miércoles, 28 de abril de 2010

'Entre la bruma', de Simonetta Agnello Hornby, y "Justicia poética", de Braulio García Jaén. Los riesgos de la profesión.

"Entre la bruma" aglutina parte de las mejores virtudes y casi todos los defectos del autor o autora que, además de la escritura, ejerce otra profesión de la que extrae temas y argumentos para sus obras. En especial si se trata de trabajos relacionados con los tribunales -abogados, jueces, policías-, puesto que en esos foros se tratan con demasiada frecuencia asuntos sangrantes a cuyo resolución no alcanza la justicia, y el peligro de querer enmendarle la plana a la realidad por vía de la novela no hace sino dejar intacta la primera y degradar los fundamentos de la segunda.


Así ocurre en esta obra fallida, que comienza con una fuerza notable y termina deshecha en una hojarasca de lugares comunes y trucos baratos, para finalmente relatarnos lo que ya anunciaba -con bastante inoportunidad, por cierto- la breve nota introductoria que precede a la narración propiamente dicha.


Mike y Jenny son un matrimonio "perfecto" de clase media-alta londinense que un buen día se ve sometido a una acusación de abusos sobre una de sus dos hijas, de cuatro años. La novela relata básicamente la peripecia a la que se ven sometidos a partir de entonces, la intervención de los Servicios Sociales, la cautelosa defensa a cargo de un abogado experto en estas cuestiones, así como algunas otras historias e interioridades del despacho de este último.


Decíamos que comenzaba bien por cuanto la técnica empleada resultaba, en principio, idónea para enfocar la cuestión: capítulos cortos a cargo de un narrador en tercera persona que no obstante ve su conocimiento limitado al de los personajes cuya visión nos ofrece. Esta fragmentariedad logra transmitir al lector la sensación de estupor que afecta a los protagonistas, sometidos al asedio de instituciones públicas y personas concretas que dicen querer proteger a la víctima. Resulta un acierto la mansedumbre con que, tanto el directamente acusado -Mike- como su mujer, aceptan cada una de las medidas que deben tomar para mejor defender sus intereses, y que en la práctica suponen el gradual desmoronamiento de su modo de vida, ya de por sí bastante agrietado, como se va poniendo de manifiesto. Tiene algo de Gregor Samsa ese profesional de éxito que de la noche a la mañana se ve convertido en un espantoso insecto, sus estados de ánimo vagan de la defensa enrabietada y despótica a la inquietante duda acerca de su comportamiento, que permanece velado por la bruma a la que hace referencia el título. De forma paralela conocemos los primeros pasos de la secretaria Pat y, a través de ella, un puñado de casos de indudable -y escalofriante- importancia social: explotación laboral y sexual, malos tratos, exclusión, miseria, analfabetismo... y la burocracia en medio, empantanándolo todo, impidiendo avanzar a quien tiene fuerzas para salir del lodo y ayudando a hundirse a quien apenas se sostiene firme.

La novela va avanzando así, con un lenguaje plano y aburrido que en cierto modo compensa el interés de la historia, hasta que de repente, casi al final, todo se viene abajo, o para ser más precisos todo se revela como una aparatosa excusa para que la autora nos cuente lo mal que funcionan determinados aspectos del procedimiento tutelar de menores. Incluso, más concretamente, uno sólo de ellos, que evito referir para no terminar de ahuyentar a quien pueda estar interesado en el libro. Personajes cuya construcción se había iniciado se quedan en eso, meros apuntes de alguien que a nadie importa, los casos paralelos que se habían introducido se cierran de cualquier manera, y la trama principal, que hasta entonces se asemejaba a un interesante reportaje periodístico, recurre a un par de trucos narrativos de película o teleserie barata para mantener la intriga acerca de la existencia real de los abusos: coincidencias imposibles, un asomarse tramposo a los pensamientos de Mike... Así no puede sorprendernos que las escenas finales aludan, como clave de toda la historia, a aspectos psicológicos de uno de los personajes que hasta entonces, y a pesar de haber tenido acceso a sus reflexiones, se nos habían hurtado sin otra explicación que la de construir un suspense vacuo y especialmente torpe.


