domingo, 28 de marzo de 2010

'El oficinista', de Guillermo Saccomanno.

El premio "Biblioteca Breve", de Seix Barral, tuvo un pasado glorioso con nombres como Benet, Vargas Llosa, Caballero Bonald y otros. Durante un buen tiempo fue garantía de literatura arriesgada a la que el galardón ayudaba a abrir brecha, pero en los últimos años se ha adaptado a la lógica comercial y forma parte del carrusel de nombres famosos que van pasando por unos y otros premios según unos turnos que seguramente negocian los agentes en secretas timbas nocturnas. Con este título recupera en alguna medida un buen tono literario que no recordábamos desde "Velódromo de Invierno", de la excelente narradora Juana Salabert.

Lo primero que destaca de este "El oficinista" es su lenguaje seco, hecho de frases muy cortas con las que construye un ritmo lento y derrotado especialmente adecuado a la atmósfera del relato. No por ello resulta simple, sino todo lo contrario, introduce al lector en ese ambiente con efectividad, y no renuncia a la imagen lírica o la adjetivación brillante. Nos habla de un mundo apocalíptico de ecos kafkianos, trufado por recursos clásicos de la ciencia ficción, en el que un personaje sobrevive desdoblado en el tópico oficinista, sometido por su jefe, su familia y una sociedad hostil y peligrosa, y el otro, una voz interior capaz de todo, siempre al borde de la ruptura pero nunca capaz de salir a la luz y llevarla a cabo.


El mundo de "El oficinista" parece consolidar rasgos inquietantes que en nuestro apenas se apuntan: los empleados son despedidos y sustituidos al instante sin miramientos, las calles son un caos de violencia y pobreza, el medio ambiente y los experimentos transgénicos han convertido en monstruos, en mayor o menor medida, a todos los seres vivos, el afecto es sustituido en las relaciones personales por un sexo convulso y doloroso... Y en este panorama sobrevive un triste oficinista que acepta el orden de las cosas con la mansedumbre con que Gregor Samsa contemplaba su cuerpo de cucaracha. Es el mundo interior de este personaje donde se aventura una revolución que nunca llega, una rabia encaminada a lugares equivocados y objetivos improbables.
El párrafo que cierra uno de los numerosos y cortos capítulos resume bien el universo moral de la obra: "no es la diferencia entre lo que fuimos y lo que somos lo que nos abisma, piensa. Es la pereza con que nos abandonamos a la degradación". Una mujer india da a luz en la calle, rodeada de espectadores curiosos o asqueados, los niños celebran peleas de kickboxing a muerte, o ven sus cuerpos sometidos repugnantes subastas sexuales, los trabajadores se denuncian unos a otros, los atentados terroristas y las muertes en plena calle son paisaje común, el cielo está lleno de helicópteros que todo lo vigilan y que, simbólicamente, destrozan a su paso a los murciélagos que sortean sus ráfagas de luz, confundidos... Y tan importante es el mundo degradado que se ve como aquél otro, impoluto, que se intuye: el de la gente pudiente y protegida, ajena a la misera salvo para explorar sus fondos y obtener algún fruto de ello.
Novela importante ésta, que aúna exigencias de estilo y pensamiento, que entretiene tanto como fascina e incomoda; que te deja sucio tras pasear por sus páginas y te acompaña cuando, en el día a día de nuestro mundo, reconocemos augurios del que parece que nos espera. Tal vez la manera de evitarlo, parece insinuar Saccomanno, estribe en comportarnos menos como "el oficinista" y más como "el otro". A fin de cuentas, de que acabemos convirtiéndonos en el primero ya se encargan los que financian los helicópteros.

sábado, 20 de marzo de 2010

'Michael Kohlhaas', De Heinrich von Kleist. La lucha por el derecho.


