miércoles, 27 de enero de 2010

Al otro lado.


Escuchemos las voces de los márgenes.
Más allá del muro,
una bruma de voces y siluetas
nos redime.
Lanzo una piedra
y el viento la devuelve.
Me siento a esperar algo,
los brazos cruzados,
los ojos turbios,
pero nada viene.
Quisiera oírlas como vosotros.
Saber lo que os dicen.

martes, 26 de enero de 2010

Un poema para "El hombre que espera".


¿Quién dio la vuelta a la página? Cuando salí
anoche, dejé su Vida abierta,
a mitad de camino, bajo la luz de mi escritorio:
Los Años de Madurez.
Observémoslo ahora. ¿Quién dio la vuelta a la página?
“Biografía”, Ian Hamilton.
La cita de este poema abrirá "El hombre que espera". Aparece recogido en la antología "La isla tuerta : cuarenta y cuatro poetas ingleses", a cargo de William Watson, en la editorial Lumen. Cuando lo leí fue una revelación inmediata. Algunos libros no requieren ninguna cita, así ha sido con "El lugar del enemigo", pero otros sí, y no sé explicar muy bien por qué. Lo cierto es que este poema presenta un extraño hermanamiento con mi historia, y tenía que estar ahí, en otro caso se habría quedado incompleta.

jueves, 21 de enero de 2010

"¡Mueran los 'heditores'!", artículo de Luisgé Martín en El País. Los dueños de la finca se ponen nerviosos.

Cada vez son más los escritores que pierden los papeles ante la que se avecina. Ahora ha sido Luisgé Martín, en un artículo publicado en El País, quien presenta su candidatura para sentarse en la mesa de las grandes corporaciones y en la de los gobiernos que ejercen de fieles ejecutores del sistema capitalista-patriarcal que rige nuestros destinos. Juntos decidirán que todo ha sido un error, que ya está bien de tonterías, y acabarán planteándose cerrar el grifo de internet por diversos vías, más o menos sutiles. Algunos medios de comunicación empiezan a cobrar por sus contenidos, pero no es eso lo que más preocupa a los que mandan. Lo que les quita el sueño son los blogs, las redes sociales, la libertad de pensamiento y de expresión, en suma, ellos que son tan defensores de "la libertad" (la otra, vamos).

Luisgé Martín está preocupado por el despiporre éste de que la gente escriba libros o blogs y se dedique a opinar, y que todo ello circule por la red con impune facilidad. Para ello recurre a una serie de falacias que más allá de resultar pueriles dibujan al autor como lo que suele resultar la progresía burguesa cuando ve peligrar su estatus social o económico: un puñado de señoritos.

Para desarrollar su idea de que hoy todo el mundo se cree autor, y que el fácil acceso a la creación y difusión de contenidos va a acabar destruyendo la cultura, parte de la distinción aristotélica entre "la democracia, que es el gobierno del pueblo, y la oclocracia, que es el gobierno de la plebe o, si se prefiere, de la muchedumbre". Hay que tener cuajo para aplicar tales conceptos a la diferencia entre escritor/a publicado en una editorial convencional y escritor/a que se publica en internet. Así, sin más, traza una línea entre unos y otros autores o autoras y divide la creación artística entre los elegidos y la plebe. Luego, como suele pasar en esta clase de artículos, acabará por decir que se le ha entendido mal.
El problema es que se le entiende todo. Para aderezar su teoría con un aroma coloquial, caracteriza ambos grupos mediante dos ejemplos: el de los verdaderos artistas elegidos por la gloria editorial lo representa Saramago; el de la muchedumbre, un personaje al que llama, y esto es literal, mi prima Paqui (que es casi analfabeta pero se divierte contando historias).
Permítaseme un inciso: puestos a crear un personaje analfabeto pero que se divierte contando historias, un tonto del bote que junta cuatro letras y ya "va de escritor"... Luisgé Martín ha escogido, cómo no, a una mujer. A tono con el resto del artículo, el ejemplar autor progresista y defensor de las diferencias enseña la patita misógina desgraciadamente habitual en una parte del mundo gay.
Pues bien, nuestro preocupado autor se pregunta si es justo que Saramago y su prima Paqui estén en pie de igualdad. Hombre, depende de a qué igualdad se refiera. Si es a la de manifestar su mucha o poca creatividad por escrito y difundirla, por supuesto que están en pie de igualdad. Y debe ser esta a la única a la que se refiere y la que precisamente le molesta. Porque la otra, la del reconocimiento y el prestigio, no puede existir nunca, y es complemente absurdo que se plantee en esos términos: ¿acaso el hecho de que todos y todas puedan acceder a publicar en la red supone que todos y todas merezcan idéntico reconocimiento literario, que tengan de por sí el mismo valor? Hay numerosas piscinas abiertas en todas las ciudades, y quien más quien menos alguna vez nos lanzamos y pegamos en ellas unas brazadas. ¿Nos hace eso iguales a los campeones de natación? O más aún, ¿pienso yo, que soy lento y torpe y ni siquiera se nadar bien en los distintos estilos, que tengo la misma valía que mi vecino Manolo, que no es nadador profesional pero lleva años practicando? Es tan disparatado que nos revela la verdadera inquietud de Martín: la igualdad en el acceso, no en el mérito.
Y aquí es donde se encuentra el meollo del artículo. De acuerdo con su visión, el mercado editorial español es el mejor de los mundos imaginables, un dechado de trasparencia, ética y esforzada labor cultural:
A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja. Luego, de entre todos los granos elige aquellos que tienen más afinidad con su línea editorial: literatura de autor, best sellers, creación experimental.
Antes de referirme a este párrafo memorable quiero precisar que las editoriales españolas han tenido hasta ahora una importancia trascendental en mi vida, y espero que continúen así. Son responsables de muchos de mis mejores momentos de felicidad, aprendizaje lector y deslumbramiento. Espero cada mes sus novedades por ver si hay algo que me interese, y pocas sorpresas más agradables recibo que la de tropezarme en las librerías con un título inédito en español de Henry James, o con el descubrimiento de algún autor o autora desconocidos para mí y que incorporo entre mis favoritos, como me está ocurriendo ahora con Nancy Mitford, o el año pasado con Iris Murdoch. También me han enseñado que hoy, en este mismo país, continúa haciéndose extraordinaria literatura, desde Belén Gopegui o Cristina Fernández Cubas a Luis Magrinyà.
Ahora bien, junto con ello, y volviendo al párrafo precedente, son muchas las objeciones que puden plantearse al panorama editorial idílico que nos dibuja Luisgé Martín:
  • No es en modo alguno cierto, y de hecho es suficientemente reconocido por los propios agentes culturales, que el modelo de editor que separa el grano de la paja sea el habitual. El grano, para muchos de ellos (no todos, insisto), viene dado por modas comerciales, los contactos y compromisos (yo te cedo al autor que represento a cambio de que también edites a su vecino Paco) y sobre todo la apuesta económicamente menos arriesgada de acudir a textos poco difundidos de autores del pasado siglo veinte cuyos derechos hayan caducado. Así es como cada mes aparecen presuntos genios anglosajones o centroeuropeos de entreguerras. Se pagan cuatro perras a los traductores (no hay más que oír sus reivindicaciones, los verdaderos parias de esta industria), una portada bonita, un amiguete en el suplemento cultural de turno, si acaso una subvención, y a vender. ¿Riesgo, labor cultural, inversión? La misma que la del constructor que contrata mano de obra barata y ajusta bien el precio con la calidad de los materiales.

