miércoles, 22 de febrero de 2012

El nuevo álbum de Saint Etienne, en mayo.


Aquí están, tan sonrientes como nos vuelven a sus seguidores ante la perspectiva de un disco que lleva un título estupendo: Words and Music by Saint Etienne, y que pinta doblemente interesante por los propósitos a los que obedece:

About how music affects your life. 
How it defines the way you see the world as a child.
How it can get you through bad times in unexpected ways.
How songs you've known all your life can suddenly develop a new attachment and hurt every time you hear them.



Y así son las cosas, para muchos de nosotros la vida habría sido mucho más triste sin música pop, si esa excitación previa a la salida de un álbum como éste, sin el efecto mágico que provocan las canciones, su capacidad de mantenernos vivos e ilusionados. Qué maravilla empezar el día con música -en mi caso, acompañando la escritura madrugadora y la primera salida con Betty-, en especial si es tan dulce, elegante y sensible como la Pete, Bob y Sarah.

Este es el tracklist:
1. Over the Border
2. I’ve Got Your Music
3. Heading For the Fair
4. Last Days of Disco
5. Tonight
6. Answer Song
7. Record Doctor
8. Popular
9. 25 Years
10. DJ
11. When I Was Seventeen
12. I Threw it All Away
13. Haunted Jukebox

Estos, los primeros conciertos, en mayo:
Tuesday 22nd - Sheffield, Leadmill
Wednesday 23rd - Glasgow, Oran Mor
Thursday 24th - Liverpool, Kazemier
Friday 25th - Cardiff, Gate Theatre
Saturday 26th - Leamington, Assembly Rooms
Monday 28th - London, Palladium

(y el miércoles 30, en Barcelona, de forma gratuita, dentro de los eventos del Primavera Sound).
Y el vídeo de 'Tonight', como siempre, un homenaje a Londres, aunque también al poder de la música pop para endulzar los días:


lunes, 20 de febrero de 2012

"Trabajos forzados", de Daria Galateria. Lavorare Stanca. (Y unas consideraciones sobre la era de la "cultura libre").

La mera existencia de este libro da fe de una anomalía, al menos vista desde el momento presente: el hecho de que los trabajos alimenticios de los escritores sean merecedores de un volumen semejante. Y es que lo extravagante e inútil de su contenido no es tanto su pretensión inicial cuanto la forma como se desarrolla. Podría la autora tomar como referencia la jornada laboral de los novelistas o poetas con la finalidad de arrojar luz sobre el modo en que tales horas perdidas (o ganadas, quién sabe) influyeron en la elaboración de su obra, o bien explorar el conflicto, en su caso, que el tiempo robado en otras tareas o la necesidades de dedicarles sus mejores fuerzas provocaba en ellos. No cabe duda de que algo así tendría interés, y pondría de manifiesto aspectos de la vida literaria no por desconocidos menos relevantes. La creatividad exige, en primer lugar, un largo período de aprendizaje, a menudo solitario; después un esfuerzo constante por dominar la técnica, y finalmente un inacabable proyecto en el que abundan más los fracasos que los éxitos; todo ello acompañado por el reciclaje permanente que supone la lectura. Es claro que una vocación tal requiere de tiempo, y que el "trabajo", entendiendo por tal el remunerado, aquello que sostiene las necesidades básicas -o no- de la vida, a menudo se convierte en un sumidero donde van a parar todas las horas, las reales y las soñadas. 

Daria Galateria, sin embargo, opta por otra vía en esta obra singular y un tanto frustrante: recopila apuntes biográficos de una serie de autores y da cuenta de sus empleos con un tono a medio camino entre la curiosidad y la humorada. La clave del asunto es, pues, que la simple circunstancia de que tales genios trabajen resulta simpática o al menos curiosa. El mito romántico del artista revive pues en estas páginas, por más que estén llenas de polvo del camino y ácaros de los viejos legajos de expedientes administrativos. 