He mencionado el periodismo porque coincide este libro en las mesas de novedades con otro de género aparantemente distinto, y que representa junto con él las dos caras de una moneda de brillante apariencia y escaso valor. "Justicia poética", de Braulio García Jaén, se ocupa igualmente de una injusticia social aterradora, en este caso la condena de dos personas inocentes por un sistema judicial no sólo ciego, arbitrario y xenófobo sino, causado el daño, irracionalmente corporativo. El planteamiento no puede ser más interesante y, sin embargo, la técnica empleada en la escritura no logra sino arruinarlo. Haciendo bandera de la exhaustividad, no deja detalle sin consignar por poco o nada pertinente que sea y termina provocando el hastío del lector, que se pregunta si eran necesarias tantas páginas de hacendoso y perfeccionista reportaje para llegar a una conclusión tan relevante, ciertamente, como bien conocida: los prejuicios raciales, la consideración de los inmigrantes de rasgos árabes como el enemigo moderno que algunos necesitan para apretar las filas y ordenar el mundo. A ello debemos añadir ciertos manierismos de la escuela de Arcadi Espada: ese aroma de inteligencia muy consciente de sí misma, la frase sentenciosa entremezclada con la retahíla de descripciones fácticas, las citas literarias y filosóficas intelectualísimas que contrastan con el tono de sumario judicial de la mayor parte del texto... Consigue incluso suscitarnos la impresión -seguro que errónea- de que el objetivo único del investigador era la composición de un gran libro lleno de verdades, por encima de las verdades mismas. Como un trabajo destinado a la supervisión técnica de maestros de la profesión, le falta personalidad y narrativa. Que es justo lo que le sobra a "Entre la bruma", cuyo formato más idóneo hubiese sido seguramente el del ensayo periodístico-jurídico, al que las dotes de escritora de ficción de la autora habría proporcionado un poco de calor artístico.



Quizá la manera de acertar se encuentre en el punto medio que debe de existir entre estos dos intentos de explicar el mundo con buenos propósitos y malos medios.


domingo, 18 de abril de 2010

'Dublinesca', de Enrique Vila-Matas. Inexorable, irlandés, legendario.

Si, de acuerdo con Henry James, la casa de la ficción tiene muchas ventanas, la que da al cuarto de Vila-Matas es una de las más interesantes y agradables a las que puede asomarse el lector. Nos muestra un mundo jovial y desprejuiciadamente literario, tan personal que bloquea cualquier intento de análisis con arreglo a las reglas usuales o preceptivas. Vila-Matas no escribe novelas, dietarios o colecciones de relatos, sino libros de Vila-Matas, y más allá de los tópicos habituales acerca de su transgresión de los géneros literarios, debemos reconocer que ha hecho de sí mismo no ya un género, sino la fusión de todos ellos. Al público lector, en general, le cuesta ser generoso con sus contemporáneos; de ahí que asuste pensar en los pocos autores, a lo largo de la historia, de los que cabe manifestar algo semejante.


Cada título suyo presenta una suerte de excusa argumental para comenzar el despliegue de temas, obsesiones, guiños y bromas privadas, referencias a obras ajenas o propias, transfusiones biográficas y derivas monologales propias de este grandísimo escritor. Todo ello presentado con una prosa excelente, libérrima hasta la farsa, y al mismo tiempo profundamente rigurosa, como una eficaz herramienta que sigue a la vez que delimita la caudalosa imaginación del autor.


