viernes, 30 de diciembre de 2011

Mensaje de fin de año.

Estimados/as lectores/as:


Los que manejan la voz pública, esa que genera una opinión a la que se le añade el mismo adjetivo -como si ambas nos incluyesen a todos inevitablemente-, han dictaminado ya que nada bueno podemos esperar del año que viene. 

Pero no olvidemos nunca que hay algo en nuestro interior poderoso e irrenunciable, un cofre que guardamos con usura y cuya llave escondemos del mundo, y a veces de nosotros mismos. Lo que protege en su interior es todo aquello que nos define: nuestros gustos y opiniones, anhelos de felicidad, decisiones de ocio, planes locos, risas, música, libros -espero que muchos-, películas, paseos, besos y caricias, sentimientos de afecto y empatía hacia los otros -personas, animales-, proyectos de futuro. 

No podemos permitir que nadie atraviese nuestras defensas, abra el cofre de una patada y lo vacíe delante de nuestros ojos. Es quizá lo mejor que podemos desearnos para 2012. 

Resumiendo: sed dignos y felices.


Y no se me ocurre manera mejor de empezar el año que ésta: Boo Shuffle, el nuevo single de The Pipettes. Si viendo el vídeo no sonríes y tarareas, la marea oscura te está alcanzando...




lunes, 26 de diciembre de 2011

Disponibles los primeros capítulos de 'Una cuestión de prueba'.

He colgado en la sección "Mi obra narrativa" los primeros capítulos de "Una cuestión de prueba". En la actualidad la novela deambula por algunas editoriales de la mano de una agencia literaria, así que de momento me abstengo de divulgarla como quisiera. No obstante me ha parecido oportuno poner a disposición de los eventuales interesados/as un número de páginas lo suficientemente relevante para proporcionar una idea sobre ella. Son alrededor de 80, el diez por ciento del libro aproximadamente. Sin duda es el proyecto hacia el que guardo una mayor ilusión, por el momento, y ha pasado la 'prueba de resistencia' de unos cuantos lectores más o menos habituales. En estos días seguramente comenzaré lo que será la segunda novela de la serie que discurre en torno a los mismos personajes, después de casi año y medio de "descanso", o, para no ser sarcástico, de estrés laboral y obligada escritura mental. Con el reboot del blog volverán las reseñas de mis lecturas y las tonterías habituales del abajo firmante, si el tiempo y las fuerzas me acompañan, que uno se va haciendo mayor. También colgaré en mi biblioteca un par de tomos donde he seleccionado parte de los textos del blog, desde sus inicios hasta que ha perdido el nombre anterior, 'La bestia en la jungla'. Y espero poder formatear correctamente los archivos de los distintos libros para que se distribuyan en Amazon. Cuántas cosas. 

En fin, ya está bien de hablar de uno. En los próximos posts me entregaré a la innoble tarea de despellejar a los demás. No te confíes: podrías ser uno de ellos. 

Un apartamento en Ventura.

El lugar soñado. Un espacio lleno de libros, donde suena la música (a veces muy bajito, para no estorbar, y otras muy alto, para acompañar la ocasional euforia), se proyectan películas, se celebran reuniones y se habla de todo lo que importa. Así pasan las horas, y cuando se va la gente y se van las ideas, su propietario se acerca a la ventana y observa la vida acompañado por una mujer y una perrita.
Ventura es el territorio imaginario donde transcurren mis novelas, que me acompaña desde hace muchos años. Allí se abrirá al público este apartamento, con la entrada de 2012.
Estáis en vuestra casa.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Ajuste de cuentas (con los meses pasados) y cambio de vestuario (como los artistas de variedades).



Cuando un caballero desaparece durante largo tiempo se hace precisa una mínima explicación, con independencia de que sean pocos o muchos los que la esperen. Incluso si se ausenta de una habitación vacía debe murmurar alguna breve excusa para que el aire o los ácaros se consideren desagraviados. Sólo cabe una excepción a todo esto, según los más acreditados tratadistas: que el motivo de su alejamiento sea tan carente de interés, tan vulgar y aburrido, que su divulgación llegue a poner en peligro ese algo de misterio que debe acompañar la figura caballeresca allá donde se presente. Las reputaciones públicas resisten el escándalo, el fracaso y los achaques; pero no toleran la banalidad. Así que me permitiré guardar un discreto silencio sobre estos meses pasados, a salvo esta cita de la novela póstuma de David FosterWallace (‘El rey pálido’) que de alguna manera lo resume todo:

“(…) la clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire”.
Dicho lo cual, antes de inspirar cuanto aire –ahora sí- me sea posible, y de continuar con mi escritura en los diversos e ilusionantes frentes que tengo abiertos, quiero cerrar esta etapa del blog con un último post que dé cuenta de las lecturas de estos últimos meses. Después todo continuará con ligeros cambios (en primer lugar de nombre e imagen del blog, quedará bonito –espero-), ¿nunca os ha ocurrido que, tras una mala época, cambiar los muebles de casa provoca que la vida –la misma vida- parezca otra? Yo siempre lo he hecho con mis cuadernos de trabajo -de hecho acabo de empezar un par de ellos-, así que confío que el efecto sea el mismo en el caso del blog. Después de tres años de persistencia y seis meses de silencio lo echo de menos, y hay un puñado de gente que sigue entrando de cuando en cuando para ver si se despierta, además de otros/as que caen por aquí buscando reseñas de determinados libros. Gracias a todos, y especialmente a quienes han saltado del blog a la narrativa, y se han descargado mis novelas. Con esos materiales Casoledo va reforzando las paredes de su lugar en el mundo.
El repaso va a ser rápido y contradirá una regla sagrada del reseñismo –no vamos a llamarlo ‘crítica’, monopolio momentáneo de ciertos medios de poder crecientemente inestable-: la de evitar las cuatro líneas apenas fundamentadas, la opinión, en suma. La red está llena de opiniones de cuatro líneas, y anda escasa de reflexión. Pero el tiempo que ha transcurrido haría esta última demasiado artificiosa ahora. Hablaré, pues, del poso y la impresión que me han dejado mis lecturas de estos últimos tiempos, en pocas palabras por libro, aunque con ánimo de no reincidir en la parquedad.


Comencemos por “Los enamoramientos”, de Javier Marías. Era difícil volver a la ficción, imagino, después de su obra magna, “Tu rostro mañana”. Algo tan grande en extensión y ambición te tiene que dejar seco –salvando las distancias, me ha ocurrido así con ‘Una cuestión de prueba’-. Durante algunos meses se habló de una posible colección de cuentos como el siguiente trabajo de Mr. Marias, pero esta historia se metió por en medio y acabó convertida en una nueva novela. Nueva en el sentido de “otra más”, porque si por algo se caracteriza es por sonar a conocido, música que ya hemos escuchado, pero en una versión bastante peor. Lo primero que rechina es la voz, la de siempre, la del narrador habitual del autor, con sus continuas reelaboraciones de la frase, digresiones suscitadas por determinadas palabras-concepto, reflexiones acerca de lo que podrían hacer los personajes ante lo que les ocurre –y que casi nunca llevan a cabo-… Y aquí es donde comienzan los problemas: ese tono tan característico encajaba bien en el contexto sugerente del alto espionaje, en aquellos individuos misteriosos que parecían intelectualizarlo todo convirtiendo la violencia, la traición y el secreto en motivos de especulación más que en disparadores de episodios novelescos. Pero no ocurre así en “Los enamoramientos”: el sexo del narrador –por primera vez narradora- es por completo indiferente, ya que podría protagonizar cualquiera de sus novelas precedentes, sin embargo lo más sorprendente es que el resto de los personajes se expresen en similares párrafos eternos, como humoristas que parodiasen a Marías en alguna clase de espectáculos reservados a lectores habituales del escritor. A ello debemos unir un argumento que en el fondo no va más allá de una leve intriga propia de cualquiera de los guiones habituales de las series de entretenimiento americanas. El mejor Marías podría haberse apoderado de tales elementos, no obstante, y trascenderlos. El de esta novela fallida se ha limitado a arroparlos con su fraseo brillante, pero totalmente equivocado para lo que relata. Difícil encontrar en el libro alguna idea que quepa denominar como “tema”, o cualquier peculiaridad que añada algo a una trayectoria narrativa admirable. Nada, en realidad, salvo los manierismos propios de la casa y ciertos chistes -ya más públicos que privados (ay, el cansino profesor Rico)- que han dejado de tener gracia. Recuerda un poco al cine último de Woody Allen, siempre es entrañable recuperar esa melodía que tanto nos gustó en otros tiempos, pero conscientes en todo caso de que nos limitamos a practicar el reencuentro y la nostalgia. En ambos casos, no obstante, la crítica es unánime en el halago. Cuestión de “mercados”.

Belén Gopegui no se repite. Lleva un par de novelas reinventándose y sorprendiéndonos. Jugando con los géneros (la novela iniciática, el thriller político) de un modo imprevisible, retador, y siempre brillante. Nunca deja de ser ella, pero se disfraza de otra, quizá porque “los mercados” (insidiosa palabra, otra vez) habían empezado a encasillarla. “Acceso no autorizado” es su última propuesta. Tiene un arranque capaz de enganchar a cualquier lector por la vía de una intriga apasionante, conectada a la realidad y abierta a cualquier desenlace. Y quizá en esto reside el peligro de la jugada: el camino que iniciamos en la novela no conduce adonde esperamos, esto es, a la evolución de la historia por obra y gracia de los apacibles mecanismos del thriller. Mediado el libro, decae el artificio y se hace más reconocible Gopegui. Y es a partir de entonces cuando los lectores pueden continuar o abandonar. Merece la pena seguir, sin duda, pese a que no ocurran las cosas sorprendentes que parecían anunciarse al principio. Disfrutaremos de una palabra precisa, más simple que en anteriores obras, aunque no renuncie a la fuerza de ciertas imágenes, y nos ensuciaremos en el pie de calle de nuestro mundo, que casi siempre discurre, sin embargo, en los elevados despachos de los que mandan. Pese a cierta irregularidad, producto de ese riesgo que decimos, el resultado es satisfactorio. Por encima de otras cosas, la autora demuestra que no tiene límites. Qué será lo próximo… Y de qué pocos autores podemos preguntárnoslo.

