jueves, 26 de enero de 2012

Reseñas en 'Anika entre libros'.

A partir de ahora parte de las reseñas literarias que se incluyen en este blog aparecerán en la web de divulgación literaria "Anika entre libros", con la que comienzo a colaborar. Se trata de uno de los espacios que más afluencia de lectores reciben en la red, y lo que me gusta precisamente de él es ese contacto directo, ajeno a grupos editoriales y camarillas. Quienquiera que tenga curiosidad por un libro concreto, o simplemente desee conocer las novedades, encuentra allí una referencia fiable y práctica. El éxito de 'Anika...' es un reflejo de lo mejor de internet. Así que me siento feliz por formar parte de ello. Nos vemos.

martes, 24 de enero de 2012

'Tonight', nuevo single de Saint Etienne.

¡Vuelven en 2012! Al parecer con un álbum que tendrá como leitmotiv precisamente la fuerza de la música pop, su importancia en la vida de la gente. Este delicioso anticipo, 'Tonight', nos habla de la ansiedad previa a la escucha de tu banda favorita -tras mucho tiempo de esperarla-, de la especulación acerca de las canciones que sonarán, y de la certeza de que las cosas no serán igual a partir de entonces. 




Lo mismo que a sus seguidores nos ocurre cada vez que se anuncian movimientos de Pete, Bob y la divina Sarah (ah, adjetivo delator de mis preferencias). Tras años de maravillosas reediciones llenas de temas inéditos que aún escucho casi todos los días, espero y ansío -del modo que describen en el single- que me cojan de la mano y delicadamente me lleven a un mundo de elegancia y sensibilidad. Términos trillados, sí, pero infrecuentes como especies abisales. Un disco de Saint Etienne, un libro del maestro James, y la vida resplandece (por lo menos, hasta escuchar las noticias).


lunes, 23 de enero de 2012

Motivos de esperanza.


Varias noticias que te hacen recuperar la esperanza en este mundo nuestro que día a día parece estar cayéndose a pedazos, y donde la lógica de los mercados nos impone una relación tasada de preocupaciones, fuera de la cual nada debe distraernos:



Sobran comentarios


-Los alimentos servidos durante la Olimpiada de Londres tendrán en cuenta el bienestar animal.
Aunque no se ha conseguido todo lo deseable, uno, que es un posibilista, contempla con entusiamo que en una cita de tanta relevancia mundial se introduzca al menos el debate. Esto marcha. Las cosas están cambiando, al igual que ocurrió con la violencia de género, los protocolos de acoso sexual en el trabajo o lenguaje no exista hace años. Hay que ganar el futuro, aunque el presente sea decepcionante.



Vaya vaya, parece que esta clase de preocupaciones no sólo afecta a los ociosos y prósperos (bueno, antes) occidentales. El cambio llegará, y será mundial. El triunfo de la razón es contagioso.



¡Pero bueno! ¿No se nos dice siempre que este tipo de cosas son entelequias que se cargarían en sistema productivo y generarían hambrunas supersónicas? ¿Es Bélgica un lugar de otro planeta o sencillamente es posible ponerse a trabajar en cosas así?


Mira tú por donde el mundo parece hoy un poco más bonito. De verdad, somos capaces de todo.


Cinfueguistas vs. Nacho Carballo. De dioses y hombres.


Contemplo con inquietud desde la lejanía mediterránea cómo mi tierra de nacimiento se ve sometida a diversos terremotos culturales. Inquietud personal, en primer lugar, porque temo que lugares que siempre visitábamos -hasta convertirse en una referencia entrañable-, como el centro de arte LABoral, puedan desaparecer. Las noticias se han ido sucediendo: la dimisión de Rosina Gómez-Baeza, el esperpéntico cierre del Niemeyer, la incertidumbre sobre la Semana Negra, la destitución de Cienfuegos al frente del festival de Cine de Gijón… Hechos que por encima de cualquier otra consideración se han producido con pésimas formas, y sin alternativas claras e ilusionantes, en lo que en definitiva parece el habitual ejercicio de cainismo propio de la política española. La lectura de los titulares provoca una reacción de inmediato rechazo hacia las autoridades que han adoptado tales decisiones, a menudo con modales tabernarios impropios de una posición institucional, y al mismo tiempo la empatía propia de quienes de una u otra manera nos hemos sentido siempre ligados al mundo cultural. No nos han convencido, en el caso del Niemeyer por poner un ejemplo, las acusaciones de irregularidades en las cuentas -pese a sus inquietantes perfiles a los que luego me referiré-, puesto que carecen de credibilidad desde el momento en que no se inician las acciones judiciales correspondientes. La legitimidad política de Foro Asturias necesita convertirse en legitimidad cultural mediante la aportación de proyectos solventes. De no ser así, la formación política ganadora de las elecciones pasará a la historia democrática reciente como un burdo ejemplo de revanchismo y estrategia de tierra quemada, sin otro logro que el daño que hacen a determinadas personas -triste mérito- y el del desprestigio en que sumen a una tierra amable y querida en el resto de España.



Ahora bien. He hablado de la lectura de los titulares porque la cuestión va adquiriendo matices a medida que uno profundiza en las noticias; profundizar, digo, a la manera contemporánea, que no sólo se detiene en los medios de prensa habituales, sino en la repercusión que las noticias generan en foros, blogs y redes sociales. Últimamente he seguido el asunto del Festival de Cine de Gijón y he reconocido algunas voces y comportamientos que me han hecho pensar en que, al igual que a los cuerpos abotargados por los excesos y el sedentarismo, no viene mal que de vez en cuando se aplique al mundo cultural una sesión de drenaje y una buena purga. Frente a la elegancia y firmeza con que el director destituido, José Luis Cienfuegos, ha salido defendiendo su gestión, los cinfueguistas han comenzado a manifestarse –en sentido literal y figurado- a través de distintas vías con unas formas y contenidos que dejan a los responsables políticos asturianos como perfectos y ecuánimes caballeros.