Este caso nos encontramos con un viejo editor, ya jubilado, incapaz de encontrar su sitio -aunque, en el fondo, quizá nunca lo tuvo- que trata de reinventarse mediante el "salto inglés" que supone abandonar la seguridad de su bagaje literario francófono y viajar a Dublín para celebrar un desopilante funeral por la era Gutemberg en compañía de amigos escritores tanto o más estrafalarios que él. La personalidad de Riba, el editor, recorre todas las patologías que podríamos encontrar en un diccionario de psicología, como un arquetipo de Woody Allen hipertrofiado y pasado por la turmix de la obsesión libresca. De la mano de su pensamiento errante saltamos de una ciudad a otra, de un escritor a otro, de una chaqueta de Nehru a una gabardina mackintosh, de sonidos inexistentes a fantasmas muy reales, del humor a la melancolía. Porque a pesar del tono de guasa con que se nos ofrece la palabra de este personaje no dejamos de escuchar la música de fondo de un mundo que se acaba, el de la edición artesanal, visceralmente comprometida con el arte literario, la que ha construido en definitiva el mundo que conocemos. ¿Qué vendrá después? Lo ignoramos, pero tal como termina el libro, y a pesar de que "siempre aparece alguien que no te esperas para nada", no ha lugar a buenos augurios. El salto inglés de Riba lo era hacia un precipicio, pensamos al final. Aunque, pese a todo, estaríamos dispuestos a acompañarlo.
Vila-Matas emplea en esta novela un curioso narrador en tercera persona y tiempo presente que se permite la chanza de intervenir en un párrafo como para robar plano, eso sí, con mucha educación: "creo yo, modestamente", nos dice en uno de tantos momentos que provocan la sonrisa. Este narrador conoce tan bien a Riba que algunas alusiones a su formación francesa, su colapso físico y sus devociones literarias nos recuerdan a un autor llamado Vila-Matas, y pensamos que algo tiene el libro de réquiem por un modo de hacer que quizá cada vez menos se repita. O al menos no tal como ha sido hasta ahora en su caso, con una difusión y una visibilidad impensables en el futuro digital y exacerbadamente mercantil que nos aguarda. Los Vila-Matas del mañana serán cada vez menos y más secretos y, por ello, más valiosos. Disfrutemos entretanto del que tenemos, ahora en Dubín y en versión anglo, mañana en lo que a él le plazca.
Serían interminables los pequeños momentos de placer que este libro ofrece a los catadores literarios, desde aquellos de prosa relampagueante ("Una gran desgracia, en cualquier caso, para la vida interior de la vida y tambíén para todos aquellos que aún desean utilizar subjetuvamente la palabra, tensarla y estirarla hacia miles de conexiones de luz que quedan por restablecer en la gran oscuridad del mundo"), a los humorísticos ("una voz deliberadamente suave, poética, antibancaria, vengativa con respecto al espacio financiero en el que se encuentra", o cuando nos habla de los nombres de los bares "inexorables, irlandeses, legendarios"), o a los que, sin mayores pretensiones, nos revela unas cuantas verdades, y quizá la mayor de todas ellas sea la que, de alguna manera, compone la esencia vila-matasiana: "una persona sabia es aquella que monotoniza la existencia pues, entonces, cada pequeño incidente, si sabe leerlo literariamente, tiene para ella carácter de maravilla". Ahí estaba, señores y señoras, después de tantos siglos de debate, la clave de la felicidad.
Tal como se afirma en el libro, "el mundo es muy aburrido" o, lo que es lo mismo, "carece de interés si no lo cuenta un buen escritor". Afortunadamente contamos en nuestro tiempo con uno de los mejores, que libro a libro va haciendo el mundo más interesante, divertido y deliciosamente anárquico. Puede que la era Gutemberg se haya acabado. Pero Vila-Matas no se acaba nunca.

jueves, 15 de abril de 2010

'La extraña desaparición de Esme Lennox', de Maggie O'Farrell.

Curiosa traducción la de este libro para el original "The vanishing act of Esme Lennox". No hacía falta llamar la atención del lector, pensamos, con una "desaparición" de por medio. Semejante ardid editorial puede resultar a la larga contraproducente, pues quien se acerque a la novela esperando intrigas y búsquedas misteriosas, se sentirá defraudado. Por el contrario, el lector o lectora exigentes encontrarán en ella sobradas recompensas.



