jueves, 31 de diciembre de 2009

Fin de año.

Amigas y amigos, os deseo un 2010 lleno de buenos libros, música, cine y afectos. De felicidad, en suma (es que quería decir algo más largo, para no desmerecer mi fama).

martes, 22 de diciembre de 2009

'Los papeles de Aspern' y 'Cuadernos de notas', de Henry James. El maestro, lugar seguro.

Vuelve el maestro al mercado editorial español por Navidad. Siempre ha estado y estará ahí, con nuevas publicaciones y reediciones de clásicos, y siempre acudimos a él cuando se hace necesario tomar fuerzas literarias en lugar seguro. Seguro no quiere decir previsible, ni aburrido, bien al contrario su obra continúa marcando las cotas más altas en la historia de este noble arte, y siempre es un placer, además de una experiencia formativa y enriquecedora, acudir a sus páginas.



Alba publica una nueva edición de "Los papeles de Aspern" que nos permite disfrutar al James más pudorosamente humorístico de toda su trayectoria. Novela corta memorable que toca alguno de sus temas predilectos: la pasión literaria más grande que la vida, la intimidad del escritor enfrentada al mundo y, cómo no, la batalla entre inocencia y corrupción, los sutiles manejos de la segunda por domeñar la primera.



La traducción de Alba "suena" impecable, como era de esperar, aunque uno echa de menos en la escena cumbre aquel viejo: "¡Ah, bribón publicador!" (no recuerdo exactamente la editorial en que la leí por vez primera), frente al actual "¡Ah, editor sinvergüenza!".



Destino recupera también los Cuadernos de Notas, y aunque tenía la vieja edición, no he podido resistirme a hacerme con ésta, bastante más cuidada. El libro es uno de los mayores tesoros que un autor, quizá involuntariamente, puede legar a la posterioridad. Releerlos ahora me produce la misma excitación que experimenté de joven, cuando después de acabar cada una de sus obras mayores acudía a este volumen para rastrear de alguna forma la carpintería de tan brillantes creaciones. Aparece aquí el observador patológico, que atrapa las ideas como un cazador de mariposas, fascinado por su belleza e interrogado por sus posibilidades; vemos al autor reflexionar sobre la escritura, en lo concreto -las dificultades para encarar un proyecto- o en lo más abstracto; nos divierten las retahílas de nombres que se le ocurren para personajes, y el grado de elusión que alcanza para nombrar lo innombrable. Henry James deambulaba de cena en cena, de salón en salón, en pos de una idea. Parecía, en su comportamiento social, más interesado en el arte que en las personas; sin embargo son éstas, en toda su profunda humanidad, en sus más sutiles sentimientos y oscuras inteligencias, las que cimientan sus libros. La dicotomía siempre irresuelta entre arte y vida, testimoniada en estos extraordinarios cuadernos de notas, de lectura insoslayable para cualquier interesado/a en la creación artística.

'Taking Woodstock', de Ang Lee.

En primer lugar, me gustaría que alguien pudiese explicarme por qué esta película ha pasado en apenas un suspiro por la cartelera española. Ang Lee es un director lo suficientemente prestigioso para que no hubiese ocurrido así, y sin embargo, misterios de la distribución, verla en las salas resultó más difícil que ser afortunado hoy con la lotería de los coj**** (sí, ésa que siempre te obliga alguien a comprar en el trabajo, alguien que siempre suspira y resopla diciendo "último año que me ocupo de esto"... hasta el año siguiente, cuando te aparece con doce papeletas distintas de cofradías diversas...).
Lo cierto es que "Taking Woodstock" puede colocarse a la altura de cualquier otra película del director, y reconocemos en ella la construcción de personajes-foco, dubitativos y frágiles, en torno a los cuales deambulan otros más seguros de sí mismos, y la interacción de todos ellos culmina en un cambio, al final del metraje nadie es como era, ni falta que le hacía. Porque a lo largo de su filmografía Ang Lee nos habla siempre de quienes no tienen fácil acomodo en una cultura o entre una gente. Y su lucha por salir adelante, aunque esté llena de azares, episodios divertidos o surrealistas y pequeños apuntes dramáticos.
De todo hay en esta cinta amable e intensa, que cuenta la trastienda de Woodstock y el juego de casualidades, lucros desaforados, manipulaciones e irresponsabilidades con que se puso en marcha. Hasta que de repente la gente lo llenó todo con esos valores que ahora tanto se caricaturizan (paz y amor...), aunque no nos vendría mal colocárnoslos sobre la lengua y dejar que nos poseyesen como el ácido que arrebata al protagonista en algunas de las escenas más hermosas de la película, y todo encajó de repente, y quedó la leyenda construida.

La intrahistoria de aquel hecho irrepetible se narra a través de otra bien distinta: la emancipación de un muchacho voluntarioso sometido a una trama familiar de mezquindades y codicias. Cada paso de los que da va en esa dirección, aunque en apariencia se trate de organizar el festival. En este sentido, es significativo que al final nunca llegue a ver una sola de las actuaciones, en una especie de guiño al agrimensor K que vagaba de un personaje a otro sin poder entrar nunca en el castillo.
El metraje, de dos horas, se te hace corto sin que ocurran excesivas cosas, quizá porque le basta con transmitir algo de aquel espíritu con el que pareció posible un día hacer un mundo nuevo. Hermoso propósito que ahora parece resultar extraño al espectador, a tenor de la pobre repercusión de la película. Los medios de comunicación ya se han encargado de decirle a la gente lo que hay que ver esta temporada: la última pirueta tecnológica del cine -esos espantosos bicharracos azules de Avatar-, que alimentará convenientemente el saco sin fondo de nuestra vacuidad.
"Taking Woodstock", recomendable para pasar un rato de entretenimiento de ése que no ofende, y recordar, aunque sea con la boquita pequeña y disimulando, que sí, que otro mundo es (¿fue?) posible.

lunes, 21 de diciembre de 2009

'Poupée de cire, poupée de son.'

Esta canción, que de alguna forma ocupa un lugar importante en la novela corta "El hombre que espera", culpable de mis madrugones, me acompaña estos días. Suena, por así decirlo, al principio y al final del arco temporal que marca la vida de uno de sus personajes. Me gusta esta versión de Nosoträsh (vuelvo a incidir en el arte y la grandeza asturiana, qué ye, ho...).





"Diaro de un antimenfotista." Daniel Simón Plá nos saca los colores.

Llevo unos pocos años viviendo en Alicante, y acabo de descubrir que no la conocía. Si algo caracterizaba mi opinión sobre esta ciudad era que se trataba de un "yermo cultural" de primerísima magnitud, en especial si la comparaba con otras. Los escasos eventos a los que he asistido en estos años tenían, aunque sólo ahora me he dado cuenta, un aspecto en común: una cabeza llena de rizos que se paseaba de un lado a otro organizándolo todo.

Esa cabeza, que sirve para mucho más que portar los rizos, se llama Daniel Simón Plá, gestor cultural de los que engrandecen la profesión, sobre todo porque la ejerce con el viento en contra, la tormenta perfecta, y el terremoto siempre a punto de agrietar el suelo bajo sus pies.

