domingo, 20 de junio de 2010

'Habitación doble', de Luis Magrinyà. El arte de crear el pasado (y comprender la paternidad).


Tengo especial predilección por este autor, con cuya obra no puedo ser objetivo. Ya conté en alguna ocasión cómo lo abordé en la feria del libro de forma un tanto impropia para que me firmase "Intrusos y huéspedes", encontrándose él en el stand de Alba, editorial donde desarrolla un trabajo impecable -que nunca le agradeceremos lo suficiente- en la dirección de la colección "Alba clásica". Esos libros dorados han permitido al lector español acceder a la mejor literatura en traducciones esmeradas y ediciones maravillosas que convierten al libro en objeto artístico, invencible frente a la amenaza digital -al final es tan sencillo como eso, editar bien-. Reconocibles en cualquier estantería, más allá de su aspecto encantador nos ofrecen una experiencia lectora de calidad, y nos recuerdan lo muy modernos que son ciertos clásicos. La colección Alba clásica es una de mis pocas adicciones (lamento no tener nada más escabroso que ofrecer al amable lector/a).



Algo así ocurre con la propia obra narrativa de Magrinyà, autor de libros no tan indefinibles como parece indicarlos la crítica "normativa", pero sí tan imprescindibles como los que él mismo selecciona para su editorial. "Habitación doble", puntual en su tardanza de cinco años entre títulos, nos presenta cuatro títulos, divididos a su vez en dos secciones, que van desde lo que podrían ser novelas cortas a una suerte de diálogo teatral o el sugerente ensayo que cierra el libro. Esto hace que tal vez no quepa encasillarlo en los territorios habituales con que el mercado parcela el arte, "novela", "colección de relatos", incluso el odioso "texto misceláneo"; pero tampoco es preciso esencializar esta circunstancia hasta el punto de convertirla en el único argumento para presentar el libro. Uno quiere pensar que el autor se ve obligado a responder con gilipolleces ante el acoso periodístico que supone la exigencia constante de sentido para sus obras, tal parece que debiera excusarse, motivar adecuadamente su escritura, al igual que ocurre con las resoluciones judiciales; tal vez porque supone un orden alternativo del mundo y una manera diferente de mirarlo, y entonces necesitamos que se explique bajo pena de aplicarle el reglamento indicado para tales casos en la cosa cultural: el silencio. Así es que leemos a Magrinyà calificando a su libro de "instalación", denunciando el mercando de "autenticidades" y definiendo a la literatura como el único lugar donde caben algunos de sus historias o caracteres; en realidad tiene algo de humorístico, porque en tal tesitura recuerda a los personajes atribulados de sus narraciones, divertidos analistas que describen lo que les ocurre con agudeza e ironía, pero que siempre resultan estar en el sitio equivocado y se desenvuelven en él como buenamente pueden. Saquemos al libro del lugar equivocado del periodismo cultural oficial, sección "pongámonos estupendos", y disfrutemos de él leyéndolo sin prejuicios.



Encontraremos, en primer lugar, un prosa que de por sí hace la lectura un placer sin más exigencias. No es que dé igual lo que nos cuente, pero al contrario que en otros libros que únicamente se basan en esto último, en algún momento podríamos olvidarnos de ello. Siendo, pues, un autor moderno -entendiendo por tal avanzado, innovador, cercano al mundo que le rodea en sus diversas manifestaciones, libre y, en consecuencia, rupturista-, su escritura procede de modelos clásicos que no requieren la experimentación verbal para ser creadores de sentido. Párrafos largos, escritura reflexiva, incisos sutilmente humorísticos con los que el narrador contrapuntea su propio discurso, digresiones y pequeños juegos con las expectativas de los lectores... En las habitaciones de Magrinyà se cultiva siempre el estilo, la elegancia y el saber estar, aunque ese "estar" se desarrolle en contextos chuscos o tensos. La sonrisa aparece tan a menudo que abrir el libro, tras haber interrumpido su lectura, es ir de fiesta: "le agradezco también que sea la única de la familia que se atreva a pronunciar abiertamente las palabras 'dinero' y 'clase', que en mi casa siempre han sido, como sabes, escamoteadas en beneficio del 'trabajo' gracias a una culpable obsesión de tipo protestante y a una triste afición a la falsa pobreza"; "él era de buena familia, tradicional, es decir, de doble vida"; "mi padre tenía una tienda marcos y 'contactos' más o menos artísticos, lo cual había creado en mí ciertas aspiraciones y una tendencia a las camisetas a rayas que muchas veces funcionaba, tal vez no con las camareras, pero sí con las amigas, algo más feúchas, de las camareras"; "prometo que, si me pierdo, jamás me encontrarán en una sesión de ayahuasca. O al menos no sólo en una"... Magistrales son en este sentido las páginas en que uno de los narradores se explaya con una especie de leyenda egipcia que interrumpe de repente diciendo: "un momento, llaman a la puerta"; o su argumento paródico de la novela de éxito en el primero de los títulos; o ese típico -ay- monólogo masculino en torno al fútbol que todos hemos padecido alguna vez...