  • Imagino que no descubro nada al afirmar que los premios literarios están acordados previamente. Hace unos meses así lo reconocieron tres relevantes periodistas culturales (de los diarios de tirada nacional más importantes) en un coloquio, a raíz de una pregunta mía. Pero no era necesario. Se anuncian los ganadores semanas antes en esos propios medios escritos, con total descaro. Y lo peor sucede cuando esos premios son convocados por Ayuntamientos u otras administraciones. Entonces hablamos de tres delitos: prevaricación, cohecho y malversación de caudales públicos. Lo sé por mi profesión, me dedico entre otras cosas a defender a Entidades Locales.

  • Asimismo me consta que el sistema de "lectura editorial" de algunos sellos recuerda a lo peor, de nuevo, del mercado del ladrillo. Yo, lector "oficial", subcontrato mi trabajo mediante el pago de algunos billetes a estudiantes, no necesariamente formados o interesados en lo literario, que me redactan un informe que luego me limito a adaptar y entregar a mis empleadores, quedándome con la plusvalía. Ladrillo way of life.
Nada de esto, entre muchas otras cosas, existe en el mundo de Luisgé Martín. Y ello porque necesita que el sistema sea perfecto para legitimarse. Su condición de escritor aparece así avalada por el logotipo de la editorial que lo publica. Eso, de algún modo, lo hace indiscutible y lo diferencia de la plebe. Si el sistema no es perfecto, sólo queda el caos. Traslademos ese pensamiento a la política general. No precisa de calificativos.
A estas alturas no puedo obviar que como autor publicado en Bubok, que distribuye sus obras a través de internet, me he sentido aludido por el texto de Martín, lo que sin duda le encantaría. Los que así opinan gustan de usar el resentimiento como argumento invalidante. Si denunciamos determinados aspectos del mercado editorial es simplemente por el resquemor que nos produce su supuesto rechazo; si hablamos de las camarillas literarias es que anhelamos formar parte de ellas. Así que voy a hablar en primera persona y contar mi experiencia, asumiendo la imputación de resentimiento o anhelo.
Llevo leyendo literatura y escribiendo desde adolescente, hace casi veinticinco años. A estas alturas no tengo grandes posesiones materiales, pero sí un par de miles de libros. Entre los veinte y los treinta moví algunos escritos por diversas editoriales. Recibí las típicas respuestas estereotipadas, algunas sin tiempo material para poco más que abrir el paquete, pese a que afirmaban haber examinado atentamente la obra. Tiempo después concluí una novela más o menos extensa, "Los nuevos", pero en ese caso los intentos fueron mucho más limitados, consciente de que por sus propósitos, técnica y estructura lo tendría bastante difícil. Aun así, un editor me remitió una carta elogiosa en términos que no voy a reproducir sugiriéndome que recortase algunas partes. Apenas un par de meses después, fue expulsado de la empresa para la que trabajaba, absorbida por un grupo editorial. "Los nuevos" durmió unos años a causa de los caminos, sobre todo profesionales, por los que me llevaba la vida. Hasta que a mediados de 2008 decidí encarar una revisión y reconstrucción a fondo.
Entonces ya existía esa bicha a la que tanto temen los dueños de la finca: internet, las redes sociales, los servicios de autopublicación y distribución individual. Ni siquiera me planteé inciar de nuevo el recorrido editorial. Acudí a Bubok. Tras ella llegó una novela corta, y en los próximos meses completaré otras dos y un libro de relatos. Todos son proyectos con los que llevo más se seis o siete años. Y ninguno va a pasar por las editoriales convencionales.
Poco a poco voy construyendo mi obra, eligo el cómo y el porqué. No busco distribución ni promoción alguna. Tengo una profesión remunerada, y otros proyectos personales y profesionales ajenos a la literatura, aunque no a la cultura en sí, que me interesan igualmente. La creación es un pequeño ámbito de libertad innegociable. No puedo dedicarle mucho tiempo, pero tampoco hago concesiones. Cada mañana escribo una hora, de seis a siete, antes de ir al trabajo. Lo hago a mano, despacio, y tardo mucho en revisar los proyectos y pasarlos a Word, como ocurre ahora. Llevo un blog donde, además de los amigos/as, el azar hace que alguien me conozca a través de mis impresiones sobre un libro, un disco o una película, y a lo mejor acuden a mi página en Bubok y se descargan mis libros gratuitamente. Imagino que cuando se generalice