajes, relaciones personales y azares que acabaron convirtiéndolo algo parecido a un símbolo, tan ambiguo como inabarcable. 


Ambas secciones de la novela, en capítulos alternos, resultan igualmente interesantes, porque el autor maneja con pericia diferentes recursos para atrapar el interés del lector: la narrativa de suspense, la de acción, el relato de iniciación, la profundidad psicológica… Y una delicada sorpresa final que da sentido al argumento y culmina en una escena final de grato contenido poético. 



Está claro que hablamos de una buena novela, capaz de atrapar el interés de muy diferentes lectores y lectoras, ajena a las modas, honesta y ambiciosa. Luis Leante es un escritor silencioso que libro a libro va construyendo una carrera coherente, y en “Cárceles imaginarias”, hermoso título que adquiere pleno significado a medida que avanzan sus páginas, demuestra que ha llegado a un punto de pleno dominio de sus herramientas de escritor. Su techo estará allí donde plantee sus retos, y nosotros, a disfrutarlo.

domingo, 11 de marzo de 2012

'El tiempo es un canalla', de Jennifer Egan. El clasicismo irónico.

Esta novela contiene un powerpoint, comencemos por aquí. En el último tercio del libro, una voz adolescente se expresa a través de semejante herramienta. Nos cuenta algo pero lo hace a través de una presentación elaborada con ese software, de forma que, sin dejar de tratarse de un fragmento estrictamente narrativo, nos obliga a perseguir su sentido a través de pantallas impresas, llamadas y autorreferencias varias, frases escuetas y gráficos que adquieren tanta relevancia semántica como las propias palabras. Más que sorprendente resulta divertido, porque lo cierto es que se puede seguir el hilo del pensamiento que va elaborando el personaje mediante un medio tan inusual en literatura como expresivo y natural para la personalidad de quien lo utiliza. Su inclusión es pertinente, y le añade singularidad al libro sin estorbar su fragmentado discurso.

Ahora bien, que a partir de ahí se haya propagado la idea de que nos hallamos ante una novela "vanguardista" no deja de ser otro síntoma más de la pereza con que se aborda la crítica literaria hoy en día. Da la impresión de que lo único que cuenta es etiquetar o encasillar inmediatamente al libro, y en cuanto alguien le aplica el primer sello, todo lo demás viene rodado. Y poco importa que el asunto responda a alguna clase de intención oculta de la propia editorial, o incluso de la autora, se entiende que una vez la obra es ofrecida al público debe ser éste quien saque sus propias consecuencias, ya hablemos del lector de a pie o del dudosamente autorizado por pertenecer a ciertos medios influyentes.

Y es que "El tiempo es un canalla" (traducción libérrima y zumbona del original "A visit from the Goon Squad"...) tiene los suficientes méritos para que no le hiciesen falta demasiados añadidos publicitarios. En realidad responde al patrón de novela "clásica" (pero clásica del siglo veinte) en cuanto a la ambición de profundidad psicológica combinada con una escritura sutil y de engañosa trasparencia, el uso del tiempo narrativo irregular, con idas y venidas que, junto con la alternancia de puntos de vista, obligan al lector/a a componer el puzzle generando así una forma de "intriga" que nada tiene que ver con giros argumentales, sino con las meras turbulencias de la vida, desordenadas e imprevisibles.

En este caso seguimos las andanzas de una serie de personajes relacionados con la industria musical, lo que si acaso añade algún toque de humor extravagante, pero que no deja de ser un paisaje de fondo que arropa una historia sobre el paso del tiempo y los cambios que provoca en ellos, de forma que cuando páginas más adelante los recuperamos, aunque filtrados por el punto de vista de un tercero, contemplamos su evolución con ternura. Jennifer Egan no se permite el efectismo o la sensiblería, pero tampoco elude la posibilidad de que nos sintamos conmovidos. Compone así una novela moderna, enraizada en el más escrupuloso clasicismo de la narrativa psicológica anglosajona y sus refinadas técnicas, y aderezada con un guiño al office que, más que del signo de los tiempos, es señal de la habilidad de la autora para manejarlos.

