lunes, 28 de febrero de 2011

28 de febrero (diario de la bestia): Tulip (y Betty), otra película tremenda, Delafé y las Flores Azules.



Tulip

Emocionado aún por "Mi perra Tulip", qué libro más hermoso, qué hermoso es vivir leyendo esta clase de libros. Escribiré la reseña en los próximos días, espero. Entretanto disfruto de la afinidad de ver en los ojos de otro mi propia mirada con respecto a los animales. Al igual que me ocurre cuando paseo con Betty y alguien se nos cruza y, simplemente, se le escapa la risa. Algunos/as se detienen y le hacen una carantoña, pero hay algo especialmente bonito en esa sonrisa espontánea y silenciosa que suele provocar la gesticulación de mi pequeña Dorrit cuando se queda mirando. También me encanta la expresión que más de una vez han soltado al verla: "ay, qué perrín". El perrín, por cierto, está en contra de la escritura, de los ordenadores, de la lectura y de cualquier actividad intelectual, sobre todo porque esa clase de cosas no la incluyen: no se come, ni se juega, ni se mima ni se dormita en pareja. Así que procura pasearse alrededor y lanzar alguna patilla, como un gato, contra la pantalla o el teclado, a ver si captamos la indirecta. A veces incluso pisotea y escribe. Quién sabe, a lo mejor añade un toque personal a mis novelas o la tesis de Nuria.

(Ahora se ha dormido a nuestro lado y de repente se ha puesto a soñar. Le pasa a veces, se agita... pero ¿con qué sueñan los pinscher miniatura, alguien los persigue, se acaba el pienso o el poso del yogur?)



'Los chicos están bien' o 'cuál es el hombre y cuál la mujer'.


El hecho de que se una película espantosa, con un guión de esos que tratan al espectador/a como gilipollas, no es lo más grave. Se trata de un otro caso en que el buenrollismo y el mensaje aparentemente abierto y tolerante esconde -sin demasiado disimulo, eso sí- una visión del mundo brutal. Dos lesbianas reproducen el sistema matrimonial perfectamente tradicional, una es el varón sustentador, la otra, el ama de casa sensual y con confusos proyectos laborales. Los niños están bien, pero ay... echan de menos la figura del padre, claro. Y entonces aparece un personaje que encarna todos los rasgos ancestrales de aquello que se ha dado en llamar "género masculino": irresponsabilidad, colegueo, vacío cerebral, motos, tías -folla mucho, a todas atrae, ignoramos por qué, visto el prenda-, y libertad, mucha libertad. El típico síndrome de Peter Pan que tanto gusta a los guionistas de comedia treintañera. Bueno, pues semejante individuo arrasa: los niños lo adoran, introduce una agradable frescura en las rígidas convenciones educativas de la (mala) lesbiana sustentadora, se cepilla a la otra con un desparpajo insultante (las escenas de sexo entre el personaje de Julianne Moore y él son elocuentes: lo que le hacía falta a ella era una buena p****, como una novela bodrio de Philip Roth... es que no quiero llenar el blog de groserías, pero hay pelis que me ponen malo), se gana el afecto de todas y todos con algún misterioso talento que se nos oculta... En definitiva: la pareja de lesbianas no funciona. Pese a que al final se lo quiten de encima y lloren todos como una familia, la película nos ha dejado claro que no funciona. Es tal el papel necesario del hombre que incluso las dos protagonistas disfrutan del porno gay, y lo justifican en una especie de añoranza del pene, nada menos. Al final el mensaje no sólo es profundamente reaccionario (¿y ese despido del jardinero?), sino que indigna al tratar de pasar por todo lo contrario. Si algo sostiene a la película son las interpretaciones: fantástica Anette Bening, estupendo Mark Ruffalo, convincentes los hijos... y bastante perdida Julianne Moore, a la que disfrazan de "bollera de libro" -las camisetas, las botas, el gesto machorro- y que nos ofrece toda clase de histrionismos para componer un personaje que seguramente no se cree, porque nadie puede. Una muestra más de la incapacidad de la cultura mainstream para tratar el tema lésbico: o un regalo artificioso para la mirada masculina ('Habitación en Roma' y similares) o una pretendida 'normalidad' que delata la escasa convicción con que se maneja. Mucho camino por recorrer para alcanzar tan sólo a la visión social de la homosexualidad masculina. Seguimos hablando de desiguadad, incluso en esto.


Delafé y las Flores Azules.


He descubierto tarde el disco, de rebote de Juliane Heinemann, que les hace coros. Pero me encantan, contagian entusiasmo. Cuántas veces uno ríe por no llorar. Pero que importante es reír.

lunes, 21 de febrero de 2011

21 de febrero (diario de la bestia): de vuelta a lo mío, Murakami y la técnica de la escritura, género y canapés, Eastwood el sentimental.

