lunes, 31 de mayo de 2010

'El hombre que espera', en breve.

El abajo firmante se encuentra ilusionado ante el fin de la revisión de la novela corta 'El hombre que espera'. En apenas quince días estará en Bubok, en descarga gratuita y copia en papel ligeramente menos gratuita. Aunque forma parte de un libro más extenso de novelas y relatos, publicarlo ahora subraya su entidad propia, al igual que la tenía "El lugar del enemigo". Utilizaré un modelo nuevo de maquetación que ha proporcionado Bubok, lo que supone una reducción en el número de páginas (alrededor de cien), pero mejor aspecto general. También colgaré un par de listas de Spotify, una especie de "banda sonora" del relato.



EHQE es un libro en el que he puesto mucho, distinto en cierto modo a los anteriores por el humor y la acidez desprejuiciada de la primera parte, mientras que en la segunda la sonrisa se contrae y, espero, da paso a una reflexión sobre las figuras que, cuando más brillan los focos, permanecen en las sombras. Así una y mil veces, hasta hacer de ellas su lugar propio, seguramente involuntario.



El narrador es un periodista cínico, resabiado y egocéntrico que recibe como castigo por sus excesos el deber de cubrir el último concierto de una pareja de cantantes, hermanas gemelas, deliciosamente kitsch. Más allá de las tramoyas y las bambalinas, encuentra a alguien que le relata otra historia. La que no se conoce ni puede conocerse. La que yo mismo no quiero contar.


“Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente. No hay respuesta.

Hay dos libros en este libro: el de un autor enfrentado a la muerte de su padre, con el que mantuvo una compleja y cambiante relación; y el de un autor enfrentado a la escritura con la que llevar a cabo el primero. En ambos casos, por su razonable imbricación, se trata de una labor ardua, dolorosa, manifestada en una prosa sincopada y muy diversa a lo largo de las páginas. Parece claro que no habiendo querido trabajar el estilo a la manera cuidadosa, de lenta exploración psicológica, que caracterizaba sus anteriores novelas, lo cierto es que ha acabado por resultar su obra más notable desde el punto de vista formal.




Todo lo que nos cuenta y se cuenta, duele. Y las palabras empleadas para ello no podían sino ser extraídas con dolor. Frases cortas como fogonazos de la memoria, enumeraciones frenéticas usualmente cargadas de reproches, ocasionales remansos de párrafos densos y más propiamente narrativos cuando se trata de relatar un pasado en el que no existía el autor (y que por tanto duele menos)... Nadie mejor que él para definir el libro: "una sensación nueva que aturde: no poder inventar". El lector lo acompaña en ese camino indagatorio y comprende sus zozobras: no estamos ante una obra fácil de componer, y de ahí que tampoco resulte fácil de leer. Pero más allá de la innegable universalidad de su contenido, el verdadero logro de Giralt Torrente no se encuentra en la honesta exposición de hechos y sentimientos, sino en la de la dificultad de escribir sobre ellos. Decenas de confesiones personales más o menos efectistas podemos encontrar cada mes en las librerías: historias de posguerra, de adicciones, de violencia, de comunes desamores elevados artificiosamente a la categoría de tragedia... Nada de esto busca el escritor en "Tiempo de vida", aunque algún propósito cercano pudiera encontrarse en sus inicios (esas primeras páginas de otro proyecto abandonado, tanteos sobre el mismo tema). Se trata de un libro valiente que nos habla de un autor expulsado por las circunstancias del cobijo de la ficción, páginas escritas a la intemperie, donde los personajes, includo él mismo, apenas se benefician de la distancia técnica de la literatura.



"Mi padre no está, mi padre es una presencia intermitente. Mi padre crea cápsulas de tiempo fuera de la cotidianidad." Cada uno de los viajes del hijo al interior de esas cápsulas suscita aceradas impresiones acerca de todos los intervinientes en esta vida, similar en lo mejor y lo peor a cualquier otra: el progenitor voluble, egocéntrico e infantilizado, inconsciente de las consecuencias que cada uno de sus gestos provoca; la madre silenciosa, oscurecida por la presencia del otro; el hijo que sólo aprende a madurar en el declive del quien había, con sus ausencias y absurdos reencuentros, condicionado su existencia; la amiga de Brasil, quizá la persona-personaje menos trabada, vulgar en su previsibilidad.



"¿Atascado? Qué tontería. Escribe sobre un padre muy malo y un hijo que sufre mucho", le dice el padre con cruel ironía en algún momento. Se equivocaba, quizá a sabiendas. No era tan fácil. Aquí está "Tiempo de vida" para corroborarlo. Una pelea titánica contra la memoria y el daño más hondo de la que Giralt Torrente ha salido victorioso, aunque el éxito conlleve amargura.




Al final del libro concluye una vida y comienza otra: "pienso, entonces, en mi hijo aún no nacido, que llevará su nombre, y me pregunto en qué lo condicionaré, en qué le fallaré, que deberé yo perdonarle y qué deberá él perdonarme, si no lo hace antes, cuando como mi padre me diluya en la nada". Será interesante ver el modo en que la escritura de Giralt Torrente concluye y comienza después de este libro, en qué medida lo habrá afectado, si sera también una cápsula fuera de su trayectoria tras la que retomar el camino iniciado, o una ruptura ya permanente. Siempre fue obligado seguirlo, y ahora más que nunca.



"Tiempo de vida", un libro extraordinario en lo literario, e irrepetible en lo personal, lleno de preguntas para las que no puede haber respuesta.

domingo, 30 de mayo de 2010

El final de 'Lost'. Reflexiones y agradecimientos.

El mayor logro de esta obra audiovisual estriba en el modo en que ha transformado de una manera intensa el gusto y la percepción de millones de consumidores televisivos poco habituados a las sofisticaciones narrativas. Sus flashbacks, forwards, historias cruzadas, escenas autorreferenciales, argumento expansivo (que invocaba a la literatura, la filosofía, la historia...), personajes de una complejidad inusitada en las series que habíamos visto hasta ahora, finales memorables, pausas irreverentes para recrearse en un instante de belleza, eficaz suspensión de la trama... Todo ello fue inesperadamente asumido y apreciado por el público, provocó verdaderas adicciones, y análisis inéditos en medios de prestigio intelectual que nunca antes se habían acercado a la televisión. Conviene recordar que hace unos cuantos meses eran numerosas las revistas de pensamiento o los artículos de escritores relevantes que se ocupaban de extraer lecturas interesantes de la serie.

Y conviene recordarlo porque en una de esas piruetas a que nos tiene acostumbrada la frivolidad del pensamiento contemporáneo, de repente 'Lost' pasó a convertirse -que me lo expliquen- en un subproducto para frikis, en un tópico aburrido que provocaba toda clase de gracietas. Ocurrió quizá en torno a la quinta temporada, y se agudizó en la sexta, donde la leña del árbol caído se repartió por toneladas en blogs y prensa convencional.