"Kallocaína", de Karin Boye. La distopía como predicción.

Hay ocasiones en que la calidad literaria de una novela se encuentra directamente relacionada con la elección de la voz narradora y el punto de vista desde el que nos habla. Una decisión que, si resulta errónea desde el principio o se desarrolla de manera deficiente, puede hacer fracasar el proyecto por muy interesante que sea su contenido.

Lo que hace de Kallocaína una obra notable es, en primer lugar, el acierto en la construcción de un narrador que presentaba no pocas dificultades: se trata del arquetípico súbdito fiel de una dictadura y militante fanatizado de las ideas del partido político que la sustenta. Ambos aspectos lo convierten en una figura tan peligrosa como ingenua, y esa capacidad de hacer daño con un temperamento pueril provoca que la credibilidad del relato dependa mucho de la capacidad de el autor o autora para conseguir que los lectores se crean el personaje.

Karin Boye no sólo supera el reto, sino que logra poner en pie un protagonista que bien pudiera consolidarse en la historia literaria como el mejor reflejo posible de la vida del ser humano bajo un régimen dictatorial. Y es que la novela nos cuenta la dictadura desde dentro, no en cuanto descripción de su tejido de instituciones y normativas absurdas, sino explorando el interior de las personas sometidas que deben asumirlas. Y así, sin que existan episodios de acción o suspense propiamente dichos, la historia es apasionante y estremecedora.

La visión enfermiza del narrador dibuja el mundo que lo rodea con involuntaria precisión: una sociedad regida por la cobardía y el miedo, cuya única recompensa individual se cifra en el “honor” de servir eficazmente al poder gobernante. El personaje busca alcanzar “la perfección de la gran colectividad” mediante la aportación del fruto de sus investigaciones: una droga –la Kallocaína- capaz de extraer los pensamientos del “material humano” al que se obliga a consumirla. Ilusionado por poner en práctica esta herramienta, y por los beneficios que reportaría a su mundo –la eliminación  de cualquier forma de delito, aun manifestado en meras ideas e intenciones; o, en sus palabras, legislar “sobre la criminalidad del carácter”-, el invento comienza sin embargo a traer consecuencias incontrolables. Al fin y al cabo lo que saca a la luz son los subterráneos de las conductas reprimidas por la intolerancia dictatorial, y la autora nos cuenta con acierto la sorpresa que causa en el personaje el hecho de que muchos de los que lo rodean tengan una suerte de mundo interior en el que la libertad personal ha conseguido refugiarse. Él no puede permitirse los matices, y sin embargo acaba teniéndolos aunque no llegue a reconocerlo. La voz que nos cuenta la historia no reflexiona sobre su propia evolución, y aun así los lectores la percibimos, lo que constituye una de las claves del éxito de la novela.

Las pruebas que se realizan con la Kallocaína sobre ciertas cobayas humanas tratan de forzar situaciones en que la fidelidad al Estado se ponga en cuestión al entrar en conflicto con otras fidelidades personales o familiares. Semejante crueldad se desarrolla con una naturalidad asfixiante, en la que los seres humanos aparecen despojados de su condición. El personaje principal, reflejo como decimos del ciudadano medio del régimen, ejerce la fuerza de la autoridad sobre otros, mientras que al mismo tiempo se siente permanentemente observado y en peligro. De ahí que ciertos comportamientos de sus superiores, en los que aparecen atisbos de libertad y personalidad propia, lo sorprendan e inquieten. Ese “desapego condenable” que detecta en ellos sólo se lo permite, en su caso, dentro de los sueños.

Sin ánimo de adelantar nada del argumento, lo cierto es que a medida que la historia transcurre el narrador se ve sometido a tensiones que ponen en cuestión su propia y aparentemente inamovible entereza. Entonces Karin Boye nos muestra la miseria moral que subyace en todas esas grandes ideas que convierten las sociedades en prisiones perfectas, y cómo los mecanismos opresivos que generan son utilizados muy frecuentemente en oscuras revanchas personales.