Aun así, la fuerza natural de alguno de los autores, convertidos en personaje, hace la lectura amena y nos permite descubrir incluso ciertos momentos brillantes en el análisis: así, la lucha de Svevo contra su vocación narrativa por provocar interferencias en su labor comercial, y el recurso a otras artes-placebo -tocar el violín, en su caso- con las que dar de comer al sentimiento creativo y paliar su voracidad, toda vez que una sola frase literaria podía arruinarle toda una semana; también resulta interesante conocer la humanidad del Kafka agente de seguros, de quien se recoge una gran frase (imaginamos que del libro de conversaciones con Gustav Janouch): "he intentado ser agricultor y jardinero, tareas más hermosas y más interesantes que el trabajo en la oficina de seguros. Aparentemente nos tienen en mayor consideración, pero es solo una apariencia. En realidad estamos solos, y además somos infelices. El trabajo manual, sin embargo, nos acerca a las personas"; otro gran momento es la invención del merchandising por parte de Colette, que hace de sí misma una especie de celebrity de la época con especial aptitud para generar rendimientos. De menos vuelo nos parecen algunas semblanzas que en principio generaban mayores expectativas: la vida sosa de Elliot -su capítulo parece más bien una entrada de un diccionario de autores-, el mero ir y venir de Céline o el apuntalamiento de la mitología bukowskiana, ya sabéis, alcohol, vagabundeo, autodestrucción...


En cualquier caso los "trabajos forzados" a que alude el título no siempre lo son. A pesar de lo superficial de las anécdotas que se relatan podemos deducir que en muchos casos no sólo se compatibilizan con la escritura sin mayor problema, sino que constituyen una especie de garantía de estabilidad. Así debería ser: la literatura, como el resto de las artes, es un territorio libre donde no debería haber otras concesiones o ataduras que las que el propio autor decida ponerse, para soportar y consentir ya está el trabajo alimenticio, en su caso. Lo que está en juego, al fin y al cabo, es la vieja aspiración humana a la felicidad, que queremos alcanzar en cualesquiera ámbitos. Sería ideal que la jornada laboral nos recompensase en todos los aspectos, pero si no resulta posible, lo que debemos conseguir es que al menos no contamine los momentos preciosos de creación.

En definitiva, consideramos que queda pendiente un libro que verdaderamente profundice en esta idea. Lástima por el loable intento de una editorial tan entrañable, de puro imprescindible, como Impedimenta.


A propósito de todo esto podemos traer a colación la polémica reciente surgida a raíz de unas declaraciones de la escritora Lucía Etxeberría sobre el hecho de que ya no le compensaba escribir ficción por culpa de la piratería. Como suele ser habitual en estos casos, se lió parda a la manera contemporánea, es decir, mediante la previsible cascada inane de comentarios en twitter, mayoritariamente contrarios a la autora. Su postura parte de una realidad cierta, pero no deja de expresarse de modo lamentable: en primer lugar porque da a entender que la única motivación que posee al sentarse a escribir una novela es el hecho de que le puedan pagar por ella; y en segundo lugar por la ingenuidad que supone pensar que la "amenaza" de dejar de escribir pudiese mover a alguien en la dirección correcta. La única revolución posible en nuestros tiempos vendría de la mano de la suspensión de la liga de fútbol. Todo lo demás es fungible.

Por otra parte, incide en una idea que los llamados "creadores" (categoría que en ocasiones parece tasada, al parecer) propagan con cierto patetismo: el hecho de que al ver disminuidos sus ingresos y verse obligados a buscar otro (o "un") trabajo su labor artística acabaría por completo imposibilitada. Semejante falacia procede de una posición social muy concreta: la de stablishment cultural que desde los años ochenta ha poblado de camarillas el panorama creativo, ha acaparado bolos y prebendas, ha inflado los precios y ha impedido radicalmente cualquier renovación generacional. Ciertamente, las posibilidades tecnológicas que ofrece la red permiten, desde hace unos años, una nueva vida a los artistas, y a día de hoy conocemos a muchos más músicos, escritores, pintores, creadores audiovisuales, etc., que en aquellos tiempos en que determinados medios y determinadas personas nos decían lo que se debía escuchar, leer o contemplar. De ahí que el lamento referido a que, de seguir así las cosas, habrá que "ponerse a trabajar" suene bastante ridículo y justifique el afilamiento de ciertos colmillos siempre dispuestos. La historia de las artes nos ha enseñado en sobradas ocasiones que la exclusiva dedicación a ellas no ha dejado de ser una circunstancia más de la vida, que podía darse o no darse, sin más. Y que el ser humano no ceja en su impulso creativo, ya se circunscriba a determinadas horas del día esforzadamente ganadas o, por el contrario, a la totalidad del mismo. Es claro que el ambiente ideal para componer cualquier obra es el de libertad mental, tiempo por delante y ausencia de permanentes preocupaciones: pero la solución para la carencia de tales condiciones no se encuentra en la partida presupuestaria de la concejalía de cultura y en la camarilla, sino ante todo la batalla personal del creador por lograr que así sea.

