domingo, 22 de noviembre de 2009

'Literature' y 'popular fiction' (o gatos y liebres). Casoledo agacha la cabeza y rectifica. Que viva Lisbeth!!

La declaración que John Grisham efectúa al principio de esta entrevista es un verdadera irreverencia punk si la trasladamos al mercado editorial español. Resulta que uno de los autores más vendidos del mundo explica -con naturalidad, sin ambages, sin disimulos ni ironías- que lo que él hace "no es literatura" y no pretende hacerla pasar por tal, sino lo que denomina "popular fiction. Eso sí, espera que sea de calidad, que el lector se entretenga y reflexione y se encolerice con los dilemas que plantea, aunque luche consigo mismo por no sermonear.





Irreverente, decimos, porque si hubiese ocurrido en nuestro país, el tipo recibiría llamadas histéricas de editores y agentes persuadiéndolo para que rectificase. De lo que se trata aquí es de que vender gato por liebre, el famoso "best seller de calidad". Los autores de excelente literatura de entretenimiento quieren, además de la pasta, el prestigio, y si hay vacante un silloncete en la academia, mejor que mejor. El mercado español piensa que, ante todo, lo que los lectores/as precisan es sentirse muy cultos/as, que cuando compran un libro, no exista la mínima duda de que se trata de un sofisticado ejemplo de las más nobles artes. En ese mundo maravilloso e irreal vivimos, qué se le va a hacer.


Todos hemos disfrutado decenas de veces de excelentes libros, comics o películas de entretenimiento que nos han tenido enganchados un par de horas, que nos han dado que pensar e incluso tenían algunos instantes cercanos al arte, por qué no. "Millennium 1", la película, es un de esos casos.


Y aquí es donde toca agachar la cabeza, aunque sea refunfuñando y con el semblante torvo: ver la historia en el cine me ha dejado con ganas de saber más de esta mujer, a la que de repente adoro -y no debería, porque es capaz de cruzar el limbo de la literatura y soltarme un sopapo-. Así que me he lanzado a leer el segundo tomo, y lo estoy devorando, después de cogerlo y dejarlo no menos de tres veces. Esto me pasa por haber estudiado en un colegio de curas, el sentido de culpa, y tal. A estas alturas suscribo el final del famoso artículo de Vargas Llosa en el que halababa la triolgía: "¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!".


Y es que su fuerza como personaje sostiene los tres libros, y veinte más que se escribiesen. No se trata tanto de los rasgos de su personalidad -gótica o punki o ambas cosas, bisexual, insociable, tatuada y llena de piercings, poderosa y frágil a un tiempo, durísima y muy sensible, inclasificable, en suma- cuanto de su potencia simbólica: de alguna extraña manera nos ha llegado tan hondo porque contiene en sí misma la historia universal de las mujeres. Subyugada, abusada, exclavizada durante mucho tiempo, se ha convertido ahora en una persona inteligente, decidida e indomable que aun así tropieza con importantes obstáculos. No busca problemas, pero responde a las agresiones masculinas con la máxima dureza. Sus heridas son tan profundas que, al menos en lo que voy leyendo, resulta complicado saber lo que quiere. Toda su aspereza inspira tanta ternura como la de esos perrillos maltratados y abandonados que de repente dejan la perrera y vuelven al mundo. Inquietos, imparables, parecen buscar su destino moviéndose en tensión de un lado a otro y olisqueándolo todo, rechazan el afecto porque sospechan que al rato vendrá la paliza, se defienden frente al mínimo atisbo de la agresividad que tan bien recuerdan y conservan traumas y atavismos que puede hacerlos insoportables. Pero al mismo tiempo resulta imposible no tenerles cariño, y desearles que salgan adelante. Así ocurre con Lisbeth Salander. Te da miedo, y a la vez quieres abrazarla y compartir su dolor. En su día afirmé que atraía a muchos lectores y lectoras por tratarse simplemente de una mujer 'diferente'. Estaba equivocado, Lisbeth es todas y ninguna, es la historia de nuestra vida -el sistema patriarcal no sólo se cobra víctimas femeninas-, y el grito de rebelión contra ella que quizá no nos atrevimos a dar. Su 'diferencia' consiste únicamente en el valor con que se enfrenta a las dificultades, y en su negativa, sin matices, para amoldarse a lo correcto y corrompido.


En esta era de la imagen, el cine ha venido ha complementar las novelas con un aporte indispensable: el aspecto físico de Lisbeth. Si hay unanimidad en el hecho de que el trabajo de Noomi Rapace ha sido extraordinario, no tanto en la caracterización propiamente dicha. Algunas personas la ven más bajita, delgada y feúcha. Para mí ha ocurrido al revés, gracias a la encarnación cinematográfica el personaje se me ha hecho más creíble y cercano. La actriz ha sabido dotarla de agresividad y una especie de ternura muy muy subyacente. Ahora, en el tomo segundo, cuando la vemos tratar de ordenar su vida, a duras penas, y sospechamos que volverán a amargársela, nos la imaginamos con la fisionomía de Noomi Rapace en el cine, su gesto enfurruñado, sus ademanes bruscos, su circunspección y distancia, aun cuando se acueste con unas u otros en busca de un pequeño placer, como quien alivia con agua su garganta seca. Pero toda esa coraza gestual no nos engaña: ahí está, fiel a sus principios, echando una mano cuando puede -tan sólo a cambio de que nadie pretenda darle las gracias-, ejerciendo de silenciosa amiga o de ángel vengador. Hay algo de criatura Marvel en ella, una superheroína herida y tenaz que nunca dejará tirada a una mujer en mitad de una tormenta, pero que desaparecerá cuando alguien interfiera en su independencia.