De vuelta a lo mío.

Cuando el año pasado concluí mi segunda novela terminé exhausto, con ese cansancio paradójico que no permite reposo, pues procede de una actividad ‘clandestina’, tan carente de reglas como de excepciones. Había que seguir con el trabajo alimenticio y diversos asuntos cotidianos, pero al menos tenía la certeza de que durante al menos un año no volvería a la ficción. Uno debe escribir otras cosas no literarias para ganarse la vida, y uno escribe un blog para que la vida ganada sea más bonita. La narrativa es otra cosa, requiere de una especie de impulso interior capaz de administrar un esfuerzo casi irracional, de tan largo y sin más recompensa que el mero hecho de hacerlo. El caso es que acabé vacío, y convencido de que sería así durante mucho tiempo.

Han pasado cuatro meses. Y las ideas se remueven insidiosas como ese caldo amenazante que borbotea en una olla cuando la hemos colmado demasiado. Me piden –mejor, me exigen- salir ya, pero debo contenerlas un tiempo, necesitan de mucho condimento antes siquiera de empezar a trabajarlas. Y parte de ese condimento consiste en “soltar la mano” con proyectos ya fijados en la cabeza, y aún pendientes. Terminar “Apuntes para una biografía del profesor Faure”, y el libro de relatos. Luego seguiré el rumbo de esas ideas nuevas, que llevarán por título “Un mundo bajo el hielo”, me ocuparán los próximos años y seguramente serán lo más extenso que haya escrito, tal como lo preveo, habida cuenta que ‘Los nuevos’ tenía unas quinientas páginas y “Una cuestión de prueba’ alrededor de setecientas.

Permítaseme para referirme a esta última tomar como ejemplo a uno de mis artistas predilectos, simplemente a modo de símil operativo, y salvando las infinitas distancias que hay que salvar. Pues si hablamos de la trayectoria de Morrissey, “Una cuestión de prueba” sería mi “You are the quarry”, lo más directo, entretenido y argumental que he hecho. Ahora el cuerpo me pide un cambio, menos peso de la trama y más de la perspectiva, las palabras y los personajes. Por eso necesito tomar apuntes, dejarlo macerar, que encuentre el punto en que ya no quede otro remedio que trabajar en ello, a riesgo de que se pierda.

Vamos, que uno de estos días vuelvo a madrugar. Seguro que Betty me echa una mano.


Murakami y la técnica de la escritura.


Palabras de Murakami en la entrevista que le realiza Ray Loriga para Marie Claire:

"La primera novela que escribí me resultó más fácil de lo que hubiera imaginado, pero era consciente de que esa facilidad se ajustaba a mis limitaciones por aquel entonces y que cada empresa requería ir empujando esa barrera invisible. Ir traspasando con esfuerzo esos límites. Como un instrumentista de jazz, siento que cada vez soy más libre al haber perfeccionado una técnica más sólida, y con ella cierta confianza. Esto no me ha sucedido de un día para otro, sino mediante un proceso lento en el que en principio es difícil reconocer los avances pero que a la postre da como resultado una flexibilidad mayor para escribir libremente"


Los devoradores de canapés


En un mismo día el diario El País nos habla de las discriminaciones de género en el mundo del arte y en el de la literatura. Se supone que el sector cultural debería ser "territorio amigo", pero cada día existen más asociaciones o investigadoras que a título individual ponen de manifiesto esta situación. Si no empezamos a corregir el estado de cosas en tales ámbitos uno en pregunta cómo podremos llegar a los puestos decisorios en el terreno político o empresarial. El compadreo machorro en los medios culturales es algo que va más allá del número de hombres y mujeres que reseñan o son reseñados/as. Se trata de las viejas fratrías que ocupan todos los lados de la mesa, extienden los codos y reparten los canapés. Una situación de simple mal gusto, seamos hombres o mujeres los que la contemplemos. En realidad, a estas alturas, no es ya cuestión de abrir hueco, sino de empujar y que se estampen contra las bandejas, a ver si se atragantan de una vez.


Eastwood lo vuelve a hacer (fatal).


No merece ni una reseña. "Más allá de la vida" nos sitúa de nuevo ante uno de los grandes misterios de la cinematografía contemporánea: de dónde demonios sale el prestigio de este buen hombre. Una historia disparatada, con casualidades de esas "pa que todo encaje" que causan sonrojo, sensiblería mainstream y escenas inverosímiles de pura dejadez narrativa (ese asalto al niño... ¿¿por un móvil??), efectismos a cascoporro (hala, el tsunami, el 11M de Londres... y no le ha dado tiempo a meter la revolución egipcia, que si no algún dramilla habría encontrado entre la multitud). Cine que apela a las emociones con las mismas estrategias de la novela rosa, pero me temo que con menos cuidado en el esqueleto argumental. Algún día lo entenderé, supongo.

