lunes, 26 de octubre de 2009

Asunción Caso Ledo.

No se puede hacer literatura con un dolor tan grande como el que me produce tu pérdida, pero tenías que estar aquí, donde he tomado prestados tus apellidos sin preguntarte, y espero honrarlos de alguna manera. Me duele pensar que nunca hayas podido leer las tonterías de tu nieto, seguro que de cuando en cuando te habrías reído. Tan sólo quería dejar constancia ante quien sea de que eras una excelente persona, generosa, buena y divertida. Pasé contigo toda mi infancia, disfruté cada año mis vacaciones en Gijón bajo tus cuidados, te tuve a mi lado en los momentos oscuros de mi adolescencia. Hablamos mucho, nos reímos mucho. Siempre has seguido presente en nuestras conversaciones con tus dichos asturianos, y esa clase de anécdotas que nos contaremos una y otra vez para recordarte. Lo diste todo y pediste muy poco. Ayer se acabó. Me siento vacío y un poco más solo, aunque nunca has dejado de estar conmigo. Te echaré de menos.

martes, 20 de octubre de 2009

Yo no quiero ladrones de mis ganas de vivir.

Amigos de la Cola Jet Set: gracias por aparecer (con un disco, una noticia, una reseña o, como ahora, con un vídeo) justo cuando más os necesito, cuando me alegráis la vida con un chispazo y me animáis para que no cese en mi modesta batalla por salir de esta pista de baile llena de malas melodías, y persista tratando de buscar otra pista con nuevas canciones y más emociones. Gracias por existir, por seguir haciendo pop. Esta semana he estado trabajando doce horas diarias con gente de mi edad, y de la misma de algunos de vosotros/as, a los que podría calificar como decís: ladrones de nuestras ganas de vivir; ellos no se dedicaban precisamente a escribir e interpretar canciones. Y entonces, en una de las últimas noches, me asomo a internet y leo: nuevo vídeo de Cola Jet Set. Y aquí estáis. Gracias.




domingo, 18 de octubre de 2009

Wendy & Lisa y los amores juveniles (mis discos frikis, cap. II)

Otro de los incunables de mi discoteca: "Wendy & Lisa"(1987). Las chicas demostraron en este disco que eran algo más que parte de la troupe de Prince. Ya nos habíamos familiarizado con ellas a través de sus papeles en la película "Purple Rain", donde hacían de indignadas compositoras expoliadas de la canción que daba título a aquella pequeña joya bizarra. Luego las fuimos conociendo mejor por sus voces adorables en los coros de "Around the world in a day" y "Parade", hasta que finalmente se separaron del "Genio de Minneapolis" a medida que cada vez más se iba convirtiendo en el "Genio machista de Minneapolis". Su emancipación vino de la mano de este álbum, que no obstante le dedican a su mentor, paso previo para el bien merecido corte de mangas, imagino. Sin embargo el sonido del disco poco tiene que ver con el de "El Genio Testigo de Jehová de Minneapolis" (qué vueltas da la vida, por dios), es más pop que funky, aunque algunas pinceladas de soul sí que tiene. Lo fundamental es que incluye unas cuantas canciones excelentes, que han envejecido estupendamente, y que ahora vuelvo a escuchar en MP3 con la misma fascinación que la primera vez: "Chance to grow" o "This is the life" son piezas de pop sensible que sigue emocionando como entonces.
Una de las cosas más maravillosas de Youtube no es que te permita acceder a vídeos de determinados temas, sino a vídeos tal como tú los viste hace mucho tiempo. Este es el caso, cuando en 1987 o 1988 Wendy & Lisa aparecieron en alguno de aquellos programas musicales de Televisión Española que hoy se nos figuran como de arte y ensayo si los comparamos con la parrilla actual. Tocaron su single "Waterfall", y yo me enamoré de Wendy. Tardé más de lo razonable en saber que eran pareja. Es que yo en aquella época no me enteraba de nada.


Bueno, y ahora tampoco.


Sandie shaw ayuda a la causa contra la soledad (mis discos frikis, cap. I)


Sandie Shaw, la cantante de los pies deslcalzos que triunfó con "Puppet on a string" era uno de los ídolos de infancia de Morrissey. Así que alrededor de finales de los ochenta, en pleno auge de los Smiths, comenzaron a cartearse y hacer amistad. Como consecuencia de ello Sandie grabó un par de versiones de sus temas: "Hand in glove" y "I don't owe you anything". La primera, sobre todo, tuvo bastante repercusión, y ayudó a Mozz a superar la frustración de la escasa difusión que inicialmente había obtenido el single. Lo que en al principio fue visto como una simple extravagancia de una banda joven que resucita a una vieja dama de la canción, como luego sucedió con los Peto Shop Boys y Dusty Springfield o Liza Minelli, tuvo continuidad con la grabación de un disco, "Hello Angel", que el abajo firmante consiguió en su día a través de una de aquellas esotéricas tiendas que te vendían vinilos por correo con un entrañable catálogo escrito a máquina que te ponía los dientes largos.



