martes, 27 de julio de 2010

'Nocturnos', de Kazuo Ishiguro. Música, crepúsculo y laberintos.

Ishiguro es uno de los grandes autores contemporáneos, quizá de los pocos que en futuro puedan merecer la calificación de clásico, autor de una literatura que, aun reconocible en diversos precedentes e influencias, consigue ser original precisamente por el modo en que utiliza sus recursos. Una prosa peculiarísima, de un decir pulcro que recuerda a los grandes escritores ingleses del diecinueve, nos conduce sin embargo por caminos narrativos de ecos kafkianos y derivas surrealistas. Lo que ocurre no tiene demasiada lógica en ocasiones, y sin embargo los personajes lo aceptan y lo reelaboran verbalmente con maneras tan educadas que uno no sabe si son expresión de análisis inteligente o mero sometimiento temeroso al azar que los arrastra. Ishiguro alcanzó la maestría como novelista en la imprescindible "Los inconsolables", en que su territorio artístico tomaba rumbos dadaístas aun sin perder la ortodoxia del estilo que conocíamos de títulos anteriores, especialmente de "Los restos del día", aquella historia perfecta que situó su nombre en el canon. "Cuando fuimos huérfanos" y "Nunca me abandones" abundaban en esa amalgama de realismo y experimentación, llevándola con éxito a universos novelescos tan dispares como el drama histórico y la ciencia ficción -sin que el resultado final, por supuesto, encuentrosa acomodo en ningún género-. Ahora nos presenta algo nuevo, sin resultar del todo distinto.


"Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo" es su primera colección de relatos, y lo más inmediato que podemos decir acerca de ella, sin que se trate de un reproche, es que no nos encontramos ante un "autor de relatos". Ishiguro concibe los mismos como fragmentos de vida de unos personajes similares al pianista atrapado en las responsabilidades que pesaban sobre él en un mundo extraño, el detective desarraigado o los desconcertados clones de las novelas anteriores. Las historias de "Nocturnos" tienen todas relación, en mayor o menor medida, con el mundo de la música. A veces es un ruido de fondo, una vía de escape o un fantasma alado que aparece y deposita el pasado frente a los ojos de los protagonistas. La música como banda sonora del amor que se acaba, de la amistad podrida por el mal uso, del egoísmo y la entrega, de los sueños de llevar la vida que uno desea, y que parece imposible. Suena en viejos tocadiscos, en plazas turísticas o góndolas tan inestables como el sentimiento con que se interpreta. La escuchamos, pese a que no esté escrita, porque todos tenemos, al igual que los personajes, ese puñado de canciones que como puntos de lectura han ido señalando momentos imprecindibles, para lo bueno o lo malo, a lo largo de nuestra vida.


Los narradores de Ishiguro necesitan de la música porque se hallan siempre en uno de esos momentos de bifurcación en que varios caminos, algunos cegados, se abren en su trayectoria; y entonces entran en contacto con otras personas, y hablan y hablan, y a menudo son manipulados de forma que, sin que se den cuenta, alguien ha decidido ya por ellos. Uno de los grandes temas del autor es ése, la fatal influencia que supuestas amistades o incluso desconocidos pueden ejercer sobre nosotros, porque en ese campo de juego se enfrentan, a la manera jamesiana, la inocencia y la corrupción, la bondad predispuesta a echar siempre una mano y la falta escrúpulos -todo, en cualquier caso, envuelto en muy buenas maneras-. Otra de las cuestiones que parecen obsesionarlo son las relaciones familiares veladas por una especie de neblina de ambigüedad: volvemos al maestro James como referente para recordar la forma en que éste eludía la explicitud, y sin embargo no dejaba asunto delicado sin tocar. Así funciona Ishiguro, al que el surrealismo permite incluso esconderse más y solicitar una implicación mayor del lector, de modo que la lectura de sus libros no concluye nunca, y tenemos la impresión de haber contribuido en el proceso creativo. Lo que carateriza al arte, en suma.