‘El fondo Coxon’, de Henry James. El maestro se divierte.

Gracias a la editorial ‘Atico de los libros’ los numerarios de la secta jamesiana hemos podido acceder a uno de sus libros más insólitos. Esta novela corta nos muestra a un maestro que también sabe divertirse, aun con la pudorosa distancia que marca el muro de palabras y pensamiento habitual en su prosa. El arte de la elusión no sólo era, en él, una cuestión de educación o carácter, sino una refinada técnica compositiva que le permitía abordar los temas desde posiciones esquinadas para abrir brecha en el muro de los comportamientos sociales y adentrarse a través de ella hasta alcanzar las mayores profundidades. El camino es arduo, y a menudo pide mucho del lector, pero a la vez irresistible. El decir laberíntico de James tiene algo de esa música que necesitamos escuchar varias veces, y que nos atrapa con la fuerza de lo que nunca se acaba, o de esas películas cuyas escenas repasamos, discutimos e interpretamos con la vehemencia de los juegos infantiles. La exigencia intelectual de Henry James lo convierte, paradójicamente, en objeto de obsesión fanatizada, como nos ocurría de niños con nuestros pasatiempos predilectos. Cuando abrimos uno de tantos libros inéditos que siguen apareciendo en nuestro panorama editorial deseamos encontrarnos con esa tentadora dificultad que lo hace único, la belleza que debe ganarse, el tesoro que requiere vencer un jeroglífico complicado sólo en la justa medida para hacer más valiosa la recompensa.

‘El fondo Coxon’ es un buen muestrario de sus maneras de hacer, el narrador denso y esquivo, como queriendo contarlo todo, pero sin que se note su intención, avanzando un paso para retroceder dos, y siempre en círculos calculadamente concéntricos. Al igual que en otras ocasiones se atreve con cuestiones de una audacia insospechada para la época, en esta novela parece querer entretenerse y entretenernos, simplemente, aunque en sus manos tal motivación se queda corta. Acostumbrados a sus personajes inteligentes pero ingenuos, en contraste con otros taimados y perversos, nos sorprende que la historia gire en torno a un vividor sin excesiva doblez, un fraude de brillo fascinante y efecto momentáneo. Al parecer –el del narrador y alguno de los personajes con los que conversa- se trata de un orador notable, una suerte de diletante del pensamiento que fascina a la buena sociedad a través de su conversación. El problema es que un puñado de afectos, y su esposa, aspiran a logros más altos y consistentes para sus talentos, y es entonces cuando el personaje se escabulle y alumbra unas debilidades quizá demasiado evidentes para que esa cohorte de admiradores las reconozcan y rectifiquen. Sólo eso explica su candidatura al “Fondo Coxon” que patrocina a las grandes figuras de la creación intelectual de la época, y que el narrador nos explique todo el proceso de forma tan irónica como exenta de culpas. James reflexiona sobre la facilidad con que se construyen los prestigios ajenos, y el impulso irracional que los sostiene por miedo a perder el propio. Por en medio, cómo no, hay una pequeña intriga amorosa, algún cruce de cartas y conversaciones clandestinas –maravillosamente elípticas, según es costumbre en la casa-, y un final que nos hace imaginar al maestro sonriendo al escribir o dictar la última frase. Y que provoca asimismo nuestra sonrisa al descubrir en esta obra a un decoroso gamberro.

En definitiva, otro título perfecto de la trayectoria literaria más intachable que pueda imaginarse. Un regalo para los lectores de todos los tiempos.

“Black Swan”, de Darren Aronofsky. “Bright Star”, de Jane Campion. Las caras de la belleza.

Ambas películas son un admirable ejercicio de forma. El cine como arte, es decir, como estilo al servicio de una historia. Estilos que no giran sobre sí mismos como en uno de esos fouetté que vemos en la primera de ellas, sino que apelan mediante las imágenes a nuestra sensibilidad e inteligencia. Una, en clave metafórica, y la otra como una traslación cinematográfica de los temas y formas del romanticismo.

“Black Swan” es una película incómoda, de una aspereza palpable desde los primeros fotogramas y beneficiada por una cámara opresiva que persigue más que filma a la protagonista. Nos habla de la locura a la que puede conducir la búsqueda de la perfección artística. Pero no sólo de eso, sino de cómo esa perfección suele venir definida por una pura, arbitraria y transparente subjetividad. Se trata de un tema interesante, la medida en que determinadas pedagogías de lo perfecto esconden verdaderos sadismos cotidianos de mentes muy poco sanas, que acaban propagando su enfermedad a quienes tiene la desdicha de ejercer de sus discípulos/as, donde muta en algo aún más tortuoso.