“Once maneras de sentirse solo” es una colección de relatos de Richard Yates, escritor felizmente resucitado en estos últimos años como un efecto colateral de cierta narrativa audiovisual de propósitos desconcertantes: acude a los años cincuenta estadounidenses fascinada por su estetica, y elude sin embargo cuestiones de fondo mucho más relevantes, como el origen del paisaje económico-social en que vivimos o los conflictos de género que ahora renacen (la vuelta de la mujer al hogar, y el grosero machismo que acompaña a las que salen de él). Sea de uno u otro modo, la escasa pero impecable obra narrativa de Yates ha sido acogida con entusiasmo desde “Revolutionary road”, y este volumen de relatos se muestra coherente dentro de su obra. Personajes duros, secos como la prosa con que se nos describen, el marco inhóspito de las relaciones afectivas formularias o de la frustración laboral, pequeñas ilusiones que acaban enterradas en la cotidianeidad… Especial aplauso merece “El arte de la derrota”, en que a partir de la simulación de la muerte en los juegos infantiles construye un certero estudio sobre el vicio de perder, la atracción por el victimismo que tantas veces reconocemos en personas que se enrocan en sus supuestas desgracias. Es inevitable pensar en el silencio que mereció el trabajo de Yates en vida, y en que puede haber, por tanto, algo de ironía en este relato, sobre todo visto desde un presente que lo ha situado, al fin, entre los mejores autores del siglo veinte.

“Mrs. Bridge/Mr. Bridge”, de Evan S. Connell es una obra maestra que transcurre en ese mismo mundo al que hago referencia en el párrafo anterior. Pero frente a la estrechez del acercamiento estético contemporáneo, el autor lo explora en toda su hondura y en el contexto que mejor lo permite, el familiar. El libro se compone en realidad de dos novelas independientes, de interesante lectura conjunta, aunque no complementarias. La que presenta sin duda mayor interés es la primera, pues relata la vida de este matrimonio “ejemplar” desde el punto de vista de ella, personaje elocuente en sus palabras y sus silencios, involuntaria representante de una etapa desgraciadamente paradigmática en la historia de las mujeres. Se trata de un ama de casa que sufre ese “mal sin nombre” sobre el que Betty Friedan edificaría su extraordinario ensayo, “La mística de la feminidad”: encerrada permanentemente en casa, sometida a un sinfín de absurdos convencionalismos sociales, despojada de cualquier rasgo de individualidad y, paradójicamente, convertida en la mayor defensora de aquello que la oprime. La novela se articula en breves episodios, a veces narrativos y otras –las más brillantes- como meras estampas de vida que atisbásemos en un movimiento de cortina de esas casas perfectas: y allí aparece el clasismo, el racismo, la crueldad, la sumisión… Es decir, lo que por entonces se llamaba “felicidad”. Evan S. Connell tiene el talento de explicar el mundo sin pontificar, de escribir el mejor tratado de historia, filosofía y psicología con que uno pueda ilustrarse sobre la sociedad occidental mediante herramientas estrictamente narrativas: descripciones potentes, dialogos que zarandean al lector, finales memorables en cada uno de los breves episodios… El libro del año. Tal vez por eso la segunda parte resulta algo mas monótona, menos sorprendente, aunque hay que reconocer que la psicología del hombre de la época no daba para mucho más. Acaso lo más relevante que sacamos en conclusión es que no había enigma en el comportamiento de Mr. Bridge, no nos aguardaba una intimidad compleja en sus contradicciones. En realidad, no hay fisuras en los cimientos que sostienen su trono, y donde Mrs. Bridge permanece encerrada. Por cierto, la escena final de la primera novela, de un sencillo pero emocionante simbolismo, es quizá uno de los mejores cierres imaginables para un libro. No pasa nada, pero no hay manera de olvidarlo. Un regalo inesperado de altísima literatura en tiempos en que todo parece leído y descubierto.