Este libro recopila sus columnas en el diario La Verdad, donde ha acuñado un término, "antimenfotista" como reacción y contrario al ciudadado menfontista, entendiendo por tal el que, preferiblemente apoyado en la barra de un bar, tiende a despotricar contra los males de Alicante con inapelable convicción, un día tras otro, y así, poco a poco, a lo largo de toda una vida. El menfotista ve la cosa muy mal, lo que unido a su conciencia de que el mal siempre son los otros convierte el problema en irresoluble. La cultura no existe en Alicante, y no es posible hacer nada al respecto; los poderes públicos se han desentendido de ella por completo, y más que ayudarla a respirar, la torpedean. Sí, todo eso es desgraciadamente cierto, pero ante tal situación hay quienes se quejan en la barra del bar y piden otra caña para seguirse quejando, o los que pasan a la acción al grito de guerra de Daniel: "¡antimenfotistas del mundo, uníos!".


Es justo que reconozca que yo soy uno de los quejicosos, salvo que suelo ejercer la actividad en casa, y no tanto en la barra del bar. Hace tiempo que di esta ciudad por culturalmente muerta, y ha sido dentro del hogar donde me he creado una burbuja que me proporcione el oxígeno necesario para ir tirando y sobrevivir al trabajo.


Entonces un día veo este libro, hojeo sus páginas y decido comprarlo. Y me he llevado una sorpresa tal que no acabo de creerme su contenido, parece una broma, o una performance encaminada precisamente a poner en solfa el panorama cultural alicantino imaginando que existen cosas inverosímiles. De repente aparece este tío y nos habla de actos interesantes que tienen lugar a lo largo de todo el año, de bares de esos que uno añora -pequeños centros culturales, frente a los chunda-chunda donde gente desesperada acude a babear y mirarse con la vana esperanza de acabar en una cama y contarlo el lunes en el trabajo-, de colectivos organizados para cambiar las cosas -aunque su propósito acabe en un bello fracaso-, de artistas que en poco tiempo ya van consolidando una obra con repercusión nacional, de iniciativas locas y divertidas, de lugares desaprovechados y mapas de ocio para todo tipo de públicos. Lo hace con buena prosa y la honestidad suficiente para apartarse del foco y sacar a la luz lo mejor de lo que otros hacen, por pequeño que sea.


¿Es posible cambiar Alicante? El optimismo desbordado de Daniel nos saca los colores, y hace que muy secretamente creamos que sí, y nos sintamos culpables por no hacer nada al respecto. También nos preguntamos por qué este profesional, que tiene su propia empresa de gestión cultural y se ocupa en la actualidad de la programación del espacio Camon, no es la primera voz a consultar por los poderes públicos (o más bien nos imaginamos por qué no es así, pero como decía el caudillo, no nos metamos en política...).


Sirva como triste excusa para mi menfotismo la dificultad con que uno se encuentra, cuando se traslada a una ciudad nueva, si la oferta cultural no aparece sistematizada y canalizada a través de la acción pública. Con ello no quiero decir que deba ser el Ayuntamiento quien la controle, pero sí quien la difunda, respetando su creatividad y diversidad. Así ocurre en mi Gijón, por ejemplo, donde nadie que pase unos días puede no darse por enterado de todo lo que se mueve y lo que ocurre. Gijón, en ese sentido, lleva años desarrollando una trayectoria cultural estable, plural, solidaria e innovadora. Para alguien que aterriza en Alicante y que debe pasar muchas horas diarias de su vida en un trabajo que ninguna conexión tiene con la cultura, como un servidor, no resulta fácil integrarse en esos mundos e iniciativas que, por suerte pero también por desgracia, obedecen muy a menudo al impulso individual o asambleario de un puñado de meritorios antimenfotistas.


En cualquier caso este libro ha sido para mí un descubrimiento, me ha enseñado cosas de la ciudad donde vivo que ni siquiera me habría atrevido a soñar. No sé cómo andaré de tiempo, disponibilidad o ganas. Pero si sé a dónde acudir para enterarme de la vida cultural alicantina. Es decir, que ya no tengo excusa.

'Minuto de silencio', un Siegfried Lenz menor.

Siegfried Lenz es uno de los grandes narradores en lengua alemana, poco traducido sin embargo al castellano a pesar de haber escrito una de las novelas fundamentales del siglo pasado, "Lección de alemán", donde con un lenguaje denso e introspectivo reflexionaba sobre la autoridad, la infancia y el arte como cauce de libertad y contestación, todo ello alrededor de una anécdota mínima, concretamente una redacción escolar sobre "la alegría del deber" que debía realizar el personaje protagonista, y que ponía en marcha los mecanismos de su memoria.


Nos encontramos ahora con esta obra reciente de un autor que en la ancianidad retoma la infancia como leit motiv narrativo; en esta ocasión es el recuerdo de un amor profesora/alumno y su trágico desenlace lo que sustenta una novela de prosa elegíaca y abundantes digresiones que sobre todo se detienen en la descripción de la naturaleza, el mar como espacio en que se gana y pierde la vida, un mar gris, helado y amenazante, territorio de pubertad para un adolescente que descubre en ese entorno el amor, el deseo y el dolor por que todo se le escape.


La precisión del lenguaje y la emoción que transmite, a menudo mediante el empleo cabal de la alternancia entre primera y segunda persona, hacen al menos interesante una lectura que, sin embargo, se revela de escasa profundidad. Los personajes son apenas un esbozo, los hechos -desde el primer encuentro amoroso al referido desenlace- ocurren un poco porque sí, con excesiva facilidad o ligereza, lo que en parte resulta disculpable por cuanto los conocemos a través de la mirada del narrador -el chico- y se nos oculta el verdadero conflicto. Tal vez el autor quería simplemente hablar sobre el amor y la pérdida, pero lo cierto es que las circunstancias que lo justifican aparecen demasiado forzadas, y la voz literaria -de indudable calidad- se presenta coja, por poco creíble. La elección de tocar ciertos temas a través de una relación afectiva profesora/alumno habría requerido, a mi entender, de otro tratamiento. Podemos sustituir a la profesora por la madre de un compañero de colegio y nada habría cambiado. Pero es evidente que una y otra representan situaciones muy diferentes.


Quizá el lector español se ha perdido buena parte de la mejor producción de Lenz, y sería deseable que se tradujese. La verdad es que este "Minuto de silencio" se nos hace un hiato excesivamente largo entre la grandeza de "Lección de alemán" y la escasa altura de esta nouvelle que no obstante debemos saludar como una llamada de atención sobre la excelencia de este escritor apenas conocido en nuestro país.

domingo, 20 de diciembre de 2009

"Slow attack", de Brett Anderson. La madurez brillante de un inesperado artesano.

¿Por qué será que cada día me gustan más las obras de madurez de los artistas que he seguido en mi juventud? ¿Me estaré haciendo viejo? Hombre, el espejo y el carnet dicen que sí, pero me consta que mienten.


Suede aparecieron a finales de los ochenta como una alternativa glam, gamberra y queer a los extintos Smiths. Como todos los buenos grupos de pop, más allá de su imagen estaba la calidad de sus canciones: Animal Nitrate, The wild ones, She's in fashion, The beautiful ones... Himnos inolvidables cantados por la voz chillona de Brett Anderson, divinidad andrógina de los noventa que hizo del exceso y la boutade señales identitarias. Un cruce entre el Bowie de los primeros años y el Mozz de los gladiolos, con música más pegadiza y quizá menos arriesgada.


