viernes, 31 de diciembre de 2010

Fin de año.

Estimados amigos/as lectores/as del blog: con permiso de "los mercados", os deseo que el año próximo sea menos malo en lo económico, pero que siga lleno de libros, música, exposiciones, personas interesantes y divertidas, animales encantadores, ilusión y esperanza. Besos.


lunes, 27 de diciembre de 2010

El (otro) amor que no osa decir su nombre.

La noticia de que el próximo Código Penal tipificará el maltrato animal en términos más amplios y pegados a la realidad que los que exigen el ensañamiento como elemento constitutivo es una excelente noticia, aunque sólo sea a título de esperanza: es bien sabido que los avances legislativos en material de justicia social o, de una manera genérica, en lo que atañe a todo aquello que nos hace mejores, más sensibles, amables y generosos, suelen requerir de un buen tiempo para que las buenas palabras incluidas en las leyes sean llevadas a la práctica. Es decir, resulta tal la distancia entre la aprobación y la efectiva aplicación de las normas que ante la primera no podemos sino felicitarnos en voz muy baja y sin alterar demasiado el gesto.

La esperanza es algo, al menos, ya que estamos muy necesitados de ella. Sería interminable hacer un resumen de las salvajadas que el hombre (y en este caso la palabra asume todas sus connotaciones de género) ha cometido a lo largo de 2010. En apenas cuarenta y ocho horas he leído que han recogido a un galgo agonizante con tres disparos en el cuerpo, en una zona típica de cazadores. Tres disparos… a lo mejor le ofrecieron la machada a algún compadre inexperto para que practicase, a fin de cuentas otras veces optan por ahorcarlos o inyectarles lejía. Asimismo salta hoy a las noticias que alguien en el barrio de Malasaña está envenenando a los perros, ya lleva seis muescas en su revólver. Como si los excrementos en las calles no nos molestasen igualmente a los dueños de los perros, como si no estuviésemos de acuerdo con la imposición de fuertes sanciones para quien no los recoja… Eso sí, el envenenador, a la cárcel.

En fin, basta abrir los periódicos para comprobar que la consideración del animal como objeto a disposición del dominador omnipotente de la naturaleza sigue presente, día a día. Es verdad que cada vez somos más los que entendemos que también ellos tienen derechos, y que nuestras relaciones han de regirse por el equilibrio entre los de unos y otros, al igual que nos ocurre con los demás seres humanos. Pero los que hacen daño continúan siendo numerosos, y generan mucho más sufrimiento del que tanto los animales como nosotros deberíamos soportar.

En otras ocasiones me he hecho eco de los estudios que analizan las concomitancias entre la desigualdad entre sexos y la violencia de género, como su peor manifestación, y el desprecio a los animales. Ambos provienen de idénticos ejecutores, y tienen su raíz en el régimen patriarcal que históricamente ha consolidado al macho de la especie humana como la cúspide de la creación. De ahí que, más allá de los episodios de maltrato animal que aparecen en la prensa, se hagan cada vez más visibles los microespecismos, el equivalente a los micromachismos con que novietes, maridos, jefes o compañeros controlan, menosprecian y oprimen a sus parejas, compañeras o empleadas.

En el ámbito animal son muy habituales estas prácticas de cotidiana violencia: perros atados a un poste durante cinco días en una finca inmensa -hasta que la familia llega con el cuatro por cuatro el fin de semana-, o recluidos en el minúsculo espacio entre el cristal y los barrotes de una ventana, sometidos a las temperaturas más extremas, tras haber sido criados en la casa, y por el único pecado de haber crecido, de no ser el cachorro-juguete encantador que divertía a los chiquillos. Por no hablar del abandono: las protectoras saben que estas fechas son de compra de perros y gatos bebé, y que dentro de seis meses, durante el verano, muchos de ellos acabarán de repente en la calle.

Cualquiera que trate habitualmente con ellos sabe de sus sentimientos, tan similares a los nuestros. Y ese conocimiento nos lleva a ser dolorosamente conscientes de su sufrimiento no sólo físico, sino y sobre todo emocional ante el rechazo, la violencia gratuita, la soledad, el miedo. Esto, a su vez, nos hace también a nosotros estar un poco más solos. No podemos hablar de ello con todo el mundo, ese afecto que sentimos hacia los animales se ha acabado por constituir en otro amor que no osa decir su nombre al igual que el que condenó a Oscar Wilde.

La semana pasada nuestra Betty se puso enferma y tuvo que ser internada en una clínica veterinaria. No fue nada grave, al ser cogido a tiempo, así que nos preocupamos relativamente. Pero, mientras estaba en el trabajo, no pude evitar pensar en cuántas personas vivirían en ese mismo momento una situación bastante peor con sus amigos animales; cuántas tendrían que sobrellevar sus obligaciones cotidianas con esa carga de sufrimiento silencioso; cuántas se verían obligadas a encerrarse en un lavabo para llorar y salir respuestas, como si nada ocurriese o importase. Muchas veces nos tropezamos con gente que nos habla de esos sentimientos: desde ancianas cuya única compañía es su perro, hasta familias que incuestionablemente los consideran como parte de ellas. La coletilla del diálogo siempre es la misma: “esto no se puede decir a nadie”. Y así es. Lo más suave que podemos recibir es una ironía, pero en cuanto nos damos la vuelta el cachondeo ya será más explícito.

Ellos se lo pierden. En ocasiones, incluso, los animales los definen. Soltemos a un perrillo entre un grupo de personas: unos cuantos/as (la mayoría mujeres, siempre hay más posibilidades de encontrar gente decente entre ellas) lo saludarán, le harán alguna carantoña, juguetearán con él; otros (la mayoría hombres, claro) se quedarán a medio camino, con buenas ganas de agacharse y hacer lo mismo, pero reteniéndose de pie y silbando o chasqueando los dedos, por aquello de no ser acusados de sodomitas; a un tercer grupo de personas, el animal les será indiferente. Están en su derecho, aunque no deje de preocuparnos su comportamiento y nos lleve a preguntarnos cómo será cuando se encuentren a solas: ¿proseguirá la indiferencia o se transformará –llegado el caso, producida la molestia- en violencia?

Pero existe un cuarto grupo aún más inquietante: el que se acerca al perrito, normalmente en compañía de niños, y juguetea con él, en apariencia. Claro que si nos fijamos bien el juego consiste en engañarlo, retar sus habilidades o su capacidad de comprender, hacer a los chiquillos participar en la chanza y reírse todos de lo tonto que es: no entiende que la mano no va por aquí, sino por allá, o que la pelota se ha lanzado en dirección contraria a la que apuntaba la mano, y el muy zoquete se ha ido corriendo hacia la nada. Cuánta diversión, tú.

Aquí es donde detectamos el origen de todos los males, y la transmisión de un sistema de valores que ha venido construyendo el mundo en que vivimos: niños, este ser vivo es una “cosa” puesta a nuestra disposición. Podemos reírnos de su falta de inteligencia, podemos manosearlo a nuestro antojo en tanto en cuanto nos entretenga (y ¡ay como se revele lanzando una dentellada frente a las manipulaciones sobre su cuerpo! Entonces merecerá la patada, el latigazo con el cinturón, la expulsión de la casa…), podemos disponer de su vida entera, al igual que hacemos con muchos otros. Este es el microespecismo que se convertirá en la salvajada, el hígado inflamado de la oca, los ojos reventados del conejo en la industria cosmética, el padecimiento insufrible de los monos de laboratorio, o de los visones en su granja antesala de los grandes escaparates, la producción cárnica masiva en microceldas, etc., etc.

Todo ello se entiende recogido en la reforma del Código Penal, que castigará la conducta de maltrato hacia los animales independientemente de que exista saña. Ahora bien, ellos no pueden exigir su cumplimiento, nosotros somos los responsables. Es hora de mirar alrededor. Y de empezar a poner denuncias.


lunes, 20 de diciembre de 2010

'Bona drag (remastered)', de Morrissey. El paso de Wilde a Elvis.