Ahora lo he pasado a MP3, y además de servir para recordarme lo lastimosamente viejo que me estoy haciendo, me ha permitido volver a disfrutar de dos temas excelentes: el primero, "Nothing less than brilliant", tiene una harmónica reconocible, ¿verdad? Sí, es Johny Marr:





La segunda canción, escrita por Morrissey, "Please help the cause against loneliness", y de la que puede encontrarse una versión con su propia voz, es un verdadero encanto, y la escucho estos días porque tiene el tono musical propio de los personajes de una de mis novelas cortas, "El hombre que espera", con la que a veces doy la lata en este blog, y que pienso revisar y editar en cuanto tenga un huequecito en mi vida atribulada de leguleyo superado por las circunstancias.

Por cierto, premio para la señora o el caballero que descubra a Mozz entre los acompañantes acartonados/as de Sandie en este vídeo:








El álbum incluía también una simpática canción, "Take him", en la que Sandie relataba su disputa con una chica jovencilla por arrebatarle a su amigo Mozz en la pista de baile. Bueno, aunque en realidad su nombre no se citaba, todo el mundo lo entendió así por sus referencias al quiff del poeta de Manchester.



Ya, bueno, este disco es una rareza friki, pero qué pasa, otros tienes cabezotas de jabalíes disecados en la sala de estar, ¿no?, ¿algo que alegar?

Yo también tengo sueños en mi corazón (nainonainoná).




Mientras esperamos nuevo disco de "La Casa Azul", Guille Milkyway nos ha ofrecido el típico álbum para fans, "La nueva Yma Sumac", en el que recopila diversas versiones, rarezas, tomas en directo y remixes de algunos de los mejores temas de su último título, "La revolución sexual". Merece la pena porque incluye unas cuantas canciones que tocaba en directo, y nos permite revivir felices momentos a lo que tuvimos la suerte de asistir a sus maravillosos conciertos. Por ejemplo, las versiones de "I want you back" de Jacko y Los Cuatro Estraperlistas, perdón, de los Jackson Five, "Señora", de Serrat, o sobre todo el "Love is in the air" que marcaba el punto más alto de despiporre en el show, con todos, hasta los de edad provecta como el que firma, desmelenándonos en una apoteosis de felicidad, diversión y euforia. Vamos, Nuria y yo salimos de allí sudando y contentos.


Claro que Guille no para, y ha compuesto la banda sonora de "Yo también", esa película sobre la relación entre un chico con Síndrome de Down y una chica que, como todos, se encuentra afectada por otras discapacidades. El caso es que cuando salió el vídeo y conocimos la canción, quien más quien menos se quedó a cuadros. ¿Dónde está el pop naif de influencias sesenteras y japonesas? O más claramente: ¿esto qué demonio es?


A mucha gente le provocó inicialmente rechazo. Pero lo cierto es que la vas escuchando y de repente te sientes transformado: tus patillas crecen, te desabrochas un par de botones en la camisa que dejan ver una buena mata de pelo negro y un cadenón dorado, tu peinado se carda solo, y es asimismo color "piel de toro sin afeitar", te pones pantalones de campana, recios zapatos con un poco de tacón machorro y, para completar la cosa, te quitas un mondadientes de los labios y te lo sujetas allí donde el lóbulo de la oreja se une con tu cabeza. Ya estás listo para canturrear y bailotear "Yo también". Y que nos den veneno, que queremos morir. Allá va:




Este genial pastiche de rumba sentimental, entre Los Chichos y los New Romantics, nos muestra una vez más a Guille como un mitómano y un, a su manera, erudito de la música popular. Todo lo que hace tiene encanto, y esto no iba a ser menos. Además nos ha roto los esquemas, y la verdad es que te quedas con ganas de ver la peli.


Por lo demás, en la banda sonora también intervienen algunas de las mejores bandas de Elefant Records, ese sello que tan agradable nos hace la vida, frente a la mucha gente fea y triste que se esfuerza por jodérnosla. Encontraréis temas de The School, Camera Obscura, Souvenir o Fitness Forever.


Pues eso: una ocasión más para que aquellos que disfrutamos de esta clase de pop nos lo pasemos bien. Y que viva el amor.


jueves, 8 de octubre de 2009

Un vistazo al e-book. Que viene el lobo (¿derribará el cercado que contiene al rebaño?).

El dispositivo sobre el que voy a escribir es el SONY PRS-505. Existe un modelo de la misma marca más actualizado, así como unos cuantos de otros fabricantes que se diferencian de éste en algunos detalles más o menos relevantes dependiendo de lo que desee el consumidor. Pero como primera toma de contacto resulta lo suficientemente expresivo del estado de la cuestión y del impacto que pueda causar en el mercado editorial tal como lo conocemos.


Comencemos por las conclusiones que he sacado tras haberlo tenido entre las manos unos cuantos días.