Dicho lo cual también merece detenimiento la parte de realidad que tenían las declaraciones de Etxebarría. El debate es tan amplio que mejor lo ceñimos a una serie de consideraciones:

1.- Las industrias culturales han cometido y cometen graves errores. Lo hicieron las discográficas al obviar internet hasta que internet se les vino encima como una avalancha de nieve. Pero lo más sorprendente es que las productoras y distribuidoras cinematográficas, así como las editoriales, no hayan aprendido nada de esa experiencia piloto de resultados evidentes.

2.- No existe oferta legal en el mundo del cine y la literatura que permita aprovechar las posibilidades de la red. Sí la hay en el de la música actualmente: Spotify e Itunes, entre otras cosas. Estoy abonado al primero, que incluso tiene una modalidad gratuita con razonables limitaciones, y aun así compro determinados discos que ofrecen un plus ajeno a la descarga digital (el packaging y demás fetichismos para fans... De esa forma espero el álbum de Rufus Wainwright, o el de Saint Etienne). Spotify me está permitiendo volver a disfrutar de la música como cuando era adolescente y me pasaba las horas rebuscando vinilos en las tiendas, descubro muchas propuestas nuevas y me reafirmo en lo buenas que son las de siempre. El mercado literario, por otro lado, cuenta con una gran ventaja: por muchos modelos de lector electrónico que se nos presenten, no hay nada como leer un libro, en especial cuando se trata de literatura, así que ambos sistemas convivirán sin problema a elección del consumidor. En mi caso utilizo los formatos electrónicos para obras de consulta, artículos, legislación, etc. Sin embargo el empeño en poner a la venta e-books a pocos euros menos que la edición en papel es un disparate incomprensible, que obedece al mismo empecinamiento de las discográficas de antaño -hoy día desaparecidas en su mayoría, por cierto-. En el cine el tema es aún más sangrante: cada semana los medios periodísticos publicitan estrenos apetecibles, generan actualidad y debate crítico con ellos, expectativa, en definitiva... Pero la manera de acceder a tales películas sigue pasando por el embudo del cine "de toda la vida", que en realidad no es tal, sino el que han modelado los centros comerciales. Eso supone, acudiendo en pareja, abonar no menos de quince euros por algo que quizá te decepcione. Y eso supone que cada vez estés menos dispuesto a asumir el riesgo, y que niegues espontaneidad a tu afición cinematográfica, que llevaría seguramente al visionado de tres o cuatro películas a la semana. ¿A qué mercado le interesa un consumidor retraído? Si pudiésemos ver los estrenos en nuestra casa, pongamos a tres euros, muchos miles de personas más accederían al cine, se generarían nuevas formas de interacción social y cultural -pases colectivos en la casa de un amigo-, se consumirían más y más películas, y la accesibilidad provocaría que toda expresión artística encontrase su público. Existe Filmin, sí -también nos hemos abonado-, pero la selección de películas resulta bastante insatisfactoria, y comparte problemas con otras plataformas: la expectativa generada por esa publicidad a que hemos hecho referencia se ve frustrada porque deben pasar no menos de seis meses hasta que uno accede a obras de su interés, cuando no las olvida. En un futuro, tras muchas batallas y demasiados cadáveres por el camino, tanto el cine como los conciertos estarán a un par de clicks del salón de nuestra casa, creadores y consumidores saldremos ganando y compartiremos gustos con miles de personas de todo el mundo. Entretanto, la camarilla se resiste. Y el mundo cultural se divide en los dos sectores que tanto les interesan: lo "oficial" y lo marginal. Sectorialización llamada a desaparecer, porque cada lector, oyente o espectador decidirá lo que es maravilloso o aborrecible para él.

3.- Todo lo anterior no justifica en absoluto la miseria moral en la que vivimos. Resulta increíble que estos tiempos, con la que está cayendo, parte de la gente joven no tenga otro horizonte motivador que la lucha contra los artistas que les proporcionan algunos de los mejores momentos de su vida. Porque al final, los que más sufren, son la mayoría de artistas, y meter en el mismo saco a todos ellos es un reduccionismo, amén de estúpido, profundamente injusto.