Bienvenidas sean las reediciones, único efecto secundario de la crisis que puede estimarse positivo. Nos recuerdan obras memorables, reivindican el formato álbum y permiten que las nuevas generaciones reparen en que todo está inventado. Incluso aunque sean tan sobrias como éste Bona Drag, que empalidece en las estanterías frente a desplantes del tipo Station to Station de Bowie, en una caja para cuya adquisición hay que pedir un crédito (y ya sabemos lo mal que está la cosa…).

Hace poco Mozz declaraba que los tres últimos álbumes eran el máximo logro de su carrera, y que en absoluto le interesaba el pasado. Bien, somos ya viejos amigos y conocemos que el arte de desdecirse y la amable contradicción son habituales en él, así que no debe extrañarnos que tanto el single Everyday is like Sunday como el propio disco se hayan publicado.. No descartemos que se trate asimismo de una maniobra antipiratería, puesto que circulaba por ahí una colección de temas inéditos, bajo el título Reverberation, donde podíamos encontrar algunos de los que aparecen ahora en Bona Drag (remastered).

Escucharlo no sólo abre las puertas a la nostalgia, sino que nos sitúa ante la evidencia de que la mayoría de los tiempos pasados fueron mejores que el presente (uno se ganaría con esto el odio eterno de Mozzy, pero qué se le va a hacer). Este disco se sitúa en la frontera del gran cambio que supuso en su carrera, recién terminado el Kill Uncle, encontrarse con una banda enérgica para tocar en directo. A partir de entonces el intérprete wildeano de peculiarísimo fraseo iría dejando paso al “Elvis gay”, como con gracia lo ha definido Rufus Wainwright: voz potente, marcado ritmo de guitarra y batería, y canciones perfectamente intercambiables en sus últimos álbumes. Sigue haciendo cosas muy buenas, sí, y siempre será carismático y brillante, pero Bona Drag nos devuelve a aquellos años de deslumbramiento en que devorábamos los catálogos de tiendas de importación para conseguir la cara-B de un single.

Los temas de este disco recogen muchos de esos momentos especiales escondidos en la sombra de otras canciones más resultonas. Aquí está “At amber” (titulada ‘The bed took fire’, aunque es prácticamente igual), “He knows I’d love to see him”, “Will never marry” o “Such a little thing makes such a big difference”. Todas ellas supusieron mucho para los seguidores de Mozz, junto con aquellas cuya publicación enriquecían, y que constituyen clásicos indudables: “Suedehead”, “Sunday”, “November”, “Playboys”… Incluso temas más discutibles en su momento ahora nos emocionan: ese encanto irónico de “Ouija board”, el macarreo de “Picadilly Palare”... Por otra parte, las canciones inéditas no añaden demasiado, aunque inciden en esa sensación de que el porcentaje de aciertos, incluso en lo pequeño, era tan abrumador entonces como sorpresivo ahora. “Happy lovers at last united” y “Lifeguard on duty” son dignísimas caras B, y la version propia de “Please, help the cause against loneliness”, que en su día aparecía en el “Hello, angel” de Sandie Shaw, es adorable.


Morrissey fue un regalo que nos entregó el dios del arte, aunque por alguna razón no supo mantenerse encapsulado en la gracia de entonces (como seguramente tiene capacidad de hacer Stuart Murdoch). Lo echamos de menos, pero seguiremos atentos a todo lo que haga porque a veces, quizá inesperadamente, vuelve. Entretanto, aquí está Bona Drag para ir haciendo tiempo en espera de 2011, donde de acuerdo con el testimonio de su amiguete Russell Brand (anda que…) se esperan “very exciting news”. Allí estaremos.




Se acaba el año... ¡venga, la lista!

Hala, este año me adelanto a todos los medios mundiales y publico mi lista antes que ellos. Lamento las decenas de miles de ejemplares de periódicos y revistas que dejarán de vender, pero en esto del blog yo no hago prisioneros, oiga.

En fin, nadie espera la lista de Casoledo, pero algunos/as se la tropiezan, así que espero que les resulte ilustrativa de filias y fobias por si hay suerte y comparten unas cuantas. Para qué si no sirve Internet, la forma más directa y barata de poner en común pasiones sin excesivos y molestos contactos personales, jeje. Vamos allá:


Los libros de 2010:

1.- El amor verdadero, de Jose María Guelbenzu: aún no he acabado de leerlo, y lo reseñaré, imagino, a lo largo del próximo trimestre, pero ya puedo afirmar que es una de esas obras literarias destinadas a permanecer como realmente importantes. Una maravilla de fondo y forma sobre la voluntad de amar y ser amados/as.

2.- Habitación doble, de Lluis Magrinyà: aquí no hay medias tintas. Es un marciano, sí, y te abduce o sales corriendo. Yo llevo años dando vueltas en la nave.

3.- Nocturnos, de Kazuo Ishiguro: quizá no lo mejor de su obra, pero lo suficientemente notable para proporcionarte un placer lector irrepetible.

4.- Juliet, naked, de Nick Hornby: melancólica, introspectiva, algo más que problemas de pareja y música pop. Un descubrimiento para mí, que aún no había leído nada suyo.

5.- Dublinesca, de Enrique Vila-Matas: el segundo marciano de la lista, y mi segundo encuentro en la tercera fase. Cada uno de sus libros, y en especial éste, equivale a sujetar fuerte el barreño de la literatura e introducir la cabeza.


Los discos de 2010:

1.- Las reediciones de Saint Etienne: en este caso, Tiger Bay y Finisterre. Y ahora estoy pendiente de recibir Good Humour y Tales from Turnpike House. El segundo disco suele estar lleno de temas inéditos entre los que los hay formidables.

2.- “Física del equipaje”, de Pauline en la Playa. Poesía y canciones perfectas. Quién da más.

3.- "Body Talk", de Robyn. La reina del pop, he dicho, y un puñado de temas memorables.

4.- "Un bosque de té verde", de Nacho Goberna. Disco insólito, subjetivo a rabiar y delicado como un bosque, en efecto. Va entrando poco a poco, y se acaba haciendo imprescindible.

5.- “All days are nights: songs for Lulu”, de Rufus Wainwright. Dolor y belleza a un tiempo en el álbum más personal de Rufus, tras la muerte de su madre. Seguramente ahora volverá la luz, y el pop.


El cine y las series de 2010: tengo que unificar ambos conceptos porque el primero no da para mucho, sigue muerto y no se espera su resurrección.


1.- An education, de Lone Shifering. Los sueños, la responsabilidad, el tránsito a la madurez, la vocación artística y el amor, todo en media hora, sutil y preciso. Un acierto pleno de guión, actores y dirección.

2.- Mad men, me remito a lo ya dicho en otro post, y al mono que tengo en espera de la quinta temporada.

3.- Canino, de Yorgos Lanthimos. Escalofriante, auténtica. Un clásico.



La perrilla más guapa de 2010: pues quién va a ser, esta de aquí abajo, Betty, elegida por aclamación y sin reparo posible. Podría añadir otros apartados clasificatorios, como la más buena, la más lista, la más traviesa, la más zampabollos, y la más elegante. Pero de momento creo que ya hago el ridículo suficiente.

sábado, 18 de diciembre de 2010

'Juliet, desnuda', de Nick Hornby.

La consolidación de un estilo y unos temas propios pueden provocar efectos indeseables en los escritores, que acaban etiquetados y sometidos a prejuicios, arboleda que no sólo impide ver el bosque, sino que lo define con unos rasgos categóricos y con frecuencia ajenos a la verdadera voluntad del autor o autora. Algo de esto le ha venido pasando a Nick Hornby, al que suele asociarse el cliché, merecido o no, de modesto artesano de comedias en las que la guerra de sexos, los treintañeros con síndrome de Peter Pan y la devoción por la música rock aparecen como ingredientes inexcusables, a veces mejor cocinados que otras. La sensación de conocer lo que uno se va a encontrar es quizá la peor manera de comenzar la lectura de un libro, pues de una breve intuición o experiencia previa pasamos fácilmente a negar incluso el beneficio de la duda, o la mera posibilidad de evolución o cambio.

