viernes, 30 de diciembre de 2011

Mensaje de fin de año.

Estimados/as lectores/as:


Los que manejan la voz pública, esa que genera una opinión a la que se le añade el mismo adjetivo -como si ambas nos incluyesen a todos inevitablemente-, han dictaminado ya que nada bueno podemos esperar del año que viene. 

Pero no olvidemos nunca que hay algo en nuestro interior poderoso e irrenunciable, un cofre que guardamos con usura y cuya llave escondemos del mundo, y a veces de nosotros mismos. Lo que protege en su interior es todo aquello que nos define: nuestros gustos y opiniones, anhelos de felicidad, decisiones de ocio, planes locos, risas, música, libros -espero que muchos-, películas, paseos, besos y caricias, sentimientos de afecto y empatía hacia los otros -personas, animales-, proyectos de futuro. 

No podemos permitir que nadie atraviese nuestras defensas, abra el cofre de una patada y lo vacíe delante de nuestros ojos. Es quizá lo mejor que podemos desearnos para 2012. 

Resumiendo: sed dignos y felices.


Y no se me ocurre manera mejor de empezar el año que ésta: Boo Shuffle, el nuevo single de The Pipettes. Si viendo el vídeo no sonríes y tarareas, la marea oscura te está alcanzando...




lunes, 26 de diciembre de 2011

Disponibles los primeros capítulos de 'Una cuestión de prueba'.

He colgado en la sección "Mi obra narrativa" los primeros capítulos de "Una cuestión de prueba". En la actualidad la novela deambula por algunas editoriales de la mano de una agencia literaria, así que de momento me abstengo de divulgarla como quisiera. No obstante me ha parecido oportuno poner a disposición de los eventuales interesados/as un número de páginas lo suficientemente relevante para proporcionar una idea sobre ella. Son alrededor de 80, el diez por ciento del libro aproximadamente. Sin duda es el proyecto hacia el que guardo una mayor ilusión, por el momento, y ha pasado la 'prueba de resistencia' de unos cuantos lectores más o menos habituales. En estos días seguramente comenzaré lo que será la segunda novela de la serie que discurre en torno a los mismos personajes, después de casi año y medio de "descanso", o, para no ser sarcástico, de estrés laboral y obligada escritura mental. Con el reboot del blog volverán las reseñas de mis lecturas y las tonterías habituales del abajo firmante, si el tiempo y las fuerzas me acompañan, que uno se va haciendo mayor. También colgaré en mi biblioteca un par de tomos donde he seleccionado parte de los textos del blog, desde sus inicios hasta que ha perdido el nombre anterior, 'La bestia en la jungla'. Y espero poder formatear correctamente los archivos de los distintos libros para que se distribuyan en Amazon. Cuántas cosas. 

En fin, ya está bien de hablar de uno. En los próximos posts me entregaré a la innoble tarea de despellejar a los demás. No te confíes: podrías ser uno de ellos. 

Un apartamento en Ventura.

El lugar soñado. Un espacio lleno de libros, donde suena la música (a veces muy bajito, para no estorbar, y otras muy alto, para acompañar la ocasional euforia), se proyectan películas, se celebran reuniones y se habla de todo lo que importa. Así pasan las horas, y cuando se va la gente y se van las ideas, su propietario se acerca a la ventana y observa la vida acompañado por una mujer y una perrita.
Ventura es el territorio imaginario donde transcurren mis novelas, que me acompaña desde hace muchos años. Allí se abrirá al público este apartamento, con la entrada de 2012.
Estáis en vuestra casa.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Ajuste de cuentas (con los meses pasados) y cambio de vestuario (como los artistas de variedades).



Cuando un caballero desaparece durante largo tiempo se hace precisa una mínima explicación, con independencia de que sean pocos o muchos los que la esperen. Incluso si se ausenta de una habitación vacía debe murmurar alguna breve excusa para que el aire o los ácaros se consideren desagraviados. Sólo cabe una excepción a todo esto, según los más acreditados tratadistas: que el motivo de su alejamiento sea tan carente de interés, tan vulgar y aburrido, que su divulgación llegue a poner en peligro ese algo de misterio que debe acompañar la figura caballeresca allá donde se presente. Las reputaciones públicas resisten el escándalo, el fracaso y los achaques; pero no toleran la banalidad. Así que me permitiré guardar un discreto silencio sobre estos meses pasados, a salvo esta cita de la novela póstuma de David FosterWallace (‘El rey pálido’) que de alguna manera lo resume todo:

“(…) la clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire”.
Dicho lo cual, antes de inspirar cuanto aire –ahora sí- me sea posible, y de continuar con mi escritura en los diversos e ilusionantes frentes que tengo abiertos, quiero cerrar esta etapa del blog con un último post que dé cuenta de las lecturas de estos últimos meses. Después todo continuará con ligeros cambios (en primer lugar de nombre e imagen del blog, quedará bonito –espero-), ¿nunca os ha ocurrido que, tras una mala época, cambiar los muebles de casa provoca que la vida –la misma vida- parezca otra? Yo siempre lo he hecho con mis cuadernos de trabajo -de hecho acabo de empezar un par de ellos-, así que confío que el efecto sea el mismo en el caso del blog. Después de tres años de persistencia y seis meses de silencio lo echo de menos, y hay un puñado de gente que sigue entrando de cuando en cuando para ver si se despierta, además de otros/as que caen por aquí buscando reseñas de determinados libros. Gracias a todos, y especialmente a quienes han saltado del blog a la narrativa, y se han descargado mis novelas. Con esos materiales Casoledo va reforzando las paredes de su lugar en el mundo.
El repaso va a ser rápido y contradirá una regla sagrada del reseñismo –no vamos a llamarlo ‘crítica’, monopolio momentáneo de ciertos medios de poder crecientemente inestable-: la de evitar las cuatro líneas apenas fundamentadas, la opinión, en suma. La red está llena de opiniones de cuatro líneas, y anda escasa de reflexión. Pero el tiempo que ha transcurrido haría esta última demasiado artificiosa ahora. Hablaré, pues, del poso y la impresión que me han dejado mis lecturas de estos últimos tiempos, en pocas palabras por libro, aunque con ánimo de no reincidir en la parquedad.


Comencemos por “Los enamoramientos”, de Javier Marías. Era difícil volver a la ficción, imagino, después de su obra magna, “Tu rostro mañana”. Algo tan grande en extensión y ambición te tiene que dejar seco –salvando las distancias, me ha ocurrido así con ‘Una cuestión de prueba’-. Durante algunos meses se habló de una posible colección de cuentos como el siguiente trabajo de Mr. Marias, pero esta historia se metió por en medio y acabó convertida en una nueva novela. Nueva en el sentido de “otra más”, porque si por algo se caracteriza es por sonar a conocido, música que ya hemos escuchado, pero en una versión bastante peor. Lo primero que rechina es la voz, la de siempre, la del narrador habitual del autor, con sus continuas reelaboraciones de la frase, digresiones suscitadas por determinadas palabras-concepto, reflexiones acerca de lo que podrían hacer los personajes ante lo que les ocurre –y que casi nunca llevan a cabo-… Y aquí es donde comienzan los problemas: ese tono tan característico encajaba bien en el contexto sugerente del alto espionaje, en aquellos individuos misteriosos que parecían intelectualizarlo todo convirtiendo la violencia, la traición y el secreto en motivos de especulación más que en disparadores de episodios novelescos. Pero no ocurre así en “Los enamoramientos”: el sexo del narrador –por primera vez narradora- es por completo indiferente, ya que podría protagonizar cualquiera de sus novelas precedentes, sin embargo lo más sorprendente es que el resto de los personajes se expresen en similares párrafos eternos, como humoristas que parodiasen a Marías en alguna clase de espectáculos reservados a lectores habituales del escritor. A ello debemos unir un argumento que en el fondo no va más allá de una leve intriga propia de cualquiera de los guiones habituales de las series de entretenimiento americanas. El mejor Marías podría haberse apoderado de tales elementos, no obstante, y trascenderlos. El de esta novela fallida se ha limitado a arroparlos con su fraseo brillante, pero totalmente equivocado para lo que relata. Difícil encontrar en el libro alguna idea que quepa denominar como “tema”, o cualquier peculiaridad que añada algo a una trayectoria narrativa admirable. Nada, en realidad, salvo los manierismos propios de la casa y ciertos chistes -ya más públicos que privados (ay, el cansino profesor Rico)- que han dejado de tener gracia. Recuerda un poco al cine último de Woody Allen, siempre es entrañable recuperar esa melodía que tanto nos gustó en otros tiempos, pero conscientes en todo caso de que nos limitamos a practicar el reencuentro y la nostalgia. En ambos casos, no obstante, la crítica es unánime en el halago. Cuestión de “mercados”.