Pero hay algo más que una prosa excelente: personajes interesantes, de ésos que se te quedan en la cabeza al cerrar el libro; cuestiones poco abordadas en la literatura, como el efecto condicionador del trabajo, que siempre parecen llevar encima todos ellos, para bien o para mal; una reflexión, presente en la práctica totalidad de los textos, sobre la tarea de contar el pasado como una forma de crearlo, en realidad; y, por supuesto, las relaciones padres/hijos, así, en esa dirección, la del estupor y la responsabilidad que provoca la autonomía de los segundos con respecto a los primeros, el papel de éstos, que pasa en primer lugar por su voluntad de aceptarlo, y la liviandad del resto de relaciones sociales -los amigos, los desconocidos que dejan de serlo en un espacio compartido- frente al peso ineludible de la paternidad, ese "fuego" capaz de consumirlos a todos que aparece referido en el ensayo final del volumen, y que tal vez resume uno de sus mejores párrafos: "Ésta es, francamente, otra fantasía paterna: creo que muchos padres -por una vez, no necesariamente ansiosos- y muchos hijos reconocerán en esas 'sesiones de pregunta-respuesta', en ese tráfico modesto de monosílabos, en ese interés fingido por la cotidianidad familiar que evita, de una forma cortés, las discusiones y enfrentamientos, cuando no la pura falta de interés, un típico momento en la relación entre padres e hijos en el que unos y otros tratan de solventar, torpe aunque efectivamente, la triste pero inevitable conciencia de que ya no pertenecen al mismo mundo"; así como esa imagen final del propio autor reunido con su hija en un lugar de complicidad, el sofá donde duermen, tratando de aliviar él con una caricia el dolor de barriga de ella, y separados sin más, a través de la naturalidad y necesariedad -difícil de asumir- en que quizá se encuentre el meollo del libro, por una voz externa -la de la madre- que les recuerda que no caben allí juntos, y que cada uno debe volver a su sitio.



Otro de los narradores afirma en un momento que la narración debe "incorporar el mundo", para a continuación preguntarse cuál: "¿Este mundo mío? ¿Este mundo feo y sin sentido plástico?". Podríamos decir que la obra de Magrinyà nos habla del mundo de todos, pero a través de un refinado sentido plástico que la hace tan valiosa en los tiempos que corren. No tema el lector o lectora que no lo conozca que vaya a encontrarse aquí con nada extraño, o no más extraño que cualquiera de nuestras vidas: una editora enfrentada a la perturbación de un amor mucho más joven; un artista en ciernes que recopila muestras de vivencias en el entorno de un espantoso crucero de lujo; una cena de médicos, con su cháchara vulgarmente elitista, en la que se cuela una presencia vacía que en su silencio todo lo cuestiona; el diálogo entre un guionista y dos de sus amigos, con herencias, críticas hacia su obra y egoos de por medio; el enclaustramiento de un camello ilustrado en un ambiente rural para, supuestamente, ayudar a una antiguo conocido del que se siente ya alejado; un ensayo acerca del libro publicitario y falsamente inculpatorio que el padre del "carnicero de Milwaukee" escribió sobre su relación con el hijo-monstruo y la medida en que debió prever o debió influir, esto es, la medida de su responsabilidad. Textos dispares que conviven en un mismo espacio, habitaciones dobles en las que la proximidad crea concomitancias temáticas sin que cada uno de ellos pierda autonomía.