Juliet, naked, puede suponer para Hornby ese paso adelante que obligue al público lector a replantearse las cosas. Ya apuntaba interesantes rasgos de madurez autoral con el guión de la película An education, donde se mostraba como un explorador sutil de los conflictos morales. Esta novela viene a confirmar la buena dirección, y siendo fiel a los temas, personajes y maneras que definen su literatura nos descubre a un autor al que podemos enmarcar en la noble tradición anglosajona de la narrativa psicológica.

Duncan y Annie han entrado en la década de los cuarenta con la insatisfacción de quien asume que ya nada es posible, que lo que les queda por vivir no va a ser sino una reiteración cansina de lo más reciente: trabajos rutinarios, un entorno lúgubre y, lo más importante, su propio agotamiento como pareja. La pasión absorbente de él hacia un músico retirado décadas antes parece simbolizar toda su existencia en ese dar vueltas inútiles y especulativas en torno a un tópico. Aquí Hornby desarrolla su ironía y un sabio componente de autocrítica en torno a la adoración que los fans de determinados artistas cultivan a través de la red. Quien más quien menos (ejem) hemos participado en algún foro discutiendo sobre discos o libros como si nos fuese la honra en ello, discrepando con otros enajenados o denunciando oscuras conspiraciones de “la industria” para acallar verdades artísticas que dejan en guijarro embarrado a la piedra roseta. Más allá de las anécdotas chuscas a que puede conducir todo ello, Hornby pone el foco sobre las carencias y el patetismo que a menudo lo rodean. No por casualidad suele ser cosa de hombres, y no nos engañemos, basta hojear determinadas publicaciones sesudas que se ocupan de pop-rock o cine para darnos cuenta de en qué medida a esas firmas tan refitoleras y trascendentes les haría bien un curro de oficina y una deliciosa hipoteca.

Sin embargo Hornby va más allá en la novela del tópico acerca del hombre infantilizado y la mujer inteligente y madura. Todos ellos viven en la confusión de los callejones sin salida a que los ha ido conduciendo la vida, y se ven ya sin fuerzas para algo más que soñar. Claro que entonces un golpe narrativo lo cambia todo, y comprenden, junto con nosotros, los lectores/as, que en realidad sí que es posible buscar la felicidad por vías más audaces y alternativas. El hábil manejo del punto de vista sirve al narrador para confrontar las reflexiones de los tres personajes, generar divertidos encuentros y desencuentros y desarrollar malentendidos en torno a esa pasión erudita mal digerida de Duncan. Aun así el tono es melancólico, como corresponde a una edad en que determinadas cosas han dejado de tener gracia, y a medida que el libro avanza comprendemos que pese a los diálogos ingeniosos y las situaciones tirando a surrealistas, el tema que se trata es de la máxima gravedad: la lucha por la felicidad, a fin de cuentas.

La familia voluntariamente creada y escogida, en contraste con la naturalmente impuesta, es otra de las cuestiones que salen a la luz en estas páginas tan sabias como divertidas. Y la obsesión traicionada que revelan las últimas páginas viene a decirnos que ningún artista, ni siquiera el propio Hornby, es totalmente dueño de sí mismo –no ya de su obra-: a poco que se dé cuenta será creado por sus propios seguidores, y más le vale no revelarse contra aquello en que lo han ido convirtiendo… Claro que la novela también nos habla de la grandeza del arte, de su capacidad transformadora y creadora de sentido -con esa profundidad característica de la literatura, y tan diferente a la del ensayo-. De todo aquello, en suma, que, como ocurre con este libro, hace que sea insustituible para muchos y muchas, aunque luego demos la lata en Internet y nos comportemos como chiquillos. Son demasiados los que ya se ocupan de ser estricta y previsiblemente adultos. Y cuánto daño hacen.

'Michael', de sabe dios quién. No era Kafka.

Contemple el amable lector o lectora la carátula de este disco y dígame si ha visto algo más espantoso en su vida -bueno, no vale compararlo con la televisión española...-. Pues el interior es poco más o menos. A este caballero lo ha acompañado una cohorte de vampiros nada sutiles a lo largo de toda su vida, desde que era chiquillo, con The Jackson Five (o más claramente 'Jacko y los estraperlistas'), hasta después de muerto, en que lo hacen resucitar y nos lo muestran entre una tétrica comparsa de familiares, productores, ejecutivos discográficos, abogados -nosotros, siempre jodiendo- y demás patulea, como remedando el histórico vídeo Thriller, en que un puñado de zombies bailoteaban alrededor del artista.

Primero fue el ridículo de la canción inédita This is it, que resultó no ser inédita, lo único nuevo si acaso fueron los coros que añadieron los hermanitos, por aquello de los dividendos. Luego la gira de estos últimos por Japón con la sustitución de Jacko por una cantante nipona. Y ahora el disco que supuestamente estaba preparando, y que ha terminado un número indeterminado de personas indeterminables, lo más parecido a la mano invisible de Adam Smith que hayamos podido ver y tocar.

Tal vez a causa de la oposición de los seguidores de Jacko el producto final tiene algo de vergonzante, publicado sin excesiva publicidad, sin ediciones de luxe ni campañas masivas, con esa portada que parece confeccionada por un adolescente ciego de botellón haciendo prácticas de photoshop y una producción musical tan descaradamente malintencionada que produce más indignación que rubor.

Los perpetradores ha tenido el cuajo de decir que Michael había dejado apuntes, una verdadera 'hoja de ruta' sobre la manera en que quería concluir el disco. Con ese fin, además, incluyen en el libreto unas cuantas notas del artista en las que comenta las canciones. En primer lugar, sólo por reiterar el tópico expresivo de la 'hoja de ruta' merecen la mayor de las desconfianzas; pero es que basta escuchar el disco para que nos demos cuenta de que eso es precisamente lo que nunca habría hecho él. Cada uno de sus álbumes fue un paso adelante con respecto a los anteriores, el sonido trataba de adaptarse a su tiempo, o de anunciar el porvenir del dance y el r'n'b. Un disco de principios de los noventa como Dangerous permanece aún vigente, algo que no va a ocurrir con este engendro. 'Michael' es una sucesión de descartes de Invincible, junto algunos tanteos de cara a futuras grabaciones. No hace falta polemizar acerca de si la voz es realmente la suya o no, sencillamente, Jacko no habría sacado a la luz estos temas con semejante sobrecarga de producción tópica. Algunos, en especial Breaking News, parecen una antología de efectos sonoros, vocales y rítmicos dirigidos a hacer pasar por suya una composición que seguramente no pasaba de mera idea canturreada en el estudio de grabación. Lo mismo podemos decir del resto, y las que parecen más genuinamente acabadas, como el single horroroso 'Hold my hand', recuerdan precisamente a los peores momentos de Michael Jackson. Hay un tema en concreto que define el disco: "(I like) The Way You Love Me". Y lo define porque en los primeros segundos aparece su voz indicando cómo debería ser el tono y el ritmo de la canción... para que seguidamente los autores de este dislate se pasen las instrucciones por el forro.


Este disco es un episodio interesante en lo artístico, no obstante, por cuanto nos devuelve al viejo debate sobre la legitimidad de disponer sobre las creaciones apenas esbozadas de un autor después de su muerte. Suele citarse el ejemplo de Kafka como paradigma de lo mucho que puede perderse si no se rescatan esos borradores. Sin embargo nunca debemos olvidar que, junto con el juicio de legitimidad, es el de calidad el que debe fundamentar la decisión última. Juicio que no se ha realizado en esta ocasión, en que no se han limitado a poner a disposición del público una colección de maquetas, rarezas o curiosidades, sino algo a lo que han llamado "el nuevo disco de Michael Jackson", y que tiene más que ver con "la última de los hermanos Dalton".

P.D.: Esto sólo lo entenderá Wodehouse y el resto de los lectores de la última novela de Nick Hornby... ay madre, ¿no me he parecido demasiado, en este post, a Duncan escribiendo sobe Tucker Crowe? Es entrar en los cuarenta y uno se convierte en personaje de Hornby...

'Metamorfosis de la lectura', de Román Gubern.