Porque al mismo tiempo no debemos olvidar que se trata de una producción industrial, y que su propia dinámica conlleva una serie de trastornos que resulta pueril enjuiciar con severidad: no hablamos de un creador o puñado de creadores encerrados en la torre más alta del castillo del arte, sino de un equipo de producción pendiente de los registros de audiencia para soltar más dinero y alargar las tramas o bien cortarlas de repente si fuese necesario. Exigir que los guiones, en este contexto, no incurran en lagunas y contradicciones es sencillamente imposible.

‘Lost’ debió terminar antes, la temporada quinta, aunque mantuvo la tensión y el atractivo en buena parte de sus capítulos, ya sobraba, vista de lejos. Y la sexta ha rozado el disparate o ha provocado la vergüenza ajena (los episodios de Richard Alpert y Jacob/Smokey), hasta finalizar en este brillante clímax de dos horas y media que recuperó el buen tono de los comienzos de la serie.

Así las cosas, pienso que lo pertinente es hacer balance contemplando la obra en su totalidad, y el mío, al menos, no puede ser más satisfactorio. En primer lugar estoy agradecido por la cantidad de horas apasionantes, de disfrute sin más adjetivos, que me ha proporcionado. Ha resucitado en muchos espectadores una ilusión por la narrativa ficcional que nos retrotrae a la ansiedad con que leíamos cuentos de pequeños. Al igual que ha ocurrido con las novelas de Larsson, por ejemplo, los personajes saltaban de la pantalla y nos acompañaban en nuestro día a día, se colaban en las preocupaciones cotidianas para plantearnos interrogantes, sostenían las conversaciones –el arte como instrumento de socialización- y nos hacían más que nunca creadores a un tiempo que consumidores de la obra. Ahí está el papel que ha jugado Internet como herramienta de expresión, con infinidad de foros en los que se intercambiaban sentimientos y teorías.


En segundo lugar, valoro esta serie de televisión como uno de los más acabados ejemplos en la buena técnica de construcción de personajes (pero tan sólo, desgraciadamente, los masculinos). Frente al cartón-piedra habitual, los hemos visto evolucionar de una forma que por cercana a la realidad de cualquiera de nosotros presentaba una verosimilitud fundamental para que, a día de hoy, hablemos de ellos como de viejos conocidos, amigos o familiares. Jack ha pasado de ser el hombre de ciencia al chamán, de el héroe sin fisuras al fracasado lleno de incertidumbres; Sawyer era un cínico al principio, receloso de cualquier empatía con el resto de supervivientes, pero a medida que avanzan los capítulos descubrimos la hondura tormentosa de sus recuerdos, y sólo cuando es capaz de arrostrarlos –la isla ejerció de espejo para todos ellos, en realidad- se convierte en un líder; Locke no era nadie, y por eso fue el primero que comprendió que la única forma de encontrarle sentido a lo que les sucedía era confiar desde el principio en su intuición: habiendo iluminado el sendero para todos los demás, su muerte constituyó un patético aunque hermoso fracaso; Kate es un ejemplo típico del machismo reinante entre ese arquetipo de guionistas treintañeros que toman el testigo de sus predecesores en el mantenimiento de la llama viva del patriarcado: en su caso la evolución es hacia atrás, de ángel vengador en su vida pre-isla pasa a adoptar el manido rol de mujer enamorada y, más tarde, el de mamá, sólo hubiese faltado que fuese la experta en cocina de los tripulantes del vuelo…; Juliet, en la misma línea, encarna a la mujer de ciencia, centrada en su búsqueda intelectual, para terminar siendo otra ‘tía buena’ por la que rivalizan los héroes… No merece la pena detenerse en Sun, esa esposa y madre perfecta que con tanta comprensión acepta los malos tratos y cuya personalidad se desarrolla exclusivamente en torno a las apariciones y desapariciones de su marido; en justicia, empero, hay otros personajes femeninos de mayor interés, como Rose o Ana Lucía, por decir algo… Salvando estas carencias no por habituales menos irritantes, pudimos al menos disfrutar con un villano absolutamente genial, carismático y complejo: Ben, perfecto ejemplo de hombrecillo gris al servicio del poder, manipulable y manipulador, valiente en su fanatismo pero cobarde cuando se trataba de mirar a la verdad de cara… Y aunque sería demasiado largo pasearse por todos ellos, no puedo dejar de mencionar a Desmond y Mr. Eko, los dos verdaderos chamanes de la isla, poderosamente conectados con ella aun en sentidos muy diferentes, romántico el primero y trágico el segundo.

En tercer lugar, y a la manera del viejo maestro literario de la intriga, Wilkie Collins, ‘Lost’ ha sabido congelarnos el aliento con finales estremecedores y capítulos perfectos. Cada cual tenemos los nuestros, y en mi caso puedo recordar el descubrimiento de que Ethan no estaba en el pasaje, la ambigüedad moral de aquel Henry Gale (Ben) encarcelado bajo la vigilancia de Locke; la aparición de Desmond en el sótano; el emocionante, tristísimo “Not Pennys boat” con que Charlie se despedía de la vida; el episodio del viaje en el tiempo de Desmond (un relato fantástico sencillamente magistral); el asesinato inesperado, brutal, de la hija de Ben; la conversación Jacob/Smokey en la que por primera vez nos muestran la estatua (qué sensación de vértigo); el encuentro Jack/Kate en el que nos damos cuenta de que se trata de un flashforward; la escalofriante historia de Locke y su padre; las primeras apariciones del humo negro; la traición de Michael (la serie nos ha tratado como a adultos y no nos ha ahorrado la crueldad en algunos momentos); el encuentro entre Faraday y la niña pelirroja que será su amor en el futuro…

Y, finalmente, el broche que ha supuesto el último capítulo de la serie, lleno de emoción en los reencuentros, de frenética acción en el desenlace... Y con una última escena que cierra al mismo tiempo que abre el círculo: Jack tumbado, agonizante, en el sitio donde todo empezó, con el perro a su lado, satisfecho por el resultado de su sacrificio; la belleza del verde de los bambúes, el avión que los sobrevuela a través de un hueco azul ganado a la vegetación, una sonrisa, un párpado que se cierra al igual que seis temporadas antes se había abierto. Una manera triste y dulce de despedirse.






¿Teorías, explicaciones? ¿De veras son tan importantes, a estas alturas? Aun así no dejó de sorprendernos e indignarnos la tertulia que organizó Cuatro a la finalización del capítulo. Es increíble que la propia cadena que nos vende el producto lo desprecie de ese modo. La presentadora con una serie de invitados que parecían ejemplificar los peores prejuicios de quienes desconocen la serie: al parecer no había nadie más a quien invitar que a un puñado de frikis que compitieron en gilipolleces y desenfadadas exhibiciones de pocas luces. Resulta que ninguno había entendido mínimamente la historia. Se puede estar de acuerdo con ella o no, pero es que ni siquiera lo había pillado, y no tenían otra valoración que realizar más allá de su rabieta por que “no se explicasen todas las cosas”. Mejor olvidar.

Todo ha acabado. Pero estará siempre con nosotros, como la gran literatura, la mejor música, las películas inolvidables. Las obras de los hombres y las mujeres que engrandecen nuestra vida.