Pasemos a la sección de lo que podríamos denominar “malas elecciones”, y comenzando por un autor que se transmuta hasta hacerse irreconocible cuando se pasea por la novela supuestamente comercial. De ahí ese vergonzante cambio de su nombre, de José María a J. M. Guelbenzu. Al menos, en las entrevistas que preceden a los lanzamientos de sus novelas de la juez De Marco, el autor se muestra respetuoso con sus creaciones, al contrario de John Banville, que al mudar en Benjamin Black manifiesta un tono inequívoco de desprecio hacia lo que mayor rentabilidad le procura. Ambos seguramente pasarán a la historia como dos de los autores europeos más brillantes de su tiempo, a pesar, sin embargo, de su “serie negra”. “El hermano pequeño” es la última entrega de J. M. Guelbenzu, y ella se repite la sensación de cansancio, de mera aplicación de la técnica del oficio o la artesanía que lastra la lectura de estas narraciones. Volvemos a encontrarnos con personajes y situaciones idénticos a los de anteriores libros: el galán canallesco que inerfiere en las investigaciones de la juez, y hacia el que se siente atraída generando conflictos en su línea de trabajo (reiteración ya obsesiva); el colaborador leal con el que mantiene una amistad tensa y frecuentes pulsos de inteligencia; la estructura de intriga en caja cerrada de escasa complejidad (apenas unas piezas en el tablero, y la más discretamente velada suele ser la culpable)… Todo lo cual quedaría superado por algún otro valor literario: la belleza del lenguaje, la profundidad en el dibujo de los personajes, una sucesión de hechos que atrapase nuestra atención, un algo, vamos. Pero no. El autor cumple y facilita una entrega más de su serie, que se supone ha de tener una base fiel de lectores. Ocurre que en este caso hay una circunstancia agravante: una escena grotesca en su inverosimilitud, de un sexismo propio –y lamento decirlo así- de un viejo verde que convierte a la juez en una suerte de muñequita sexual de club de carretera. Una escena sonrojante que apenas te permite seguir sosteniendo el libro entre las manos, y que nos habría provocado un rechazo definitivo de no haberse tratado de Guelbenzu. Alguien capaz de lo mejor cuando se llama José María.

Si podemos calificar “El hermano pequeño” de mala literatura, “Crímenes”, de Ferdinand Von Schirach nos ahorra ese áspero juicio, por cuanto poco tiene que ver este libro con tal hermoso arte. Resulta comprensible su éxito, ya que abunda en descripciones gore, acumulaciones dramáticas del tipo accidentes, palizas, eutanasias, abusos… Un abogado penalista nos cuenta, ligeramente aderezados para el formato “colección de relatos”, algunos de los casos más llamativos de su carrera con tono seco pero en exceso solmene, como muy consciente del impacto que van a crearnos sus historias demasiado reales. Es decir, lo mismo que podría hacer un médico de urgencias –con más vísceras aún de por medio-, o un policía, un bombero o un cooperante en zona de guerra. Todo muy impresionante, sí, y un excepcional documento sobre lo mejor y peor del ser humano, la demostración, al parecer, de que todos podemos ser culpables en un momento dado, de que la línea entre el bien y el mal es de tan difusa apenas discernible etc., etc. Claro que esos nobles propósitos pueden ser relatados, sin más, como en una interesante conversación de cena, o bien elaborados con los medios propios de eso que llamamos literatura, y que aunque no sepamos muy bien definirla sabemos reconocerla cuando nos tropezamos con ella. No está aquí, de veras. “Crímenes” es un libro testimonial semejante a los que confeccionan las celebridades con la ayuda de algún periodista-escribano. En cada uno de los mal llamados cuentos existe además una clarísima toma de postura del autor en favor de su héroe: asesinos enamorados, delincuentes de mente portentosa que se burlan de jueces y policías (curiosamente de todos salvo del propio escritor, vaya por dios)… Difícil se hace apreciar el relativismo del que tanto se habla al comentar este libro. Pese a su intención, nada nos enseña sobre la naturaleza humana, salvo quizá que ésta puede ser extremadamente simple.

“El viejo juez”, de Jane Gardam, es una novela delicadamente escrita sobre un viejo jurista que desarrolló su carrera en la inglaterra colonial. La base de la historia es el recuerdo, y el duro contraste entre una infancia terrible y el éxito sosegado de la madurez. Aunque los episodios que recupera la memoria del personaje terminan por ser previsibles, la autora no cae en la búsqueda de la emoción fácil y consigue así proporcionárnosla. La escritura discurre con esa elegancia anglosajona que parece proceder de la genética, y abunda en pequeños detalles humorísticos que restan importancia a las muchas desgracias que afronta en personaje: desde carencias materiales al extrañamiento permanente inducido por la figura de un padre despiadado. El hecho de que vaya perdiendo fuelle a lo largo de las páginas no empece la sensación agradable que nos deja. Una de esas novelas de sillón de orejeras, chimenea y bebida caliente. Visto lo anterior, no es poco, aunque no llega a ser suficiente.

Volvamos pues a la gran literatura, De verdadero frenesí british puede calificarse “El ocupante”, de Sarah Waters. Una obra mayor comparada con las anteriores, aunque no debe sorprender a los habituales de la autora, sin duda de las mejores del panorama anglosajón, claro que por aquello de la metáfora machorro-futbolera no suele ser incluida en el llamado dream team de las letras británicas. “El ocupante” es una gran novela a la que le perdonamos lo mucho que nos manipula por el goce lector que nos ofrece. El narrador nos lleva de la mano por la decadencia de una vieja mansion familiar en la que algo misterioso parece estar ocurriendo. Ese algo, a la manera jamesiana, no es sino un catalizador para el detallado estudio de los personajes que realiza la autora mediante una escritura morosa, dialogos ambiguos y un sutil encabalgamiento de sucesos que nos mantiene atrapados en la historia. Los personajes tienen capas y aristas, como debe ser, y la voz del narrador aparece tan neutra e irreprochable que nos distrae lo suficiente para conducirnos hacia un final sorpresivo que nos revela más inteligencia que mera habilidad en la novelista. Un clásico.

