lunes, 22 de noviembre de 2010

"La cena", de Herman Koch. Canibalismo civilizado.

Estamos ante una novela muy interesante en su planteamiento, sorprendentemente errada hacia la mitad, en que adopta una deriva argumental incoherente, y resuelta con eficacia en un final tan sencillo como estremecedor. No es poca cosa que nos ofrezca semejante variedad de apreciaciones, y es que anda la narrativa contemporánea necesitada de una mirada al mundo en que vivimos, el mejor caladero para encontrarlas.

Herman Koch escoge un episodio que ocupó las páginas de sucesos de nuestro país –eufemísticamente situadas ahora bajo la etiqueta “sociedad”-, pero que más allá de su carácter noticioso o incluso delictivo nos sitúa frente a las grietas y sumideros de mayor hondura en las sociedades contemporáneas. Todos recordaremos los hechos: un par de adolescentes apalean y queman viva a una indigente que pasaba la noche en el interior de un cajero adonde pretendían acceder para sacar dinero. Koch toma estos hechos y fabula en torno a ellos situándolos en un contexto diferente pero no por ello ajeno al nuestro, a fin de cuentas todos los países occidentales resultan cada vez más equiparables -en lo peor-.

La cena en cuestión es la que celebran los padres de los agresores para tratar sobre el tema. Y esta elección narrativa se revela magistral en la construcción del libro, dividido en capítulos que representan las distintas secciones del menú y que construyen una metáfora tan irónica como inquietante en torno al “orden del día” que se lleva en el encuentro. El narrador de la historia, padre de uno de los chicos, quizá el que llevaba la iniciativa, no se limita a reflexionar en torno a lo sucedido, sino que nos ofrece un diagnóstico moral de sí mismo y los que lo rodean. A lo largo de la conversación asistimos a toda una panoplia de indignidades desgranada con un buen manejo del tiempo y la escritura: desde los rodeos iniciales al catárquico afrontamiento de la realidad, que pone a prueba a cada uno de los participantes de una reunión destinada a ser reveladora. La hipocresía de la corrección política, el fundamentalismo maternal, la defensa de una posición social, el desprecio hacia “los otros” por cuestiones económicas o raciales… Un civilizado canibalismo sometido al contraste sarcástico del ambiente selecto, los platos exquisitamente elaborados y descritos, los manierismos de los camareros y el obsesivo control de los gestos propios y ajenos, como en un salón de espejos.

Tales ingredientes resultan sobradamente interesantes para completar una novela de fuste, y sin embargo el autor se pierde hacia la mitad de la novela en una indagación de la psicología del narrador que parece apuntar a una suerte de determinismo biológico como causa explicativa de la violencia de su hijo. Argumento que no hace sino truncar las numerosas reflexiones que la historia suscita en torno a la educación, los referentes morales, la madurez y las decisiones de vida. Por suerte, el final recupera el pulso y reabre todas estas cuestiones, de forma que la novela consigue lo que pretende: arrancar el velo que protege ese cuadro que las sociedades contemporáneas han escondido en su desván para olvidar el modo en que se van pudriendo. Propósito que puede quedar desvirtuado en las manos de un autor vulgar, pero que bien desarrollado nos devuelve las virtudes de la gran literatura, como ha ocurrido con esta novela admirable.

viernes, 19 de noviembre de 2010

“Tren fantasma a la Estrella de Oriente”, de Paul Theroux. El viaje sin lírica.

Leyendo este último y quizá definitivo libro de viajes del autor uno se explica el porqué de su prestigio literario: Theroux es ante todo un excelente escritor, y esa cualidad condiciona –para bien- cada uno de sus proyectos. El viaje es no tanto un pretexto cuanto el sustento temático de su obra, que sin embargo va mucho más allá. El encuentro con el otro, la condición de viajero, el oficio de escribir, el pasado en su desigual confrontación con el presente, los prejuicios culturales, la naturaleza corrupta del poder dictatorial –aun con disfraz democrático- y sus devastaciones… Todos ellos son temas con los que el autor se enfrenta a su paso por un mundo lleno de contrastes que acaso se iguala en una misma impresión tenebrosa: no importa el grado de evolución de determinadas sociedades, la injusticia social permanece idéntica a pesar de las décadas.

Theroux es un viajero real, ajeno a cualquier impostación lírica de las que tanto abundan en el acercamiento occidental al oriente. No se transmuta en poeta o filósofo, le espantan o emocionan las mismas cosas que a cualquiera de nosotros. De ahí también que provoque discrepancias y resulte a ratos irritante, en especial cuando a lo largo de un libro tan extenso comprobamos cómo repite determinados tics apreciativos que estrechan demasiado su criterio y, por ende, el del lector/a. Claro que hasta en ese pequeño defecto se revela su autenticidad: a fin de cuentas los ojos del viajero ven, en ocasiones, justamente lo que quieren ver.