Al final del libro hay una vuelta de tuerca argumental de un pesimismo coherente e irreprochable: las dictaduras se propagan y convierten el mundo en una especie de jungla donde unas especies devoran a otras y donde el destino último del ser humano es precisamente ese: servirles de alimento para garantizar su supervivencia.

Novela discursiva, acaso necesitada de mayor riqueza en la trama, pero que gracias a su buen estilo nunca se hace pesada. También tiene el valor, en los tiempos que corren, de hacernos pensar, o peor aún, presentir lo que puede que se nos venga encima. Que nadie diga que Karin Boye no nos había avisado.

El informe de la Real Academia sobre “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”. Los huevos encima de la mesa.


Por fin. Ya era hora, coño. Sabrá el amable lector (la amable lectora, a lo suyo, al Hola) que la máxima autoridad lingüística ha escrito un informe de gran altura científica en la que viene a poner orden en el pifostio que habían organizado las feministas radicales con el idioma español. Sabido es por todos ustedes que buena parte del déficit presupuestario que nos asola procedía de la implementación de una policía idiomática compuesta por violentas mujeres sin sujetador, contrarias a la familia y la maternidad –merendaban niños con nutella-, que porra en mano y ciento volando patrullaban por centros escolares, parlamentos y redacciones periodísticas dispuestas a detener, empleando la fuerza si fuere necesario, y encerrar a todo aquel que osase no seguir sus directrices sobre lo que debía o no escribirse en este país. Como consecuencia de ello no sólo nos hemos gastados cientos de miles de millones de euros, sino que las cárceles están saturadas de librepensadores y científicos de la lengua, por no mencionar las purgas, revanchas y denuncias que sufrieron todos los mártires de la causa. Menos mal que alguien ha decidido dar un paso al frente.

El informe sale ahora, precisamente ahora, con el cambio de gobierno recién horneado y una mayoría absoluta incontestable sobre la mesa. Pero ello es pura casualidad, vamos, nada de guiño al poder o aprovechamiento de la situación, no, no, hablamos de ciencia, caballeros.

Porque es bien sabido que la lingüística lo es, como el derecho, como la política o la economía, las cosas de tíos, coño. Los estudios de género, por muchas supuestas especialistas mundiales, años de tradición, bibliografía filosófica, antropológica, jurídica, etc., que dicen que existe, no dejan de ser pequeñas manifestaciones de la histeria típicamente femenina. De ahí la apelación que se realiza en el informe a que, cuando las tías éstas quieran tocar las narices con algo, consulten previamente a “los especialistas”. Vamos, al igual que ocurre en el derecho o la psicología, por poner un ejemplo, que siempre que publican una guía o norma en la que de alguna manera se incide en el lenguaje existe un informe previo y vinculante de la Real Academia, a que sí.

Bueno, el caso es que el lingüista que firma este informe pega un puñetazo sobre la mesa que ha sido recibido con lágrimas de emoción por esos sectores oprimidos que todos conocemos. El tal Ignacio Bosque se limita, con impecable rigor científico, insistimos, a exponer una serie de conclusiones estrictamente relacionadas con su ciencia. Nunca, en una sola línea a lo largo de su escrito, introduce juicios de valor ajenos a la especialidad que ejerce, y menos aún en lo que atañe a las cuestiones de género. Veamos una serie de ejemplos:


A manera de ilustración, indicaré tan solo que conozco mujeres (algunas, sumamente prestigiosas) que consideran ofensivo el establecimiento de cuotas que regulen su acceso a puestos de responsabilidad, sea en el número de ministras o de directoras generales que deben formar parte del Gobierno, el de catedráticas que deben enseñar en una determinada universidad, el de miembros femeninos de un comité o de un jurado o el de cirujanas de un hospital.

(Incuestionable dato estadístico: "conoce mujeres")

Hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo. Tiene, pues, pleno sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política, administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones, y con ello en quienes las emplean, aplicando quizá el criterio que José A. Martínez ha llamado despotismo ético en su excelente libro El lenguaje de género y el género lingüístico (Universidad de Oviedo, 2008).