Ya que, como los personajes de Marvel, te has convertido en un mito moderno, permíteme dirigirme a ti para ofrecerte mis disculpas: perdona Lisbeth, por haberte despreciado. Sí, ya sé que me merezco una buena patada en los huevos...


En fin, ya hablaré más largamente sobre los libros cuando los haya terminado, porque voy alternándolos con otras cosas. A todo esto, yo estaba con el irreverente Grisham. Sus dos últimas novelas de excelente 'popular fiction' recuperan el tono vibrante de las primeras, desde "The firm" a "The Rainmaker" -me niego a llamarlas "La tapadera" o "Legítima defensa", qué chorradas de traducciones, por Dios-, pero también de "El rey de los pleitos" o "The street lawyer" -"Causa Justa", manda narices-. Y es que cuando se aparta del thriller legal, Grisham flojea. Nadie como él nos ha hablado de la abogacía podrida al servicio de los grandes intereses empresariales, y de la confusión de que quienes se inician en su práctica al descubrir de qué va la cosa. Pero sus mayores logros provienen de las bifurcaciones morales a que somete a los personajes, y esto es algo especialmente destacado en los dos últimos libros:



-"La apelación" es en realidad más política que legal. Describe los mecanismos con que el gran capital domina el poder judicial financiando campañas electorales ad hoc con el propósito de asegurarse un fallo concreto en un determinado asunto. La lectura es apasionante y estremecedora. Uno no busca aquí la estética literaria, sino el pulso narrativo, los argumentos intensos y los personajes carnales. De sobra hay en esta fábula triste que nos cuenta que los de siempre siguen ahí detrás... ¿Sólo en Estados Unidos? Desgraciadamente, no. En mi pequeña experiencia profesional puedo asegurar que los jueces y magistrados de las primeras instancias son, con sus defectos y virtudes, juristas independientes y esforzados. A veces te dan la razón, otras quisieras matarlos. Pero también ellos tienen que soportarnos a nosotros -no es fácil- y, en general, vamos tirando. A medida que la porción de poder e incidencia en la política va creciendo en el escalafón, desaparecen los juristas y aparecen los "amiguitos del alma". Claro que Grisham no es un nihilista, ni se aloja fácilmente en el pesimismo. Aun en el lado de los derrotados, siempre encontramos en sus historias ejemplos admirables y divertidos, en su ingenuidad, a veces, de abogados honestos y con convicciones. En "La apelación" un matrimonio de juristas pelea más allá de sus fuerzas contra lo invencible. Y su triunfo radica en la simpatía y comprensión que suscitan en el lector/a.


-"La trampa" (en inglés es 'The Associate', pero en español se ha cambiado por si nos parecía demasiado difícil, imagino), última de sus novelas publicadas en España, es aún más adictiva. Retoma los personajes de abogados primerizos de los comienzos de su trayectoria narrativa y los enfrenta a un caso de chantaje. Nos ofrece de nuevo una visión escalofriante del capitalismo salvaje, representado por las grandes empresas jurídicas y sus colmenas estratificadas llenas de esclavos, y apela a la ética personal y el coraje para asumir riesgos por defenderla como únicas vías posibles de supervivencia. En algunos párrafos, incluso, se encuentra uno con inesperadas muestras de literatura, pero ante todo, y pese al final un tanto flojo, este libro te proporciona unas horas de formidable y enriquecedor entretenimiento. Tal vez no te acuerdes de sus frases cuando transcurra el tiempo, pero sí de sus personajes y situaciones, que a pequeña escala aprendes a identificar en tu propio entorno.

Excelente 'popular fiction', pues. Ni más, ni desde luego menos. Seguimos necesitando héroes.

sábado, 21 de noviembre de 2009

De tapas literarias y cinematográficas.

Mavis Gallant invita a leer los libros de relatos a saltos, escogiendo uno de ellos, pasando quizá al de otro autor y regresando finalmente a los que llevamos a medias. Este tapeo literario permite que nos paseemos por mundos y estilos diferentes multiplicando el placer de la lectura. Aunque uno prefiera las buenas novelas -tengo la idea de que no todos los autores brillantes aplican el mismo rigor a sus textos cortos que a las obras narrativas que entrarían dentro del concepto "novela"-la verdad es que el mercado editorial español nos ofrece últimamente interesantes posibilidades para irse de tapas. Así lo he hecho en fechas recientes con los siguientes libros:


-"Cuentos europeos", de Doris Lessing, en Lumen: este es uno de esos bocados que prefiero ir aplazando para acudir a él cuando necesite leer sobre seguro. Qué maravillosa escritora, de las que no cabe en las teorizaciones y entomologías literarias al uso, al igual que los grandes narradores antiguos, como Dostoievski, Tolstoi o Balzac. Es tan sensible, humana y directa, sin obviar la seriedad de su compromiso social y político, que trasciende cualquier apreciación técnica. En "La costumbre de amar", un hombre que ama, como anuncia el título, por costumbre, encuentra en su última consquista una representación cabal e insoportable de sí mismo; el resumen de su historia. En "La mujer" la autora nos muestra la rivalidad patética entre dos hombres por una jovencita ante la que alardean de sus biografías, quizá no del todo veraces. "A través del túnel" relata de forma emocionante el reto que un niño se pone por atravesar a nado un túnel entre las rocas de un acantilado, como metáfora del tránsito a la adolescencia y el alejamiento de la madre. Aún me queda mucho libro por leer, y lo estoy conservando como esas cajitas de galletas surtidas que uno devoraba de pequeño, y que tanto duraban (ahora sólo con referirme a ellas ya he engordado doscientos gramos).