La alcaldesa de Gijón ha explicado que la relación que unía a Cienfuegos con el Ayuntamiento era un contrato de asistencia técnica. Con peores maneras Cascos ha declarado que “aquí no hay fijos de plantilla”. Lo que nos sitúa ante un primer y relevante aspecto de la cuestión: la naturaleza jurídica de esa vinculación entre el director del festival, como ocurre en muchos otros casos, responde a lo que podríamos calificar como un cargo de confianza política. Confianza por cuanto no se fundamenta en la celebración de un proceso licitatorio renovable cada cierto tiempo, y en el que fuese posible la presentación de alternativas tanto nacionales o internacionales que sometiesen al criterio de los órganos decisorios la posibilidad de abordar la organización del festival desde distintas perspectivas. Se trata en cualquier caso de un procedimiento estrictamente legal y plausible en la medida en que se apueste por dar continuidad a la dirección técnica de un determinado evento o servicio. A nadie debió extrañar, por tanto, el nombramiento de Cienfuegos en su día, más allá de las discrepancias –con mayor o menor fundamento- que siempre suscitan esta clase de decisiones. Y aquí está la clave del asunto: produce sonrojo observar los aspavientos con que ese personal variopinto que denominamos “los cinfueguistas” ha reaccionado ante la noticia de su sustitución al frente del festival. Y es que uno tiene la sensación de que los hayan echado de su casa, vaciado su nevera y arrojado los enseres por la ventana. Ah, claro. Es música conocida.



Los creadores y creadoras jóvenes, así como en general las y los técnicos, gestores, investigadores y demás integrantes del mundo cultural recién salidos de la universidad entenderán perfectamente a qué me refiero. Constituye, de hecho, uno de los motivos fundamentales de la imparable desafección de buena parte de los votantes de entre dieciocho y treinta y pocos años con los partidos de izquierda, cuando antaño eran su colchón electoral natural. Ha estudiado durante muchos años, han leído y visto todo lo preceptuado para formarse, han trabajado altruistamente o en condiciones en que la dignidad se salvaguarda por los pelos y, sin embargo, no hay manera. Desde hace dos o tres décadas una especie de oligarquía se ha aposentado a la derecha del padre –de la administración pública, vaya- y han encarnado, como dioses modernos, la idea de la Cultura. Ellos son la Cultura, la única posible, la única que existe. Lo que conlleva, por supuesto, la acaparación de cargos, subvenciones, becas y demás canonjías. Han ido tejiendo una red de contactos al ritmo en que se desarrollaba la configuración del Estado Social-cuando todo era más fácil y había menos competencia- hasta llenarlo de una tupida capa de telarañas en la que hasta al aire le cuesta abrirse paso. Las generaciones posteriores, por supuesto, tenían ya su papel adjudicado: el de espectadores, cuya función se limitaba a llenar las salas de esos eventos gratuitos –que en realidad pagaban ellos o sus padres vía impuestos-, aplaudir y admirar a los únicos depositarios de las nobles virtudes culturales. En Asturias, como en muchos otros lugares –y hablo desde la Comunidad Valenciana, desgraciadamente el más podrido de todos-, hay unos literatos oficiales, unos cineastas oficiales, unos músicos oficiales, unos conferenciantes oficiales… Gente que lleva veinte años organizando eventos, publicando libros y revistas, prodigándose en bolos y talleres, viajando por España o el extranjero a cargo del erario. A riesgo cero, por supuesto. Uno de las sorpresas más chocantes que puede uno llevarse cuando toma distancia es la del escaso valor de todo lo que hacen. Cuando vivía en Asturias asistí a numerosas conferencias y presentaciones de libros o revistas en las que se hablaba de tal o cual persona o publicación con caracteres míticos, o de grupos de artistas que marcaban época. Basta sin embargo empezar a moverse por otros lares para que uno se de cuenta de que en Madrid, Andalucía, Cataluña o la Comunidad Valencianaprácticamente nadie conoce ni de nombre a tal o cual figura imprescindible, que los grandes méritos de esto o lo otro apenas llegan como lejanas noticias a la gente más informada, que lo indudablemente sólido, todo aquello que te hacía un resentido o un miserable si lo cuestionabas, era de cartón piedra.



La crisis económica ha traído como lema infame aquello de “se acabó la fiesta”,  cuando la gran mayoría de los ciudadanos nunca estuvieron invitados a ninguna de las que existieron. La fotografía de la Españade las últimas décadas vino bien representada en la serie de televisión “Crematorio”: un alcalde o un concejal de urbanismo, un constructor, parajes arrasados, lujos vulgares, inmigrantes esclavizados, un equipo de fútbol, champán y sonrisas. Lo que ha quedado de todo ello lo estamos viviendo ahora, y me satisface haberlo comentado mucho tiempo atrás. Sin embargo no estaría de más que desde el mundo cultural, a quien se le presume mayores y mejores elementos de juicio, se hiciese un poco de autocrítica. Porque en ese ámbito también hubo una fiesta, sin duda mucho más modesta que las anteriores, pero no por ello menos reprochable desde la ética: presupuestos inflados, contenedores vacíos –como los famosos aeropuertos-, certámenes amañados, una frivolidad insultante en los gastos, perpetuación de caras por afinidades “de partido”… Eso sí, mientras que el contexto del ladrillo nadie tenía la necesidad de justificarse, sino que bastaba simplemente con “crear riqueza” –para los promotores de la cosa en el más amplio sentido de la palabra-, en el cultural siempre se ha procurado amparar la vida regalada de los urdidores de la tela de araña en solemnes declaraciones: esto es la Cultura, nosotros la creamos y administramos para el pueblo… amén. Así escuchamos ahora en el corifeo de cinfueguistas afirmaciones tan paletas como “por aquí pasó Tom DiCillo” que provocarían risas sino causasen tristeza. Porque estamos hablando de dinero público. Estamos hablando de una vinculación inevitable con la política: la misma que en su día nombró, y ahora puede remover, ni más ni menos. Pero esta clase de “intelectuales”, gente culta y sensible, dicen, han conseguido verse en el espejo como Dorian Gray: inmaculados, ajenos a los toscos avatares de la trifulca partidista. Al encarnar a la diosa Cultura entre los hombres, consideran que deben mantenerse inmunes a cualquier vulgar cuestionamiento de su actuación. Uno se puede acordar de la madre de cualquier concejal, constructor o dirigente futbolístico. Pero ni mentar al organizador de tal o cual evento, al director de aquella revista, o al conferenciante habitual que día sí y día también se pasea por centros educativos y culturales. Eso convierte a la masa espectadora en sospechosos de fascismo, liberalismo, mercantilismo y otros males nefandos.