Arranca el libro con una magistral descripción del viaje, en su dimensión física y de recorrido por la memoria del que lo precedió: “Viajar no es tan sólo cuestión de estar por completo desocupado, sino también una compleja y mendicante forma de evasión, que nos permite llamar la atención sobre nosotros mismos por medio de una llamativa ausencia, a la vez que nos entrometemos en la intimidad de los demás (…) El viajero es el más codicioso de los mirones románticos, y en algún rincón bien escondido de la personalidad del viajero se encuentra un nudo de vanidad y de presunción que resulta imposible deshacer, además de una mitomanía rayana en lo patológico (…) comprendí que el pasado al que no se retorna forma siempre un bucle en los sueños que uno tenga. La memoria también es un tren fantasma”. Y es que presenta este viaje una peculiaridad que lo distingue: el hecho de tratarse de un recorrido idéntico al que realizó treinta años atrás y que igualmente quedó recreado en un libro, ‘El gran bazar del ferrocarril”. De este modo asistimos al encuentro del viajero con su propia memoria de lo que fue en otro tiempo, y esa trayectoria interior es tanto o más importante que la que lo lleva por la geografía oriental. Un matrimonio roto, la soledad y el arrojo inconsciente de la juventud… El narrador es ahora un hombre maduro que encara quizá por última vez una aventura semejante, y que a ojos de los demás se ha vuelto invisible. En un momento determinado se tropieza con un joven similar al que fue él y con lo que, en poco tiempo, se convertirá: “un fantasma en el que nadie había reparado”.

Pero el retorno a los lugares ya visitados nos ofrece igualmente un encuentro emocional con el autor: la miseria y la violencia que nunca cambian, las transformaciones erradas, los personajes que perviven como entonces, y que acaso lo recuerdan. Theroux en raras ocasiones se permite una implicación más allá del comentario intelectual, pero cuando lo hace transmite esa misma sensación de naturalidad que da tanto valor al libro: no busca la aprobación del lector, sino la mera respuesta a su intuición o sus impulsos, como cuando en Birmania entrega un sobre con billetes a un hombre de su misma edad. Al fin y al cabo, y en justa réplica, se pregunta: “¿Era esta una de las razones que me habían convertido en un viajero empedernido, la acogida que me deparaban los extraños?”. Muchas veces experimenta esa “bondad de los desconocidos”, simbolizada acaso en ese tren nocturno donde ocho personas civilizadas comparten un espacio destinado, en teoría, para cuatro.

Más allá del intinerario mental del viajero, su periplo europeo y oriental nos revela el trasfondo sórdido de este mundo nuestro tan aparentemente desarrollado y civilizado. Incluso en países de los llamados emergentes apreciamos los tres rasgos con que muy acertadamente define las dictaduras: “tedio, ansiedad y cierto suspense”. Aunque en otras ocasiones el régimen opresor se presenta de manera menos sutil, al manifestarse con rasgos delirantes, en pequeños estados que se asemejan a un maquiavélico videojuego donde se permitiese al usuario hacer y deshacer a su antojo. Ciertos escritores, nos dice Theroux, “van perfeccionando el don de la verdad” al cumplir años. Y así es como el narrador desvela la realidad de supuestos “milagros económicos” y naciones en presunto desarrollo: ciudades “pesadillescas, pero de un modo novedoso”, donde cruzar la calle se convierte en una imposibilidad kafkiana en esas calles atestadas de víctimas de la globalización. En ese sentido, relata la experiencia de la India como “ingresar en un cuadro de El Bosco”, pese a la “vida regalada” de buena parte de los occidentales que la han habitado a lo largo de los tiempos. Y describe Tokio como una “visión intimidante del futuro”, pero del que nos espera a nosotros, sino a las próximas generaciones. Especialmente divertido resulta cuando describe las multitudes niponas, “a las que parece haberse dado el mismo mensaje: ‘camina deprisa y aparenta preocupación’”. Es en Japón, sin embargo, donde son más apreciables esos prejuicios a que he hecho referencia al principio: el viajero se revela ahora como un viejo verde que ve lolitas escapadas de un manga en cada esquina.

El final de este libro completamente recomendable es, no obstante, un tanto apresurado, como si después de semejante esfuerzo tuviese la necesidad de poner fin rápidamente al viaje. Aun así, concluye con una interesante reflexión sobre los malos gobiernos del mundo y, en contraste, la bondad de sus ciudadanos. Lamentable paradoja que define nuestro tiempo.