-"Con tal de no morir", de Vicente Molina-Foix: el relato que da título al libro es una buena historia de corte fantástico a la manera jamesiana, con humor sutil y pequeño golpe de efecto al final. Sin embargo he leído algún otro con bastante poco vuelo y aires costumbristas, lo que me ha hecho saltar de nuevo sobre seguro y acudir a Alice Munro. Su último libro publicado en España, "El progreso del amor", data de mediados de los ochenta, y presenta las virtudes características de la casa. Sus relatos resultan en apariencia deslavazados, apuntan hacia caminos que se pierden pero al final se retoman con el mismo tono pausado y ajeno a efectismos habitual en Munro. Al igual que Lessing, es una narradora que transmite eso tan impreciso y, sin embargo, tangible que podemos llamar humanidad. Quizá la clave existe en que hay escritores que profundizan en sus personajes y sus historias, sin que nada de ello sea incompatible con una técnica refinada, mientras que otros, como si cumplimentasen un impreso de solicitud de prestigio, se mueven mejor en la literatura referencial precisada de muletas, pesudoensayística y cobardona. Con los años cada vez más me atrae la narrativa enraizada en la vida, y menos la que se alimenta del propio arte.


El cine parece que va remontando el vuelo, y de un tiempo acá nos ha ofrecido alguna cosa interesante. Comienzo por las dos mejores:


-"El secreto de sus ojos", de Juan José Campanella. Irene nos comentó la semana pasada que merecía la pena, así que no tardamos mucho en verla, y tenía razón nuestra amiguilla azul y eléctrica. En verdad es excepcional, sin duda la mejor de los útimos tiempos. Alejándose un poco del ensimismamiento sentimental de su obra precedente, el director se acomoda a una estructura de thriller criminal y político sin renunciar a su personal visión de las relaciones personales y los conflictos íntimos de los personajes. Espléndido ejemplo de que se puede hacer cine de autor dentro del molde de un género. Los personajes saltan de la sartén con una reparto de actores impecables. Es cierto que Darín cansa, pero porque siempre lo hace todo bien, como los mejores De Niro y Pacino de sus comienzos. Los diálogos son brillantes, algunas escenas, poderosísimas (el marido que espera un azar en la estación, la aterradora situación que resuelve la película -genial por lo contenida, aunque pudiera habérsele ido la mano-, o la amenazante presencia del asesino en un ascensor, acompañando a los protagonistas e intimidándolos en silencio), y en general todo encaja bien, incluso la historia de amor a la que el director no podía renunciar. Bueno, y los espectadores, tampoco. Más allá de la historia que nos cuenta esta la fotografía de un país corrupto y militarizado, donde sólo la indiferencia es garantía de estabilidad.


-"Moon", de Duncan Jones, o sea, Zowie Bowie. Él mismo reconoce con gracia que deberá esperar hasta la cuarta o quinta película para que no le recuerden que es el hijo de David Bowie. Otro ejemplo de cine de autor dentro de un género. El argumento es muy sugerente, y tiene en común con la anterior que manteniéndonos intrigados y entretenidos dentro de la lógica narrativa de una odisea espacial nos habla de cuestiones mucho más profundas: la explotación laboral, nada menos, la pérdida de identidad de los trabajadores y su reducción a un número intercambiable en la jungla globalizada y multinacional. Brillante e irónico resulta que la empresa en cuestión se dedique a proporcionar "energía limpia", en cuantas ocasiones esas grandes sociedades mercantiles que nos venden una vida mejor lo hacen a costa de muchas "insignificantes" vidas. La película, en añadidura, nos presenta a un director sobrio y puntilloso que esperamos resista a la tentación de una carrera vulgar y millonaria. Al igual que hizo su padre, al que echamos de menos, dicho sea de paso. Gran película para iniciar una trayectoria artística. Nos recuerda a algo, claro... Control tierra a Mayor Tom...


