lunes, 31 de enero de 2011

“El discurso del rey”, de Tom Hooper. “De dioses y hombres”, de Xavier Beauvois. El miedo y la risa (floja).


"El discurso del rey” nace con el propósito de ser vista por numeroso público. Correspondería, por utilizar una etiqueta, a lo que podríamos denominar “cine comercial de calidad”. Cuenta una historia emotiva, con intérpretes solventes, toques de humor, una producción lujosa y una dirección eficaz. Sorprendentemente, acaba llegando mucho más lejos del lugar al que había sido destinada.

La película nos habla del miedo a la responsabilidad que acarrea nuestro destino. Es por ello que consigue conectar con muchos espectadores independientemente de su contexto. No es necesario ser rey para temblar de pánico ante las ocasiones en que la vida nos ilumina con un foco no deseado y debemos hablar, y hacerlo bien. Se trata de un sentimiento universal que, no obstante, contiene diferentes matices. El director podría habérnoslo presentado como la mera historia de una tartamudez inapropiada y su dificultosa resolución, habría dado lugar a algunos episodios humorísticos y a un final emocionante, a medida que el problema se supera y la relación entre el afectado y el logopeda (llamémoslo así) se convierte en amistad. Sin embargo Hooper demuestra saber lo que se trae entre manos, y coloca la cámara en los lugares y momentos precisos para que podamos sentir el miedo al igual que lo hace el personaje, los espacios se agrandan, las caras expectantes nos impresionan, el clima histórico y la responsabilidad nos abruma. Colin Firth no se limita a trastabillar al iniciar sus discursos, sino que expresa con cada gesto el dolor del desamparo y la desesperación. El contrapunto de Geoffrey Rush nos habla de la capacidad para situarse en el lugar del otro, por mucha distancia que exista entre ambos, y comprenderlo. El punto de cocción dramático nunca se escapa, pero tampoco el humor llega a serlo, porque la historia nos hace sufrir demasiado y, aunque sabemos que acabará bien, es imposible obviar la incomodidad de reconocernos en ese temor a asumir el mando de la vida. La cámara se permite instantes de belleza y musicalidad, y cada escena es pernitente para hablarnos de la soledad del rey frente a su trauma, y de la displicencia del entorno –a salvo su mujer, esa Helena Boham Carter magistral como siempre en el manejo de la ironía-.

Pasarán los años, y esta película sencilla pero cercana a la perfección seguirá vigente, volveremos a verla en la televisión, se editará en DVD y se regalará algún día con los periódicos. Mucha gente disfrutará de ella, en una corriente quizá inacabable. Esto es el cine. Esto es un clásico.


“De dioses y de hombres” parte de otros presupuestos. Obra independiente, cine intelectual, mensaje potente de índole político-religiosa, gravedad en el tono y feísmo realista en la mirada del director, ausencia de sentido del humor... Y, sin embargo, no sólo se trata de la primera película que a lo largo de toda mi vida me ha hecho dormir en el cine, sino que me ha provocado estallidos de risa inaguantables en momentos de supuesta sublimación dramática y cinematográfica, además de algunas bromas irreverentes que no me atrevo a reproducir por respeto a la historia real, de verdadero calado, a la que esta producción infame brinda un miserable homenaje.

Algo bueno tenía que tener la edad. A los veinte años ves este título en la portada de Cahiers du Cinema y eso crea en ti tal estado de sugestión que cuando acudes al cine te esfuerzas, quizá inconscientemente, por destacar la nada y aplaudir las más elaboradas tomaduras de pelo. A los cuarenta uno ya ha visto y leído, no lo suficiente –nunca lo es-, pero sí lo adecuado para no comulgar con ruedas de molino como ésta, que es enorme (una aclaración: a los veinte años eso puede pasar igual que a los cuarenta; hablo de mi caso concreto, sin duda que ahora hay gente joven más cabal de lo que yo fui en esa época).

“De dioses y de hombres” quiere hablarnos del miedo, al igual que la anterior. El miedo de un grupo de sacerdotes católicos que trabaja en una comunidad musulmana y se ve amenazado por una facción terrorista. Deben, entonces, decidir si marcharse o permanecer en su sitio cumpliendo con la labor para la que allí se encuentran. Interesante argumento, sin duda. Pero el director ha querido hacer una de esas obras que ocupan la portada de la citada revista, así que nos aturde con planos inanes de la vida cotidiana de los sacerdotes, lentísimos y carentes no ya de cualquier atisbo de autoría artística, sino de la mínima lógica argumental -ninguna objeción a la morosidad y la mirada objetiva (ahí está, por ejemplo, "El gran silencio"), de la que poco parece haber aprendido-. Un ejercicio trasnochado de cinema verité muy seguro de sí mismo, esto es, de que el consumidor habitual del producto lo aceptara todo. Así van pasando los minutos entre conversaciones absurdas de tan inhumanas, de tan ajenas al conflicto como debería tratarse en una ficción, en efecto, realista. Tras escuchar infinitos cantos y pasear por infinitos huertos, la cosa concluye en una escena que pasará a la historia del sonrojo y la vergüenza ajena: una "última cena" en la que los saltos cansinos de la cámara por los rostros de los sacerdotes -que primero sonríen forzadamente y luego lloran como si los obligasen- nos hace difícil controlar la risa. Y uno sale del cine tras dos horas de sopor, de torpeza narrativa, de desprecio por el fondo de la historia, de pose autoral para mayor gloria del frikerío gafapasta, con una mezcla de indignación hacia los creadores del engendro y hacia uno mismo. Ya ha ocurrido demasiadas veces, y no aprendemos.

“Asterios Polyp”, de David Mazzucchelli. Teoría de la novela grafica.


Si “Rosalie Blum”, que he reseñado en un post anterior, nos contaba con habilidad y rigor una historia intimista, en lo que constituía un notable ejemplo del arte de narrar en la novela gráfica, “Asterios Polyp” va más allá y nos presenta un verdadero tratado sobre sus límites y posibilidades. Para un lector/a poco avezado, resulta deslumbrante. Y lo es, en primer lugar, porque el despliegue de alardes técnicos que nos ofrece no sólo no entorpece el argumento, sino que lo potencia de un modo característico de este arte, al que añade un valor añadido que le da consistencia y que lo define e independiza de sus parientes cercanos, la literatura, la pintura y el cine.

El autor nos presenta a un arquitecto que, en su madurez, sufre una especie de catarsis a raíz del incendio de su casa. El fuego aparece al principio y al final del libro en un sentido muy diferente: como tópica purificación en el desencadenamiento de la historia, y como alusión irónica en su conclusión, donde se nos dice que, a fin de cuentas, es el azar y no tanto la voluntad lo que guía nuestro destino. Hasta ese momento, el personaje protagonista recuerda, y lo hace con un sentido autocrítico al que la técnica de Mazzucchelli concede especial relevancia: es claro que los destacados de color, deconstrucción de las figuras, experimentación con la viñeta, etc., representan la propia conciencia de Asterios Polyp en su implacable enjuiciamiento de sí mismo. Un ejemplo memorable es esa conversación entre su pareja y él a propósito de algo que, en principio, constituye un logro artístico para ella –es escultora-: a medida que la charla avanza, en un puñado de viñetas, el autor desplaza un foco de luz desde la mujer al hombre, y es que la valoración crítica de él acaba por imponerse a la propia obra; una genial representación del ego, al igual que en otros dibujos se transparenta el interior de los personajes y nos contrapone la personalidad racional y la emotiva.