Hay una isla en alguna parte donde nada envejece y los seres humanos pugnan por entrar o salir, o extraer de ella algo bueno; a veces están allí por voluntad propia, otras son escogidos; se sienten orgullosos de ella, o la aborrecen; escapan, pero la añoran y regresan; los hace crecer y cambiar, y les proporciona los momentos más intensos, especiales y hermosos de su vida. Puedes llamarla amor, amistad, vocación, arte, trabajo, fe, viaje, sueño, sexo, reto, soledad, compañía. Lo que de verdad importa es que sepamos encontrarla. Tal vez coincidamos en algún momento. Si no, dejemos rastros que ayuden a los demás a orientarse.

La escritura es el mío.

"Pandemonium Tour", Pet Shop Boys o la grandeza.

Teníamos previsto ir a verlos al Primavera Sound, pero al final no ha sido posible por diversas circunstancias, Viola nos contará cómo ha ido la cosa (salvo que las incompatibilidades de su agenda musical se lo hayan impedido). Al menos hemos tratado de resarcirnos viendo el casa el DVD del 'Pandemonium Tour" includo en su último disco en directo.



Pese a que habíamos asistido, apabullados y emocionados, a un par de conciertos de su anterior gira, esta resulta sin duda más espectacular. Nadie como ellos consiguen aunar la perfección de sus melodías pop con una estética arty, imaginativa y delicadamente humorística, en la que al tiempo deslizan alusiones visuales y literarias al mundo en que vivimos. El escenario del 'Pandemonium Tour' se articula en torno a la figura del cubo, en su representacíón tridimensional sobre la cabeza de los robóticos bailarines, o del pixel, en las pantallas desmontables-destruibles que proyectan imágenes atractivas y coloristas a sus espaldas. Las sospresas en esta escenografía de neones y rompecabezas se suceden a lo largo del show y contrastan, como siempre, con la pose caústica y elegante de Tennant y Lowe. El segundo exageradamente hierático tras los teclados, el primero encantador aunque distante, tan british e intelectual que podría tratarse de un extravagante profesor de la escuela de Belllas Artes.



El repertorio recoge buena parte del brillante "Yes" con el que dictaron una nueva clase magistral de composición pop. Pero también incluyen sus éxitos habituales, en ocasiones inteligentemente mezclados, y algún tema menos conocido, como "Do I have to?" o "King's Cross". No cansan nunca, al igual que la fruta o los dulces que más nos gustan. Tan sólo lamentamos que el tiempo pase y nadie pueda, como parece, recoger su testigo: concebir los discos, los conciertos y los videoclips a modo de obra total, accesible y profunda a un tiempo, capaz de trasmitirnos euforia, alegría y emoción, de rompernos los esquemas con letras más certeras que muchos ensayos o poemas (¿os acordáis de Numb?), de hacernos la vida más hermosa como sólo lo consigue el gran arte.









domingo, 23 de mayo de 2010

"Derechos de los animales" (varios autores). La capacidad de sentir.

La revista de pensamiento jurídico "Teoría & Derecho" dedica su último número a los "Derechos de los animales". Reúne un puñado de ensayos interdisciplinares a cargo de autores relevantes que componen un tomo de gran interés para iniciarse en la materia.

Más allá de lo jurídico, los estudios introductorios de Javier de Lucas Martín, Valerio Pocar y Gary L. Francione nos sitúan ante el estado actual de la cuestión relativa al "bienestar animal", fundamentado en su capacidad de sentir como criterio moralmente determinante. Hay, no obstante, un párrafo en el texto del primero de los profesores citados que a mi entender consigue llegar al fondo de la cuestión:

"(...) el problema último no son los derechos de los animales no humanos, sino, como lo han formulado Fernández Buey, Riechmann o Francione, los mecanismos por lo que hemos acabado por aceptar como natural que podemos oprimir a otros: las mujeres, los niños, los negros, o los animales. El problema es una sociedad patriarcal y violenta que trata a los animales (como a la mayoría de esos otros) como medios para cualquier fin de algunos seres humanos, los verdaderos seres humanos: para su placer, su diversión, su salud, su utilidad económica"

Y es que una de las cuestiones que más me han llamado la atención al leer este libro es la existencia de numerosas similitudes en cuanto a categorías, análisis, conceptos y conclusiones que presenta el tema del "bienestar animal" con los estudios de género. El texto que he citado da en el clavo al explicarnos cómo al final del camino al que conduce cualquier examen riguroso de los grandes problemas del mundo actual se encuentra esa configuración de la realidad para el goce y disfrute de un modelo de individuo muy concreto: varón, blanco, occidental, apologista del libre mercado. No es extrañar, por tanto, que tanto las mujeres como los animales, aun a distinto nivel (al menos en cuanto a su inclusión en el discurso), se presenten como objetos con los que satisfacer distintos intereses de ese individuo.

En el caso de los animales, sobran los argumentos para refutar esa realidad: la idea de continuum biológico desarrollada por Darwin y que descartaría cualquier tesis de superioridad natural de una especie, además de la mentada capacidad de sentir y sufrir, que como un imperativo moral nos impondría el deber de evitar el sufrimiento animal del tipo que sea. Pero en este asunto, como en tantos otros, con la iglesia hemos topado. Al igual que en el caso del aborto, en que un Papa decidió en 1869 que la hominización se producía en el mismo momento de la concepción, el respeto a los animales se ve lastrado por el discutible concepto de la dignidad humana. Este palabro tan jaleado por la religión católica sirve de aval para que el varón blanco occidental, etc., actúe como centro inequívoco de una naturaleza que el creador ha puesto a su servicio. Siendo así no es de extrañar que el status jurídico de los animales haya sido hasta hace bien poco el de "cosa" u objeto susceptible de posesión (res nullius), de forma que los posibles daños que se le pudiesen infligir eran tenidos en cuanta únicamente al efecto de valorar el perjuicio que a su propietario le ocasionasen. Es decir, los animales no existían como sujetos de derecho. Produce escalofríos pensar que una mínima, candorosa y pacata legislación protectora de los mismos frente a cuestiones tan evidentes como el maltrato, la tortura o el exterminio no encontró hueco en el ordenamiento jurídico español hasta los años setenta. Hace dos días.


Gracias a esa útil abstracción de la "dignidad humana" se han venido soslayando los derechos de los animales con el pretexto de su irracionalidad. Si siguiésemos estrictamente tal justificación, está claro que un ser humano discapacitado no merecería mayores derechos que un gato o un perro. Muchos de éstos poseen capacidades científicamente acreditadas que exceden de las de un niño de tres años o, insistimos, un adulto afecto de una grave discapacidad. ¿Por qué unos resultan intocables -y nadie pretendería lo contrario, por supuesto- y sin embargo los otros han sido hasta hace bien poco meras "cosas" como un jarrón o un cenicero? La respuesta, en el púlpito.