El mundo del ballet que nos presenta no es el que podemos ver bajo los focos, con su delicadeza, sus brillos y gasas blancas, sino una trastienda sucia como las suelas de esas puntas gastadas que se muestran en planos muy cortos, o las uñas rotas, las articulaciones doloridas, las miradas de odio entre compañeras y las sempiternas opresiones de género (¿alguna corrección técnica hacia ellos? ¿Alguna alusión, en su caso, al paso del tiempo? Claro que no, deben de ser perfectos…). La historia es lo de menos, en realidad suena a conocido, pero el tratamiento formal que realiza el director la convierte en algo diferente: el juego de simbolismos (la herida, ese cuerpo supurando sangre, las alas oscuras del tatuaje de la competidora) o los momentos de percepción trastornada que sólo en algunas ocasiones caen en el efectismo (por ejemplo, la escena de la ‘aparición’ en la bañera), pero que normalmente resultan logrados (las irrupciones de la antagonista con una sonrisa o una puerta abierta en los momentos más inoportunos), componen una obra importante que analiza el dolor, la asfixia de la responsabilidad, la soledad y los traumas asociados a ella –la sexualidad reprimida, la violencia como ruptura-. Pero nada funcionaría si no viniese respaldado por un reparto brillante enfrentado a una de esas oportunidades que engrandecen su oficio. Natalie Portman introduce a los espectadores en su sufrimiento con un trabajo memorable, Vincent Cassel aporta matices de una misma locura, pero más contenida, a su papel de villano, Barbara Hershey desarrolla de manera eficaz esa forma de violencia, la familiar, que tan frecuentemente complementa a las otras; por último, Winona Ryder, en pequeñas y oscuras apariciones, desempeña un rol menos agradecido y puramente simbólico: el de siniestro augurio del futuro de la protagonista.

Pese a tratar cuestiones de profundidad narrativa, la historia discurre entretenida como un cuento gótico, con escenas inolvidables por su fuerza –la conversión en cisne negro en el escenario- o perturbadoras en su crueldad –el sexo interrumpido, ya a solas o con el preceptor, las heridas en los dedos-, y una tensión permanente que convierte el visionado en una experiencia simultánea de disfrute y conocimiento. Gran película.


“Bright Star” tiene otros propósitos, pero los persigue con la misma sutileza que la anterior. El cine esteticista de la Campion alcanza casi el paroxismo en esta historia dulce y triste sobre el amor malogrado entre el poeta John Keats y la que de alguna manera fue su musa, Fanny Brawne. En su día ya realizó la mejor adaptación de Henry James al cine con aquel “Retrato de una dama” en la que demostró entender el texto literario de base y supo llevarlo a su territorio sin desdén pero tampoco excesivas ataduras. Al igual que en aquella ocasión, en Bright Star encontramos también a un personaje femenino de índole jamesiana, que trata de dirigir su destino por encima de las convenciones y los buenos consejos envenenados. Claro que lo que en “Retrato…” era sobriedad y en ocasiones dureza, aquí se vuelve, sencillamente, poesía. La hay en las escenas campestres, y en la delicadeza de las interiores: el “buenas noches” escrito en un pequeño papel doblado, la habitación llena de mariposas, la encantadora hermana pequeña de la protagonista, testigo ingenuo de una historia de amor más grande que la vida… La cámara registra todo desde una distancia plácida, con voluntario ensimismamiento en cada oportunidad que tiene de mostrarnos algo hermoso. Y así, el argumento pierde realidad (tampoco la necesita) para convertirse en un poema romántico, de resultado trágico y mensaje imperecedero: el amor y el arte son lo único que dignifica la vida, más allá del hambre, del frío, de las penurias y la muerte. ¿Es que alguien lo duda?

Jay-Jay Johanson en Alicante, 18 de febrero de 2011.

Se ve tímido Jay-Jay, al menos si lo comparamos con alguna otra ocasión en que tuvimos la fortuna de asistir a sus conciertos. Sus discos se han ido volviendo cada vez más en objeto de culto, modesto pero universal, lo que le permite acceder a una gran audiencia fragmentada en pequeños cientos de personas a lo largo del mundo. Eso le permite continuar con una carrera impecable, a la que el tiempo acabará haciendo justicia, pues pocos compositores del pop contemporáneo tienen esa facilidad para lo memorable, pero al mismo tiempo imagino que conllevará una cierta inseguridad acerca de la respuesta del público en cada lugar que deba visitar. Es de suponer que en algunas ciudades grandes los seguidores/as abundarán, y practicarán una cierta idolatría, incluso, hacia quien de veras la merece, pero también habrá otras plazas menos familiarizadas con sus canciones. Así es que de principio aparece distanciado, y algo nervioso, soltando tema tras tema sin apenas comentarios, bebiendo compulsivamente tragos muy cortos de un par de botellas –una de agua, otra de algo indefinible-. Poco a poco, tras la respuesta de la audiencia, se va soltando, sonríe, saluda, y hasta se emociona.