Se trata de un libro que pide relecturas, pausadas apreciaciones del uso de los colores y las formas, de los diálogos certeros y el trabajo con el tiempo. Una visión personal, manifestada en la ruptura de las convenciones, o en los numerosos juegos y simbolismos que –y esta es la clave- no constituyen un fin en sí mismos. “Asterios Polyp” no es una novela gráfica dirigida a los críticos, sino a todo aquel o aquella que se haya equivocado en sus decisiones, y que precise rastrear en su memoria el punto en que todo comenzó a torcerse, aunque sea ya complicado rectificar. Arte y vida ejemplarmente trabajados en un volumen convertido ya en clásico.


viernes, 28 de enero de 2011

“Rosalie Blum”, de Camille Jourdy.



Vivimos una edad de oro de la novela gráfica que, como todas, tiene mucho de artificioso. La industria editorial española demuestra a diario su extraordinaria capacidad de generar productos de interés cultural y aun meramente estético, ahí están Alba Clásica, Funambulista o Impedimenta para despertarnos la gula lectora ante la mera contemplación de sus libros en la mesa de novedades. De ahí que el cómic sea un campo especialmente propicio para la elaboración de volúmenes encantadores, a los que el mercado lector está respondiendo favorablemente. Lejos quedan los tiempos en que el cómic se fundamentaba en el coleccionismo de pequeño formato, aquellos números o revistas misceláneas que luego se encuadernaban por cuenta propia. Ahora, Sandman, de Neil Gaiman, puede encontrarse en diversas ediciones de tapa dura, a cual más conseguida. Nuria lo fue leyendo en su día entrega a entrega, qué tiempos…

Tan atrayente envoltorio esconde, con frecuencia, un preocupante vacío en su interior. Las historias de ombliguistas treintañeros en torno a sus problemas con las mujeres aparecen con demasiada frecuencia entre los más destacado del año. Basta hojearlos para que la música ajada de sus gracietas nos suene demasiado repetitiva y simple. De ahí que, como ocurre con el cine, cuando nos tropezamos con una obra brillante la experiencia lectora resulte inolvidable.

“Rosalie Blum” es el trabajo de una joven autora francesa, Camille Jourdy, que me recuerda a esas novelas de una Edith Warthon, Muriel Sparks o Nancy Mitford en el sentido de aparentar pocas pretensiones y obtener profundos hallazgos. Su mundo es, sin embargo, muy diferente a de estas escritoras que he citado, pero abunda en similitudes con ellas en el tratamiento delicado de la narración, la minuciosidad psicológica, el humor y la ternura con que caracteriza a sus personajes. Esta historia, presentada en tres tomos, supone además un admirable ejercicio de escritura, de manejo argumental y administración de los detalles significativos. Nos presenta el primer volumen a un joven peluquero que vive sometido por una madre victimista y manipuladora que lo mantiene de alguna manera encerrado en una jaula de cuidados y soledad. El encuentro casual con una mujer a la que cree conocer de algo lo lleva a obsesionarse con ella y comenzar a seguirla a todas partes. Las páginas se suceden entre ilustraciones amables, con un delicioso toque naif, donde los diálogos escuetos y el silencio van alternando para contraponer el mundo interior del protagonista, poblado también por divertidos sueños en que todos los horrores cotidianos se muestran sin disfraces, y el exterior, invariablemente hostil.

En el segundo tomo la autora cambia el punto de vista hacia el de la mujer “espiada”, Rosalie Blum, y todo su entorno. No se trata de una visión paralela a la anterior, sino coincidente sólo en algunos hechos. Es aquí donde hacen aparición los personajes secundarios, que suelen subrayar la grandeza de una buena obra narrativa. La sobrina de Rosalie y sus compañeros de piso avanzan ya lo que será uno de los temas centrales del libro: el cuestionamiento del concepto tradicional de “familia” en favor de aquel otro más abierto, donde son los verdaderos afectos quienes lo construyen, amigos/as y amores que voluntariamente escogidos frente a los chantajes de la sangre. Los personajes son sin duda el centro de la obra, aunque su evolución no está exenta de pequeños suspenses y enigmas, así como de guiños humorísticos en forma de motivos que se retoman varias veces –como es el caso de ese circo inverosímil que uno de los habitantes del piso planea poner en marcha-.

En el tercer tomo la autora opta por la omnisciencia y resuelve con buena mano todos los flecos pendientes. Ha sido tan hábil, incluso, que consigue que casi hayamos olvidado el más importante, al que reserva una suerte de epílogo que contiene una vuelta de tuerca argumental sorprendente y muy emotiva –trato de no desvelar nada, puesto que aconsejo a todo el mundo que la lea-.

Al final uno tiene la sensación de haberse paseado por las grandes cuestiones que nos incumben y afectan como seres sociales, desde el amor y la amistad a la opresión emocional, la capacidad de mantenernos dignos ante la fatalidad o las trampas familiares. Todo contado con sensibilidad, inteligencia y ternura. Vamos, una joya.

lunes, 17 de enero de 2011

17 de enero (diario de la bestia): la farsa de los privilegios.

Javier Marías, en El País Semanal, escribe uno de esos artículos de, recurriendo a la expresión castiza, verdades como puños. Llevamos varios años de campaña enloquecida contra los artistas. Se trata de buscar un pretexto argumentativo para las descargas de Internet, de forma que mientras en otros ámbitos del mercado no se discuten los márgenes de beneficios, monopolios, abusos, prácticas ilegales, publicidades engañosas, etc., a los creadores les han salido una especie de inspectores que denuncian las subvenciones, privilegios y no sé qué más historias. No nos cansaremos de decir que detrás de todo esto, cómo no, está la política. Todos somos internautas, todos empleamos la red para transmitir información y nadie desea ponerle puertas al campo. Pero no está de más que autores como Marías nos recuerden algunas evidencias: que los verdaderos privilegiados son los niños de papá que heredan un carguito, que entran en la administración con algún chanchullo, que tienen hecha la cartera de clientes o de contactos, etc., etc. Un artista es alguien que, normalmente en soledad, compone una obra que ofrece al público, sin ninguna seguridad, y jugándose a cada momento que su eventual fracaso lo condene ya para los restos, es decir, que sea expulsado del mercado sin más miramientos. Se trata de un buen ejemplo de innovación, inversión y riesgo. Quien no quiera entenderlo así es por eso, porque sencillamente no desea hacerlo. Vuelve a estar vigente aquello de "hubo una guerra en España que, como todas las guerras, la ganase quien ganase la perdieron los poetas".

“Brooklyn”, de Colm Tóibín. El camino de la artesanía.

En una entrevista reciente el autor irlandés Colm Tóibín citaba un escueto e irónico consejo del maestro Henry James sobre el arte de la novela: “¡dramatizar, dramatizar!”. Debemos entenderlo, no obstante, como una sugerencia para explorar con profundidad y rigor todas las posibilidades dramáticas que nos ofrece la vida, y no para arrojar los argumentos al sumidero de la sensiblería. James era un virtuoso de la exploración psicológica, y si algo seguirá haciendo vigente, y aun moderna, su novelística es esa capacidad para adentrarse en los conflictos íntimos a que en toda edad y todo tiempo debemos enfrentarnos, ya sean de índole laboral, familiar o amorosa, aunque frecuentemente cada decisión que tomamos involucre los tres aspectos. Un clásico, no obstante, se construye con algo más que eso, y sin duda que el poderoso estilo de James, su fraseo tan peculiar y la estructura teatral o monologal de sus novelas acabó por consolidar su importancia para la historia del arte literario.