Y es que, a pesar de que la política no los toca, cuando hace falta suelen presentarse no sólo como deidades de la cultura, sino de la propia izquierda. Pero sólo cuando hace falta claro, es decir, cuando les tocan el bolsillo, porque si en otras ocasiones se precisa acudir en socorro de las opciones políticas o sociales progresistas (partidos, sindicatos, colectivos diversos) suelen desaparecer, ya que conocen el peligro de linchamiento y lo evitan –en realidad muchos de ellos son verdaderos expertos en el “estado de bienestar propio”-. Nos cuentan que a través de sus decisiones artísticas defienden a la izquierda, el progreso, el arte arriesgado, le hacen frente al mercado, a los americanos, a la iglesia y a los ejércitos si se tercia. Claro que basta someter ese izquierdismo a determinados test, como puede ser el de género, para que el escenario se caiga a pedazos. Abunda tanto la misoginia y el colegueo entre los administradores del erario público cultural que al final vienen a ser la cara opuesta de la misma moneda, donde en el anverso o reverso, según se mire, encontraríamos al concejal de urbanismo y al constructor que hemos citado antes.



Los cinfueguistas se han encargado ya de fusilar a Nacho Carballo, el nuevo director del Festival de Cine de Gijón. Recuerdo que uno de mis momentos de extrañamiento, de esa sensación de decir “espera espera… algo no es como me cuentan”, que diría Millás, fue al ver un enlace que colgaban en Facebook de una entrevista que un periódico regional había realizado a Carballo. Antes de leerla eché un vistazo a los comentarios: hablaban de su arrogancia escandalizados, de su ignorancia en términos burlescos, era un facha que iba a traer a Gijón a Paco Martínez Soria redivivo, un incapaz cuyo mérito único consistía en su amistad con el hijo de Cascos… Luego abrí la entrevista y me llevé una sorpresa. Nada era como me lo contaban. No había demasiadas cosas relevantes, ni se apuntaba un proyecto definido e interesante, ciertamente, pero desde luego tampoco se encontraba uno con Martínez el Facha presentando Cine de Barrio. De hecho, para la que le está cayendo, Carballo se está mostrando bastante conciliador, yo no tendría seguramente tanta paciencia. Los tribunales me han enseñado a entender y aceptar la discrepancia como algo natural, pero también a defender mi verdad –que a veces no es la buena- con vehemencia, especialmente cuando de contrario se pasan en el énfasis. A lo mejor procede de ser hijo de minero, pero no hay nada que más me reviente que un señorito, es decir, aquel que se siente parte de una casta invulnerable  y natural receptora de beneficios por razones de cuna, de riqueza o de posición social. La cara A de la moneda a la que antes me refería –concejales, constructores…- suelen aducir como barrera frente a cualquier atisbo de interés por sus actuaciones eso de “he dado mucho trabajo”. La cara B nos muestra los nombres de Abbas Kiarostami o Hal Hartley como una suerte de documento que les confiere inmunidad diplomática –y, por cierto, en el mundo del cine se combinan sin complejos tales gustos supuestamente exquisitos con una ignorancia supina en materias como la literatura, pues no son pocas las ocasiones en que los textos que se manejan en las películas (guiones, adaptaciones) provienen de verdaderos materiales de derribo-.