el lector electrónico y se uniformicen los formatos serán muchos más, pero aun así me sorprende y me honra el modesto número de los que lo han hecho. El precio de su versión en papel únicamente cubre los costes de edición, no gano nada con ello. Es que no escribo para ganar dinero. Trabajo para ganar dinero. Aun así, no hay tarea en la que sea más riguroso que mi lenta redacción madrugadora. Tampoco desarrollo maniobras para tener contactos y cosas así. No voy repartiendo mis libros por la calle. Nadie en mi trabajo y entre mis conocidos habituales conoce esta faceta mía. De hecho, allí utilizo otro apellido, el que aparece en mi carnet. Tengo unas cuantas copias en papel para entregar a las amistades que manifiestan interés, y nada más (bueno, tengo previsto entregar unos cuantos a determinadas bibliotecas). Cada lector/a es un regalo, pero el tiempo es demasiado escaso para perderlo en saraos y contubernios. Hay tanto por leer y escribir...
Definitivamente, pues, soy una "prima Paqui" que escribe "editores" con hache. Pero aun así me siento legitimado para preguntar ¿qué daño puedo hacerle al bueno de Luisgé Martín? ¿Y a la Cultura, en general y con mayúscula? ¿Acaso a Saramago?
La cuestión en último término hace referencia a una batalla más antigua: la del control de los medios de producción. Internet puede acabar con las castas que los poseían hasta ahora.
Pero no deberían preocuparse los autores de calidad que ahora, de una manera u otra, forman parte de la casta. Internet y la edición en papel convivirán. El problema es que la legitimidad ya no quedará en manos de unos cuantos que por tradición, contactos, riqueza o herencia se hagan dispensadores de acreditaciones artísticas. Todo será más extraño, caótico y sorprendente. Seguiremos leyendo a los buenos escritores, lo que ocurre es que a veces los encontraremos bajo el logotipo "Anagrama" o "Alfaguara" y otras, en una web a la que habremos accedido por un simple comentario que hayamos encontrado en un blog. ¿Es esto injusto, será el fin de la cultura... representa el mercado editorial español "la cultura", él y sólo él?
Un escritor como Luisgé Martín debería conocer, o al menos no obviar interesadamente, la cantidad de escritores a los que hoy denominamos clásicos y que en vida apenas tuvieron acceso a la publicación. Desde Kafka a Melville o al más reciente descubrimiento de Richard Yates. Si hubiese existido la publicación a través de internet, los habríamos encontrado allí, muy posiblemente. Desde luego que al citar estos casos no pretendo incluirme entre ellos. Yo simplemente soy la prima Paqui.
Dos reproches para terminar:
-Uno a las más de trescientas personas que a fecha de ayer han contestado a Luisgé Martín mediante comentarios redactados en los formularios al efecto que incluía su artículo en El País. Error. Eso es lo que pretenden los medios periodísticos, jerarquizar las opiniones. Por encima está el autor de renombre, y debajo, incluso físicamente en la pantalla, la turbamulta de lectores que expresan sus opiniones. La sociedad red permite la horizontalidad. Tú hablas en El País, y yo te rebato en mi blog, o creo un grupo en Facebook, o movilizo a mi gente a través de Twitter. Así funciona el ejemplar y admirable movimiento feminista del que tengo afortunado conocimiento, capaz de provocar rectificaciones y remover mundos. Las jerarquías vendrán impuestas en el futuro por el valor, el rigor, la calidad y la verdad de lo que se diga, y no por el medio que los transmita, a saber con qué intereses.
-Otro, para mi editorial Bubok. Acaba de anunciar un servicio que conectaría a los autores con los editores que quieran darse de alta en él, justo cuando en un artículo de su blog acerca de los mitos de la autopublicación sostenían que uno de ellos era el de que se recurría a tales servicios por no poder acceder a las editoriales convencionales. Error. Salvo que se trate de un sistema para atraer a ambiciosillos y obligarlos a pagar un dinero por sus vagos propósitos, esto viene a contradecirse con la autogestión que en sí supone el sistema de "impresión bajo demanda". Este nuevo servicio estaría completamente legitimado, porque la iniciativa Bubok debe financiarse, sin duda, y nada hay que reprocharle a ese respecto. Se trata de que quizá lo veo contradictorio con la propia filosofía del sistema, frente a otras actuaciones precedentes como la distribución en librerías.
Por lo demás, sigamos leyendo, sigamos disfrutando.
Suya atentísima,
la prima Paqui.