Recorramos brevemente los títulos de esta maravilla de libro:


-"El cantante melódico", de contexto romántico y veneciano -valga la redundancia- es una historia melancólica de amor y sacrificio, en el que el escritor pone en práctica una de sus técnicas predilectas para causarnos desconcierto: por un lado, no podemos sino empatizar con la peripecia de ese viejo crooner que protagoniza el relato, y sin embargo la forma educadamente despótica con que trata al típico narrador servil de Ishiguro nos deja mal sabor de boca. Y hace que releer sus conversaciones se convierta cada vez en un ejercicio sugerente y novedoso.


-"Come rain or come shine": aquí aparece el tratamiento de las luces y sombras de la amistad, de esas amistades que se sostienen simplemente por lo que fueron, quizá en la esperanza -al menos para el narrador- de que vuelvan a ser, de tal forma que ninguna de las muchas humillaciones que sufre le hacen abrir los ojos. El baile final supone en cierto modo una pequeña reconciliación con el pasado, y por en medio hay ocasiones para sonreír en algunos episodios chuscos muy del gusto del autor.


-"Malvern Hills": una historia, condensada, de tránsito hacia la edad adulta, el mundo del trabajo, las agridulces relaciones familiares y la lucha por la vocación artística. Todo lo cual conduce, en la escena final, a la soledad del compositor que trabaja con su instrumento y ese puñado de experiencias que ha ido acumulando en el camino de la vida.


-"Nocturnos": el más humorístico de todos, con alguna escena de vodevil, y los paseos habituales por pasillos y habitaciones extrañas de la mano de personajes impulsivos que conducen al narrador hacia un mejor conocimiento de sí mismo. En este relato nos adentramos en el fracaso y los atajos modernos para sortearlo, personificados en las caras vendadas, fungibles, de los protagonistas tras una operación de cirugía estética. El terror a no cumplir con el deber -impuesto a menudo por un gran talento- es otro de los temas que, desde aquel mayordomo obsesivo de "Los restos del día", aparece siempre en este autor.


-"Violonchelistas" es seguramente mi favorito. Cuenta, a propósito de lo anterior, un doble fracaso: el de dos talentos complementarios e igualmente derrotados por una vida vulgar, con sus fáciles promesas de felicidad. Un "lo que pudo haber sido" que surge tras un encuentro casual entre una mujer con vocación de mentora y un hombre con vocación de discípulo a los que la previsible cotidianidad finalmente separa y malogra.


En muchos de ellos, además, aparecen ecos de los anteriores, pequeños guiños que los hacen familiares y que nos dicen que la vida, como el arte, no se acaba nunca.


Kazuo Ishiguro, uno de los motivos para sentirse feliz de vivir en esta época, en que podemos sabernos contemporáneos de un verdadero clásico, mientras esperamos con ansiedad perdernos en los laberintos existenciales que dibuja en cada uno de sus títulos.

'Canino', de Yorgos Lanthimos. La conmoción. El espanto.