Novela de principios del siglo diecinueve, 'Michael Kohlhaas' narra la particular lucha por el derecho de un modesto mercader al que la arbitrariedad de un noble provoca una serie de perjuicios que, a la larga, se revelan insignificantes frente a la magnitud de su reacción ante la injusticia. Se trata de un ejemplo paradigmático del ciudadano empecinado en la defensa de sus derechos, al que la razón avala en un primer término y lo abandona posteriormente, cuando ha conseguido propagar su indignación en forma de revuelta popular. En una primera lectura, y llevados quizá por la identificación con quien ha sufrido el desagravio, tendemos a justificar sus acciones habida cuenta de los escasos medios que le proporciona el sistema para repararlo; sin embargo, cuando a lo largo de su camino vemos cómo pisotea los derechos de otros en pos de los suyos, y cómo manipula el discurso para convertir en colectiva una causa personal, dudamos ya si nos encontramos ante un justiciero o un pendenciero. Quizá en este juicio me dejo llevar por la severidad, pero es que la profesión me ha dado la oportunidad de conocer a suficientes empecinados, y a raíz de esa pequeña experiencia tengo claro que el calor de su idignación les impide ver con mucha frecuencia el camino más corto y justo para alcanzar sus propósitos.
Claro que no podríamos quedarnos en la reprobación de Kohlhaas y dejar de hacer mención a una época y un lugar, la Sajonia del siglo XVI, en que el ordenamiento jurídico apenas era un conglomerado irregular de normas procedentes de muy diversas fuentes -de a su vez muy distinto nivel- generadoras de más inseguridad que certeza, y puestas al servicio de los poderosos con grosera evidencia. Siendo así, poca duda cabe de que el uso de la fuerza para violentar tales mecanismos de dominación aparece como imprescindible, y prueba de ello es que en el momento en que el protagonista consigue que tanto las autoridades políticas como religiosas le presten atención y propicien la iniciación de un proceso en el que se dilucidaría su causa, el entramado procedimental al que se ve sometido -que antecede los relatos kafkianos- acaba por distorisionarla y conducirla hasta ese patético final propio de los sistemas inexpugnables: un falaz reparto de culpas en el que no se castiga tanto la arbitrariedad cuanto la rebelión frente a ella.
Kohlhaas no representa, a los ojos de un lector contemporáneo, un ejemplo de arrojo en la lucha por sus derechos, sino más bien de mentalidad nublada por el rencor e inteligencia más bien deficitaria. Habría sido de otro modo si el motivo de su reclamación hubiese tenido la entidad suficiente como para ser considerado uno de esos casos que tan bellamente refiere el autor en esta cita: "si todo lo ocurrido, tal como parecía, había sido simplemente un embuste, él, en la medida de sus fuerzas, había contraído con el mundo el deber de procurarse una reparación por la injuria sufrida, así como seguridad para sus futuros conciudadanos". Sobran ejemplos en el mundo contemporáneo en que la capacidad de rebelarse frente a la injusticia de una persona o grupo de personas logra abrir un boquete en el grueso muro de protección de quienes, aun más allá de nuestros representantes democráticos, nos gobiernan; el personaje principal de esta novela no tiene más en común con ellos, empero, que la firmeza de su voluntad.
Por otra parte, la prosa de Heinrich von Kleist se nos hace ardua en su simple afán de relatar pormenorizadamente los hechos con un decir antiguo y una focalización exclusiva en la fuerza de la historia. Nos recuerda a uno de esos textos pesados de lectura recomendada en la universidad o el instituto. Siempre es loable la tarea de Alba Editorial en su intención de incorporar al acervo del lector español obras clásicas escasamente difundidas. Ocurre que en este caso nos encontramos ante una simple curiosidad histórica que no nos revela demasiado acerca de la naturaleza de la justicia y, menos aún, de la literatura.

viernes, 19 de marzo de 2010

'Self portrait', de Jay-Jay Johanson. Retrato del artista con libertad al fondo.


¿Cómo puede ser que el último disco de uno de mis artistas favoritos me haya pasado desapercibido durante casi un año? Lo descubro ahora, por casualidad, y tengo la suerte de, pese a todo, haberlo encontrado. Y es que la trayectoria de Jay-Jay nos habla a las claras de un artista a la manera antigua y, dicho sea de paso, auténtica, que sin encerrarse en ninguna torre de marfil tampoco acata otras órdenes que las de su voluntad y su instinto. "Antenna" (2002) supuso para él un golpe de éxito comercial que podía hacer prever que continuaría por la línea de "On the radio" o "Déjà vu", encantadoras piezas de pop ochentero, bailables y pegadizas como los mejores hits de entonces. En "Rush" (2005) aunaba ese estilo con el que lo había caracterizado hasta entonces, el de crooner postmoderno de hermosa voz profunda que cantaba al desamparo amoroso sobre bases de trip-hop. "The Long Term Physical Effects Are Not Yet Known" (2007) retomaba un giro jazzístico ya apuntado en su primer álbum "Whiskey" (1996), y aun así contenía un par de temas con el suficiente atractivo para ser difundidos al menos en los habituales medios indies que consituyen, para bien o para mal, su territorio natural.




¿Cuál sería su camino a partir de entonces? Seguramente su sello discográfico le sugeriría (seamos amables) volver por la senda discotequera de "Antenna". Y Jay-Jay ha hecho sencillamente lo que ha querido, ha escrito un puñado de excelentes canciones y las ha editado en este "Self-portrait" que nos devuelve al autor introspectivo, extremadamente sensible y poseedor de una asombrosa capacidad para la melodía de sus primeros álbumes. De este modo nos encontramos ante uno de sus discos más libres y arriesgados, y también ante uno de los mejores. Los temas siguen siendo hermosos, inmediatos y estremecedores como es habitual en él, pero poseen un tono personal, de reinvindicación sentimental y estilística, que los elevan como conjunto por encima de sus particulares logros. "Self-portrait" apenas ha sido divulgado comercialmente, y muchos ni nos hemos enterado de que existía. Es una nueva lección que nos da internet, la de que el seguimiento de los grandes artistas debe ser cada vez más activo por nuestra parte, porque están ahí, a pocos pasos -informáticos- de nosotros, y nos esperan.