Tóibín no alcanza quizá ese nivel de maestría, en primer lugar porque, como la mayoría de los autores –incluso los que el marketing editorial nos presenta como grandes innovadores- discurre por caminos ya explorados. El paso del tiempo, y la evolución de las artes, ha hecho que lo que se nos presenta como innovación suscite, cuando menos, nuestra sospecha (ahora se habla de libros interactivos que aprovecharán el formato ebook para introducir enlaces a vídeos, canciones, imágenes, susurros y tarareos. El tal Fernández Mallo -autor viejuno que repite lo que hizo John Dos Passos hace noventa años, pero vendiéndolo mejor-, por supuesto, será el primero que nos ofrezca la novela del futuro). Por otro lado, Tóibín carece asimismo de la prosa deslumbrante de su inspirador, pero no por ello deja de ser delicada y efectiva. El caso es que, con todo, demuestra ser un notable narrador en esta “Brooklyn” que nos devuelve el placer de una literatura artesanal, detallista y consciente de sus propósitos.

El autor quiere hablarnos de la dificultad de tomar decisiones, de encauzar el rumbo de la vida y sopesar sus caminos y alternativas. Para ello elude los grandes acontecimientos dramáticos y se centra en las trances cotidianos, de por sí suficientes. Ellis es una joven irlandesa que en los años cincuenta emigra a Estados Unidos. Su adaptación no está tratada en la novela desde un punto de vista tópico, sino con la precisión jamesiana, que convierte la zozobra psicológica ante lo que sucede en el centro de su interés. Ellis trabaja y estudia, se ve envuelta en un entorno moderadamente hostil, se medio enamora y, cuando está a punto de asentarse en el mundo que le ha tocado en suerte, debe regresar a su pequeño pueblo en Irlanda. Allí el entorno no ha cambiado, pero ella sí, y se le ofrecen oportunidades que antes no podía ni imaginarse. Entonces surge la necesidad de decidir, y Tóibín genera un pequeño enigma en torno a ella, puesto que no se ocupa de traducir para el lector/a las reflexiones de Ellis, sino que la somete a sutiles tirones en una dirección u otra, hasta que finalmente las cosas se resuelven. Por en medio hemos asistido al peso de la tradición familiar, similar a un monstruo marino que pudiese arrastrarla hacia el fondo, los prejuicios sociales y, cómo no, las convenciones de género. Es en este último aspecto cuando el barniz jamesiano de la historia se hace más evidente, al dibujar una heroína avanzada para su tiempo, una mujer del futuro –sin necesidad de vídeos o banda sonora adheridos al párrafo- que piensa y decide por sí misma, pese al “amor”, la familia y el trabajo.

Concluimos la lectura con esa sensación de “pequeño libro perfecto” que nos deja satisfechos y deseosos de seguir profundizando en el autor. Aquí se encuentra, quizá, el único o el mejor camino posible para la literatura contemporánea. Lo demás es propaganda, compadreos de manada y bolos literarios a cuenta de las cajas de ahorro. Es decir, mediocridad.

sábado, 15 de enero de 2011

15 de enero (diario de la bestia): presupuestos culturales, Salander.


Presupuestos bajo cero.

El último número de la revista Exit Express alerta sobre el hecho de que, habida cuenta de los presupuestos culturales aprobados en las distintas administraciones, muchos museos tendrán que cerrar, repetir su programación durante meses en un bucle absurdo, o reinventarse a gusto del político de turno. Es lo que hay, aunque no debería ser así. Todas las crisis se resuelven, al parecer, mediante una serie de medidas que inevitablemente (?) incluyen: el recorte de los derechos sociales, la "vuelta al hogar" de las mujeres, la precarización laboral generalizada, el desarme de los organismos e instituciones culturales, la demonización de los artistas y un mayor margen de manga ancha para los poderes económicos. Sucedió en el pasado, se repite ahora, y volverá a pasar. Aunque uno continúa fascinado por la mansedumbre con que se acepta todo ello. Es fascinante comprobar cómo determinadas profesiones o sectores económicos tienen una facilidad extraordinaria para victimizarse, protestar y obtener réditos. No quiere uno mentarlos para que nadie caiga en la tentación de aburrirnos con sus retahílas de "padres de familia", "sacar adelante a los hijos", etc., etc. En el ámbito cultural, cuya importancia cuantitativa en el empleo y en el PIB está harto difundida, parece sin embargo que no existan esas familias a las que sacar adelante. Pero más grave aún es que tampoco parece quedar rebeldía intelectual. Es increíble que en un sector especialmente capacitado para la creación y difusión del pensamiento presente tal estado de inanidad, o cuando menos mudez. Siempre es más fácil ponerse de perfil para ver si la bala no nos acierta o la tolvanera pasa de lado y nos deja sin mancha. Qué hacer ahora sin presupuestos, sin actividad, sin proyectos, se estarán preguntando muchos/as. Pues movilizarse, queridos/as, reflexionar, discutir, difundir. En definitiva, lo que siempre se ha esperado de la cultura: contar el mundo.


La nueva Salander

A muchos nos impresionó la actuación de la actriz sueca Noomi Rapace en la adaptación de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. Componer el personaje de Lisbeth Salander era muy difícil, especialmente porque sobre ella iba a recaer el peso de las películas, al igual que era pilar fundamental de los libros. Rapace lo hizo extraordinariamente bien, a pesar de que su aspecto físico no se ajustaba estrictamente a unas características tan definidas en la literatura que podían resultar en exceso constrictivas. La actriz logró sobreponerse a todo ello, y para muchos no cabía duda de que ella sería, para siempre, Lisbeth, hasta el punto de que nos ofendió tener noticia del remake americano y la posibilidad de que fuese otra intérprete la que encarnase de nuevo al personaje. El anuncio de su nombre, Rooney Mara, presagiaba lo peor:


Los fans más palurdos de Noomi Rapace nos indignamos, vamos, yo no llegué al extremo ridículo de escribir cartas a las revistas o soflamas en los foros básicamente por falta de tiempo, que no de ganas -uno ya casi se pierde en la jungla, como para explorar otros territorios...-.
Pues bien, han publicado las primera fotos de Rooney Mara caracterizada como Salander:


Veeenga, yo seré el primero en rectificar: está genial, e incluso más fiel al personaje literario, con esa fragilidad física, casi de niña, pero con esa mirada extraordinariamente fría, aterradora, que la aproxima al límite de la sociopatía que el propio Larsson menciona en su correspondencia con la editora de las novelas.
Lo que no apunta nada bien es la visión del director, David Fincher, un efectista que tirará de sordidez para epatar al espectador, como siempre, y que no pillará ni por asomo la perspectiva de género desde la que Stieg Larsson concibió al personaje y la propia historia de Millennium. Salander no es simplemente un ángel vengador, el cine ya está sobrado de heroínas que, remedando a los peores prototipos masculinos, despliegan acrobacias y todo un catálogo de golpes y patadas para deleite de la generación ni-ni. Salander es un símbolo de la dignidad innnegociable, y de su defensa rabiosa.
(En fin, a lo mejor me toca rectificar también en esto de Fincher...).


martes, 11 de enero de 2011

11 de enero (diario de la bestia): elogio del sentido común.

En un artículo excelente, 'Diatriba del ilustrado', reseña Muñoz Molina el ensayo de Jesús Mosterín "A favor de los toros" (entiéndase el título como lo que literalmente expresa, esto es, el apoyo al animal, y no ha su masacre tradicional y cultural), de reciente aparición. El texto contiene algunas frases memorables:

En España los debates de la Ilustración no acaban nunca de pertenecer al pasado. En el siglo de Internet y de Google nos rejuvenece la necesidad de seguir vindicando principios que ya eran de sentido común en la época de las pelucas empolvadas.
(...) Que en España haya corridas de toros y alegres fiestas patronales en las que con subsidio y bendición oficial son martirizados animales indefensos es una anomalía tan escandalosa como que los centros educativos de la Iglesia católica sean sostenidos por el dinero público o como que en las solemnidades religiosas de dicha confesión participen con regularidad e incluso con fervor representantes políticos de un Estado legalmente aconfesional.
(...) Por eso es tan saludable, y tan educativo, el libro de Jesús Mosterín del que he sacado todos estos datos, A favor de los toros, una diatriba apasionada contra la crueldad inútil y el salvajismo de tantas tradiciones españolas, pero también un informe documentado y preciso sobre los términos verdaderos de la cuestión: desde la fisiología del sufrimiento, en la que todos los mamíferos superiores nos parecemos tanto, hasta los pormenores históricos de una anomalía cultural que nos avergüenza ante el mundo, y que tiene su origen en lo más negro de un pasado que se obstina en seguir infectando el presente.

