martes, 18 de diciembre de 2012

Felicitación de navidad

Hay tantos motivos para sentirnos preocupados, temerosos, desolados... Que sólo por llevar la contraria propongo que seamos optimistas, alegres y felices. Que apartemos por un momento la rabia y nos concedamos la capacidad -tan atacada este año- de ilusionarnos.

Que pensemos en un 2013 donde, pese a todo, seguiremos teniendo a mano gente que nos quiere, y mil motivos para levantarnos cada día.

Que nos propongamos, en mitad de las muchas batallas que nos veremos obligados a librar, ser más dulces, amables y sensibles los unos con los otros (entre los cuales, claro, incluyo a los de cuatro patas...).

Pues eso: feliz navidad a todos y todas las se pasen por este blog. 


Os dejo con la pequeña postal de uno de esos recursos personales de los que he echado mano este año para sonreír:







Y con la canción que cerró la gira de The Human League -otro de esos truquitos para ir tirando-, buena excusa para desear que nada ni nadie nos robe el año que viene nuestros sueños eléctricos:



Mis temas pop favoritos de 2012

-"Last days of disco", de Saint Etienne:





-"Montauk", de Rufus Wainwright:





-"This story", de Nite Jewel:






-"Leaving", de Pet Shop Boys:





-"Sea fog", de Keane:





-"Walk on by", de El perro del mar:




-"Angels", de The XX:





-"The crying game", de Hannah Cohen:





-"Motion sickness", de Hot Chip.




-"Secundario", de Linda Mirada:




-"El evangelio (según Pablo)", de Grupo de Expertos Sol y Nieve:




-Y para acabar, una celebración de la compañía que la música nos hace siempre:





Libros, discos y pelis del año. ¡¡¡¡La listaaaaa… !!!!



Llega el fin de año, y un caballero bien educado debe necesariamente publicar su lista con la mejor recolecta cultural de los pasados meses. No puede decirse que literariamente haya sido una temporada memorable, especialmente si nos atenemos a las estrictas novedades, y no a las reediciones o relecturas de clásicos. El cine continúa bajo mínimos, hasta el punto que debo añadir la etiqueta “televisión” para incluir a las series, el territorio donde se está creando la gran narrativa audiovisual de nuestro tiempo. A uno y a otro lado quedan las películas comerciales que ofenden a la inteligencia (me refiero a sólo esas) y que piensan en un muy concreto consumidor de palomitas y nachos con salsa tóxica, o en los padres de familia que acuden a la sala con sus hijos a ver una de esas aberraciones animadas con dobles lecturas para complacer a ambos; y por el otro lado, las pifias cada vez más previsibles del llamado 'cine de autor', llenas de manierismos -silencios inverosímiles, planos suspendidos, lentitud y gravedad artificiosas...-. Afortunadamente la música pop sí que presenta vigor y diversidad, pese a la gigantesca reconversión industrial que está afrontando. Este ha sido para mí un año de pocas idas y venidas, así que no habrá sección de arte, porque las buenas exposiciones a las que pude acceder no resultan representativas del estado de cosas. Vamos allá:


-Cinco libros de 2012:

1.- “La jungla”, de Upton Sinclair (Capitán Swing). Novela total, dolorosa, imprescindible en estos tiempos y excelentemente escrita. De una complejidad que desmiente la impresión inicial de obra ideologizada. Un clásico para cualquier biblioteca de narrativa. Por cierto, atentos siempre a este sello editorial, que nos está dando verdaderas sorpresas y habla de la fortaleza de un sector a menudo encastillado en la comodidad.

2.- “Algún día este dolor te será útil”, de Peter Cameron (Libros del Asteroide). Una vuelta a la adolescencia, o mejor decir a la inadaptación en cuanto sentimiento universal, relatada con un tono amable de esos que acaba calando como por contagio. Libro con mejores resultados de lo que lo eran sus pretensiones, algo hay en su lectura que deja poso, y que no llegas a olvidar a pesar del tiempo.

3.-“La muerte llega a Pemberley”, de P.D. James (Ediciones B). Impresionante ejercicio literario de una autora que se transforma en otra (Austen) sin dejar de ser ella misma. Entretenida, brillante e involuntariamente reivindicativa de un género y un modo de hacer cultivado durante décadas.

4.- “Las razones de Georgina”, de Henry James (Navona). Cómo no incluir al maestro siempre que caiga en nuestras manos algo suyo. En este caso su indagación en la maldad resulta quizá más expresivo y áspero de lo habitual, lo que no deja de ser un regalo para los jamesianos. Obra menor en su trayectoria, es decir, mucho mayor que el noventa por ciento de lo que hoy se publica.

5.- “El fin de la raza blanca”, de Eugenia Rico (Páginas de Espuma). No ha recibido el eco que merecía esta notable colección de relatos llenos de emoción e intriga, y donde la autora maneja variados registros.


Mención especial a "Kallocaína", de Karyn Boye (Gallo Nero), novela inquietante que nos devuelve el género de la ciencia ficción distópica de ambiciones literarias, y a un ensayo excelente que he leído este año, aunque fue publicado hace unos cuantos: "Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables", de Elisabeth Loftus (Alba Editorial): un estudio sobre la falible capacidad de recordar y las escalofriantes consecuencias que comporta cuando el proceso judicial se fundamenta en ella. 



-Cinco discos pop de 2012:


1.- “Out of the game”, de Rufus Wainwright. Porque nadie escribe e interpreta como él, y porque con las escuchas este álbum puede colocarse a la altura de los dos Want o Poses. A destacar: “Montauk”, “Rashida” y “Bitter Tears”.

2.- “Words and music by Saint Etienne”. Excelente retorno que al abajo firmante le ha proporcionado un año de felicidad, con mi caja de la edición especial incluida y una pluma de la boa de Sarah Cracknell en ella tras la hábil pesca de mi chica a pie de escenario. Dos veces hemos podido verlos en directo en 2012, qué más pedir. A destacar: “Last days of disco”, “Over the border” y “I’ve got your music”.