Corren tiempos de nerviosismo en el mundo del libro. La aparición de los e-books, que en principio no deberían sino ampliar las posibilidades del lector/a -junto con otros efectos beneficiosos, como el del ahorro de papel- está siendo, empero, motivo de preocupación. A fin de cuentas nos encontramos en España, donde la innoble tradición de la picaresca, la impunidad y el aprovechamiento señala que todo aquello que esté disponible para ser sustraído sin coste jurídico o personal, será sustraído. La descarga masiva de música, fenómeno que contemplamos con tanta naturalidad como la lluvia, es sin embargo -y al menos en las dimensiones que lo conocemos- una extravagancia autóctona. Así que no es de extrañar que el marcado editorial se haya echado a temblar, mientras que en otros países está suponiendo, sencillamente, una transformación de la forma en que la creación literaria se pone a disposición de los interesados. A un servidor no le sorprende que cada vez más vengan a parar a este blog personas que buscan a través de google cómo descargar gratuitamente determinados títulos que he reseñado... El latrocinio es en otro departamento, lamento las molestias.


No es este lugar ni momento para divagar sobre la piratería, sobre todo porque no merece demasiado la pena. No hay mucho que discutir, en realidad, y es un error hacerlo. La argumentación de los piratas me recuerda a la de esos maridos puteros que justifican ante los amigos sus devaneos extramatrimoniales con profundas disquisiciones sobre la vida en pareja, cuando todo resulta infinitamente sencillo: lo hacen en tanto en cuanto pueden, esto es, mientras no los pillen. La misma sensación de vergüenza ajena lo invade a uno cuando oye todos esos discursos sobre la "cultura libre", en especial cuando lo son de boca de supuestos progresistas, que de este modo se alinean en insólita coyunda con los sectores más reaccionarios, que ven en las descargas gratuitas una oportunidad única para acabar con las voces críticas del mundo del arte. En fin, que no me aburran defendiendo lo de la cultura libre -a menos, eso sí, que tales razonamientos se extiendan al urbanismo, el fútbol o los coches, por poner ejemplos insidiosos-; limítense a robar, ya que pueden.


"Metamorfosis de la lectura" es un ensayo interesante para contemplar la evolución del acto de leer con perspectiva. Gubern realiza un rápido aunque exhaustivo recorrido por su historia, lo que nos ayuda a entender que no es la primera vez en que aparecen nuevos formatos, y seguramente no será la última. Todos ellos supusieron cambios de importancia tanto en las obras como en los lectores/as, pero analizados desde la distancia de los siglos, quizá nos demos cuenta de que no existen demasiadas razones para la alarma. En la última sección del libro el autor analiza el mundo digital y concluye estableciendo diez ventajas del libro impreso frente al e-book que no por sencillas y evidentes resultan menos ilustrativas. Al final, viene a decirnos, ambos formatos convivirán, cada uno con sus particulares contextos y funcionalidades. En el ámbito de lo jurídico, por ejemplo, que conozco bien, la editorial El Derecho ha anunciado un producto específicamente dirigido al Ipad que permitirá a los juristas llevar toda una biblioteca en su maletín. Sin embargo uno no se imagina leyendo a Henry James en una pantalla. La tecnología nos hace el mundo cada vez más sencillo, pero también necesitamos que sea hermoso, las experiencias estéticas son, muchas veces, insustituibles. De ahí, por ejemplo, la resurrección del vinilo, o el auge de las moleskines o de los cuadernos artesanales, y de la novela gráfica. El erudito ensayo de Gubern nos habla de una búsqueda incansable de conocimiento y belleza, de la que ahora vivimos un nuevo y emocionante episodio. Es mucho, pero no más que eso.

viernes, 10 de diciembre de 2010

'Las perfecciones provisionales', de Gianrico Carofiglio. 'Union Atlantic', de Adam Haslett. Provisionales, imperfectas.


La novela negra, de suspense o llamémosla como queramos vive una situación paradójica, quizá mejor sea decir esquizofrénica: nunca ha vivido tanto auge, y sin embargo nunca ha deseado tanto huir de sí misma. De este modo aparecen en el mercado híbridos extraños en los que a un frágil esqueleto narrativo de intriga barata se le superponen disquisiciones psicológicas y contemplaciones del paisaje varias que intentan dotar de “literatura” al contenido, normalmente sin éxito. Lo que hacía notable a Larsson era su autenticidad: no construía pequeñas tramas, sino grandes personajes. Eran las vidas de éstos los que nos interesaban, de forma que los sucesos más o menos extraordinarios que les ocurrían no hacían sino enriquecerlas. Devorábamos los libros como siguiendo el curso de un río, ajenos a la prosa funcional que lo dotaba de fuerza y el posible desorden estructural que llenaba su ruta de cauces y meandros. Nada de esto ocurre en esta novela de Giarico Carofiglio, autor del que, a salvo otras lecturas, sólo cabe encuadrar en la sección de entretenimiento pasajero, y casi por los pelos.

Hay un primer elemento en este tipo de ficciones que resulta irritante por manido: la presentación del investigador como un tipo de mediana edad, con varios fracasos sentimentales, solitario y aquejado de una melancolía tan intensa que le hace a uno pensar que se haya instalado en su cuerpo físicamente, como un parásito. Esta reiteración de inspectores-policías-detectives-abogados de gesto contrito y mentalidad vagamente poética inunda los escaparates de las librerías con más intensidad que la plaga vampírica y zombi que nos abruma. A su vez, ha provocado el efecto contrario: la búsqueda de protagonistas de novela negra cuanto más extravagantes, mejor: hay quien recurre a peluqueros, paseadores de perros, fisioterapeutas o anestesistas que por azares de la fortuna ven convertida su vida en una sucesión implacable de enigmas detectivescos. A lo mejor es mucho más sencillo, y basta con preguntarse: ¿de veras todos los investigadores han de parecer salidos de la letra de un blues o de una de esas canciones maravillosas pero pesadas –tan repetidas- de Leonard Cohen?

Guido Guerrieri, el personaje de Carofiglio, debe resolver un enigma bastante simple en esta novela, que apenas daría para la mitad de sus páginas, y que responde en el fondo al viejo esquema de la habitación cerrada: un puñado de sospechosos, un culpable. El resto del libro se lo pasa rememorando su infancia, deteniéndose en la contemplación del universo mundo, suspirando y presentándonos otros asuntos colaterales de su despacho que aportan tan poco a la trama como cualquier noticia del periódico que leyese en voz alta. No existe, pues, relación entre ambos aspectos de la novela: el protagonista acaba exactamente igual que empieza, lo que no debe extrañarnos si tenemos en cuenta el barrio de tópicos por el que ha transitado a lo largo de sus páginas: el bar medio escondido que reúne a corazones solitarios, la prostituta bondadosa, la femme fatale –un poco cutre, una simple joven universitaria que con dos sonrisas se lo trajina-, el sacrificio del detective en aras de la verdad… Poca cosa, muy poca cosa para salvar un libro al que pierden, precisamente, sus altas pretensiones.

Mayor entidad literaria tiene ‘Union Atlantic’, a la que sin embargo ha beneficiado en exceso una circunstancia ajena, en principio, a su concepción: la crisis financiera mundial, de la que se ha querido ver una suerte de reflejo o explicación en esta novela. No ha sido ése, empero, el propósito del autor, que sitúa el foco a ras de tierra para centrarse en tres personajes bien dibujados y a los que nos obstante cabe atribuir componentes simbólicos: el especulador despiadado que acaba llevando a un banco a la quiebra con sus juegos, la profesora de humanidades a la que, en el mundo configurado por el primero, no le queda otra que el empecinamiento cercano a la locura y, en medio de ambos, el joven confundido y su necesidad de tomar decisiones morales.