Leo en su myspace que continúa girando por todo el mundo, y escribiendo canciones que en poco tiempo espera reunir en un nuevo ábum. Actualiza con frecuencia sus mensajes en esa página e interactúa con sus seguidores/as. Parece un tipo feliz con sus decisiones y su coherencia. Hace un par de años tuve la fortuna de verlo en directo, en Valencia, el concierto fue extraordinario, y al acabar se quedó a unos metros de donde estábamos para presenciar la actuación de John Cale, que seguía a la suya. Fuimos testigos privilegiados de lo mucho que disfrutaba con la música. Y eso es lo que nos transmite en cada disco. Seguir con fidelidad su camino es la mejor manera de agradecérselo.

Aquí os dejo "Lightning Strikes", segundo single.


viernes, 12 de marzo de 2010

"Infiel. Historias de transgresión", de Joyce Carol Oates. La pasión de narrar.

El llamativo título de esta notable colección de relatos augura el que supone su mayor riesgo: el efectismo. No hay demasiada transgresión en ellos, salvo que la entendamos en un sentido muy laxo, y sin embargo aparece esa palabra sugerente en el subtítulo a modo de reclamo comercial, aunque ya de por sí la que lo antecede necesita de pocos subrayados.

Joyce Carol Oates es una narradora de amplísimos registros, con una prosa robusta, sencilla pero permanentemente tensa, capaz de abarcar cualquier historia o cualquier vida, de transmutarse en la perspectiva de un hombre brutal, una niña confusa o una mujer presa del desespero. Semejantes cualidades convierten la lectura de sus libros en un acto pasional, de la misma forma en que viven sus personajes.

El ser humano es, para Oates, una amalgama de impulsos a los que la mente trata de controlar con pocos resultados. La reflexión se abre paso a través de ellos como un guía que tratase de buscar el mejor camino para permitirles seguir avanzando y llegar a su término. Amantes que buscan venganza, ancianos que adelantan su muerte, mujeres enredadas en relaciones que las alimentan mientras las destruyen... El amor en este libro tiene algo de callejón oscuro, las relaciones familiares están llenas de lagunas o arenas movedizas, el sexo es siempre sucio, convulso, con una urgencia sudorosa que lo hace insatisfactorio.
Algunos de los relatos, como "Preguntas", "Fea", "Amante" o el que da título al volúmen, son narraciones ejemplares en la elaboración de personajes y la administración de sus turbaciones. Pocas veces juega Oates con una sorpresa argumental, pero cuando lo hace consigue su propósito: acostumbrados a que muchos de sus cuentos concluyan sin un giro explicativo, no nos esperamos, por ejemplo, el final de "Infiel", que constituye una moraleja aleccionadora sobre los prejuicios de género. En otros, sin embargo, la historia en sí cede importancia frente al mero y breve paseo literario por unas vidas al límite, en el cual se pretende no tanto un efecto de empatía cuanto de conocimiento. La autora nos invita a asomarnos al mundo de los sentimientos extremos y las pasiones, entre las que debemos añadir la suya propia por la escritura, sin someterlo a juicio, a modo de catálogo informativo de los abismos en que podemos caer en algún momento.
La tercera sección es la más irregular, y en ella aparece el riesgo a que aludía al principio: relatos como "Idilio en Manhattan", con su clímax cinematográfico y su recurso al disparo para poner fin a todo, apelan a una lectura fácil guiada por el morbo y el sobresalto, frente a la conclusión igualmente eficaz pero sin duda más ponderada de "El acosador", que hubiese podido tomar fácilmente la misma deriva.
En general es un libro aconsejable para introducirse en las muchas virtudes y puntuales defectos de la autora, y una invitación a seguir leyéndola. Por cierto, abundan las reseñas sobre Joyce Carol Oates en las que la palabra "violencia" se aplica constantemente como una de esas etiquetas que parecen tener archivadas en un memorando los medios de prensa convencionales. Acerca de este concreto título ha llegado a decir que se hacía ardua la lectura de un relato tras otro a causa de su tono violento, señal evidente de que el reseñista se había limitado a acudir al memorando sin la fatigosa labora de abrir el libro. Nada de eso, si por tal entendemos una serie de hechos que podrían ocupar las páginas de sucesos. Esta relevante escritoria nos habla de las pulsiones que en mayor o menos medida nos abordan ante ciertas circunstancias, y que en muy pocas ocasiones dejamos salir a la luz. La lucha del ser humano consigo mismo para retenerlas o domarlas es el terreno de trabajo literario de Oates.

Delibes. Nos vamos quedando sin maestros.