Esta es una obra de indudables propósitos literarios, ejecutada con esmero técnico y minuciosidad a la par que nos cuenta una emocionante y dolorosa historia. Algún parentesco presenta con "La lluvia antes de caer", excelente novela de Johnatan Coe aquí reseñada, por cuanto en ambos casos la memoria de una mujer en su ancianidad consituye el desencadenante de la narración. Claro que lo que era una sucesión ordenada de recuerdos en el caso de Coe -mediante el recurso de una serie de cintas grabadas que alguien va escuchando de capítulo en capítulo- aparece aquí, en cambio, como un estallido fragmentario de imágenes e impresiones que sólo en algunos párrafos se nos ofrece con continuidad, lo que no obsta a que podamos seguir el hilo fácilmente. Para ello utiliza la actora a dos focalizadores -las hermanas Lennox- y una falsa protagonista -la nieta de una de ellas-, quizá el personaje menos trabajado, la pata débil de la silla. No entendemos su presentación con una vaga historia personal en la que se enfrentan de forma bastante tópica una complicada relación medio incestuosa y otra de amor o sexo clandestino con un hombre casado, para que finalmente se convierta en un mero catalizador de la potente resolución de la novela. Habría merecido que su vida se hubiese visto afectada-implicada en o por la de esas dos mujeres procedentes de un mundo antiguo e inesperadamente siniestro.



La fragmentariedad de la memoria es abordada en la novela mediante diversos registros literarios: monólogos interiores, visiones de tiempos diferentes entremezcladas, etc., que conviven con la narración del presente, en el que las dos ancianas parecen ensimismadas en sus recuerdos, hasta que descubrimos que se aferraban a ellos tan sólo para ajustar cuentas. Y es que el tema del que nos habla O'Farrell tiene fuerza suficiente para que se le hubiese ido de las manos y se hubiese despeñado por el precipicio del melodrama, de ahí que el resultado final pueda entenderse como un triunfo de la técnica literaria, de la manera de contar, y una muestra más de que a estas alturas de la historia, en que todo se ha dicho ya mil veces y en muy diversos formatos, el cómo adquiere definitiva relevancia por encima del qué.


Aun así, la novela conmueve a los lectores/as, y lo hace precisamente gracias a la sabiduría con que la autora ha sabido administrar el material con el que trabajaba. En mitad de un largo párrafo a ratos indiscernible descubriremos una pista, un guiño o una luz que nos indicará el camino, y lo proseguiremos ansiosos de la mano de un guía -un lenguaje- sofisticado y sorprendente.



Permítaseme una reflexión personal relativa al aprecio que ha suscitado en mí este libro, y es que más allá de las herramientas literarias que emplea, con las que también pueden existir algunas afinidades, el argumento recuerda lejanamente al de "Los nuevos", de este poco humilde bloguero y escribidor. O'Farrell toca el tema de las ovejas negras o las piezas que no encajan en el rompecabezas y su brutal exclusión de un modo quizá más descarnado, pero indudablemente cercano a que lo que traté de explorar en mi novela, y que ella resume muy bien en las dos citas que preceden a la narración, especialmente en un poema de Emily Dickinson:





Mucha locura es divina cordura

para una mirada sagaz.

Mucha cordura, la más rematada locura.

En esto, como en todo,

prevalece la mayoría.

Asiente, y te considerarán cuerdo.

Disiente, y de inmediato serás peligroso

y atado con cadenas.



La disensión, en la obra de O'Farrell podría manifestarse simbólicamente en la imagen de una niña que se prueba el vestido de su madre delante del espejo. Un gesto inocente que en el momento y lugar inadecuados, y para ojos maliciosos y predispuestos, supone la confirmación de un diagnóstico en realidad predeterminado: el que condena a los diferentes, y consolida la voz común que dicta reglas y costumbres con las que ordenar el mundo.




(El lector o lectora que se acerque al libro convendrá conmigo en que la ilustración anglosajona de la portada supera con mucho a la española, en su intento de mostrar ese momento clave de la historia.)

domingo, 11 de abril de 2010

El papel del lector, en la última novela de Vila-Matas.

De la página 71 de 'Dublinesca':
"Sueña con un día en que la caída del hechizo del best-seller dé paso a la reaparición del lector con talento y se replanteen los términos del contrato moral entre autor y público. Sueña con un día en que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente distinta a la suya. Cree que si se exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje d ela lectura pada muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas".
Es de agradecer que se nos recuerde de cuando en cuando el papel creador del lector, y la referencia a ese contrato moral tantas veces quebrantado por todos sus intervinientes. Vila-Matas, como siempre, una celebración de la literatura.