Y es que cuenta con uno de los repertorios más impecables del pop contemporáneo, lleno de temas perfectos, melodías hermosas, arreglos electrónicos crispados, y una sensibilidad privilegiada para tratar sobre el amor y sus aledaños. Definirlo ya como crooner moderno se queda escaso, pues ya ha ido tocando muy diferentes estilos, desde el dance a la música disco ochentera, desde el jazz a los standards que se siguen cantando cincuenta años más tarde. A buen seguro que muchas de las suyas alcanzarán ese status.

Presentaba en teoría nuevo disco, Spellbound, cuya publicación esperamos con ansia, pero apenas tocó dos o tres temas, que nos permiten augurar una continuidad con pequeños matices, la profundización en un estilo ya afianzado. El primer single, “Dilemma”, que podemos escuchar en su Myspace, suena estupendo.

La mayoría del set list pertenecía sin embargo a sus títulos precedentes, y no sólo recurrió a las elecciones más obvias (incluso un ‘On the radio’ casi irreconocible), sino que se permitió recordar composiciones tan emocionantes y menos comerciales como ‘Far Away’, ‘Alone Again’ o ‘My Mother’s Grave’. Los fans siempre echamos de menos alguna (‘Rocks in Pockets’, en mi caso), pero apenas nos deja respiro para recordarlas, prendidos de la belleza de sus melodías, la voz perfecta, el clima melancólico y la fuerza de los arreglos. Acompañado por un pianista, sonidos pregrabados y proyecciones de los Screen Tests de Andy Warhol, salimos del concierto felices, emocionados y agradecidos. Es uno de los grandes, y tuvimos la suerte de verlo.


(Os dejo con la misma que cerró el concierto, su clásico 'Believe in us'):


“Dowton Abbey” y “Grey Gardens”. Esplendor y miserias.

“Dowton Abbey” es una serie de televisión inglesa cuya primera temporada, al parecer, va a emitir Antena 3 en los próximos tiempos, aunque se trata de uno de esos casos en que resulta mucho más aconsejable verla en VOSE. A veces el doblaje al español es tremebundo, y no tanto por que no existan excelente profesionales, que seguramente sobran, cuanto por el innecesario, absurdo énfasis con que se adornan los diálogos, en la sospecha de que el espectador/a no será capaz de entenderlos por sí mismo.

La historia es deudora de “Arriba y abajo”, señores y criados que conviven en una venerable mansión donde se desarrollan multitud de tramas que recorren todos aspectos de la condición humana. Supera a aquélla precisamente por el desparpajo con que se exponen los asuntos haciendo compatibles las buenas maneras y las intrigas de, en ocasiones, sórdidos matices. A fin de cuentas su guionista, Julian Fellowes, es el autor asimismo de la grandiosa "Gosford Park", de Robert Altman.

Como suele pasar en esta clase de producciones inglesas, su afán por la perfección apenas deja resquicios para los reproches. Tanto las actrices y actores como el rodaje resultan impolutos. Si acaso el guión se despiporra un tanto al final y bordea el abismo del culebrón, aunque caballerosamente da un paso atrás en el último episodio. Los personajes, arquetipos de la gran narrativa anglosajona, son un alarde de humanidad en su contención. Y sin demasiados aspavientos nos pasean por las pasiones amorosas, la lucha de clases, la ausencia de condición ciudadana de la mujer, los primeros impulsos sufragistas, las traiciones y chantajes domésticos, y la invencible dignidad de los caballeros y damas inteligentes, sensibles y educados, es decir, esa especie trágicamente desaparecida, y que en la serie encarna el criado John Bates, uno de los personajes más inolvidables que haya dado una serie de ficción en los últimos tiempos (con permiso de Peggy Olson, de Mad Men… Draper está sobrevalorado). Tan sólo tiene un defecto: que se acaba. Al parecer están rodando la segunda temporada, y el día del estreno todas las televisiones deberían suspender cualquier clase de programación pasar ‘Dowton Abbey’, incluso el fútbol. Uy, lo que he dicho…



“Grey Gardens” es una película para televisión que relata una de las historias personales más fascinantes de la historia reciente de Estados Unidos. Porque hablamos de nuevo de dignidad, aun rayana en la locura y rodeada de cochambre. Y la reciente historia de Estados Unidos es más bien ejemplo de indignidades que otra cosa.