(Por alusiones, una última mención a las dos frases en que Theroux se refiere a los abogados: en primer lugar, para compararlos con las prostitutas en cuanto a la gestión del tiempo –se queda corto, me temo, al limitarse a ese único factor-; en segundo lugar, cuando un tipo le lee las líneas de la mano, reflexiona: “aparte de la insultante insinuación de que pudiera ser un abogado, en la mayoría de sus suposiciones había acertado”. Ambas nos recuerda ese viejo e hiriente chiste: “no le digáis a mi madre que soy abogado: ella piensa que soy pianista de un puticlub”… )

jueves, 4 de noviembre de 2010

“El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música”, de Alex Ross.

Tan sólo puedo hablar de este excelente ensayo para recomendarlo con entusiasmo y la humildad propia de quien es lego en el asunto sobre el que trata: la llamada “música culta”, clásica-contemporánea, cuyo variopinto e interesante recorrido a lo largo del pasado siglo analiza el autor con maestría, la cual se hace evidente en el modo en que combina apreciaciones técnicas de especialista con una capacidad comunicativa admirable. Ross es, ante todo, un excelente escritor, y las páginas del libro abundan en párrafos descriptivos de piezas musicales que producen en el lector un efecto cercano a la gula, la lujuria o cualquier otro pecado placentero e irresistible. Veamos un ejemplo, las “Tres Piezas para Orquesta” de Berg:


“El último movimiento es una Marcha fantasmagórica para toda la orquesta, llena de latigazos de la percusión y ásperas fanfarrias del metal. Las notas ennegrecen la página; los instrumentos se convierten en una turbamulta enfurecida, que se agolpa desde las aceras hacia las calles. Justo al final llega un fugaz espejismo de paz: las frases ascienden formando ondulaciones en la orquesta como volutas de sonido, y un violín solo toca una frase quejumbrosa. El arpa y la celesta no dejan de producir notas monótonas, que suenan como el tictac de una bomba. Éste explota en los últimos compases, con el sonido retumbante de trombones y tuba, un movimiento agitado del metal, que asciende forman espirales, y un mazazo percutido final en los bajos.”


Es de agradecer que no haya escrito uno de esos manuales divulgativos en los que se buscan nuevos públicos para algún arte tratándolos precisamente como incapaces de apreciarlo. Ross decide no bajar un peldaño el nivel de su reflexión intelectual sobre la música, y sin embargo nos abre una puerta y nos ofrece un camino tan complejo como atrayente.

Si algo nos queda claro al leerlo es que la historia musical del siglo veinte es fiel reflejo de sus convulsiones: la violencia, el nacionalismo, el racismo, la defensa irracional de la tradición… Y por otro lado, la libertad, expresada o no en términos de vanguardia artística, la confusión creativa de resultado brillante, la ruptura, el eclecticismo. Todo esto último normalmente encarnado en figuras individuales que como un brote de hierba imprevisto en un muro de ladrillo resistieron y se multiplicaron. El final del camino, parece decirnos Ross, hace necesariamente reconocibles cada uno de sus hitos, e incluso en la música popular contemporánea podemos rastrear ecos de aquellos creadores minoritarios e incomprendidos en otros tiempos, de forma que el autor apuesta por “una ‘gran fusión final’: los artistas pop más inteligentes y los compositores extravertidos hablando más o menos el mismo idioma”. Y así nos explica cómo determinados arreglos orquestales de las bandas sonoras cinematográficas, e incluso de las canciones pop, asumen de forma natural ciertas técnicas musicales procedentes, en teoría, de la orilla de la composición clásica, y son apreciadas por los oyentes sin dificultad. Ello nos enfrenta con el problema de fondo que a menudo traza las líneas diferenciadoras entre unas y otras manifestaciones artísticas: los prejuicios culturales. Mucha gente se siente “expulsada” de la sala de conciertos, el disco o la cadena de radio etiquetada con el marchamo de lo “culto”, mientras que puede disfrutar de esas mismas piezas cuando son incorporadas a la banda sonora de su película favorita (ahí está Debussy poniendo notas románticas a los amores vampíricos de los protagonistas de la saga Crepúsculo).

Libros como éste, que no responde en realidad a ningún propósito didáctico, nos ayudan a derribar barreras y contemplar el paisaje musical del siglo pasado, y de los venideros, como un lugar inabarcable y lleno de rincones interesantes que visitar. Los rigurosos y apasionados comentarios de Ross invitan a volver a sus páginas mientras escuchamos las piezas que recomienda. En este sentido, al final del volumen encontramos una guía de audición que se complementa con una página web donde podemos encontrar numerosa información y fragmentos musicales, aunque con Spotify se hace hoy día sencillo adentrarse en este mundo de ruido tan diverso como hermoso.