Belén Gopegui no se repite. Lleva un par de novelas reinventándose y sorprendiéndonos. Jugando con los géneros (la novela iniciática, el thriller político) de un modo imprevisible, retador, y siempre brillante. Nunca deja de ser ella, pero se disfraza de otra, quizá porque “los mercados” (insidiosa palabra, otra vez) habían empezado a encasillarla. “Acceso no autorizado” es su última propuesta. Tiene un arranque capaz de enganchar a cualquier lector por la vía de una intriga apasionante, conectada a la realidad y abierta a cualquier desenlace. Y quizá en esto reside el peligro de la jugada: el camino que iniciamos en la novela no conduce adonde esperamos, esto es, a la evolución de la historia por obra y gracia de los apacibles mecanismos del thriller. Mediado el libro, decae el artificio y se hace más reconocible Gopegui. Y es a partir de entonces cuando los lectores pueden continuar o abandonar. Merece la pena seguir, sin duda, pese a que no ocurran las cosas sorprendentes que parecían anunciarse al principio. Disfrutaremos de una palabra precisa, más simple que en anteriores obras, aunque no renuncie a la fuerza de ciertas imágenes, y nos ensuciaremos en el pie de calle de nuestro mundo, que casi siempre discurre, sin embargo, en los elevados despachos de los que mandan. Pese a cierta irregularidad, producto de ese riesgo que decimos, el resultado es satisfactorio. Por encima de otras cosas, la autora demuestra que no tiene límites. Qué será lo próximo… Y de qué pocos autores podemos preguntárnoslo.

“Once maneras de sentirse solo” es una colección de relatos de Richard Yates, escritor felizmente resucitado en estos últimos años como un efecto colateral de cierta narrativa audiovisual de propósitos desconcertantes: acude a los años cincuenta estadounidenses fascinada por su estetica, y elude sin embargo cuestiones de fondo mucho más relevantes, como el origen del paisaje económico-social en que vivimos o los conflictos de género que ahora renacen (la vuelta de la mujer al hogar, y el grosero machismo que acompaña a las que salen de él). Sea de uno u otro modo, la escasa pero impecable obra narrativa de Yates ha sido acogida con entusiasmo desde “Revolutionary road”, y este volumen de relatos se muestra coherente dentro de su obra. Personajes duros, secos como la prosa con que se nos describen, el marco inhóspito de las relaciones afectivas formularias o de la frustración laboral, pequeñas ilusiones que acaban enterradas en la cotidianeidad… Especial aplauso merece “El arte de la derrota”, en que a partir de la simulación de la muerte en los juegos infantiles construye un certero estudio sobre el vicio de perder, la atracción por el victimismo que tantas veces reconocemos en personas que se enrocan en sus supuestas desgracias. Es inevitable pensar en el silencio que mereció el trabajo de Yates en vida, y en que puede haber, por tanto, algo de ironía en este relato, sobre todo visto desde un presente que lo ha situado, al fin, entre los mejores autores del siglo veinte.

“Mrs. Bridge/Mr. Bridge”, de Evan S. Connell es una obra maestra que transcurre en ese mismo mundo al que hago referencia en el párrafo anterior. Pero frente a la estrechez del acercamiento estético contemporáneo, el autor lo explora en toda su hondura y en el contexto que mejor lo permite, el familiar. El libro se compone en realidad de dos novelas independientes, de interesante lectura conjunta, aunque no complementarias. La que presenta sin duda mayor interés es la primera, pues relata la vida de este matrimonio “ejemplar” desde el punto de vista de ella, personaje elocuente en sus palabras y sus silencios, involuntaria representante de una etapa desgraciadamente paradigmática en la historia de las mujeres. Se trata de un ama de casa que sufre ese “mal sin nombre” sobre el que Betty Friedan edificaría su extraordinario ensayo, “La mística de la feminidad”: encerrada permanentemente en casa, sometida a un sinfín de absurdos convencionalismos sociales, despojada de cualquier rasgo de individualidad y, paradójicamente, convertida en la mayor defensora de aquello que la oprime. La novela se articula en breves episodios, a veces narrativos y otras –las más brillantes- como meras estampas de vida que atisbásemos en un movimiento de cortina de esas casas perfectas: y allí aparece el clasismo, el racismo, la crueldad, la sumisión… Es decir, lo que por entonces se llamaba “felicidad”. Evan S. Connell tiene el talento de explicar el mundo sin pontificar, de escribir el mejor tratado de historia, filosofía y psicología con que uno pueda ilustrarse sobre la sociedad occidental mediante herramientas estrictamente narrativas: descripciones potentes, dialogos que zarandean al lector, finales memorables en cada uno de los breves episodios… El libro del año. Tal vez por eso la segunda parte resulta algo mas monótona, menos sorprendente, aunque hay que reconocer que la psicología del hombre de la época no daba para mucho más. Acaso lo más relevante que sacamos en conclusión es que no había enigma en el comportamiento de Mr. Bridge, no nos aguardaba una intimidad compleja en sus contradicciones. En realidad, no hay fisuras en los cimientos que sostienen su trono, y donde Mrs. Bridge permanece encerrada. Por cierto, la escena final de la primera novela, de un sencillo pero emocionante simbolismo, es quizá uno de los mejores cierres imaginables para un libro. No pasa nada, pero no hay manera de olvidarlo. Un regalo inesperado de altísima literatura en tiempos en que todo parece leído y descubierto.

Pasemos a la sección de lo que podríamos denominar “malas elecciones”, y comenzando por un autor que se transmuta hasta hacerse irreconocible cuando se pasea por la novela supuestamente comercial. De ahí ese vergonzante cambio de su nombre, de José María a J. M. Guelbenzu. Al menos, en las entrevistas que preceden a los lanzamientos de sus novelas de la juez De Marco, el autor se muestra respetuoso con sus creaciones, al contrario de John Banville, que al mudar en Benjamin Black manifiesta un tono inequívoco de desprecio hacia lo que mayor rentabilidad le procura. Ambos seguramente pasarán a la historia como dos de los autores europeos más brillantes de su tiempo, a pesar, sin embargo, de su “serie negra”. “El hermano pequeño” es la última entrega de J. M. Guelbenzu, y ella se repite la sensación de cansancio, de mera aplicación de la técnica del oficio o la artesanía que lastra la lectura de estas narraciones. Volvemos a encontrarnos con personajes y situaciones idénticos a los de anteriores libros: el galán canallesco que inerfiere en las investigaciones de la juez, y hacia el que se siente atraída generando conflictos en su línea de trabajo (reiteración ya obsesiva); el colaborador leal con el que mantiene una amistad tensa y frecuentes pulsos de inteligencia; la estructura de intriga en caja cerrada de escasa complejidad (apenas unas piezas en el tablero, y la más discretamente velada suele ser la culpable)… Todo lo cual quedaría superado por algún otro valor literario: la belleza del lenguaje, la profundidad en el dibujo de los personajes, una sucesión de hechos que atrapase nuestra atención, un algo, vamos. Pero no. El autor cumple y facilita una entrega más de su serie, que se supone ha de tener una base fiel de lectores. Ocurre que en este caso hay una circunstancia agravante: una escena grotesca en su inverosimilitud, de un sexismo propio –y lamento decirlo así- de un viejo verde que convierte a la juez en una suerte de muñequita sexual de club de carretera. Una escena sonrojante que apenas te permite seguir sosteniendo el libro entre las manos, y que nos habría provocado un rechazo definitivo de no haberse tratado de Guelbenzu. Alguien capaz de lo mejor cuando se llama José María.