3.- “One second of love”, de Nite Jewel. Un disco que no dejo de escuchar, y que uno intuye que pasará a formar parte de esa discoteca personal que te sigue acompañando con los años. Con apenas un single, el resto de temas son una maravilla de sensibilidad y delicadeza. A destacar: “This story”, “Memory Man”, “In the dark”.

4.- “La polinesia meridional”, de La Casa Azul. Enérgico y más maduro que nunca, pero sin renunciar a las melodías y estribillos memorables. El directo, una de las experiencias más impresionantes –por la conexión artista-fans- que puedan vivirse hoy día. A destacar: “La fiesta universal”, “Qué se siente al ser tan joven”, “Peter, Terry y yo”.

5.- “Con mi tiempo y el progreso”, de Linda Mirada. Otro disco adictivo, sencillo, aparentemente superficial -no nos engañemos: la ironía nunca lo es- e irresistible. Pop de siempre. A destacar: "Secundario", "Adicta a nivel internacional (un día más)" y "Mientras la música no pare".

Menciones especiales para "Thank you for the boots", de Maika Makovski y "El eje de la tierra", del Grupo de Expertos Sol y Nieve.



-Cine/series. Dejémoslo en series, habría que ser muy generoso para incluir una película...


1.- "The good wife" (2ª y 3ª temporadas): hace meses no me habría atrevido a ponerla en primer lugar, pero con las temporadas ha ido creciendo maravillosamente. Mucho más valiente, radical y diversa desde el punto de vista social y político de lo que aparenta su factura impecable. Guiones de un nivel apabullante, que consiguen ensamblar en cuarenta minutos grandes tramas generales con un "caso" que se plantea y resuelve en cada episodio. Personajes secundarios geniales que han ido comiéndose a la protagonista hasta convertirla en un catalizador de las apariciones de los otros. Inolvidables Will Gardner (el abogado brillante que sabe convivir con todos los claroscuros de la profesión), Diane Lockhart (más atormentada por la ética, pero tan tan elegante... que lo demás no importa), Cary Agos (el jurista cabroncete de toda la vida) y, sobre todo, Eli Gold (un maquiavelo cómico que nos provoca las mejores risas de la televisión reciente, aunque sólo para connoisseurs del cinismo). "The good wife", un buen ejemplo de lo que da de sí el gran teatro de la abogacía.

2.- "Sherlock" (2ª temporada): otra muestra de la eternidad de los clásicos, que admiten propuestas renovadoras que nacen de la fidelidad y la profunda comprensión hacia el original. Tan inteligente que, como el personaje protagonista, roza la insolencia. Sostenida por tres actores brutales: Benedict Cumberbatch -que se enfrenta al reto de encarnar a alguien mil veces interpretado, y vence...-, Martin Freeman -y es que Watson era, sobre todo, un buen tipo- y Adrew Scott -el primer Moriarty que de verdad acojona...-; y unos guiones que nos demuestran que la buena literatura no está sólo en los libros.

3.- "Black Mirror": lo más perturbador que uno haya visto en la tele, así de simple. Crítica social, futuros aterradores y unas cuantas escenas que ya nunca podrán borrarse de nuestra memoria. Debería quedarse así, perfecta, irrepetible en sus tres episodios.

4.- "Dowton Abbey" (3ª temporada): aún estamos con ella, pero es algo así como volver al hogar, un hogar tan confortable y encantador que disculpamos sus pequeñas grietas por donde entra el frío de lo previsible e incluso culebronero... Por mucho tiempo que pase, seguiremos necesitando este tipo de historias.

5.- "Mad Men" (5ª temporada): ocurre un poco como con la anterior, ha sido derrocada de los lugares más altos de la lista únicamente por el empuje de propuestas más arriesgadas, quizá como ella lo fue al principio. Aun así no decepciona, de hecho podría durar hasta la vejez del protagonista y seguiría mereciendo nuestra atención. En ésta Don Draper se humaniza, se equivoca, aprende lecciones... Y por detrás, como siempre, una fascinante panorámica social que nos habla del origen de muchos males que padecemos. Y quizá la única serie de televisión con una -aunque sutil- perspectiva de género, tan necesaria como plausible.


Mención especial a Damages (5ª temporada), que no incluyo simplemente por aquello de escoger cinco. Grandes capítulos con un clon de Julian Assange y una "madre de todas las batallas" entre la gran Patty y su discípula Ellen. El final, un poco apresurado, maniqueo y efectista la coloca fuera de la gran lista de Casoledo.



Peor o mejor cosecha que en años anteriores, lo cierto es que siempre hay un buen puñado de creaciones que nos hacen la vida más agradable.  Así que esperamos con ilusión las del año que viene, que en realidad serán sin duda lo mejor que nos ocurra en 2013, vistas las previsiones... 


domingo, 16 de diciembre de 2012

“El sentido de un final”, de Julian Barnes. El piloto automático.


Autor de brillante carrera y variedad de registros, Julian Barnes nos ofrece en esta última novela una narración sin nervio, escrita como con desgana, y en la que apenas reconocemos al autor en los chispazos de humor cínico que abundaban sobre todo en sus primeras obras. La historia se desarrolla en torno a dos únicos elementos: una voz y un episodio del pasado. Algo que hemos leído ya centenares de veces, y que requería quizá de un plus literario que Barnes no ha querido o podido aportar. Parece así que nos encontremos ante unos de los habituales ejemplos de escritor exitoso que, llegado cierto punto de su carrera, pone el piloto automático para conducirla sabedor de que todo lo que produzca será bien recibido –Auster podría ser el desgraciado ejemplo paradigmático-. No es cuestión de edad o trayectoria, sino de mera exigencia creativa.


El narrador de “El sentido de un final” –título transparente hasta rozar la simpleza, una vez que acabamos el libro- presenta el bien conocido tono arquetípico inglés, de una acidez divertida a ratos y fatigosa en otros, y se muestra como un escéptico que sacrifica la emotividad en aras de la ironía siempre que la ocasión se presta. Así las cosas, cuando el drama y el enigma unido a él aparecen en la historia, el autor apenas logra que nos sintamos interesados por su resolución; y es que los hechos, al igual que la voz, han sido ya mil veces leídos en otras novelas, lo que no quiere decir que el valor de éstas deba reducirse a la búsqueda de la originalidad argumental, pero hay muchas otras herramientas en la literatura que nos permiten disfrutar hasta de los mayores tópicos, de hacer, en definitiva, que lo antiguo suene como nuevo.