Tenía interés por ver esta película no sólo por lo sugerente de su argumento y la buena recepción que había tenido en algunos festivales, sino por una cuestión más personal. Y es que la historia presenta algunas concomitancias, más o menos lejanas, con mi nouvelle "Apuntes para una biografía del profesor Faure" (en lenta revisión) y por ende, dando que ésta se adentra en la vida de uno de sus personajes -"el ausente"-, con mi novela larga "Los nuevos". Tal afinidad tiene más que ver con la idea de fondo que con el tratamiento de la misma. Recordando otra película que circula por territorios similares, "El bosque", de Shymalan, optaba ésta por la narrativa gótica y la sorpresa argumental; en mi caso, salvando las distancias que haya que salvar, se trata de una biografía intelectual ficcionada, en la que el destino trágico se vuelve un paradójico éxito póstumo. "Canino", sin embargo, parece prescindir de cualquier fabulación, y tanto la estrategia elegida como los medios empleados conducen a un resultado brillante, sorprendente y de visión a veces insoportable por su crudeza.
La historia puede resumirse del siguiente modo: unos padres mantienen a su hijos encerrados desde la infancia en un confortable chalet con jardín y piscina; el motivo, por muy patológico que sea, responde a un ideario: el de que el mundo es un lugar peligroso y el designiio, casi divino, que en consecuencia les mueve a proteger de él a sus retoños. Si "El bosque" aludía a la política de Bush tras el 11S, "Canino" profundida en esos mundos enfermizos que de cuando en cuando saltan a las páginas de sucesos. La película no funciona como metáfora, sino como terrible realidad. Dado que no han tenido contacto con el exterior, los niños crecen educados en un sistema de significados que nada tienen que ver con el común: las palabras habituales quieren decir cosas distintas de lo que el espectador conoce, los objetos y seres que pueden encontrarse resultan inocuos o amenzantes de acuerdo con la opinión de sus progenitores, no se pude atravesar el muro que aísla la finca salvo en el coche, y los niños no son lo suficientemente maduros para dejar el nido hasta que se les cae uno de lo dientes "caninos".
Pero el título alude también a la educación que reciben, similar a la de los perros. De hecho, la familia incorporará un perro en breve, que se encuentra ahora en el segundo nivel de educación y debe llegar al quinto (al igual que los chicos). Los tres hermanos se expresan afecto, y lo expresan a sus padres, mediante lamidos. Les enseñan incluso a ladrar para espantar a las fieras temibles, como los gatos. Crecen en la obediencia irracional, y son constantemente sometidos a pruebas y presiones, compitiendo entre ellos y contra sí mismos.
El espectador/a asiste atónito a episodios que, pudiendo ser humorísticos, hacen intolerable la risa: el abuelo es Frank Sinatra, y "Fly me to the moon" es una canción sobre lo mucho que deben querer a su familia y mejorar en su comportamiento (el padre "traduce" la letra mientras los tres lo observan arrobados); los aviones que sobrevuelan el jardín "se caen" convertidos en juguetes; las objetos bonitos se intercambian por lamidos; a las cenas se acude bien vestidos, y el entretenimiento nocturno consiste en ver viejos vídeos de ellos mismos o bailar extrañas coreografías que, de nuevo, impiden la risa por lo patéticas que resultan. Un zombie es una clase de flores, los genitales se llaman "teclado", su juego favorito consiste en adormecerse con un anestésico... Espanto tras espanto se sucede en la pantalla con un director que opta por la sobriedad documental para introducirnos más eficazmente en el sótano de esas vidas aterradoras.
No habla, sin duda, de la gran farsa que se esconde tras ese concepto inequívoco de "familia" que aún hoy defienden los reaccionarios como el mejor de los modelos posibles, seguramente inquietos ante el hecho de que afortunadamente haya saltado por los aires. Nos habla también de la fragilidad de la infancia, de la manipulación de la inocencia (incluso en el sentido sexual, pues no tardan las niñas en ser objeto de explotación con las mismas técnicas que emplean los abusadores). Y, por último, de una especie de rebeldía inherente a algunos seres humanos, encarnada en la hermana mayor, que trata, dentro de ese ambiente enloquecido, de dirigir su propia y fatalmente condicionada existencia.
La película nos llega porque parece un documental, porque los actores y actrices son tan reales que duelen, y porque más allá de lo excepcionales que puedan resultan tales aberraciones, llama nuestra atención acerca de las grandes mentiras que esconden las grandes verdades. Si alguna vez tiene sentido el tópico del "cine necesario", puede ser éste. Lejos de los efectismos de Haneke, nos devuelve el mejor cine europeo que salta por encima de los artificiosos muros culturales para cuestionar nuestra historia. Bienvenidos estos escalofríos.

domingo, 25 de julio de 2010

"Dorian Gray", la sorpresa. "The ghost writer", la artesanía.