Si podemos calificar “El hermano pequeño” de mala literatura, “Crímenes”, de Ferdinand Von Schirach nos ahorra ese áspero juicio, por cuanto poco tiene que ver este libro con tal hermoso arte. Resulta comprensible su éxito, ya que abunda en descripciones gore, acumulaciones dramáticas del tipo accidentes, palizas, eutanasias, abusos… Un abogado penalista nos cuenta, ligeramente aderezados para el formato “colección de relatos”, algunos de los casos más llamativos de su carrera con tono seco pero en exceso solmene, como muy consciente del impacto que van a crearnos sus historias demasiado reales. Es decir, lo mismo que podría hacer un médico de urgencias –con más vísceras aún de por medio-, o un policía, un bombero o un cooperante en zona de guerra. Todo muy impresionante, sí, y un excepcional documento sobre lo mejor y peor del ser humano, la demostración, al parecer, de que todos podemos ser culpables en un momento dado, de que la línea entre el bien y el mal es de tan difusa apenas discernible etc., etc. Claro que esos nobles propósitos pueden ser relatados, sin más, como en una interesante conversación de cena, o bien elaborados con los medios propios de eso que llamamos literatura, y que aunque no sepamos muy bien definirla sabemos reconocerla cuando nos tropezamos con ella. No está aquí, de veras. “Crímenes” es un libro testimonial semejante a los que confeccionan las celebridades con la ayuda de algún periodista-escribano. En cada uno de los mal llamados cuentos existe además una clarísima toma de postura del autor en favor de su héroe: asesinos enamorados, delincuentes de mente portentosa que se burlan de jueces y policías (curiosamente de todos salvo del propio escritor, vaya por dios)… Difícil se hace apreciar el relativismo del que tanto se habla al comentar este libro. Pese a su intención, nada nos enseña sobre la naturaleza humana, salvo quizá que ésta puede ser extremadamente simple.

“El viejo juez”, de Jane Gardam, es una novela delicadamente escrita sobre un viejo jurista que desarrolló su carrera en la inglaterra colonial. La base de la historia es el recuerdo, y el duro contraste entre una infancia terrible y el éxito sosegado de la madurez. Aunque los episodios que recupera la memoria del personaje terminan por ser previsibles, la autora no cae en la búsqueda de la emoción fácil y consigue así proporcionárnosla. La escritura discurre con esa elegancia anglosajona que parece proceder de la genética, y abunda en pequeños detalles humorísticos que restan importancia a las muchas desgracias que afronta en personaje: desde carencias materiales al extrañamiento permanente inducido por la figura de un padre despiadado. El hecho de que vaya perdiendo fuelle a lo largo de las páginas no empece la sensación agradable que nos deja. Una de esas novelas de sillón de orejeras, chimenea y bebida caliente. Visto lo anterior, no es poco, aunque no llega a ser suficiente.

Volvamos pues a la gran literatura, De verdadero frenesí british puede calificarse “El ocupante”, de Sarah Waters. Una obra mayor comparada con las anteriores, aunque no debe sorprender a los habituales de la autora, sin duda de las mejores del panorama anglosajón, claro que por aquello de la metáfora machorro-futbolera no suele ser incluida en el llamado dream team de las letras británicas. “El ocupante” es una gran novela a la que le perdonamos lo mucho que nos manipula por el goce lector que nos ofrece. El narrador nos lleva de la mano por la decadencia de una vieja mansion familiar en la que algo misterioso parece estar ocurriendo. Ese algo, a la manera jamesiana, no es sino un catalizador para el detallado estudio de los personajes que realiza la autora mediante una escritura morosa, dialogos ambiguos y un sutil encabalgamiento de sucesos que nos mantiene atrapados en la historia. Los personajes tienen capas y aristas, como debe ser, y la voz del narrador aparece tan neutra e irreprochable que nos distrae lo suficiente para conducirnos hacia un final sorpresivo que nos revela más inteligencia que mera habilidad en la novelista. Un clásico.

Como lo es Julian Barnes –este sí que consta en el dream team, ya veis-, cuya última colección de relatos, ‘Pulso’, nada añade o resta a su trayectoria, pero merece la pena por la profundidad y las risas que sabe manejar a un tiempo, como un maestro, para conmovernos y divertirnos en un pasar de pagina. Ya en títulos anteriores había tratado temas como la enfermedad y la muerte (palabras que en manos de otro autor conducirían inevitablemente al dramón) pero nunca como ahora se permite bromear sobre ello, bromear, digamos, a la manera británica, esto es, sin que apenas se note. Especialmente simpaticos resultan los episodios consistentes en el diálogo aturullado de varias parejas en diversas cenas alternando frases de sit-com con reflexiones punzantes sobre la actualidad. Pero es en la primera de las historias del libro, “Viento del este”, donde se contienen las mejores virtudes de un narrador sensible y talentoso como Barnes: la voz irónica –british, de nuevo- del protagonista se revelará finalmente como la mayor de sus taras, cuando echa por tierra una relación amorosa con una hermética inmigrante a la que no sabe o quiere entender. Cuentos tan memorables como éste nos recuerdan que la buena literatura está hecha de palabras imprescindibles, sin aspavientos. Y Julian Barnes sabe manejarlas.

Finalizamos el repaso por la narrativa con un libro que todo el mundo debería leer: “Comer animales”, de Jonathan Safran Foer. A medio camino entre el ensayo y la remembanza autobiográfica, se adentra en la realidad insopotable del sufrimiento animal desde una postura un tanto novedosa si la comparamos con otros textos escritos desde una legítima y admirable militancia. Safran Foer contextualiza el problema en el marco cultural que nos impone unas formas de comer, y que enlaza la tradición gastronómica con aspectos de la vida tan delicados como la familia, la infancia, los saberes transmitidos a través de las generaciones con una ingenuidad irreprochable y recibidos del mismo modo acrítico. Todo ello da cuenta de la dificultad de enfrentarse al problema, y sin embargo, a continuación, emprende esa tarea: estudia los documentos oficiales, y los procedentes de la propia industria cárnica –de una elocuencia obscena-, entra clandestinamente en las granjas, descubre cómo funcionan los laboratorios… Se ensucia, en definitiva, con la sangre y el dolor gratuitos de millones de seres vivos a los que se tortura innecesariamente en aras de la rentabilidad, y hace hincapié en la clave del asunto, en lo que realmente molesta y duele: no tanto en el hecho de que se maten animales cuanto en la forma como lo hacemos. Algo que algún día, si es que tenemos futuro como especie, será juzgado desde la racionalidad y el espanto.
Pero no sólo es el terrible sufrimiento de los animales en las granjas y laboratorios lo que subraya la investigación de Safran Foer: sino la cantidad de drogas, caldos de productos químicos, hormonas y demás que ingerimos los humanos a través de ese sistema productivo que, por cierto, no siempre ha existido así y, lo que es más importante, no tiene por qué ser necesariamente así. Poco más puede decirse porque los hechos son incontestables, el órdago está frente a nosotros: leer este libro, como muchos otros de la bibliografía animalista, cambiará nuestra vida: es decisión de cada cual hacerlo o no. Recientemente la actriz Natalie Portman admitió que se había hecho vegetariana a raíz de la lectura de “Comer animales”, entendámoslo como un aviso a navegantes. Safran Foer es lo suficientemente cabal para hablarnos de la dificultad de ese camino, pero les aseguro que para todo aquel que se adentre en esta clase de lecturas, es ineludible. Merece la pena mojarse.
El libro, por lo demás, está hábilmente escrito, con una prosa cercana y limpia, a ratos experimental para jugar con la atención de los lectores en ciertos juegos tipográficos, y llena de interrogaciones que cuestionan la realidad de todos, comenzando por el autor.