En fin, la última y muy recomendable propuesta artística de un autor que, afortunadamente, aún entiende la literatura de ese modo. No más legítima que otras, en verdad, pero sin duda entre las más necesarias.



(Este es el vídeo que el propio autor ha rodado como una especie de complemento al libro. Sí, llamémosle mejor complemento que presentación. Además, es una manera de concebirlo como algo diferente y en cierta medida ajeno al texto. Sólo así nos libraremos de un tópico al que aquí se hace imprescindible acudir: el libro es mucho mejor que la película...)






domingo, 13 de junio de 2010

'El hombre que espera.'

Bueno, pues ya está disponible mi novela corta "El hombre que espera", como siempre en descarga gratuita en e-book y mediante pago en papel.


Aunque he venido hablando de ella en posts anteriores, reitero algún comentario. Primero, una suerte de sinopsis, destinada como en cualquier otro libro a ser insuficiente:


Quién no conoce a The Cherry Sisters. Quién no ha bailado o tarareado alguno de sus grandes hits, como “Forever in love” o “Love me forever”. Ningún otro grupo pop de nuestro país alcanzó tanto éxito en Europa y Estados Unidos, fueron las que más vendieron, las que más conciertos hicieron, las que ocuparon más portadas de revistas y las que más veces incluyeron la frase “me dejaste sin decir adiós”, en inglés o español, a lo largo de su discografía. Claro que treinta años después, a punto de su retirada, las cosas han cambiado un tanto. Desde hace tiempo son una rareza kitsch, objeto de crueles parodias y el desdén del público que tanto las encumbró. De ahí que el encargo que recibe un cínico y prestigioso periodista político para cubrir su último concierto, en Ventura, pueda ser interpretado como un castigo y una humillación a cargo de sus poderosos enemigos. Resignado a llevar a cabo la tarea, nada le habría hecho imaginar que se convertiría en la más memorable de su trayectoria.
“El hombre que espera” trata de sortear la luz del éxito y colarse en sus trastiendas para conocer las manos invisibles que, en soledad, lo sostienen.



Este libro empezó como un proyecto ligero y humorístico, y sin embargo ha acabado por convertirse en uno de los más personales, de forma quizá paralela a la que el narrador de la historia, periodista egocéntrico, cínico y mala sombra, evoluciona a medida que su campo de observación se mueve hacia lugares menos evidentes. Echando la vista atrás me doy cuenta de lo mucho que me divertí en la primera parte, y lo que me costó la segunda. Las conclusiones que puedan extraerse de todo ello quedan al criterio del eventual lector o lectora. También me ha provocado satisfacción el hecho de que se trate de un camino, si no novedoso, al menos poco explorado en mis escritos anteriores. Lo mismo ocurre, pienso, con "Apuntes para una biografía" del profesor Faure", de corte borgiano en algunos aspectos, y tercer título de la colección de novelas cortas que formará "Zonas de sombra". Todas ellas tenían determinadas notas comunes que me hicieron pensar en reunirlas separándolas del resto de relatos cortos que compondrán "Junto al fuego".



Lamento la cursilería, pero quien se dedique a ello sabrá de lo que hablo: cuando uno concluye la escritura de un libro y todos sus trámites de maquetación, etc., se queda medio exhausto, y tristón. En especial cuando debes hacerlo robando con esfuerzo horas al trabajo y las exigencias cotidianas.



Aparece en una maquetación y tamaño nuevos de Bubok, si me convence pasaré en las próximas fechas "Los nuevos" y "El lugar del enemigo", por ir dándole coherencia a todo.



"El hombre que espera" presenta a un grupo pop imaginario formado por dos hermanas gemelas completamente kitsch, incapaces de aceptar su declive, habitantes en realidad de un mundo paralelo de insoportable dulzor. Así que he ido reuniendo canciones a medida que trabajaba en la revisión -cuando se trata de la escritura a mano no puede distraerme excesivamente la música- y he creado un par de listas de Spotify cuyos links introduzco:


1.- "The Cherry Sisters. (Música relacionada con 'El hombre que espera', I)": compuesta fundamentalmente por música hortera, así de sencillo. Bueno, exagero un poco porque hay canciones notables a las que tengo mucho cariño, pero otras en las que se me escapaba la risa al imaginar que las hermanas las habrían grabado sin duda. La de Goldfrapp, por ejemplo, marca el tono, y también este single reciente de 'Hurts'. No podía faltar Kylie, tal vez la Cherry Sister más aproximada en el mundo real (aunque sin el cerebro hueco y el cachondeo), y un frenesí final en el que aparecen temas citados en el relato, como la horterísima Xanadu (que por cierto ha versioneado ahora Sharleen Spiteri) o esa delicia paródica "Pop! goes my heart" que los que me conocen saben que me define mucho mejor que las obras de Henry James. Aconsejo escuchar esta lista después de empezar a leer el libro, porque si no puede descuadrar bastante. Mi intención es que las risas que pueda, si acaso, provocar la lectura se prolongue con alguno de estos temas.





2.- "Un cuerpo sin nombre. (Música relacionada con 'El hombre que espera', II)": esta recoge una serie de canciones que reproducen de alguna manera el tono melancólico que tiene la segunda mitad del libro. Aquí sí que se contienen muchos temas que se encuentran entre mis favoritos.





Y nada más, tan sólo puedo esperar que este libro, para mí tan especial, resulte de interés para los siempre amables lectores/as.


Besos. La literatura sigue, siempre.



P.D.: ante la eventualidad de que alguien desee solicitarlo en papel, recomiendo esperar quince días, puesto que estoy a la espera de recibir ejemplares y comprobar que la edición ha quedado correcta.


P.D.: y, también como habitualmente, la pequeña y valiosísima retaguardia casolediana contará con copias en papel.

Libros, libros, librooooos....

Nada mejor en tiempos de crisis que quedarse en lo esencial, aquéllo que te proporciona oxígeno y agua para sobrevivir en cualquier intemperie. Los libros, vamos. Menos salir, menos cosas prescindibles, pero siempre libros, libros contra la incertidumbre, contra el tiempo, contra la vida, es decir, a favor de ella.

Ocurre además que en estos meses han ido apareciendo, como en una especie de conspiración favorable de las estrellas, nuevos títulos de mis autores predilectos. Vamos, hasta tal punto que estoy postergando su lectura intercalando otros por la impresión que tengo de que, después de ellos, tal vez no haya nada. Incluso escritores medio secretos que sólo publican cada ciertos años se han sumado a mi fiesta, así que no puedo evitar preguntarme si será que luego, tal vez con el e-book, se vendrá todo abajo. Lo cierto es que los valientes reivindicadores de la cultura gratis ya andan buscando por internet "descargas gratis" de títulos de moda o de no tan moda. Ya sabéis, amigos y amigas, esa gente a la que es imposible movilizar para cualquier otra cosa, y que no tienen incoveniente abonar lo que haga falta por toda clase de aparatos para obtener cultura gratis. En fin, allá ellos.


Así que voy a dedicar esta entrada a subir a lo alto de la montaña, poner las manos en jarras y contemplar el paisaje que me espera antes de reanudar el camino. Sirvan asimismo de recomendaciones para el amable lector o lectora, aunque a medida que vayan cayendo haré la reseña correspondiente, aunque estoy seguro de que estos precisamente no nos pueden decepcionar:

-"Habitación doble", de Luis Magrinyà, en Anagrama: quizá el único autor realmente imprescindible -aunque a él no le gusten estas solemnidades- del mundo editorial en español. Porque quizá es el único verdadero artista que nos queda, entiendiendo por tal aquel que concibe el libro como obra artística más que estrictamente "narrativa" o "ensayística". Estoy ya leyéndolo, y es una maravilla.


-"El amor verdadero", José María Guelbenzu, en Siruela: uno de nuestros mejores autores aparca su alter-ego de escritor policíaco para regresar a la gran novela. Esta promete una experiencia literaria de primer orden, con una historia acerca de la voluntad de que el amor sea verdadero, a lo largo de varios decenios que recorren la historia reciente de España. Es un libro grueso en el que vivir una buena temporada.