Cuando vi las fotos en la red de Nacho Carballo –normalmente ilustrando una retahíla de exabruptos- recordé que había coincidido con él hará unos veinte años en un curso de creación literaria celebrado en la Universidad de Oviedo. Por entonces era un universitario apasionado por el cine que intentaba adentrarse en la técnica de la escritura. Mis intereses iban más encaminados a la literatura misma, y compartíamos charleta vocacional al acabar las clases. Después le perdí el contacto, hasta que ahora lo veo tomando posesión de su propia tumba –permítaseme la broma-. Pero no es esto de lo que quiero hablar, sino de aquel curso concretamente. Hacía poco tiempo se había puesto en marcha la Escuela de Letras en Madrid. Por primera vez en nuestro país se impartían al máximo nivel enseñanzas de escritura creativa, a cargo de algunas de las figuras más conspicuas de lo que se dio en llamar “la nueva narrativa española”, gracias a las cuales se introdujo la modernidad en la novela española. Procedentes de la escuela benetiana, a través de ellos accedimos a tradiciones narrativas que rompían con el esquematismo realista de los autores que hasta entonces se nos habían presentado como canónicos. Publicaban en editoriales como Anagrama, Alfaguara, Debate o Plaza y Janés, y habían juntado fuerzas para poner en marcha, con carácter privado, aquella iniciativa innovadora. Sus clases se impartían en Madrid, y tenían un precio casi prohibitivo, pero se llenaban. Uno, que residía en Mieres, soñaba con ese golpe de bonoloto que me permitiese dar el salto a la capital y pasar un año formándome con la voluntad de un opositor a notarías. La bonoloto no llegó, pero sí algo parecido. Un par de profesoras de literatura de la Universidadde Oviedo pusieron en marcha un convenio entre esta institución y la Escuela de Letras, de forma que los profesores de ambas impartirían una docencia especializada en escritura creativa allí, a veinte minutos de mi casa. Huelga decir que pocas veces me he sentido tan arrastrado por una ilusión. Y que pocas veces me llevé un batacazo mayor. La cosa comenzó bien, sobre todo las clases más teóricas a cargo de los docentes universitarios. Un par de escritores también firmaron algunas sesiones memorables, y he de admitir que su valoración y consejos contribuyeron a apuntalar mi vocación narradora. Pero pronto empezó a degenerar el asunto por parte de la “rama madrileña”: impuntualidades, clases sin preparar o malgastadas con frivolidad en anécdotas y chismes, olvidos, sectarismos transparentes que convertían su tiempo en una especie de ajuste de cuentas propio de las revistas del corazón… Avanzado ya el curso tuvimos una especie de catarsis colectiva con las directoras del mismo. Y allí salieron a la luz otras cuestiones. A diferencia de lo que hacían en la Escuela de Letras, buena parte de aquella enseñanza venía subvencionada por la Universidad de Oviedo, de forma que para los alumnos resultaba mucho más asequible, mientras que los honorarios de los escritores se veían intactos o superados. El problema era otro, y a pesar del tiempo transcurrido recuerdo la frase literal con que una de las profesoras ovetenses lo expresó: “cada vez que esta gente estornuda le cuesta una pasta a la universidad”. Se alojaban en los mejores hoteles, pasaban facturas completamente obscenas, con conceptos tan previsibles, tan de mal guión picaresco, como whiskeys añejos y puros carísimos. La única jornada –o a lo máximo dos- que pasaban en Oviedo llevaban un tren de vida que desde luego no repetirían de regreso a Madrid en el resto del año. Pagaba la universidad pública, es decir, mis padres, entre otros. Recuerdo también haber tocado fondo en una ocasión en que tuve que ir a clase después de un problema en el negocio familiar donde venía aprendiendo lo que era trabajar desde los trece años: se habían obturado unas tuberías en los pisos superiores al garaje que utilizábamos como almacén de productos de papelería. Subido en una escalera bajo el hueco que nos habían hecho en el cielo raso, y a pesar de que se había advertido a los vecino que no utilizasen los retretes, alguien decidió que tenía todo el derecho ciudadano a tirar de la cadena, con lo cual me vi literal y metafóricamente cubierto de mierda. Después de una ducha, cogí el autocar y me fui a clase. No recuerdo cuál de los fumadores de habanos tocaba, pero sí que me hice seriamente la pregunta: “qué hago yo aquí”. Valga la anécdota para poner de manifiesto cuántas veces tras los nombres rimbombantes, las doctrinas de refinada abstracción, las sesudas teorías sobre el futuro del arte, uno rasca y encuentra mariscadas apocalípticas y whiskeys añejos.  



Y valga también, simplemente, para afirmar que nada, y en especial en estos tiempos, se encuentra libre de valoración, crítica, redefinición o sencillamente supresión cuando hablamos de dinero público. En unos tiempos en que derechos absolutamente básicos se están royendo sin disimulo, en que mucha gente, con trabajo o sin él, está viendo afectada su dignidad de una manera irreparable, no caben compartimentos estancos. No caben ni para la cara A a la que antes me he referido –véase la Comunidad Valencianadonde vivo… poco a poco, pero van cayendo-, ni tampoco para la cara B. Nada más alejado de mi intención que el discurso rancio que contrapone necesidades básicas y cultura, puesto que si de algo adolece la gestión cultural en este país es de su incapacidad por hacer comprender a la sociedad el ingente valor económico y potencial de desarrollo que atesora. Pero precisamente por su contenido material la actividad cultural debe estar sometida a análisis, auditoría y, en el caso de cargos de confianza, decisión estratégica al igual que cualquier otro sector. Y sobran esos suspiros, vahídos y alzamientos de barbilla de caballeros ofendidos.



José Luis Cienfuegos ha defendido su gestión económica y nada hay que pueda reprochársele, según parece, en ese aspecto; al contrario de lo que ha ocurrido en el centro Niemeyer, donde la ligereza completamente inmoral de algunas “justificaciones” de gastos que se pasaron a cargo de lo público puso muy fácil el desmantelamiento de un proyecto cultural a garrotazos (ya veremos lo que cuesta reparar la imagen dañada). La legitimidad de la nueva etapa que se abre en el Festival de Cine de Gijón habrá de ganarse año a año desde el punto de vista del contenido. Pero este pésimo comienzo, con manifestaciones, burlas de todo tipo en las redes sociales, boicots de abajo firmantes y demás parafernalia acabarán poniéndoselo mucho más fácil a Carballo de lo que sus crucificadores pretenden. Y da muestra, desgraciadamente, de que para algunas personas lo público les pertenece por derecho natural. En mi trabajo como abogado de litigios me dedico actualmente a defender a la administración pública, y he aprendido a tener bastante respeto por lo que es de todos, ya que en ocasiones mi trabajo consiste en hacer fuerza para detener los embates que tratan de derribar la puerta del castillo, aunque a veces, paradójicamente, procedan por vía indirecta de su propio interior.



He titulado este post con un guiño a aquella película descacharrante que se nos vendió el año pasado como la culminación del arte cinematográfico. La batalla por el Festival de Cine de Gijón se ha celebrado, hasta ahora, entre dioses (y aquí no incluyo al director destituido). Espero que el nuevo equipo gestor esté formado por simples hombres y mujeres que traten de hacerlo lo mejor posible, sea cual sea su criterio. El tiempo habrá de juzgarlos, y el gusto del amplísimo e infinitamente diverso público cultural. Pero mientras llega ese momento sólo hay una postura digna frente a un linchamiento: ponerse en el lugar del linchado.

domingo, 22 de enero de 2012

"El niño perdido", de Thomas Wolfe. La lírica del funeral.