Es plausible el modo en que, argumentalmente, Haslett conecta a los tres en torno a una disputa urbanística y medioambiental, al tiempo que desarrolla sus personalidades de manera independiente. Constituye así la novela un retrato bastante certero de un mundo como el nuestro, corrompido y tentador en sus corrupciones. La prosa eficaz y los buenos diálogos del autor hacen que la novela fluya con agrado, aunque deja finalmente la sensación de que podía haber ido mucho más allá. Se ha visto, decimos, impulsada por un mercado editorial que requiere, más allá de un puñado de ensayos normalmente tendenciosos y pacatos, alguna clase de reflexión sobre la crisis que nos tortura. No es mal vehículo el narrativo para afrontarla, pero debe haber una intención de base en ese sentido de la que ‘Union Atlantic’ carece. Aun así, dejando de lado las fajillas publicitarias y las alharacas de solapa, resulta muy recomendable en lo que tiene de novela ambiciosa y bien escrita.

Uno de sus mayores hallazgos es el de presentarnos el trasfondo moral del financiero, ligado a una actuación militar espeluznante, cosa no demasiado extraña en Estados Unidos, y cómo su destino se dirige finalmente al punto en que comenzó. Un viaje circular en el que va dejando demasiados muertos, y que termina impune. Sin embargo no es un mensaje pesimista el que nos transmite Haslett: ahí está el ejemplo de la resistencia de la protagonista femenina, aferrada a su memoria vacilante y aquello que, en realidad, nos rescata del universo depredador en que pretende convertirse este siglo: el cultivo del arte y la cultura que nos hace más bondadosos, inteligentes, encantadores y divertidos.

jueves, 2 de diciembre de 2010

“Mi amor desgraciado”, de Lola López Mondéjar. El mito de la maternidad frente a sus víctimas y victimarias.

Subrayar lo que esta novela tiene de valiente y transgresora acaso pueda desviarnos de lo que ante todo es: una obra literaria de elevada calidad, con un manejo ponderado del lenguaje y el punto de vista en aras de una historia, en efecto, tan compleja como irreverente. La autora se enfrenta a unos de los mitos más inatacables de las sociedades modernas: el del sentimiento maternal que, de acuerdo con los dictados habituales de las construcciones de género, habita en todas las mujeres y se impone irremediablemente a cualquier otro, llegadas las circunstancias. Y lo hace sin ahorrarse el riesgo de suscitar rechazo, y sin caer tampoco en la fácil provocación tremendista. Su camino es el de la exploración psicológica, el perspectivismo y la meticulosidad. Nos presenta las voces de un par de mujeres unidas no tanto por unos mismos hechos cuanto por similares sentimientos: ambas, en un momento de sus vidas, experimentan con perturbadora nitidez la necesidad de liberarse de la carga maternal. Carga a la que han llegado por una u otra vía, y que sólo cuando las ha destrozado lo suficiente alcanzan a comprender en todo su alcance. Tanto una como otra analizan el pasado en episodios alternos de carácter monologal en los que se va construyendo asimismo una intriga sutil, a partir de las concomitancias entre ambas y la ligera confusión de identidades que inicialmente provocan.

La naturalidad con que ambos personajes desgranan sus sentimientos, frente la desazón que pueden provocar en determinados lectores-as, es el mejor reflejo de la anomalía que caracteriza la configuración cultural del llamado “sentimiento maternal”: lo único que se nos presenta aquí es la libérrima voluntad de vivir, de disfrutar la vida, por parte de dos personas guiadas por los mismos deseos e intereses que cualesquiera otras. La peculiaridad es que se trata de mujeres-madre, y parecería entonces que su discurso precisa de alguna legitimidad que López Mondéjar, sin embargo, rechaza. A fin de cuentas, qué más podríamos añadir al –poniéndonos moderadamente jurídicos- libre desarrollo de la personalidad que consagran los textos constitucionales (y que la realidad socio-económica se encarga de entorpecer).

No obstante, el libro elude la tentación maniquea de convertir a sus protagonistas en arquetipos o heroínas, aspecto donde es más apreciable la perspectiva de género con que, de una manera intencionada o no, ha trabajado la escritora. Abundan las historias que, desde una óptica masculina, se presenta a la “mujer liberada” en términos reductores, normalmente circunscritos a la sexualidad: los habituales personajes femeninos pasionales, arrebatados, convenientemente promiscuos y emplatados para el voyerismo machorro. En esta novela, sin embargo, el sexo termina conduciendo a los personajes a una suerte de terraplén del que sólo una de ellas consigue escapar. Aparece aquí, aun en segundo plano, otro de los mitos de género que condicionan la existencia femenina: el de la mujer deseada-deseable y su necesidad de serlo de acuerdo con la imaginería masculina, y frente al paso del tiempo.

Son numerosos, pues, los motivos de reflexión que suscita esta novela, sin que por ello oscurezcan su buena construcción literaria y la densidad psicológica de un lenguaje adecuado a la complejidad de la historia, en la que no cabían atajos argumentales ni trucos de guión de suspense. Una obra extraña en el panorama español que nos recuerda a los buenos tiempos de los ochenta, de literatura intensa y retadora, y que parece llamada a perdurar como lo mejor de aquella época.

‘Mi vida social’, de Justo Navarro. Drama!

Comienza este último libro de Justo Navarro con una cita del grupo pop Erasure y una aclaración novelesca acerca del tiempo y el carácter ficcional de lo relatado en los poemas –sea real o no, se nos dice-, lo que desde el purismo se puede contemplar como una extravagancia, y que sin embargo marca el tono irónico de buena parte de ellos.

La poesía cáustica, a veces enunciativa, y otras narrativa, del autor resulta especialmente apropiada para hundir las manos, como hace, en el cenagal de la vida cotidiana, la “vida social” que enuncia el título y que tiene que ver con la familia, el trabajo, las amistades, el amor y sus aledaños… Los grandes temas, en definitiva, que parecen destinados para la gran poesía, y que sin embargo la hacen incurrir en el riesgo de lo sensiblero o melodramático. No ocurre tal cosa en este libro, porque la maestría del autor hace que nos sorprendamos en cada poema, a veces para sonreír, y otras para sentir cómo nos toca en algo muy hondo que parece haber desvelado para nosotros.

A menudo los títulos juguetean con referencias populares, o hacen guiños semánticos que completan el sentido de los versos y los vuelven definitivamente memorables. Los pequeños y sórdidos invernaderos de la vida laboral, familiar y amorosa son recorridos por Justo Navarro con palabras tan escuetas como precisas. Veamos algunos ejemplos:


BATMAN

Me hablaba el jefe, y no

era de mí de quien hablaba, pero

al hablarme, y hablarme de sí mismo

tan fervorosamente, hablaba

de mí, de cómo me juzgaba digno

de sus palabras un momento, o así lo pensé. Y

él creía que yo sólo escuchaba

(o así yo lo creía),

recordé la existencia de animales

que pueden orientarse por el eco

de sus propios sonidos, los murciélagos.


LA FORTALEZA

Levantaron la voz en la comida

y después de comer volvieron a insultarse

sin frases excesivas, sólo hablando

de sus manía más perseverantes

(dejar un vaso

vacío y sucio en el lavabo,

por ejemplo), y entonces

uno de los dos sintió ganas

de toser, y no tosió, pues esa

señal que podía

emitir sonidos humanos quizá fuera

entendida como un mensaje

de capitulación o tregua. Y no bebió

agua: un movimiento ahora supondría

un síntoma de debilidad.


CURRICULUM VITAE

Acabé los estudios con facilidad y honor.

Empecé a trabajar sin la mediación de mi padre.

Fui a Londres y volví. Encontré a mi padre

Más callado que nunca, más

enmudecido y más mutante,

avergonzado

de envejecer, de haber envejecido.

Esperaba en la puerta

del Hotel Alhambra: le había

caído encima una sombra, igual que cambia

la luz de un día espléndido por un

movimiento invisible de una nube

casi invisible, aunque la nube

desaparece y vuelve el esplendor, y la sombra

de encima de mi padre no se iba.

-No queda en ti nada de ti –me dijo.


CUENTO DE HADAS

La señora me dijo: “Sigue así

y un día

vendrá el lobo a llevarte.”

Así seguí sin darme cuenta

Años y años. No noté

que en mí mismo era otro.

No sonaban

los pasos de la luz que iba y venía.

Han llamado a la puerta.