Tal como se ha venido planteando el asunto, tampoco debe alarmarnos el hecho de que cualquier defensor de los derechos animales con proyección pública haya recibido la misma clase de improperios que las feministas: se les acusa, por ejemplo, de "preferir" a los animales frente a los seres humanos. La ventaja que tienen los varones blancos occidentales apologistas del libre mercado es que no leen, así uno no se lía la cabeza. Si se acercasen a este volumen esclarecedor editado por Tirant, comprenderían que, como en tantas otras situaciones, la solución viene por la ponderación de derechos. Y los profesores nos muestran unos cuantos en los que ciertos derechos fundamentales o primarios de los animales -basados en esa capacidad de sentir sufrimiento- han de anteponerse a los derechos secundarios de los seres humanos: así, un conejo tiene derecho a que no se le revienten los ojos en un experimento destinado a obtener un producto cosmético para la tersura de la piel de esos que tanto nos muestran los pulcros y elegantes anuncios del ramo.


Y aquí es preciso tocar, aun persignándonos y en voz baja, uno de los pilares de esta gran nación: un toro tiene el derecho primario a no ser torturado mediante distintos instrumentos punzantes, a no ser alanceado, perforado por una espada, etc., frente al derecho secundario de "los aficionados" a disfrutar del "arte" de un torero. Y qué podemos decir de esas espantosas fiestas populares consistentes en "soltar" una vaquilla por una serie de calles hasta encerrarla rodeada de doscientos "mozos" que la "tientan" durante horas. Hace poco, con motivo de un caso que tuve que llevar en el trabajo, pude analizar de cerca el contenido de esa clase de festejos, y tengo claro que no existe otro modo de calificarlos que el de crimen repugnante contra la racionalidad, humanidad o incluso dignidad de la que nos habría dotado ese creador que tan a medida de unos cuantos ha construido el mundo. Cualquiera que tenga un mínimo contacto con animales es conocedor de lo mucho que sufren por el miedo, el estrés, las situaciones amenazantes, la confusión de no saber dónde estar o por dónde salir... Imaginemos pues a una pobre vaquilla en un ambiente ferozmente hostil, golpeada, mareada, provocada durante un par de horas, para goce de un puñado de impresentables. Algo así resulta insoportable si nos distanciamos un poco y lo contemplamos desde la esencia de que somos o decimos ser: racionales. Pero claro, en este punto tropezamos con la tradición...

Ah, las tradiciones... Me dolió bastante lo mal que se entendió al filósofo Jesús Mosterín en el debate del parlamento de Cataluña acerca de los toros, cuando hablaba de que en nombre de las tradiciones se habían justificado cosas como la mutilación genital femenina. Algunos grupos feministas se sintieron ofendidos por la comparación, y sin embargo Mosterín (nada sospechoso de machismo, desde luego) hacía referencia a ese anclaje interesado que supone la apelación a las "tradiciones culturales", de forma que a través de ellas se han legitimado históricamente verdaderos crímenes de lesa humanidad, al menos el argumento se caería por sí sólo. Como el todavía más chusco de la "bravura" del toro. Ábranle la puerta de la plaza, que tenga un buen espacio abierto para escapar, y veremos si embiste o no, decía Mosterín con bastante gracia. Y en cuanto a que la fiesta de los toros es el único medio de que perviva la especie, hagamos un parque temático, como ocurre con tantas otras, y la supervivencia estará asegurada. Esta semana precisamente hemos conocido que por primera vez se va a poder clonar un toro, pero en seguida han alzado la voz los defensores de la tortura para dejar claro que "la bravura" depende de cuestiones ambientales, no de la mera raza o especie. ¿Nadie se ha ocupado de denunciar la flagrante contradicción, no quedamos que esas características que se aplauden en las plazas son consustanciales a la especie y por eso la fiesta es la única vía para conservarlas? ¿En qué quedamos, entonces, quiere eso decir estamos criando animales -con el componente ambiental añadido de "bravura"- exclusivamente para ser masacrados en la "fiesta"?

Como vemos, la mayoría de las posiciones reaccionarias frente a cualquier cambio transformador de la humanidad (en la dirección de más igualdad, justicia social o respeto por el entorno) se fundamenta en encantadoras abstracciones que impiden el debate: la dignidad del hombre, la bravura, la complementariedad entre los sexos... Música conocida para cementar el régimen patriarcal.

Volviendo al tomo de "Teoría & Derecho", tras el análisis filosófico de la cuestión, se hace un repaso por el estatus jurídico de los animales, tanto español como europeo. Y la conclusión no puede ser sino agridulce: hemos pasado, sí, del animal como res nullius susceptible de apropiación a res communis omnium, o bien común, como el medio ambiente, y por tanto del interés y la necesidad de protección de todos. Es un paso adelante, pero sólo un paso. Porque la protección de los animales continúa configurándose desde una perspectiva androcéntrica. No son sujetos de derechos, sino que su bienestar se protege en exclusiva atención a factores económicos –cuidar el ecosistema como inversión a largo plazo- o, yendo a lo antropológico, por la minusvaloración que de nuestra propia condición humana supone el maltrato a otros seres vivos.

Aun así no cabe duda de que algo hemos avanzado. Al menos parte de esas ideas se han incorporado al discurso colectivo, tal como sucede con el medioambiente. Sin embargo aún queda lo más complicado, que del discurso pasemos a la práctica.


Esa brecha entre propósitos y realidades es especialmente sangrante en España, un país de larga tradición de maltrato animal, por vía cultural, religiosa y por ende, sociológica. El sadismo cotidiano hacia los animales domésticos o de compañía sigue siendo desgraciadamente habitual, y en buena parte es heredado de unas generaciones a otras. Tener una mascota es un factor de extraordinaria influencia positiva en la educación de los niños, y sin embargo uno se sorprende a veces descubriendo en ellos esa vena oscura de barbarie que se solaza jugando con los límites del dolor o el miedo en los animales.


Las legislaciones autonómicas, siguiendo a la catalana, pionera en esto como en tantas cuestiones sociales, regulan de una forma detallada aspectos tan elementales como el cuidado físico (alimentación, limpieza, habitáculos, paseos) y psicológico de las mascotas, con plausibles enumeraciones de mínimos imprescindibles que constituyen de por sí una verdadera formación básica al respecto, para quien esté interesado.

El problema es que nadie se va a leer un texto legal por curiosidad, y uno piensa que en las tiendas de mascotas debería proporcionarse una información standard de ese tipo y otra adaptada a la raza y edad en concreto de cada animal, de forma que mediante una firma el ciudadano se diese por enterado y aceptase por tanto su responsabilidad.


Ocurre que produce espanto el desprecio cotidiano al bienestar animal, reflejo de esa consideración de “objeto” que tanto tiempo requerirá para ser modificada. Familias que compran un cachorro por el capricho de un niño y en cuanto crece lo abandonan porque ya no hace gracia, o que simplemente desconocen unas mínimas nociones de cuidado y educación… Cuántas veces escuchamos que un perro determinado “es malo” y trae de cabeza a los dueños de la casa, que barruntan la mejor forma de librarse de él; y resulta que “es malo” porque después de pasar ocho horas atado en una esquina para que no toque los muebles, cuando es liberado da un salto y se sube al sofá… Cuántos animales están sometidos a encierro, estrés y ansiedad permanente, atiborrados con dulces que terminarán dejándolos ciegos, golpeados, etc. Y esto en nuestras civilizadas ciudades y entrañables pisos familiares… En realidad es más preocupante el maltrato constante de bajo nivel que los casos de extrema crueldad que saltan a los periódicos. Porque al igual que ocurre con la violencia de género, el primero es el caldo de cultivo lamentablemente frecuente del segundo. La desigualdad genera violencia. El desprecio al bienestar animal genera violencia.