miércoles, 20 de enero de 2010

Joe Crepúsculo en el Aula Camon de Alicante. Va en serio.

Aclaro que la fotografía de la izquierda no se corresponde con el concierto del pasado sábado en Alicante, únicamente la incluyo a efectos ilustrativos.

Llevaba una temporada escuchando a Joe Crepúsculo y no había acabado de decidir si me estaba tomando el pelo o no, si todo respondía a una más de las burdas campañas con que el mercado pretende colarnos lo viejo como novedoso, y lo artificioso como auténtico, o quizá a un juego todavía más perverso, un plan maquiavélico para dinamitar el indie desde dentro, dirigido seguramente por un lobby de oscuras conexiones entre las principales escuelas de negocios de este país, ciertos medios de comunicación, la Conferencia Episcopal y Nueva Rumasa.

Pues no. Resulta que es un tío que hace canciones. Desaliñadas, cutrecillas en cuanto a su producción -algo menos en el último disco, 'Chill out'-, como esbozos de temas pop que un compositor, apremiado quizá por los plazos, presentase a alguna banda de éxito necesitada de buenos temas. Luego está su actitud, esa huida permanente de la trascendencia, esa línea de reflexión funambulista, a punto siempre de despeñarse en el descerebramiento o de elevarse a la genialidad. Pero nada de esto tiene ya importancia, una vez que lo has visto en directo.


A las nueve de la noche salió al escenario acompañado de otro músico. Dos tipos en camiseta, con aspecto de recién levantados y timidez disfrazada de indiferencia. Un par de teclados, una especie de caja mágica de ritmos, y aquello se puso en marcha. Los temas sonaron excelentes, con mucha más fuerza que en los discos, ideales para bailar. A medida que se iban sucediendo ocurría algo tan sencillo como que te lo estabas pasando bien. Las letras aparecen subrayadas por una segunda voz, más aguda, que convierte la zarrapastrosa de Crepúsculo en delicado sonido de contraste . Y todo va bien, y uno tiene la sensanción de que, a lo tonto, acabará convirtiéndose en algo grande. Porque por encima del enigma de su figura -mejor no excederse en el afán de agitarlo como bandera de nada- está el hecho incontestable de que escribe muy buenas canciones pop, ni más ni menos. En tan poco tiempo ya está consolidando algunos clásicos que esperamos que toque, y tiene que acabar, claro, con "Suena brillante". Que por cierto es una especie de parodia cruel de Fangoria, o quizá es simplemente lo que ellos tenían y perdieron por el camino.
El concierto supo a poco, apenas una hora, pero quizá debíamos entenderlo más como un evento de la programación de Camon que como parte de una gira. El salón de actos es poco adecuado, y aunque el público en seguida se puso de pie había bastante incomodidad para el desmadre que sugiere el tecno sobreacelerado de Crepúsculo en directo. Claro que no debemos sino agradecer que al menos exista la posibilidad de que alguien así pase por Alicante, gracias a Camon y Dani Simón. Encima, a dos euros la entrada.
Para quien no lo conozca y quiera probar, "el todo Crepúsculo" está disponible en su web, que ya de por sí te produce el mismo efecto que su persona: ¿va en serio?
Pues no, claro que no, y por eso, precisamente, sí.

jueves, 14 de enero de 2010

'Cold Spring Harbour', de Richard Yates. El talento invisible.

Algunos autores, de entre los más grandes que nos ha dado la literatura, son transparentes en su brillantez, reconocemos al leerlos su estilo, la arquitectura de sus novelas, algunos temas recurrentes tratados con profundidad, todos los aspectos, en definitiva, que han construido su prestigio. Otros, en cambio, lo alcanzan de forma más discreta no ya en lo personal, sino en las propias características técnicas de su arte, de una delicadeza casi inapreciable. Su lectura siempre resulta atractiva, estimulante, placentera y sorprendente, pero no sabemos explicar muy bien cómo ni por qué.

Richard Yates pertenece a este segundo grupo. No sólo, como decimos, a causa de su discreto paso por las páginas de la historia literaria, pues habiendo llevado una vida solitaria de trabajo creativo apenas reconocido, no fue hasta después de su muerte cuando comenzó a ser reivindicado, precisamente por otros escritores, como uno de los narradores imprescindibles de finales del siglo veinte. Es su obra, sin embargo, la que lo caracteriza como artista tan relevante como discreto. Los lectores de a pie lo han descubierto por la reedición de "Vía revolucionaria", y la posterior adaptación cinematográfica. En una entrada anterior comenté la segunda de sus grandes novelas, "Las hermanas Grimes", y ahora se ha publicado esta tercera, "Cold Spring Harbor", escrita tras un largo periodo en que desapareció de las librerías, aunque imaginamos que no de su labor silenciosa. El fruto de ésta, en cualquier caso, merteció la pena al materializarse en esta obra extraordinaria.