El hecho de que el cine hubiese convertido recientemente a Sherlock Holmes en un vulgar karateka de rasgos genialoides -o más bien delirantes-, chulito e histrión nos hacía temer lo peor. "Dorian Gray" parecía responder a la misma estética "top of the pops" y se anunciaba mediante teasers que parecían reivindicar ese mercado del terror adolescente que en buena medida continúa tirando de las taquillas. Conocíamos, además, los antecedentes del director, Oliver Parker, en una malograda adaptación de "The importance of being Earnest" donde Colin Firth y Ruper Everett ejercían de figurillas de un belén pagano acartonado y sin gracia. Por eso este "Dorian Gray" constituye una sorpresa agradable, y nos demuestra una vez más que los prejucios son malos compañeros para disfrutar del mund cultural.

La película se sitúa, ciertamente, en los parámetros visuales del cine comercial contemporáneo: ritmo frenético, escenogrfía barrca, superficialidad y un manejo calculado del efectismo. Prescinde por ello de los extensos diálogos de la novela, repletos de epigramas, y de las descripciones esteticistas que abundan en la prosa wildeana -y que, no lo olvidemos, respondían a una revisión del libro con la finalidad de hacerlo más extenso-. Tan sólo en contadas -y por ello, destacables- ocasiones se permite poner en labios de Basil Hallward un puñado de esos agudos 'oscarismos' que nos suscitan la risa, y quizá esa decisión no sea del todo reprochable. Pensemos en que se trata de una obra radicalmente literaria capaz de convertir en imposible cualquier adaptación cinematográfica que partiese de un respeto al texto demasiado exigente. Sin embargo, los diálogos que han sustituido aquella brillantez asfixiante de Wilde se muestran tan respetuosos con el espectador "literario" como atractivos para quien, deconocedor quizá del orginal en que se basa, esperaba ver una película entretenida e interesante. Y es que, pese a todo, el espíritu del libro está ahí, hasta tal punto que algunos de sus aspectos quedan inteligentemente subrayados. En primer lugar, la hipocresía de Hallward, que constituye un símbolo o trasunto de la moral contemporánea -Wilde siempre moderno, por siglos que pasen-, con su atracción voyeur por la oscuridad -el porno en internet- y su pudibundez cuando la oscuridad se encarna y se acerca; excepcional interpretación del eficaz Colin Firth, que al lado de quien se convierte en su discípulo parece un hombre gris, demasiado "normal", y de eso se trataba. Por otro lado, el camino de perversidad de Dorian resulta más explícito sin caer en el vulgar reclamo, tanto la novela como adaptaciones cinematográficas precedentes apenas podían insinuarlo, y el directo da un paso más állá mediante imágenes sincopadas que nos transmiten al menos el punto al que Gray ha llegado en su puesta en práctica del ideario de su mentor. Ben Barnes, sobre el que muchos tuvimos dudas en cuanto vimos los primeros fotogramas, consigue matizar lo suficiente cada estadio de su huida hacia delante: lo vemos desprenderse, como una serpiente en plena muda, de las capas de piel de la moral burguesa, pero al mismo tiempo nos recuerda al joven inocente que un día fue, y que se dirige a su destino natural en el cuadro. El director decide contar con cierta fidelidad algunos episodios centrales del libro -el de Sybil Vane, el contraste de la enterna juventud de Dorian con su entorno envejecido-, y añade otros de cosecha propia del guionista que encajan inesperadamente bien, como el de la hija sufragista y el definitivo golpe de boomerang de Hallward.

Quizá, a fin de cuentas, estamos ante una obra literaria tan notable que resulta más difícil hacerlo mal que bien. El caso es que celebramos que el público contemporáneo, en especial el joven, haya podido acercarse a ella a través de esta adaptación. El gran arte está siempre ahí, esperando. Y no esta mal que nos lo recuerden de vez en cuando.