Pasó el tiempo, y ahora Brett Anderson ha superado los cuarenta, está casado y vive alejado un poco del ruido de la ciudad y la noche. Suele ocurrir. Como también suele ocurrir que esas circunstancias, unidas a la experimentación de nuevas vías creativas, se identifiquen de inmediato con el aburguesamiento o la mediocridad. Qué le vamos a hacer, los blogs y revistas musicales están llenos de universitarios pajilleros a los que las alianzas de boda y las campiñas les suenan a aburrimiento marciano. En el fondo es un mero problema de base cultural -musical, literaria, artística, cinematográfica-. La historia nos ha ofrecido ya los suficientes ejemplos de creadores excelsos que no deambulaban precisamente por el lado salvaje de la vida (sostener que el arte está necesariamente ligado a eso es como decir que también lo está al consumo de tomates cherry), pero no merece la pena detenerse en ello, como tampoco en que cada edad, y cada situación, proyecta su reflejo en lo que se crea. La clave se encuentra en que ésto tenga la suficiente calidad, y cuando existe esa base a la que he hecho referencia, es raro que no la tenga.


Brett Anderson ya no hace pop-rock con el que dar saltos en los conciertos, aunque podría haber sido así -fijémonos en Mozz, más potente que nunca-. La línea que explora es aquella que se apuntaba precisamente en temas como "The wild ones", canciones tiernas, solemnes, sensibles, apoyadas en hermosas melodías de piano o guitarra, con arreglos de cuerda a veces, y una voz que recuerda tanto al icono que fue como lo supera el artista maduro en que se ha convertido.


Tras una breve andadura con "The tears" publicó su primer álbum -homónimo- en solitario, donde incluía una de las mejores canciones que ha escrito: "Love is dead". El segundo disco, "Wilderness" (2008) supuso un avance en la búsqueda de la melodía perfecta por la vía de la desnudez musical y emocional, temas minimalistas, de tan sólo voz y piano muchos de ellos, que recibieron todos los palos posibles de los eruditos musicales veinteañeros rebeldes con paga paterna (¡maduritos al poder...! ¿Se nota mucho que respiro por la herida?). Ahora parece "Slow attack", donde se consolida su nueva voz como artista, aunque arropado esta vez por mayor instrumentación, en un proceso que él mismo califica como de "desmantelamiento de su ego". "The hunted" es uno de sus mejores temas, aquí os lo dejo:





Me ha gustado leer en su web que, una vez acabado el disco, fue a escucharlo mientras paseaba sus perros por el parque, y habla de él con la sinceridad de un verdadero creador: no es la obra perfecta que siempre anda buscando, pero algunos de sus temas se encuentran entre lo más destacable de su carrera, y poco más puede pedir.


También a mí me gusta escucharlo cuando paseo a Betty, y cuando escribo por las mañanas tratando de alcanzar una meta artística a la que, como mucho, sólo llego a aproximarme. Este trabajo de Brett Anderson me ayuda a creer en ello, y me hace más feliz el camino. Gracias.

Lo mejor del año... o lo menos malo (Casoledo recae en la patológica confección de listas). Buenos propósitos para 2010.

Aunque el terapeuta de mi terapeuta le ha dicho que me convenza de que abandone la elaboración de listas, en beneficio de todos, estamos a fin de año, y si se perdona el cigarrito o la copita de más, no vamos a discutir por una listilla de menos. El problema es que hay poco donde elegir, lo que dice mucho acerca de los tiempos que vivimos. Tan sólo en música me sobran buenos discos. Y es que he adoptado el criterio de escoger creaciones de este año, es decir, no me valen reediciones de clásicos o en camino de serlo, que harían la lista muy sencilla. Allá vamos (sólo tres por cada categoría):



Libros:

1.- 'La lluvia antes de caer', de Jonathan Coe: excelente literatura intimista hecha a golpe de memoria rescatada por un puñado de fotografías. Cada una de ellas -cada capítulo- añade profundida y enigma a los personajes en una construcción impecable. El autor, un descubrimiento.
2.- 'Deseo de ser punk', de Belén Gopegui: la narradora más hábil e inteligente del triste panorama español, capaz de "colar" dentro del sistema artefactos tan peligrosos como este. Claro que el sistema ya no se preocupa de desactivar a los artefactos, habiendo desactivado a las personas que podrían acceder a ellos. En todo caso, alta literatura con voz adolescente y música ruidosa y retadora.
3.- 'Virginia o el interior del mundo', de Alvaro Pombo: la más jamesiana de sus novelas, lo que de por sí hace obvia cualquier consideración. Un esfuerzo creativo y lingüístico que quizá no se esperaba en un autor de su edad y trayectoria, máxime después de haber obtenido el premio (?) Planeta. Deberían aprender otros (lo digo por Paul Auster... Nuria es una fiel lectora suya y me dice que la última, Invisible, es inmpresentable).

Pelis (y series de televisión): tengo que incluir series de TV porque el cine da miedo de lo escasito que anda de calidad. Ya se va hartando uno de expectativas, críticas mercenarias y campañas de publicidad (incluida la publicidad cultureta) para que luego uno sienta que le han tomado el pelo.

1.- Lost (5ª temporada): el argumento ya a nadie le importa, son tantas las horas de diversión, emoción y sorpresa que da igual cómo acabe, sólo ha lugar al agradecimiento. Eso sí, un fogonazo de luz al final nos ha dejado sin aliento a la espera de la sexta y última temporada. De la quinta me quedo con el comienzo de aquel capítulo en que conocemos al personaje Jacob. Está conversando en la playa con otro, de repente el plano se abre... y aparece la estatua gigante. Me dio tal vértigo que quedé clavado en el asiento. Han sido tantos momentos... Que no se acabe nunca, por favor. Todos los frikis del mundo nos ofrecemos para seguir creando argumentos.
2.- Moon, de Duncan Jones: la sorpresa del año, cine de ciencia ficción que como todo buen cine nos habla más de nuestro mundo que de otros imaginarios. Una dirección comedida para una historia que bastaba por sí sola.
3.- Mad Men: aquí incumplo un poco las reglas de mi lista, porque acabo de descubrirla y estoy con la primera temporada, pero en poco tiempo me pondré al día, así que consideremos que ya estoy a la altura de la producción reciente. Estética fascinante, diálogos de una agudeza inédita en televisión, tramas sutiles, personajes complejos, machismo en estado puro, y una descripción tan cabal del capitalismo que nacía y se ha instalado entre nosotros por los siglos de los siglos (amén no... ¡¡revolución!!) que parece increíble que se trate de un programa de televisión. Pero vuelvo a lo de Gopegui: no hace falta desactivar el producto... se ha desactivado al receptor.

Discos: es doloroso renunciar a las reediciones, porque las de Saint Etienne (Fox Base Alpha, Continental, Sound of water y So tough) y Mozz (Southpaw Grammar y Maladjusted) me siguen alegrando los días. Pero aun así ha habido suficientes discos buenos (el modelo industrial está en crisis, pero la creatividad desde luego que no):

1.- Years of Refusal, de Morrissey: después del escepticismo que provocó Ringleader... y lo continuistas que sonaban en la gira los temas nuevos con respecto a los de aquel disco, nadie daba un duro por Refusal. Pero lo ha vuelto a hacer, y el nuevo puñado de canciones se puede colocar en lo alto de los tres últimos álbumes de estudio (Quarry tenía grandes logros, pero era demasiado irregular).