-"El libro de los niños ", de A. S. Byatt, en Lumen: continúa este sello ofreciéndonos exquisiteces a cargo de autoras imprescindibles. Si el de Guelbenzu es extenso, el de Byatt, de casi mil páginas, requeriría de una excedencia para permitirnos, de veras, disponer de tiempo para disfrutarlo con intensidad. Aun así me arreglaré, porquito a poco. También Alfagura continúa la tetralogía de la misma autora en torno al personaje de Federica Potter, un fresco excelente de la vida intelectual inglesa de los setenta. "Naturaleza muerta" es el segundo tomo, aunque el primero se me hizo pesado, intentaré abordar este segundo, que parece más interesante.


-Libros de relatos: han aparecido varios de lectura ineludible, "Once maneras de sentirse solo", con el que se completa la edición de la obra de Richard Yates, en RBA; la misma editorial prosigue con los libros de Alice Munro, "Secretos a voces", y en Anagrama, "Compañeras de viaje", de Soledad Puértolas.


-Otras dos novelas: "Que el vasto mundo siga girando", obra coral de Colum McCann, también en RBA (qué buen giro está tomando este sello), en torno a la Nueva York de los setenta; y una nueva distopía de la extraordinaria Margaret Atwood, "El año del diluvio", en Bruguera (qué lastima, en cambio, que desaparezca esta editorial), aunque antes leeré "Oryx y Crake" -todavía pendiente-, ya que al parecer se repiten algunos de sus personajes.



-Ensayo: "Metamorfosis de la lectura", de Román Gubern, y "Por cuenta propia", de Rafael Chirbes. El primero, sobre el famoso dilema Gutemberg/google y su implicación en el acto de leer, y el segundo una reflexión sobre su oficio de uno de nuestros escritores más notables. Mención aparte para "Pornotopía Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría", de Beatriz Preciado, una voz fundamental en el pensamiento actual por lo original, agerrida, sorprendente. Una bomba intelectual de lectura necesaria, aun para discrepar. He dicho mención aparte porque Betty nos ha destrozado el libro, Nuria estaba con él y ha tenido que interrumpirlo, vamos a comprarlo otra vez, ay ese ramalazo fascista de mi perrilla...

-Y como traca final, "Nocturnos", de Kazuo Ishiguro. Aquí es donde ya no puedo creer en las casualidades, puesto que mis autores vivos favoritos son Ishiguro-Magrinyà-Guelbenzu... ¡Y todos han publicado en un par de meses! Nuri está ahora con 'Nocturnos', y me dice que como siempre...


Pues eso, a tomar oxígeno, disfrutar del paisaje y seguir caminando.


P.D.: si de recomendaciones se trata, cómo obviar "El hombre que espera", de Francisco Casoledo, recién salido del horno... (Hay que tener poca clase para mezclarse uno con estos autores, pero que queréis, los años de abogacía me están haciendo perder hasta las formas...).

'Una heredera de Barcelona', de Ernesto Vila-Sanjuán. Elogio del humanismo.


Debut novelístico de un relevante difusor cultural -recomendamos un interesante y entretenido volumen de crónicas culturales, 'Pasando Página', también en Destino- que lo sitúa en el ámbito de la ficción a la altura de su obra precedentbe. "Una heredera de Barcelona" es una narración que transcurre en la Barcelona de 1920, una época llena de incertidumbre y violencia, choque de trenes ideológico y moral que pilla al protagonista, un abogado humanista de los que ya no existen , justo en medio.



El autor ha trabajado a fondo la parte histórica y documental, de forma que, literalmente, nos permite "pasearnos" por la época con realismo: desde los salones donde las aristocracia y la política asistían un tanto azorados a los cambios que se avecinaban -y estudiaban, dicho sea de paso, la forma de atajarlos- hasta los callejones turbios y las cuevas habitadas por seres humanos a los que la sociedad no atribuía la categoría de "personas". Y lo hace con habilidad de la mano de un personaje tan complejo como entrañable, el abogado a que hemos hecho referencia, que ve puestas a prueba sus convicciones en diversas circunstancias y sale de todas ellas intacto, pero más ponderado y abierto al conocimiento del mundo. Representa este Pablo Vilar la mesura que ejerciendo de punto de equilibrio ha logrado extraer lo mejor de las corrientes opuestas en épocas convulsas, sin duda guiado por esta declaración hermosa con la que es imposible no estar de acuerdo: "la ley es la única garantía que laa civilización ofrece al hombre en su lucha por la vida". Desgraciadamente ahora no tenemos Pablosvilares, sino opinadores voluntariamente cegados por los honorarios que unos u otros pongan en sus manos. En cualquier caso es admirable que en trescientas páginas consiga introducirnos con tanta profundidad en la época, a través también de la aparición de personajes históricos que apenas en un gesto o un pequeño diálogo ponen de manifiesto la diversidad de las posiciones enfrentadas. Desigualdades insoportables, fanatismo y encapsulamiento social son el entorno que este hombre bueno recorre con los ojos alerta y el juicio despierto. Inevitable pensar que con unos miles más como él, nada de aquello habría sucedido ni sucederá jamás.