ANGEL DE LA GUARDA

Diría que he tenido siempre

Cerca de mí (dentro de mí, sería más exacto)

un individuo vigilante,

que en los momentos más impropios

tomaba la palabra

en mi contra, o tiraba

un vaso al suelo, o derribaba

al anfitrión o una pared, o se callaba

y era peor. Sería

mejor que se durmiera

alguna vez el yo en el yo.


Aunque en todos ellos encontramos algunos rasgos característicos como el humor o la sequedad del lenguaje, son variados los registros que emplea el autor, desde los poemas-cuento que se acercan a lo fantástico a los poemas-monólogo de carácter introspectivo. Merece siempre la pena la escritura de Justo Navarro, que en toda su obra explora con inteligencia el drama! (volviendo a Erasure) y la broma en que consiste la vida, cualquier vida.

Acabamos con esa canción a que alude la cita del libro: ‘Love to hate you’ (I like to read a murder mystery, I like to know the killer isn’t me’)… No podemos decir lo mismo, quizá, al acabar de leer este libro: los asesinos también somos nosotros.


El camino irregular del pop contemporáneo: Hurts, Antony, OMD y los Belan.

Hace no mucho tiempo los músicos pop pensaban en “discos”, componían temas con la finalidad de ser reunidos en un álbum que presentaba una unidad de estilo, producción y a menudo temática. Eso fue antes de que buen parte del público decidiese que la cultura es libre, y que asaltasen la fortaleza con jolgorio de bárbaros y persistencia de zombies. Ahora se editan libros en los que se recopilan aquellas maravillosas carátulas de antaño, los vinilos regresan y los títulos emblemáticos de muchos artistas son revisados en formatos “deluxe” que, pese a su indudable propósito mercantil, nos recuerdan que el arte tuvo cierta importancia.

¿Y qué es lo que se está haciendo ahora? Escupir temas pop hasta completar una docena, y soltarlos apresuradamente a los medios de difusión habituales (Itunes, Spotify y –todavía- el CD) como una mera excusa para iniciar extenuantes giras de conciertos con las que financiar la posibilidad de, muy de vez en cuando, escribir una canción memorable.

Hurts surgió el año pasado a través de una calculada campaña de marketing viral que los presentaba como un retorno al pop elegante y sencillo de los new romantics ochenteros. Durante meses circuló un vídeo que los hizo famosos mucho antes de que tuviesen un disco propiamente dicho. En realidad habían comenzado a girar por toda Europa sin que se pudiese adquirir su música a través de ninguna vía. Pese a ello, son autores de uno de los mejores temas de los últimos tiempos, un clásico incuestionable que justifica de por sí los tejemanejes que se intuyen detrás de su lanzamiento. “Wonderful Life”, maravillosa en letra y música:



En alguna declaración bastante imprudente han reconocido que cuando se inició el fenómeno ‘Hurts’ ni siquiera tenían más temas escritos. Y eso es algo que se transparenta en el disco finalmente publicado. ‘Happiness’ es un puñado muy irregular de canciones que recuerda demasiado a los grupos de chicos más olvidables hace unas décadas. Apenas se salvan la poderosa ‘Silver Lining’ que abre el álbum, ‘Stay’ e ‘Iluminated’. Baladas empalagosas, singles inofensivos como ‘Better than love’, y una colaboración de Kylie que resta más que añade. Aun así, son lo suficientemente resultones, han escrito algún buen tema y manejan bien ese look de claroscuros a lo Anton Corbijn como para que les demos una segunda oportunidad.


Al que se le están acabando es a Antony, que en Swanlights perpetra un bodrio musical de cuidado. En algún momento de los anteriores discos pensábamos “ay, que va a pasar”, y ha pasado. La prisa por sacar material nuevo le lleva a olvidar las melodías y encomendarse a los florilegios de su voz extraordinaria. Cuesta destacar algo en este disco, aunque se deja oír, que no escuchar, como fondo de alguna cena picotera. Ocurre igual que en el caso anterior: confiamos en que vuelva.


Belle & Sebastian escriben sobre amor en su último disco, y nos regalan dos de las mejores canciones de su carrera: ‘I didn’t see it coming’ y ‘I want the World to stop’. Es raro que en sus álbumes alguno de los temas sobresalga excesivamente del resto, así que no sabemos lo que ha pasado en esta obra igualmente irregular: o los demás títulos son de veras mediocres o estos dos resultan tan perfectos que se tragan a los demás. El caso es que a medida que pasan los minutos el disco aburre, y parece un candidato claro a ocupar el puesto de el peor de suc carrera, especialmente si lo comparamos con “The life pursuit”, donde su pop perfecto no daba tregua. Bueno, pero los queremos de todos modos, ¿verdad? Y ojalá que Stuart retome algún día el proyecto ‘God help the girl’, que sigue siendo de lo mejor que el abajo firmante ha escuchado en su vida.





Finalmente, una resurrección más curiosa que relevante: Orquestal Manoeuvres in the Dark regresa con un disco conceptual, History of Modern. Nadie apostaba demasiado por este grupo, y sin embargo ofrecen un trabajo más que digno, en el que recuperan los estribillos electrónicos que los hicieron grandes en otros tiempos. Al igual que en los casos anteriores, se echa de menos la canción trabajada con tiempo y artesanía, demasiados rellenos. El tema que da título al álbum es muy pegadizo, pero resulta más curioso el vídeo de Sister Mary Says, un verdadero ejercicio de nostalgia narrativa.


lunes, 22 de noviembre de 2010

"La cena", de Herman Koch. Canibalismo civilizado.

Estamos ante una novela muy interesante en su planteamiento, sorprendentemente errada hacia la mitad, en que adopta una deriva argumental incoherente, y resuelta con eficacia en un final tan sencillo como estremecedor. No es poca cosa que nos ofrezca semejante variedad de apreciaciones, y es que anda la narrativa contemporánea necesitada de una mirada al mundo en que vivimos, el mejor caladero para encontrarlas.

Herman Koch escoge un episodio que ocupó las páginas de sucesos de nuestro país –eufemísticamente situadas ahora bajo la etiqueta “sociedad”-, pero que más allá de su carácter noticioso o incluso delictivo nos sitúa frente a las grietas y sumideros de mayor hondura en las sociedades contemporáneas. Todos recordaremos los hechos: un par de adolescentes apalean y queman viva a una indigente que pasaba la noche en el interior de un cajero adonde pretendían acceder para sacar dinero. Koch toma estos hechos y fabula en torno a ellos situándolos en un contexto diferente pero no por ello ajeno al nuestro, a fin de cuentas todos los países occidentales resultan cada vez más equiparables -en lo peor-.

La cena en cuestión es la que celebran los padres de los agresores para tratar sobre el tema. Y esta elección narrativa se revela magistral en la construcción del libro, dividido en capítulos que representan las distintas secciones del menú y que construyen una metáfora tan irónica como inquietante en torno al “orden del día” que se lleva en el encuentro. El narrador de la historia, padre de uno de los chicos, quizá el que llevaba la iniciativa, no se limita a reflexionar en torno a lo sucedido, sino que nos ofrece un diagnóstico moral de sí mismo y los que lo rodean. A lo largo de la conversación asistimos a toda una panoplia de indignidades desgranada con un buen manejo del tiempo y la escritura: desde los rodeos iniciales al catárquico afrontamiento de la realidad, que pone a prueba a cada uno de los participantes de una reunión destinada a ser reveladora. La hipocresía de la corrección política, el fundamentalismo maternal, la defensa de una posición social, el desprecio hacia “los otros” por cuestiones económicas o raciales… Un civilizado canibalismo sometido al contraste sarcástico del ambiente selecto, los platos exquisitamente elaborados y descritos, los manierismos de los camareros y el obsesivo control de los gestos propios y ajenos, como en un salón de espejos.