2.- God help the girl, de Stuart Murdoch: uno de esos discos que continuaré escuchando dentro de muchos años, no me canso de recomendarlo, es una maravilla. Ahora, por cierto, acaba de aparecer un EP, Stills, con unos cuantos temas que no habían entrado en el otro. Son igualmente soberbios, se pueden adquirir sólo en Itunes, pero merece la pena. La obra de un autor respetuoso con su arte y con el público al que lo destina. Un canto de amor a la música pop.
3.- Guitarras y tambores, de Cola Jet Set: con este disco de pop encantadoramente naif sobran las explicaciones, es algo visceral. Su música me ha acompañado en momentos muy importantes a lo largo del año, y siempre para transmitirme las mejores sensaciones, y suscitar en mí los mejores sentimientos. La sola perspectiva de poder verlos en directo en febrero me hace sentir indignamente adolescente. Ay dios, me los imagino (salvo a Felipe, que es mayor que yo) diciendo "¿quién ese ese señor de canas que salta en la segunda fila?". Pero me da igual: a los noventa años seguiré siendo un popero irredento, y a mucha honra.
Lista de propósitos culturales para el año 2010:
1.- Literarios (propios): he aparcado el proyecto novelístico extraño y paralelo en el que estaba metido tras trescientas páginas de trabajo, por razones que es complicado explicar. Son cosas que pasan. Está en un armario, y podrá resucitar o morirse. No es algo que me preocupe. Así que he vuelto a los proyectos que tenía trazados en mis cuadernos, y en el año 2010 deberían concretarse en lo siguiente:
  • Completar "Zonas de sombra (tres novelas cortas)". Ahora trabajo en la revisión de "El hombre que espera", y espero hacer lo mismo en el primer trimestre con "Apuntes para juna biografía del profesor Faure". Los tendré una temporada individualmente en Bubok, no obstante.
  • Completar "Junto al fuego", colección de relatos de no demasiada extensión (salvo el que lleva el mismo título, que será más bien una novela corta, pero que encajará en este libro) con una cierta unidad temática. Dependiendo del número de páginas -no quiero un tomo muy pesado- me plantearé reunirlo con el anterior en un solo libro. Espero que JAF esté acabado para finales de año. Luego vendrá mi novela "de mujeres" ('UMBH') (no "para mujeres", sino que todos los personajes son femeninos y tienen determinado sentido relacionado con lo que llamamos "género"), donde se menciona la Era del Caos en una de sus secciones. Y durante los próximos años de mi vida, si hay suerte, narraré en al menos cuatro novelas ese Caos. UMBH me llevará, imagino, 2011 y 2012 como poco, tiempo durante el que tendré abandonada la narrativa corta. Pero ya estoy yendo demasiado lejos...
  • Reunir en un tomo los textos del blog de carácter estríctamente crítico, no personal. Me gustaría irlo haciendo así para conservar estos escritos más allá de la red. Requeriría un trabajo de edición que llevaría bastante tiempo, así que se irá haciendo como se pueda. El título sería probablemente "Diario de la bestia vol. 1", y la idea es irlos elaborando cada año o año y medio.

2.- Literarios (lecturas): los tomos de Proust en la traducción de Mauro Armiño tienen que caer este año sí o sí. Y ya puestos, los cuatro de "Una danza para la música del tiempo", de Anthony Powell. Es buena idea centrarse en ellos en vez de leer más novelas de menor tamaño. Además, es una apuesta segura, verdaderas cumbres de la literatura. el año pasado, con tanto viaje a Madrid, renuncié a ello por poco práctico. Pero ahora pienso que me atreveré. También me gustaría retomar la poesía (tengo algunas cosas buenas recientes) y el ensayo cultural (ahí está 'La distinción' de Bourdieu como una laguna inaplazable, muchos libros de gestión cultural pendientes...).

3.- Musicales (conciertos): 2007 y 2008 fueron los años de los conciertos. Morrissey, Los Planetas, Astrud, Jay-Jay Johanson, Rufus Wainwright, Pet Shop Boys, Nosoträsh, Pauline en la Playa, La Casa Azul... ¡hasta los Duranis! Echo de menos esa emoción, ni uno solo ha caído en 2009 (también es que se nos ha complicado la vida con los estudios y tal). 2010 empezará con la Cola Jet Set, y espero que sea una señal de buenos tiempos, aunque me temo que nuestros artistas favoritos no andarán de gira ese año.

4.- Musicales (discos): esto sí que pinta bastante mejor. Nuevos álbumes interesantes seguirá habiendo este año, como todos, así que no hay problema. Pero de mis favoritos se anuncian cuando menos el de La Casa Azul y Duran Duran, sólo con ellos ya me entra el nervio. Y el ámbito de las reediciones va a ser de locura: el resto de Saint Etienne (incluidos Good Humour y Turnpike, con lo buenos que han sido los libretos y los extras de los anteriores me espero lo mejor), algunos de los duranis, y sobre todo... la rareza un tanto friki del So red the rose, de Arcadia, una joya de mi juventud, la elegancia de los nuevos románticos llevada al paroxismo. Con temas extras, remixes y DVD. En febrero. Os daré mucho la lata con él, amables lectores/as.

5.- Cinematográficos y televisivos: la sexta de Lost, Mad Men y las buenas ediciones de clásicos de la FNAC. Poco más se puede esperar. Si hay algo, serán agradables y bien recibidas sorpresas.

6.- Exposiciones, eventos y demás: ahora que me estoy volviendo antimenfotista (véase entrada posterior) intentaré ser coherente con ese propósito, implicarme más y disfrutar mejor de mi ciudad, y por supuesto de todas aquellas que visite. Madrid nunca decepciona en ese sentido, y seguro que 2010 será estupendo, aunque de momento no tengo nada preparado al respecto.

Ya está. Que bonito, qué hermoso.

Luego llegará el trabajo y lo mandará todo a la mierda.

"Las próximas cosechas", de Fran Gayo. Prados y niebla.



No quiero parecer un chauvinista con vaso de sidra y madreñes, pero los asturianos tenemos mucho arte (haaala.... y yo voy y me incluyo).



Mus, el anterior proyecto musical de Fran Gayo, junto con Mónica Vacas, ha escrito las mejores páginas de cierta música popular de los últimos decenios. Al decir "cierta" me refiero a un pop sensible, delicado, que parecería trasladar la técnica pictórica de la acuarela a la producción mediante arreglos vocales -en un idioma asturiano susurrado- y sonoros sencillos pero extraordinariamente hermosos. Canciones melancólicas o directamente tristes, para escuchar a solas o acompañado -de alguien que te quiera, mejor- y con la atención más o menos intensa, pues de ambas formas se disfrutan. Son el grato ruido de fondo de nuestras tareas más importantes (suelen arrullarme en mis madrugones literarios, antes de ir al trabajo), pero también merecen una escucha ajena a interferencias. Sencillos en una primera apreciación, tras la que uno reincide y se va dando cuenta de su verdadera profundidad. Llevaba mucho tiempo fascinado por su último álbum, "La vida", y este año gracias a Itunes me he regalado los anteriores. Está siendo para mí el invierno de Mus, una estación bella y reflexiva.