Un escalón por debajo, aunque mereciendo la pena, se encuentran "Si la cosa funciona", la última de Woody Allen, que tiene algo de remake de su propio cine, y quizá por eso te hace reír y pasar un buen rato. Tras el desastre de Vicky Cristina Me Lo LLevo Calentito de Barcelona Woody ha vuelto a lo que sabe hacer bien, y aunque a estas alturas no podamos pedirle más, es suficiente lo que nos ofrece. "Un buen hombre", película española de Juan Martínez Moreno, parte de una fascinante idea argumental que luego explota con irregularidad. Me atrajo porque se aproximaba al mundo del derecho y su antiguo conflicto con la moral, en especial cuando se trata de moral religiosa. Asimismo explora los límites de la lealtad frente a la justicia, la absurda confraternización masculina frente a ellas y las intrigas académicas, un pelín pasadas de vueltas. El problema es que se le va un poco la mano en detalles mínimos de coherencia narrativa: algunas exageraciones (¿tanto crímen por una cátedra? Hubiese podido mantenerse en el tema de la amistad) y detalles inverosímiles (lo que rodea al arma del crímen, innecesario por cuanto podía haberse sustituido por una mera conversación entre los cómplices captada por un tercero). Aun así, no deja del todo mal sabor de boca, y apunta vías que deberían ser profundizadas por nuestro cine, con más rigor y menos complejos. "The visitor", película americana dirigida por Thomas McCarthy, es una amable reflexión sobre la inmigración, la diversidad, la experiencia de conocer a lo otros y compartir la vida con ellos. Un tanto tópica en el dibujo del personaje protagonista -un profesor universitario quemado y aburrido-, gana en interés a medida que avanza, quizá porque elude los giros argumentales efectistas. Tiene un pase, y nos hace pensar. No es poco.


Peores películas, ni fú ni fa, son "Radio encubierta" y "New York I love you". Esperaba más de la primera, porque soy fan de los guiones de Richard Curtis, capaz de contarnos historias de amor más grandes que la vida (de las que a mí me gustan, sí, qué pasa) con tono irónico y aire de permanente cachondeo. En esta ocasión hablaba de las emisoras piratas de rock de los años sesenta en Inglaterra, así que el tema me atraía doblemente. Al final, mucha broma adolescente sobre "las tías" y poca cosa más. Decepcionante, aunque algún momento nos divierta lo suficiente para seguir hasta el final. ¡Para cuándo una de esas maravillosas historias de amor!
"New York I love you" es demasiado irregular en comparación con su antecedente parisino, alguna de las historias merecen la pena y están bien rodadas (sobre todo ese episodio que transcurre en un blanco, lujoso y frío hotel donde la memoria, el amor y los fantasmas se encuentran), otras son insustuanciales aunque entretenidas. Lo dicho, ni frío ni calor.


Mención aparte para "El año pasado en Marienbad", que hemos visto en una edición excelente que ha aparecido hace poco. El cine como arte, estética y enigma a la sombra del nouveau roman, narrativa fragmentada, manejo aleatorio del tiempo... Hablar de ella requeriría una entrada completa, pero será otro día. Ahora, con vuestro permiso, niñas y niños, me voy de juicios...

miércoles, 18 de noviembre de 2009

'Let's Change the World with Music', de Prefab Sprout. Amamos la música.

Una maravilla. El disco en sí, y la historia de este excelente compositor, Paddy McAloon, aquejado de una extraña enfermedad que le ha afectado la vista y el oído. Siempre había sido un outisider, como tantas otras figuras de los ochenta (Terence Tren't D'arby, ahora Sandanda Maitreya) que después de un éxito masivo deciden proseguir en la música por su propio camino -lo que, bien sabido es, conduce a la soledad y el silencio-. Durante todo este tiempo no ha dejado de escribir numerosos álbumes rechazados inicialmente por las discográficas, hasta que en un momento dado decidió ya prescindir de ellas. Ahora, y tras esa etapa en que sus problemas de salud podían hacer esperar una obra oscura y dolorosa, ha remotado un proyecto de los años noventa y nos ofece un álbum luminoso, encantador, que contagia un entusiamo evidente desde su mismo título: cambiemos el mundo a través de la música.

Y de veras lo consigue, al menos el de quien lo escucha: "Let there be music", "Ride", "Music is a princess", "Earth, the story so far", "I love music"... Es difícil encontrar una floja, que no te revitalice, te haga tarear o sonreír. Vamos, que se me ha disparado la cabeza hacia mis proyectos narrativos y estoy convencido de que van a ser todos maravillosos, y que yo también voy a cambiar el mundo con la literatura.
Aquí os dejo "Ride", que recuerda un poco a New Order.


martes, 17 de noviembre de 2009

'Swords.' De Mozz se aprovecha todo.

El nuevo disco de Morrissey recopila dieciocho caras-B de los singles pertenecientes a los tres álbumes de la era post-quarry. En esta temporada toca darle palos a distro y siniestro, así que por una cuestión de elemental caballerosidad voy a situarme entre el artista y la masa linchadora.

Vivimos tiempos en que la desvergüenza, la bajeza y la abyección son habituales en el comportamiento colectivo. El calculado derrumbe de las ideologías progresistas en favor de una especie de neutralidad bobalicona (sólo en las izquierdas, la derecha y el liberalismo, cada día más presentes y rabiosos) que obedece a consignas de mercado ha traído estas consecuencias. Una de estas proclamas que justifican cualquier comportamiento es la de que los discos son "muy caros" y las discográficas han abusado de nosotros durante siglos. No soy yo quien vaya a discutir cuánto de verdad hay en esta afirmación, pero sí que podemos matizarla en estos momentos. En los años ochenta un LP costaba alrededor de mil pesetas, y todos los consumíamos con alborozo, esperando ilusionados cada lanzamiento de nuestros artistas favoritos. Los músicos podían concebir sus obras como una unidad, con un orden de las canciones determinado, tardar tres años en completarlas y, finalmente, decidir si salían de gira o no. El propio Morrissey sacó al mercado algunos álbumes que no fueron acompañados de conciertos, y ocupaban un lugar privilegiado en nuestras estanterías, junto a los clásicos literarios. Era tan sencillo como que determinados discos no podían reproducirse en directo sin ser desvirtuados. El que para todos es el mejor de Mozz, "Vauxhall and I", entra dentro de esta categoría. Pero "Vauxhall and I" no podría existir hoy en día.