En tiempos de literatura-espectáculo, de la pose y la impostura comercial, el fallecimiento de un viejo maestro es doble motivo de tristeza. En primer lugar por su pérdida: aun sin conocerlo en persona podíamos sentir muy cerca su voz siempre ponderada y auténtica, su nobleza de sentimientos y su independencia. Pero en segundo lugar lamentamos la muerte de un creador excepcional al que los escenarios rurales de muchas de sus obras, y la imposición de su lectura en los planes de estudio escolares, han convertido para muchos, erróneamente, en algo del pasado. Bien al contrario, fue un innovador y un estudioso atento de la evolución del arte literario, que plasmó con una eficacia ejemplar en novelas como "Los santos inocentes", paradigma de técnica monologal, a la que su adaptación cinematográfica parece haber condenado al olvido. Y es que Miguel Delibes siempre quiso estar en un segundo plano, ajeno a ambiciones personales, como si todos sus propósitos se condensasen en esa excelencia sostenida de sus libros.
Cuando uno de nuestros clásicos fallece sentimos que algo se resquebraja en el mundo, al igual que esos inmensos bloques de hielo, en los polos, que se van cuarteando en luminosos pedazos ya irrecuperables. Y sólo ahora nos damos cuenta de lo muy necesarios que son los artistas como él, con su brillantez sosegada y su humanidad siempre presente.
Afirmaba que aprendió a escribir leyendo el manual de Derecho Mercantil de Garrigues, que nos recomendaban en la Facultad incluso años después de que hubiese perdido vigencia por la renovación legislativa, como clásico del conocimiento en que se había convertido, al igual que ocurrirá con Miguel Delibes por mucho tiempo que pase. Ahora que nos inunda el lenguaje vulgar o formulario, ya sea en textos literarios o científicos, se hace necesario despedirlo y recordarlo como se merece. Pero, por encima de todo, necesitamos seguir leyéndolo.
Descanse en paz el maestro y reciba nuestro agradecimiento.

miércoles, 10 de marzo de 2010

"Física del equipaje", de Pauline en la Playa. Quién lo iba a decir.


Desde aquel afortunado día en que las vi en directo, junto con Nosoträsh, Pauline en la Playa ocupan un lugar importante en ese cofre de tesoros que uno guarda escondido para cuando la vida aprieta. Los discos de Pauline tienen un valor añadido que en muy pocas ocasiones encontramos en la música popular: contienen una obra musical y un excelente poemario al precio de la primera, oiga. La imagen del cofre no es nada gratuita, porque cuando uno extrae el CD sabe que va a encontrarse melodías hermosas, voces delicadas y una letras amables o punzantes, siempre llenas de inteligencia y precisión, y es como si desde dentro te iluminase el rostro mientras lo haces.
"Física del equipaje" supone en cierto modo la consolidación de un estilo único. Menos melancólico u oscuro que "Silabario", y carente de una canción de enganche tan inmediata como "Rueda corazon" en "Tormenta de Ranas", supera a ambos, sin embargo, por la sencilla razón de que todos sus temas son excelentes. Requieren, como todo arte de verdadero valor, varias escuchas para apreciar sus capas y matices. La instrumentación aparece más desnuda y quizá por eso cuando los vientos, las cuerdas o una deliciosa gaita arropan las guitarras subrayan aún más la belleza del todo. El disco tiene, no obstante, un tema llamado a ser nuevo clásico paulino: "Quién lo iba a decir", emocionante en su canto a la felicidad cotidiana de la vida en pareja (idea subversiva, ya sabemos lo mucho que se aprecia el desgarro). Leed, amigos y amigas, esta letra encantadora que nos remite a los mejores momentos de nuestra vida:
Aún hay días que
lo pienso y me cuesta creerlo.
¡Quién lo iba a decir!
de mí y de ti,
de ti de mí.

Compartiendo la bañera
y doblando la colada,
aliñando la ensalada,
muertos de la risa en la cama
cada uno en su lado
con los pies entrelazados
y me siento tan feliz…

Y no hay más que vernos.
Y es que no hay más que vernos
Aún hay días que
lo pienso y me cuesta creerlo.
¡Quién lo iba a decir!
de mí y de ti,
de ti de mí.

Pasando la noche en vela
dando caza a los mosquitos,
haciendo el amor a gritos,
muertos de la risa en la cocina
despegando la tortilla
mientras me comes a besos
y me siento tan feliz…

Y no hay más que vernos.
Y es que no hay más que vernos

Claro que sin la voz de Alicia Alvarez, entre tierna y ácida, entre dulce y guasona, no es lo mismo. En este disco pienso que se desprende de algunas resonancias vainiqueras y se vuelve definitivamente única. En otra de mis favoritas, "Tendencias de sastre" -preciosa melodía- funciona como un instrumento más, mudando delicadamente el tono en cada nota (y cuando pronuncia "botón", cuidado, puede saltar el automático y dejarnos a oscuras).

Redibujo mi contorno en papel cebolla con rotulador
voy uniendo pieza a pieza de
la cabeza justo hasta los pies.

Y sigilosamente hilvano con mis manos
los pedazos del patrón.
Que me siente como un guante
porque si no yo tiendo a...

desprenderme como un alfiler
que nadie lo ve ni escucha caer.
Descoserme como aquel botón
que rodará bajo el sillón

Sin embargo voy y estrecho tanto el ancho
que me cuesta respirar
y me frunzo como acordeón
y hasta me recojo en dobladillo.