Nos encontramos ante el contrapunto de la sociedad descrita en la serie 'Mad Men', aunque el clima social es idéntico: hombres legitimados por su participación en la guerra, creadores o mantenedores de un sistema social embrutecido, cegado por los anhelos económicos y aderezado con una amalgama de prejuicios religiosos, roles de género impuestos a cincel y la individualización interesada de la ciudadanía en aras de la famosa "mano invisible", que sólo se hace presente para soltar sopapos en las caras de los perdedores de siempre. No es de extrañar que en ese clima social los personajes femeninos resulten grotescos en su servilismo burdo, su dependencia, su aceptación de las cosas y su extrañamiento aun de su propio cuerpo. Como flores o mariposas, están ahí para alegrar el paisaje. Los masculinos, en cambio, viven para sí mismos, toman decisiones, son consultados y respetados, desarrollan una existencia construida a través de dos herramientas básicas que sólo a ellos les pertenecen: el trabajo y el coche. Ambas les permiten salir de casa y dejar los problemas tras la puerta, ya sea para acudir a hacer su jornada o escapar a tomar una copa y llevarse a la cama a otra florecilla, u otra mariposa.


El contexto, empero, es muy distinto al de 'Mad Men'. Bajamos unos cuantos peldaños en la escala social y abandonamos las calles céntricas de Manhattan para entrar en los suburbios, en los talleres de automóviles, en las fábricas, y en la soledad de los hogares donde ya no espera una esposa perfecta con hermosos vestidos. Richard Yates conoce ambos mundos, el de los hambrientos ejecutivos paradigma de la modernidad capitalista que se esbozaba, y el de los peones y manufactureros que, lejos de cuestionarse el sistema social, aspiran a encontrar una grieta por donde acceder al terreno ocupado por los primeros. Aquí nos habla de personajes sin esperanza, pero que de alguna forma necesitan sentirse parte de una fiesta a la que no estaban invitados. Imitan los tics y modos sociales de los otros, pero en vez de perfume huelen a sudor, sus coches revientan y precisan de mil reparaciones, y su espacio vital se resume en una convivencia exasperante entre cuatro paredes húmedas y sucias.


Yates desarrolla su escritura secreta pero altamente eficaz para dibujar unas vidas grises, irreflexivas, sometidas a pasiones nada poéticas y a frustraciones muy humanas. A través de la cháchara interminable de la madre comprendemos el destino de tantas mujeres separadas o divorciadas de la época: luchar contra el paso del tiempo aferradas a la quimera de encontrar a otro hombre. El narrador omnisciente, pero respetuoso con el punto de vista, otorga mayor protagonismo al pensamiento de los jóvenes, y más concretamente al de los hombres jóvenes, actores principales en la época: sus deseos de prosperidad, su fascinación por la guerra, su ansias de emulación de aquellos que, bien que mal, salen adelante. Las escenas de sexo se resuelven con una naturalidad animal coherente con el contexto poco propenso a la divagación estética. Los diálogos discurren con agilidad y resultan muy significativos, en este aspecto Yates es un maestro constructor de personajes sin excesivas descripciones o buceos psicológicos, basta hacerlos hablar para que todo quede claro.
La novela se interrumpe más que acabarse, como si con ello quisiera decirnos que en realidad no hay "una historia" que contar en esas vidas. El verdadero final quizá se encuentre en la forma en que el autor aparta la voz de la madre de forma paralela a sus propios personajes.
Tan sólo falta por incorporar al mercado editorial español el volumen póstumo de Collected stories, y es deseable que se haga, para que también en nuestro país terminemos de hacer justicia a este talento invisible que con buen arte nos explicó el final de un viejo mundo, y el origen del nuestro.

lunes, 11 de enero de 2010

'Mad Men', un virus ético y estético dentro de un sistema bien protegido.


Un grupo de directivos de empresa de finales de los años sesenta. La eclosión del capitalismo tal como lo conocemos y padecemos. Sin que sus talentos o habilidades puedan considerarse en todos los casos notables, configuran una casta de semi-dioses que hace del trabajo el campo de batallas y juegos donde crear y destruir su propio mundo e, indirectamente, el de otro/as. Trajeados, elegantes, bebedores y fumadores pertinaces, violenta y explícitamente machistas, homófobos, racistas y competitivos en grado extremo -en el peor sentido del término, aquél que legitima cualquier ardid para ascender un escalón o mantenerse en el que se ocupa-. Casados todos ellos con esposas perfectas, alejadas del espacio público, recluidas en el hogar con vestidos maravillosos y sometidas a agotadoras jornadas de limpieza, crianza y horneado de platos exquisitos que habrán de estar listos sobre la mesa en el justo momento el que regrese el guerrero. Madres, empleadas de hogar y servidoras sexuales tan elegantes y sonrientes como desesperadas. Los hombres, en cambio, se divierten: ganan o pierden en el trabajo, beben, bromean, flirtean, se acuestan con muchas mujeres, y tratan a las secretarias con la consideración que merece, en cualquier civilización que se precie, una raza inferior: ya no se les pone argollas en el cuello, pero tampoco se les concede el mínimo gesto que pudiera darles a entender que se trata de iguales.