Como lo es Julian Barnes –este sí que consta en el dream team, ya veis-, cuya última colección de relatos, ‘Pulso’, nada añade o resta a su trayectoria, pero merece la pena por la profundidad y las risas que sabe manejar a un tiempo, como un maestro, para conmovernos y divertirnos en un pasar de pagina. Ya en títulos anteriores había tratado temas como la enfermedad y la muerte (palabras que en manos de otro autor conducirían inevitablemente al dramón) pero nunca como ahora se permite bromear sobre ello, bromear, digamos, a la manera británica, esto es, sin que apenas se note. Especialmente simpaticos resultan los episodios consistentes en el diálogo aturullado de varias parejas en diversas cenas alternando frases de sit-com con reflexiones punzantes sobre la actualidad. Pero es en la primera de las historias del libro, “Viento del este”, donde se contienen las mejores virtudes de un narrador sensible y talentoso como Barnes: la voz irónica –british, de nuevo- del protagonista se revelará finalmente como la mayor de sus taras, cuando echa por tierra una relación amorosa con una hermética inmigrante a la que no sabe o quiere entender. Cuentos tan memorables como éste nos recuerdan que la buena literatura está hecha de palabras imprescindibles, sin aspavientos. Y Julian Barnes sabe manejarlas.

Finalizamos el repaso por la narrativa con un libro que todo el mundo debería leer: “Comer animales”, de Jonathan Safran Foer. A medio camino entre el ensayo y la remembanza autobiográfica, se adentra en la realidad insopotable del sufrimiento animal desde una postura un tanto novedosa si la comparamos con otros textos escritos desde una legítima y admirable militancia. Safran Foer contextualiza el problema en el marco cultural que nos impone unas formas de comer, y que enlaza la tradición gastronómica con aspectos de la vida tan delicados como la familia, la infancia, los saberes transmitidos a través de las generaciones con una ingenuidad irreprochable y recibidos del mismo modo acrítico. Todo ello da cuenta de la dificultad de enfrentarse al problema, y sin embargo, a continuación, emprende esa tarea: estudia los documentos oficiales, y los procedentes de la propia industria cárnica –de una elocuencia obscena-, entra clandestinamente en las granjas, descubre cómo funcionan los laboratorios… Se ensucia, en definitiva, con la sangre y el dolor gratuitos de millones de seres vivos a los que se tortura innecesariamente en aras de la rentabilidad, y hace hincapié en la clave del asunto, en lo que realmente molesta y duele: no tanto en el hecho de que se maten animales cuanto en la forma como lo hacemos. Algo que algún día, si es que tenemos futuro como especie, será juzgado desde la racionalidad y el espanto.
Pero no sólo es el terrible sufrimiento de los animales en las granjas y laboratorios lo que subraya la investigación de Safran Foer: sino la cantidad de drogas, caldos de productos químicos, hormonas y demás que ingerimos los humanos a través de ese sistema productivo que, por cierto, no siempre ha existido así y, lo que es más importante, no tiene por qué ser necesariamente así. Poco más puede decirse porque los hechos son incontestables, el órdago está frente a nosotros: leer este libro, como muchos otros de la bibliografía animalista, cambiará nuestra vida: es decisión de cada cual hacerlo o no. Recientemente la actriz Natalie Portman admitió que se había hecho vegetariana a raíz de la lectura de “Comer animales”, entendámoslo como un aviso a navegantes. Safran Foer es lo suficientemente cabal para hablarnos de la dificultad de ese camino, pero les aseguro que para todo aquel que se adentre en esta clase de lecturas, es ineludible. Merece la pena mojarse.
El libro, por lo demás, está hábilmente escrito, con una prosa cercana y limpia, a ratos experimental para jugar con la atención de los lectores en ciertos juegos tipográficos, y llena de interrogaciones que cuestionan la realidad de todos, comenzando por el autor.

“1000 violines”, de Kiko Amat, es un ensayo sobre música pop, y otras cosas aledañas, para incondicionales (de Kiko Amat). Cerrado sobre sí mismo y sus filias y fobias, no permite la entrada en ese santuario si previamente no se comparten buena parte de sus gustos, aun para contradecirlos. A ratos resulta tan críptico como los típicos diarios de críticos de poesía que partiendo de una toma de postura intelectual terminan en riñas y cotilleos de patio de vecinos. Es admirable, no obstante, su capacidad de ilusión por algo, la música en este caso, y es en las páginas en que expresa su relación con ella donde aparece más sincero y conmovedor, sin las bouades, chistes privados y autorreferencias de las secciones dedicadas a tal o cual músico. Hay otros ejemplos de erudición pop (Fran G. Lara, por ejemplo, aunque en este caso no sólo musical) en los que el sentido del humor y la buena prosa no aparecen reñidos con la capacidad de comunicación. Lo dicho, sólo para incondicionales, yo no lo era porque no había leído nada del autor, y este libro no me ayudado a serlo. Le seguiré la pista, en todo caso.