Artículos como éste nos hacen recuperar la fe en la voz apenas audible de los intelectuales. No cabe duda de que, en la España actual, opiniones como la del autor le van a causar más odios viscerales que aplausos. Como tampoco cabe duda de que todo es cuestión de tiempo. Hay crisis, sí, nos gobiernan los mercados, nos azuzan los agoreros que subrayan las prioridades... Pero las generaciones se van renovando y caminamos hacia un mundo más plural, gozosamente mestizo, sensible con la naturaleza y los animales, y esperemos que igualitario. Claro que todo ello no es posible sin el arrojo de unos cuantos empecinados/as que nadan contracorriente en pleno tsunami de espumajeo verbal a cargo de los mantenedores del orden.

Jesús Mosterín es uno de ellos. Resultó admirable su intervención en los debates parlamentarios de la Generalitat Catalana acerca de las corridas de toros. Con una facilidad que debería causar vergüenza entre los defensores de la barbarie fue desmontando cada uno de sus tópicos argumentos: el "cultural", el fisiológico (sencillamente falso, aquello de que a los toros "no les duele"), el "tradicional", el de conservación de la especie, etc. Al final sólo les quedó el único motivo en el que llevaban verdadera razón: la medida se había instrumentalizado políticamente, como quedó claro con el posterior apoyo a esas salvajes fiestas populares en las que se tortura igualmente a los animales. En entradas anteriores he hablado sobre el animalismo, la cada vez más numerosa bibliografía existente al respecto, su interesante y compacta teorización de los derechos de los animales. Lo dicho: es cuestión de tiempo.

Y en este sentido leo en Público una entrevista con el presidente del Partido Animalista, otra de esas iniciativas que, como la pequeña piedra mágica de un cuento, tienen el potencial para cambiar el mundo. Sus declaraciones son directas y cabales, es muy consciente de su papel y de la influencia que pueden ejercer en los partidos políticos "tradicionales". Se trata mas bien de un movimiento social, es decir, de un semillero de ideas, que en este caso tienen un buen soporte teórico. Basta, por cierto, echar un vistazo a la sección de Público -edición digital- titulada "Mi vida como un perro" para ser dolorosamente consciente de todo lo que falta por hacer. Lo último, esos "espectáculos" estadounidenses en los que, con la excusa de entrenar perros de caza, se ata a un oso mutilado para que sea atacado por perros entrenados para matar. Y varias filas de "hombres" (cómo no) mirando, perfectos padres de familia quizá con una lata de cerveza en la mano.

Es aterrador, pero insisto: tienen la batalla perdida. Echemos un vistazo alrededor y veamos lo mucho que hemos evolucionado en el respeto a los derechos de los animales. De veras, el futuro es nuestro.






lunes, 10 de enero de 2011

10 de enero (diario de la bestia): togas, bibliotecas.

De vuelta a los juzgados, las togas desgastadas en el perchero, el andar premioso de los compañeros de una sala a otra, el rostro de confusión de los testigos -con sus crípticas citaciones en la mano-, el olor indefinible de la sala, la cafetería poblada de espaldas encorvadas sobre expedientes, la amabilidad efímera de antes de entrar, tornada en furia combativa apenas nos ceden la palabra, los rayos de sol a la salida, camino del escritorio donde aguarda un macizo montañoso de papeles… La rutina legal, a la que a veces cuesta encontrar sentido, mientras que otras aparece solo.

Más cosas: reportaje de Babelia sobre las bibliotecas personales. Me encanta esta declaración de Daniel Samper Pizano: "He regalado una hija mía a un mercader árabe y vendido dos nietos a familias estériles europeas, pero sólo un cirujano hábil o un escuadrón del Mosad podrían lograr que me desprendiera de un libro, aunque sepa que nunca lo leeré. Siempre flota la duda: "¿Y si llego a necesitarlo?"".

Y, poniéndonos un poco más serios, esta de Alan Pauls: "Tengo con ellos una relación de necesidad (no puedo estar lejos de los libros), de culto (creo en la superioridad del libro), de complicidad (confío en los libros más que en la mayoría de las personas, las artes, las tecnologías). No veo en mi biblioteca ningún alarde, ninguna suntuosidad, ni siquiera el brillo de un capital acumulado. Mi biblioteca es mi comunidad: ahí están mis interlocutores más amigos y más radicales; ahí están los que me sostienen, me discuten, me forman, me seducen, me inspiran, me mejoran.
La biblioteca no como una colección de libros -jamás como una colección de libros- sino como una huella. Como una forma de tener o no tener, de aferrarse o dejar ir. Una autobiografía. Un mapa del pasado y un intento de dibujar, sobre las aguas indescifrables de lo que vendrá, un gesto seguro porque, como se sabe, salvo error o inundación o incendio o naufragio, los libros siempre -siempre- estarán allí. A veces por suerte. A veces no tanto".

Suscribo ambas, y aún más me gusta pensar que, para los que no tendremos herederos (como dice Mozz: With no complications/Fifteen generations/(of mine) /All honouring Nature /Until I arrive /(With incredible style) /I'm the end of the line /The end of the family line), una biblioteca de miles de volúmenes constituirá un bonito legado que dejar al mundo (¿tal vez al Instituto Cervantes de Kraków, Rafa?).

domingo, 9 de enero de 2011

Morrissey & Marr: la alianza rota", de Johnny Rogan. La historia incompleta.



Con dieciocho años de retraso se traduce al español esta suerte de biografía de The Smiths, quizá la más completa existente hasta el momento, aunque muy parca e irregular. La irregularidad procede sobre todo del desequilibrio estructural que la caracteriza: prácticamente la mitad del libro es un documentado e interesantísimo reportaje sobre los antecedentes familiares de Mozz, su infancia y sus primeros e inconcretos escarceos con el arte. Páginas que resultan bastante iluminadoras, y que incluso a los que hemos venido siguiendo al personaje nos aportan datos que quizá podíamos haber deducido pero que no por ello resultan menos interesantes. Por ejemplo, su temprano acercamiento al feminismo y los estudios de género a través de lecturas provechosas y el contacto con algunas artistas de la siempre estimulante escena inglesa. De este modo comprendemos mejor el alcance intelectual de sus manifestaciones públicas, así en lo referido al celibato, o el grado de consciencia que guiaba aquella especie de deconstruccion del arquetipo de estrella masculina del pop: las flores y abalorios, el amaneramiento teatral, Wilde...

Por otro lado el autor nos sitúa en el contexto histórico en que la familia Morrissey emigró desde Irlanda, las dificultades económicas, la escasez de oportunidades para un joven de familia humilde y el extrañamiento permanente provocado por su posición en ese otro país tan cercano y lejano a un tiempo. Mozz creció en un ambiente hostil, pero protegido por un círculo de afecto que logró sostenerlo el tiempo suficiente para que llegase su oportunidad, con un padre distinto a él pero afable y generoso y una madre cómplice. Estos días precisamente ha colgado en su web oficiosa (la de Julia Riley) una fotografía de infancia encantadora, junto a su hermana Jacqueline.