“1000 violines”, de Kiko Amat, es un ensayo sobre música pop, y otras cosas aledañas, para incondicionales (de Kiko Amat). Cerrado sobre sí mismo y sus filias y fobias, no permite la entrada en ese santuario si previamente no se comparten buena parte de sus gustos, aun para contradecirlos. A ratos resulta tan críptico como los típicos diarios de críticos de poesía que partiendo de una toma de postura intelectual terminan en riñas y cotilleos de patio de vecinos. Es admirable, no obstante, su capacidad de ilusión por algo, la música en este caso, y es en las páginas en que expresa su relación con ella donde aparece más sincero y conmovedor, sin las bouades, chistes privados y autorreferencias de las secciones dedicadas a tal o cual músico. Hay otros ejemplos de erudición pop (Fran G. Lara, por ejemplo, aunque en este caso no sólo musical) en los que el sentido del humor y la buena prosa no aparecen reñidos con la capacidad de comunicación. Lo dicho, sólo para incondicionales, yo no lo era porque no había leído nada del autor, y este libro no me ayudado a serlo. Le seguiré la pista, en todo caso.

La mención al misántropo que no lo es me permite traer a colación tres cómics que también he leído en los últimos tiempos. Empezaré de mejor a peor: “Polina”, de Bastien Vivès, me ha dado algunos de los ratos de lectura más hermosos de este año. Para alguien no entendido en el género se hace compicado escoger nuevos títulos, en especial porque las manías que uno se trae de otras artes, como la literatura, se hacen aún más inflexibles fuera de su territorio. Así, la historia autobiográfica de un treintañero infantilizado al que no quieren las tías, al que el mundo no comprende, y cuya vocación artística le impide doblar la espalda y ganarse la vida, me resulta sencillamente insoportable. Y, o estoy muy obcecado cuando echo un vistazo a las mesas de novedades en cómic, o buena parte de lo que aparece responde a ese perfil. Entonces uno ve una portada tan elegante, sencilla y delicada como la de Polina y te llevas el tomo a casa, sin más. No me ha defraudado. Se trata de una historia sobre el arte, nada menos. Es decir, sobre el desarrollo del talento por la vía del trabajo y sus vicisitudes: la relación con el maestro, el tortuoso aprendizaje, las oportunidades y bifurcaciones que pueden malograrlo todo, o hacerlo florecer, quién sabe. No hay demasiados alardes ni trucos en la trama, ni se juega con ardides emotivos, a salvo el reencuentro entre maestro y alumna, que era inevitable en cualquier caso. Incluso se permite un pequeño guiño casi fantástico en esa escena, relacionado con la subjetividad que provocan los afectos en nuestra percepción de los demás. Las viñetas son un ejemplo de expresividad con economía de medios y trazos simples, y los silencios priman sobre los diálogos logrando que en ocasiones podamos imaginar la música. Una delicia, lo recomiendo como regalo de reyes.

Bajemos ahora a los infiernos: “La protectora”, de Keko, tiene el cuajo de continuar “Otra vuelta de tuerca”. Los lectores/as de este blog sabrán de mi querencia por el maestro Henry James, querencia que me hace contemplar con curiosidad experimentos como éste, y acudir a ellos sin el cuchillo entre los dientes, puesto que el mero acercamiento a la obra jamesiana suscita de por sí mi simpatía. Claro que a veces hay que sacar el cuchillo e hincarlo hasta tocar hueso, y así ha ocurrido con este dislate por lo demás tan previsible. Ha dicho el autor que se había lanzado a la tarea sin guardar respeto a James, actitud legítima, puesto que lo contrario lo convertiría en un mero glosador del relato. Sin embargo hubiese sido recomendable un paseo por los muchos autores y autoras que previamente han intentado lo mismo, aunque sólo fuese para evitar repetir sus decisiones. La interpretación sexual de la obra jamesiana es un tópico lo suficientemente manido para que apenas comencemos a pasar las paginas todo sea tan predecible que carezca del mínimo interés. Y ello a pesar del efectismo de las ilustraciones, muy de psicoanálisis y brochazos pueriles. Ya se han hecho cientos de variaciones sobre “Otra vuelta de tuerca”, al igual que cientos de versiones de canciones como “As time goes by”. Y si algo nos enseña esta última es que, antes de despeñarse, mejor agarrarse a los cabos del clasicismo.

Finalmente, y esto lo voy a despachar en dos líneas, “Los años dulces, volumen 1”, de Jiro Taniguchi. Fiel a los patrones del cómic japonés, nada que objetar con respecto a sus bonitas, puntillosas y realistas imágenes. Lo que ocurre es que la historia necesita ser tragada con abundancia de protectores de estómago, y uno prefiere evitar la medicación a favor de las terapias naturales, por ejemplo, de otras lecturas más interesantes. Supuestamente nos cuenta una delicada historia de amor entre una joven y un viejo profesor. Subrayo delicada con propósito irónico, porque si algo vemos aquí es una muestra sociológica del machismo nipón, tanto más aberrante cuando nos presenta como normales, e incluso enternecedoras, escenas que situán a la mujer en un grado tal de servilismo y humillación que proyectan una especie de mal olor o un sonido chirriante en cada viñeta que imposibilitan la lectura. Mal puede hablarse de amor entre dos seres humanos colocados en tan distinta posición. Al menos las damas de las novelas victorianas contrapesaban los convencionalismos sociales con una inteligencia sarcástica. Nada de ello le ha sido concedido al personaje femenino de esta historia, que se limita a llevar una vida desastrada en espera del santo varón que la redima. Un libro bonito en las formas y apolillado en el fondo, como ciertos muebles antiguos y engañosos.