Esta es la sociedad que nos refleja una de las ficciones cinematográficas más sorprendentes de la historia. Sorprendente por cuanto ha conseguido "colar" en la parrilla televisiva occidental un mensaje punk, radicalmente subversivo. Nos dice: esto es lo que somos, en esto nos hemos convertido. De un manotazo aparta las cortinas y nos muestra el interior de la empresa, del hogar, del pensamiento y las emociones de hombres y mujeres en la sociedad contemporánea (poco hemos cambiado desde entonces). Ninguna otra obra de ficción había sido tan directa y explícita al revelarnos la verdadera naturaleza del sistema capitalismo-patriarcado (tanto monta), aquí se encuentra el modelo que nos proponen la derecha y la iglesia: la empresa y la familia como motores sociales. El hombre naturalmente en la primera, y la mujer, naturalmente encargada de la segunda.





¿Y cómo han podido hacerlo? Pues con una mínima sutileza que estratifica el sentido en varios niveles de lectura, y ello a través de pequeñas escenas, casi anecdóticas, que discurren paralelas a los argumentos principales. Como si hubiesen pensado: acomodémonos a las exigencias del mercado con una mínima historia de luchas por el poder, infidelidades, enamoramientos y peripecias variadas, pero hagamos que cada plano nos revele mucho más de lo que cuenta: el acoso sexual constante de los jefes (o no tan jefes) a las secretarias; la separación tajante entre la vida privada (la cena en la casa a última hora del día, tras el beso en la frente a los hijos) y la pública (trabajo más bien escaso, en la práctica, y mucho compadreo entre compañeros, citas clandestinas en hoteles, comidas en restaurantes de lujo...); las diferencias sociales y raciales (el ascensorista negro, la novia del mismo color a la que todos confunden con una criada), etc.


Una secretaria hace un trabajo extra motivada por necesidades urgentes de la empresa. Lo realiza a la perfección, pero nadie -ni siquiera ella- se plantea que deba cobrar más por ello. Vista la necesidad de esa tarea, se decide crear un puesto fijo para desarrollarla: entonces se contrata a un hombre que, por supuesto, sí que cobra. La secretaria vuelve a sus ocupaciones sin más miramientos; entre las cuales se encuentra ser la amante del jefe, que incluso sueña con "ponerle un piso" donde, tras haber dejado de trabajar, se limite a esperarlo cada día para el revolcón correspondiente, previo a que el gran hombre regrese a su casa, con su familia.


Las esposas causan problemas: quieren hijos, se encuentran solas, desean trabajar. A lo largo de los episodios vemos cómo se desbaratan sus planes mediante llamadas (entre colegas), promesas falsas y, llegado el caso, alguna que otra bofetada.


Una chica consigue ascender al mismo estatus profesional que sus compañeros. Aun así, es ella a quien ordenan levantarse para poner una copa o enterarse de por qué se retrasa el jefe en las reuniones. Su supervivencia, por otro lado, pasa por adoptar todos los roles, tics y actitudes que esa alegre cofradía masculina ha establecido en el trabajo. Ser igual que ellos no es cuestión de derechos: se trata de convertirse en uno de ellos.


Los diferentes son estigmas andantes: el homosexual sobre el que se bromea, las gordas -no los gordos-, los negros, las parejas sin hijos, la mujer divorciada a las que ellas ven como una maldita, y ellos como una oportunidad favorable.


El éxito económico no tiene límites: la delación, los tratos de favor, la mentira, la humillación. Memorable el episodio en que el protagonista utiliza a su esposa como cobaya en la preparación de una cena, para demostrar a sus jefes que un determinado producto funciona entre las amas de casa americanas.


El medio ambiente es algo a disposición del hombre: todos los restos de un camping se sacuden y se abandonan en mitad del campo. El tabaco y el alcohol están en todas partes, como atrezzo imprescindible de los rituales mercantilistas.


Estas son las cuestiones sobre las que nos habla 'Mad Men' a través de una estética tan cuidada como la de las películas de James Ivory. El mensaje se hace así vistoso, agradable, y puede distraer a suficientes espectadores por medio de un puñado de tramas habituales en cualquier serie, provocando seguramente el sarcástico efecto de que haya quien se identifique con unos y con otros, cuando todos son mostruos repugnantes. Pobrecilla la apenada esposa que sufre la infidelidad de su marido, y el abandono absoluto en las cuestiones del hogar y los hijos; pero poco antes o después la veremos tratar con displicencia a su criada, o a la vecina divorciada. Habrá quien se quede en lo primero, pero muchos más repararán en lo segundo. Como ya comenté en alguna otra entrada, el mercado actual no se preocupa de desactivar los productos peligrosos, ha desactivado a los receptores, de forma que perciban esta serie como cualquier otro show televisivo de peripecias sentimentales y ligero suspense.