Tras los alegres años del E-mule y las discografías completas saturando nuestros Ipods, lo cierto es que la mayoría de los discos pueden adquirirse, ya sea en su versión digital o en CD, por no más de nueve o diez euros. Cabe también la posibilidad de que los escuchemos antes y decidamos, a través de las posibilidades que ofrecen incluso los propios artistas en sus webs. Estamos, pues, hablando de mil seiscientas pesetas, frente a las mil de hace veinticinco años. ¿De veras podemos seguir manteniendo que son caros? El problema es que venimos de la gratuidad, y frente a ella todo es evidentemente caro.

Hay dos tipos de público, y sólo acerca del segundo me gustaría reflexionar. El primero está formado por las hordas que consumen pero desprecian las manifestaciones culturales. Hace unos meses un responsable político que conozco realizó una jovial campaña por los medios de prensa clamando contra la SGAE al grito de "¡cultura libre!". Sólo le faltaba la camiseta del Che (flagrante pecado y contradicción, en su caso). Ese mismo responsable político puede llevar un reloj en su muñeca que equivalga a todos los discos que veinte casoledos se compren en sus respectivas y longevas vidas. Y con el tubo de escape de uno de sus vehículos seguramente me pagaría los conciertos a los que me gustaría asistir en los próximos años. Asimismo me consta que el referido responsable pasará a la historia no por legar al mundo algo hermoso -léase, un puñado de canciones-, sino por esquilmar un paraje natural con espantosas urbanizaciones de chalets pareados y multiplicar por mil la población de su municipio. No es este el público sobre el que quiero reflexionar. Están ahí, y yo aquí. Que corra el aire.

Me preocupan más los seguidores de la música popular que han dejado de pagar por ella. Ese es el típico ejemplo de colectivo tendencialmente progresista que ha sustituido las ideas por las cómodas consignas comerciales. El mercado ya no se dirige de manera inocente a su público, sabe que determinados sectores de la población necesitan de un mensaje "positivo" con el que sentirse a gusto, así ha nacido a responsabilidad social corporativa, y las multinacionales que más contaminan nos cuelan anuncios publicitarios en que niños sonrientes pasean por campos muy verdes. Pues bien, los seguidores de la música popular han adoptado la consigna mercantil de que los artistas son, básicamente, gente que no merece ser recompensada por su trabajo creativo, puesto que se trata de personas "vocacionales". Al mismo tiempo, cada día hay más demanda de música, y se pagan buenas cantidades por sofisticados reproductores de MP3, móviles, ordenadores, conexiones ADSL, etc. Sin embargo, pasar por caja para acceder a un puñado de canciones que nos van a hacer la vida más grata durante meses o años, se considera de mal gusto. La música ha de flotar por el aire (por las ondas) en beneficio de todos. Los coches o las entradas de fútbol se abonan, en cambio, y a qué precio. Hace veinte años el gasto en música formaba parte natural y relevante de nuestro ocio, hoy no, qué listos nos hemos vuelto. Y, por cierto, siempre nos hemos pasado CD's o cassettes de unos a otros, y nada de ello obstaba a que lo considerásemos algo único y especial, regalo o detalle de un amigo/a, teniendo claro que en otro momento seríamos nosotros los que comprásemos un disco y lo grabásemos para compartirlo con alguien. Nada que ver con la bajada masiva de archivos.