Este invierno volvíamos una noche de nuestro paseo “largo” con Betty. Hacía uno de esos días de frío extraños que nos ha tocado en suerte vivir los últimos meses, e íbamos abrigados hasta arriba, y aun así con la boca bien cerrada para que el helor no nos arrasase la garganta. Betty, por supuesto, llevaba también ropa de abrigo. Entonces pasamos al lado de un bar y vimos fuera a un ejemplar de Tekkel miniatura, una especie muy similar a la de nuestro pinscher, con el pelo muy corto, que apenas los protege del frío. Habiendo visto tiritar a mi perrilla este invierno, aun dentro de casa, lo que vi en aquel bar me sobrecogió: el pobre estaba atado a una farola, tiritando igualmente, y lloriqueando. Muerto de frío, vaya. Miraba muy fijamente hacia el interior, donde vimos a un grupo de chavales sentados… viendo un partido de fútbol. Al pequeño animal le esperaban dos horas de sufrimiento, minuto a minuto.


He querido poner este ejemplo porque me parece más esclarecedor el maltrato cotidiano de gente aparentemente bienintencionada que ese otro de carácter delictivo que tanta repugnancia nos produce en las noticias. Lo que los ensayistas de este tomo necesario nos dicen es que el derecho primario del Tekkel a no sufrir durante dos horas por el frío es superior al secundario de que un fulano vea el partido con sus amigos. Podría verlo en casa, podría no sacar al perro, podría pedir permiso para tenerlo en brazos dentro del bar (España es el país más restrictivo con la presencia de mascotas en lugares públicos, muestra clara de nuestro nivel de civilización).

O bien podríamos empezar a denunciar cada una de esas circunstancias de las que seamos testigos. A ver si con el palo acabamos entendiendo que no somos dioses, ni reyes. Que los otros, dentro del amplio contenido del término, no son nuestros objetos o nuestros esclavos. Yo no lo hice, no tuve coraje, y me arrepiento de ello. Intuyo que se me trataría como a un loco.


Y de todos modos seguramente la denuncia no habría prosperado. Dadas las circunstancias, el juez comprendería y asumiría el argumento fundamental de la defensa: “señoría… que era la champions…”

miércoles, 19 de mayo de 2010

"Todo el amor y casi toda la muerte", de Fernando Marías. "Black, black, black", de Marta Sanz... Que parezca un accidente.

La novela negra, criminal o como queramos denominarla, está de moda. Pasará, sin duda, al menos en la intensidad con que el mercado la promueve y jalea en estos momentos. No obstante deberíamos matizar el concepto, puesto que resulta de sentido común afirmar que no toda obra narrativa en que tiene lugar un crimen cuya resolución es objeto de la misma es “novela negra” y, al contrario, podemos encontrarnos muchos títulos que responden a los arquetipos y herramientas propias del género sin mediar cadáver e investigación de por medio. No obstante, está claro que una suerte de historias con muerto y “detective peculiar que descubre al asesino” constituyen hoy por hoy la apuesta comercial más segura, lo cual conlleva cuando menos un par de contrapartidas: el hecho de que se confunda la morralla con los excelsos cultivadores de esa clase de obras y, por otro lado, el deseo vergonzante de autores “de calidad” de probar el placer pecaminoso de escribir una, pero sin que se note, de modo que el prestigio virginal que los adorna quede incólume. Los libros a los que quiero referirme incurren en este último error, y además, con abuso.

“Todo el amor y casi toda la muerte” es la última novela de Fernando Marías, que ha obtenido el Premio Primavera. Publicitada no sólo con los medios estrictamente editoriales, sino con la habilidad del propio autor, que relata una especie de vivencias sobrenaturales (sexo con fantasmas, agarrémonos donde podamos) como motivo inspirador de la obra, prometía en principio una experiencia lectora sugerente. La promesa se queda en eso, y en el éxito de marketing se compadece mal con el contenido literario del libro. Para llevar el análisis a alguna conclusión de interés resulta conveniente atender al contexto en que se pone a disposición del lector una novela como esta: tanto las reseñas ad hoc como las declaraciones del escritor inciden en la imposibilidad de resumir el argumento, al tratarse de una obra ambiciosa y total que trascendería todos los géneros, etc. En alguna entrevista Fernando Marías se refiere a que toma algunos arquetipos de la novela negra y la novela romántica para darles la vuelta. Coincidimos con la primera afirmación, pero no hemos comprendido la segunda. En realidad la historia es perfectamente discernible y puede ser contada sin dificultad. Los tópicos de los que dice echar mano lo son hasta tal punto que parecen una parodia y no pocas escenas producen verdadero sonrojo: aquí hay matones crueles que dan (o deberían dar) miedo, y a los que, cómo no, se les tanga un dinero; una mujer fatal que enreda a un pobre tonto e inexperto enamorado con la fuerza de su atractivo sexual; un amor a primera vista de corte romántico a cargo de un poeta errante y la mujer malcasada con el rico del pueblo; una leyenda fantasmagórica que tiene el fondo del mar como protagonista; una madre desolada por la pérdida de su hijo en busca de ese misterio, aferrada a un manuscrito que no explica nada pero lo insinúa todo… Desapariciones, disparos, huidas, erotismo de serie B, como de película del destape, con una mujerona ávida y un joven que la sublima… Los personajes carecen del mínimo rasgo de humanidad porque son precisamente eso, arquetipos de cartón piedra procedentes de la más trasnochada ficción populista; aquí nada ocurre con arreglo al sentido común, la gente se desnuda y se echa al mar con una misteriosa carta en la mano, los amores surgen de la manera más misteriosa, en un solo instante, y ya para siempre como una condena; algunas situaciones son, de verdad, arduas de describir sin ruborizarse: los amantes se citan en un caserón al borde de un barranco asolado por una tormenta, de repente ella expulsa de la casa a él y lo reta a que, bajo la lluvia, recorra ventana a ventana para descubrir dónde está masturbándose… luego ambos se revuelcan con pasión retorcida de anuncio televisivo de colonia navideña en mitad del campo, bajo el aguacero; la madre desolada que descifra el misterio de su hijo se desnuda para introducirse en el mar con la última carta de aquél en la mano, pero otro personaje la rescata, de nuevo los dos bajo la tormenta… A todo ello debemos añadir un lenguaje barroco, supuestamente lírico, muy pasional, repleto de adjetivaciones y metáforas, algo así como una banda sonora ampulosa que subrayase aún más las escenas terribles que acabo de apuntar.

¿Y cuál es el problema de esta novela? Su quieroynopuedo, el tomar ingredientes de la literatura pulp y no atreverse a componer una obra entretenida, apasionante en sus misterios y vueltas de tuerca, lo que no es incompatible con alguna reflexión narrativa sobre el amor, la pasión sexual o lo que demonios se quiera. Pero el autor ha querido dar un paso más, subir un peldaño por la escalera de lo literario, y enredar esos materiales simples en una prosa refitolera y un juego desquiciado de pasiones excesivas que supuestamente trascienden el suspense de la historia. El resultado se hace incomestible, y es una lástima en un autor con buenos recursos y un amplio bagaje literario y cinematográfico.