4.- Las contradicciones de los defensores de la llamada "cultura libre" son tan groseras que descalifican esos supuestos razonamientos con que justifican el saqueo. La descarga ilegal se fundamenta en la discusión sobre el precio y los medios de distribución del producto. Pues bien, es llamativo que tal movimiento intelectual de cuestionamiento de las condiciones de mercado se quede exclusivamente en lo cultural. Nadie discute con tanta intensidad los servicios bancarios o, por acudir a un ejemplo menos tópico, la industria alimentaria. A nadie parece importarle que el pollo que comemos haya estado flotando en antobióticos, que los animales estén sometidos a unas condiciones tan crueles como peligrosas, para ellos y por ende para nosotros. Se trata de un simple ejemplo sobre el que podríamos escribir centenares de paginas concretando mucho más, y a cada cual podría ocurrírsenos otro. Pero no, la gran batalla contemporánea se encuentra en si podemos descargar o no toda la discografía de Bowie, o la última de Spielberg. Alucinante. Estamos pagando el ADSL más caro de Europa, los lectores de e-books costaban seiscientos euros hace un año, y ahora cien, de golpe, porque lo dice la industria. Y todo eso no importa, se paga lo que haga falta a quien haga falta, salvo a los creadores de contenidos que dan sentido a la mera existencia de redes y aparatos de consumo cultural. Decía hace poco Rafael Reig en un artículo memorable que tenía mérito el hecho de que las compañías suministradoras de ADSL hayan conseguido permanecer ajenas al debate. En su casa, partiéndose de risa, y tarifando. Por cierto, la mera contemplación de las condiciones de vida del adalid de Megaupload debería haber provocado una reacción visceral en los consumidores culturales, y de hecho ha sido así, ¡pero contra los artistas!, el mundo al revés. Otra consecuencia surrealista de la "cultura libre": los llamados "internautas" (¿no lo somos todos?) han decidido que los músicos no deben vivir de la venta de canciones, sino de los conciertos, y se dice muy ufanamente que al fin y al cabo tienen más que nunca. Bien, pues esto ha provocado que los habituales de la camarilla, esos de las radio fórmulas y los programas de la tele, hayan inflado sus cachés de una manera sobrenatural, cualquier grupo de tres al cuarto no baja de 50.000 euros, y el problema añadido es que hasta el derrumbe de las administraciones públicas el noventa por ciento de las contrataciones iban a cargo del erario. En resumen: los partidarios de la libre cultura permiten que el Ayuntamiento abone tales cantidades a ciertos artistas, y tan panchos. El cantante melódico de moda da un concierto gratis en la plaza del pueblo, cobra una millonada y todos contentos porque nos hemos bajado su disco. La lógica perversa de tal clase de espectáculos municipales provoca que al final las administraciones subvencionen precisamente a quienes no lo necesitan, es decir, a los músicos más populares. De tal forma que las compañías promocionan a los artistas no para vender discos, sino para que luego salgan bolos igualmente gratuitos o medio gratuitos, porque en realidad el dinero lo ponemos todos. Y otra vuelta de tuerca más: los que han decidido que la música debe ser gratis porque los músicos se ganan la vida en los conciertos no admiten matices o excepciones. Pienso en Paddy Mcaloon, compositor e intérprete que lideró un grupo pop de éxito en los años ochenta, Prefab Sprout. Pues bien, tiempo después se vio aquejado por una enfermedad degenerativa que a punto estuvo de dejarlo ciego y sordo. Hace un par de años sacó un disco basado en composiciones antiguas, que fue produciendo y arreglando lentamente, pues en el trabajo de estudio es capaz de hacer cosas, aunque no de tocar acompañado por otros músicos en una banda. Los defensores de la libre cultura han dictaminado, empero, que Paddy Mcaloon no puede ganar un euro con los discos, puesto que su trabajo debe estar al servicio de la humanidad, aunque no lo estén sus tratamientos médicos. Paddy debe salir a dar conciertos, y si no puede, que se joda.

5.- Porque esta es otra clave del asunto: la imposibilidad de que un autor decida sobre su propia obra. Es decir, que le apetezca ponerla a la venta en el formato que quiera y al precio que le dé la gana. Si le da por colgar un disco en mp3 y venderlo a 30 euros uno piensa que lo peor que le podría ocurrir sería que la gente dijese "menudo gilipollas", y nadie comprase su disco. Pero no es eso lo que le pasaría: sus archivos serían desprotegidos, copiados y colgados en determinados portales, donde a su lado aparecería una pantallita en la que una chica desnuda enfocada por una web cam nos sugiere que entablemos con ella una animada charla ¿cultural?.