Da la impresión –aunque es aventurarse mucho- de que la idea originaria habría necesitado de un mayor reposo, de un crecimiento previo de los personajes, para que el camino a transitar una vez que comenzase la escritura gozase de mayor profundidad. Y es una lástima, porque en numerosas páginas encontramos muestras de la mejor prosa de Julian Barnes, y es de destacar el formidable arranque en el que se anticipan flashes de recuerdos que a lo largo del libro iremos reconociendo. Por lo demás, la novela cuestiona con cierta sutileza a esa juventud intelectual que tiende a sojuzgar el mundo desde la distancia de su propia y subjetiva consideración, y en ese sentido podemos afirmar que la realidad abre un buen tajo en toda la parafernalia filosófica de los personajes. Seguramente el mayo mérito de la novela, francamente escaso para un autor de la altura de Barnes, que desde la maravillosa “Arthur & George” se ha venido mostrando bastante liviano e irregular. Nada malo en sí mismo, pues exigir que cada paso de su recorrido sea memorable es una puerilidad; lo malo –y esto ya no depende del autor- es que desde los habituales medios de difusión de los autores de éxito se nos venda cada título como una obra maestra. Esta, desde luego, no lo es, lo que tampoco resta demasiado a su merecido prestigio.

"Enésima hoja", VV.AA.


Hay antologías que están llamadas a marcar época y a convertirse en referencia para apreciar el estado del arte en un tiempo y un lugar determinados, que no deja de ser una forma de entendernos a nosotros mismos en esas coordenadas espacio-temporales. Abundan las de poesía en la bibliografía española, y con frecuencia incurren en los mismos errores que las desvirtúan: el excesivo personalismo del compilador, que a través de las voz poética colectiva pretende reivindicar una individual: la suya; o bien la estrecha adscripción a una línea temática o estilística, a la manera de aquellas guerras entre poesía de la experiencia y de la diferencia que protagonizaron los últimos decenios, con resultado más bien estéril. Y es que, en realidad, difícilmente podemos recordar un solo título, más allá del lejano “Nueve novísimos”, que ocupe nuestras estanterías ofreciéndonos una fotografía fiable –por objetiva y rigurosa- del trabajo poetico que se hace en España.


“Enésima hoja” no nace, quizás, con ese propósito, y sin embargo se acerca a él mucho más de las que los intentos que la precedieron, incluido aquel volumen titulado “Ellas tienen la palabra” publicado en Hiperión a finales de los noventa. La presente antología, a cargo de Alicia Arés, sorprende por su frescura, ausencia de prejuicios y atención al único criterio que debe tenerse en cuenta en estos casos: la calidad de los poemas. Algo que se hace patente en el que constituye sin duda el mayor de sus valores: la diversidad. Encontramos en el libro realismo intimista, abstracción de raigambre centroeuropea, poesía de lo cotidiano e incluso puntuales jugueteos vanguardistas. La experiencia en la escritura y la publicación de las distintas autoras recogidas en la obra es muy distinta, así como su edad, temática y estilos.


Resulta innecesario subrayar que se trata de una antología de escritoras, ni repetir el viejo debate acerca de la existencia de una literatura específicamente femenina. La lectura de estos poemas pone de manifiesto que no caben etiquetas, taxonomías o uniformidades en la buena poesía. En este sentido es de destacar cómo alguna de las poetas se sirve del medio literario para reflexionar acerca de su condición de mujer, incluso desde una cierta militancia, mientras que para otras, con total libertad, tales preocupaciones se encuentran aparentemente ausentes. El amor, la soledad, la naturaleza y la lucha por la vida aparecen, no obstante, en muchas de ellas, aunque tambien hay espacio para la reflexión metaliteraria.


En tiempos de comercialidad previsible y alineamientos grupales, “Enésima hoja” nos devuelve el placer de leer de versos, de abrir el volumen por cualquier parte o saltar de unas autoras a otras con verdadera interactividad. A señalar también la excelente edición de Cuadernos del Laberinto, con una portada rompedora y contemporánea que termina por rematar un volumen hermoso. 

martes, 4 de diciembre de 2012

“Superzelda”, de Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. “Stieg Larsson antes de Millennium”, de Guillaume Lebeau y Frédéric Rébéna… Todo esto para qué.



El diálogo o trasvase de ideas entre las distintas expresiones artísticas ha dado en muchas ocasiones excelentes resultados. Adaptaciones cinematográficas que superaban al original, partituras que traducían una obra literaria al género operístico, manifestaciones plásticas que realizaban una lectura visual de determinados textos… Y viceversa, la literatura ha sabido a su vez beber de las muy diversas fuentes del arte en un contagio mutuo y enriquecedor. Lo que en cualquier caso caracteriza  a los mejores logros nacidos de dicho proceso es que la disciplina que incorpora influencias aledañas mantiene sus rasgos esenciales, esto es, continúa fiel a sí misma en cuanto a lenguaje y ambición, de tal forma que incorpora un valor creativo añadido a todo aquello en lo que se apoya. Entre los lectores habituales de novelas de terror no cabe duda de que “Insólito esplendor” de Stephen King tendría un notable valor, pero lo cierto es que la versión para la gran pantalla realizada por Kubrick, “El resplandor”, atesoraba identidad y mérito suficiente, desde parámetros estrictamente cinematográficos, para considerarla como una excelente película, desligada ya de su origen literario. Y lo era porque resultaba, ante todo, una creación inequívoca de su autor que manejaba con libertad y talento los medios expresivos de su arte.


Sirva esta introducción para contemplar sin prejuicios la edición de cómics y novelas gráficas, si es que realmente podemos distinguir ambos términos –cediendo quizá a lo que no es sino una estrategia comercial-, que se fundamentan en libros u otras fuentes relacionadas con lo literario. Así ocurre en los dos casos que comentamos, y en ambos el resultado es muy discutible.