Todo esto viene a cuento de lo injustas que resultan algunas críticas que los propios seguidores de Morrissey realizan con respecto a su trayectoria última. Somos libres de ponerle cualquier clase de reparo a su música -y no han faltado, por ejemplo, en este blog-, pero al mismo tiempo debemos tener en cuenta las circunstancias en que hoy día se desenvuelve la carrera musical de un artista como él. Desde hace tres o cuatro años no ha dejado de editar discos, originales o recopilatorios, y sin embargo nadie puede decir que lo haga simplemente con el fin de obtener dinero y "exprimir" a sus fans, a tenor de las ventas. Necesita, simplemente, estar en el mercado como excusa para salir de gira. La producción de "Quarry", "Ringlider" y "Refusal" parece concebida precisamente con ese fin: proporcionar un repertorio fácil de tocar en directo, mucha batería marcando el ritmo y mucho guitarreo de rock adulto sobre los que se alza una voz cada vez menos matizada, como la de esos tenores que vociferan cuando interpretan boleros u otra clase de temas populares.
Aun así, los tres álbumes han continuado marcando cotas destacables en su discografía, y no es exagerado afirmar que "First of the gang...", "Irish blood...", "Let me kiss you", "Dear God please help me", "Life is a pigsty", "Mama lay softly...", etc., serán recordadas etre sus mejores canciones. Pero también debemos reconocer que nunca hasta ahora los discos de Mozz contenían tanto relleno, y me atrevo a decir que ello se debe a que su forma de concebir el álbum ya no es la misma. Los cortes de "Viva hate" o "Kill uncle" podían ser irregulares, pero formaban parte inequívoca de un todo que les atribuía un sentido más allá de suyo propio. Uno escuchaba "Mute Witness" con la sensación de que sólo podía estar colocada en aquella concreta posición dentro del LP, detrás de "Sing your life", y su piano frenético rompía con violencia el final elegante y pegadizo de la otra. Ahora, en especial en "Ringleader...", comienzan a sucederse "On the street I ran", "To me you are..." y demás, y no sabes si estás escuchando caras B, tomas en directo, versiones ajenas, si forman parte de un disco u otro... Al final da igual: sólo un puñado de ellas serán escogidas para el set list de la próxima gira, y eso es lo que importa.
Como dice una canción del "Grupo de Expertos Sol y Nieve: esto tenía que explotar por alguna parte... Morrissey ha cumplido cincuenta años y lleva tres girando sin parar, con conciertos en días seguidos. Hace poco tuvo un desvanecimiento mientras cantaba "Black Cloud" y tuvo que ser llevado a un hospital. También ha cancelado unas cuantas fechas por otros problemas de salud. Pero es más interesante y significativo lo que ocurrió en dos incidentes posteriores: una noche, apenas iniciado el show, y mientras saludaba animosamente a la gente, recibió un botellazo de plástico en la cabeza. Se largó. Esta semana, en Hamburgo, hizo una broma completamente inocente que no merece la pena explicar aquí y empezó a recibir sonoras imprecaciones de alguien en el público. Continuó el concierto, pero cuentan que a partir de ese momento se le vio más frío y algo triste. Al mismo tiempo, sus discos tienen deficiente distribución, los singles son inencontrables y las críticas arrecian cada vez que aparece un recopilatorio, pese a que los tres originales de los últimos tiempos han merecido notables elogios. Me pongo en su lugar y veo con tristeza cómo el edificio del arte al que he dedicado toda mi vida se cae a pedazos.
Es el signo de los tiempos: un público que no compra sus discos, aunque los piratea con frenesí, se permite criticarlos (como si se fuesen sin pagar de un restaurante y luego le reprochasen al chef el punto de cocción del pescado); ese mismo público comienza a mostrar señales de agotamiento ante los numerosos conciertos -aforos a medio vender, desapego, incidentes desagradables, etc.- que debe realizar por causa de lo anterior; en estos momentos se encuentra sin sello discográfico, y con un futuro más bien incierto... No es difícil imaginarlo de gira a los setenta y pico años, como Leonard Cohen. Si sólo un mínima parte de los miles de personas que han acudido a los conciertos del viejo trovador hubiesen pagado por escuchar el "Dear Heather", tal vez no estaría a su edad saltando de país en país. Y menos mal que tanto uno como otro se encuentran en buena forma. Hoy día, si un músico tiene algún problema importante de salud que le impida viajar, mejor que rece o haya ahorrado lo suficiente. Porque nadie va a pagar por una de sus obras, aunque se trate de la mejor. ¿No estará Morrissey aprovechando el momento precisamente para asegurarse un futuro? Pues ahí está la pregunta que deberíamos hacernos: ¿somos conscientes de hasta qué punto nuestro comportamiento como "consumidores" está incidiendo en la forma y el fondo del propio arte, más allá de los avances tecnológicos?
El caso es que aquí tenemos "Swords", colección de caras B cuyo lanzamiento es oportuno aunque sólo sea por lo complicado que resulta encontrar legalmente los singles. Y el contenido no deja de resultar similar al de los últimos discos: temas de relleno, aun así meritorios, y excelentes canciones. 'Ganglord', "Because of my poor education", "Shame is the name", "My dearest love", "The never played symponhies" o "Chistian Dior" nos recuerdan al mejor Morrissey, y le permiten incluso, en lo musical, mostrarse más diverso y sorprendente que en los álbumes.
Me quedo, no obstante, con la que para mí es la más bonita y emocionante de todas: "My life is a succession of people saying goodbye". Quién no se ha sentido alguna vez así, cuando las amistades pasan -y en muchas ocasiones ni siquiera existe ese decir adiós- o, simplemente, la vida que se corresponde con nuestros deseos e ilusiones parece situada al otro lado de un cristal infranqueable, desde el que la vemos sin poder tocarla, como sugiere la letra (será por eso que la escucho obsesivamente en los últimos tiempos, en que el trabajo y ciertas expectativas rotas a él asociadas me hacen apoyar la frente con tristeza en ese cristal).
Disfrutad de ella. Y sigamos compartiendo nuestra pasión por quien tanto nos ha dado. Gracias, Mozz, por este hermoso disco.

domingo, 15 de noviembre de 2009

'Larensia' (Casoledo se compra el 'Hola').

Qué puede hacer un caballero cuando en apenas quince días fallece una persona muy importante para él, se frustran ciertos planes académicos para el año próximo, debe renunciar a presentar su novela a un premio por falta de tiempo cuando llevaba escritas tres cuartas partes, pilla un buen catarro, y el trabajo es más estresante, incisivo, injusto, frustrante y descorazonador que nunca. Pues está claro: comprarse el 'Hola'. La sesión de risoterapia que me proporciona esta revista hace que cada día me resulte más incomprensible que se encuentre en la sección de "corazón" en vez de la de "humor", como El Jueves.