Cuando me da el punto bobo robo cremalleras con las que callarme,
las penas con las que vestirme,
las telas de las que...

desprenderme como un alfiler
que nadie lo ve ni escucha caer.
Descoserme como aquel botón
que rodará bajo el sillón.

¿Verdad que esta letra parece el comienzo de un cuento de Clarice Lispector? La de "Reparto de bienes", un poema de la Atwood. Y así podríamos seguir rastreando afinidades.
"Física del equipaje", un regalo de música y literatura en tiempos de carestía. Al igual que en la antigüedad los perseguidos se "acogían a sagrado" en las iglesias, nada mejor en las tormentas de vulgaridad y mediocridad que nos azotan que llamar a la puerta de las hermanas paulinas y quedarnos allí entre alfileres y botones, hermosos paisajes imposibles y agradables tarareos. Tarde o temprano, escampará.

domingo, 7 de marzo de 2010

Reflexiones en el día de la mujer.


Soy un hombre, y no estoy demasiado satisfecho de ello. Por tal debo entender el reflejo que me trasmiten mis congéneres, y en el que nunca me he visto identificado. Al mismo tiempo acumulo los suficientes calificativos correspondientes a la mayoría opresora como para volverme más y más extraño: heterosexual, casado, con una profesión seria (dejémoslo estar) y una apariencia física con traje y corbata más cercana a un gobernador civil del franquismo que al casi-cuarentón indie en el que a duras penas me transformo los fines de semana.
Soy un hombre feminista, aunque deberíamos matizar tanto ese adjetivo que a lo mejor resulto serlo en menor medida de la que pensaba: ¿feminista de la diferencia, de la igualdad, queer...? A estas alturas siento tanta fatiga hacia las etiquetas y los grupúsculos que se encargan de repartir carnets de una u otra que prefiero, como en todo, ir por libre.
Digamos que soy feminista de la igualdad porque creo que debemos luchar por la completa igualdad entre los sexos, que aún nos hallamos muy lejos de conseguir: violencia de género, desigualdad salarial, acoso sexual en el trabajo, diferencias de trato social inaceptables, roles esclavizantes aplicados a machamartillo, la presión de la imagen en las mujeres a través de los medios de comunicación, la invisibilidad de las lesbianas como sujeto político, el nuevo fundamentalismo de la familia y la maternidad... Y estoy convencido de que esta batalla sólo se ganará a través de la política y, por ende, la legislación. Ello requerirá la articulación de un discurso hábil y utilitarista del que ahora, por desgracia, se carece.
Digamos que soy feminista de la diferencia, con el peligro que ello conlleva (cómo les gusta a las conservadoras subrayar su condición de mujer-mujer, volvemos a la familia y la maternidad...), porque tengo muy claro que entre un puñado de personas hay muchas más posibilidades de encontrar gente decente, agradable, inteligente y divertida entre las mujeres. Siempre me he llevado mejor con ellas, y me he sentido más cómodo en su mundo. Confío en sus capacidades para mejorar las cosas en todos los ámbitos, el trabajo, el ocio, las relaciones interpersonales... Si esto me convierte en esencialista, bienvenido sea mi particular esencialismo.
Digamos que soy queer porque a mi manera aparentemente discreta pero, os lo aseguro, muy solitaria y dolorosa, siempre me he enfrentado a los roles supuestamente propios de mi género. Desprecio profundamente los tópicos masculinos: la violencia, la competitividad extrema, la obsesión por el fúmbo, la configuración del mundo laboral como un túnel a través del que escapar de la vida privada y desarrollar los peores instintos depredadores, el compadreo entre tíos y los sobreentendidos acerca de la vida, en general, y especialmente de las tías, como contrarias a nosotros. Al mismo tiempo no soy lo suficientemente subversivo para violentar mi género en el aspecto sexual, que parece ser el único que cuenta, por lo que nunca que me podido abrigar en el calorcito de la tribu y siempre he vivido en tierra hostil, y a la intemperie.
Soy un hombre feminista, ante todo, porque tengo la fortuna de vivir con una mujer feminista, asimismo inclasificable, que atesora todo aquello que admiro en un ser humano, cualquiera que sea su sexo.
En definitiva, y más allá de las etiquetas, quiero celebrar este día como propio y emplear con regocijo y orgullo el femenino: compañeras y amigas, felicitémonos todas, y sigamos luchando.

"An education", de Lone Scherfig (guión de Nick Hornby). ¡¡El cine da señales de vida.!!