“Superzelda”, desafortunado título, narra la vida de Zelda Fitzgerald con apoyo en biografías, textos propios de la autora y de su marido el novelista Scott Fiztgerald, además de otros testimonios indirectos procedentes tanto de escritos de los muy diversos autores que conocieron en su época como de testimonios posteriormente publicados. La labor documental es, en este sentido, ciertamente plausible por su exhaustividad, hasta el punto de que aparecen relatados buena parte de los episodios más importantes de su ajetreada existencia, pero también numerosas anécdotas y escenas confesionales. El propósito evidente del libro es informativo, el lector tiene la sensación de asistir a la recreación de unas vidas prácticamente “monitorizadas”, y los autores emplean una técnica contrapuntística interesante, cuando dentro de una misma viñeta se asoman escritores coetáneos a los protagonistas e intercalan opiniones acerca de ellos. La historia que se nos narra es la de una mujer “desenfadada” –categoría acuñada por la propia Zelda-, rebelde y apasionada por la vida, una luchadora en pos de la felicidad propia, alegre y optimista, que encontró quizá a su compañero y antagonista perfecto en Francis Scott Fitzgerald. Viajes, juergas interminables, alcohol, peleas terribles y solemnes reconciliaciones… Es inevitable incurrir en el tópico de la “espiral autodestructiva”, pero así parece que fue. El cómic nos pasea por los momentos deslumbrantes de París, Nueva York, Italia, la Costa Azul… para terminar en oscuros hospitales psiquiátricos y habitaciones solitarias donde la botella y un manuscrito eran la única agarradera. El punto de vista omnisciente hace que tanto ella como él ocupen similares espacios dentro de la obra, y aquí es donde comenzamos a detectar el problema. Después de un buen número de páginas meramente descriptivas del tipo “volvieron a París, alquilaron una casa en…, se pelearon, se separaron, ella comenzó a pintar, él escribió su libro…, se reconciliaron, fueron a Italia…”, uno tiene la sensación de que el propósito biográfico-informativo acaba por matar cualquier atisbo de arte que hubiese en el proyecto. A ello poco ayudan unas ilustraciones meramente funcionales, titubeantes incluso, en las que se hace difícil reconocer los rasgos de los personajes, y finalmente acabamos por preguntarnos, al leer la última página, qué es lo que ha aportado el formato cómic a esta historia. Y la respuesta es, simplemente, mayor inmediatez: en apenas un par de horas accedemos a la vida de Zelda Fitzgerald, la mitad o un tercio de los tardaríamos en leer una biografía. Claro que en este último supuesto sería nuestra imaginación la que recrearía paisajes y personas, en una posición sin duda mucho más activa, por lo que la novela gráfica aparece como una realización menor en la que el peso del guión ha lastrado a los pinceles. Hubiésemos deseado que la pericia y creatividad de un dibujante trasladasen a su lenguaje todo lo que aquella mujer adelantada a su tiempo, impugnadora de tópicos y dueña de sus decisiones –a menudo reprochables- dejó como legado cultural y vital. Sin embargo “Superzelda” se ha limitado a ahorrar a lectores perezosos el cada vez más minoritario placer de la letra impresa.



Pero si ese primer título es al menos loable por su minuciosidad, “Stieg Larsson antes de Millennium” raya lo extravagante. Apenas un puñado de páginas para dejarnos claro que Stieg estaba muy comprometido con las ideas revolucionarias. Y es una lástima porque, al contrario que en el caso anterior, aquí sí que encontramos buena mano en textos y viñetas, que parten de una metáfora animal para alertarnos de los peligros del fascismo. La vida de Larsson seguramente no fue tan resultona ni glamourosa como la de Zelda, pero tampoco podemos aceptar que pueda contarse de manera tan escueta. Hay un desequilibro patente entre el episodio africano que se relata –el novelista como instructor guerrillero, nada menos-, con unos diálogos tensos y dibujos esquemáticos e inquietantes, y los brochazos que emplean los autores para resumir –literalmente- el gran drama de su biografía: la dedicación obsesiva a la escritura de “Millennium” y el sorpresivo fallecimiento antes de que pudiese ser consciente de su éxito. Así pues volvemos a preguntarnos lo mismo, parafraseando a Lionel Shriver: todo esto para qué… Y la mejor prueba de ello consiste en que las páginas más apreciables de este cómic se encuentren en la cronología meramente textual que lo cierra.


En definitiva, la lectura de una novela gráfica debe suponer algo diferente, con atractivo propio, de un libro, un reportaje periodístico, la navegación por internet o un programa televisivo. De no ser así estamos minusvalorando un arte y convirtiéndolo en paradigma de la facilidad de acceso para lectores supuestamente muy ocupados. La larga tradición del tebeo no se merece tal cosa.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Unas palabras de Phil Oakey. Paseos perrunos.

En una entrada anterior comenté mi devoción por The Human League, los Human League actuales, con su excelente y larga trayectoria, su encanto y elegancia y su admirable actitud de aceptación y carpe diem ante la vida.  Phil Oakey, el frontman, ha declarado hace poco en una entrevista:

"I'm healthier than I've ever been in my life because I've got a dog. Suddenly I'm a guy who can run up hills for three miles."
 
Su mujer es vegana y activista pro animales, así que este gentleman de la electrónica ha descubierto, a sus cincuenta y seis años, la fuente de salud y felicidad canina. Tener perro modifica, entre muchas otras cosas, la manera de ver y vivir tu ciudad. Esos paseos errabundos constituyen uno de los grandes placeres a los que podemos acceder, y a coste cero. Exigen, además, una actitud relajada, sin que nada que llevemos ya a cuestas en nuestra mente nos impida disfrutar del camino: el cielo abierto, la infinita diversidad de personas de vuelta a casa, las celdas de luz amarilla en los edificios, de noche, y el encuentro fortuito con otros perros -los olisqueos, juegos, rituales de respeto...-. Suele llegar un momento en que el pensamiento se libera por completo y nos hace creativos. A todos aquellos que tratamos de escribir, pintar, componer..., nos ha ocurrido alguna vez: la perfecta culminación eufórica de esos paseos consiste en regresar con una buena idea.
 