"The ghost writer", película de Polanski previa a su reciente combate con sus fantasmas privados, tiene bastante menos vuelo, aunque se ve con agrado y recuerda al buen cine político americano de los años setenta. Se trata de un thriller que fantasea con las ganas que nos han quedado de "empaquetar" al sonriente trío de las Azores, que con aquello de velar por nuestra seguridad y defendernos del terrorismo volvieron a pasearse por su finca -es decir, por nuestras vidas- con sombrero de cowboy y mano dispuesta a desenfundar a la mínima tos. El pretexto argumental lo constituye un libro que un autor de encargo debe completar, y que aparece lleno de enigmas que poco a poco se van desvelando, a ritmo de vuelta de tuerca argumental. La mano del director presenta el mérito de desaparecer: nos encontramos ante una narración correcta, en la que la estética da paso a la funcionalidad en aras del tema que se desarrolla. Tan sólo en la escena final, quizá un tanto forzada, se permite Polanski denunciar con un vuelo de hojas la futilidad de las verdades en ese mundo hiperinformado y manipulado.
Para que todo funcionase hacía falta un guión impecable en su administración de la intriga, y ciertamente lo es, además de un grupo de actores y actrices de empaque. El director apostó a lo seguro, y tanto MacGregor como Brosnan hacen lo que mejor saben: el primero, vencer su estupefacción; el segundo, ser perfecto e inextricable como un tótem. También aparece el estupendo Tom Wilkinson y una sorprendente Kim Catrall, que respira lejos de la sombra de "Samantha" con un personaje más rico, en su ambigüedad, de lo que en principio parece (¿cuál es su verdadero alcance en el desenlace?).
Una obra que no añade mucho pero tampoco quita a la trayectoria del director. El verdadero arte es tan casual y escaso que no podemos desdeñar estas cuidades expresiones de artesanía. Que siga la racha -si es que lo permiten los fantasmas privados...-.

domingo, 11 de julio de 2010

'Ford County', de John Grisham. La narrativa de ventanas abiertas.