1.- El lector electrónico supondrá, en efecto, una revolución en nuestra manera de leer similar a la que ha supuesto el formato MP3 en nuestra manera de escuchar la música. La tinta electrónica funciona mucho mejor de lo que pensaba, si bien, en el aspecto estético y emocional o perspectivo, nunca podrá igualarse al libro de papel para los verdaderos amantes de la lectura. Imagino que ambas opciones convivirán sin problema, y que habrá textos, sobre todo académicos, que preferiremos tener en e-book, mientras que una buena edición de alguno de nuestros autores favoritos siempre merecerá el dinero que cueste en papel.


2.- Se encuentra, sin embargo, en una primera fase de su evolución en los aspectos puramente técnológicos, fase que se verá superada mes a mes no sólo por las actualizaciones y nuevos modelos que proponga la industria, sino por la previsible intervención de los propios usuarios especialmente capacitados en el aspecto técnico, que con sus soluciones informáticas ad hoc irán adaptando tanto el hardware como el software a las necesidades del lector.


3.- Esta revolución supondrá un cambio en el sector editorial de alcance inimaginable, lo que constituye sin duda el aspecto más interesante de la transformación que se avecina. Y adelanto que, en mi humilde opinión, todo irá a mejor, a mucho mejor. Y por supuesto, no terminará con el libro de papel.


4.- Al igual que ocurre con la música, el sector se puede enfrentar a un gravísimo problema de piratería. Pero, a diferencia de ese primer caso, el mercado editorial parece haberse dado cuenta de que hay que responder antes de que todo se venga abajo por su inacción.

Dos advertencias: la primera, que no incluyo las características técnicas de peso y medidas, que pueden consultarse fácilmente en la web de Sony; y la segunda, pediros disculpas por la escasa calidad de las fotos, que he tomado con el móvil. Os contaré, en cualquier caso, mis impresiones al entrar en contacto con el producto.


Tanto su tamaño como la funda con que se nos presenta recuerdan a las típicas agendas de mano que se regala a los hombres excesivamente serios y aburridos, mal empezamos. El aspecto meramente estético del aparato -éste es plateado, aunque hay en otros colores- tampoco resulta demasiado atractivo, parece una PDA sometida a adelgazamiento y con la pantalla algo más amplia. El menú es bastante aparatoso, se recorre pulsando los botones situados a la derecha, o bien los de dirección que aparecen en la parte de abajo. El cursor, sin embargo, avanza a saltitos, por lo que fácilmente te pasas de opción y debes volver a subir, para en realidad pasarte otra vez. Como veis, han organizado los ficheros por autor, título, fecha y colecciones. Para acceder a los textos con rapidez se exige, por tanto, un cierto esfuerzo previo de etiquetado.








Pero todo esto es cuestión de software, y por lo tanto materia cabiante mes a mes, se irán sucediendo las versiones e imaginamos que Añadir imagenfinalmente la interface se asemejará a la de un móvil o un pc. Pasemos ahora al tema de que en realidad se trata, la lectura, y he aquí la gran sorpresa para quienes desconfiábamos de estos aparatos:






Se lee perfectamente, sin brillos ni reflejos. La llamada "tinta electrónica" consigue un efecto visual semejante al papel en cuanto a comodidad. Aunque pueda resultar extraño al principio, pronto te centras en el texto y se te olvida que los estás leyendo en un artefacto electrónico. Ésa era la principal de mis dudas. Te permite, asimismo, aumentar o disminuir el tamaño de la letra. Ahora bien, un libro en papel en edición rústica -no esos incómodos tomos con tapa dura y sobrecubierta- resulta mucho más manejable y cercano, por lo que desde el punto de vista práctico continuará llevando las de ganar.



El gran problema existente en estos momentos es el de los formatos. Una de las utilidades más directas del e-book consiste en que podamos almacenar y leer en él los numerosos artículos que encontramos en la web en formato word o pdf. Por el momento lo más aconsejable es pasarlos al formato EPUB, que es el más generalizado en esta clase de lectores electrónicos. La cuestión es que, al hacerlo, no siempre el texto transformado respeta la estructura y disposición del inicial. Y el resultado se convierte en algo ilegible, o al menos lo es en alguna de sus partes.



Bubok dispone en su librería virtual de la posibilidad de descargarse los libros directamente en EPUB. Escojamos una novela con el único criterio de que sea de calidad, por ejemplo, Los nuevos, de Francisco Casoledo.







Ha desaparecido el justificado y, aunque no se aprecia en la pantalla, los saltos entre páginas se han descolocado. Se puede leer y seguir el texto perfectamente, pero de cuando en cuando uno se encuentra a mitad de la página con un salto.



Todos estos inconvenientes, insisto, se irán superando gracias al software, por lo que de momento no debemos darles importancia. De hecho, el propio lector de SONY incorpora un programa instalable para manejarlo desde el ordenador que en seguida se revela insuficiente, y el que he utilizado al final procedía de Softonic, cómo no. Algo así ocurría y sigue ocurriendo con Ipod/Itunes. Las deficiencias de este último en cuanto a la organización de los archivos es suplida por otros programas más o menos amateur que las solventan.