Edith Ewing Bouvier Beale y Edith Bouvier Beale, madre e hija, eran familiares de Jacqueline Kennedy Onassis. Durante su juventud llevaban una vida de lujo y un pequeño esplendor doméstico desarrollado en fiestas donde daban rienda suelta a sus aspiraciones artísticas de actrices, cantantes, bailarinas o lo que se preciase. Brillantes, frívolas y divertidas, escogieron un camino en el que no cabían la lógica o la prudencia, y que era en sí una invitación a recorrerlo junto a ellas. El marido, y padre, no estaba muy de acuerdo con ello (abogado tenía que ser) y decidió que se acababa la fiesta, y se cortaba el grifo. Tras el divorcio tan sólo se quedaron con su casa, Grey Gardens (que quizá no fuese estrictamente una mansión, pero que sin duda merece ese calificativo), en un lustroso vecindario de East Hampton, Nueva York. Un lugar hermoso donde había sonado la risa y la música, los pasos de baile y el descorche del champán. Y un lugar que precisaba de ingresos para ser mantenido.

Ese talento artistoide del que hemos hablado no daba, sin embargo, para ganar dinero, y tampoco ellas tuvieron la voluntad de desarrollarlo, principalmente porque el final de su pequeño mundo lo fue también del único posible. Visto en la distancia, resulta evidente que la suya no es tanto una historia de locura cuanto de resistencia: se aferraron a su casa, permanecieron en ella durante el resto de sus vidas, gradualmente empobrecidas hasta la ruina definitiva. Como niñas malcriadas en el placer sin responsabilidades, de repente se les pidió volverse adultas y ocuparse de las cuestiones serias. Su respuesta fue seguir, si no viviendo, al menos soñando.

Alrededor de los años setenta se encontraban viviendo en la más completa miseria, rodeadas de basura, ratas y cucarachas, y aun así, completamente divinas. A raíz de unos artículos de prensa, los cineastas Albert y David Maysles se presentan en la casa y les proponen rodar un documental que ha pasado a la historia. En él se muestran como reflejos de aquel esplendor pasado y rememoran su vida para la cámara con una soltura rayana en el ridículo. Se visten lo mejor que pueden para cada jornada de rodaje y hablan y hablan, sobretodo la hija, discuten, deliran, bailan y se ríen. Divertido y espeluznante a un tiempo, la singularidad de este trabajo anticipa el gran cine documental contemporáneo y, por qué no, los reality shows de moda. La exposición de las vidas de estas mujeres, sin embargo, tiene la autenticidad de una suerte de reparación poética. Eran verdaderas estrellas, y aún las reconocemos como tales, espléndidas emergiendo de la inmundicia.



El documental provocaría la visita de una Jackie Onassis acuciada por los medios, que costearía las reparaciones de la casa y les permitiría concluir su vida de una manera acorde con su dignidad de mitos modernos. La madre murió allí, y la hija aún tuvo tiempo de pasearse como una modesta celebrity.

De todo ello ha dado cuenta recientemente la película “Grey Gardens”, protagonizada por Jessica Lange y Drew Barrimore. Esta última realiza seguramente el papel de su carrera, como la “pequeña Eddie”, risueña y alocada. Aun con una narrativa simple, a modo de telefilm, es tal la fuerza del argumento que no sólo resulta apasionante, sino que provoca en el espectador la inmediata necesidad de saber más de esta historia. Afortunadamente en Youtube podemos encontrar algunos vídeos del documental original, donde ambas aparecen en persona. Ver la película y contrastarla luego con esas imágenes reales produce escalofríos y un inevitable sentimiento de compasión por quienes tuvieron el valor suficiente para se consecuentes con una idea bien conocida por todos y sin embargo poco admitida: que la vida no es más que un juego del que ignoramos las reglas, pero que permite ser disfrutado hasta el último momento, sin nos empeñamos en ello.

Las Bouvier disfrutan ahora de una modesta mitología artística, e incluso existen colecciones de alta costura inspiradas en aquella ropa estrafalaria con que se presentaban cada día de rodaje del documental. Imagino que les gustaría verse así, y que les resultaría más aburrido contemplarse como también cabe considerarlas: un ejemplo cabal de dignidad en la defensa de su manera luminosa, vivaz y superficial de participar en el juego.

Este vídeo pertenece al documental de 1975:


Y una curiosidad, el maravilloso tema "Grey Gardens" de Rufus Wainwright, que incluye al principio un sample del documental en el que la pequeña Edie dice algo que ha pasado ya la historia: "So... it's difficult to keep the line between the past and the present. You know what I mean?" (aunque al ser una toma en directo no aparece el sample, recomiendo a quien le interese buscarla en Spotify):



viernes, 18 de febrero de 2011

“Compañeras de viaje”, de Soledad Puértolas. Apuntes de lo visible y lo oculto.