Como he llegado tarde a esos discos, de los que hablaré largamente en una entrada posterior, cuando los haya asimilado bien, me he encontrado ahora con el primer álbum de Fran Gayo en solitario, "Las próximas cosechas", que he adquirido en la misma tanda. Un disco de ruptura, pero al mismo tiempo reconocible en sus mayores virtudes, en incluso de sonido cercano a Mus -como en el tema "Lo mejor, el final"-. Fran Gayo canta en castellano esta vez, con una voz apacible y matizada, letras de mayor densidad poética que en su obra precedente, y que soportan buena parte del peso de la composición. Es un disco sosegado que requiere varias escuchas para que todos sus temas te vayan ganando, y poco a poco lo consiguen, aunque alguno de ellos sea más inmediato: "Queridísimos amigos" -poderoso arranque-, "El invierno será bueno", "El primer salmo de la mañana" o "Las naranjas" devuelven o reafirman la fe en la música popular como portadora de belleza. Dentro de esos caminos nuevos en lo que empieza a transitar Fran Gayo -habrá que seguirlo, mercerá la pena- se encuentra este acercamiento al pop que consituye el primer single: "Economía de guerra".




viernes, 18 de diciembre de 2009

'Millennium', de Stieg Larsson... Y ahora qué hacemos sin Micke y Sally.


Mi historia de encuentros-desencuentros con estos libros terminó el mes pasado, cuando después de ver la película "Los hombres que no amaban a las mujeres" algunos de sus personajes y situaciones anduvieron rondándome por la cabeza. Había dejado el primer tomo, pero me di por enterado con su versión cinematográfica, y cogí el segundo con prevención e interés a un tiempo. Poco puedo añadir a lo expuesto por Vargas Llosa en su excelente artículo "Lisbeth Salander debe vivir". Sin embargo sí que me gustaría destacar algunos aspectos, tanto positivos como negativos, en torno a esta obra que merece, ante todo, ser analizada con la cabeza pero disfrutada con el instinto lector que nos hacía embadurnar los libros y tebeos de chocolate y migas cuando éramos niños, pues no podíamos permitirnos interrumpir la lectura por algo tan prosaico como una buena merienda.

  • En el lado bueno, decir que es una excelente obra de entretenimiento. Como el propio Larsson comentaba en su correspondencia, el tono y la atmósfera de cada uno de los tres libros es distinto, aun dentro del género detectivesco o de novela negra, como queramos llamarlo. Si la primera historia tenía algo de las retorcidas especulaciones de Agatha Christie en torno a un puñado de sospechosos, la segunda es un thriller de acción verdaderamente frenético. El tercer tomo, para mí el mejor, encajaría dentro de la novela política o incluso de suspense judicial. Por encima de los concretos argumentos, lo que resulta fascinante y hace adictivos los volúmenes es el carisma de sus personajes, especialmente los femeninos. No sólo Lisbeth, de la que ya he hablado en una entrada anterior, sino la editoria de Millennium, Erika Berger, con su tenacidad y carácter indomable, una verdadera mujer de dirección y gobierno, y por lo tanto discutida e incluso violentada en cuando comienza a ejercer, aun con buena mano, el poder; Mónica Figuerola, la encantadora policía vigoréxica que mata sus nervios sudando en el gimnasio (y sudando con Mikael); Susana Linder, segurata dura y sensible a un tiempo; Annika Giannini, la abogada de Lisbeth y hermana de Mikael, igualmente firme, inteligente y valiente. Todas ellas, en realidad, son las mujeres reales que vemos a diario, y por eso no deja de resultar extraño el atractivo que presentan en la ficción; tal vez se deba, a fin de cuentas, a que estamos tristemente acostumbrados a otras representaciones femeninas: la mujer fatal, el oscuro objeto del deseo, la víctima o la adoratriz... Luego resulta que las chicas con las que convivimos en cualesquiera ámbitos sociales se dedican a algo más que fumar misteriosamente, retorcerse como boas en nuestra presencia y rezumar perlillas de sudor por el amplio escote; aunque el mal cine y la mala literatura traten de perpetuar esa imagen lo cierto es que también trabajan, pelean, crean, deciden y se divierten. Qué triste conclusión, la de que Larsson parezca innovador contándonos semejante obviedad. De una manera u otra se nos hacen cercanas, y nos vemos envueltos en sus peripecias con curiosidad y afecto (más de una vez nos apetece entrar en el libro, ponernos de su lado y liarnos a bofetadas con los malos). En la cúspide de esta robusta y admirable pirámide femenina se encuentra, claro, Lisbeth, que a medida que avanza la narración -y ese es otro acierto de Larsson- se humaniza, deja de ser menos símbolo y adquiere hechuras de persona contradictoria, frágil, empecinada y doliente. En cualquier caso, de poco servirían los personajes bien construidos si la trama de unos libros como éstos no los sustentase: y aquí es donde se encuentra el verdadero virtuosismo del autor, en la obsesiva, casi enloquecida minuciosidad con que nos va relatando las investigaciones paralelas que giran en torno a un escaso puñado de hechos, hechos que arroja sobre las primera páginas de los volúmenes, para después elevarse sobre ellos como un dios que con afán experimentador se distrajese observando el deambular con frecuencia despistado de sus criaturas, e interviniendo en pocas ocasiones -ciertos azares imposibles o reacciones inverosímiles- para que todo llegue a buen término, esto es, al término que desde un principio había establecido. La verdad que transmiten estas novelas es la del amor del autor por su profesión, el periodismo, y su concepción honesta e idealizada de una tarea que estamos habituados a mirar con desconfianza. Larsson creó en la ficción la revista en la que le hubiera gustado trabajar en la realidad, con la ética como guía, ambiciosa en sus objetivos y alcances, capaz de hacer temblar los grandes estamentos de poder aun ha riesgo de verse destruida por ellos. Pocas veces se nos había explicado el trabajo del buen periodista con tanta precisión y, sobre todo, pasión, hasta el punto de que tan relevantes son los hechos que van sucediendo como su reflejo más o menos libre o condicionado en la revista Millennium. No menos puntilloso es en las investigaciones policiales, y todo ello constituye la mayor fuente de entretenimiento de las historias, pues hay que reconocer que la manera en que a veces se resuelven, con escenas de acción que parecen sacadas de viodeojuegos, dejan bastante que desear.