Pero entretanto hubo colas en la oficina del paro, trabajos efímeros, cartas infructuosas a los medios musicales, una vocación indefinida y algunos amigos/as que perdurarían con el tiempo. Hasta que llegó Johny Marr. Y aquí es cuando el libro pierde fuelle, avanza sorprendentemente rápido y apenas añade nada a lo ya sabido. The Smiths siempre supieron preservar su intimidad, pero es llamativo que ni siquiera con el paso del tiempo aparezcan testimonios sensacionalistas motivados por la curiosidad y las ofertas de supuestos investigadores. Rogan nos habla del problema del reparto de beneficios, los cambios de manager, la drogadicción de Rourke, el hartazgo de Marr... Aspectos bien conocido para cualquier seguidor de la banda. Hubiésemos esperado una mínima indagación sobre lo que parece anunciar el título, la ruptura de esa alianza que creó las canciones pop más inolvidables de las últimas décadas. Sin embargo tampoco podemos hacerle demasiados reproches al autor, puesto que todo parece indicar que no existió "una" causa, sino esa mezcolanza de agotamiento, presiones, representantes, viajes, exigencias mercantiles y demás percances que suelen truncar los mejores proyectos.

En cuanto a la carrera discográfica del grupo, adolece el libro de un mayor detenimiento en la elaboración de los discos, claro que aquí se nota la dificultad de acceso a las fuentes primarias, los dos creadores. Algo pudo hablar con Marr, pero de Mozz sólo sabemos que al poco de ser publicado este título le deseó públicamente que encontrasen el cuerpo de Rogan en alguna cuneta, atropellado por un camión o algo así.

El paso del tiempo ha hecho, quizá, que la carrera de Morrissey en solitario presente mayor interés para un estudio que aquellos años demasiado rápidos y simples de The Smiths. En 1991 ya anunciaba el autor que sería su siguiente proyecto, pero no hemos vuelto a saber nada. Se tropezará, imaginamos, con mayor inaccesibilidad que el caso precedente. Pero no cabe duda de que los cambios de dirección musical y vital de Mozz necesitan de un buen estudio, esperemos que alguien se atreva.

Merece la pena no obstante la lectura de este libro, y no sólo para los habituales, sino para todos aquellos/as que tengan la fortuna de acercarse por primera vez a esa banda sonora de la diferencia que son las canciones de The Smiths, y a ese poeta atrabiliario, inteligente, tímido y arrogante, defensor de los animales, trangresor de los géneros, excelente autor y agudo humorista que tantas horas de apasionamiento y felicidad nos ha ido regalando.


Os dejo con un toque de nostalgia (por dios... qué mayores nos estamos haciendo):





viernes, 7 de enero de 2011

7 de enero (diario de la bestia): paranioias literarias, Me and the bees.

Imagino que a todo aquel que escribe le habrá ocurrido alguna vez: lees de repente la solapa de un libro y descubres que el argumento se asemeja peligrosamente a algo que estás haciendo o has hecho. Te vas desazonado sin llevarte la novela, deseoso, por un lado, de comprobar hasta dónde y de qué manera ha llegado el autor o autora, y cotejar la medida de su éxito o fracaso con tus pretensiones; pero también desdeñoso, seguro de que las similitudes no van más allá del esqueleto de la historia, el tratamiento es a fin de cuentas lo que importa, te repites... Al final siempre decides dejarlo pasar y quitarle cualquier trascendencia. Claro que a los pocos días vuelves a ver el libro perturbador en un periódico, o una librería, y hojeas la reseña con el apremio de ver si lo han puesto bien, si con ello se ha agotadoel caladero o quedará algo de morralla para llevarte a tu red.
Así ando de un tiempo a esta parte con la publicación de la novela "La habitación", de Emma Donoghue. Esta odiosa novelista ha escrito un libro cuyo punto de partida es similar al de mi "Apuntes para una biografía del profesor Faure", de momento paralizado, y ahora con mayor justificación. Durante semanas me he limitado a mirar para otra parte, luego he leído las reseñas, le he pegado un vistazo en el Fnac... Y por fin he respirado al ver que nada tiene que ver, justo cuando ya estaba haciendo planes para secuestrarla a ella y al guionista de "Canino", encerrarlos en un sótano, bajar de vez en cuando con un vaso de leche al estilo de Terence Stamp en "El coleccionista", y obligarlos a ambos a confesar que ese punto de partida fue maliciosamente obtenido de mi ordenador a través de sofisticados procedimientos informáticos. Antes de que se me fuese la pinza completamente entré en razón: lo importante es, sin duda, el tratamiento, y el mío nada tiene que ver con el suyo, amén de que los propósitos del 'Faure' son mucho más limitados, se trata de una simple novela corta que completa de algún modo a 'Los nuevos'. En estas cosas, comprenderá el/la amable lector o lectora, nada importa el grado de difusión o implantación en el mercado de unos y otros: en mi cabeza, el sótano y el vaso de leche ya estaban preparados.
P.D.: qué es la historia del pop sino una guitarra soltando acordes, quizá ya oídos, una voz agradable construyendo la melodía y un tono particular, indefinible, que aporte encanto al conjunto. "Me and the bees" lo tienen. Son muy jóvenes, y en alguna estrevista que circula por la red manifiestan un amateurismo enternecedor, y a ratos descacharrante. Pero el caso es que en temas como éste, Tibidabo, consiguen tocarnos con la varita mágica del pop en apenas dos minutos. Estaremos atentos a su futuro.

jueves, 6 de enero de 2011

6 de enero (diario de la bestia): Never let me go.

Será sin duda una de las películas de este año. Era realmente complicado adaptar la extraordinaria novela de Kazuo Ishiguro, un clásico contemporáneo que lleva el mismo título, y en este sentido el guión debería estudiarse en las escuelas de cine como un ejemplo de fidelidad bien entendida a la obra original, procurando subrayar lo esencial sin desnudar el fondo ni traicionar su espíritu.

Las escenas fundamentales de la novela aparecen en el film, y lo que aquélla tenía de indagación psicológica a la manera del autor -con las barreras de una sumisión kafkiana de los personajes ante lo que les sucede, por terrible que sea, y el lenguaje impostado, deliciosamente british, en que se expresan- se traslada a la pantalla a través de una voz en off respetuosa con los hechos y la interpretación plausible de los tres protagonistas. Carey Mulligan si acaso se muestra un tanto reiterativa en sus ademanes compasivos, Keira Knighley aparece más oscura y ambigua de lo que estamos habituados, y Andrew Garfield merece destacarse como la gran sorpresa de la película: el suyo era un papel complicado, y la solvencia con que lo resuelve augura un futuro prometedor para un intérprete tan joven.

Su personaje, Tommy, es quizá el que sentimos más cerca, aquel que, aun en modesta medida, revela unos sentimientos con los que fácilmente podemos identificarnos: la rebeldía frente al destino marcado, la ingenuidad de nuestras pretensiones de cambiarlo, la impotencia al conocer que no es posible.

Para los amables lectores/as que no hayan leído la novela, decir que su argumento es de ésos que puede dar pie a una obra maestra de la literatura psicológica o intimista, como es el caso, o a una película de serie B. De hecho, al mismo tiempo que salía al mercado, hace unos años, se estrenaba un film espantoso de argumento vagamente similar: 'La isla', una historia de ciencia ficción con persecuciones y disparos protagonizada por Ewan McGregor y Scarlett Johanson. 'Never let me go' se plantea un mundo, en realidad el nuestro alrededor de la década de los sesenta, en que la ciencia hubiese situado nuestra esperanza de vida más allá de los cien años gracias a los trasplantes de órganos que habrían sido creados y desarrollados en el cuerpo de clones. Lo que en 'La isla' deriva en un argumento burdo, carente de cualquier sentido pese al potencial de la idea, en manos de Ishiguro se convierte en una poética reflexión acerca de la vida y la muerte, la voluntad arbitraria del poder, la cobardía que nos vuelve esclavos, la amistad, el amor y las pruebas a que ambos sentimientos nos someten. Ishiguro no se preocupa de justificar desde el punto de vista técnico o histórico las circunstancias que rodean a los personajes, como parece necesitar la ficción más simple. Elude cualquier aspecto que distraiga la atención sobre la capacidad de querer, aprender, conocer y decidir de esas criaturas creadas como meros portadores de órganos, destinadas a morir en su juventud, tras la segunda o la tercera donación.