El ingreso reciente de esta autora en la Real Academia de la lengua no debe despistarnos: su trayectoria ha venido acompañada por esa “mano invisible” que subraya la carrera de algunos autores y los eleva al podio, mientras que en otros casos, como el suyo, se hace necesario un cierto esfuerzo de los lectores y lectoras por no perderla de vista. Ha recibido premios, sí, y ha tenido presencia en los medios, sin embargo en el “who is who” que con el paso del tiempo van construyendo los prescriptores culturales no cabe duda de que nunca ha ocupado el lugar que merecía. En los inventarios de la novela contemporánea siempre figuran los mismos nombres masculinos, y es que este tipo de cosas son las que ponen de manifiesto hasta qué punto las convenciones de género persisten marcando el camino. Hace poco un excelente artículo de Lola López Mondéjar sacaba las vergüenzas a un especial de Babelia en el que se hacía repaso a los últimos veinte años de cultura española, con motivo del aniversario del suplemento. La invisibilidad femenina era patente no sólo en los creadores seleccionados, sino en quienes los seleccionaban y definían el criterio del periódico. Así estamos. Afortunadamente Anagrama, su editorial, ha iniciado la revisión de su obra en la colección “Otra vuelta de tuerca”, en la que se trata de ofrecer al público lector textos relevantes que no ha obtenido todo el eco que merecían, una suerte de apuesta por “nuevos clásicos” entre los que está justamente incluida Soledad Puértolas.

Al mismo tiempo aparece este “Compañeras de viaje”, último libro de relatos de la autora. La narrativa de corta extensión define seguramente su estilo singular mucho mejor que las novelas, algo que ya aparecía en “Adiós a las novias” y que de alguna manera consolida. Sus cuentos eluden lo estrictamente ‘narrativo’ para convertirse en apuntes impresionistas de caracteres y situaciones, escenas que nos introducen en la vida privada de los personajes durante un tiempo y nos invitan a salir de ella sin un artificio argumental a la manera de “final”. La estirpe chejoviana de su escritura se ve enriquecida por un psicologismo detallista y sutil. La voz del narrador/a en Puértolas presenta una engañosa languidez que en realidad concede espacio para que tratemos de leer entre líneas, de ver más allá de las anécdotas y los paisajes, como en una de esas reflexiones que hacemos en voz alta, ente la contemplación del mundo, y que terminan diciendo demasiadas cosas de nosotros.


Los relatos de este volumen se encuentran unidos por el motivo común del viaje, pero las compañeras a que alude el título no tienen nada que ver con un elogio de la amistad. Las protagonistas de Puértolas suelen estar solas o, peor aún, mal acompañadas. El recuento que su memoria hace de esos trayectos vitales en que descubrieron cosas de sí mismas o los que las rodeaban es también un escrutinio de egoísmos y mezquindades. Y aquí se encuentra uno de los mayores logros de la autora: sus historias, casi esbozos o fotografías, resultan inocuas en apariencia, y sin embargo contienen demasiada verdad. Una verdad que se nos invita a descubrir por nosotros mismos, como en la mejor literatura.

‘Aren’t you glad to be here?’, de Juliane Heinemann. Ángeles al rescate.

Esto de las descargas, las leyes y las redes tenemos que resolverlo de alguna manera que no pase por el enfrentamiento con los artistas, gente que nos hace la vida más bonita, agradable, divertida, interesante; así de simple y de importante. Quizá lo único verdaderamente importante.

Estos días, escuchando un podcast de ‘Disco Grande’, descubrí a esta compositora e intérprete casi inédita, y tras varios paseos por sus temas en Spotify me decidí a adquirir el disco en Itunes, aunque también está disponible en su página web, con un precio mínimo (cinco euros) y el resto, a la buena voluntad del comprador/a. Merece mucho más, y a buen seguro que lo acabará consiguiendo.

Este primer álbum de pop jazzy, pausado y sensible, remite a las norahjones que como una epidemia han ido ocupando los hilos musicales de los centros comerciales, para tenernos bien relajaditos mientras tiramos de tarjeta. Sin embargo, como suele ocurrir, nuestros prejuicios se van cayendo con las escuchas. ¿Hay algo que la haga diferente? Tal vez el tono de voz, más limpio, menos espeso y jazzístico que la otras cantantes del ramo, lo que de por sí augura un futuro versátil e interesante. Pero, sobre todo, su capacidad como compositora, su habilidad para manejar los recursos musicales a favor de una buena melodía, sin alardes ni efectismos. Se notan sus estudios en la Universidad de Arte de Berlín, donde trabajó los standards.