 
Seguramente Phil Oakey las tuvo en compañía de su perro, por los alrededores de Sheffield, durante el proceso de elaboración de su último y excepcional álbum, 'Credo'. Estos días están de gira por el Reino Unido para conmemorar su trigésimo quinto aniversario como banda. Es emocionante y enternecedor ver cómo agotan los aforos y la gente continúa, tanto tiempo después, entusiasmada. Recientemente el cascarrabias Morrissey ha dicho, con su retranca habitual -y que siga muchos años-, que le encanta Youtube: "así puedo ver monitorizada mi vida"... Se refería a la inmediatez con que sus seguidores suben cualquier vídeo que hayan grabado en un concierto, o por la calle, incluso aquellos en que el artista sale poco favorecido. Sin embargo los usuarios sólo podemos agradecer la posibilidad de "asistir" vicariamente a eventos maravillosos en cualquier lugar del mundo.
 
 
Así ha sido como me he sentido ocupando puesto en las primeras filas del XXXV Tour de The Human League. Aquí está el arranque del set list, con la música de la película Exodus como prólogo a la genial Sky de Credo (empieza en el minuto 2.30). Como suele suceder, el vídeo no tiene mucha calidad, pero sí que captura el pulso del momento:
 






Libros, música, alguien a quien queramos, y un perro: el secreto de la felicidad. Tantos siglos dando vueltas en torno a él y acabo de revelarlo aquí, en este humilde blog. Seguro que la posterioridad me lo reconocerá...
 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

“El arte de la duda”, de Gianrico Carofiglio. Todos necesitamos un plan.


Conocemos a Gianrico Carofiglio por sus novelas del abogado Guido Guerrieri, títulos en los que asistimos seguramente al crecimiento de un autor en formación. En ellas apunta pero no llega, las encontramos finalmente faltas de nervio narrativo y precisión, mas persistimos en su lectura. A veces el mayor logro que puede obtener un autor es el derecho a la segunda oportunidad.


En “El arte de la duda” se nos presenta otra faceta del autor relacionada con su prestigiosa labor de jurista.  Este libro tuvo una primera edición de carácter más técnico, pero fue tal la acogida entre el público en general, con independencia de su vínculo con la profesión de letrado, que decidió sacar a la luz una segunda versión más depurada de concreciones legales y centrada en el meollo del asunto. El cual consiste, como anuncia el título, en ese particularísimo “arte” de interrogar en el acto del juicio, interrogar para esclarecer la duda, pero dudando al mismo tiempo de los mecanismos que empleamos para alcanzar la verdad procesal. Un cuestionamiento que podemos señalar como el propósito último del ensayo, esto es, que quien se encuentra en la tesitura de formular preguntas en sede judicial reflexione previamente acerca del cómo y el porqué de su actuación.


Carofiglio parte de la aceptación básica de que aquello que se dilucida en el proceso no es la “verdad” absoluta o discutiblemente calificada como “real”, sino aquélla que sea posible alcanzar al tribunal a través de los diferentes elementos de juicio puestos a su disposición, desde los argumentos expuestos por los abogados o el fiscal a los diferentes medios de prueba. Entre estos alcanza un lugar relevante el interrogatorio, al cual los profesionales deben enfrentarse en no pocas ocasiones por voluntad ajena a la suya. Y lo cierto es que no existe práctica probatoria más abierta, peligrosa, intrigante e imprevisible. Es posible que carezca de toda fuerza, al no ser suficiente para contrarrestar lo que ya consta por elementos dotados de mayor fehaciencia, o bien que el juicio entero dependa de su resultado. Y ahí entra la habilidad de los juristas para sacar de ella lo que mejor convenga a sus intereses o, por el contrario, oscurecer o anular aquello que les perjudica.


El autor plantea de una manera detallada y realista los diferentes escenarios que se puede encontrar el litigante. En primer lugar centrándose en los distintos tipos de testigos o peritos a los que razonablemente deberá enfrentarse en algún momento de su carrera: desde los que saben mucho a los que no tienen ni idea de lo que hablan –y cuánto riesgo conllevan-, desde los que emplean conocimientos técnicos a los que declaran por meras referencias, los voluntarios y forzosos, los que en teoría van a ayudarte y los que, desde el primer momento, te aborrecen… Cada uno de ellos presenta sus peculiaridades, pero si algo tienen en común es el ser completamente impredecibles, y encerrar consiguientemente mucho más peligro del que pueda preverse. Todas las prevenciones son pocas, por lo tanto, y resulta fundamental planificar la práctica de esta prueba con el máximo detenimiento.


Y ahí es donde se centra el segundo de los aspectos desarrollados en el libro: Carifiglio expone los diferentes objetivos que deben buscarse en el interrogatorio, y que no siempre pasan por la destrucción de los argumentos del contrario, sino por metas más sutiles como la búsqueda de la contradicción, la minoración del alcance del testimonio, el ataque a la credibilidad misma de quien testifica… La labor de coordinación entre la tipología personal y la finalidad a conseguir exige ante todo sentido común y un cierto talento que seguramente no puede enseñarse en las escuelas de práctica jurídica, ni a través de libros como éste. Sin embargo su publicación resulta pertinente porque, al menos en países como el nuestro, son tantas las carencias de muchos de los ejercientes que no está de más cualquier iniciativa que los haga huir de los automatismos habituales con que se pasean por las salas de justicia.


Aun así no dejará de sorprender al lector que determinadas ideas de este ensayo, cercanas a la obviedad, necesiten de por sí ser transmitidas. Esto nos puede dar la medida de la sorprendente ineptitud con que defienden los intereses ajenos ciertos profesionales. Y es que lo mínimo que debe pedirse a quien dirige un pleito es un cierto sentido de la estrategia. El abogado litigador debe poner cualquier interés personal, su orgullo y sus prejuicios al servicio de la causa por la que debate: en ocasiones habrá de ponerse de perfil, y en otras subir al ring y golpear, lo importante, y quizá esa sea la mayor lección de este libro, es el resultado final, que funciona como un horizonte insoslayable en la actividad profesional.