Escribo emocionado aún por esta maravillosa película que me ha reconciliado con el cine. En mitad del yermo de tramas y moralejas infantiloides que ocupan las pantallas nos encontramos con una obra que, con una dirección impecable, ajustada y sabia, una estética hermosa y un guión inteligente, nos habla de un puñado de cuestiones fundamentales en cualquier vida.
La historia de Jenny se sustenta sobre el pilar de la escritura de Hornby, que consigue sortear los riesgos de alguna escena que podría derivar en el melodrama -el encuentro mujer/amante, o alumna /profesora- y sabe administrar el humor, la ambigüedad y las cartas ocultas con un tono amable y en apariencia sencillo que sólo puede obedecer a la mano experta de un gran autor -he leído poco de Hornby y no me gustó demasiado en su día, debo retomarlo-. En añadidura, la directora viste de gracia y belleza las escenas, la música las arropa con encanto y los actores realizan un trabajo extraordinario. Carey Mulligan hace evolucionar su personaje de forma portentosa, más allá de los cambios de vestuario y maquillaje, con una emotividad doliente o una sonrisa que el reflejo mismo de la ilusión por vivir cuando es necesario. Peter Sarsgaard, tal como predicaba aquel personaje de la gran Magnolia, seduce y destruye mediante sonrisas aniñadas y miradas de desamparo. El siempre eficaz Alfred Molina reitera el personaje autoritario y patético que ya nos ha ofrecido en otras ocasiones -Chocolat-, Emma Thomson aparece brevemente para dejar huella, cínica y fría, en este caso, y Olivia Williams resulta un descubrimiento para mí en ese papel de profesora de Jenny, secundario en una primera impresión, pero completamente fundamental a la larga.
La directora sabe mostrarnos una París bella y luminosa, locales nocturnos chisporroteantes de vida, la luz de los campos ingleses y la oscuridad de los interiores de las viviendas donde generaciones confusas consumían su tiempo en la tensión entre el viejo mundo y el nuevo que se avecinaba (años sesenta).
En cuanto a la historia en sí, pocas nos ha ofrecido el cine de los últimos años con tanto atractivo y profundidad: la vieja -y falsa- dicotomía entre la cultura libresca y la de la experiencia, el sentido mismo de la educación, la ética de la responsabilidad... Cuesta poco sentirse identificado con Jenny en su búsqueda, su asfixia frente a un sistema irracional y, finalmente, su fracaso, que con el tiempo tornará en todo lo contrario.
Nos hace pensar asimismo en cierta demagogia que suele emplearse por quienes hacen del mundo un gigantesco escaparate de placeres -lugares, personas, objetos- en el que basta estirar la mano para proveerse, ajenos a cualquier responsabilidad y con tintes adictivos. Lo que caracteriza estos movimientos, y que queda bien reflejado en la película, es un poderoso discurso justificativo de tono próximo al de las sectas. Lo hemos oído alguna vez de labios de bebedores, drogadictos o puteros: tú no puedes comprenderme porque estoy en otro mundo, el tuyo es una construcción cultural arcaica, y el mío el paraíso de la libertad. Hablo de tono sectario porque suele emplearse un aparato argumental tan compacto que no deja lugar al diálogo con otros que no pertenezcan al grupo. Así es que como Jenny ya sólo puede relacionarse con los demás a través de mentiras, silencios y manipulaciones, y mete en el mismo saco al padre intolerante y a la profesora que, en realidad, se preocupa sinceramente por ella. Ejemplar es el papel que juega esta última, cuando la protagonista la visita en su casa y descubre que tras la apariencia aburrida que ella tanto despreciaba había una mujer rodeada de inteligencia y encanto.
Algunas críticas facilonas han calificado el final de la película de conservador. Bien al contrario, me parece completamente revolucionario: por una vez se nos habla de la liberación de la mujer a través de progreso intelectual. Abundan las novelas y películas que intentan transmitirnos que una mujer independiente y libre es aquella que practica mucho sexo (curiosa sintonía de esos subproductos con la mirada pajillera masculina). Aquí simplemente se nos habla de que todo placer conlleva una responsabilidad, lo que en absoluto es sinónimo de convencionalismo. No hay nada más convencional que una secta. Hornby consigue con un par de frases finales darnos a entender que Jenny estudiará en Oxford, sí, y será académicamente brillante, pero también saldrá con los chicos que le apetezca, visitará París y disfrutará, ahora en verdad, de una vida en plenitud.
Cine maravilloso, por su propio valor y el añadido de su singularidad en estos tiempos. Gracias.

sábado, 6 de marzo de 2010

"Un asesinato piadoso", de J. M. Guelbenzu. La epidemia de intrigas y el no saber parar. 'Damages.'

Una de las manifestaciones más relevantes de la progresiva infantilización del lector -o espectador- que nos está tocando vivir consiste en el hecho de que la práctica totalidad de obras de ficción que se le ofrecen se encuentran subordinadas a una trama de suspense. Lo característico de ello no es tanto la existencia de una intriga cuanto su completo apoderamiento de los mecanismos narrativos. Al fin y al cabo, todo es -o puede ser- intrigante o enigmático en la vida de cualquier personaje, pero no nos enseña eso la ficción contemporánea. Bien a contrario, los caracteres se nos presentan como meros arquetipos en función de una trama sorprendente, juguetona, entretenida, quizá, pero insultantemente superficial. El lector abre la boca cuando descubre que el ayudante del inspector era finalmente el asesino, que la fiscal había sido comprada por la corporación o que el muerto estaba, en realidad, tomando cañas; pero, dos días después, apenas le queda recuerdo de ello, y además estará muy ocupado leyendo la siguiente historia, en la que será la fiscal quien tome cañas, la corporación se sobornará a sí misma y el inspector acabará convertido en vampiro.