Finalizo el apartado libros con una particular “larsoniana”. El fenómeno Stieg Larsson ha continuado más allá de sus novelas y adaptaciones al cine, para constituir una historia apasionante sobre la doble crueldad, del destino y de los hombres (entiéndase esto último como estricta alusión a un genero). Comencemos por “Millennium, Stieg y yo”, de Eva Gabrielsson. Su vida en común es en sí una gran novela. Pero la autora de este libro no ha querido desarrollarla de esa manera. Hay algo en la tradición cultural de los países mas civilizados y cultos que acaba permeando las actitudes individuales, España no puede contarse entre ellos, o al menos parte de España. El cainismo, la vulgaridad y la sobreactuación habrían contaminado una obra como ésta, de haber salido de las manos de alguna agraviada hispánica.
Eva Gabrielsson ha sufrido una injusticia tal que, si nos detenemos a reflexionar sobre ella, tiene algo de broma amarga, de jugarreta perfecta del destino. Todo ha sido excesivamente cruel, y excesivamente gratuito. Pero ella no ha perdido el temple, la capacidad de tomar distancia -aun en la pelea-, para no dejar de ser persona. No se ha expuesto como una mercancía más de la "industria Larsson" que tanto denuncia, habría sido muy sencillo para ella pasearse por todas las televisiones mundiales y hacer caja, a fin de cuentas es lo que está ocurriendo en torno a los libros y la existencia misma del que fue su pareja durante más de treinta años. Este pequeño volumen memorístico trata simplemente de aportar su propia voz en la barahúnda de ruido que ha generado la familia del fallecido, las productoras de cine, los amigos que han dejado de serlo a cambio de unas -muchas- monedas... Y lo hace con palabras firmes, dolorosas, pero en absoluto enceguecidas por el rencor. Una verdadera lección, en definitiva. Que hable Eva y calle el mundo.
A lo largo de su convivencia, Larsson y Gabrielsson llevaron una vida humilde y feliz. Esto último se transparenta en las numerosas anécdotas personales que relacionan su biografía con determinadas escenas, objetos y personajes de Millennium. Crecidos y educados en la ética revolucionaria propia de la época, supieron evolucionar con independencia sin perder nunca el compromiso social que guiaba tanto su labor profesional como su círculo de afectos. El trabajo de él como periodista especializado en la investigación de grupos neofascistas suponía que estuviese permanentemente amenazado, de forma que debía vivir en ese subsuelo ciudadano ajeno a registros oficiales. Nunca se casaron, pues, y ni siquiera el nombre de Stieg aparecía en el buzón de su casa. Había habido ejemplos de represalias e incluso asesinatos en su círculo que así lo aconsejaban. En esas peleas transcurría su existencia, unidos por la pasión ideológica y laboral, ella como arquitecta ecológica y sostenible -quizá dentro de treinta años conozcamos esto en España, ay...-, él en su agencia de noticias, y posteriormente en la famosa revista Expo -quizá dentro de treinta años conozcamos una publicación similar en España-.
Y de repente, Stieg Larsson se pone a escribir. Y consigue, tras algún rechazo, un contrato editorial con un buen adelanto que hace presumir cierta prosperidad futura. Hacen planes, se ilusionan ya en la madurez con poder realizar algunas cosas... Y entonces él fallece. Los libros salen a la luz y ocurre lo que todos conocemos. Y en ese momento aparecen el padre y el hermano, con los que apenas se hablaba, para administrar la herencia. Eva termina poco menos que repudiada y sin un euro. Cuestiones del derecho de familia en un país tan avanzado como Suecia. Ay la familia, esa gran institución, pilar fundamental de una sociedad… que se cae a pedazos. Triste consuelo para Eva el poder expresase en este libro, recomendable simplemente como vigoroso testimonio de una injusticia, pues su estilo de reportaje memorístico no da para mucho más.
Claro que aun así supera con mucho al oportunista “Mi amigo Stieg Larsson”, de Kurdo Basi. La generosidad del novelista al incluir a su amigo como personaje en uno de sus libros se ve recompensada con este vergonzoso “pasar por caja” que nada aporta a su historia, puesto que ni siquiera se esfuerza de veras en enmendar el conflicto que se produjo en torno a los derechos de autor tras su fallecimiento. Eso sí, nos sorprende con alguna afirmación ladina del tipo “en realidad, Stieg no era buen periodista”, que sabe dios qué extraño sentido de la lealtad y la justicia lo movió a dejar por escrito.
Y sin embargo, el puñetero tenía razón. “La voz y la furia” es una recopilación de artículos de Stieg, la mayoría publicados en Expo, en torno a los temas que centraban su labor periodística: el racismo, la corrupción empresarial e institucional, los perdedores de la historia. Los textos dan fe del aliento ético que sabría trasladar a la narrativa sin convertirla en panfletaria, pero también de una escritura pobre, apenas reflexiva, de una visceralidad propia de los opinadores habituales de foros políticos en internet. Sorprende porque el grado de exigencia con que caracteriza la labor periodística en sus ficciones no se ve reflejada en este libro. Si bien debemos contemplarlo con escepticismo, puesto que se trata simplemente de eso, una selección de textos que seguramente no cabe considerar significativos tras varios decenios de trabajo.

Y para ir concluyendo esta entrada-río pasemos al cine, al cada vez más limitado panorama que nos ofrecen las carteleras, donde sólo parece haber dos opciones: el cine infantilizado hasta la náusea, en forma de espectáculos “para toda la familia” acompañados de nachos, palomitas y litronas de cocacola; o bien el supuesto cine de autor, dirigido a públicos selectos, siempre los mismos, otra forma de rebaño que consume con gusto lo que presumiblemente va dirigido a ellos y los diferencia. En esa especie de “bipartidismo” apenas queda hueco para películas que uno vuelve a ver varias veces a lo largo de su vida, que se instalan en las programaciones de televisión y centros culturales como clásicos, que saben aunar la firma de autor con la ausencia de artificios destinados a ciertas revistas especializadas. Ha habido unas cuantas cosas buenas y muchos espantos. Quedémonos con las primeras:
“La piel que habito”… mira que llevo tiempo poniendo verde a Almodóvar. Y esta vez acudí al cine con una buena carga de prejuicios que se me fueron cayendo uno a uno. La misma brillantez visual de siempre, pero sublimada por un contexto muy distinto, cercano a la ciencia-ficción. Sin embargo lo mas gratificante fue encontrarse, después de mucho tiempo, con un guión defendible, coherente aun en su coqueteo con lo inverosímil. Esta vez lo ha hecho, se ha probado a sí mismo y ha salido victorioso. El mejor Almodóvar sin ser tan Almodóvar. Formidables Banderas y Elena Anaya, y un puñado de escenas que destacarán en cualquier resumen de su filmografía.
“Somewhere”, de Sofia Coppola. Imposible no sonreírme al recordar esta película, porque salimos del cine echando pestes de ella. Así que de vez en cuando se hace muy recomendable una especie de catarsis en público para reconocer que la cabezonería me ha impedido fijarme en los detalles. Lenta, vulgarmente reiterativa de ciertos motivos de Lost in traslation (la incomunicación simbolizada en esa frase final oculta tras el ruido, o las experiencias frikis en el textranjero), aburrida, sin rumbo ni final discernibles… Todo eso puede suscitarte en pleno visionado. Y sin embargo pasan los días y las semanas y no logras olvidarte de ella, recuerdas ciertas escenas, la revives, de alguna manera, y entonces te das cuenta de que, en efecto, es tan absurda como la vida del personaje protagonista, esto es, como la historia que quiere contarnos. Nos habla de la nada, y de cómo es posible escapar de la nada a través de algo tan sencillo como la relación entre los seres humanos, y el afecto. Al igual que en Lost in traslation, sí, pero de una forma menos evidente porque la situación, los personajes, no lo permiten. El día a día de uno de esos actores de productos infantilizados no deja espacio para la poesía. Y sin embargo comienza a haberla cuando la luz del cine se apaga. Qué has hecho con nosotros, Sofía, la madre que te parió.