Por lo demás, al reproducir interrogatorios de actas judiciales reales, la lectura se hace muy amena, lo que explica su éxito, y en numerosas páginas el Carofiglio ensayista y el narrador se confunden con excelente resultado.


Concluye el volumen con una hermosa cita de ese clásico de la literatura jurídica que es Norberto Bobbio: “La teoría de la argumentación rechaza las antítesis excesivamente tajantes: muestra que, entre la verdad absoluta de los dogmáticos y la renuncia a la verdad de los escépticos, hay lugar para las verdades susceptibles de ser sometidas a permanente revisión merced a la técnica consistente en aportar razones a favor y en contra. Sabe que, en cuanto los hombres dejan de creer en las buenas razones, empieza la violencia”.  Pocas definiciones tan acertadas del proceso judicial, ese pequeño teatro en el que cabe toda la humanidad, y donde aprendemos a diario que la razón y la dialéctica son el único modo digno de dirimir nuestras disputas. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

La Casa Azul y Saint Etienne en Murcia, 16 y 18 de noviembre de 2012. Las grietas de la realidad.


Con motivo de la publicación de su excelente “Words and music by Saint Etienne”, los londinenses han hablado en alguna entrevista sobre la capacidad del pop para proporcionarte instantes de felicidad de tres o cuatro minutos, que hoy día se prolongan eternamente gracias a la continuidad que podemos establecer en nuestro reproductor de mp3 con las listas de elaboración propia. Guille Milkiway también ha comentado, al sacar al mercado “La polinesia meridional”, que la idea de escapismo había estado muy presente en la confección del álbum.


Vivimos tiempos complicados, crueles incluso, y no tienen visos de mejorar en el medio plazo, tal vez incluso la pequeña evolución que vayan experimentando con los años apenas llegue para que nuestra felicidad vuelva a cifrarse en aspectos estrictamente materiales. Y sin embargo la vida sigue, el tiempo pasa y se va descontando de nuestro depósito. Está claro que, más allá de las discusiones político-económicas que suscite la crisis, la consigna a seguir en el futuro tendrá mucho ver con la felicidad de lo inmediato. Debemos ser conscientes de que cada pequeño momento de dicha es algo valioso e irrenunciable, por pereza que nos dé o riesgo –incluso económico, para qué asustarse cuando hay tan poco ya que perder- que nos cueste.


El pop siempre ha sido para el que suscribe un refugio de optimismo, sensibilidad y elegancia. La Casa Azul y Saint Etienne son, en sus respectivos estilos, maravillosos ejemplos de ello, y la semana pasada tuvimos la fortuna de que tocasen por aquí cerca. Poner sus discos o asistir a sus conciertos es abrir una grieta en la realidad asfixiante que nos rodea y colarse a través de ella. En muchas ocasiones he hablado ya del poder que tiene la música de Saint Etienne para rescatarme de cualquier sombra, de cualquier tropiezo, en especial esos segundos discos que han aparecido con las reediciones de sus álbumes, donde se muestran más delicadamente experimentales y renuncian casi al concepto de “canción” en favor de deliciosos momentos sonoros.



La Casa Azul es otra cosa, quizá menos sutil, más inmediata, pero también más profunda de lo que parece. “La polinesia meridional” es un estallido de euforia que esconde precisamente el miedo y la indignación frente a la realidad, una rebelión pop más sincera y convincente que muchas otras poses culturales. Ahora bien: el directo de Guille supera todo lo que hayamos visto antes en un aspecto muy concreto: la conexión con el público. Su puesta en escena es impactante: a pesar de tocar en locales de tamaño reducido, la pantalla donde proyecta cuidadas imágenes, y la escenografía robótica habitual, anuncian una frialdad electrónica que quiebra en cuanto los fans empiezan a cantar todas, absolutamente todas las canciones a voz en grito. Los que lo seguimos, pero no tan intensamente, nos vemos de repente envueltos en una especie de ceremonia eufórica que nos supera. Es algo emocionante y muy divertido. Arrancó con “Los chicos hoy saltarán a la pista”, y cuando comenzó la segunda, “Chicle cosmos”, apenas se oía ya su voz, la gente había tomado todo el protagonismo. Y así a lo largo del concierto: dialogando con él, solicitándole temas, haciéndole coros, supliendo sus ocasionales olvidos de letras antiguas… En varias ocasiones el cariño que transmite el público llega a ser sobrecogedor, y el propio artista se rompe, especialmente cuando pasa al piano y extrae el tuétano romántico de muchos de sus temas, sobreproducidos para la pista de baile. Sonaron todos sus clásicos, y brillaron los del disco nuevo que entrarán seguro en esa categoría: “Qué se siente al ser tan joven”, “Colisión inminente (Red lights, Red lights)” o “La fiesta Universal”. El concierto se alargó mucho más allá de los bises previstos (con una versión dance y alargada de “La revolución sexual”), y salimos de allí con esa alegría extenuante de las vivencias que recordaremos siempre.





Saint Etienne tocaban el domingo, y uno no dejaba de tener el presentimiento fúnebre de que los realmente fans íbamos a ser bastantes menos, que la mayoría de la gente no iba a reconocer muchos temas del set list, y que en definitiva no podría haber tanta conexión. Hablamos, claro, de unos ingleses más ingleses que la mermelada de naranja, es decir: repertorio cerrado, distancia, emotividades las justas… En esos casos lo mejor es abstraerse y pensar que están tocando sólo para ti, además estábamos en primera fila y no era cuestión de preocuparse por nada, sólo disfrutar.
 