Pero lo más importante de la aparición en el mercado del lector electrónico es el impacto que pueda conllevar en el mundo editorial hasta ahora conocido, disfrutado y, en ocasiones, sufrido. Partamos de la certeza de que en el plazo de meses la cuestión de los formatos quedará resuelta, al igual que ha sucedido con los archivos de vídeo que circulan por internet: antes no había manera de reproducirlos por las incompatibilidades entre nuestros lectores caseros y los archivos Divx, Avi, etc. En poco tiempo, sin embargo, eso dejó de ser un problema.



Pues bien, el primero al que deberán enfrentarse nuestras editoriales es el de la piratería. Ignoro cómo se hacen esas cosas, pero lo cierto es que por internet ya circulan las versiones PDF y, por lo tanto, EPUB, de muchos de los best sellers que podemos encontrar ahora en las librerías. Está claro que ese mercado de libros de usar y tirar será el más afectado. Aquellos lectores a las que las editoriales más importantes han dado la espalda, aquellos a los que han tomado por imbéciles, al tratar de venderles basurilla como grandes obras maestras que aunaban "pupularidad y calidad", serán los que permanezcan fieles a sus gustos y principios: no me imagino una gran crisis editorial en Alba, Libros del Asteroide o incluso Anagrama, siempre que siga siendo fiel a sí misma. En cambio, los blockbusters de portada chillona, tapa dura y campaña publicitaria, aparecerán a los pocos días en cualquiera de las redes o programas de intercambio, no lo dudéis. Las editoriales más comerciales no se han esforzado lo más mínimo por cuidar a su público, por transmitirles el amor hacia la literatura y los libros como algo bello, valioso, imprescindible. Siendo así a nadie deberá extrañar que se dispare el ansia acumuladora que ha llevado a preñar los Ipods con cinco mil canciones.



Pero se auguran otras transformaciones de más hondo calado cuyo análisis excede de esta breve entrada, aunque pueden apuntarse: el lector electrónico permite descargar numerosas webs vía RSS, incluidas las de los principales periódicos. Su actualización requiere, en principio, conexión al ordenador, mas no tardará en llegar el momento en que esto ocurra a través de internet, como en los teléfonos móviles. Podríamos estar hablando del inicio del fin de la prensa escrita. En estos días el diario El País nos anunciaba que estará disponible en el modelo de Kindle que Amazon comienza a vender en Europa. Y aquí se encuentra la mayor de las dificultades para los grupos de comunicación que dominaban el mercado hasta ahora: ¿seguiremos quieriendo pagar por leer determinados periódicos con nuestro lector electrónico? Hasta ahora el "efecto papel", comprar la prensa y hojearla mientras nos tomamos un café, era determinante para que tomásemos esa decisión. ¿Pero lo será en el futuro, cuando las fuentes de información ya múltiples se encuentren a nuestra disposición, la mayoría de forma gratuita, en formato de "tinta electrónica"?



Un aviso para navegantes: la legitimidad habrá que ganársela simple y llanamente con los contenidos. Pongo unos ejemplos relacionados con el mundo cultural: a día de hoy, un aficionado medio al teatro sabe que cuando se estrena una obra podrá leer la crítica en los suplementos literario-culturales de dos o tres periódicos. Si hay suerte, el crítico de turno se abrá ocupado de ella, y su opinión resultará de hecho decisiva para su permanencia en cartel. Como cualquier otro monopolio, esto conlleva efectos perversos: dos o tres fulanos se convierten en las personas más poderosas del gremio, capaces de hundir productoras o carreras interpretativas; si a ello unimos que su comportamiento ético pueda presentar ligeras vacilaciones, nos imaginamos ya el servilismo, intercambio de favores, regalitos, etc., que girarán en torno a una aparantemente profesional reseña en un periódico. Segundo ejemplo: mi amigo S. lleva más de veinte años escribiendo una poesía arriesgada, rica, sorprendente y de extraordinaria calidad; al principio remitió alguno de sus libros a unas cuantas editoriales y ni siquera recibió respuesta, así que dejó de hacerlo. Mientras ocupa su tiempo libre en leer y escribir, otras personas, una vez pergeñado algún poema, se constituyen en grupo, asociación y componenda. Seguidamente acuden al concejal de turno, aun por vía indirecta, como fuerzas vivas de las letras y las artes de la ciudad. Y al final cae una subvención, una revista, una plaquette, una participación en un Congreso de poetas nostálgicos o lascivos, da igual, y ya está construida la carrera literaria, y el canon contemporáneo. El que no sale en esos medios, no existe. Al igual que esa gente maleducada y siempre hambrienta que ocupa las mesas de los canapés en un acto público, extienden bien los codos para que nadie se acerque al montadito de jamón serrano.



A la vista de estos ejemplos podemos preguntarnos: ¿seguirán así las cosas cuando las fuentes a las que podamos acudir se multipliquen y sean gratuitas?, ¿seguirán un puñado de personas teniendo el monopolio de decirnos lo que es bueno o malo, lo que se debe leer y lo que no existe?