Publicado en España con el título de "Siete vidas", por uno de esos criterios nigrománticos que sólo los servicios de marketing editorial conocen -y que siempre están equivocados-, esta colección de relatos puede pasar desapercibida incluso para los lectores del autor, ya que no parece que la acompañe una promoción similar a las de sus habituales novelas de éxito. Sin embargo se trata de uno de sus mejores libros, y también uno de los más notables que pueden encontrarse ahora en las librerías. Afirmación esta bastante discutible, imagino, para los elaboradores del canon, pero constatable para un lector/a que deje los prejuicios a un lado y que desee, eso sí, pasearse por una de las habitaciones de la "casa de la novela" jamesiana que tenga vistas al exterior. Digo esto porque hay ocasiones en que uno necesita experimentar con formas de arte que practican con interés el enrocamiento, pero en otras apetece abrir las ventanas al mundo, encararlo de frente y contemplar sus virtudes y sus miserias.
Si en las novelas largas que millones de personas hemos disfrutado a lo largo del tiempo Grisham se revelaba ya como un autor próximo a los que menos oportunidades tienen en esa sociedad del éxito que tan bien conoce, el presente libro le permite explorar esos territorios sin ambages, a cara descubierta y asumiendo ese riesgo -con el que dice luchar- de soltar sermones.
No los hay en ninguno de los siete relatos de 'Ford County', que transcurren en esa América profunda tan espeluznante que casi parece inverosímil. El tono de las historias discurre entre el sentido del humor encarnado por pícaros y buscavidas y la gravedad de temas sociales cercanos al mundo jurídico en el que se muestra experto. "Campaña de donación", "Expedientes pez", "Casino" y "Remanso de paz" pertenecerían al primer grupo: relatos habitados por lugareños que tratan de salir adelante sorteando las reglas, a veces zarrapastrosos, otras finalmente triunfantes, siempre perseguidos o ayudados por abogados que aparecen en segundo plano, al contrario que en las novelas largas del autor; lo que no falta es el dinero, Grisham siempre ha sido un gran narrador de la consecución y pérdida de la fortuna. Los cuatro se leen con gusto, te hacen sonreír sin rastro de ensañamiento -y mira que hay razones- y te dejan con la sensación de que habrían podido continuar hasta completar, cada uno, una novela por sí solos.
El resto, empero, se ajustan a la forma narrativa del relato en el sentido de que no cabría imaginar otro final que el que el escritor les ha dado. Son de una intensidad y un aliento ético que constituyen una verdadera sorpresa incluso para los lectores que apreciamos a Grisham:
"Recoger a Raymond" es uno de los cuentos más memorables que he leído en los últimos años. Debería proponerse como parte de los planes de estudio escolares por su calidad narrativa y el alcance de su contenido. Más de la mitad del texto discurre como una humorada a costa de esos personajes obcecados y cortos de miras que pueblan la américa de Ford County, frente a los que opera el Raymond del título como contrapunto fantasioso y un tanto irritante. Los primeros, hermanos y madre del último, acuden a visitarlo a la cárcel en un viaje surrealista por lo que es y por lo que se cuenta a lo largo de él. Pero de repente la habilidad del autor consigue que sin un giro brusco nos coloquemos en el centro de uno de los grandes dilemas de la justicia contemporánea en Estados Unidos: la pena de muerte. Y entonces todo deja de tener gracia, la sonrisa se congela, y nos deja emocionados y pensativos. Excelentemente bien resuelto.
"La habitación de Michael": sin ser tan sorpresivo como el anterior -el argumento es en cierto modo cercano al de "El cabo del miedo"-, y con ritmo de thriller que recuerda a los episodios más vibrantes de sus novelas, plantea otra de las cuestiones fundamentales del sistema judicial americano: la ausencia de equilibrio en las posiciones de ambas partes, fatalmente dependientes del dinero que manejen. Desde el punto de vista deontológico, como ya he comentado en una entrada anterior, suscita en el abogado litigante el problema de los límites y medidas en el ejercicio del derecho de defensa, algo para lo que ni existe otra regla que la del sentido común o, mejor dicho y parafraseando a Jane Austen, las del juicio y el sentimiento, en un depurado equilibrio que no es fácil de conseguir.
"El rarito": cierra el libro un relato estremecedor, de nuevo recomendable para leer en los colegios. 1989: un enfermo de sida, perteneciente a la raza blanca dominante, regresa a Ford County para ser cuidado en sus últimos días por una empleada negra. Apartado de su entorno, recluido precisamente en el ghetto, asistimos al implacable y detallado desprecio que sufre hasta sus últimos momentos por todos los que lo rodean. Nadie se atreve a acercarse a él, o a cogerle un billete de la mano, los taxis no le prestan el servicio, la gente no lo saluda, la policía se pasea para vigilarlo, la iglesia -tan dispuesta a manifestar compasión por los pecadillos de sus propios miembros, pongamos la pederastia- interviene para rubricar su exclusión... Y los días pasan lentos en el porche de la casa donde enfermo y cuidadora comparten las horas hasta crear entre ambos una verdadera amistad, que culmina incluso en una revelación sorprendente. Un valioso relato, en fin, que nos explica cómo es posible linchar con el silencio. Y que siempre ha habido gente que posee la verdad, al parecer, y se siente capaz de dictaminar lo que es bueno y es malo para "la comunidad". Siguen ahí, no nos despistemos.
Entretenido, comprometido e inteligente. Un narrador al que el futuro acabará haciendo justicia. Valga esta reseña como recurso de apelación.

'Mamut', de Lukas Moodysson. El mundo explicado en hora y media.