La mención al misántropo que no lo es me permite traer a colación tres cómics que también he leído en los últimos tiempos. Empezaré de mejor a peor: “Polina”, de Bastien Vivès, me ha dado algunos de los ratos de lectura más hermosos de este año. Para alguien no entendido en el género se hace compicado escoger nuevos títulos, en especial porque las manías que uno se trae de otras artes, como la literatura, se hacen aún más inflexibles fuera de su territorio. Así, la historia autobiográfica de un treintañero infantilizado al que no quieren las tías, al que el mundo no comprende, y cuya vocación artística le impide doblar la espalda y ganarse la vida, me resulta sencillamente insoportable. Y, o estoy muy obcecado cuando echo un vistazo a las mesas de novedades en cómic, o buena parte de lo que aparece responde a ese perfil. Entonces uno ve una portada tan elegante, sencilla y delicada como la de Polina y te llevas el tomo a casa, sin más. No me ha defraudado. Se trata de una historia sobre el arte, nada menos. Es decir, sobre el desarrollo del talento por la vía del trabajo y sus vicisitudes: la relación con el maestro, el tortuoso aprendizaje, las oportunidades y bifurcaciones que pueden malograrlo todo, o hacerlo florecer, quién sabe. No hay demasiados alardes ni trucos en la trama, ni se juega con ardides emotivos, a salvo el reencuentro entre maestro y alumna, que era inevitable en cualquier caso. Incluso se permite un pequeño guiño casi fantástico en esa escena, relacionado con la subjetividad que provocan los afectos en nuestra percepción de los demás. Las viñetas son un ejemplo de expresividad con economía de medios y trazos simples, y los silencios priman sobre los diálogos logrando que en ocasiones podamos imaginar la música. Una delicia, lo recomiendo como regalo de reyes.

Bajemos ahora a los infiernos: “La protectora”, de Keko, tiene el cuajo de continuar “Otra vuelta de tuerca”. Los lectores/as de este blog sabrán de mi querencia por el maestro Henry James, querencia que me hace contemplar con curiosidad experimentos como éste, y acudir a ellos sin el cuchillo entre los dientes, puesto que el mero acercamiento a la obra jamesiana suscita de por sí mi simpatía. Claro que a veces hay que sacar el cuchillo e hincarlo hasta tocar hueso, y así ha ocurrido con este dislate por lo demás tan previsible. Ha dicho el autor que se había lanzado a la tarea sin guardar respeto a James, actitud legítima, puesto que lo contrario lo convertiría en un mero glosador del relato. Sin embargo hubiese sido recomendable un paseo por los muchos autores y autoras que previamente han intentado lo mismo, aunque sólo fuese para evitar repetir sus decisiones. La interpretación sexual de la obra jamesiana es un tópico lo suficientemente manido para que apenas comencemos a pasar las paginas todo sea tan predecible que carezca del mínimo interés. Y ello a pesar del efectismo de las ilustraciones, muy de psicoanálisis y brochazos pueriles. Ya se han hecho cientos de variaciones sobre “Otra vuelta de tuerca”, al igual que cientos de versiones de canciones como “As time goes by”. Y si algo nos enseña esta última es que, antes de despeñarse, mejor agarrarse a los cabos del clasicismo.

Finalmente, y esto lo voy a despachar en dos líneas, “Los años dulces, volumen 1”, de Jiro Taniguchi. Fiel a los patrones del cómic japonés, nada que objetar con respecto a sus bonitas, puntillosas y realistas imágenes. Lo que ocurre es que la historia necesita ser tragada con abundancia de protectores de estómago, y uno prefiere evitar la medicación a favor de las terapias naturales, por ejemplo, de otras lecturas más interesantes. Supuestamente nos cuenta una delicada historia de amor entre una joven y un viejo profesor. Subrayo delicada con propósito irónico, porque si algo vemos aquí es una muestra sociológica del machismo nipón, tanto más aberrante cuando nos presenta como normales, e incluso enternecedoras, escenas que situán a la mujer en un grado tal de servilismo y humillación que proyectan una especie de mal olor o un sonido chirriante en cada viñeta que imposibilitan la lectura. Mal puede hablarse de amor entre dos seres humanos colocados en tan distinta posición. Al menos las damas de las novelas victorianas contrapesaban los convencionalismos sociales con una inteligencia sarcástica. Nada de ello le ha sido concedido al personaje femenino de esta historia, que se limita a llevar una vida desastrada en espera del santo varón que la redima. Un libro bonito en las formas y apolillado en el fondo, como ciertos muebles antiguos y engañosos.