'Never let me go' respeta la visión del autor y traduce en elegantes y puntillosas imágenes ese mundo enfermo. La película resulta impecable en las formas y atroz en el fondo. No precisa recurrir a los efectismos de un Haneke para ponerlos el vello de punta: basta con que el chico, Tommy, se quite la camiseta y veamos alrededor de sus costillas una cicatriz enorme perteneciente a su primer transplante; basta con la frialdad espantosa de los médicos, cuando una de las clones fallece en la mesa del quirófano y ni siquiera se plantean tratar de evitarlo mientras retiran el órgano extraído y se lo llevan a cumplir su destino; y basta con la mirada de los protagonistas cuando comprenden todo, hasta sus últimos extremos. La capacidad del guión de destacar los aspectos más abstractos de la novela los dota de mayor fuerza, hasta el punto de que descubrimos en ella una inquietante metáfora del mundo en que vivimos.

Y es que la pregunta que nos hacemos al observar la vida de esos seres desgraciados -¿por qué no se rebelan, por qué no tratan de huir?- podríamos dirigirla hacia nosotros mismos en demasiadas ocasiones. Y en nuestra propia incapacidad encontramos la respuesta. Tal vez obras de arte como Never let me go, novela y película, nos ayuden a buscar el valor para tomar las decisiones adecuadas.



miércoles, 5 de enero de 2011

5 de enero (diario de la bestia): Asoka, o la voluntad de cambiar el mundo. El MACA, o la posibilidad de cambiar Alicante.

Asoka

Anteayer nos acercamos al albergue de la asociación protectora de animales Asoka el Grande para llevar unas cuantas cosas: medicinas, sacos de pienso, arneses, etc. Nunca habíamos estado antes, aunque somos socios desde hace unos meses, y a pesar de que a las siete de la tarde ya estábamos a oscuras nos quedamos impresionados por las instalaciones, la amabilidad y el buen rollo que inspiran las voluntarias /os. Llevan años ayudando a los perros y gatos abandonados y/o enfermos, algunos verdaderamente graves. Promueven la adopción responsable y gestionan sus recursos e ideas con una eficacia admirable. Es sorprendente la capacidad que muestran para difundir su tarea, organizar actividades y sacar adelante a los animales. Invito a cualquier lector o lectora que se pase por aquí a visitar su página (http://www.asokaelgrande.org/) y hacerse socio, aportar cualquier ayuda o decidirse a apadrinar o adoptar.

En mitad de una sociedad en crisis, y en un pequeño descampado a las afueras de Alicante, hay un grupo de personas que están cambiando el mundo.



El Museo de Arte Contemporáneo de Alicante

Ayer asistimos a la exposición de Arte Normativo que han inaugurado en la única planta abierta hasta el momento. De nuevo tengo que hablar de esperanza, como el otro día en Las Cigarreras. Por el momento no existen sino motivos de alegría al ver que la ciudad en que vivimos va a disponer de un museo de arte contemporáneo, esperemos que bien gestionado y con una programación coherente.

La muestra que la inicia es muy interesante, al recorrerla tuvimos la misma sensación que cuando descubrimos la obra de Val del Omar en el MNCARS, una cierta incredulidad ante la existencia en la España de los sesenta de propuestas tan interesantes y renovadoras. Y la extrañeza por el hecho de que precisen de más de treinta años para ser reconocidas y revisadas. Afortunadamente contamos con una amiga que, a modo de guía improvisada, nos puso en antecedentes sobre la abstracción geométrica y los grupos e individuos que la pusieron en valor y le dieron soporte teórico.
Las instalaciones del MACA, aun en mantillas, tienen un aspecto prometedor, aunque algún defecto de iluminación había que perjudicaba determinados cuadros. En fin, esperemos que pueda hablar del museo en muchas ocasiones, y para bien.



P.D.: Vaya vaya, parece que Jay-Jay Johanson podría pasarse por Alicante el mes que viene. Otra señal mágica de que las cosas están cambiando.



martes, 4 de enero de 2011

4 de enero (diario de la bestia): por qué escribo.


Uno puede elevar lo cotidiano a la categoría de señal del destino, hablar de cuando era pequeño y, en el patio del colegio, eludía las manifestaciones más tópicas del marchamo de género con que éramos educados: no jugaba al fútbol o me entretenía en heroicidades varias –escalar paredes, echar carreras, defender territorios inexistentes con peleas torpes de falsos hombres-; por el contrario, nos reuníamos unos cuantos raros y “hacíamos películas”, historias que guionizábamos sobre la marcha y en la que nos distribuíamos los roles de acuerdo con el rumbo que llevasen. Pero quién no ha fantaseado en la infancia con ser protagonista de algo excepcional, a veces proyectado en muñecos, y otras en nosotros mismos (en las mías, hasta era pudoroso noviete de Farrah Fawcett, por entonces resplandeciente Angel rubia de Charlie).

También puedo hablar de la atracción temprana por la palabra escrita, los tebeos de superhéroes, las “novelas ilustradas” en las que se adaptaban los clásicos. Pero cuántos y cuántas no han disfrutado de la lectura en la infancia, el libro o el cuento abierto, la mirada absorta y un bocadillo en la mano. Pocas imágenes resultan tan cautivadoras cuando uno se hace mayor que ésa: la de un niño o niña fascinados por la letra impresa (quizá en el interludio de un castigo sin consola, me temo).

Aquí ya nos vamos acercando: hubo algo diferente en una de aquellas lecturas. “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde, y su delicada historia de soledad y sacrificio, de bondad entre desconocidos, de indiferencia cruel ante lo bizarro. Resulta que un libro puede hacerte llorar, y que si logra conseguirlo no sólo es a través del componente emotivo de la historia, sino del modo en que el autor la relata. Primera intuición. Que luego se repetiría con “El hombre invisible”, de H.G. Wells, o “El extraordinario caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde”, de Stevenson.

Después llega la adolescencia, y la música. Ah, santo Mozz y sus Smiths, a él también le gustaba Wilde, qué buena excusa para leer todo lo de Wilde. Y qué maravillosas las letras, como poesía… De Mozz a Cernuda, y tiro porque me toca seguir leyendo todo lo que cae en mi mano.

Al mismo tiempo, persistían las fantasías, y la necesidad de expresarlas mediante alguna clase de vehículo que uno supiese manejar. Hoy me levanto y decido que voy a tocar la guitarra, hay una por casa, me compro un método, qué difícil, mejor el teclado, no, parece que tampoco... Y entonces, ocurre: en un vagabundeo a la salida de la facultad me detengo en la librería Cervantes de Oviedo, paseo los dedos por la sección de clásicos y se me quedan prendidos en una edición en rústica con la reproducción de un hermoso e inquietante cuadro de Sargent en la portada. Sobre él, estas palabras que lo cambiarían todo: “Henry James. Otra vuelta de tuerca”.