  • En el lado malo, algo que ya he tratado en otras entradas y que esta clase de libros de reafirma. De veras que lo he pasado muy bien con ellos, pero lo cierto es que desde su mismo incio, desde su construcción y la elección de sus herramientas, renuncian a esa expresión artística ya antigua que denominamos literatura. No existe trabajo con el lenguaje, ni con el punto de vista, carece de un "narrador" en el sentido técnico del término. Se trata, a fin de cuentas, de contar un cuento, una historia de buenos y malos que nos entretiene, que nos trasmite información -sobre la sociedad sueca y sus oscuros mecanismos, similares en lo peor a los de todas las occidentales-, y que trata de reflejar un sistema de valores propio del autor -en este caso con apariencia de sinceridad, frente a otros artefactos novelísticos "buenistas" que utilizan lo políticamente correcto como estrategia de marketing-. Pero nada más. Uno de los aspectos en que queda reflejada la verdadera altura artística de la propuesta es precisamente aquel que sorprendentemente más se destaca, y que incluso la ha hecho merecedora de un premio: su supuesta denuncia de la violencia de género. Ciertamente que en toda su biografía se transparenta que Larsson era un firme defensor de la igualdad, la justicia social y los derechos de las mujeres. Pero desde luego que estos tres libros no nos dicen nada serio acerca del problema. Para escoger a sus maltratadores acude a ejemplos extremos cercanos a las figuras mitológicas del vampiro, monstruos perfectos, asesinos en serie que no sienten dolor, psicópatas sexuales, pedófilos, sádicos, traficantes de mujeres. Quizá por ello, al igual que en los cómics de superhéroes, tenemos en el lado opuesto a los buenos sin tacha, capaces igualmente de las mayores proezas, que nunca llevan a cabo, no obstante, con facilidad. El mal contra el bien, en abstracto de puro radicales que son sus hacedores. Tan sólo atisbamos ejemplos de la desigualdad y la violencia real que sufre la mitad de los seres humanos en los episodios laborales de Erika Berger (que nos desvelaré por si chafo a alguien la lectura), o en Hans Faste, ese policía empeñado en etiquetar a Lisbeth como "peligrosa asesina lesbiana satánica adicta al BDSM". Causa estupor que en muchas reseñas se diga que estos libros nos revelan a la Suecia real. ¿Está Suecia llena de psicópatas sexuales y el resto de especímenes que he ennumerado en líneas precedentes? Nadie puede hacerse una idea de la situación en ese país en lo que a la violencia de género se refiere con estos ejemplos de malvados de cuento de hadas. En realidad los personajes que más nos enseñan sobre nosotros mismos son aquellos que se encuentran en la zona gris de la escala de bondad-maldad, los que en un momento dado deben hacer frente a sus prejuicios, dudar entre varios caminos, intuir por donde puede andar la verdad; o lo que la descubren, pero se dan cuenta de lo sencillo que sería para ellos dejarla pasar, hacer como que no han visto nada y dejar de complicarse su carrera profesional o sus afectos personales. Ahí sí que nos hemos encontrado todos alguna vez, sentimos su incetidumbre como propia y nos regocijamos cuando toman, finalmente, la salida correcta.


En fin, casi mil quinientas páginas después me quedó un sentimiento de extraña tristeza, qué iba a hacer yo sin Micke y Sally, como si hubiese dejado atrás a unos amigos y supiese que por alguna razón ya no volvería a verlos. Anduve deambulando por internet para compartir con otros esa pérdida, leí testimonios de algunos lectores/as y visité entrañables páginas dedicadas a seguir los pasos de los personajes por el Estocolmo real. En especial tuve la necesidad de encontrar las famosas Billy's Ban Pizzas congeladas que constituían la base de la dieta de Lisbeth.




Pero he de ser sincero: ha pasado una semana y mi sentimiento ya no es exactamente el mismo. Tengo el vago recuerdo de argumentos y percances, y de mi disfrute mientras devoraba páginas. También me acuerdo de Lisbeth, me la imagino enfurruñada delante de su ordenador, metiéndose en más jaleos, y deseo que le vayan las cosas bien.


Sin embargo no puedo olvidar, pese a que hayan pasado meses desde su lectura, la imagen de ese perro que echa a correr en un paraje helado, escena central de "La lluvia antes de caer", de Jonathan Coe, o la rebeldía musical, divertida y aun tiempo lastimosa, de la adolescente de Gopegui en "Deseo de ser punk".


Algo debería poder explicarlo, llamémoslo diferencia entre "literature" o "popular fiction". O simplemente, el inexplicable poder del arte. Todos estos libros, a su manera, lo tienen. Pero unos más que otros.

lunes, 14 de diciembre de 2009

De los cuadernos de notas de Henry James:

"Vivir en el mundo de la creación; entrar en él y quedarse; frecuentarlo, habitarlo; pensar intensa, fecundamente; dar vida a intuiciones y combinaciones mediante una atención reflexiva, profunda y sostenida: no hay ninguna otra cosa que cuente. Y yo la descuido mucho, demasiado: por indolencia, por vaguedad, por distracción, y por un extraño miedo nervioso a soltarme. Si venzo este nerviosismo, el mundo es mío."

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Contar o no contar (reflexiones de Rafael Chirbes sobre la escritura diarística ).


Prosigo con mis lecturas recientes, que hasta ahora no he tenido tiempo de comentar en el blog. Uno de los últimos números de la Revista Eñe estaba dedicado a los músicos que escriben. Esa sección, sin embargo, no era no mucho menos la mejor del tomo. Los relatos de Nixon o Coppini, a los que admiro como cantantes, provocaban directamente vergüenza ajena, en el fondo y la forma. Nacho Canut se salvaba por poco y Víctor Coyote acertaba más, quizá también porque arriesgaba menos, al limitarse a rememorar la figura surrealista, divertida y trágica a un tiempo de Poch con un mínimo de madurez. Nada que objetar, por supuesto, a que los músicos escriban; por mucho que nos quieran convencer de lo contrario las capillitas culturales, aquí nadie expide "títulos de escritor" -y menos el abajo firmante-. Pero deberían encarar la tarea con un mínimo de exigencia y rigor, aunque se trate de textos de encargo, sencillos y sin pretensiones. Incluso eso requiere una concentración, como bien se pone de manifiesto con el texto de Rafal Chirbes que los antecede. Hago un inciso para recordar una entrevista reciente con Robe Iniesta, de Extremoduro, que acaba de publicar su primera novela. No la he leído, tal vez no me atrae porque no siento demasida afinidad hacia la música de su banda, y sin embargo tras leer sus declaraciones no puedo sino manifestarle respeto. Habla con humildad y amor hacia las palabras, refleja lo muy en serio que se tomó la escritura e incluso cuenta que se puso a estudiar ortografía y gramática en la UNED porque quería conocer las reglas, aunque fuese para romperlas. Algunos de los incluidos en ese número de Eñe ha tirado de lápiz u ordenador con desparpajo cercano en la ignorancia más temeraria.
No obstante, como ya he adelantado, el libro merece la pena por los fragmentos del diario de Rafael Chirbes que lo abren. Un autor de su talla, de probada calidad narrativa -aunque Crematorio no me haya terminado de convencer-, desnuda en esas páginas sus miedos, dudas y bloqueos de escritor. Leyéndolas tomamos conocimiento del rigor con que afronta su oficio, y de la real dificultad del mismo, aunque se desarrolle en soledad, carente de presiones externas -no es un autor sometido a plazos y cifras de ventas-. No hay duda de que ya basta con las propias.
Una de sus reflexiones alude al para qué de la escritura diarística. No es difícil aplicar tales interrogaciones a un blog como éste. Citando a Carmen Martín Gaite, Chirbes se queda con la respuesta que ella le dio un buen día: simplemente, para que conste. Estoy de acuerdo con ello. Podemos decir y reconocer que intervienen otros factores más cuestionables, unas dosis de ego, de afán de comunicación, de rastreo de afininidades, pero ninguna de ellas es clave. De hecho, cuando alguna destaca sobre las otras, el desajuste se nota a la legua, y se refleja en esas bitácoras absurdas en los que la gente juega a ser "especial", enigmática o supuestamente provocadora, tomándose siempre muy en serio, y que te causan el mismo efecto que la contemplación de los tristes frikis televisivos que se mueren por un minuto de pantalla. Pensando acerca de todo esto, a raíz de la lectura del diario de Chirbes, me doy cuenta de que en mi caso nunca existe una real voluntad de exhibición, aunque a veces asome el ámbito íntimo de mis pensamientos o preocupaciones. Escribo lo que me apetece sobre cualquier tema que me interese. A veces queda fino y gafapasta, otras vulgar y ligeramente cateto. Pero, curiosa y contradictoriamente, el efecto que te produce el comentario de alguien que te ha leído es precisamente el pudor.
Al final, Martín-Gaite lleva razón. Se hace simplemente para que conste. Que conste a otros, sí, pero en primer lugar a nosotros mismos. Para que sea nuestro punto de referencia, para no perder el norte de nuestros propósitos. Brújula y mapa al mismo tiempo. Compañía deseada y obligación autoimpuesta. Orgullo y vergüenza. Tarea de años que consignará, con la fidelidad que queramos darle en cada momento, nuestras pequeñas o grandes vidas.
Quizá me he planteado todo esto a raíz de una sección de entradas que voy a ir incluyendo en el blog y en las que nunca podré referirme, como hago casi siempre, al escurridizo/a y siempre amable lector/a, a quien debo mi agradecimiento. Se trata de una serie de apuntes en los que iré anotando mis peleas, pánicos, euforias y temblores con el libro que estoy escribiendo. A menudo incluirán siglas y claves, y su destinatario, mucho me temo, seré yo de manera seguramente exclusiva, por lo que de antemano pido disculpas a quien corresponda. La verdad es que siempre lo he hecho, no puedo salir sin mi cuaderno encima, soy un particular fetichista de los cuadernos y los bolígrafos sencillos pero bonitos, maniático con los colores y las formas hasta un extremo que mejor no sacar a la luz. En ellos han ido creciendo mis proyectos de escritura narrativa, en incluso las ideas para los blogs. También me gusta leer los de otros escritores, en especial los del maestro James, que se han reeditado este mes en Destino porque, al parecer, su anterior edición era inencontrable (¡ja! yo la tengo desde hace quince años). La diferencia es que, ahora, gracias a internet, lo que antes era estrictamente privado pasa de repente al ámbito público, quizá por el atractivo de que sea accesible desde cualquier parte, o la posibilidad de recibir cierta respuesta.
Pero la motivación última sigue siendo la misma.
¿Para qué empezar, pues, esos apuntes?
Para que conste.