6.- A ello debemos añadir la singular desigualdad en que se plantea el supuesto diálogo y debate que tanto se reclama: de un lado, los llamados "internautas"; ellos pueden decir en la televisión: yo me bajo de todo, y nadie va a denunciarlos o siquiera recriminárselo, porque en las discusiones siempre se deja de lado al consumidor, y únicamente se habla de los portales de descarga. En el otro lado encontramos a la gente de la industria cultural, que si se atreve (pocos lo hacen) a decir sus opiniones en voz alta, pueden verse ridiculizados, amenazados, insultados, hackeados, sus datos personales expuestos... Esto de por sí da muestras de la enfermedad moral que subyace en todo ello. Algún día se examinará con la suficiente distancia temporal, y el ser humano seguirá preguntándose los porqués de esta beligerancia.

7.- Pasemos, para acabar, a mi postura personal. Soy editor de mis propias obras, que ofrezco en descarga gratuita por una sola razón que nada tiene que ver con la "cultura libre", sino con el simple hecho de que no puedo garantizar la calidad del formato para determinados lectores de libros electrónicos. Se pueden bajar en pdf, y el epub en pruebas de Bubok presenta problemas. En el momento en que logre asegurar esa calidad en la lectura, por supuesto que se cobrarán. Es una cuestión de dignidad personal, y de respeto por mi esfuerzo. El precio será simbólico porque no vivo de esto, ni pienso en hacerlo nunca. Siempre he trabajado en otra cosa -es sanísimo, y muy interesante-. Por otra parte, mis libros también pueden adquirirse en papel: en este caso se cubre el precio del coste de impresión y envío, y el pequeño óbolo al que me he referido.

8.- En la actualidad cabe la posibilidad, remota, de que una de mis novelas encuentre acomodo en una editorial convencional. Mi criterio acerca de la manera en que los lectores se acerquen a ella sería muy claro: me encantaría que se la pasasen en papel o que la sacasen de las bibliotecas. Si saliese en formato electrónico, no me importaría en absoluto que entre amigos o familiares se la pasasen igualmente; tampoco que en un foro de discusión literaria varios desconocidos se la enviasen; y voy más allá, consciente de que la mayoría de los autores no opinan lo mismo: tampoco tendría problema con el hecho de que estuviese expuesta en ese mismo foro literario a disposición de cualquiera, aunque sin duda esto excede ya de lo razonable (hace poco escuché una buena comparación, la figura jurídico-laboral de los trabajos familiares: un hijo puede trabajar en el bar del padre ocasionalmente y no por ello es necesario darlo de alta o contratarlo; pero si el propietario de una empresa de treinta trabajadores no cotiza por ellos ni les paga un duro con el pretexto de que todos son primos suyos, o primos de primos, estaríamos ante un fraude y algo parecido a la esclavitud. La diferencia entre un caso y otro la da el sentido común). Ahora bien: si mi libro formase parte de un portal de descargas donde un fulano se aprovecha de mi trabajo para ganar pasta con la publicidad del porno, los tonos de móviles, el software supuestamente útil y en realidad malicioso, o las agencias de viajes, pues vaya, respeto mucho su afán por la divulgación intelectual, pero como que a lo mejor nos vemos en un juzgado...


9.- Por lo demás, la lectura y la escritura, la música, el cine, el arte, forman parte de lo mejor de la vida, de aquello que, junto con ciertas personas y ciertos animales (jeje), nos hace más felices. Esto es tan importante que lo mínimo en que deberían empeñarse las dos partes que se han arrogado la representatividad de todos nosotros sería tener un poco de sensatez.

lunes, 6 de febrero de 2012

"Albert Nobbs", de Rodrigo García. "Another Year", de Mike Leigh. La felicidad como propósito.