Hace unos meses asistí a una charla en la que hablaba el director de un conocido sello perteneciente a un gran grupo. Como suele ocurrir, estas nobles gentes no se conforman con administrar los frutos de la finca literaria, sino que desean asimismo controlar el prestigio. En un momento dado tuvo el cuajo de afirmar que estaban convencidos de conocer todo lo que se estaba haciendo en literatura en este país, de modo que lo que no estaba publicado bajo su marca, no merecía realmente la pena. "De hecho, han aparecido iniciativas de autoedición como Bubok... y de ahí no ha salido nada bueno."



Evidentemente, no me sentí aludido porque esa guerra no es la mía. Lo fue a los veinte años, pero no a los treinta y nueve, cuando me gano las habas de muy digna manera y la literatura es mi ámbito insobornable de libertad. Pero sí que se me suscitó una reflexión: ¿puede un autor de Bubok o similar acceder a que su obra sea leída y reseñada en Babelia, ABCD, o cualesquiera otros medios de prensa? La duda ofende, claro que no. Entonces, ¿cómo afirmar que "no ha salido nada bueno" de lo que es imposible que se difunda y se conozca?



De ahí que veamos con esperanza la aparición del lector electrónico. En estos momentos, como aficionado a la música pop, mi guía para conocer las novedades no es ningún periódico, revista o medio escrito, sino la página web jenesaispop. Cada día más acudimos a webs y blogs de crítica de libros o películas a la hora de informarnos y orientarnos sobre los mercados culturales. Imagino que si alguien lee en este humilde "La bestia en la jungla" una reseña de "La lluvia antes de caer", de Jonathan Coe, será consciente de que no la he escrito porque nadie me pague por ello, y que mi opinión, más o menos fundada y acertada, en ningún caso responde a favores, imposiciones o prebendas. Este es el futuro, queridos amigos-enemigos administradores de la finca. A corto plazo, todo estará en nuestro lector de tinta electrónica. Podremos bajarnos obras que se difunden gratuitamente, porque la coartada del "papel" y su presencia en librerías habrá desaparecido. La legitimidad crítica, insisto, habrá que ganársela con rigor y decencia.



El futuro se presenta incierto, apasionante, diverso y, sobre todo, más respetuoso con la inteligencia de aquellos para quienes los libros, la música, el arte, el cine y el teatro constituyen parte fundamental de la vida. Bienvenido el lector de e-books y el mundo nuevo que ayudará a seguir construyendo. Su mera aparición ya ha provocado inquietud y notables simulaciones: es una nueva oportunidad de negocio, lo importante es saberse subir al carro, etc. Pero lo que en realidad les ocurre a los mercaderes del gremio no es que tengan miedo al lobo, sino que derribe el cercado y se les escapen las ovejas que, hasta ahora, proporcionaban su cómodo y bien controlado sustento.

lunes, 5 de octubre de 2009

'Yo no debería estar aquí' (una explicación).

Como en anteriores ocasiones, publico en el blog este pequeño relato del libro en marcha deseando que sea del agrado del hipotético pero siempre amable lector o lectora.

'Yo no debería estar aquí' (relato).