“Black, black, black”, de Marta Sanz hace aún más evidente esta intención de apuntarse a la moda pero que no lo parezca. Si Fernando Marías opta por el barroquismo y el desenfreno de opereta, Sanz ejercita la ironía gafapasta y la deconstrucción. Dividida en tres secciones, la primera de ellas reproduce los parámetros habituales de un novela negra: detective original (una mariquita mala, elegante, distanciado, acidísimo y cotilla), un espacio delimitado con un puñado de sospechosos que se nos van presentado uno a uno, a lo Agatha Christie, y, por supuesto, un par de cadáveres llenos de enigmas. El tono, sin embargo, es de cachondeíto cultureta, propiciado por el diálogo que el detective mantiene con su ex, una especie de contrapunto crítico en la persona de una divorciada frustrada, a través del cual se toma distancia crítica con los hechos como si los personajes fuesen conscientes de serlo y recriminasen a la autora los tópicos propios del género en que va incurriendo. Qué risa, tú. La segunda sección equivale a un puñetazo encima de la mesa del lector: ¿crees que esto es una novela policiaca? Ni de coña. Entonces nos suelta un centenar de páginas del diario de una de las vecinas –sospechosas- que nos ha presentado antes. Característica inevitable de este tipo de novelas tan “literarias” es que todos los personajes son inteligentísimos y cultísimos, vamos, el diario tiene un nivel de escritura y agudeza intelectual que estremece. En él, a su vez, se nos proporciona una versión de los hechos que podemos creer o no (ah, el gran invento de la narrativa contemporánea: el narrador poco fiable; eficaz, siempre que se utilice en su momento y lugar idóneos… no es el caso). Y luego, en la tercera sección, se nos presenta otro punto de vista, el de la interlocutora del detective, que refuta en gran medida la visión de éste y llega a nuevas conclusiones igualmente discutibles. Sin dejar en todo momento el tono de fina ironía universitaria que me hace recordar a un sketch de Faemino y Cansado con ocasión de la entrega de un premio cinematográfico. Uno de ellos soltó de repente un discurso intelectualísimo sobre lo que era el cine, y el otro le pregunta estupefacto: “¿y esto?”, a lo que el primero responde: “es para la subvención”. Pues sustitúyase esta palabra por “calidad literaria” y encontraremos el quid del afán deconstructor de la autora de esta novela extravagante. Lo cierto es que contiene los elementos habituales de una historia policiaca, resolución incluida, puesto que en una lectura más o menos cabal así puede entenderse. Sin embargo está claro que la novelista no es capaz de incurrir en semejante pecado, y le añade este repertorio de técnicas literarias de manual para hacerlo todo muy irreverente y sarcástico, como esos artistas indies que cantan boleros pero con mucha ironía destinada a explicarnos que el bolero que escuchamos no es un bolero. Para que la cosa funcione se precisa, no obstante, de un buen “constructo” metido con calzador en la contraportada del libro, para aviso del lector gafapasta: así, al referirse a la segunda sección, y queriendo dejar claro que no nos encontramos ante una mera novela negra, se nos dice en la presentación del libro que “nos propone una lectura insurgente sobre la violencia del sistema (…) abre la posibilidad de una investigación psicológica que profundice en las relaciones de causa y efecto (…) lo imperceptible sale a la luz con toda la potencia que tiene lo siniestro, ese “siniestro familiar” del que hablaba Freud”. Toma ya. Desgraciada la narración que requiere de un constructo semejante para cobrar sentido.


En otras ocasiones me he referido a novelas de género negro o aledaños, como las de los famosos larsones, Asa y Stieg Larsson. En ambos casos afrontan su trabajo con la honestidad y la humildad suficientes para ser conscientes de que simplemente están contando una historia, lo que a su vez les permite profundizar en los personajes –darles vida, en definitiva, de lo que carecen los experimentos que estoy reseñando- a la vez que se ocupan de ciertos temas de relevancia político-social (la intolerancia, la corrupción institucional, los engranajes podridos del sistema…). Nada de esto interesa a Marías y Sanz, que viven un par de palmos por encima de la desagradable realidad, uno en el frenesí pasional y la otra en sonrisa teorética, y en realidad no tiene por qué ser objeto de su obra. Me limito a opinar y escoger el primero de los propósitos frente al aburrido pavoneo del segundo.

Estamos ante casos de esquizofrenia literaria. Ambos han querido apuntarse a la corriente de moda, pero sin que se notase demasiado, desdoblándose en un narrador de prestigio que le ordena al espurio, como en una escena cinematográfica de las tan queridas por Fernando Marías: está bien, escribe una novela policíaca… pero que parezca un accidente.

“All days are nights: songs for Lulu”, de Rufus Wainwright (disco y concierto). Las lágrimas de Tadzio.

“Release the stars”, el anterior disco original de estudio de Rufus –por en medio anduvieron el homenaje a Judy Garland y su primer directo-, debía haber sido su álbum desnudo tras el exceso barroco de los dos “Want”. Se trasladó a Berlín para componerlo y grabarlo, y la cosa se fue liando hasta el punto de exacerbar la orquestación como no se había atrevido a hacer en los precedentes. No puede un artista semejante luchar contra su propia naturaleza. Ésa que ahora le ha dictado un conjunto de canciones para voz y piano, tensas y no siempre melódicas, brillantes como siempre pero emotivas como nunca.

Durante su escritura ocurrió el hecho seguramente más relevante en toda la vida de Rufus: la enfermedad y fallecimiento de su madre. Incluso en el estadio alejado y especulativo de quienes únicamente nos declaramos seguidores de este músico, y no lo conocemos en persona, se nos hace evidente el grado de afecto que siempre tuvo por ella, algo que era inmediatamente perceptible cuando subían juntos al escenario. De este modo “All days are nights: songs for Lulu” tenía que ser lo que finalmente ha resultado: una obra oscura y doliente, profunda, intensa y, por todo ello, irrepetible. Podrá haber otros temas o discos para voz y piano, pero ninguno de ellos captará el ambiente fúnebre, en el estricto sentido de la palabra, que caracteriza éste.

Rufus Wainwright siempre ha sido uno de esos artistas que no retrocede ante la posibilidad de alumbrar, en su obra, atisbos de su vida personal. A veces incluso han sido catarsis o confesiones más o menos evidentes, cruces de reproches o de piropos entre familiares, recuerdos de íntimos abismos y bromas privadas. Se trata de uno de los aspectos que lo hacen especial -y que algunos confunden con el exhibicionismo mal entendido-, así es de entender que en estos momentos complicados se sienta, como ha declarado recientemente, apoyado de una forma tan intensa por sus seguidores.