Esta película explica el mundo en que vivimos de una manera inteligente y sutil, huyendo de los subrayados y los efectismos, con un ritmo pausado y constantes cambios de punto de vista que te van envolviendo en esa explicación sin que sean del todo consciente de ella.
Más allá de sus méritos artísticos, que tampoco lo faltan, es ese intento de hundir las manos en la realidad, para entenderla, lo que más debemos agradecerle en los tiempos que corren, cuando incluso los propósitos bienintencionados se pierden por el trazado grueso de los creadores.
Una pareja de exitosos profesionales residentes en Manhattan tiene una empleada filipina que cuida de su hija y hace las tareas del hogar. La madre es cirujana, y debe enfrentarse a desgarradores casos de urgencia a diario, para al final volver tarde a casa sin tiempo para dedicarle a su propia hija. El absurdo de nuestra sociedad hace que la mujer filipina, dedicándose a cuidar a la niña de otros, no pueda ver a los suyos, que se han quedado en su país de origen y la añoran. Puede que una lectura apresurada de la película se quede en las diferencias entre primer y tercer mundo, cuando lo que evidencia es sobre todo las profundas discriminaciones de género que van unidas al mercado capitalista. Ambas mujeres no sólo deben trabajar muy intensamente -a dedicación completa veinticuatro horas, en realidad, siempre pendientes de un busca o una llamada-, sino que en su escaso tiempo libre se limitan a sobrellevar el sentido de culpa por no poder ejercer de madres. El manipulador conservadurismo contemporáneo toma este conflicto para proponer una solución: chicas, os han vendido el mito de la superwoman; dejad el trabajo y volver a ser "ángeles del hogar", ¿no es la maternidad lo más importante? Esta receta, claro, resulta bastante más barata para sostener la depredación económica que favorecer la conciliación en igualdad, los permisos personales e intransferibles, etc. La niña se lo pasa mejor con la nanny que con su propia madre; la nanny envía a Filipinas, para sus hijos, un balón de baloncesto comprado en Manhattan pero fabricado en Filipinas; los niños pobres mueren en los hospitales, para los ricos, a fin de cuentas, siempre existirá un remedio que cauterize sus heridas.
¿Y qué es del cabeza de familia, entretanto? Propietario de una gran empresa de videojuegos, y forrado de dinero, viaja a Filipinas para firmar un acuerdo comercial de varios millones de dólares. Se trata de uno de esos hombres infantilizados que tanto abundan ahora, cuyos intereses continúan siendo similares a los de la adolescencia: chicas, videojuegos, deportes, copas con colegas. La soledad inicial de los hoteles y lugares extraños en seguida se le va pasando cuando flirtea con una prostituta que, a su vez, trabaja para ganar dinero que enviarle a otro niño al que no puede criar en persona. El varón de tez blanca occidental exitoso empresario en el mercado contemporáneo resuelve su escozor moral con el tercer mundo regalándole a la chica una pluma con incrustaciones de mamut. Un último absurdo de los muchos que nos cuenta la película, puesto que ni siquiera puede venderla a una décima parte de su valor, ya que nadie sabe valorarla. A este padre, bien caracterizado por el actor Gael García-Bernal, no lo tortura la culpa; si acaso un pequeño remordimiento por el polvete extramatrimonial y la necesidad de realizar alguna clase de obra benéfica con el tercer mundo que elimine ese sentimiento con la eficacia de los bisturíes que maneja su mujer.
Finalmente la tragedia ocurre en Filipinas y el director, ahora sí, nos recuerda que existen muchos lugares donde la gente carece de libertad para escoger su propio destino, eso que en los últimos tiempos se eleva a la categoría de principio rector de la política. Allí sólo se trata de sobrevivir a la miseria y la violencia -el turismo sexual, una vuelta de tuerca más en la depredación-, e incluso los intentos más nobles acaban fracasando.
Tan interesantes materiales precisaban de un director con buena mano para manejarlos, y Lukas Moodysson lo hace. El tono distanciado y el uso de cortas pero constantes elipsis recuerda a 'Lost in traslation', y compone una forma eficaz de suscitar reflexión y emoción sin recurrir a dramatismos de manual. A destacar también los intérpretes, en especial Michelle Williams en su papel de mujer superada por las circunstancias.
Este es el mundo en que vivimos. Y este es el arte que nos puede ayudar a comprenderlo y transformarlo.