Thomas Wolfe ha pasado a la historia literaria por la singularidad de una obra narrativa que, siendo paradigma del exceso, consigue mantener intacta la calidad en el fluir inacabable de su prosa. La saga narrativa que inicia "El ángel que nos mira" es, como bien expresó Faulkner, un fracaso exitoso, pues tal era su ambición que de por sí resultaba irrealizable. El afán fundamental de Wolfe consistía en atrapar la vida en palabras con una minuciosidad fotográfica. Tanto era así que una escena cualquiera podía alargarse durante decenas de páginas, en las que las conversaciones, los gestos y el entorno de los personajes eran descritos con la obsesión de quien buscase pistas de un misterio inexistente, más aún que simples detalles. Sus grandes novelas no hubiesen sido posibles, de hecho, sin la intervención del editor Maxwell Perkins, al que habría que reconocer su condición de coautor de obras tales como "Del tiempo y del río". Perkins supo apreciar el talento de aquella fuerza de la naturaleza literaria y trató de encauzarla de alguna manera. Reestructuró, podó y enseñó a Wolfe que, a fin de cuentas -y en palabras de Goethe-, el arte y la vida son dos cosas distintas: por eso una se llama arte y la otra, vida. Inútil propósito el de convertir la narrativa en una suerte de transcripción magnetofónica. Para la historia queda, no obstante, esta fotografía entrañable del escritor con uno de sus manuscritos, que sobresalía de la caja de madera en que lo transportaba. La imagen es también un homenaje a la vocación y a la capacidad de trabajo. Para el abajo firmante recordar a Thomas Wolfe es rejuvenecer veinte años, cuando descubrí en sus textos a un espíritu afín y a un maestro de indagación psicológica, creación de personajes vivos y empuje narrativo. 


Pero hay otro Wolfe apenas conocido en el mundo editorial español, el autor de relatos y nouvelles que, a decir verdad, no deben considerarse estrictamente como tales. El novelista que es no sabe o no quiere cambiar de registro, de forma que en estos textos más cortos no existe una estructura cuentística en cuanto tal, sino que constituyen episodios o incluso digresiones que bien pudieran formar parte de cualquiera de sus novelas. Encontramos en ellos la misma escritura barroca e impulsiva -abundante en adjetivación y uso de exclamaciones y puntos suspensivos con los que expresar la deriva del pensamiento-, la inexistencia de una trama, ya que no le interesan tanto los hechos cuanto las emociones que provocan, y la peculiar voz de los narradores, a la que podríamos calificar de nerviosa, como cuando alguien necesita contarnos algo muy importante y es tal la fuerza con que lo intenta que de vez en cuando necesita rehacer el propio relato, quizá porque a su entender demasiadas cosas se le estaban olvidando o no llegaba a reflejar los hechos en su profundidad. 


Hace unos cuantos años podía encontrarse por las librerías de viejo un tomo con dos relatos ("Tengo algo que deciros" y "No hay puerta") publicado por Caralt. Ahora Periférica rescata este "El niño perdido" que seguramente se trata de la mejor pieza corta de Wolfe, y una buena vía de enganche a sus obras mayores. Fiel a su interés por el material autobiográfico, convierte a su familia en personajes a través de los cuales reflexionar sobre la muerte de un hermano pequeño. El libro se configura a modo de funeral donde se concitan los recuerdos de unos y otros, precedidos por una primera parte en el que un narrador en tercera persona da voz al propio niño fallecido, en un instante en apariencia sencillo pero fundamental en su vida, y que desde el punto de vista literario funciona como un memorable ejercicio descriptivo. La plaza en que se encuentra es el centro del universo, y durante varias páginas asistimos a una verdadera celebración de los sentidos en la que nada es ajeno a la mirada del autor: la lluvia, los aromas, el movimiento de personas y vehículos, los escaparates frondosos y coloridos, las voces de los otros que llegan por azar, el espacio mudable y el caminar lento del tiempo. En esta pequeña pieza que abre el relato aparece el estilo característico de Wolfe, el que lo ha hecho clásico e inimitable -baste imaginarse, al lector que no lo conozca, semejante riqueza verbal prolongada durante ochocientas páginas-. Las tres partes posteriores pertenecen a los puntos de vista de la madre, la hermana mayor y el propio autor. Sorprende el primero de ellos por un tono ajeno a cualquier desgarro o sensiblería: con una templanza no exenta de emotividad la madre recuerda los instantes previos al derrumbe, y nos muestra a una mujer demasiado gastada por los avatares de la vida para permitirse un instante de melodrama. El siguiente capítulo, el de la hermana, nos suena a conocido: concretamente a los monólogos de los personajes faulknerianos, especialmente en El ruido y la furia. Ambos autores publicaron sus obras mayores en la misma década, y no cabe duda de la influencia que ejercieron el uno en el otro. Finalmente llegamos a la parte en que el propio autor toma la voz narrativa en primera persona y completa el velatorio: pese a las semejanzas con el estilo de la primera parte, ahora Wolfe se vuelve más delicado y lírico, y termina con una frase conmovedora que parece despedir a un espíritu y reclamar sosiego para quienes lo han invocado: "mi hermano y mi amigo, el niño perdido, se había marchado para siempre y no regresaría nunca jamás".

La publicación de este libro resulta oportuna para reivindicar a un autor que merece ser revisado, que presenta el mayor interés para los lectores exigentes de cualquier tiempo y una parada ineludible para quienes se vean tentados por la misma vocación que Wolfe trató de encerrar en grandes cajas de madera, afortunadamente sin ningún éxito. 

"La Polinesia Meridional", de la Casa Azul.

Sería fácil decir que "Guille lo ha vuelto hacer", esto es, un disco pop de canciones memorables, lleno de melodías perfectas por las que matarían muchos otros artistas que rara vez aciertan. También resultaría ocioso enumerar sus influencias, a las que permanece fiel en este disco. No hay una evolución destacable con respecto al anterior, ni falta que hace. Ya demostró en la extravagante "Yo también" que si se trata de salirse de la senda que él mismo ha construido, puede y sabe hacerlo. "La Polinesia Meridional" está sobrado de singles, si bien con menos baladas que otras veces y un ritmo algo más eufórico. Pero nada de esto lo convierte en lo que es, el mejor álbum de "La Casa Azul" hasta la fecha: se trata de las letras.