Sorprendentemente el cine nos ofrece de vez en cuando excepciones a la mediocridad bipolar en que se desarrolla desde hace demasiados años, y en la que siempre insisto: películas infantilizadas cuya justificación se encuentra tan solo en una determinada forma de distribuir el producto -pensando en el consumidor de fin de semana que acude en pareja o en familia y realiza un gasto añadido en comida basura-, o bien los títulos pretenciosos, supuestamente artísticos, rebosantes de manierismos y guiños a un público igualmente estabulado -el que se siente reafirmado con los planos secuencia silenciosos e interminables, el exotismo sociológico o la dureza emocional-. Lo cierto es que con el paso del tiempo son pocas las películas que recordamos como memorables, que se incorporan a nuestro acervo cultural y sentimental,  que trascienden a la vida social en forma de recuerdos compartidos, de usos del lenguaje, de ideas y conceptos, de maneras de vestir, amar, reír, comer, luchar, interpretar el mundo, apreciar la belleza, sentirnos acompañados o sentirnos solos. Los clásicos se van formando así, poco a poco, haciéndose imprescindibles como las buenas amistades, con las que esperamos reencontrarnos aunque sea de cuando en cuando. Las dos títulos que reseño bien pudieran tratarse de uno de ellos. 


"Albert Nobbs" es mucho más que la interpretación apabullante de Glenn Close, merecedora del Oscar con todos los respetos para esa devoradora de personalidades que es Meryl Sreep. Se trata de una historia conmovedora y profunda, posee varias capas de sentido, está rodada con eficacia, al servicio de las actrices según exige el guión, y tiene un par de escenas inolvidables. Nos habla de la identidad como dilema, como pertrecho o lastre, en ocasiones, para avanzar por la vida. La masculina constituye un pasaporte con el que adentrarse en la esfera pública, lo que de por sí es expresivo de un contexto social tiránico más que opresivo; la femenina, por el contrario, es algo a conservar en la esfera privada, y siempre a condición de que no se desvíe un ápice de sus atributos supuestamente "naturales". Nobbs es una mujer que vive como un hombre y asume hasta tal punto ese rol que deambula por el mundo condenada a ser y no ser, a vivir en la ensoñación y la duda. La batalla cotidiana por el sustento ha acabado por convertirla en algo imposible: un varón que desea una esposa que lo complemente, y al mismo tiempo una mujer que no ha olvidado del todo que lo es. Emocionante resulta la escena en que su única amiga y ella deciden ponerse vestidos y pasear por la playa: Albert echa a correr de repente y la vemos sonreír por vez primera, pero apenas da unos pasos, trastabilla y se cae. Brillante metáfora de la dificultad de ser mujer y proyectarse en lo público. Para representar a este ser de impecable superficie y turbio interior hacía falta una actriz inteligente, y Glenn Close lo es. Dejando aparte su acertada caracterización, sabe dotar al personaje de un humor involuntario que nos recuerda a los payasos tristes y torpes de los espectáculos circenses: especialmente en el momento en que descubre a una afín, otra "disfrazada" como ella, que no encuentra manera más directa de revelar su secreto que enseñándole los pechos. La reacción de Nobbs, que echa a correr de una manera cómica, como un animal que se asustase al ver su reflejo en un cristal, consigue mostrarnos con delicadeza hasta qué punto la sexualidad es traumática para ella. Acierto igualmente de guionista y director, que hubiesen podido recurrir a episodios más directos y vulgares. 
El argumento avanza con amabilidad y se ve amenazado por un giro cruel de esos que tanto gustan en el cine de arte y ensayo -es decir, el de la grada B del recinto mercantil-, pero Rodrigo García sabe que en este tipo de historias que evocan a los clásicos literarios anglosajones no se permiten las groserías, así que existe un desenlace dramático, sí, pero lo suficientemente contenido para no verter lejía sobre el lienzo, y coherente con ese vivir en la fantasía que caracteriza las andanzas del personaje. 
Mención aparte merecería la lectura de género que podemos hacer de la película, demasiado extensa quizá  para una reseña como esta. De entre las muchas preguntas que nos surgen quedémonos con una inquietante: hasta qué punto en nuestros días numerosas mujeres que vemos en aparente paseo triunfal por la esfera pública no han debido adoptar roles masculinos para conseguirlo -cuántas veces observamos aspavientos machistas en ellas, como malas caricaturas de un estereotipo-; y en qué medida, cuando incumplen las reglas que definen su condición -por ejemplo en las preferencias sexuales-, no siguen estando obligadas a confinarse en lo privado. "Albert Nobbs"tiene el valor de contener unas cuantas respuestas sobre todo ello. 