Tales ingredientes resultan sobradamente interesantes para completar una novela de fuste, y sin embargo el autor se pierde hacia la mitad de la novela en una indagación de la psicología del narrador que parece apuntar a una suerte de determinismo biológico como causa explicativa de la violencia de su hijo. Argumento que no hace sino truncar las numerosas reflexiones que la historia suscita en torno a la educación, los referentes morales, la madurez y las decisiones de vida. Por suerte, el final recupera el pulso y reabre todas estas cuestiones, de forma que la novela consigue lo que pretende: arrancar el velo que protege ese cuadro que las sociedades contemporáneas han escondido en su desván para olvidar el modo en que se van pudriendo. Propósito que puede quedar desvirtuado en las manos de un autor vulgar, pero que bien desarrollado nos devuelve las virtudes de la gran literatura, como ha ocurrido con esta novela admirable.

viernes, 19 de noviembre de 2010

“Tren fantasma a la Estrella de Oriente”, de Paul Theroux. El viaje sin lírica.

Leyendo este último y quizá definitivo libro de viajes del autor uno se explica el porqué de su prestigio literario: Theroux es ante todo un excelente escritor, y esa cualidad condiciona –para bien- cada uno de sus proyectos. El viaje es no tanto un pretexto cuanto el sustento temático de su obra, que sin embargo va mucho más allá. El encuentro con el otro, la condición de viajero, el oficio de escribir, el pasado en su desigual confrontación con el presente, los prejuicios culturales, la naturaleza corrupta del poder dictatorial –aun con disfraz democrático- y sus devastaciones… Todos ellos son temas con los que el autor se enfrenta a su paso por un mundo lleno de contrastes que acaso se iguala en una misma impresión tenebrosa: no importa el grado de evolución de determinadas sociedades, la injusticia social permanece idéntica a pesar de las décadas.

Theroux es un viajero real, ajeno a cualquier impostación lírica de las que tanto abundan en el acercamiento occidental al oriente. No se transmuta en poeta o filósofo, le espantan o emocionan las mismas cosas que a cualquiera de nosotros. De ahí también que provoque discrepancias y resulte a ratos irritante, en especial cuando a lo largo de un libro tan extenso comprobamos cómo repite determinados tics apreciativos que estrechan demasiado su criterio y, por ende, el del lector/a. Claro que hasta en ese pequeño defecto se revela su autenticidad: a fin de cuentas los ojos del viajero ven, en ocasiones, justamente lo que quieren ver.

Arranca el libro con una magistral descripción del viaje, en su dimensión física y de recorrido por la memoria del que lo precedió: “Viajar no es tan sólo cuestión de estar por completo desocupado, sino también una compleja y mendicante forma de evasión, que nos permite llamar la atención sobre nosotros mismos por medio de una llamativa ausencia, a la vez que nos entrometemos en la intimidad de los demás (…) El viajero es el más codicioso de los mirones románticos, y en algún rincón bien escondido de la personalidad del viajero se encuentra un nudo de vanidad y de presunción que resulta imposible deshacer, además de una mitomanía rayana en lo patológico (…) comprendí que el pasado al que no se retorna forma siempre un bucle en los sueños que uno tenga. La memoria también es un tren fantasma”. Y es que presenta este viaje una peculiaridad que lo distingue: el hecho de tratarse de un recorrido idéntico al que realizó treinta años atrás y que igualmente quedó recreado en un libro, ‘El gran bazar del ferrocarril”. De este modo asistimos al encuentro del viajero con su propia memoria de lo que fue en otro tiempo, y esa trayectoria interior es tanto o más importante que la que lo lleva por la geografía oriental. Un matrimonio roto, la soledad y el arrojo inconsciente de la juventud… El narrador es ahora un hombre maduro que encara quizá por última vez una aventura semejante, y que a ojos de los demás se ha vuelto invisible. En un momento determinado se tropieza con un joven similar al que fue él y con lo que, en poco tiempo, se convertirá: “un fantasma en el que nadie había reparado”.

Pero el retorno a los lugares ya visitados nos ofrece igualmente un encuentro emocional con el autor: la miseria y la violencia que nunca cambian, las transformaciones erradas, los personajes que perviven como entonces, y que acaso lo recuerdan. Theroux en raras ocasiones se permite una implicación más allá del comentario intelectual, pero cuando lo hace transmite esa misma sensación de naturalidad que da tanto valor al libro: no busca la aprobación del lector, sino la mera respuesta a su intuición o sus impulsos, como cuando en Birmania entrega un sobre con billetes a un hombre de su misma edad. Al fin y al cabo, y en justa réplica, se pregunta: “¿Era esta una de las razones que me habían convertido en un viajero empedernido, la acogida que me deparaban los extraños?”. Muchas veces experimenta esa “bondad de los desconocidos”, simbolizada acaso en ese tren nocturno donde ocho personas civilizadas comparten un espacio destinado, en teoría, para cuatro.

Más allá del intinerario mental del viajero, su periplo europeo y oriental nos revela el trasfondo sórdido de este mundo nuestro tan aparentemente desarrollado y civilizado. Incluso en países de los llamados emergentes apreciamos los tres rasgos con que muy acertadamente define las dictaduras: “tedio, ansiedad y cierto suspense”. Aunque en otras ocasiones el régimen opresor se presenta de manera menos sutil, al manifestarse con rasgos delirantes, en pequeños estados que se asemejan a un maquiavélico videojuego donde se permitiese al usuario hacer y deshacer a su antojo. Ciertos escritores, nos dice Theroux, “van perfeccionando el don de la verdad” al cumplir años. Y así es como el narrador desvela la realidad de supuestos “milagros económicos” y naciones en presunto desarrollo: ciudades “pesadillescas, pero de un modo novedoso”, donde cruzar la calle se convierte en una imposibilidad kafkiana en esas calles atestadas de víctimas de la globalización. En ese sentido, relata la experiencia de la India como “ingresar en un cuadro de El Bosco”, pese a la “vida regalada” de buena parte de los occidentales que la han habitado a lo largo de los tiempos. Y describe Tokio como una “visión intimidante del futuro”, pero del que nos espera a nosotros, sino a las próximas generaciones. Especialmente divertido resulta cuando describe las multitudes niponas, “a las que parece haberse dado el mismo mensaje: ‘camina deprisa y aparenta preocupación’”. Es en Japón, sin embargo, donde son más apreciables esos prejuicios a que he hecho referencia al principio: el viajero se revela ahora como un viejo verde que ve lolitas escapadas de un manga en cada esquina.

El final de este libro completamente recomendable es, no obstante, un tanto apresurado, como si después de semejante esfuerzo tuviese la necesidad de poner fin rápidamente al viaje. Aun así, concluye con una interesante reflexión sobre los malos gobiernos del mundo y, en contraste, la bondad de sus ciudadanos. Lamentable paradoja que define nuestro tiempo.

(Por alusiones, una última mención a las dos frases en que Theroux se refiere a los abogados: en primer lugar, para compararlos con las prostitutas en cuanto a la gestión del tiempo –se queda corto, me temo, al limitarse a ese único factor-; en segundo lugar, cuando un tipo le lee las líneas de la mano, reflexiona: “aparte de la insultante insinuación de que pudiera ser un abogado, en la mayoría de sus suposiciones había acertado”. Ambas nos recuerda ese viejo e hiriente chiste: “no le digáis a mi madre que soy abogado: ella piensa que soy pianista de un puticlub”… )

jueves, 4 de noviembre de 2010

“El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música”, de Alex Ross.

Tan sólo puedo hablar de este excelente ensayo para recomendarlo con entusiasmo y la humildad propia de quien es lego en el asunto sobre el que trata: la llamada “música culta”, clásica-contemporánea, cuyo variopinto e interesante recorrido a lo largo del pasado siglo analiza el autor con maestría, la cual se hace evidente en el modo en que combina apreciaciones técnicas de especialista con una capacidad comunicativa admirable. Ross es, ante todo, un excelente escritor, y las páginas del libro abundan en párrafos descriptivos de piezas musicales que producen en el lector un efecto cercano a la gula, la lujuria o cualquier otro pecado placentero e irresistible. Veamos un ejemplo, las “Tres Piezas para Orquesta” de Berg:


“El último movimiento es una Marcha fantasmagórica para toda la orquesta, llena de latigazos de la percusión y ásperas fanfarrias del metal. Las notas ennegrecen la página; los instrumentos se convierten en una turbamulta enfurecida, que se agolpa desde las aceras hacia las calles. Justo al final llega un fugaz espejismo de paz: las frases ascienden formando ondulaciones en la orquesta como volutas de sonido, y un violín solo toca una frase quejumbrosa. El arpa y la celesta no dejan de producir notas monótonas, que suenan como el tictac de una bomba. Éste explota en los últimos compases, con el sonido retumbante de trombones y tuba, un movimiento agitado del metal, que asciende forman espirales, y un mazazo percutido final en los bajos.”