Y es que a los españoles no os puedo dejar solos. Me largo siete días al extranjero ¡y casi se va a tomar por saco el museo Thyssen! Explico la historia, de indudable interés cultural: todo lector/a intelectual conoce perfectamente que a la baronesa le gusta más bien poco su nuera, Blanca Cuesta. A lo largo del pasado año ha expresado ese desagrado mediante toda clase de técnicas sutiles y adecuadas a su posición social, como insinuar que su nieto en realidad no es del bueno de Borja, o sea, que la tal Blanca es una pelandusca, lo que ha motivado nada menos que tres pruebas de paternidad y toda suerte de peleas públicas a través de las revistas. También los acusaba de no pegar un palo al agua, y de vestir y comportarse de forma poco adecuada a su clase (?). Vaya, finos, lo que se dice finos, no eran:






¿Pero no quería elegancia la señora baronesa? ¡¡Pues toma!! Borja se ha calzado un traje oscuro y ha posado con los tomos de legislación Aranzadi a sus espaldas. Ha decidido tomar las riendas de su vida:






¿A que acojona con ese pañuelillo respingón en la solapa? El caso es que el chaval ha descubierto un manuscrito carmesí en el que dice que la herencia (léase larensia) que le corresponde alcanza magnitudes estratosféricas -qué lástima de mi hijo... y mientras tanto él viviendo de baratillo-, y es más, que se la habría estado tangando su madre. Entre otras cosas, medio museo Thyssen, así por encima, sería de este chico y su agradable esposa. De forma que hace unos días se presentó con su abogado y un notario en el museo para exigir la entrega de dos cuadros; concretamente, uno de ellos, un Goya.


Ah, qué grandes momentos brinda la profesión de abogado. Cómo me hubiese gustado ser ese hombre justo que acompañase a Borja en el momento de entrar en el museo y decir: "disculpe usté, haga el favor de llamar al encargado". Esperar luego con ademán impasible y soltarle al gerente: "mire, este cuadro y este otro son de mi cliente, haga el favor de descolgarlos y me los envuelva en papel bueno, que son para llevar".


Al parecer, sorprendentemente, el gerente del Thyssen se negó a entregarle nada, por lo que la trifulca legal irá para largo. Esta es mi foto favorita del reportaje, que yo titularía:


"El joven heredero lee preocupado el codicilo que contiene el fideicomiso"






Claro que gracias a esta otra foto de frente deducimos que los tomos que le han puesto sobre la mesa deben de corresponderse más bien con el pleito "Desatascos Torregrosa contra Tornillería Tulipán", pero la verdad es que el efecto, unido a los volúmenes de amenazante legislación, es estremecedor.



Señora Baronesa, si en el pasado se encadenó usted a los árboles del Paseo del Prado, tal vez deba hacerlo ahora a los cuadros del Museo, aunque para no llegar a tales extremos este modesto letrado se ofrece a representarla frente a su retoño a cambio de una minuta de, pongamos, doce mil millones de euros. Vivan las caenas.

Por cierto... ¿y ahora qué etiqueta le pongo a esta entrada?.... ¿gestión cultural?

jueves, 5 de noviembre de 2009

I love New York


Hemos pasado unos días de vacaciones en Manhattan. Habíamos estado hace cinco años, después de casarnos, y ahora repetimos con el ansia y la premura de quien se impone tomarse una semana de vacaciones por lo civil o lo criminal. En esta ocasión el jet-lag nos ha afectado más de lo esperado, y apenas podíamos dormir, a las siete de la mañana estamos ya callejeando por el decorado de una de tantas películas que hemos visto o tal vez veremos: aceras alfombradas de hojas amarillas, panaderías y cafés apenas abiertos, con sus bollos calientes de mil variedades recién expuestos, paseadores de perros mansos, mujeres y hombres con ropa elegante de trabajo y un vaso de plástico en la mano camino del metro, ardillas asomándose a las aceras para regresar al instante a su árbol moviendo un rabo denso como un plumero... Nueva York sigue tan amigable, hermosa, diversa y encantadora como siempre. El bien ganado sentimiento antiamericano que han ido sembrando los Bush y demás caterva ha hecho que este oasis de civilización y multiculturalismo se introduzca en el mismo saco que el de esa sociedad fanática, mojigata y militarizada que tan bien representaba el niño de papá lerdo que dirigió sus destinos en los últimos años. Nueva York es otra cosa.

Resulta agradable confirmar la impresión con la que nos fuimos aquella primera vez: los neoyorquinos/as son extraordinariamente amables, comunicativos y generosos. En modo alguno viven ajenos a los otros, en modo alguno se trata de una comunidad fría y deshumanizada; pero tampoco es tan ruidosa, frenética y caótica como se suele hacer ver, así que en realidad da igual, los tópicos perdurarán durante siglos, y por mucho que la realidad los contradiga.