Tal es el grado de simplificación intelectual a que nos somete el mercado literario que las novelas, antaño manifestaciones artísticas, podrían dividirse hoy entre las que cuentan muchas cosas misteriosas -y se presentan como "apasionantes" en las fajillas publicitarias- y el resto, es decir, las "raras", las que no venden ni cuentan y parecen pertenecer a un pasado triste. Porque las que eluden esos cosquilleos del suspense y, en apariencia, nacen con alguna pretensión literaria no hacen sino adaptarse al programa de los nuevos tiempos: el mimetismo de la prosa fragmentaria del facebook, los sms o los e-mails, así como la hibridación de elementos audiovisuales en forma de citas (con el e-book serán vídeos o canciones). Es decir, nada que no haya hecho John Dos Passos hace cuarenta años, pero adaptado a los medios tecnológicos actuales. Este es, en realidad, uno de los asuntos que más me interesa últimamente: nada que objetar al empleo de todas esas novedades que nos ofrece la realidad, pero pienso que deberíamos hacernos unas cuantas preguntas fundamentales del tipo: ¿la escritura de 'novelas' adapatadas al teléfono móvil nos hará ganar o perder? No se trata de que no sea legítima y necesaria, sino de que seamos consicentes de lo que supone el proceso. Los términos de "ganancia" o "pérdida" a que hago referencia tienen que ver con determinados elementos que han caracterizado la narrativa desde siempre: profundidad, desarrollo del pensamiento a través del lenguaje, estética, creación de sentido. Espero que las generaciones futuras conserven la suficiente racionalidad para darse cuenta de que Henry James no puede existir en formato de sesenta caracteres por mensaje. Y de que cuando nos hablen del "Henry James de la era del móvil" nos estarán engañando. El propio formato impide una prosa tan extraordinariamente rica -no así el e-book leído en un Ipad, por ejemplo-.


Sirva este excurso para incidir en cómo la novela contemporánea que no pretende ser la más moderna del mundo y aparecer reseñada en las webs de videojuegos se ha refugiado en la intriga, la mera y limitada generación de suspense mediante vueltas de tuerca narrativas con el único fin de sorprender al lector. Este es el exclusivo y excluyente espacio de legitimidad que le ha concedido el mercado.


Y todo ello viene a cuento del modo en que grandes autores se han rendido a esa presión hasta transmutarse el perfectos cultivadores del género policíaco. Jose María Guelbenzu es uno de nuestros novelistas más destacados, autor de títulos imprescindibles para entender la evolución de la narrativa en español en los últimos decenios. De un tiempo acá, sin embargo, ha reconvertido su nombre en un par de iniciales para presentarse en las mesas de novedades como autor de historias intrigantes. "Un asesinato piadoso" es el cuarto título de una saga que comenzó con "No acosen al asesino". Si esta última auguraba un camino interesante, al buscar el justo equilibrio entre la trama y la construcción de personajes, sin renunciar a un lenguaje denso y trabajado, con el transcurso de los nuevos episodios de la juez Mariana de Marco las cosas han ido yendo a peor. Lo cual lamentamos no sólo por lo mucho que debemos como lectores a este narrador excepcional, sino porque Guelbenzu es uno de nuestros críticos más fiables, cuya labor didáctica acerca de la composición de novelas, con especial dedicación a la literatura anglosajona, han supuesto para muchos -entre los que me encuentro- un aprendizaje impagable.