Es de agradecer que no haya escrito uno de esos manuales divulgativos en los que se buscan nuevos públicos para algún arte tratándolos precisamente como incapaces de apreciarlo. Ross decide no bajar un peldaño el nivel de su reflexión intelectual sobre la música, y sin embargo nos abre una puerta y nos ofrece un camino tan complejo como atrayente.

Si algo nos queda claro al leerlo es que la historia musical del siglo veinte es fiel reflejo de sus convulsiones: la violencia, el nacionalismo, el racismo, la defensa irracional de la tradición… Y por otro lado, la libertad, expresada o no en términos de vanguardia artística, la confusión creativa de resultado brillante, la ruptura, el eclecticismo. Todo esto último normalmente encarnado en figuras individuales que como un brote de hierba imprevisto en un muro de ladrillo resistieron y se multiplicaron. El final del camino, parece decirnos Ross, hace necesariamente reconocibles cada uno de sus hitos, e incluso en la música popular contemporánea podemos rastrear ecos de aquellos creadores minoritarios e incomprendidos en otros tiempos, de forma que el autor apuesta por “una ‘gran fusión final’: los artistas pop más inteligentes y los compositores extravertidos hablando más o menos el mismo idioma”. Y así nos explica cómo determinados arreglos orquestales de las bandas sonoras cinematográficas, e incluso de las canciones pop, asumen de forma natural ciertas técnicas musicales procedentes, en teoría, de la orilla de la composición clásica, y son apreciadas por los oyentes sin dificultad. Ello nos enfrenta con el problema de fondo que a menudo traza las líneas diferenciadoras entre unas y otras manifestaciones artísticas: los prejuicios culturales. Mucha gente se siente “expulsada” de la sala de conciertos, el disco o la cadena de radio etiquetada con el marchamo de lo “culto”, mientras que puede disfrutar de esas mismas piezas cuando son incorporadas a la banda sonora de su película favorita (ahí está Debussy poniendo notas románticas a los amores vampíricos de los protagonistas de la saga Crepúsculo).

Libros como éste, que no responde en realidad a ningún propósito didáctico, nos ayudan a derribar barreras y contemplar el paisaje musical del siglo pasado, y de los venideros, como un lugar inabarcable y lleno de rincones interesantes que visitar. Los rigurosos y apasionados comentarios de Ross invitan a volver a sus páginas mientras escuchamos las piezas que recomienda. En este sentido, al final del volumen encontramos una guía de audición que se complementa con una página web donde podemos encontrar numerosa información y fragmentos musicales, aunque con Spotify se hace hoy día sencillo adentrarse en este mundo de ruido tan diverso como hermoso.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Las dos citas que abren 'Una cuestión de prueba'.



“Mi derecho es todo el derecho;
defendiéndolo, defiendo todo el derecho
que ha sido lesionado al ser lesionado el mío.”

Rudolf von Ihering, ‘La lucha por el Derecho’



“Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está
perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo
y lucha hasta el final, pase lo que pase.
Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.”

Harper Lee, ‘Matar a un ruiseñor’

‘A media luz’, de Joyce Carol Oates. La ley de la desmesura.

La narradora americana Joyce Carol Oates cuenta con una trayectoria lo suficientemente larga para ir llevando a su paso, al igual que esas redes de arrastre, una buena retahíla de tópicos de los que parece inevitable echar mano cuando se habla de su obra. Podríamos resumirlos en tres palabras: grafomanía, Nobel, violencia. Es raro que cualquier reseña no termine recordándonos que se trata de una de esas sempiternas candidatas al premio de la academia sueca, que tiene una obra vastísima –que continúa creciendo a ritmo constante-, y que en sus narraciones, tarde o temprano, aparece la violencia como un elemento catártico para dirigir la trama en un sentido determinado.

Salvo el del Nobel, quizá, el resto de los lugares comunes no son del todo ciertos: en qué medida puede calificarse de excesivamente prolífica a una autora abundante en ideas, con una visión del mundo bien perfilada y una capacidad de trabajo innegable. Carol Oates escribe, sencillamente. Lo que asombra es su facilidad para llevar a cabo esa tarea con un alto nivel de calidad y exigencia. Un libro suyo nunca se te cae de las manos, aunque unos te satisfagan más que otros. Por otro lado, las alusiones a la violencia no dejan de poner de manifiesto un prejuicio machista: el de que cualquier mujer novelista debe ser, incluso en nuestros tiempos, una suerte de Jane Austen versión 2.0. En ese sentido, Carol Oates representaría una escritura “masculinizada” al huir del vacuo sentimentalismo con el que interesadamente se pretende identificar a cierta literatura “femenina”. Detrás de todo ello, nos tememos, quizá se encuentre la evidencia de que las mujeres, en buena medida, han ido construyendo lo más notable de la narrativa contemporánea.


Hay otro rasgo de la autora, empero, que la define con mayor acierto, y es la desmesura. Entendamos por tal el recurso a personajes, tramas y situaciones excesivas. Los personajes de Carol Oates son siempre víctimas no tanto de los otros cuanto de sus propias pasiones. El sentimiento más irracional dirige su voluntad, y los lleva a enredarse en relaciones equivocadas donde seres ambiguos los vampirizan y manipulan. Asistimos como espectadores a una rebelión interna contra su propio destino, pese a que nos preguntemos por qué ha de encontrarse necesariamente marcado. Uno es de la impresión de que esta novelista gana en la medida en que logra atemperar su desmesura. Cuando se desborda, la voz narradora se hace imprecisa e incluso arbitraria, los personajes se desdibujan y la historia parece uno de esos globos inflados que de repente se sueltan, sin nudo, y vuelan incontrolados hasta caer muertos.


Algo de eso hay en esta irregular “A media luz”, cuyo propósito parece responder lo que se predica en la ficción, precisamente, del lugar donde aquélla transcurre: la necesidad de construir personajes legendarios a partir de personas completamente normales. La novela responde a esa necesidad en más de setecientas páginas, y aunque muchas de ellas nos ofrecen una narrativa de altura, el conjunto plantea demasiadas dudas. La más importante alude al objeto mismo de la obra: por qué o para qué hacer del tal Adam Berendt el protagonista de una épica construida mediante enigmas cotidianos tan simples como inocuos. En torno a su muerte accidental se desarrolla la vida –sin él- de una serie de personajes influidos o arrebatados por su figura, de forma que, a la postre y tal como se dice en el libro, “nunca llegabas a conocerle de un modo íntimo, pero podías conocerte a ti mismo”. Finalidad narrativa que suele presentar el máximo interés, pero que habría requerido de un plus de fascinación del que los personajes carecen. Sobre todo Berendt, insistimos, lo que exige del lector una excesiva “suspensión de la credibilidad” para comprender el motivo por el que su fallecimiento, más allá del razonable impacto en una pequeña localidad, ha conmovido tan hondamente a una serie de amigos a quienes nunca había permitido acercarse del todo. Aun así no son pocas las virtudes de este libro, en especial la capacidad de la autora para generar tensión a través del lenguaje, sin recurrir a trucos argumentales, y la profundidad con que expone las relaciones afectivas y sociales de los personajes, que hace de por sí interesante la lectura.

Al final uno tiene la sensación de haber leído una novela aceptable de una autora relevante, aunque esperaba más. Y precisamente por esto último, seguiremos confiando en Carol Oates hasta que dé completamente en el clavo. La próxima parada será “Ave del paraíso”, aunque por en medio quedan “Mamá” y “La hija del sepulturero”, y al parecer tiene otra en marcha. No se si se han dado cuenta de lo prolífica que es esta eterna candidata al Nobel, una notable estudiosa de la violencia en las sociedades contemporáneas… (Hala, ya he rellenado el formulario.)