Acababa de soportar un parlamento interminable sobre fútbol –en un tono de solemne indignación que nunca llegaré a comprender-, y ya no aguantaba más. Siempre ocurría así, la última media hora de la jornada se hacía inesperadamente lenta, quizá porque en ella se concentraban todos los anhelos que, como breves avisos de alarma, puntuaban nuestra fatiga a lo largo del día. Ignoraba si mis compañeros lo llevaban mejor que yo, aunque deducía que no por la parquedad de sus respuestas. Se limitaban a sostener la conversación con un arrastre cansino de monosílabos y sonrisas, mientras sus clientes no dejaban de parlotear solicitando su complicidad.
La primera regla que debe aprender un peluquero es que ellos nunca escuchan. No se trata de un diálogo —creerlo así es un error frecuente entre los que empiezan—, sino de una suerte de soliloquio en el que nuestra función se reduce a intervenir de forma ocasional para mantenerlo vivo, como quien arroja distraidamente un pedazo de madera a la chimenea encendida, o el entrenador que devuelve la pelota a su pupilo mientras piensa que no debe dejar pasar otro día sin llevar el coche al taller, o tener una charla con el profesor de su hijo pequeño.
A veces me gustaría poder hablarles, que comprendiesen que también yo lo necesito. Explicarles que estoy cansado, que madrugo mucho para estudiar y los exámenes se me echan encima. Que tengo un respeto acendrado por este oficio con el que mi padre se ganó la vida y llegó a enseñarme —más por aburrimiento que por convicción, pues ambos coincidíamos en buscar para mí otro camino—, pero que en realidad sólo espero de él que pague mis gastos mientras asumo el peso de la carrera. Lo hago bastante bien, sí, ninguno de ellos se marcha descontento, y eso en cierto modo me enorgullece, pues me hace recordar a mi padre; cuando era un adolescente me pasaba las horas contemplando su trabajo desde el cuarto trasero de su vieja peluquería, veía la mirada perdida y los labios en movimiento de los clientes reflejados en el espejo, y la concentración de él, inclinado sobre las cabezas manejando la navaja con elegancia y tiento —al igual que un pintor perfila las siluetas o marca los relieves—, hasta que, en un momento dado, se separaba unos centímetros para tomar perspectiva y decidía que ya estaba hecho; tomaba entonces el espejo, mostraba el resultado de su trabajo y, cuando recibía aprobación, se le escapaba un esbozo de sonrisa. A él le habría gustado saber que yo siempre recibía esa aprobación, pero quizá menos que casi nunca sonreía y que a menudo pensaba: “yo no debería estar aquí”.
De todos modos, también con frecuencia me reprochaba mi insatisfacción, y me planteaba que seguramente había casos peores alrededor. Bastaba ver a Marta, mi compañera del puesto de la derecha, la única chica en una plantilla de siete peluqueros, circunstancia que de por sí debía de hacerle bastante difíciles las cosas. A veces le tocaba alguno que desconfiaba de ella, como si el hecho de cortar el pelo y lavar la cabeza exigiese algún tipo de vinculación masculina que la excluyese, y otras el eterno arquetipo de hombre que, ante la presencia de una mujer, se veía irremediablemente obligado a pavonearse o intentar perturbarla de alguna manera. Y luego estaba Oleg, el nuevo, mano de obra barata, según deducíamos todos, pues no era especialmente bueno en su oficio y, lo peor, entendía a duras penas el español. En más de una ocasión teníamos que sacarlo de algún apuro traduciéndole deprisa las indicaciones del cliente. En cierto modo era divertido, de repente se acercaba a tu puesto con la excusa de coger algo y tú le susurrabas “al tres por detrás y por los lados, patillas como están”, o cosas así.
En aquellos momentos al pobre Oleg, en el puesto de la esquina, le había tocado un ejemplar de los más temibles, al que yo había calificado a mi manera: el erudito de peluquería, aquel que aprovechaba la ocasión de tener pegada a su espalda a una persona afanosa para hacer alarde de sus conocimientos. Sabiduría que seguramente no le sería reconocida en otro lugar, ni siquiera entre su propia familia, y que debía exponer mientras le cortaban el pelo para darse un homenaje y que al menos a alguien le quedase constancia. La conferencia podía titularse: “La Guerra Civil Española y sus relaciones con Rusia, el país de mi peluquero”, y resultaba realmente entretenida, sobre todo por las respuestas de Oleg: “Sí... el Oro... Moscú... claro... División Asul... Yo sí he oí-do...”.
Cuando la chica de recepción me entregó al siguiente cliente, tras lavarle la cabeza, hice un esfuerzo rápido de concentración y la cháchara histórica comenzó a sonar como un zumbido lejano. Pensé: “es el último, o puede que haya otro más, pero en media hora se acaba la jornada”. Y aquello bastó para que recobrase fuerzas. Saqué los paños de mi cajón, los fui disponiendo en torno a su cuello y levanté la vista para peguntarle a la imagen del espejo: “qué va a ser”. El cliente me estaba mirando fijamente, lo que me hizo dudar de si en verdad habría conseguido alejar mi distracción. Era un hombre de mediana edad, con el pelo rizado y quizá más largo de lo que debía estar, a tenor de su desorden, aunque no demasiado. No supe si se trataba de sus ojos, de un negro sin matices, o de su expresión, pero el caso fue que en aquel instante me produjo un leve desasosiego. Me observaba como si me conociese y estuviese a punto de hablarme para a su vez ser reconocido. En vistas de que no me respondía pensé que podía ser extranjero, así que aclaré gesticulando: “cómo quiere que se lo corte”. “Pues lo dejo a su gusto”, dijo, subrayando sus palabras con una sonrisa. Una de las peores cosas que podías oír de un cliente, y más a últimas horas del día. Semejante expresión de confianza acababa siempre revelándose falsa, apenas iniciabas la faena comenzaban a deslizar sugerencias. Pero estaba decidido a acabar la jornada de una manera rápida y limpia, así que improvisé una breve descripción de lo que iba a hacer y me puse en marcha.