La teoría de la novela de Samuel Riba, personaje de Vila-Matas.

Aparece en 'Dublinesca', que estoy leyendo ahora con agrado. Riba, editor crepuscular (su oficio se muere... me temo que llevaba mucho antes muerto, y que tiene que ver más con el mercado que con la tecnología), formula cinco elementos que considera imprescindibles en la novela del futuro:
1.- Intertextualidad
2.- Conexiones con la alta poesía
3.- Conciencia de un paisaje moral en ruinas
4.- Ligera superioridad del estilo sobre la trama
5.- La escritura vista como un reloj que avanza
Excelente reflexión que imaginamos procede en buena medida del propio autor. Imposible no estar de acuerdo. Ése es el futuro que, sin embargo, no está ahí esperándonos. Se hace necesario conquistarlo. A escribir.

sábado, 10 de abril de 2010

"Aurora boreal", de Asa Larsson. Algo más que un buen rato.

"La otra" Larsson se ha visto sometida a algunas de las leyes más absurdas del mercado literario. Por un lado, se ve beneficiada por la similitud de su apellido de una forma no por reiterada menos incomprensible, como los yogures con bífidus (de los lectores que procedan de ese modo uno no responde ni quiere responder). Por otro, es inevitable comparar entre ambos larsones, toda vez que los dos se encuentran en la cresta de la ola del tsunami nórdico que nos invade, a veces para bien, y otras para mal. Ambas inercias resultan igualmente injustas en el caso de Asa Larsson, una escritora bastante más dotada para la narrativa de lo que las modas mercantiles podrían sugerirnos.
"Aurora boreal" arranca de acuerdo con ciertos mecanismos habituales en la novela de misterio, negra o como queramos calificarla. Hay un crímen, un cadáver. A partir de ahí todo puede desarrollarse de la manera más tópica, como un rompecabezas apto sólo para los aficionados a completarlos, o bien como una obra literaria que aúne entretenimiento con profundidad, cierto estilo y un trasfondo de elaborado pensamiento. Esta novela, por fortuna, ha seguido el segundo camino. Con una prosa efectiva, y a ratos sutil, nos presenta a un personaje vibrante: la abogada Rebecka Martinsson, que con motivo del suceso debe regresar a su localidad de origen y enfrentarse a no pocos fantasmas personales. La trama está ahí y se resuelve de una manera digna, pero más interesante resulta su análisis del fanatismo religioso, la manipulación patriarcal y el arduo destino de quienes se rebelan contra todo ello. Rebecka aparece como una mujer fuerte y muy valiente, sin los fascinadores rasgos de una Salander, más de andar por casa, pero gracias a ello bastante más cercana y creíble. En su pasado se enfrentó a decisiones que muchas otras mujeres han debido de afrontar, y el dolor la ha hecho respetarse a sí misma lo suficiente para enfrentarse a la vida con coraje. Puede que carezca del carisma de otros personajes literarios de género, pero ello nos habla más de la honestidad de la autora que de alguna clase de carencia. Asa Larsson ha escrito lo que le ha apetecido, sin otros artificios que los propios del arte de la novela.

Los flashbacks se insertan en la obra en letra cursiva (vaya, técnica que ha empleado este modesto escribano en su primera novela), y en alguno de ellos la prosa llega a adquirir algo más de vuelo del que en principio se espera en una obra de género, especialmente en la estremecedora escena en que la "congregación" decide qué hacer con la joven Rebecka.
Si cedemos a la tentación de comparar, el Larsson de la serie Millennium es más frenético, puntilloso y torrencial, periodístico, en suma. La "otra" Larsson es posiblemente más literaria. Ambos nos proporcionan buenos momentos de entretenimiento sofisticado, pero también nos hacen reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. Cada vez aprecio más estos propósitos narrativos. No están las cosas para excesivos ensimismamientos artísticos, así lo entendieron muchos de los grandes, y por eso los seguimos leyendo.