Y así fue. El repertorio era el mismo del Primavera Sound –sólo eché en falta “Mario’s Cafe”-, aunque en distinto orden, pero al fin y al cabo es garantía segura, y en seguida la gente empezó a bailotear en el asiento. Para otra entrada dejaré el asunto de la organización de conciertos pop en auditorios con butacas, algo tan ridículo que sólo puede entenderse en un país como el nuestro, rebosante de contenedores culturales a los que no se sabe o se quiere dar contenido, y que acaban acogiendo toda clase de manifestaciones artísticas de valía –gracias a la nunca apreciada labor de los gestores culturales- en un espacio inadecuado. Pero el caso fue que a medida que iban cayendo los temas y se ponía en evidencia la profesionalidad de Sarah Cracknell, diva, glamourosa y entregada como si estuviese tocando frente a su fan club, Lovers Unite, el público fue respondiendo y unos cuantos valientes se echaron a un lado para acompañarla de pie. Pese a alguna crítica insidiosa que he leído últimamente, sonaron unos cuantos temas de su último álbum, al menos seis, los suficientes para que pueda considerarse reivindicado. Muestra indicativa de la buena acogida que está teniendo es la reacción de los asistentes ante “Tonight” o “I’ve got your music”.
 
Su disposición en el escenario es muy sencilla: Bob y Pete a las máquinas, en posición DJ, Sarah ejerciendo de entertainer con su vestido de lentejuelas y su boa de plumas, y Debsey haciendo coros y arropando el baile a la derecha. Suficiente para desgranar algunas de las piezas más joviales y encantadoras de la música popular reciente: Sylvie, Like a motorway, Who do you think you are, Nothing can stop us now, A good thing…, acompañadas por proyecciones de series y películas de los sesenta-setentaUno echa de menos alguno de sus mejores temas, quizá aquellos proco apropiados para el directo –especialmente un directo ante público no habitual-, como pueda ser el Last days of discode su último álbum, pero aun así el concierto fue memorable y la gente acabó de pie y entusiasmada ante el cierre, He’s on the phone.


Es hermoso y emocionante ver a tu grupo favorito, sobre todo cuando durante mucho tiempo temí que no llegase esa ocasión, porque andaban medio retirados. Este año es la segunda vez, y por años que pasen siempre recordaré estos momentos. Llamémoslo escapismo, huida a través de la grieta o, simplemente, felicidad.



P.D.: esto es amor y lo demás son tonterías. Pese a tenerme discretamente vigilado en lo que a las miraditas a la Cracknell se refería, Nuria tuvo el detalle de, apenas se retiraron, aproximarse al escenario y coger una de las plumas de la boa que se habían quedado en el suelo. Y que ahora permanece guardada, como un tesoro, en la caja de la edición para coleccionistas de “Words and music…”.







Por cierto, aviso para fans: la semana que viene se pone a la venta a través de cierto canal y a ciertas horas la versión US del disco, con un segundo CD de diez temas inéditos entre los que está el Jan Leemig que pudimos ver en un vídeo en el que se nos explicaba su composición. Como veis, el aviso es relativo: no concreto lugares ni fechas porque habrá que pelearse por él, y yo en esto, muchachos, no hago amigos…

El arte de la pose.


-Lorena Alvarez es entrevistada en el último Rock de Lux y se muestra como una excelente vendedora de sí misma. El indie lo admite todo, las tragaderas son infinitas, así que en este caso vale hacerse la paleta, la conservadora y, en un alarde de frivolidad provocadora que no pasa de descerebrada, la machista. Uno cada vez es más escéptico ante esta clase de productos, en los que no hay nada de espontaneidad, honestidad o como queramos llamarlo.


-Arturo Pérez Reverte: vuelve el macho man. Entrevista con Pepa Bueno en Yo Dona, y en numerosos otros medios, donde de nuevo se esfuerza por dejar claro que es la rencarnación literaria de Charles Bronson, claro que si la periodista empieza por calificarlo con algo tan previsible y servil como “guerrero curtido en mil batallas”, mal empezamos; y mal seguimos, porque durante el resto del reportaje la mujer se comporta como ante el emperador de Japón.

Nunca se ha visto a nadie con tanta habilidad para rentabilizar unos años de reporterismo que a Pérez Reverte, lo que al parecer le ha dado cédula de habitabilidad en la narrativa contemporánea. Bien es cierto que dentro de unos años nadie recordará su nombre, y menos aún sus novelas testosterónicas, ya sabéis, de testosterona cultureta. Porque además de un tipo duro, es muy muy culto, ha leído tanta literatura clásica y tanta historia que ¡ay de quien se le ocurra apuntar de lejos a la verdad!, es decir, que carece de las mínimas aptitudes para escribir novela. Ahora ha publicado una historia de amor -pero con dos cojones, eh…- en la que la protagonista femenina suelta esta frase que marcará un antes y un después, no ya en la literatura, sino en la ciencia antropológica, la psicología y los sexshops: "Él me mostró rincones oscuros que yo tenía"… ¡olé! En realidad el tipo es un autor clásico que enlaza con grandes creadores que han tratado previamente el tema de la mujer liberada sexualmente por un hombre: Fernando Esteso, Andrés Pajares, Mariano Ozores…, con títulos como “¡Caray con el divorcio!” o “El erótico enmascarado”.

La entrevista más adecuada para el guerrero sería una realizada por Mario Vaquerizo en la que éste, nada más verlo, lo saludase diciendo: “maricooón…”.


Discos últimos.


La cata más reciente en Spotify sigue sin dar grandes resultados, y en realidad resulta razonable que ocurra así, es mucho lo que se edita y poco lo que permanece, como en cualquier arte. Ahí van mis intentos:


-“Pale Fire”, de El perro del mar: se deja oír, es un pop agradable, quizá un poco sinsustancia, con una voz monocorde que no llega y temas que no pasan de resultones.

-“Beams”, de Matthew Dear: álbum enfocado a la pista de baile, con todo lo que ello supone de crisol de sonidos y estilos, me recuerda lejanamente al de Kindness, aunque con una interpretación envuelta en distorsión maquinal. Agradable como fondo de una fiestecilla, pero falto de emoción y carisma. Es un de tantos discos que entretiene y se nos olvidará.

-“Love this giant”, de David Byrne y St. Vicent: mira, no. Hace muchísimo que Byrne ha perdido el rumbo, y sus proyectos en colaboración suelen ganar puntos cuando aparece el acompañante, y perderlos en cuanto la voz cada vez más chirriante de él irrumpe para terminar de arruinar melodías deslavazadas. Al final se trata de hacer buenas canciones, y esto es lo que falta aquí. Una broma modernilla e intelectualoide.