“All days…” sólo puede escucharse como una obra total, el viejo concepto de “álbum” que pretende arrumbarse en esta época de canciones individualmente descargables y de fácil asimilación. No es, precisamente, inmediata a la escucha, precisa de varias vueltas para apreciar los matices que lo alejan de la reiteración. Incluye unas cuantas canciones que podrían funcionar de por sí en cualquier otro de sus títulos, pero reunidas en éste adquieren el brillo melancólico que se desprende desde la misma portada. Y clásicos que seguiremos escuchando mucho tiempo como “Who are you, New York?”, excelente apertura que recuerda al hito de su carrera, “The art teacher”, o la sobrecogedora “Martha”, quizá uno de los temas más emocionantes que se hayan escrito en la música popular: la llamada de un hermano a una hermana con la que ha roto relaciones para, sencillamente, hacer reír a su madre enferma, pese a que no haya solución para sus diferencias.

Cuando el tono personal reposa en el disco, nos ofrece tres hermosas adaptaciones musicales de sonetos de Shakespeare que, sin embargo, funcionan como piezas imprescindibles del conjunto. Y casi al final está el aria que cierra su ópera “Prima Donna”, cuyo rechazo tópicamente prejuicioso por parte de la crítica especializada es objeto de ironía en otro de los temas, “Give what I want…”.


Siendo así el disco, su presentación en directo precisaba de una coherencia que ha sabido respetar con una idea brillante: dividir sus actuaciones en dos partes bien diferenciadas. En la primera de ellas toca íntegramente el nuevo disco, con inquietantes proyecciones de ojos oscuros a sus espaldas, y la petición al público de que no aplauda hasta que haya abandonado el escenario. Aparece en él ataviado con una larga cola negra, como un ángel de luto. Camina en silencio, lentamente, hacia el piano, y comienza a extraer de él las primeras notas de “Who are you, New York?”. Luego siguen las demás, en orden, y el fondo se va llenando de ojos que parpadean con triste delicadeza, y que al final se desbordan en una lágrima que igualmente aparece en la música, y que el artista desea compartir con nosotros. Nadie aplaude, afortunadamente, cumpliendo su petición. Cómo aplaudir ante un canto fúnebre de despedida al ser querido. Finalmente sale del escenario con la misma languidez y, tras una pausa, regresa iluminado de luces y colores vivos para tocar unos cuantos temas de siempre, sonriente ya, bromista y dicharachero, aunque inevitablemente menos de como lo recordamos (por fortuna ha sido la quinta vez que he podido verlo en directo). Casi al final recuerda que la última vez que estuvo en España su madre actuaba con él en un tema, y le dedica la interpretación de otro procedente de su discografía, a modo de homenaje. Al levantarse del piano para despedirse del público, debe apretar los dientes porque se encuentra a punto de romper a llorar, y se esfuerza por sonreír y saludar antes de desaparecer rápidamente.


Tras el concierto no podemos ya escuchar el disco del mismo modo. Entendemos su contexto, su peculiar naturaleza y la verdad de su propósito. Debemos darle las gracias por compartirlo con nosotros y, sobre todo, una vez más, por hacerlo a través de un arte sofisticado y emocionante.


(Debo poner una nota entre desagradable y chusca a esta entrada. Tal vez la afee, pero ocurrió allí y formó desgraciada parte del espectáculo. Teníamos detrás de nosotros a un grupo de amigos treintañeros, chicos y chicas. Uno de ellos, a mi espalda, se pasó el concierto berreando de la forma más soez que uno pueda imaginarse. “No puedo con ella”, “mira, la Pantoja”, le dedicó cuando salía como un muerto en vida a interpretar “All days…”. Después no dejó de hablar y comentar la jugada, con mucha palabrería supuestamente graciosa, y mucho coño y mucho follar y mucha polla. Es admirable la capacidad de ciertas personas de permanecer toda su vida en una adolescencia sin fisuras. Como a estas alturas no necesito demostrar mi ausencia de prejuicios homófobos, bien puedo manifestar que gilipollas hay en todas partes, y que a ratos tuve ganas de levantarme y aporrearlo con lo que tuviese a mano. En especial cuando, con el último aplauso, comenzó a llamar al artista “¡¡perraca!!”. Con un poquito de sensibilidad se puede entender y apreciar al Rufus excesivo y loquísima, y a este Rufus con un dolor tan hondo que sólo puede ser expresado en una colección de canciones ásperas. Pero eso sería demasiado pedir para la gente infeliz que exorciza sus frustraciones en el territorio del caca-culo-pedo-pis, abundante en desahogos y efímeros colegueos. Hay otros mundos por ahí fuera…, aunque, pensándolo mejor, es preferible que se queden en el suyo y no molesten, ya que son incapaces de respetar a públicos y artistas en su patética exhibición de malicias y procacidades.)

sábado, 8 de mayo de 2010

‘La librería’, de Penelope Fitzgerald. Delicia agridulce.

El adjetivo “delicioso”, referido a un libro, se aplicó por primera vez en un salón de té de Bedfordshire el siete de diciembre de 1978, a las diecisiete horas quince minutos, concretamente por la señorita Henrietta Elsie Cornellia Boone, que comentaba en su club de lectura las impresiones que le había suscitado esta novela de Penelope Fitzgerald. A partir de entonces hemos utilizado tal calificativo para muchos otros libros, pero no cabe duda de que el que aquí reseñamos debió de ser, sino de veras el primero –mis fuentes no resultan del todo fiables-, sí al menos el más indicado para aventurarse en semejantes hazañas lingüísticas.

La delicia, no obstante, comienza a rezumar inesperados sabores amargos en cuanto uno la paladea, y es que esta novela de apariencia inocente contiene fantasmas ocultos, a la manera del poltergeist o rapper que importuna y hace compañía a la protagonista de la historia, Florence Green, voluntariosa mujer que decide abrir una librería en Hardborough, un pequeño pueblo costero donde no hay nada, o poca cosa.

Lo que abunda, en cambio, es el rechazo de los lugareños hacia su empresa, un rechazo cuyas razones últimas tiene el acierto la autora de no revelarnos por completo, y que con el paso de las páginas va adquiriendo tintes kafkianos. No sabemos a ciencia cierta el porqué de esa oposición que lenta pero constantemente va socavando los planes de Florence, y el humor irónico de la autora, que nos hace sonreír en varias ocasiones, dulcifica la naturaleza siniestra de ese comportamiento colectivo contrario a los libros. No es difícil, pues, entender la narración en clave simbólica, basta mirar a nuestro alrededor para comprenderlo. Quién no se ha encontrado alguna vez frente a tales reacciones compulsivas ante las paredes cubiertas de libros, el recelo, la incomodidad exteriorizada incluso con tics físicos, las explicaciones apresuradas -y no solicitadas- acerca del poco tiempo que se tiene... Sean unas u otras razones, lo cierto es que las fuerzas vivas (e incluso muertas... el rapper) de Hardborough conspiran contra el pequeño negocio de Florence mediante procedimientos aparentemente casuales –y legales- pero sospechosamente numerosos.