'Segundo matrimonio', de Phillip Lopate (Libros del Asteroide). Relatar la nada.

La editorial Libros del Asteroide es una de esas iniciativas independientes que reciben toda clase de parabienes acerca de su labor. Consiste ésta en realizar excelentes ediciones de libros que en otros países han tenido buena acogida o clásicos más o menos deconocidos en este país. Desde el punto de vista estético los volúmenes son una maravilla, sencillos y manejables pero realmente bonitos. Lo que ocurre es que tales elogios deberían atemperarse de acuerdo con la calidad de su catálogo, a fin de cuentas los riesgos que asumen son mínimos, pues ya apenas quedan editores que se ocupen de lo que ha sido su trabajo connatural a lo largo de la historia: descubrir talentos, ofrecer al público los clásicos del futuro. En España, sin embargo, cada vez hay más empresas que se encargan de vender clásicos del pasado con un envoltorio bonito, y la clave, insisto, es que tanto los libros como los autores realmente lo sean.
Tal vez tengo mala suerte, pero la verdad es que cada vez que me acerco a esta editorial, me tropiezo con verdaderos truños que no merecerían siquiera salir del cajón del escritor, como meros tanteos. "Segundo matrimonio" vuelve a ser uno de esos casos. La editorial nos había presentado con anterioridad "El mercader de alfombras", de este mismo autor. No llegué a leerla, pero una lectora fiable -Nuria, quién puede haber más fiable, con su visión-radar para apreciar detalles que a otros se nos pasan desapercibidos- me comentó que era una buena novela. Al parecer, tras ella, el autor abandonó la ficción durante muchos años, hasta que de repente se sentó a escribir el libro que reseñamos.
Tales antecedentes ayudan a entender que esta obra pueda tener algo de íntimo desahogo, se trata de una nouvelle de poco vuelo, mal construida, arbitraria y llena de personajes de cartón piedra. Como si fuese un simple borrador sobre el que escribir un drama romántico para el cine o una sit-com televisiva. La historia gira en torno a una cena ofrecida por un matrimonio aparentemente perfecto. Sus amigos y familiares aparecen esbozados con apuntes bastante interesantes, e incluso interactúan en escenas de tensión narrativa -discusiones, flirteos- que prometen alguna clase de evolución o desenlace. Al final, sin embargo, todo se resume en una discusión matrimonial, cuando los invitados se van, donde sale a la luz una infidelidad pasada.
El argumento es tan legítimo como cualquier otro ahora, en el siglo veintiuno, cuando todo ya ha sido leído, escuchado o visto cientos de veces. El valor que esperamos encontrar en una novela se encuentra en los detalles, el tratamiento, las ideas que se agazapan tras cada párrafo, una escena original o conmovedora, un personaje resulto con profundidad, que nos ilumine aun brevemente en nuestras oscuridades. Nada de ello encontramos en un libro irritante, escrito con impulso pero zanjado con desgana. El 'segundo matrimonio' al que se refiere el título podría ser tercero, quinto o incluso primero; no hallamos aquí una exploración lúcida de los sentimientos matrimoniales, ni del impacto de la infidelidad. Esta novela es el esbozo de un historia.
Tras lo desalentadora que me resultó "La educación de Oscar Fairfax" añado "Segundo matrimonio" a la mala mercancía -bien envuelta- de este sello editorial. Aún sigo confiando en ellos, pero quizá deberían escoger lo mejor de los mejores y no, simplemente, cualquier cosa de los mejores. Otra vez será.

martes, 1 de diciembre de 2009

Ángeles caídos. Jacko y Wilde en sus encrucijadas.

Aparecen simultáneamente en el mercado editorial español dos libros biográficos que, en el objeto de su estudio, presentan interesantes similitudes. Ambos hablan de la condena pública de dos seres extravagantes, innovadores y diferentes. Ambos nos cuentan su meticulosa autodestrucción, el suicio lento de quienes, no obstante, habían sido injustamente colocados al borde del precipicio.