Con “Melancolía”, de Lars Von Trier, ocurre algo parecido. Bien es verdad que durante la proyección vas recibiendo ciertas compensaciones: la belleza de sus imágenes, la música… Es el guión, o la ausencia de él, lo que te exaspera. Pero al igual que en el caso anterior, pasan los días y comienzas a comprenderlo todo. La melancolía a que alude el título marca el tono de la película: su progresiva aparición, en la primera parte, y la forma en que distintos caracteres se enfrentan a ella, en la segunda. El resto de interpretaciones, mensajes ocultos, dilemas filosóficos y predicciones sobre el futuro de la humanidad pueden encontrarse en multitud de comentarios periodísticos, blogs y foros. Quizá la peli no da para tanto, pero tampoco es tan artificiosa como parece. Reconozco que en este caso también me ha influido la sensación de la que hablaba al principio: la de que nos encontramos ante un producto perfectamente elaborado, empaquetado y distribuido para satisfacer a un público muy concreto y de fácil indentificación. Con los años uno va rechanzando ciertas liturgias, aunque escondan cosas que merezcan la pena.
Salimos ahora del cine arty y pasamos al comercial, donde se supone que no debe demorarse un caballero que desee conservar cierto lustre intelectual. A la mierda, me ha encantado “Intruders”, de Juan Carlos Fresnadillo. Sobre todo porque es un estupendo cuento fantástico que remite a lo mejor de la tradicion anglosajona. Está relatado con brío, aunque con ciertas caídas en la estética videoclip, y tiene un final tan emotivo como inesperado. Juega con las expectativas del espectador y las traiciona para ofrecerle algo mejor de lo que aguardaba: una reflexión sobre nuestros miedos y sus peligrosas proyecciones.
Acabo con una reflexión triste que me provocó Super 8: no sólo se trata de una película verdaderamente terrible, de una puerilidad sonrojante… Lo lamentable es que ni siquiera en su pobre intriga se esfuerza lo más mínimo por parecer coherente y verosímil. Si uno le concede entrar en su juego y analiza el argumento, hace aguas por mil lugares distintos. Y entonces te preguntas a qué grado de asentimiento hemos llegado como espectadores para que cualquier cosa bien presentada nos sirva como regalo, aunque el interior sea inutilizable, o esté podrido. Desgraciadamente, ese parece ser el futuro del cine.

Pues ya está hecho el repaso a estos últimos meses. Ha habido otras cosas, otras lecturas, muchos discos, series y pelis, pero creo que sirve para romper el hielo tras una larga ausencia.
Y con esto termina “La bestia en la jungla”, para continuar de modo similar a salvo pequeños detalles que pese a todo espero que sean significativos. En unos días, cambio de piel.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

"Riofrío", de Santiago Muñoz Machado. V de Vendetta.


Este es un libro singular y plausible en cuanto a su propósito: recoge las reflexiones de un abogado con motivo de un largo y complejo proceso judicial en el que con frecuencia estima vulnerados sus derechos. Nos permite, por tanto, acudir a este escenario teatral —como con acierto él mismo lo describe— y conocer las entrañas de la obra. No abundan las reflexiones escritas y publicadas de los juristas sobre el desarrollo de su trabajo, y en este sentido es de agradecer que uno de ellos, notoriamente prestigioso, encare la tarea en el contexto arduo de una batalla judicial que adquirió relevancia pública y se alargó durante muchos años.

Claro que el contenido del libro no debe conducirnos al engaño de pensar que nos encontramos ante un texto jurídico, cuya lectura y valoración deba realizarse con las herramientas y el sentido propios del derecho. El autor ha escogido una forma conscientemente literaria, narrativa incluso, a modo de crónica personal de unos hechos vividos muy de cerca y en la que no faltan por tanto las apreciaciones surgidas del impacto emocional que el transcurso del procedimiento, con sus distintas fases, iba causando en él, así como digresiones de orden memorístico o intelectual que componen un texto de buen acabado artístico. Insisto en que, hallándose siempre el Derecho presente en los grandes debates de nuestro tiempo, de todos los tiempos, echamos en falta más testimonios de este tipo, especialmente cuando proceden de una pluma bien trabajada y una mente brillante como la del profesor Muñoz Machado.

Ahora bien: hagamos un punto y aparte en cuanto a la forma y abordemos el contenido. El proceso del que da cuenta tiene que ver con una instrucción abierta en la Audiencia Nacional a propósito de la supuesta vulneración del porcentaje de participación de una serie de empresas en la cadena de televisión Telecinco. La instrucción se prolongó durante años, y celebrado el juicio penal, la sentencia fue por completo absolutoria.

En las Facultades de Derecho se nos explica la diferencia entre verdad procesal y verdad material para hacernos entender que lo que se dilucida en el proceso judicial es realmente la primera, por mucho que las normas que lo regulen tengan como objeto descubrir la última —por así decir, la verdadera—. En efecto, a un abogado puede pasársele proponer determinados medios de prueba, de forma que algo de lo que se discute no quede acreditado en la causa, aunque ciertamente exista en la vida “real”, fuera de ella. El juez debe pronunciarse en torno a los elementos de juicio que se someten a su consideración en el pleito, y pretender por su parte ir más allá no sólo vulneraría unos cuantos derechos fundamentales, sino que lo dibujaría con la personalidad de un semidiós que se cree peligrosamente infalible, y que confunde sus deducciones con la única “verdad” posible. Algunos autores, singularmente Montero Aroca, han alertado sobre la tendencia de las normas procesales a extralimitar los poderes del juez en perjuicio del principio de aportación de parte, o lo que es lo mismo, la configuración del asunto a discutir por la vía primordial, que no exclusiva, de lo que cada uno de los contendientes sostenga y trate de probar en el transcurso del juicio.

Valga este excurso para poner de manifiesto que Muñoz Machado no nos habla en este “Riofrío” de lo que ha ocurrido en el proceso, sino de una verdad material que se deduciría de él y que puede resumirse en lo siguiente: siendo los imputados claramente inocentes, un juez prevaricador montó artificiosamente una causa contra ellos con el fin de satisfacer su ego en el intento de capturar una pieza pública de espectacular relevancia, nada menos que Silvio Berlusconi. El autor de este libro no se conforma con explicar la epopeya sufrida a lo largo de la batalla judicial que conduciría a su victoria en forma de absolución, sino que intenta que la conclusión inequívoca del lector sea ésa, que el señor juez se salta a la torera el Estado de Derecho, que es un peligro para todos, que merece ser condenado en la nueva causa que el propio escritor y abogado ha comenzado contra él.

No podemos acompañarlo en ese viaje. No, porque no nos resulta más fiable que cualquier opinión de parte que incurriese en alarmante tendenciosidad al articular su discurso. Y comencemos por una licencia retórica que se toma para formularlo: desdoblarse, en primer lugar, en “el abogado” (defensor) y “el profesor” (imputado), condición que se desvela al final —aunque no imaginamos a quién podría confundir— de una manera bastante ingenua, y que desde luego no hace que tomemos una mínima distancia con respecto al punto de vista del autor; y en segundo y más relevante lugar, evitar en todo momento nombrar al juez, decisión por completo absurda, o mejor decir maniquea: “el juez” pasaría a ser de ese modo una amenaza objetiva que debería hacernos a todos sentirnos implicados con la peripecia de los investigados; sin embargo, tanto éstos como las diversas circunstancias de la causa se nos relatan con suficiente explicitud, de forma que ¿cómo no saber que se trata de Baltasar Garzón? El caso es que “el profesor” o “el abogado” no quiere ni mentarlo en su afán por presentarse como escrupuloso defensor de la justicia y el Estado de Derecho; podría ser cualquier juez, parece decirnos.
Pero no podría ser cualquier juez. Porque de otro modo no cabe explicar la publicación de este libro (que recopila y reescribe una serie de artículos procedentes de una revista especializada de difusión mucho menor) justo en el momento en que acaba de ser defenestrado, por iniciar una investigación contra el franquismo, en un proceso promovido nada menos que por la Falange. Aparece ahora esta crónica elegante y educada para coger otra piedra del suelo y arrojarla sobre el cuerpo medio enterrado. Y aparece también, cómo no pensarlo, para reforzar la nueva batalla judicial que el autor ha comenzado contra Garzón, con motivo de los delitos que éste habría cometido al instruir el anterior procedimiento.
Muñoz Machado relata irregularidades procesales, filtraciones a la prensa, actuaciones arbitrarias del juzgador… muchas de las cuales, como el propio escritor reconoce, constituyen los delitos por los que debería ser condenado. Este relato indudablemente parcial se despeña de cuando en cuando por la elocuencia de su lenguaje y los caracteres que a través de él se nos presentan: Berlusconi es un tipo encantador, leal con los suyos, simpaticote, extrañado por los desmanes de la justicia tercermundista española (a los italianos les sonarán ahora estos argumentos); “el juez”, además de ególatra enloquecido, resulta ser un manipulador, un jurista grosero y una persona vulgar que supuestamente hunde la cara en una tarta de merengue para celebrar uno de sus éxitos. A este merece la pena referirse: la causa que inició contra Pinochet y a la que Muñoz Machado, de nuevo pacato, se refiere en unos términos que revelan mejor que ningún otro su posición moral: “dictadorzuelo jubilado”, lo llama, y entonces lo entendemos todo. Ay, cómo traicionan las palabras. Frente a los calificativos e incluso motes (“juez Vidriera”) que le merece Garzón, Pinochet es una especie de figura de opereta, y el proceso que buscaba su enjuiciamiento, una extravagancia sin mayor interés. Sustituyamos “dictadorzuelo jubilado” por “genocida” o “asesino de masas” o “torturador fascista” y la iniciativa de Garzón cobra otros tintes, ¿verdad?
El libro termina siendo así un thriller de buenos (los honestos empresarios y sus asesores en las operaciones mercantiles de alto nivel) y un malísimo, y la moraleja es que a cualquiera de nosotros podría aparecérsenos el ogro en cualquier momento. Vigilemos el Estado de Derecho (o mejor, la libertad de mercado), que nos lo comen… El discurso es sobradamente conocido.