El autor desarrolla el relato con una prosa sencilla y efectiva en la que no faltan a veces destellos poéticos, y se encarga de ensamblar las diversas tramas (el amor de Vilar por esa "heredera de Barcelona", en cierto modo su reflejo femenino; el enigma del asesino Dantón; las presiones a que se ve sometido el abogado hacia caminos opuestos; los casos de su vida profesonal que nos sirven igualmente para comprender la época...) con aparente naturalidad, pero seguro que no pocas dificultades de composición para que ninguna destacase sobre otras. El resultado es un libro sutil, apasionante y expansivo, que corre el riesgo de ser encasillado junto con los habituales artefactos comerciales de narrativa histórica. Se trata de una buena novela, accesible y entretenida, pero con tantas capas de lectura como nos sintamos dispuestos a explorar. Uno de esos libros, en conclusión, que nos devuelve el placer de la lectura en el más estricto de sus sentidos.


'Love and its opposite', de Tracey Thorn. Oh, la madurez...

La mitad de "Everything but the girl" publica su segundo álbum en lo que parece un ejercicio de memoria de los primeros discos del grupo. Así como su debut en solitario, tras la disolución de la banda, parecía continuar, aunque con un tempo mucho más relajado, los senderos electrónicos de "Walking wounded" y "Temperamental", vuelve en este 'Love and its opposite' a la interpretación de elgantes y sentidas baladas como ingrediente primordial del álbum, con alguna excepción bailable y popera que no se encuentra entre lo mejor de sus temas.


Se trata de un álbum conceptual en lo temático, al menos, pues casi todas las canciones versan sobre los sinsabores del mundo sentimental contemplados desde una bien asumida madurez. Esto, simplemente, lo eleva ya un par de esclones por encima de la media de lo que se escucha, decenas de discos empantanados en los tópicos de siempre o, a lo sumo, en la gracieta indie de universitarios resabiados (los Klauskinski, no puedo con ellos). Tracey nos habla de la epidemia de divorcios imprevisibles que la rodea, de la rebeldía frente al matrimonio como destino, de los patéticos bares de solterones y sus mecánicas estériles, y finaliza con una canción esperanzada que toma al sol del verano como símbolo de que, al final, todo pasa y la vida sigue.


Tan elogiable propósito artístico no termina de cuajar a causa del nivel compositivo de los temas, hay demasiados grises, más que en "Out of the woods", aunque los repuntes de indudable brillantez hacen que el disco merezca la pena. Tracey es una buena autora y una personalísima intérprete (que parece tener la continuidad asegurada en la voz femenina de "The XX"). No obstante el disco nos hace preguntarnos por Ben (su pareja aún, salvo que el primer tema de el disco ea autobiográfico, demonios) y desear que vuelvan a trabajar juntos y ofrecernos canciones eternas como hacían en EBTG.

Aquí os dejo una actuación en directo con la maravillosa "Oh, te divorces":






'No se lo digas a Alfred', de Nancy Mitford. Wilde con falda tableteada.

El comienzo de esta novela marca su tono de manera significativa: "El día que iba a cambiar mi vida, fui a Londres en el tren de las 9.35. Tenía planeado hacer algunas compras. Me habían dicho que había batas chinas de rebajas: eran perfectas para cenar porque lo tapaban todo". Y a partir de aquí nos vamos a encontrar una escritura inteligente, reflejo de la mirada irónica de la autora -y, por ende, de la protagonista-, un sentido del humor de esos que te sorprenden por no ser previsibles, como una flor bonita encontrada entre densos matojos de hierba y, ya dentro del bosque, si nos apetece internarnos, un análisis nada desdeñable de las relaciones sociales de la Europa de los cincuenta, y de las sutiles maniobras de supervivencia de quienes carecen de otro poder que el de figurar al lado de los poderosos (hablamos, cómo no, de las mujeres).