Finalizo el apartado libros con una particular “larsoniana”. El fenómeno Stieg Larsson ha continuado más allá de sus novelas y adaptaciones al cine, para constituir una historia apasionante sobre la doble crueldad, del destino y de los hombres (entiéndase esto último como estricta alusión a un genero). Comencemos por “Millennium, Stieg y yo”, de Eva Gabrielsson. Su vida en común es en sí una gran novela. Pero la autora de este libro no ha querido desarrollarla de esa manera. Hay algo en la tradición cultural de los países mas civilizados y cultos que acaba permeando las actitudes individuales, España no puede contarse entre ellos, o al menos parte de España. El cainismo, la vulgaridad y la sobreactuación habrían contaminado una obra como ésta, de haber salido de las manos de alguna agraviada hispánica.
Eva Gabrielsson ha sufrido una injusticia tal que, si nos detenemos a reflexionar sobre ella, tiene algo de broma amarga, de jugarreta perfecta del destino. Todo ha sido excesivamente cruel, y excesivamente gratuito. Pero ella no ha perdido el temple, la capacidad de tomar distancia -aun en la pelea-, para no dejar de ser persona. No se ha expuesto como una mercancía más de la "industria Larsson" que tanto denuncia, habría sido muy sencillo para ella pasearse por todas las televisiones mundiales y hacer caja, a fin de cuentas es lo que está ocurriendo en torno a los libros y la existencia misma del que fue su pareja durante más de treinta años. Este pequeño volumen memorístico trata simplemente de aportar su propia voz en la barahúnda de ruido que ha generado la familia del fallecido, las productoras de cine, los amigos que han dejado de serlo a cambio de unas -muchas- monedas... Y lo hace con palabras firmes, dolorosas, pero en absoluto enceguecidas por el rencor. Una verdadera lección, en definitiva. Que hable Eva y calle el mundo.
A lo largo de su convivencia, Larsson y Gabrielsson llevaron una vida humilde y feliz. Esto último se transparenta en las numerosas anécdotas personales que relacionan su biografía con determinadas escenas, objetos y personajes de Millennium. Crecidos y educados en la ética revolucionaria propia de la época, supieron evolucionar con independencia sin perder nunca el compromiso social que guiaba tanto su labor profesional como su círculo de afectos. El trabajo de él como periodista especializado en la investigación de grupos neofascistas suponía que estuviese permanentemente amenazado, de forma que debía vivir en ese subsuelo ciudadano ajeno a registros oficiales. Nunca se casaron, pues, y ni siquiera el nombre de Stieg aparecía en el buzón de su casa. Había habido ejemplos de represalias e incluso asesinatos en su círculo que así lo aconsejaban. En esas peleas transcurría su existencia, unidos por la pasión ideológica y laboral, ella como arquitecta ecológica y sostenible -quizá dentro de treinta años conozcamos esto en España, ay...-, él en su agencia de noticias, y posteriormente en la famosa revista Expo -quizá dentro de treinta años conozcamos una publicación similar en España-.
Y de repente, Stieg Larsson se pone a escribir. Y consigue, tras algún rechazo, un contrato editorial con un buen adelanto que hace presumir cierta prosperidad futura. Hacen planes, se ilusionan ya en la madurez con poder realizar algunas cosas... Y entonces él fallece. Los libros salen a la luz y ocurre lo que todos conocemos. Y en ese momento aparecen el padre y el hermano, con los que apenas se hablaba, para administrar la herencia. Eva termina poco menos que repudiada y sin un euro. Cuestiones del derecho de familia en un país tan avanzado como Suecia. Ay la familia, esa gran institución, pilar fundamental de una sociedad… que se cae a pedazos. Triste consuelo para Eva el poder expresase en este libro, recomendable simplemente como vigoroso testimonio de una injusticia, pues su estilo de reportaje memorístico no da para mucho más.
Claro que aun así supera con mucho al oportunista “Mi amigo Stieg Larsson”, de Kurdo Basi. La generosidad del novelista al incluir a su amigo como personaje en uno de sus libros se ve recompensada con este vergonzoso “pasar por caja” que nada aporta a su historia, puesto que ni siquiera se esfuerza de veras en enmendar el conflicto que se produjo en torno a los derechos de autor tras su fallecimiento. Eso sí, nos sorprende con alguna afirmación ladina del tipo “en realidad, Stieg no era buen periodista”, que sabe dios qué extraño sentido de la lealtad y la justicia lo movió a dejar por escrito.
Y sin embargo, el puñetero tenía razón. “La voz y la furia” es una recopilación de artículos de Stieg, la mayoría publicados en Expo, en torno a los temas que centraban su labor periodística: el racismo, la corrupción empresarial e institucional, los perdedores de la historia. Los textos dan fe del aliento ético que sabría trasladar a la narrativa sin convertirla en panfletaria, pero también de una escritura pobre, apenas reflexiva, de una visceralidad propia de los opinadores habituales de foros políticos en internet. Sorprende porque el grado de exigencia con que caracteriza la labor periodística en sus ficciones no se ve reflejada en este libro. Si bien debemos contemplarlo con escepticismo, puesto que se trata simplemente de eso, una selección de textos que seguramente no cabe considerar significativos tras varios decenios de trabajo.