Qué curioso y diverso es el mundo éste de la abogacía. Por un lado encontramos a profesionales empecinados en la defensa de los derechos humanos, gente que arriesga a diario su vida y que ha hecho avanzar al mundo a golpe de sacrificio; en medio, la mayoría de compañeros que en el día a día ejercen su trabajo de la mejor forma posible en defensa de los intereses de sus clientes, se trate del tema que se trate, mediante la aplicación de las herramientas del derecho, y sometidos a no pocas presiones; en el otro extremo encontramos a juristas pulcros especializados en los “grandes ratios”, entendiendo por tales la confección de entramados mercantiles más o menos legales con el fin de que los que tienen mucho dinero tengan muchísimo más dinero, y a ser posible eviten ser importunados por el fisco, la seguridad social o los mismos jueces. Bien es verdad que llevamos treinta años escuchando que esto último es lo que sostiene el mundo, la creación de riqueza, las oportunidades para todos… En una proporción de uno para ti y diez mil para mí, claro, lo que hace necesario que sigan existiendo abogados del segundo grupo, y por supuesto del primero al que me he referido. Por lo general esa clase de profesionales del entramado y la macrooperación, así como los clientes a quienes asesoran, cuentan con abundantes medios materiales para que dinero no tenga olor ni sabor, vuele, se difumine y se multiplique con eficacia y discreción. Frente a ello, de escasas herramientas dispone tanto la administración pública como los juristas que defienden a los trabajadores o pequeños propietarios.

Este libro contribuirá sin duda al apuntalamiento del discurso del mercado, la creación de riqueza, el trabajo como regalo divino… Y lo hará muy bien, porque se encuentra enriquecido por no pocas citas intelectuales: jurídicas, filosóficas, literarias… Mucho Huizinga, Orwell y Calamandrei (hay que tener cuajo para aplicar a su caso el opúsculo de este autor en defensa del derecho en plena época nazi… otra hipérbole significativa), pero nada de ello, en realidad, consigue que identifiquemos la verdad procesal vivida y ganada por el autor con una realidad material que nunca conoceremos, y menos aún que identifiquemos la absolución de una serie de imputados con la prevaricación del juez instructor. La buena prosa y el aliento intelectual no son suficientes para encubrir la miseria moral con que Muñoz Machado ejecuta su venganza y, provisto de un hacha en forma de libro editado por un sello comercial, arranca otro trozo de leña del árbol caído.
Dentro de cien años Baltasar Garzón será recordado, entre otras cosas, por haber proporcionado consuelo y una elemental justicia a las víctimas de algunos de los crímenes más repugnantes de la historia de la humanidad. De Muñoz Machado quedarán, con seguridad, sus estudios jurídicos menos perdurables (por la propia evolución legislativa); y, en la memoria de algunos pocos, su eficiente contribución a una cierta creación de riqueza. Lo demás, a los tribunales.


(Actualización o coda escrita el 14 de febrero de 2012: Garzón ha sido condenado por prevaricación a raíz de las escuchas del caso Gürtel. Repasando este post me agrada comprobar la frase con que finaliza: lo demás, a los tribunales. Así ha ocurrido, y a diferencia de muchos la sentencia del Supremo no me incita a salir a la calle y manifestarme. Creo tanto en la imparcialidad del juicio técnico-jurídico como en la parcialidad del relato narrativo.  Esta última me resultaba molesta en el libro de Muñoz Machado, mientras que a la primera nada debo objetar. Determinados juicios te llevan a tomar partido, pero esa actitud tiene el alcance limitado del contexto en que se ha producido: el personaje del "abogado-profesor" del libro termina siendo un narrador manipulador que suscita rechazo, y que te lleva a colocarte del lado del objeto de sus odios. Eso no supone que uno se haga del club de fans de Garzón. En otro contexto podría haber dicho que siempre fue un instructor bienintencionado aunque zarrapastroso -algo imperdonable en derecho, el reino de la precisión y el rigor-, un escritor nefasto y un ególatra tan beneficioso para las grandes causas como peligroso para sí mismo. Ahora ha acabado su tiempo. Legítima es la sentencia, que apuntala el derecho de defensa, y legítimo es el libro de Muñoz Machado. La primera, la acatamos. Al segundo le damos cera. Porque -y ahí está la clave que parece no haber entendido el autor- ambas no son la misma cosa). 

domingo, 4 de septiembre de 2011

Fecha de vuelta....

Este blog retomará su actividad, espero, a principios de diciembre con las reseñas y post habituales -que ya voy elaborando- y reediciones más cuidadas de los libros. Gracias a los lectores/as que han seguido pasando por aquí durante este tiempo de paréntesis mental. Hasta entonces, felices lecturas, músicas y todas las cosas que hacen bonitas las horas.

viernes, 15 de abril de 2011

“Liberación animal”, de Peter Singer. La palabra que cambia el mundo.

Hay un puñado de libros que han cambiado el mundo, que han violentado los resortes de la historia atacando el modo en que la realidad se nos presenta. Es precisamente el paso del tiempo el que da cuenta de su magnitud. Muchos aspiran a lo mismo, pero los años los borran de nuestra memoria y los confinan en la subescala de la moda editorial o la celebración partidista. “Liberación animal” ha cambiado el mundo a la manera en que se hacen estas cosas: instalando ideas en nuestra conciencia colectiva con aparente suavidad e invulnerable firmeza. En la bibliografía animalista abundan otros tratados de corte filosófico que profundizan con mayor rigor en los conceptos que aquí se apuntan, pero el valor de este ensayo consiste en vincular el pensamiento con la exposición descarnada de una realidad que apenas imaginamos: la de la tortura animal sistemática sobre la que se sustenta buena parte de nuestra vida cotidiana. Es algo, en realidad, tan insoportable que debe ser suministrado en dosis informativas de adecuada proporción, porque el efecto rechazo que puede provocar termina obteniendo un resultado precisamente opuesto al que se espera.