Juliane Heinemann suena emocionante, dulce e intensa. El remedio perfecto para cruzar la línea de las vulgaridades cotidianas y pasar “al otro lado”, allí donde nos esperan las y los artistas como agricultores que ofrecen sus mejores frutos en delicados cestos. He tirado de ella en las últimas semanas para tratar de abstraerme de lo exterior y concentrarme en determinadas tareas. Lo exterior llegaba a ser, de veras, insoportable. Pero logré escaparme con unos simples auriculares y este disco memorable como en esos sueños donde te rescatan los ángeles. La literatura, la música, el cine, la pintura… Perder esos puntos de referencia es colocarse, desnudo, en la intemperie.

Os dejo el “Do you see me” que acaba de salir como single de vinilo.


Aunque mi favorita es “Rain become snow”, que no he encontrado en Youtube, así que me remito a Spotify.

Juliane Heinemann – Rain Becomes Snow

Tomaos este antídoto, niñas y niños, contra la fealdad de la vida.

martes, 1 de febrero de 2011

1 de febrero (diario de la bestia): un libro-tesoro.

Ando esta temporada un tanto noqueado por los requerimientos de la vida diaria, lo que tiene inmediato reflejo en las idas y venidas a la estantería para escoger algo que leer. Son muchas las posibilidades y todas buenas, pero por esa transitoria fragilidad que devora las fuerzas y las ilusiones, no acababa de decidirme estos días.

Así que me he dicho: "es el momento", y he recurrido al arcón de los tesoros, donde guardo desde hace meses un libro como quien conserva una botella de cognac añejo en un hermoso cofre de madera.

Se trata de la novela de A. S. Byatt "El libro de los niños", publicada por Lumen el año pasado. El día que la compré, tras hojear unas cuantas reseñas, y conociendo a la autora, lo hice a sabiendas de que se trataría de una de las lecturas más placenteras y seguramente importantes de mi vida. Así que, como los coleccionistas de bebidas lustrosas, la guardé en espera de la ocasión adecuada. Son novecientas páginas, de modo que mi propósito residía en unas vacaciones, un accidente de esos de tebeo que te tiene con la pierna escayolada y mucho tiempo libre, o quizá a la jubilación, que con las últimas reformas nos pillará a los ciento tres años -la mitad de nuestro cuerpo hecho de implantes mecánicos de microsoft, con un botón en mitad de la espalda para reiniciarnos...-. Pero no, éste es el momento, como podía ser cualquier otro, porque para la felicidad no se necesitan demasiadas excusas. Mirad el argumento:

'El libro de los niños' transcurre durante el lento y destellante crepúsculo victoriano, esa apasionante época que va desde el final del siglo XIX hasta la primera guerra mundial. La protagonista de la novela es Olive Wellwood, una famosa escritora de libros infantiles. Ella y su numerosa familia viven en una casa de campo formando una especie de sociedad dedicada al culto del arte, la literatura, la conversación y la política. Cuando el hijo mayor de Olive sorprende a otro niño, de origen humilde, en una sala del Museo Victoria and Albert de Londres, dibujando un famoso candelabro, la vida de esas familias empezará a cambiar. El niño será adoptado por los Wellwood e ingresará así en un mundo deslumbrante, lleno de inquietantes misterios y fulgurantes deslumbramientos. Novela sobre la relación entre niños y adultos, homenaje a la grandeza de la imaginación y elegía por el final de una era y de una generación que murió en las trincheras de la primera guerra mundial, 'El libro de los niños' es una sinfonía narrativa de inagotable lectura, un libro llamado a figurar entre los grandes clásicos de nuestro tiempo.

La prosa de A.S. Byatt es siempre un regalo, y con un planteamiento de obra total, ambiciosa y al mismo tiempo delicada y entretenida, promete muchas horas de disfrute, que iré alternando con mi propósito de hacer un repaso a través del blog de buena parte de la bibliografía sobre Gestión Cultural publicada en nuestro país. En fin, invito a cualquier lector/a que se encuentre ahora en este estado de indecisión a que se sume al proyecto, si es que os gusta la narrativa intimista de aroma victoriano.

El primer deber de un caballero es rodear su vida y la de los suyos de cuanta belleza le sea posible encontrar, aunque sea por contraste con la profunda fealdad que nos rodea. Y a propósito de esto, qué maravilla pop el single de Christina Rosenvinge, con uno de esos vídeos elegantes y llenos de arte que ya casi no se hacen:

Y, ya que de felicidad hablamos, esta pequeña locura de Me and the bees, 'The bags':


P.D.: ciudadanas y ciudadanos que por aquí os acercáis, caéis o tropezáis: sed felices y rodeaos de belleza también.