(Es bien conocido que las guías de uso del lenguaje no sexista tienen fuerza de ley, y los varones que no las utilicen estrictamente son emasculados en plaza pública.)

Si la mujer ha de sentirse discriminada al no verse visualizada en cada expresión lingüística relativa a ella, y al parecer falla su conciencia social si no reconoce tal discriminación, ¿cómo establecemos los límites entre lo que su conciencia debe demandarle y el sistema lingüístico que da forma a su propio pensamiento? Si no estamos dispuestos a aceptar que es la historia de la lengua la que fija en gran medida la conformación léxica y sintáctica del idioma, ¿cómo sabremos dónde han de detenerse las medidas de política lingüística que modifiquen su estructura para que triunfe la visibilidad?

(Ahí sí que lleva razón: la historia lo fija todo. Desde el uso de la lengua al sexo de los cargos directivos y decisorios en los centros de poder, desde el reparto de roles en el hogar a los objetos de consumo compartimentados por géneros... Y lo que fija la historia, fijado queda. Por cierto... ¿quién es "la historia?, ¿quién la crea, la escribe, la petrifica? Ah, que lo hace sola...)

Un buen paso hacia la solución del “problema de la visibilidad” sería reconocer, simple y llanamente, que, si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar.

(Hay, esas comillas en el "problema de la visibilidad"... Si es verdad que el lenguaje lo dice todo sobre nosotros.)

Llama la atención el que sean tantas las personas que creen que los significados de las palabras se deciden en asambleas de notables, y que se negocian y se promulgan como las leyes.

(En este punto nuestro héroe se lanza al vacío y critica a la propia institución a la que pertenece, qué grande.)

En fin, como vemos, este francotirador del pensamiento, ajeno a cualquier cosa que pudiere parecerse a una “asamblea de notables” (la Real Academia es el foro de la ciencia meritocrático por excelencia) deja en pelota picada a las feministas con argumentos escrupulosamente científicos. Al final del informe se le ha pasado incluir la bibliografía revisada para elaborarlo, especialmente en lo que atañe a los estudios sobre lenguaje y sexo. Seguramente se trata de un mero error, o de que en realidad no pasan de tres o cuatro folletos los que puedan existir. En fin, incluyo algunas referencias al respecto, y me detengo en la eme, para no atorar el blog, pero que no lo tome el lector como algo serio, ya que las cosas serias son otras, como decíamos al principio, y esto son pajas mentales de las radicales feministas (y un puñado de tíos mariquitas que las apoyan).


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Vamos, que el informe deja claro que todo esto son gilipolleces, y para ratificarlo ha salido a la palestra uno de los Académicos más ilustres, Arturo Pérez Reverte, calificándolo de “zapatazo en la boca” (certera descripción). Todos conocemos bien a este valeroso caballero español, que escribe con cojones, y hace lo que se sale de la puntalapolla, un tío que a base de echar el pecho p’alante, agarrarse el paquete y decir verdades como puños ha sabido sobrevivir en zonas de guerra y ha superado con bastante éxito su fatal, eterna, dolorosa mediocridad literaria. Tiene mérito, un jabato, el tío.

Así que nada, esperemos que esta sea la primera hostia de las muchas que se van a repartir, ahora que toca, en las caras de las feministas. Ni cuotas, ni conciliaciones (léase atentamente la reforma laboral, cuántos goles se les han colado a esas listas mientras todos discutían sobre el abaratamiento del despido), ni guía, ni educaciones. A ver si vamos entendiendo que la cosa está muy mal, hay pocos puestos de trabajo, sobran tíos para desempeñarlos y, sin embargo, se necesitan con urgencia “ángeles del hogar”. Este es el clima en que nuestro amigo el francotirador ajeno a asambleas de notables ha puesto los huevos sobre la mesa. Venga, que pase el siguiente. 


(Comprenderá el lector, e incluso la lectora, que no cabe discusión cuando sólo una de las partes se arroga autoridad sobre la materia. Lo que procede en ese caso es ponerle la nariz de payaso o el bigote duchampniano, y reírse en su puñetera cara.)