En discos anteriores se situaban un par de peldaños por debajo de la música en cuanto a calidad. Tenían algo de pueriles y tópicas, con sus recursos al desamor y su inocua defensa de la diferencia. Quién sabe lo que ocurre en la vida de un autor para que haya dado un salto de madurez extraordinario, de tal forma que  donde antes había autocompasión ahora encontramos un diagnóstico lacerante de la posición del artista en una sociedad salvaje como la nuestra; y donde los temas se han ampliado hasta transformar un proyecto de música de baile preñado de homenajes en una suerte de inesperada banda sonora rabiosa de la actualidad. Tomemos las dos primeras canciones como ejemplo: 


"Los chicos hoy saltarán a la pista" podría convertirse en el himno de este año 2012 de ruido y furia que nos espera:




Ya no les queda nada
Les quitaron todo atisbo de color
Les robaron las palabras
Les hundieron bajo el agua
Destrozaron su talento arrollador

Lo que no imaginaban
Es que alguno conservara el corazón
Los trocitos de asteroides pequeños escapan del Hubble mi amor

Los chicos hoy saltarán a la pista
Y arrasarán porque ya no tienen miedo a gritar
Como si fuera el último día
Como si el Golden Torch hoy fuera a resucitar
Ya no se van a agachar
Ya no les pueden parar
Hoy los tabiques se empiezan a tambalear
Se van a desplomar


No quieren más lamentos
Ya no creen en un final prometedor
Les da igual que pase el tiempo
Sólo quieren el momento
Se olvidaron del futuro aterrador

Ya no les interesan
Las apuestas a caballo ganador
Hoy prefieren no jugar a ganar
Arriesgando lo pasan mucho mejor

Los chicos hoy saltarán a la pista
Y arrasarán porque ya no tienen miedo a gritar
Como si fuera el último día
Como si el Golden Torch hoy fuera a resucitar
Ya no se van a agachar
Ya no les pueden parar
Hoy los tabiques se empiezan a tambalear
Se van a desplomar






"Qué se siente al ser tan joven" es seguramente la canción más conmovedora que haya escrito, empleando un contraste particular entre la música acelerada y el tono desasosegaste de la letra. Llegan los cuarenta, y quizá todo comience a perder sentido, ¿verdad? Guille nos habla del miedo a haber malgastado la vida, del reconocimiento de los errores, y del sueño de las nuevas oportunidades. Magistral.




¿Qué se siente al ser tan joven?
Dime qué se siente cuando no se ve el final
¿Qué se siente al ser tan libre?
Dime qué se siente cuando vuelas sobre el mar
Debe ser tan increíble
No consigo recordar

Lo olvidé entre proyectos de sublevación
Entre pobres achaques de sinceridad
Lo perdí programando mi gran evasión
Entre altivos delirios de seguridad

¿Qué se siente al ser tan joven?
Dime qué se siente en pleno caos emocional
¿Qué se siente al ser eterno?
Dime qué se siente cuando el tiempo está de más
Debe ser tan increíble
No lo puedo recordar

Lo olvidé entre proyectos de sublevación
Entre pobres achaques de sinceridad
Lo perdí programando mi gran evasión
Entre altivos delirios de seguridad

(Hoy pensé que podía volver a pasar, volver a pasar)
(Hoy soñé que tenía otra oportunidad)

Muero, sin gritar
(Y subía y subía sin mirar atrás, sin mirar atrás)
Sin dolor, esto es el final
(Y moría en el mar de la tranquilidad)

¿Qué se siente al ser tan joven?
¿Qué se siente al ser tan joven?

Lo olvidé entre proyectos de sublevación
Entre pobres achaques de sinceridad
Lo perdí programando mi gran evasión
Entre altivos delirios de seguridad

Hoy pensé que podía volver a pasar
Hoy soñé que tenía otra oportunidad
Y subía y subía sin mirar atrás
Y moría en el mar de la tranquilidad

¿Qué se siente al ser tan joven?
Dime qué se siente en el vacío celestial







Pero hay muchas más cosas: el surrealismo de "Todas tus amigas", la reivindicación personal de "La fiesta universal", el tono confesional de "Una mañana" o "La vida tranquila" (diario de batalla del artista consigo mismo)... Canciones que escuchadas a cierta distancia invitan al baile, al escapismo y la esperanza. Pero que como los buenos cuadros adquieren distintos matices mirados de cerca, donde los trazos del autor aparecen descarnados, trabajosos y emocionantes. Letra y música maravillosas para un disco excepcional. Manda narices que a veces dude sobre si su trabajo tiene sentido. Como buen lector de Spiderman, Guille debería asumir que "una gran poder exige una gran responsabilidad". El suyo -y la suya- consiste en la capacidad de hacer discos maravillosos que nos hacen más felices y -ahora- nos ayudan a afrontar quiénes somos y en qué mundo vivimos. Como para dejarlo. 

Citas acotadas (I)

Jaume Cabré en 'El Cultural':

"descubrí que los personajes de mi segundo libro me estaban atrapando de tal manera que necesitaba distanciarme, porque me salpicaban (...) Dije: "corten" y a partir de ese momento me distancié, porque era una ficción. Y me dije que era muy inteligente. Lo malo es que al acabar el libro sólo pude avergonzarme de mí mismo como escritor (...) A partir de ese momento me di cuenta de que lo que valía la pena era vivir con ellos. Si no, la escritura no tiene sentido, al menos para mí. La vida literaria es un trayecto lento y largo, de evolución lenta, pero hay una serie de bases que no puedes abandonar"

Las grandes novelas sobreviven en el tiempo por la creación de personajes. Ahí tenemos el año Dickens, y su condición intacta de tótem literario por mucho cibertexto y demás merchandising cultureta de ese que se nos vende. Crear personajes es sentirte acompañado por ellos, pero también sufrir a su lado, reírte, ensuciarte con sus barros, pelear para que venzan las dificultades que uno les pone -como en esas partidas de ajedrez en que los jugadores se retan a sí mismos-, echarlos de menos cuando faltan. Al terminar 'Una cuestión de prueba' sentí que se me iban unos buenos amigos. Ahora que han vuelto, aunque aún no los he visto, disfruto preparando su recibimiento. Que entre ellos y yo seamos capaces de hacer una gran novela está por ver. Pero que intentándolo viviremos juntos una experiencia insustituible es ya seguro. Son las bases que uno no puede abandonar. 