El humor típicamente british de muchos de los diálogos y los párrafos descriptivos del pensamiento ingenuamente optimista del personaje principal nos van llevando de la mano hacia un final magistral: no es nada sorprendente (no hay vueltas de tuercas narrativas), tan sólo una frase sencilla que lo dice todo sin explicar nada (prefiero que el lector o lectora la lean por sí mismos). Y es entonces cuando te das cuenta de es libro es una comedia, sí, pero también un gigantesco drama anticipatorio. Un drama de nuestro tiempo. No hablo de los medios tecnológicos que sustituyan a la herramienta tradicional de lectura, sino del abandono de la cultura libresca misma, de su sustitución –nada inocente- por otras que se pretenden similares o mejores: el videojuego, el sms, el conocimiento wiki. Sustentado todo ello en argumentaciones absurdas que confunden el continente con el contenido. Nada que objetar a que la elaboración reflexiva del pensamiento a través del lenguaje –en ocasiones amplia, densa- sea presentada en una tableta electrónica. Lo alarmante es que se trate de equiparar a un mensaje de twitter. Inquieta constatar que incluso algunos profesionales de la gestión cultural tienen como únicos referentes culturales el rap, el grafitti, las redes sociales y los videojuegos. No quiero imaginarme un futuro en el que el rechazo generalizado haga que no existan esos autores que se pasan años estudiando y elaborando sus reflexiones en gruesos tomos que son un reto y un homenaje a la razón que nos hace animales humanos, o que la narración como forma de arte deba necesariamente adaptar sus herramientas propias al último invento de la industria tecnológica, y no al revés. Como en esos videojuegos consistentes en emular una guitarra mediante estúpidos botones de colores y limitarse a tocar unas canciones seleccionadas por la industria a través de su pulsación secuencial: la sustitución, en definitiva, de un instrumento musical por una suerte de avatar en el que lo que cuenta no es la calidad final de la producción, sino el gran dogma de la cultura contemporánea: la facilidad.
Valga esta digresión para resaltar el valor de "La librería" como una novela que va más allá de la humorada típicamente anglosajona, entretenida, cuidadosamente escrita y deliciosamente editada por esa trinchera de la resistencia que es el sello editorial Impedimenta. Nos habla de un mundo que se acaba. Y de la paciente mansedumbre con que aceptamos su terminación.

viernes, 7 de mayo de 2010

“Una cuestión de prueba.” Peticiones y agradecimientos.

De un tiempo a esta parte he disminuido la frecuencia de entradas en el blog. El motivo obedece a una circunstancia, sobre todo, laboral: una serie de demandas masivas contra ciertas ordenanzas municipales que han sobrecargado el servicio jurídico donde trabajo de una manera notable (cobrando lo mismo, claro, que esto es España). Viendo reducido así mi tiempo, lo debo administrar como un alimento escaso, y el orden de prioridades está en la lectura que me sostiene y me equilibra y las reseñas de esos libros que voy leyendo. Quizá el blog, de este modo, se habrá hecho más aburrido para el amable lector o lectora, o quizá siempre lo fue, quién sabe. El caso es que sigo sorprendido por el puñado de gente que cada mes se asoma a estas páginas, y los que de algún modo se convierten en habituales. Para ellos va dirigida esta explicación de ausencias como una expresión de respeto y agradecimiento.

Ocurre además que estoy escribiendo mi segunda novela larga. Cómo hablar del asunto sin parecer un místico, un imbécil o ambas cosas... El caso es que, lo sabrá todo aquel o aquella que lo haya hecho, esto de por sí ya te pone bastante histérico. Comienzas a lo tonto, lo dejas mil veces, te asaltan muchas inseguridades, te deprimes y, al contrario, te sientes eufórico en un mismo día o incluso una misma hora; pero entonces empiezan a pasar los meses, un año, dos años, y la cosa cobra forma., resulta que sí, que aquello que tenías en la cabeza y a lo que dabas tantas vueltas puede ser posible.

Y de repente te encuentras como estoy ahora: abordando la última parte, los meses finales de un larguísimo trabajo. Qué miedo, qué nervios, ¿y si al final es un pestiño y las horas de desvelo no han servido para nada? ¿Y si lo he conseguido, y se parece en buena medida a aquella idea que me resultaba interesante hace dos años y medio, antes de escribir una sola línea?
Como un escalador que se encuentra a pocos metros de la cumbre, me siento más cansado que en toda la subida, y temo que una mala decisión arruine mi llegada. En eso estamos.

En fin, paranoias aparte, el título es “Una cuestión de prueba”. Tendrá alrededor de quinientas páginas y supone un cambio bastante importante en todo lo que he hecho hasta ahora. Tuve muchos prejuicios respecto a ella al principio -pensaba que se adentrarme en una suerte de thriller legal echaría por tierra mi modo habitual de hacer, cercano a la novela intimista o psicológica- pero los he ido venciendo. Para bien o para mal, representa de un modo cabal lo que soy y lo que pienso en estos momentos de mi vida. La primera, “Los nuevos”, sigue siendo mía cien por cien, pero la persona que ha escrito esta segunda ha crecido y evolucionado desde entonces, no sé si en la dirección correcta –espero que sí-.

Llevo tantos meses viviendo con estos personajes que se han convertido en una especie de amigos, y siento tristeza ante la posibilidad cercana de abandonarlos. Afortunadamente, la novela supondrá el inicio de una serie de títulos -aunque ahora no tenga fuerzas ni para pensar en ello-, así que irán desarrollándose conmigo. En “Una cuestión de prueba” los veremos nacer para la ficción, caer, levantarse, encontrarse y comenzar un camino juntos que ojalá sea largo.
Una vez acabada intentaré moverla por el mundo editorial convencional, y una vez concluida esa trayectoria previsiblemente estéril, la editaré yo mismo pero con bastante mejor difusión que la primera. La razón es que pienso que podría llegar a más gente. Y a este respecto, lo primero que haré será proveerme de unas cuentas copias editadas en formato libro –Bubok- para pasárselas a un reducido círculo de lectores/as cercanos, como si se tratase de una maqueta. Me gustaría compartirla también con alguna de las personas que han estado siguiendo el blog y con las que tengo contacto más o menos ocasional, y que estén interesadas en la lectura. Es otra manera de agradeceros el aliento que me habéis brindado en todo este tiempo (pienso en R. –no te va a gustar, me temo-, D., P.(W.), V., M.). Quienquiera que desee unirse, será bien recibido/a. En su momento os lo comentaré, y a los que no conozco en persona os pediré vuestra dirección para remitírosla; podéis fiaros de mí: no será utilizada para envíos publicitarios, visitas de vendedores de bayetas mágicas ni sesiones de tuppersex. Únicamente para la novela.
En fin, ya queda menos. Ahí está aquella cumbre imposible, y parece que se ha despejado la niebla. De todos modos, el camino ha merecido la pena en esta época de arduas tensiones en el trabajo y demasiadas decepciones personales. La novela me ha mantenido firme todo el tiempo, y espero haberla trabajado con esmero, en contrapartida.

Un buen libro es la preciosa savia de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad”, dice Florence Green, personaje de “La librería”, deliciosa novela de Penelope Fitzgerald que acabo de leer. Este que escribe no es ni mucho menos un maestro, pero confío en que “Una cuestión de prueba” se convierta en un artículo, si no de primera necesidad, al menos de segunda o tercera. Veremos.