"Un asesinato piadoso" juega con la típica intriga de espacio cerrado y personajes limitados a la manera de Agatha Christie. En un principio el supuesto asesino confiesa para, de seguido, comenzar el baile de vueltas de tuerca, muñecas rusas o cualesquiera tópicos que podamos aplicarle. Porque todo va hacia adelante para volver atrás sorpresivamente, y en seguida uno se plantea que sólo existen un par de posibilidades de resolución, y mucho antes de que la novela concluya el narrador se decanta, en efecto, por una de ellas. La escritura se muestra chata, con escasas concesiones al Jose María Guelbenzu que conocemos cuando describe los perfiles de esa ciudad norteña imaginaria que tanto se parece a mi querida Gijón -uno de los motivos que me impulsaron a leer este libro-, y la focalización en la protagonista de la saga no hace sino reiterar hechos y motivos de obras precedentes: su independencia, su atracción por los hombretones clásicos y caraduras... No hay evolución, ni tampoco en realidad nos aportaría gran cosa, dados los parámetros con los que se ha construído la historia. Así es que Jose María Guelbenzu firma como J. M. Guelbenzu en su vertiente policiaca, al igual que John Banville muda en un tal Benjamin Black. Búsquese en el diccionario la palabra "vergonzante", describirá este proceso a la perfección.
Lo mismo ocurre con la narrativa cinematográfica, y me refiero con ello a las TV-movies y series, puesto que el cine en cuanto tal ni está ni se le espera. Damages es un ejemplo paradigmático: tiene un arranque excelente con el que nos sitúa en dos planos temporales a través de forwards desordenados y una fotografía sucia y fría, recurso que se repite un par de veces más a lo largo de cada capítulo. La historia es muy interesante: una joven abogada comienza su carrera en un bufete importante dirigido por una profesional cuasi-mitológica, Patty Hewes, justo en el momento en que se avecina una desproporcionada batalla legal contra un millonario embaucador. Con el transcurso de los episodios las manipulaciones se suceden y no sólo nada es lo que parece, sino que todo estaba previsto y dirigido. La atractiva Rose Byrne interpreta a esa ingenua principiante que va perdiendo su inocencia gradualmente hasta mimetizarse con su tutora. Glenn Close está magistral como Hewes, incluso gracias a un efecto físico seguramente contrario al deseado: el botox y/o las operaciones no la hacen más atractiva, sino que la visten con una especie de máscara inexpresiva, y lo digo sin ironía alguna, que se revela altamente eficaz para que nunca sepamos hasta qué punto siente lo que dice o sabe más de lo que parece. Ted Danson, quién lo iba a decir, es el villano perfecto, matizado y seductor. Todo, en realidad, tiene un referente palmario en la narrativa superheroica de los comics: Patty es el Batman contemporáneo de los títulos más "adultos", la justiciera que por alcanzar sus propósitos emplea iguales o peores medios que su adversario (incluso tiene una especie de mayordomo-Alfred llamado Pitt); Ellen Parsons, la joven discípula, es una Robin que aprende las artes del combate y la ausencia de piedad; Arthur Frobisher, el malo, se asemeja a las inteligencias mundanas, elegantes y letales del tipo Lex Luthor. Al final todo parece llegar a una catarsis donde cada personaje termina lleno de heridas e irreparables secuelas.
¿Y qué ocurre en la segunda temporada? Que se te quitan las ganas, que el chiste deja de tener gracia porque has oído varios similares, que el truco del mago ya se ha hecho evidente. Los mismos forwards, las sopresas artificiosas y constantes que intentan mantener un ritmo tan intenso que causa, definitivamente, un distanciamiento tal con la realidad que expulsa al espectador. Y es que, salvando Mad Men, la ficción audiovisual contemporánea no conoce otro camino que el de la intriga. En eso estamos, y a muchos se nos abre la boca no ya por la admiración o el desconcierto, sino por el bostezo.
Mi primera novela, 'Los nuevos', tenía una vaga trama argumental que se disolvía durante prácticamente el noventa por ciento de sus páginas y se retomaba para concluirla en las últimas. Fui consciente de ello desde el principio, y buscaba un lector cómplice que supiese que su mayor o menor valor no iba a estar en ese pequeño ingrediente que quizá, tan sólo, haría el libro más digestivo. En mi novela futura de personajes femeninos (de momento sólo siglas, UMBH, años de apuntes y una especie de casting de fotografías), la "intriga" desaparecerá aún en mayor medida, entendida como esqueleto o soporte de la obra. Sí que habrá decenas de pequeñas "intrigas" en el reconocimiento de situaciones y personajes, de episodios pasados y presentes y, espero, proyección de un pensamiento. No es una postura forzada, se trata únicamente de que toda la gran literatura que ha hecho mi vida plena e intensa desde hace más de veinte años ha dejado en mí una huella indeleble, pero apenas puedo recordar sus "argumentos" o sus "tramas". Como productos alimenticios de carácter perecedero, han desaparecido de los estantes de mi memoria. Pero no así las reservas intelectuales y artísticas que me han proporcionado y de las que he ido tirando para seguir, pese a los mil imponderables de la existencia, felizmente vivo.

viernes, 5 de marzo de 2010

Familia ¿numerosa?

De vuelta del paseo nocturno, solté el arnés de mi perrilla Betty en la puerta de casa, como siempre hago, y la dejé entrar corriendo. Estaba todo a oscuras, y ella avanzó hacia el salón, al final del pasillo, a la izquierda, como siempre hace igualmente. De repente, antes de entrar, se detuvo y comenzó a ladrar con mucha intensidad mirando un poco hacia arriba, dirigiéndose hacia algo sin duda bastante más grande que ella, y tratando de rechazarlo o espantarlo. Sólo lo hace de ese modo cuando se encuentra con un desconocido. Recorrí el pasillo con un nudo en la garganta. Encendí la luz, y no había nadie en ese momento. Pero... ¿hubo alguien segundos antes? ¿Qué fue lo que viste, pequeña Betty?


¿Estás realmente sola cuando te quedas sola en la casa?