La estructura del libro es impecable: comienza por desarrollar una serie de principios básicos del pensamiento animalista, o mejor decir del pensamiento propio de cualquier ser humano con una mínima capacidad de razonar, ajeno a prejuicios o militancias. Los animales sienten. Sienten miedo, dolor, alegría, desamparo, precaución, placer… Y esto, sencillamente, es lo que los hace acreedores de derechos y respeto. No se trata de escalafones procedentes de la religión o la ideología, sino de una verdad que apela a nuestro sentido común, a nuestra inteligencia, empatía o mera aptitud para percibir el sufrimiento ajeno. Tras esta breve pero precisa introducción teórica Singer nos toma de la mano, previo aviso, y nos lleva a contemplar directamente el infierno. Los siguientes capítulos recorren la experimentación supuestamente científica con animales y la industria cosmética y alimentaria. Es entonces cuando se producen los descubrimientos que hacen tan incómodo este libro: productos de uso común en nuestro día a día, desde lociones faciales a limpiadores de horno, han invadido las cuencas oculares de conejos durante días, hasta reventarles los ojos; la carne pulcramente envasada que consumimos procede de la tortura masiva de miles de aves de corral o terneros enjaulados en condiciones insoportables (grandes avances se han conseguido en los últimos veinte años: por ejemplo, que los animales puedan darse la vuelta en la jaula o extender las alas, que no les corten el pico masivamente -provocándoles heridas que generan quistes- para que no se peleen de puro estrés y perjudiquen el producto-; también hemos logrado que a los terneros se les proporcione hierro, pues evitaba hacerse para que la carne tuviese un aspecto más blanco y lamían las jaulas con desesperación, lo que ocasionaba daños, de nuevo, en el producto). Y aun más: los llamados "experimentos científicos" esconden verdaderas aberraciones que se asemejan a los juegos crueles de unos chiquillos que se entretuviesen diseccionando insectos; así, no imaginábamos que la mayor parte de esas pruebas enloquecidas no se realizan en el mundo de la medicina, con vistas a solucionar las grandes patologías que amenazan al ser humano, sino en el de la psicología, donde pequeñas especies, como ratones y cobayas, pero también crías de chimpancé, son objeto de estudios muy "interesantes", aunque no se sabe para qué: por ejemplo, induciéndoles la depresión, el desamparo y la soledad mediante el aislamiento en cápsulas, el rechazo artificioso de su madre con descargas eléctricas, etc. etc.

En este punto, el amable lector o lectora que no haya leído el libro podrá preguntarse de dónde procede todo ello: ¿teorías conspiranoicas, información gratuita de internet? Nada de eso. Y aquí nos encontramos con una de las circunstancias más esclarecedoras del estado de cosas: los datos que nos ofrece Singer son extraídos de las propias publicaciones científicas de ámbito universitario, o de las de las grandes empresas productoras, incluida en ambos casos la publicidad de la maquinaria apta para obtener la máxima rentabilidad con el mínimo incordio, esto es, con el máximo sufrimiento animal. ¿Y como es que semejante catálogo de perversidades es perfectamente público? Porque a fecha de hoy el ser humano, o mejor decir el varón-blanco-occidental-de clase media-alta, continúa convencido de que la naturaleza ha sido puesta a su disposición para permitirle un disfrute sin límites. Ni siquiera existe excesivo debate acerca de estas cuestiones, y cuando surge basta una sencilla manipulación de bajo nivel para solventarlo, que se resume en que todo es imprescindible porque, en último término, todo es en nuestro favor.

Claro que de cuando en cuando alguna asociación entra en las cámaras de tortura con la grabadora y entonces se nos ponen los pelos de punta. Y ahí sí que hay respuesta por parte de los torturadores, pero no a causa de un inesperado prurito ético, sino porque aparece ante sí el mayor de sus miedos: el castigo del mercado. Y éste es uno de los caminos que podemos emprender: discriminar con nuestras decisiones de consumo a aquellas empresas que fundamentan su rentabilidad en el sufrimiento de los animales no humanos. Es fácil informarse, circulan numerosos listados, y afortunadamente hay marcas que han optado por todo lo contrario: "venderse" como respetuosas con ese mínimo ético exigible.

El problema último, al que no es ajeno Singer, se halla en la intrínseca tanto al mero conocimiento de la situación como a la posterior toma de decisiones: preferimos no saber porque saber puede llegar a ser insoportable. Gestos cotidianos que realizamos en los supermercados alimentan esta industria atroz del sufrimiento, y si bien no cabe imputar más responsabilidad de la debida a unos consumidores a los que se mantiene en calculada ignorancia, es claro que también hay pasos adelante que podemos dar, cosas que podemos hacer. Singer no nos fuerza a adoptar una dieta vegana, a no vestir pieles o no consumir determinados productos. Pero hace algo revolucionario, completamente transformador, que explica el éxito del libro y sus constantes reediciones en todo el mundo a lo largo de treinta años: proporciona información. Sólo eso. Nada menos que eso. Y después de recibirla, nada vuelve a ser igual para nosotros.

martes, 12 de abril de 2011

“Confianza”, de Henry James. Un borrón exitoso.

Continúan apareciendo en el mercado español obras inéditas del maestro en ediciones desiguales, a menudo deficientemente traducidas y dotadas de una engañosa relevancia. Lo bueno es que han contribuido a generar un público lector de James, que parece responder siempre que un relato corto se presenta en la mesa de novedades con buen papel y un cuadro de Sargent en la portada. Lo malo es que han acabado por convertir a muchos editores en profesionales acomodaticios, a quienes basta con tirar de obras con derechos caducados y nombre fiables para asegurarse una mínima tirada. Tratándose de Henry James el balance ha de considerarse positivo en cualquier caso, aunque hará bien el lector/a en pensárselo dos veces antes de adentrarse por cualquier camino en el paraíso perfecto de su narrativa.

“Confianza” es la novela que le proporcionó mayor éxito, aun así moderado conforme a los parámetros actuales. En este caso el sello “Erasmus” nos ofrece una obra pulcra, a la que agradecemos incluso el minimalismo de su composición, con una ilustración desnuda que representa la escena inicial, y cumbre sin duda, en esta historia de enredos amorosos. La traducción es fiel a la música áspera de la prosa jamesiana, y el libro en general se lee con ese típico placer dificultoso que tantas adhesiones como rechazos provocaba ya en su tiempo.

Sin embargo nos encontramos ante uno de esos casos en que el éxito aparece asociado a una mayor ligereza, a un atemperamiento de la ambición creadora, consciente o no, sólo el autor lo sabe. Pese a lo que se dice en la solapa, cuesta ver en esta especie de vodevil apto para una película elegante y ligera alguna gravedad subterránea. El maestro suele mostrarse audaz en sus historias: más allá de los amores casaderos nos habla de la dificultad de decidir, de las perversas manipulaciones que puede esconder la amistad o la familia, de la baraja marcada con que las mujeres, en particular, inician el juego de la vida; de las batallas por el dinero, elemento nunca mentado y siempre presente en sus largas frases y oscuros diálogos; de nuestra dificultad por aprehender el mundo, que sólo podemos enmarcar en un subjetivo y estrecho punto de vista.

No ocurre así en el presente caso, hasta el punto de que cabe intuir el esfuerzo del autor por llegar un público extenso rebajando un tanto sus exigencias. Al menos en el plano estrictamente semántico, porque el poderoso lenguaje jamesiano continúa presente, y hace que de por sí merezca la pena leer esta novela, aunque lleguemos al final un tanto fatigados de encuentros y desencuentros, y de una trama tan previsible que conocemos su final mucho antes de tiempo.

Curiosidad para seguidores habituales del novelista, y camino equivocado para quienes deseen conocerlo por vez primera. Hay rutas mejores, pero también debemos dejar claro que incluso ésta supera en belleza a las que solemos transitar en la república de los libros.