Y para ir concluyendo esta entrada-río pasemos al cine, al cada vez más limitado panorama que nos ofrecen las carteleras, donde sólo parece haber dos opciones: el cine infantilizado hasta la náusea, en forma de espectáculos “para toda la familia” acompañados de nachos, palomitas y litronas de cocacola; o bien el supuesto cine de autor, dirigido a públicos selectos, siempre los mismos, otra forma de rebaño que consume con gusto lo que presumiblemente va dirigido a ellos y los diferencia. En esa especie de “bipartidismo” apenas queda hueco para películas que uno vuelve a ver varias veces a lo largo de su vida, que se instalan en las programaciones de televisión y centros culturales como clásicos, que saben aunar la firma de autor con la ausencia de artificios destinados a ciertas revistas especializadas. Ha habido unas cuantas cosas buenas y muchos espantos. Quedémonos con las primeras:
“La piel que habito”… mira que llevo tiempo poniendo verde a Almodóvar. Y esta vez acudí al cine con una buena carga de prejuicios que se me fueron cayendo uno a uno. La misma brillantez visual de siempre, pero sublimada por un contexto muy distinto, cercano a la ciencia-ficción. Sin embargo lo mas gratificante fue encontrarse, después de mucho tiempo, con un guión defendible, coherente aun en su coqueteo con lo inverosímil. Esta vez lo ha hecho, se ha probado a sí mismo y ha salido victorioso. El mejor Almodóvar sin ser tan Almodóvar. Formidables Banderas y Elena Anaya, y un puñado de escenas que destacarán en cualquier resumen de su filmografía.
“Somewhere”, de Sofia Coppola. Imposible no sonreírme al recordar esta película, porque salimos del cine echando pestes de ella. Así que de vez en cuando se hace muy recomendable una especie de catarsis en público para reconocer que la cabezonería me ha impedido fijarme en los detalles. Lenta, vulgarmente reiterativa de ciertos motivos de Lost in traslation (la incomunicación simbolizada en esa frase final oculta tras el ruido, o las experiencias frikis en el textranjero), aburrida, sin rumbo ni final discernibles… Todo eso puede suscitarte en pleno visionado. Y sin embargo pasan los días y las semanas y no logras olvidarte de ella, recuerdas ciertas escenas, la revives, de alguna manera, y entonces te das cuenta de que, en efecto, es tan absurda como la vida del personaje protagonista, esto es, como la historia que quiere contarnos. Nos habla de la nada, y de cómo es posible escapar de la nada a través de algo tan sencillo como la relación entre los seres humanos, y el afecto. Al igual que en Lost in traslation, sí, pero de una forma menos evidente porque la situación, los personajes, no lo permiten. El día a día de uno de esos actores de productos infantilizados no deja espacio para la poesía. Y sin embargo comienza a haberla cuando la luz del cine se apaga. Qué has hecho con nosotros, Sofía, la madre que te parió.

Con “Melancolía”, de Lars Von Trier, ocurre algo parecido. Bien es verdad que durante la proyección vas recibiendo ciertas compensaciones: la belleza de sus imágenes, la música… Es el guión, o la ausencia de él, lo que te exaspera. Pero al igual que en el caso anterior, pasan los días y comienzas a comprenderlo todo. La melancolía a que alude el título marca el tono de la película: su progresiva aparición, en la primera parte, y la forma en que distintos caracteres se enfrentan a ella, en la segunda. El resto de interpretaciones, mensajes ocultos, dilemas filosóficos y predicciones sobre el futuro de la humanidad pueden encontrarse en multitud de comentarios periodísticos, blogs y foros. Quizá la peli no da para tanto, pero tampoco es tan artificiosa como parece. Reconozco que en este caso también me ha influido la sensación de la que hablaba al principio: la de que nos encontramos ante un producto perfectamente elaborado, empaquetado y distribuido para satisfacer a un público muy concreto y de fácil indentificación. Con los años uno va rechanzando ciertas liturgias, aunque escondan cosas que merezcan la pena.
Salimos ahora del cine arty y pasamos al comercial, donde se supone que no debe demorarse un caballero que desee conservar cierto lustre intelectual. A la mierda, me ha encantado “Intruders”, de Juan Carlos Fresnadillo. Sobre todo porque es un estupendo cuento fantástico que remite a lo mejor de la tradicion anglosajona. Está relatado con brío, aunque con ciertas caídas en la estética videoclip, y tiene un final tan emotivo como inesperado. Juega con las expectativas del espectador y las traiciona para ofrecerle algo mejor de lo que aguardaba: una reflexión sobre nuestros miedos y sus peligrosas proyecciones.
Acabo con una reflexión triste que me provocó Super 8: no sólo se trata de una película verdaderamente terrible, de una puerilidad sonrojante… Lo lamentable es que ni siquiera en su pobre intriga se esfuerza lo más mínimo por parecer coherente y verosímil. Si uno le concede entrar en su juego y analiza el argumento, hace aguas por mil lugares distintos. Y entonces te preguntas a qué grado de asentimiento hemos llegado como espectadores para que cualquier cosa bien presentada nos sirva como regalo, aunque el interior sea inutilizable, o esté podrido. Desgraciadamente, ese parece ser el futuro del cine.

Pues ya está hecho el repaso a estos últimos meses. Ha habido otras cosas, otras lecturas, muchos discos, series y pelis, pero creo que sirve para romper el hielo tras una larga ausencia.
Y con esto termina “La bestia en la jungla”, para continuar de modo similar a salvo pequeños detalles que pese a todo espero que sean significativos. En unos días, cambio de piel.