En añadidura, la construcción de los personajes es memorable: los patanes e inútiles que llegan a lo más alto profesionalmente gracias al compadreo, el patético cincuentón que se cree sexualmente arrollador, el trepa inagotable, cercano a la psicopatía, el bufón que tan pronto nos saca de quicio como transforma su rostro para decir las más crueles verdades... A ello sumamos unos diálogos inteligentes pero veraces, y una sabia administración del humor, la intriga -discreta- y el punto de vista. La realización se esmera en el detalle, y hasta se permite algún plano secuencia donde la pulcra sordidez de estos antecesores burdos del yuppie se nos muestra en procesión.


Excelente, en definitiva, al menos en sus dos primeras temporadas (y pese a que los saltos en el tiempo entre ambas, y de la segunda con la tercera, resultan algo inverosímiles). Muy recomendable.


Una última reflexión: la sutileza de los guionistas a la que hacíamos referencia parece tener como fin el contraponer dos modelos sociales opuestos. Uno, evidente, el que vemos en cada episodio, literariamente representado por las biblias liberales que supusieron en la época las novelas de Ayn Rand, de extravagante recuperación en nuestros tiempos. El otro no se ve, ni se cita, si acaso se rastrea en el nombre de la protagonista, Betty, que pudiera hacer referencia a la obra de Betty Friedan, La mística de la feminidad, que tan bien explicó "el problema que no tiene nombre", y que afectaba a las mujeres de la época. Este otro modelo social es que seguimos tratando de construir en el año dos mil diez. Algunos pasos hemos dado, y viendo esta serie, ¿podemos de veras creer que los derechos humanos, la igualdad de género, los derechos laborales, el respeto al medio ambiente, la diversidad cultural... han nacido espontáneamente en el seno del capitalismo, como se nos quiere dar a entender?


No. Todos esos avances han sido fruto de la lucha y el sufrimiento de muchas mujeres y hombres en los diversos ámbitos sociales, en las barricadas y en la academia, en el tumulto de las calles y el silencio de los escritorios, en las empresas y en los juzgados. Mujeres y hombres de izquierdas. 'Mad Men' debería ayudar a que no nos olvidemos de ello.

miércoles, 6 de enero de 2010

Al debalu.

La navidad acabó enmendándose y dejando un puñado de imágenes a recordar:



-L., G. y yo escupiendo nuestras preocupaciones en la calle, frente al trabajo. La mirada triste y rabiosa, pero también inquieta -quién pasaría por detrás, quién nos saludaría de repente-. Comienza un año incierto, de mucha niebla tras la que se esconderán maquinaciones y puñaladas. No sabemos cómo irán las cosas, pero sí que no nos van a pillar desprevenidos/as. Estaremos en contacto. De vuelta de las fiestas, el ajedrez ha comenzado. Y he comido algunas piezas en los primeros movimientos. Veremos.


-Momento karaoke planetario de Nuria e I.: esa fotografía encantadora, el gesto rockero de Nuri, su pelo rubio al aire, detenido en la imagen como un chisporroteo eléctrico, mientras una duendecilla de leotardos grises, I., salta arrebatada ya por la música. Y yo, en la foto, sonrío. Un instante de felicidad perfecta.


-Los gestos de M., y su discurso interrumpido por una risa contagiosa al contarnos, en la cena que puso fin a las fiestas, su experiencia con una mascota. "Es que... ese perro era muy cabrón... muy cabrón". Y cerraba los ojos como diciendo "mejor no queráis saber... lo cabrón que era ese perro". De esos momentos de gracia retardada, que te hacen reír al recordarlos mucho más aún que cuando los escuchabas.


-En esa cena en casa se alzaba la voz o estallaban las risas -seis personas- de vez en cuando. Betty dormía en su camita transportable, cerca de nosotros. Y en una de esas alzó el cuello y soltó una especie de ladrido-gruñido que quería decir "a ver si se respeta el sueño de las criaturas, joder". Luego volvió a hundir la cabeza en la manta.


-El pequeño apenas llega a la altura de la mesa de billar, ni puede sujetar bien el taco. Su hermano mayor, en cambio, lo hace muy bien. Así que el pequeño se frustra y se va a medio llorar a un rincón. Me acerco y le digo "venga, qué te pasa, quién te ha disgustado, a quién tengo que partirle la cara...", me mira de reojo y sonríe un poco. "¿Estás triste porque no te sale bien el billar?". Asiente muy compungido y teatrero, y le comento: "pero esto es un problema para mí, porque si tengo que zurrarle al que te ha puesto triste, y resulta que eres tú, tengo que zurrarte a ti mismo...". Entonces empiezo a hacer como que me peleo con él, le hago cosquillas, se muere de risa y se le pasa el disgusto. Vuelve a jugar y al rato vuelve a frustrarse. Como sé que a los niños les gusta repetir las cosas que les hacen gracia, acudo de nuevo y le digo "qué te pasa, a quién tengo yo que partirle la cara...". Para mi sorpresa, ahora levanta un poquito la cabeza, me mira de reojo con una cara divertidísima de picardía y propone: "a mi hermano... que me molesta mucho". El pequeño ha reflexionado sobre las posibilidades de contar con un matón o un sicario. Una escena típica de 'Los Soprano'.