"Another Year" nos cuenta que la felicidad a la que aspira el personaje de la película anterior es posible. No tiene buena fama cinematográfica el amor como realización, que no como anhelo. Y Mike Leigh nos lo presenta de un modo sencillo y realista. Tom y Gerri (sí, casi como los cartoons... ¿una especie de chiste que alude su supuesta imposibilidad humana?) son una pareja de cierta edad que lleva muchos años de matrimonio. Convivencia que les ha proporcionado estabilidad, afecto, dicha y muchas sonrisas. Sí, a veces pasa, por más que la ficción se empeñe en mostrarnos lo contrario, hasta tal punto que a quien así vive más le vale disimularlo. En algunos aspectos esta película es pedagógica al respecto: pese a que la historia transcurre sin mayores sobresaltos, un odio latente, una envidia corrosiva intenta cercar a los protagonistas, que con naturalidad logran salir ilesos. Y es que si algo nos enseña la película es que ser feliz no es tanto cuestión de mágicas casualidades, o de milagros de la diosa fortuna, sino sobre todo de la simple voluntad de serlo. Claro que para ello se hacen necesarias ciertas cualidades: la generosidad, la cortesía, el apasionamiento, cierto control de las emociones -muy sano, especialmente en público- y el sentido del humor. Tom y Gerri poseen todo eso, y se ven rodeados por una serie de personajes cuyas carencias resultan más evidentes por contraste. La película retrata una sociedad desquiciada porque, sencilla y absurdamente, dirige su empeño hacia ese objetivo, pudiendo escoger otros. 
La humanidad en el trazo de personajes propia de Leigh recuerda a sus logros mayores (Secretos y mentiras, Dos chicas de hoy, El secreto de Vera Drake), el guión abunda en esos diálogos frescos y aparentemente inocuos, pero reveladores de las profundidades de cualquier vida, que tan bien reflejan lo cotidiano, y los actores merecen el mayor de los halagos por algo tan difícil como escaso: hacernos olvidar que lo son, esto es, que están interpretando. Más que un proyectar un documental parecen invitarnos a pasar por su casa y conocerlos. En realidad el espectador/a se convierte en una mas de sus amistades, lo que no deja de ser peligroso: al igual que ocurre en la película, corremos el riesgo de que su felicidad nos ponga a prueba. Y algo bueno dirá de nosotros si salimos del cine contentos y reconfortados. 



domingo, 5 de febrero de 2012

"Fortunas y adversidades de Sherlock holmes", de Carlos Pujol. Variaciones sobre el mito.

El ritmo diario de las noticias, opresivo, excluyente y mistificador, no deja lugar para que nos detengamos en lo verdaderamente importante. Como lo es el fallecimiento reciente de Carlos Pujol, narrador, poeta, ensayista, traductor y cultor de la literatura, en definitiva. Una de esas figuras que cuesta imaginar en los próximos decenios, habida cuenta de que el deterioro del sistema educativo hace improbable la existencia de verdaderos sabios entre quienes hoy día encuentran la frontera del intelecto en el puñado de caracteres admitidos por twitter. Pujol representaba a ese hombre bueno, sensible, culto y por ende bienhumorado que en las novelas suele ser el añorado profesor del personaje protagonista. Quiero pensar que somos muchos los que, fuera de la ficción, lo considerábamos así a pesar de no haberlo conocido. 
Uno de sus libros fue fundamental en mi formación, y vuelvo a él de vez en cuando para disfrutar con su prosa caballeresca, es decir, elegante, inteligente e irónica. Se trataba de una colección de prólogos y reseñas titulada "Victorianos y modernos" que fue una excelente introducción crítica a la obra jamesiana, en tiempos en que la bibliografía accesible sobre el maestro era escasa en nuestro idioma, y todavía no teníamos internet para rebuscar en librerías de viejo de los lugares más remotos. Aquel volumen me abrió las puertas de un territorio literario que aún sigo explorando, y pienso que cuando me haga un señor de cierta edad, espero que con tan buena facha como él presenta en esa foto, recordaré siempre quién me introdujo por el pasadizo secreto de lo victoriano y lo moderno; porque desde entonces, cómo decirlo, mi vida resultó bastante más agradable que antes. Uno se pregunta de cuántas personas podemos decir algo así a lo largo de nuestra vida, es decir, a cuántas tenemos de veras algo que agradecerles. 