Y llego al centro de la respuesta: escribo porque un día comprendí que existía una técnica para hacerlo, que esa técnica se aprendía con incesantes lecturas -no sólo de ficción- y que, en sí misma, era algo complejo, retador, interesante, con independencia del resultado que obtuviese. Escribir, me enseñó El Maestro, no era “contar historias”, enfrentarse al mundo o proyectar la subjetividad para hacerla más hermosa a los propios ojos… Era hacer, quizá, todo o parte de ello de una determinada manera. En eso consiste el arte de la literatura.

Continuaron las lecturas, el aprendizaje solitario e incluso el compartido, con algún curso que sirvió, si acaso, para darme un arreón de confianza, poco más –sólo he aprendido una cosa de ellos: empápate de todo, pero huye de las militancias y discipulados-. Empezaron los relatos cortos, los poemas, los pequeños apuntes de crítica o ensayo.

La década de los veinte años fue crucial. Seguían las ideas, blandas e informes como un estanque de puro lodo. Algunas escenas sueltas, esbozos de personajes que llamaban mi atención en silencio, y en mitad de cualquier actividad cotidiana –otro arte difícil: hacer ambas cosas sin parecer alelado-. Un día un amigo de la universidad me comentó lo incómodo que era vivir en el piso que tenía alquilado junto con su hermano. Apenas tenía ventanas, que daban a un patio interior donde sólo veía bloques similares al suyo y una arcaica estación de autobuses, que salían y entraban parsimoniosamente varias veces a lo largo del día. Los pasillos eran estrechos y oscuros, había mucho silencio, se sentía tan agobiado que sólo pensaba en salir de allí. Algunas veces yo tenía que coger esos autobuses para ir a Gijón. Así que una de ellas me situé en medio del patio y observé los edificios, que parecían plegarse en una estructura compacta, al modo de una fortaleza. Como torres, quizá.

Pasó el tiempo y esa imagen, inexplicablemente, pasó a reunirse con las otras entre el lodo. Y un día, no recuerdo cuándo, me asomé al estanque y descubrí que estaba vacío. O mejor decir limpio, aquella especie de magma había desaparecido y sólo quedaban palabras. Y concretamente éstas: “De repente una voz anónima, una voz de mujer, suena desde las filas de atrás lo suficientemente bajo para no ser oída salvo por quienes la rodean. Dice: ‘quizá haya sido el ausente’. Alguien se ríe. La voz insiste: ‘seguro que fue él. Pero alguien replica: ‘no es posible, tendría que salir’”. El comienzo de ‘Los nuevos’, mi primera novela. Durante años escribí, esto es, me peleé con la técnica de la escritura para intentar crear algo bueno. Luego siguieron más relatos, novelas cortas… Y una etapa complicada en que tuve que convertirme en otro para cumplimentar las exigencias implacables de la vida –no lo recomiendo, ahora sé que podía hacerse igual sin dejar de ser uno-. Pasada esa etapa retomé ‘Los nuevos’, la revisé y la puse en marcha. Más tarde vino este blog, otros proyectos de menor alcance…

Y hace tres años, el estanque volvió a llenarse. Paseaba un día cerca de él y, casi sin darme cuenta, me vi hundido en el limo. Pero era un poco distinto, más áspero, denso y quizá por ello, comprensible. Podía contemplar mis manos llenas de suciedad y sabía de dónde procedía. La vida había ido proporcionándome experiencias, y otras perspectivas. Todas estaban allí dentro, y de nuevo tenía la necesidad de encontrar el modo de sacarlas afuera.

Ocurrió esta vez así: “La palabra ‘desaparecida’ fue lo primero que Pablo vio en el cartel, al salir de la zona de embarque del aeropuerto, justo antes de reparar en que la imagen a que aludía le resultaba familiar. Estaba impresa en letras oscuras de gran tamaño, y debajo de ellas había un número de teléfono que reconoció al instante como perteneciente al despacho de su padre. Tiempo después pensaría en el extraño orden con que había ido asimilando los datos: primero aquella palabra, luego el número, y finalmente la fotografía de Coral, su hermana pequeña”. El comienzo de ‘Una cuestión de prueba’, mi segunda novela, de la que puede haber noticias importantes en los próximos tiempos.

Y, a lo tonto, han pasado más de veinte años. Continúo sin seguridad alguna de haber aprendido, de entender y aplicar la técnica con destreza suficiente para hacer algo interesante y hermoso con todo eso que ronda mi cabeza. Escribir, junto con leer, es seguir recorriendo el camino, y tener la sospecha de que no voy a concluirlo nunca. Si lo hubiese hecho, habría encontrado una clave para responder a la pregunta que plantea este post, derivado del anterior, de una manera sencilla y corta.


Entretanto, mi vida transcurre en torno a ese estanque enlodado. Una manera ilusionante y divertida de pasarla, como cualquier otra.


P.D.: Una canción adecuada para esta entrada.

TREMBLING BLUE STARS – The Imperfection Of Memory

lunes, 3 de enero de 2011

3 de enero (diario de la bestia): por qué escriben.

El último número de El País Semanal plantea a una serie de escritores por qué escriben. Se trata de una cuestión tan manida que provoca efectos nocivos en alguno de ellos. Podemos dividirlos en tres grupos: los que se toman muy muy en serio la pregunta y se ponen sentimentales; los que buscan epatar con alguna ocurrencia borde, exageradamente materialista y normalmente sobrada de testosterona; un tercer camino sería el de reflexionar mínimamente sobre el asunto, liberarlo de tópicos y prejuicios y, sencillamente, responder como ante cualquier otra cuestión tal vez abstracta y difícil.

Entre los primeros estarían esos pesados/as que “no saben hacer otra cosa”. Debería eliminar el femenino en este caso, puesto que se trata de una excusa muy masculina, propia de los santones que precisan una Zenobia Camprubí a su lado para que les prepare la comida, les zurza los calcetines y organice sus asuntos. No hay ninguna otra actividad que para mí tenga tanta importancia como la literatura, y sin embargo a lo largo de mi vida, ya ves, he lidiado con números, fregado suelos, cristales y cocinas, hecho la compra, llevado pleitos, recogido cacas de perro y hasta, en un arranque de valor, me he atado los zapatos. El tópico del artista tocado por los ángeles que no sabe otra cosa que garabatear en un folio suele esconder una lacerante opresión de género.

Al segundo grupo pertenecen las declaraciones del tipo “yo escribo para ganar pasta, por que me sale de los güevos, y punto”. Uy, qué provocadores… Cuántos vahídos habrán causado en los lectores y lectoras. En fin, merecen el mismo caso que uno de esos ni-ni musculados, tatuados y con la cresta del pelo engominada, a la manera de los futbolistas.

En el tercer grupo aparecen respuestas brillantes, a veces pura literatura en sí mismas, y otras sinceras y emocionantes. He aquí unas cuantas:

Almudena Grandes

Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.

No estoy muy segura -dudo que alguien pueda estarlo-, pero creo que escribo porque siento una necesidad insuperable de escribir. Para mí, la escritura es un impulso que no se define por sus resultados, sino por su naturaleza necesaria, algo parecido al hambre o la sed, que pueden proporcionar mucho placer, si se sacian, o mucho sufrimiento, si persisten, pero nunca dejan de ser dos necesidades, el hambre y la sed.

Ricardo Menéndez Salmón

Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a "vivir la vida", no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más. Así, lo que nace como un gesto decepcionado, insatisfecho, acaba convirtiéndose en un acto agradecido, admirativo. De modo que una dolencia (escribo porque soy infeliz; escribo porque soy inconsolable; escribo porque no entiendo lo que me rodea) se acaba convirtiendo en una necesidad (escribo porque no me resigno a ser infeliz, inconsolable e ignorante).

Rosa Montero

Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa del duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mientras escribo soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.
Soledad Puértolas

Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores.

Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo.

La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto.

Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.

En la vida, el dolor ahoga y la risa es efímera. En el texto, se produce una transformación que la inteligencia no puede explicar. Nos sumergimos en el dolor sin llegar a morir, conquistamos la distancia. Observamos, podemos emocionarnos, escoger, aventurarnos. La incertidumbre de la narración resulta más segura que las certezas de la vida. La palabra se hace enteramente nuestra.
Enrique Vila-Matas

Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.

Juan Eduardo Zúñiga

El jardincillo parece envejecido con los fríos de noviembre y el suelo está cubierto de las hojas caídas de una acacia. Dejo de mirarlo desde la ventana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los juguetes y los cuentos, en las paredes sujetas con chinchetas hay dos láminas referentes a un país extranjero y extranjero es el autor de un libro que cojo, y me aprendo su nombre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capítulo: un hombre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuentra lo más importante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas ? Tengo al lado un cuaderno y lápiz, sin pensar escribo: "Él buscaba algo entre las joyas ..." y sigo escribiendo, sigo así hasta hoy.


Si nos fijamos en sus autores, todo encaja. Entre ellos se encuentran algunos de los nombres más notables de la narrativa contemporánea, y estas declaraciones no dejan de ser una pista, un golpe de linterna que apunta a lo más profundo de su obra.

domingo, 2 de enero de 2011

Dos de enero (diario de la bestia): Las Cigarreras, ilustradores de libros, Luis de Horna.


Comienza el año cultural con ilusión en Alicante. Prefiero ser posibilista antes que escéptico, máxime cuando partimos de la nada más perfecta. Los dos centros culturales que se están poniendo en marcha en la ciudad, Las Cigarreras y el MACA, son una promesa de futuro. Hará falta buena programación, abierta a la diversidad temática y formal -ya sobran espacios de cultura tradicional-, pero de momento apetece más sentirse esperanzado que comenzar a rezongar y mirar por encima del hombro.



Alicante tenía una carencia grave para una ciudad de su tamaño en la ausencia de esta clase de Centros. Es obvio que la situarán en el mapa con una eficacia y persistencia superiores a la de los eventos deportivo-cañí que tanto gustan en la tierra. Generarán un turismo diferente, ése atento a los programas de exposiciones a lo largo de todo el país, y que aprovecha cualquier ocasión para visitarlas. Aportarán una alternativa importante de ocio cultural para una parte de la población que la estaba demandando, no cabe duda, y el tiempo lo dirá, de que las cifras de asistencia acabarán siendo un éxito.

Esta mañana visitamos el Salón del Álbum Infantil ilustrado, una maravilla de exposición admirablemente comisariada, con un propósito didáctico que permite a los visitantes, adultos y niños, descubrir el verdadero alcance de este arte. Había unos cuadros excelentes de Luis del Horna, obras sobre madera e ilustraciones de libros, entre ellos uno de Eudora Welty, de actualidad literaria por las buenas ediciones de Lumen e Impedimenta.
Claro que una de mis ilustraciones favoritas de toda la exposición, por motivos obvios, fue ésta, -no dejéis, amigas y amigos, de leer el texto-:

Encantadora, aunque sólo sea para compensar el hecho de que, una vez más, nos impidieron entrar con Betty, aunque la llevásemos en brazos, aunque es cierto que aún no tenían claro el criterio. Qué lejos estamos de Francia, donde los animales pueden estar en todas partes.

Y al final, una pequeña sorpresa, me llevé un librito de Fernando Vicente con los retratos de escritores que ha venido publicando sobre todo en Babelia. Me encanta este de Capote:


El martes tenemos visita 'guiada' -a cargo de una amiga- a la exposición de Arte Normativo del MACA. Lo dicho, que el año empieza interesante. Cultura frente a la devastación de la crisis, cruzar la frontera, abrir la puerta del armario secreto y pasar a ese mundo siempre acogedor que nos rescata. Es la única receta eficaz y posible.

P.D.: próximas reseñas -a lo largo de la semana, espero-: el libro sobre Mozz & Marr, los discos de Trembling Blue Stars y los duranis, una maravilla de serie de TV -"Downton Abbey"- y algunas pelis.

P.D.: Una sugerencia para este domingo, con armónica de Johnny Marr, por cierto:

sábado, 1 de enero de 2011

Uno de enero (diario de la bestia): Saint Etienne, La red social, A. y D., John Berger

Saint Etienne

El jueves me llegó el aviso de recepción de las dos últimas reediciones de Saint Etienne: "Good Humour" y "Tales from Turnpike house". Excelente manera de terminar un año e iniciar otro. Incluyo aquí algunas fotos (un tanto zarrapastrosas) del artwork al igual que un chiquillo ufano de sus juguetes. Nadie como ellos capaz de invocar la felicidad en melodías y ambientes sonoros deliciosamente pop. El segundo disco aparece lleno de temas inéditos o difíciles de encontrar y, a tenor de la experiencia de los álbumes precedentes, seguro que de altísimo nivel. Mi historia de amor con este grupo es ya antigua, y recuperar viejos discos en formatos tan bonitos es como recibir un fragmento del pasado dentro de un hermoso frasco de perfume.








Me encanta el diseño que la ilustradora Lora Findlay realizó para Turnpike, tan elegante y popero. En especial la portada del disco, con ese edificio abierto al ojo del espectador, que de alguna manera me resulta inspirador con vistas a lo que va a ser mi próxima novela (a años vista), 'Un mundo bajo el hielo'. Tiene similitudes con el trabajo de Julian Opie, que ya les diseñó Sound of water. En fin, más adelante daré la lata con ellos. Vamos a recordar Lightning Strikes Twice en directo:



La red social


Peliculita insufrible, con esa moralina tan del gusto americano sobre el individuo genialoide que pega un pelotazo económico. Pero lo que la caracteriza por encima de todo es su grosero machismo. Una de esas historias en las que las mujeres desempeñan la función de césped o abono donde crecen las rosas. ¿Y quienes son las rosas? El varón blanco, occidental, de buena familia, estudiante en universidad de élite, triunfador, etc., etc. Lo de siempre, vamos. Toda la película es una burla hacia la chica que desprecia al genio, un reproche en segundo plano, aunque nada sutil, por no haber sabido apreciar sus cualidades. El resto de las mujeres que aparecen en pantalla, en teoría estudiantes universitarias similares a los machitos protagonistas, no hacen sino contonearse en las fiestas, ejercer de groupies y regalar a sus colegas sesiones de strippers o besuqueo lésbico. Según esto, ¿habrá salido alguna mujer brillante de Harvard? Parece que poco tiempo tendrán para estudiar entre polvo y polvo (al contrario que ellos, que inventan Facebook, Napster y lo que se les ponga por delante). Qué pueril todo. Y es la máxima candidata a los Oscar. Me muero por ver 'El discurso del Rey', para que se me quite el mal sabor de boca.


A. y D.

Me alegro de que el año haya empezado con Morrissey y The Cure, y más aún de que sigáis escribiendo en plural. Saber de vosotros es una de esas cosas que te reafirman en que la vida puede ser bonita de veras, a poco que nos lo propongamos. Es difícil convertir los encuentros, los azares, las afinidades, en algo especial y perdurable; se necesita ser generoso. Vosotros lo sois, e imagino que la vida os estará recompensando por ello. Nos veremos, si duda, en mitad de alguna multitud, peleándonos por ocupar una buena fila en el concierto.

P.D.: Nacho Vegas no mejora. Ni con Christina. Algún asturiano aburrido tenía que haber.


Unas palabras de John Berger

A propósito de la exposición de Monet en el Grand Palais: "no vean los cuadros allí colgados como documentos de lo local y lo efímero, sino como panorámicas de lo universal y lo eterno".