En esta ocasión hemos podido acercarnos a lugares que no habíamos podido ver por entonces: Brooklyn y su maravilloso paseo frente al skyline, donde tomé la foto que aparece más arriba; el Lower East Side, barrio emergente en el que han instalado el New Museum para acoger el arte más rompedor; Harlem y su hermosa catedral de St. John, que merece un aparte: en su interior ha acogido un memorial en recuerdo de las víctimas del SIDA donde aparece la bandera gay; a su lado hay una escuela y, pegada a una de sus paredes, una cancha de baloncesto; y asimismo un pequeño parque dedicado a la paz y a los animales, lleno de esculturas hechas por niños que recogen citas de grandes autores acerca de esas cuestiones. Vamos, uno, que no es creyente, compara esto con la barahúnda de cuervos de la iglesia española, manifestándose en manada como zombies, con los ojos inyectados en sangre y espumajeando por la boca mientras gritan "Aído asesina" y cosas similares, y te entran ganas de llorar. O de reír, que viene a ser lo mismo.

La visita al Brooklyn Museum ha sido de lo más interesante del viaje. En primer lugar, por la posibilidad de ver el Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art y en concreto la obra de Judy Chicago The dinner party. Es impresionante y triste a un tiempo, porque padece lo mismo que denuncia: resulta inexplicable que no se encuentre entre las piezas canónicas del arte contemporáneo, y uno sólo puede entenderlo en el único sentido posible: la historia del arte continúa escribiéndose por esa mayoría androcéntrica de la que me enorgullece no tomar parte. Contemplando esta obra admirable me reafirmo en que el feminismo, como filosofía humanista transformadora -o revolucionaria, si nos atrevemos a emplear el término- es el ideario más honroso que puede, hoy por hoy, abrazar un caballero. The dinner party contiene, por otro lado, todo aquello que hace grande el arte: una realización a través de medios expresivos sugerentes, poderosos y originales, junto con un propósito que trasciende el contexto artístico para intervenir en la sociedad a la que se dirige, en este caso mediante la recuperación de los nombres de aquellas mujeres que han ido construyendo la historia, y que apenas conocemos a través de esa otra historia escrita por los de siempre. Especialmente irónico resulta que la artista haya sacado a los hombres fuera de aquella última cena a la que sólo asistían ellos, y la mesa se encuentre ocupada por hermosos juegos de manteles, cubiertos y platos que simbolizan, mediante diversas técnicas, y con el leit-motiv común de los genitales femeninos, los logros de la concreta mujer a la que están dedicados. Aquí al lado cuelgo el de Virginia Woolf. Leyendo algunas notas sobre las figuras que recoge la obra te sorprende, sencillamente, el no haber tenido previamente ni siquiera noticia de ellas.

Pero en este museo nos aguardaba una encantadora sopresa: la exposición "Who shot Rock & Roll", que repasaba alguno de los trabajos de los mejores fotógrafos que han trabajado con la música popular. Estuvo entretenidísima, a pesar del trancazo que llevábamos encima. Me encontré allí con Mozz en un par de ocasiones, pero también al Bowie de Hunky Dory:




O al del "Serious Moonlight Tour", en plan mega-star:




Me hizo expecial ilusión que se incluyese esta imagen, que ocupaba el interior del LP en directo de los Smiths, 'Rank'. Ahora la tengo plastificada en el pasillo de casa, y expresa como nadie la pasión de los seguidores de un artista, disputándose jirones de su camisa:



En el Moma había también una obra de un artista que no conocía (Jonathan Monk) titulada Stop me if you think that you've heard this one before que utilizaba como motivo la portada de los discos de los Smiths:



Morrissey estaba por todas partes, como se puede ver. Pero uno de los aspectos más interesantes de la exposición del Brooklyn Museum era la sección dedicada a Grace Jones, con diversas fotografías y vídeos de sus actuaciones. Qué pena que no hubiese tenido temas realmente buenos, porque su imagen y su puesta en escena era tan rompedoras como las del propio Ziggy en su día:


En definitiva, un agradable paseo por este puñado de iconos que hacen el mundo más rico e interesante.

No puedo acabar sin la típica anécdota neoyorquina: una de las noches oímos una especie de alarma en la habitación de al lado del hotel. Salimos a escuchar y llamamos a recepción. Al rato, mientras tratábamos de volver al sueño, se sucedieron los ruidos, gente que entraba y salía, conversaciones en voz baja. Entonces sonó una alarma más fuerte, Nuria se levantó, se asomó a la ventana (piso doce) y vio tres camiones de bomberos parados frente a la entrada, al tiempo que dos coches de la policía cortaban la calle. "¡Hay que salir de aquí, venga, vamos!", dijo Nuria, y nos vestimos a toda prisa. Ella, eso sí, no dejó de ponerse un gorrito para recogerse el pelo, que si hay que morir carbonizados mejor hacerlo con cierto estilo. Bajamos echando leches las doce plantas por las escaleras, encontrándonos a gente que, medio atontados, miraban a todas partes sin decir nada; pero decidimos pasar de ellos y salvar nuestras valiosas vidas, a pesar de que allí no olía a fuego y revuelo, lo que se dice revuelo, tampoco había demasiado. Llegamos a recepción y la cruzamos hacia la calle. Los tres camiones y los dos coches habían desaparecido. El personal del hotel nos comentó que no había fuego, era una falsa alarma. Volvimos un tanto decepcionados, después de nuestra predisposición a la aventura, y maravillados por el único tópico americano que realmente se cumple: te echas un cigarro en tu cuarto, y antes de que tires la colilla la autoridad competente ya ha cortado la calle y poco menos que tienes un bombero con un hacha golpeando tu puerta.