-“Take the Crown”, de Robbie Williams: superproducción de las habituales, y como tal, falta de alma. No se puede decir que no contenga un puñado de temas buenos, pero desde luego que no añade nada a la discografía del irregular Williams. Una de sus carencias más frecuentes es la ausencia de una personalidad, un estilo definidor de cada álbum. Tan sólo destacan las composiciones mejor arropadas por arreglos solmenes, a la manera del último título que sacó con los Take That.

-“Tinsel and Lights”, de Tracey Thorn:  la larga tradición anglosajona de los “discos de navidad” ha ido acumulando un buen puñado de títulos clásicos, y es que, más allá de las etiquetas, suelen contener estupendas canciones. Este es el caso del último de Tracey, cuyo timbre tan familiar nos sugiere ya lo mejor apenas la escuchamos. Lejos de la previsible revisión de villancicos, encontramos en él muy buenos temas, de por sí delicados, pero a los que las notas características de la casa engrandecen: sentimiento, ternura y una desprejuiciada producción pop donde se nota la mano de Ben Watt.


-“Saint Etienne Present Songs For The Lyons Cornerhouse”: recopilación a cargo de Bob de un conjunto de canciones absolutamente memorables de lo que él llama la era “pre-rock and roll”. Mucha orquesta de los cincuenta, clásicos como Candilejas, The Great Pretender e interpretaciones vocales que te llevan a un mundo de caballeros trajeados y elegantes damas, un mundo nevoso e inocente, como debe ser la navidad. Quizá, sin pretenderlo, sea el mejor álbum que podemos escuchar en casa mientras nos dejamos llevar por esa agradable fantasía.

jueves, 22 de noviembre de 2012

"Normas de cortesía", de Amor Towles. Reglas de supervivencia.


En The art teacher, canción de Rufus Wainwright-seguramente una de las mejores de la historia de la música popular-, el intérprete, apoyándose únicamente en una secuencia de notas de piano con leves variaciones, relata cómo una mujer recuerda un amor de infancia, el único en realidad de toda su vida, o al menos el más auténtico y sincero. Lo hace frente a la contemplación de un cuadro de Turner, pintor favorito de aquel profesor de Arte que, en una visita al Metropolitan, se convirtió en objeto de su adoración. En el tiempo presente en que discurre la letra de la canción, ella contempla la pintura y contempla su vida acomodada, gracias a un matrimonio exitoso, pero reconoce que sólo hubo un hombre al que amó de veras: el profesor de arte que le habló de Turner por vez primera.



Traigo a colación este tema porque resulta inevitable resaltar las concomitancias entre la pieza de Wainwright y este Normas de cortesía, de Amor Towles. A una canción debemos pedirle la belleza inmediata, y a una novela, sin embargo, otro tipo de emoción estética ganada con lentitud y profundidad. Nos la ofrece este título a lo largo de casi una treintena de cortos capítulos agrupados también en cuatro secciones correspondientes a las estaciones del año. Todo arranca, como en The art teacher, con la contemplación de una fotografía en una exposición, resorte proustiano que proyecta la memoria de la narradora hacia finales de la década de los treinta en Nueva York, período de entreguerras en que la vida recuperaba un agradable pulso de hedonismo. El jazz, los clubes humeantes de tabaco, las posibilidades de exploración íntima en un ambiente de relajación moral, las luces del progreso que se había puesto de nuevo en marcha tras el crack del 29… Pero también los primeros atisbos de la sociedad despiadada que tomaría forma en los cincuenta y sesenta, tras el intervalo de una segunda guerra mundial cuya amenaza aparece asimismo en el horizonte de esta novela.


Normas de cortesía es una novela sobre la supervivencia en la gran ciudad, un asunto que ha terminado por convertirse en poco menos que un género literario, especialmente cuando el contexto en que discurren las historias es el de la mitología urbana por excelencia, Nueva York. Allí vienen a parar las dos protagonistas del libro, a las que se une un tercero para conformar una relación afectiva triangular que sin embargo se aleja de los tópicos habituales de la narrativa intimista. Y es que los sentimientos que se entreveran en la amistad de los personajes son tan reales y reconocibles que nos conmueven de por sí sin necesidad de acudir a escenas y giros argumentales mil veces vistos: hablamos de la compasión, del sentido de la lealtad, del sacrificio. Es decir, Towles no se limita a construir un dilema afectivo –dos chicas enfrentadas por un chico, pertinaz esquema machista de la novela tradicional-, sino que lo incardina en una realidad social, y en los avatares de la vida de los que ninguno nos encontramos libres. La narradora sabe que él es y será su único amor posible, pero su relación con la desafortunada rival, que la derrota por la vía de la piedad a causa de un accidente, no se desarrolla en una dinámica de enfrentamiento, sino de comprensión mutua y sincera amistad. El tercero en discordia, por otra parte, resulta finalmente ser algo más que un encantador y sofisticado galán: esconde también sus tormentos personales y la esclavitud social que le impone el arribismo. Una actitud esta última que no es ajena a la propia narradora, que contempla su historia desde una posición acomodada que invalida, por su parte, un juicio demasiado severo hacia los demás.


Escrita con un lenguaje sencillo pero sugerente, la novela logra introducirnos en el ambiente de la época y engancharnos con las peripecias de los personajes, abundantes en idas y venidas y encuentros fortuitos que expanden la trama en pequeñas ramas secundarias. Nos sitúa además frente a un verdadero problema moral, quizá irresoluble: el que surge cuando los sentimientos aparecen en el camino de las ambiciones, cuando se debe escoger entre la vía fácil, pero en soledad, o la difícil, pero en compañía. Para transitar por esos territorios tan complejos el personaje masculino se apoya en las Normas de Cortesía planteadas en un opúsculo por George Washington –y que se incluyen como apéndice al libro-; reglas de comportamiento público a las que las circunstancias obligan a violentar en privado. Aun así debemos mirar con nostalgia aquellos tiempos en que al menos procuraba seguirse un código: actualmente los que corrompen la vida social se desenvuelven sin el mínimo decoro.