Jane Gardam ('El viejo juez'):

"en alguien condicionado a llevar una vida de actor (como cualquiera que se desenvuelve en el mundo de la abogacía)...".


El misterio de la abogacía: caminos inciertos y esquivos de la humildad para conquistar pequeños territorios del ego. El abogado pide justicia con la mirada unos centímetros más baja que la del juez, reconociéndole su mejor condición, ofreciéndole argumentos a considerar como un tendero que dibujase un arco con las palmas de las manos sobre sus cajas de fruta. El abogado habla con los clientes de igual a igual, solidarizándose con sus injusticias, transmitiéndoles una empatía que dura lo justo para extraer de ellos toda la información necesaria, incluso esa que no nos quieren dar y suele ser la más importante. El abogado trata con testigos y peritos hostiles, que aborrecen verse en vueltos en algo que les es ajeno, o que consideran que sus conocimientos superan con mucho la vana charlatanería del leguleyo, y lo hace agachando de nuevo la cabeza, al igual que los animales admiten con un gesto la fortaleza de otro y se someten, aunque sea para a continuación darles un zarpazo; cuántas veces sus interlocutores comienzan esas entrevistas desde una posición inamovible, para acabar, tras muchas sonrisas, comentarios halagadores y sugerencias, tomando nota de lo que deben decir o hacer. El abogado se dirige al resto de los llamados 'operadores jurídicos' (funcionarios, procuradores, profesionales diversos relacionados con la justicia) convirtiéndose en compañero que entiende sus desdichas, que se ve acuciado igualmente por ellas, y que en mitad de esas catarsis colectivas se las arregla para deslizar una petición que suele verse inmediatamente respondida. 

Sí, un trabajo de actores. De modestia tan persistente como poco sincera. De maniobras de aproximación y disimulo. Días, semanas o meses de caminar agachado para de repente levantarse y sonreír como para el espejo: justo después de leer la sentencia, en la soledad del camerino.

miércoles, 11 de enero de 2012

"Un inconveniente", de Mary Cholmondeley. El arte de lo mínimo.

Intentaremos no ser demasiado parciales al adjudicar al maestro James, por contemporaneidad y amistad con la autora, el mérito notable de esta obra narrativa. Claro que tampoco podemos evitar aludir a la influencia jamesiana, que se hace patente no tanto en el estilo, más directo y descriptivo, cuanto en la atmósfera elusiva que rodea al relato convirtiéndolo en una intrigante pieza de lo que se ha dado en llamar narrativa psicológica (o volviendo a la más precisa terminología de Luis Magrinyà: "de la vida privada").

Cholmondeley nos propone una escenario cerrado con tres personajes y un contexto social opresivo de fondo, presente pero invisible: el de la inglaterra de finales del XIX, que no deja de fascinarnos tanto cuanto lo aborrecemos en ciertos aspectos. Sin embargo esta historia mil veces contada se ve enriquecida por un análisis social profundo realizado en la forma en que sólo puede hacerlo la literatura: a través de los personajes, de la mano maestra de la novelista para construirlos y relacionarlos. Así, nos encontramos ante dos modelos femeninos tan reales que van más allá de su carácter arquetípico: la mujer clásica, crecida en un mundo que se agota, aferrada a los valores tradicionales, cultivadora de su belleza y sus modales con un único própósito, el horizonte común de una vida como la suya, el matrimonio. Frente a ella, la "nueva mujer" liberada de ataduras, tan dueña de sus virtudes cuanto de sus vicios, a la que precede una mala fama convenientemente azuzada por ese ruido de fondo social que no dejamos de oír en todo momento. Y en medio, por supuesto, el caballero objeto de sus deseos, como figura ensombrecida por ambas, y a la que la escritora no se preocupa de dotar de matices. Nada podemos reprocharle, pues al fin y al cabo no abundaban en ellos los varones de la época: duerños de todo y de todos, inamovibles y protegidos por un cercado de convencionalismos, artistas como el maestro James se dieron cuenta de que verdadero campo de interés, el territorio diverso y mutable que merecía la pena explotar era el femenino, y seguramente continúa siéndolo ahora, puesto que las cosas han cambiado algo en los papeles legales y más bien poco en su manejo cotidiano.

Aunque a los ojos contemporáneos Mary Cholmondeley es una pionera del feminismo, nada hay en esta obra de doctrinario. Lo que nos cuenta es una pequeña trama sentimental a tres bandas en la que lo que podamos deducir acerca de la condición de la mujer en la época se encuentra más bien en el subtexto. Y es que lo relevante de esta obra se cifra en la capacidad de la autora para desarrollar la tensión narrativa, una pequeña vuelta de tuerca y un final cortante -todo ello recogido en los paréntesis de un par de escenas simbólicas al principio y al final del libro- con apenas un par de encuentros entre los personajes. Tal minimalismo literario es suficiente para que los personajes aparezcan ante nuestros ojos con una luz ambigua e inmisericorde, de forma que la mujer buena seguramente no lo es tanto, y la perversa tiene mal encaje en ese calificativo. No obstante lo cual, nada queda claro: ¿de veras era una consciente de que podía ayudar a la otra?, ¿quería esta última ser ayudada en realidad? Lo que recuerda a las preguntas que el lector se hace al enfrentarse por vez primera a Otra vuelta de tuerca -inevitable por tanto reiterar la filiación jamesiana-.

Títulos como este nos devuelven la certeza de que la gran literatura es posible, en tiempos en que el mercado ha parcelado la narrativa en lecturas comerciales de mero intríngulis argumental y supuestos experimentos consorciados con ciertas revistas "oficiales". En ambos casos el público se encuentra perfectamente identificado y estabulado. Hace falta mirar atrás para recordar en qué consiste este arte, y para reconocerlo en un puñado de buenos cultivadores contemporáneos. "Un inconveniente" es uno de esos faros-guía cuya visita ya de por sí asegura el disfrute.

viernes, 6 de enero de 2012

"El verano sin hombres", de Siri Hustvedt. Temblor.