Se trata de una novela del género "diplomático" propio de mediados del siglo pasado, en que las relaciones entre países comenzaron a trenzarse con una intensidad necesaria tras las dos guerras. A Nancy Mitford no le interesan, en cambio, las intrigas políticas, y sí las familiares y sociales que una posición tan singular proyecta en su entorno. Tal elección encamina el relato hacia una especie de vodevil o alta comedia que uno se imagina en el cine protagonizada por Grace Kelly y Cary Grant -haciendo el pazguato-. Pero si algo eleva esta novela por encima de los materiales con los que trabaja es una prosa de estirpe wildeana, repleta de paradojas e iluminadores pensamientos que se suceden, además, sin anuncios o subrayados, de ahí la sensación de autenticidad que transmite. Mitford no trata de hacerse la graciosa, ni de ser brillante, sencillamente lo es, y nos proporciona un agradable entretenimiento estético con todo ello. Hasta tal punto que el libro se termina pronto, puesto que podía no haber acabado nunca. lejos de agotarnos las idas y venidas de los personajes, sus conversaciones desternillantes, las tribulaciones de la protagonista, a la que cada remedio parace crear una nueva dificultad, queremos seguir leyendo, acompañando a Fanny quizá durante el resto de su vida. Afortunadamente, algunos de estos nombres se encuentran ya en novelas precedentes, y siendo el primer libro de esta autora al que accedo, ya tengo reservados otros en perspectiva como esos refugios seguros a los que acudir cuando sea preciso.




Y es que además de una prosista aguda, Mitford construye muy bien los personajes, especialmente los secundarios: esa Northey encantadora y caradura, ese Davey imprevisible, como salidos de una historia de P. G. Wodehouse, con el que sin duda tiene la autora algún parentesco literario; los hijos enredados en incipientes tribus urbanas y amores poco remondables; y Alfred, el marido embajador, la presencia siempre ausente pero siempre condicionante que ocupa el fondo del paisaje. Hay escenas divertidísimas, memorables, como la aparición estelar de la ex-embajadora y rival de Fanny en el momento exacto de arruinarle su primera fiesta, pero en general, insisto, es constante el humor delicado que adereza cada párrafo. Un ejemplo: "Iban vestidos de teddy boys, pero era imposible equivocarse de especie. Con su andar desgarbado y despreocupado, las manos colgando a cada lado del cuerpo como pescdos muertos, como si no formaran parte de sus largos brazos articulados, sino que únicamente dependieran de ellos, la boca ligeramente abierta y aspecto de estar tiritando, como si su ropa, demasiado estrecha en todos los sentidos, no les calentara, habrían sido inmediatamente reconocibles, por muy disfrazados que fueran y aunque estuvieran en las montañas de la luna, como alumnos de Eton. Allí estaban las crisálidas de los elegantes y corteses caballeros ingleses que yo deseaba que mis hijos llegaran a ser". La ironía de este párrafo apunta a la imposibilidad de dejar de ser lo que uno es por mucho que se adopten roles y se pongan disfraces. Los Teddy Boys de los cincuenta acabarían perpetuando el papel de la clase dominante de la que procedían, quizá hasta su declive y sustitución por el 'yuppismo' de los ochenta.



Quizá esto sea algo de lo que, muy en el fondo, se ocupa Mitford en las gozosas pedrerías literarias que constituyen sus novelas: la clase social privilegiada como destino en el que sobrevivir tan felices como atrapados, lo que termina por dotar a los personajes de una fragilidad con la que no es difícil sentirse identificado. Esá es la razón de que sus libros continúen vigentes en tiempos en que cualquier recreación de las diferencias económicas y sociales ha dejado de tener la mínima gracia. Tan sólo es posible abordarlas desde la distancia sarcástica de un Wilde, por ejemplo, o desde la profundidad completamente univarsalizable de James. Mitford ha adoptado el primero de los caminos, y merece la pena recorrerlo con ella.