Como narrador cultivó la artesanía carente de pretensiones, y aunque con resultados irregulares, fue autor de novelas encantadoras que tenían mucho de homenaje a ese mundo que habitaba como lector. Pequeñas intrigas sentimentales, paisajes históricos en los que se adivinaba la nostalgia por ciertos valores perdidos, si acaso un crimen inocuo, y siempre abundantes sonrisas solían ser los ingredientes de sus ficciones. Todo presentado con una escritura limpia, pero no exenta de sutilezas. Quizá le faltó una obra que apuntalase su nombre en la posteridad, o tal vez nunca aspiró a ella. Pero lo cierto es que se trata de un autor completo cuya ausencia hace más necesario el repaso crítico de su obra. A pesar de los malos tiempos que vivimos, en especial para creadores tan poco vulgares como Pujol, es de desear que alguna editorial recupere sus mejores títulos, que ganen presencia en las librerías y permitan a los lectores descubrir al que seguramente es nuestro escritor más secreto. 


Algo así me ha pasado al leer la noticia de su desaparición. Tras la sensación inicial de tristeza, y como quiera que hemos estado enganchados a la serie de televisión "Sherlock", que actualiza el mito con admirable respeto a lo que le es esencial, recordé que tenía pendiente de leer un libro de Pujol acerca del detective. "Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes" es una colección de relatos que tratan de indagar en el día a día del personaje despojándolo de toda solemnidad. En esta obra se hace evidente como en ninguna otra esa voluntad pujoliana de rendir homenaje y mostrar agradecimiento a lo que tanto admira. Tiene algo de juego, pudoroso pero incisivo, de modo que no hay aspecto de la personalidad de Holmes que no se atreva a poner en solfa. Lo hace equivocarse, lo convierte en fantasma, se burla de su vanidad, lo somete a un torpe cortejo en el que la señora Hudson ejerce de alcahueta, se recrea en oscuras alusiones a casos que los lectores no podemos -ni debemos- conocer, y juega con la propia literatura dotando de realidad a Holmes y Watson y convirtiendo a Conan Doyle en personaje de ficción. Especial emoción me ha producido el episodio en el que un caballero al que aluden por sus siglas, H. J., novelista elusivo, acude a solicitar su ayuda para impedir que ciertas cartas comprometedoras vean la luz. Genial. También aparece Lestrade, persistente en su incompetencia -quizá un símbolo del poder que nos desgobierna-, e Irene Adler, derrotada por el tiempo y, en consecuencia, humanizada. Y en el final de estos relatos o estampas aparece Holmes en un campo de batalla, pero ajeno al mismo por la necesidad de cumplir una misión, como una presencia eterna destinada a resolver lo insoluble. 

"Fortunas y adversidades..." es un ejercicio literario brillante y entretenidísimo, aconsejable en estos tiempos en que vuelve a estar de moda un personaje que nunca dejará de acompañarnos, y que quizá regresa con más fuerza cuando la sinrazón y la brutalidad parecen imponerse a la inteligencia. Pero también es una excusa para conocer o profundizar en la obra de Carlos Pujol, uno de los pocos artistas y estudiosos contemporáneos a los que podemos llamar "maestro". Hasta siempre, y gracias por todo.  

jueves, 2 de febrero de 2012

Lisbeth (una respuesta a la crisis).

"Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada."

Ayn Rand, Atlas Shrugged 


No queda una institución que no nos haya traicionado. Han entrado en el templo sagrado de todo aquello que nos es común tirando las puertas y rompiendo las ventanas, pese a que les habíamos entregado las llaves. Lo han saqueado durante años, se han repartido su riqueza, nos han condenado a la miseria. Sonreían y aseguraban que lo hacían por nosotros, pues eran los elegidos -por algo seguramente más trascendente que simples votos, aunque sólo ellos podían verlo, al parecer-. Cuando llegó el frío y el hambre descubrimos el templo en ruinas, las paredes negras por el fuego, la mugre de sus vinos y sus vomitonas en el suelo. No había donde cobijarse. 

Y entonces la miramos a ella. La lucha del siglo veintiuno es la lucha por la dignidad. Lisbeth Salander -habitante ya de la inmortalidad de la ficción, como escribió Vargas Llosa-  ejemplifica como nadie esa guerra. Paradigma de un nuevo individualismo, radical, inevitablemente escéptico -han sido demasiados palos-, incapaz de enrolarse en los dogmas y las promesas, pero al mismo tiempo solidario, guiado más que por la empatía hacia los otros por la necesidad de proporcionarles justicia. Porque sólo es posible vivir en una sociedad justa. Y cuando ese atributo no nos es concedido, no queda otro remedio que luchar por él. Hay muchas cuentas que ajustar antes de reconstruir el templo.