-G. me cuenta que una niña de seis años de una amiga recibió, entre otros regalos de Reyes, un montón de complementos y aparatos para jugar con la Wii, todas esas tabletas de deportes, mandos y cacharretes varios que tratan de provocar diversos efectos. Tras abrir los paquetes, se retira a un rincón de su cuarto a escribir una pequeña redacción que le han encargado en el colegio acerca del día de Reyes. Una vez acaba, su madre va a leerla y de repente le entra un ataque de risa incontrolable. Se la pasa a sus amigas y a todas les ocurre lo mismo. Al final decide que se la va a guardar en un sobre y se la enseñará cuando sea mayor, al tiempo que le sugiere que escriba otra. Decía la redacción: "este año los reyes me han traído muchas cosas. Me han gustado mucho todos los juguetes. Sobre todo el vibrador".




Y la música de Mus, conmigo casi todos los días.


Al debalu, expresión en asturiano, quiere decir "sin rumbo". Así comienza para mí este año dos mil diez, pero me siento extrañamente cómodo de esa forma. Al debalu, disfrutando del viaje y de su sentido.





Mus: "Al debalu"




domingo, 3 de enero de 2010

"Postales de Invierno" y "Retratos de Will", de Ann Beattie. Fotografías del pasado.


Sensación agridulce la que dejan en el lector estas dos novelas de una autora que mucho nos tememos debe parte de su prestigio al momento generacional en que debutó en la narrativa estadounidense. "Postales de Invierno", publicada en mil novecientos setenta y seis, tuvo una repercusión en la época que se nos antoja caducada. De Beattie, y en especial de esta obra, se destaca su escritura fresca y espontánea, de diálogos superficiales y profusos, que constituiría un reflejo cabal de los diversos desencantos de las sociedades occidentales contemporáneas. Y aquí se encuentra, quizá, la razón de fondo de su caducidad. El ir y venir inacabable de los jóvenes protagonistas de esta novela, sus diálogos banales, la ausencia de un horizonte concreto para la narración -argumental, estético, político-moral, incluso-, las abundantes referencias a canciones pop-rock de actualidad en el momento... todo ello podía resultar novedoso o al menos inusual cuando se editó por primera vez el libro, pero hoy día nos resulta manido y escaso. No hay el mínimo atisbo de lecturas ocultas, profundidad, sorpresa o gracia en las conversaciones que llenan numerosas páginas de la novela, los personajes responden a arquetipos extravagantes para su época y más bien cándidos para la nuestra, el resto de la prosa es igualmente simple y la historia, de pequeñas peripecias familiares y sentimentales, acaba por aburrirnos. Quizá en su tiempo mostró a los lectores un retrato de la juventud emergente que los iluminó en algún sentido, aquella juventud que hizo de sus comportamientos, valores, indumentarias y canciones inesperados himnos de rebeldía frente al capitalismo de destrucción masiva que se había alumbrado en las dos décadas precedentes. Tal vez ése sea el mayor encanto con que podemos leer esta novela en la distancia: el nostálgico atractivo de unas generaciones que trataron de vivir de otra manera. El propio sistema se ha encargado de convertirlas en una mera curiosidad novelesca.


La Ann Beattie que encontramos en este segundo título es bien diferente en un plano técnico, e idéntica en lo sustancial -quizá se trate de una de esas autoras marcadas por la experiencia vivida, que de alguna forma se transparenta en la elección de temas y personajes-. Ha pasado el tiempo y encontramos aquí a la escritora a principios de los noventa, cuando se publicó la primera edición de "Retratos de Will". La prosa se ha hecho más densa, reflexiva y ocasionalmente poética. Alterna los puntos de vista e intercala fragmentos de corte ensayístico que luego descubriremos se corresponden con las meditaciones de uno de los personajes. Vuelve, sin embargo, a estar atenta a los males emocionales de su tiempo: la familia desestructurada, los miedos de la edad adulta (el trabajo, la maternidad/paternidad, el compromiso...), las secuelas de la separación... Esa mirada sociológica adquiere, no obstante, mayor altura por obra de una escritura inteligente y reveladora: así ocurre cuando uno de los personajes nos habla de su trabajo fotográfico, y de lo que descubre más allá de sus rutinas, o en esos interludios en que una voz paternal se cuestiona su propio sentido en relación con el hijo. Persiste, aun así, la sensación de que la novela camina hacia ninguna parte, y que pocas cosas nos van a quedar de ella pasado el tiempo. Como si los jóvenes de "Postales de invierno" hubiesen crecido para encontrarse igual de perdidos, no tan habladores y superficiales, pero contagiasen ese desconcierto a un autora que debería habérnoslos mostrado con menor desdén por lo narrativo. Los hechos se suceden sin que ninguno de ellos suponga nada verdaderamente relevante para los personajes y, lo que es peor, para el lector/a. Concluir que se trata de una fotografía intencionada de la nada, de la alienación urbanita o las frustraciones burguesas es mucho decir. Tal vez ése fuese su propósito, pero la literatura está llena de ejemplos que lo han hecho mucho mejor. Y ahí radica la diferencia entre novelas de cierto impacto en su tiempo y clásicos perdurables. Estas dos obras de Beattie se encuentran, seguramente, en la primera categoría, pero no alcanzan la segunda.