En un notable libro anterior de corte autobiográfico ("La mujer temblorosa") abordaba Siri Hustvedt los trastornos nerviosos, su dificultad de diagnóstico y la peculiar posición, ante el mundo y ante sí mismos, en que sitúan a quien los padece. Como una suerte de prolongación creativa de aquella obra surge esta su última novela, al colocar en el centro de su ficción a una de esas mujeres afectadas, en términos cercanos a la histeria, por el derrumbamiento psicológico que sigue a un hecho traumático. Mia Fredricksen, narradora y protagonista, es abandonada por su marido tras treinta años de matrimonio, y esta circunstancia la afecta de un modo que va más allá de lo que nos dicen sus palabras. Ahí está quizá el mayo valor de la novela, puesto que con habilidad -no sabemos hasta qué punto consciente- la autora traza una doble línea en el discurso de la narradora: por un lado es ella misma la que nos manifiesta el dolor que padece, la que expone sus razones y las del otro con ánimo más de explicar que de persuadir a quien la lee, todo ello mientras relata sus vivencias en el retorno al lugar de su infancia, especialmente en lo que se refiere al trato con otras mujeres (de ahí el título, suponemos) pertenecientes a muy distintas generaciones; sin embargo hay otra realidad que vive la protagonista y a la que accedemos a través de los pasadizos que nos descubre su voz temblorosa, el tono crispado de algunos párrafos, su percepción dubitativa de la realidad, la existencia de determinados episodios que no sabemos si achacar o no a su imaginación... A lo que podemos añadir los dibujos que de cuando en cuando interrumpen la prosa, las citas a libros de otros autores y a una especie de diario que la narradora va componiendo. Algo va mal, por tanto, y no es precisamente (o no sólo) lo que ella quiere indicarnos. 

¿Es suficiente ese logro para sostener un libro? Nos tememos que no, pues al fin y al cabo la construcción de una voz original debe tener como destino último aquello que quiere contarnos. Y esto resulta ser más bien poco. Los encuentros, conversaciones, modestas intrigas sentimentales y supuestos análisis de la condición femenina en sus diversas edades (las amigas de su madre, las alumnas de sus talleres) resultan tan desvaídos que las páginas del libro van transcurriendo son dirección alguna, para acabar precisamente en la llegada mas previsible, que no adelantaré para no fastidiar a quien se decida a leerla. Y es que el temblor literario se hace tan presente que inunda por completo la obra, y apenas podemos sacar conclusión alguna de lo que ha supuesto para la protagonista ese "verano sin hombres", ese aprendizaje o recuperación quizá del universo femenino, e incluso nos decepciona que, a tenor del final, el verano en Bonden le haya servido de poco.

Da la impresión de tratarse de uno de esos libros en que la escritura surge y se impulsa por el desarrollo de la voz narrativa, pero tal vez hubiese sido necesario un período de detenimiento para reflexionar sobre cuál era su propósito. A medio camino entre la literatura experimental y la novela que con la misioginia habitual el marcado suele calificar de "femenina", la verdad es que "El verano sin hombres" se queda en tierra de nadie. Su recta hubiese venido seguramente de la mano de una mayor decisión por parte de la autora, esto es, de haber tenido el valor de llevar la fragilidad emocional de la protagonista hasta sus últimos términos -ahondar en la locura-, o bien de haber trabajado mejor las historias más novelescas de su regreso al hogar. Lástima. 

Apocalipsis, Go away birds

El año había empezado de manera más o menos previsible: recortes, precariedad, profecías finalistas, primas de riesgo (quién será ese tal Riesgo, y por qué no controlar mejor a las locas de sus primas)... Hasta ahí podíamos soportarlo. Pero esto no:


Esto es el apocalipsis, de verdad. Vamos a ver: adoramos a Alaska y Mario, o más que a ellos, a la troupe que los rodea, y como unos no pueden ser sin los otros, los queremos a todos, en definitiva. Sabemos entonces de su devoción por lo kitsch, y de sus mitomanías, de su ánimo sosegadamente transgresor al defender los retoques quirúrgicos e informáticos, etc., etc. Pero bueno, aquí se han pasado, cómo decir... ¿un poco? 

Vale que la cara de mario parezca la de una adolescente de las ursulinas recién salida de la clase semanal de flauta travesera, vale que Alaska tenga una cinturilla, un cuello y un lustre facial que hacen de su cuñada, Nancy O, algo así como su madrastra pin up jubilada... Vale también que la Juanpe y la Reagan, dos de los personajes más simpáticos del folclore nancy, se hayan sumergido en las aguas milagrosas del pozo teenager por obra y gracia del photoshop... Pero, ay, qué has hecho tú, Nacho Canut.

Nacho Canut, ese señor serio, de aire intelectual, reconcentrado en su teclado y sus ordenadores, el Neil Tennant patrio, convertido de repente en una especie de Billy Boy alquilable por horas, de músculos marcados, reventones, y sonrisa marmórea, con ese jersey o camiseta blanca del pryca (sí, de cuando se llamaba pryca), sabe dios, y ese pantalón paquetero...

¿Pero qué os habíais fumado todos antes de la foto... o mejor, qué demonios se había fumado el técnico informático que os reconvirtió? ¿Es un homenaje a Berlanga, concretamente a la escena del cartel de 'Moros y Cristianos'? Señor, ven y llévame...


Menos mal que siempre hay algo de belleza a lo que agarrarse. Catherine Ireton, una de las voces más extraordinarias del pop emergente, la solista del proyecto "God hep the girl", de Stuart Murdoch, tiene un grupo pararelo (Go away birds) y va publicando unos interesantes EP's en su web

Os dejo 'Bells' (qué bonito el efecto de las voces al final):


Y 'Green Jackets', con un cameo del propio Murdoch.



Mantengamos la esperanza en el futuro de la humanidad.