“Los alemanes no se esperaban que el invierno fuese tan crudo en Moscú, y se les congeló hasta la munición”, apuntó el erudito, a mi espalda, hablando un poco más alto de como lo había hecho hasta entonces y captando mi atención de nuevo. “Ya.. ya... mucho frío”, dijo Oleg. No pude evitar que se me escapase una sonrisa, y eso debió de bastar, pensé, para que mi cliente se sintiese desatendido. “Déjeme guapo”, soltó de repente. Estaba escudriñándome como antes, y también sonriendo de una manera quizá excesiva. Me sentí de algún modo reprendido, por lo que traté de rectificar de inmediato y aseguré: “no se preocupe, va a quedar perfecto”, a lo que añadí, suponiendo que quería conversación: “¿va usted a una boda, o algo así?”. “No, en realidad no”, contestó con un tono amigable que me tranquilizó, “... pero tiene que dejarme guapo, porque me van a matar y uno debe estar arreglado para la ocasión, ¿no le parece?”. “Claro, claro”, asentí riendo su broma. “Acabo de comprarme este traje”, continuó, sacando los brazos por debajo del paño, “y quiero arreglarme bien el pelo, porque puede que me saquen una foto para la prensa, incluso, y no es cuestión de parecer un pordiosero”. Reclamó mi mirada desde el espejo y le sonreí de nuevo. Mientras cambiaba el peine rebuscando en mi bandolera comprobé si Marta había oído algo, pero, al menos en apariencia, estaba ensimismada en lo suyo. Una pena, pensé, porque conociéndola se partiría de risa. Ningún otro compañero parecía haber reparado en ello, así que me consolé con el hecho de que al día siguiente, antes de empezar el turno, tendría algo bueno que contarles.
“El mes pasado estuvo por aquí un historiador ruso bastante famoso, Rivanov, no sé si lo conoces...”, oí decir al cliente de Oleg, “pero yo no estoy muy de acuerdo con él”. Y el mío, de nuevo, exigió interés hacia su persona, aunque en un tono meditativo que excluía mi verdadera participación: “sí..., seguro que me hacen una foto. Va a ser lo suficientemente llamativo para que aparezca la prensa... Aunque estas cosas luego no llegan a publicarse para no impresionar a la gente, además del perjuicio que supondría... ¿Sabe usted por casualidad si ha habido alguna muerte antes en este Centro Comercial?”. Su pregunta me pilló por sorpresa. Volvió a sonreír y permaneció mirándome fijamente. Dije lo primero que se pasó por la cabeza: “pues sí, todas las semanas nos cargamos a tres o cuatro”. Me sentí molesto por su insistencia en la broma, a aquel tipo de cliente —“el simpático”— no estaba habituado, ¿debía reírle las gracias con estruendo?, ¿entrar en una competición que dirimiese cuál de los dos era más ocurrente? Seguí cortándole el pelo y adopté un semblante serio que pareció entender en su justo significado: no deseaba seguir hablando, sólo quería acabar mi jornada e irme, quizá si llegase pronto a casa podría estudiar un par de horas antes de dormir, o a lo mejor madrugaría al día siguiente y me regalaría una noche de pizza y cine.
El silencio duró unos minutos. A estas alturas el erudito de Oleg había llegado a la Perestroika, y yo le recortaba el flequillo a la “víctima de asesinato”. Cuando su voz volvió a sonar estuve a punto de hacerle daño con la tijera por el sobresalto.
Discúlpeme. Sé que no estoy siendo justo con usted al decir esto. Pero le pido que me comprenda. En este momento es lo único que me puedo permitir, hablar, contárselo a alguien. Por un lado estoy tranquilo, es algo que tengo muy asumido desde ayer..., pero por otro tengo miedo. Es inevitable tenerlo, ¿no cree?
Su tono calmo y sincero, más aún que el contenido de lo que me transmitía, acabó por desconcertarme plenamente. Sin duda era la situación más extraña con que me había tropezado: demasiado rebuscada para ser una broma de los compañeros, y demasiado absurda e irritante para encuadrarla en la categoría de “cliente-gracioso”. Recurrí entonces a otra que ya habíamos elaborado entre todos, la del “cliente-pasado-de-vueltas”, sobre el que habíamos convenido que lo más aconsejable era seguirle la corriente, sin llegar a ofenderlo pero tampoco a contradecirlo.
—¿Y quién le va a matar? —pregunté.
El hombre bajó la vista y se quedó callado unos instantes. Pensé que su respuesta decantaría la situación hacia una gracieta vulgar —“mi mujer”, “mi jefe”, algo así...—, o hacia la tomadura de pelo sofisticada que un servidor no estaba dispuesto a consentir a aquellas horas.
—Mire..., tampoco quiero inquietarlo, y mucho menos comprometerlo. He hecho cosas que no debía, y he enfadado a la gente que uno nunca debe enfadar. Me han comunicado que viniese a este Centro para tener una charla, y que primero entrase a cortarme el pelo, imagino que en algún momento, a la salida, se pondrán en contacto conmigo, o quizá estén ya aquí y les molestaría bastante si supiesen que le he comentado algo. No debería haberlo hecho, en realidad..., mejor lo dejamos.