-"Michael Jackson. La magia y la locura", de J. Randy Taraborrelli, en Alba Editorial, es la reedición ampliada de un volumen que había tenido ya varias salidas al mercado, aunque, si no equivoco, ninguna en español. En primer lugar debo decir que el título me parece espléndido, y anuncia la tesis sobre la que desarrolla el autor su impresión acerca de la vida de Jacko: cómo un artista mágico, talentoso y único va derivando hacia una creciente irracionalidad sustentada e incluso fomentada por los cientos de palmeros que a lo largo de su vida se acercaron a él, cogieron la pasta, y echaron a correr. Aunque el texto resulta un tanto deslavazado por los añadidos, que nunca se coordinan con lo ya publicado, el autor se acerca al personaje con ecuanimidad. No es uno de ellos -la corte de maniqueos-, pero tampoco de los otros -el periodismo estúpido que repite falacias mil veces hasta convertirlas en verdades-. Nos habla, más allá de la leyenda, de la efectiva crueldad de su infancia, de un padre al que cualquier juez cabal, de haber tenido oportunidad, habría quitado la custodia; de unos hermanos que con los años van asomando la patita y se convierten en recaudadores de las migajas de Michael, como bien se demuestra ahora. Hago un inciso para referirme a la chapuza intolerable que ha supuesto el polémico lanzamiento del tema "This is it". Con motivo del documental se confeccionó a toda prisa un álbum que tan sólo incluía, una vez más, viejos éxitos del cantante; pero había que incorporar un tema nuevo, de esos supuestamente cientos que están por ahí escondidos, para satisfacer al público deseoso de conocerlos. El caso es que, lejos de rescatar alguna de las grabaciones que había hecho en los últimos años, y que nos darían fe del estado en que se encontraba, recurren a un viejísimo tema coescrito con Paul Anka y cedido en los años ochenta a una cantante medio desconocida, al que añaden unos suntuosos arreglos orquestales que podrían pasar por marca de la casa. Pero el escarnio no podía quedar ahí, y previendo el pelotazo, los entrañables hermanos estraperlistas deciden grabar unos coros y meterlos con calzador. El resultado se deja oír -imposible que nada de Jacko sea realmente malo-, aunque el ridículo fue mayúsculo cuando, justo al salir a la luz, los propios fans encontraron la vieja grabación de la cantante desconocida y descubrieron el pastel. Anécdotas como ésta, a pocos meses de fallecimiento de Michael, nos dan fe de la calaña del personal que lo rodeaba. Y este libro interesante, profundo, pero infinitamente triste, nos explica cómo el artista pudo dar rienda suelta a su megalomanía, su infatilismo, su ignorancia y su absoluta falta de cálculo a pesar de tener en nómina, a lo largo de los años, a decenas y decenas de managers, asesores, abogados -ay madre-, y ayudantes de diversa índole. La tesis del autor es que en algún momento después de Thriller, pongamos a finales de los ochenta, se le fue definitivamente la cabeza. Operaciones de cirugía estética, extravagancias, inseguridades con respecto a su carrera -¿alguien se puede imaginar la presión que supondría grabar Bad?- y, finalmente, el gran problema de las denuncias de abuso a menores. En este aspecto el escritor se muestra prudente -lo que, según confiesa, motivó el rechazo del biografiado y todo su entorno-, a fin de cuentas, nos dice, él no estaba allí dentro para poder afirmar a ciencia cierta lo que pasó. No obstante, tampoco elude incidir en lo que muchos, aun a distancia, hemos defendido durante todos estos años: la insultante incoherencia de los casos que llevaron a Jacko al banquillo. Afortunadamente el autor se explaya en pequeños detalles de los comportamientos de los demandantes, sus historias personales de relación con Michael, las declaraciones testificales... En el segundo juicio, hace pocos años, la inconsistencia de la demanda llegaba a ser de traca. Pero paralelamente refleja el deterioro mental y físico que todo aquel sufrimiento provocó en el artista. Uno de los episodios que para mí resultan más estremecedores del libro, aunque en apariencia no lo sea, ocurre en el momento en que, tras escuchar la sentencia absolutoria del segundo juicio -que Jacko recibió aturdido, seguramente drogado con los mismos tranquilizantes que lo mataron, hasta el punto de que ni siquera llegó a entender que quedaba libre-, un espectador anónimo de la sala de vistas se acerca al autor y le dice: "¿y si de verdad era inocente?". Eso es precisamente lo que nadie se paró a pensar durante aquel decenio de humillación, rechifla y linchamiento públicos. Cada vez que un humorista soltaba en la tele un chiste sobre Jacko y los niños, o que un periodista insinuaba que habría adoptado a tres criaturas para dar rienda suelta a su lascivia, nadie se hacía esa pregunta. ¿Y si de verdad era inocente? Qué le habríamos estado haciendo entonces...




Quizá, no obstante, la moraleja que se desprende de este libro es que, finalmente, la magia venció a la locura. Ya lo había hecho en unas cuantas ocasiones, cuando todo parecía desmoronarse pero una canción nueva, un vídeo o un paso de baile hacían que las cosas recobrasen sentido. Y al final de su vida, volvió la magia. Meses antes de su muerte aparecía en silla de ruedas, aquejado de artrosis, empujado por alguien a su servicio, demacrado y tan falto de autoestima que hasta la música lo había abandonado. Bastaron unas cuantas semanas y un proyecto ilusionante -los cincuenta conciertos en Londres- para que el cadáver se levantase y empezase a bailar como siempre, es decir, como nunca. "This is it" -que aún no he podido ver, esperaré al DVD- es el testamento de un artista irrepetible. La biografía que ahora publica Alba Editorial nos muestra al mito y su sobrecogadora historia trágica. Un universo de música, arte y terroríficas monstruosidades.









-"Oscar Wilde en París", de Herbert Lottman (Tusquets Editores), tiene menos interés para los wildeanos. Al fin y al cabo se trata de un personaje que cuenta con suficiente bibliografía, que el autor se encarga de citar y reproducir convenientemente. Poco o nada añade a la prolija biografía escrita por Richard Ellman o a "Vida y confesiones de Oscar Wilde", de Richard Harris. La primera tiene el mérito académico de la investigación detallada y diríase que completa. La segunda, el valor del testimonio personal, que transmite una cercanía y veracidad con respecto a los hechos que hacen su lectura apasionante. No ocurre así con este "Oscar Wilde en París", tal vez dirigido en exclusiva al lector curioso relacionado con la ciudad. Los episodios de la descarnada caída de Wilde al infierno de la soledad, la enfermedad, la pobreza y el desprecio público son suficientemente conocidos, y dado que Lottman se apoya en fuentes ajenas, ninguna novedad representan. Si acaso puede servir como un primer acercamiento al personaje para un lector contemporáneo, y para el más avezado, la curiosidad de conocer cómo se iba percibiendo todo desde el continente. En este último sentido sí que merece la pena su lectura: a pesar de que Francia representaba una suerte de paraíso liberal frente al justiciero puritanismo anglosajón, lo cierto es que muchos intelectuales y artistas de la época dieron la espalda al caído con tanta o mayor crueldad que sus conciudadanos, pues a fin de cuentas escaso riesgo corrían en París al ofrecerle su apoyo. Junto a miserables historias de infamia encontramos también ejemplos decorosos de compromiso social: desde manifiestos publicados en la prensa a un saludo afectuoso, una invitación en la terraza de un café o el reconocimiento público de su talento manifestado en la reposición de alguna de sus obras teatrales.








El final de Wilde es, curiosamente, muy similar al de Jacko. Abandonados por el arte, aun así son capaces de un último rescoldo de genialidad ("Balada de la cárcel de Reading", "This is it"). En ambos casos murieron condenados por la opinión pública, da igual que el primero fuese culpable de algo que nunca debió ser delito, o que el segundo fuese inocente de algo que indudablemente lo era. Los demás ya habían decidido.








Pero en ambos casos, también, pasaran decenios y un público inacabable seguirá disfrutando de su obra artística, frente a la miserable hoja de servicios de muchos de sus contemporáneos, que tan sólo pueden presentar en su balance la pobre consecución de un puñado de maldades y un poquito de daño, meros arañazos o raspaduras en la piel de dos leyendas que los han vencido.