Acabó de hablar con una de sus sonrisas, pero esta vez la percibí de otra manera. No supe entonces ni sé explicar ahora cómo en un solo segundo desaparecieron mis prejuicios y de repente comprendí lo que tenía delante: un hombre que, acuciado por la certeza de que algo iba a sucederle, se despedía de forma tan serena como le era posible, y lo hacía ante el que juzgaba último interlocutor que podría encontrarse. Aun así mi natural escepticismo me hizo incapaz de aceptarlo del todo, de ahí que le respondiese con una pregunta que tenía mucho de envite: tras ella no le quedaría otro remedio que desdecirse —quizá ése fuese el momento oportuno para sacar a la luz la broma—.
—¿Quiere que avise a la policía? —dije bajando la voz, pero con media sonrisa, como si disfrutase de mi complicidad en el juego.
—Muchas gracias, pero ése no sería un remedio. Las personas a las que he ofendido están más allá de nuestras pequeñas seguridades. Si lo hicieses, antes de que nadie pudiese presentarse aquí habrían hecho ya mucho daño a gente que me importa, e incluso a algunos que no me importan, pero que no se lo merecen. He llegado a un callejón sin salida, y debo dejarlo estar.
El tono creíble, espantosamente verosímil, me sacó de quicio. La broma había dejado de tener gracia. Miré de nuevo a mis compañeros e incluso se me pasó por la cabeza que pudiese tratarse de uno de esos programas de televisión en que, a iniciativa de cualquiera de mis amigos, me hubiesen escogido para que los espectadores se divirtiesen, quizá, la noche del siguiente viernes. Eché un vistazo a cada esquina del local, e incluso a las estanterías, pero en realidad la cámara podía estar en cualquier parte. Lo mejor era que el tiempo fuese transcurriendo y aquello terminase de una vez. Trataría de no prestarle demasiada atención. Claro que era difícil, él seguía hablando:
—No se inquiete, joven, de veras, le pido disculpas. Acabe con su trabajo y todo irá bien.
Estaba repasándole las puntas del flequillo, le había rebajado bastante ya y, como no traía el pelo muy largo, en seguida podría dar mi trabajo por concluido. Cada vez que abría la boca me entraban ganas de clavarle las tijeras y ser yo quien lo matase.
—... Y no se sienta responsable cuando oiga que me he caído por las escaleras, o que alguien me ha apuñalado en los lavabos. Lo mejor es que olvide esta conversación. Al ser humano le cuesta admitir que hay cosas que escapan a su alcance.
Estaba decidido a no responderle. “Las patillas... ¿las recortamos un poco?”, le pregunté girándole con suavidad la cabeza a uno u otro lado para que pudiese contemplarlas.
—Sí, buena idea. Me he afeitado antes de venir, así que no se notará el corte. No ha pasado un solo día de mi vida en que no me haya afeitado. Y el último no iba a ser una excepción. La barba es para tímidos, ¿no cree?
Las manos me sudaban, y la irritación pugnaba por salir a mis labios. El tipo insistía, pero de mí no iba a burlarse.
—Bueno, es cuestión de gustos —respondí tratando de parecer normal, supongo que inútilmente—.... Esto ya casi está.
Aquel anuncio era una declaración de intenciones. En unos segundos podría ir a realizar sus prácticas de interpretación con otro. ¿Sería un actor?, ¿quién lo habría contratado?, ¿formaba parte de un experimento en el que yo había sido escogido como el colaborador tonto? “Muy amable”, dijo. Me di la vuelta y busqué el cortador eléctrico para terminar de arreglarle la nuca, alguien debía de haber cogido prestado el mío. Me acerqué al de la zona de Marta y se lo pedí haciéndole una señal de las nuestras, aquéllas con las que expresábamos que nos había tocado el friki del día, y que buscaban un gesto de solidaridad del otro. El cortador estaba descargado, así que fui a buscar el de Oleg. Si mi compañero lo estuviese usando me tocaría esperar y alargar más la situación del muerto viviente. “Sí... tú coges”, me indicó, mientras escuchaba un sesudo comentario del erudito sobre la selección rusa de baloncesto de los años ochenta. Volví a mi sitio e incliné la cabeza de mi cliente, encendí el cortador y lo acerqué a la base de su nuca. Lo único que recuerdo fue el mero contacto del metal sobre la piel. Luego un chispazo muy fuerte, el movimiento extrañísimo del tipo, como si diese un salto en el asiento. Su cuerpo desplomado sobre el mostrador, y un olor insoportable a quemado. No pude gritar siquiera. Me desmayé.
Desperté en comisaría. Me hicieron mil preguntas que he olvidado también. Pasé la noche allí, pero a la mañana siguiente me dejaron ir. Desde aquel día he tenido que acudir un par de veces al juzgado en la tranquilizadora condición de testigo. Ha pasado más de un año, y aún sigue abierto el caso. Un análisis pericial concluyó que el aparato estaba manipulado para producir una descarga mortal. Y de la investigación se dedujo que el muerto, en efecto, estaba relacionado con negocios oscuros de gente oscura a la que supuestamente habría ofendido.

Yo nunca volví al trabajo. Y Oleg tampoco. De hecho, nadie ha vuelto a saber de él.

jueves, 1 de octubre de 2009

UCDP

Estas siglas no pertenecen a un partido político, aunque ahora que lo pienso bien pudiera tratarse de "Unión de centro de Derechas Progresista", que es lo que intentan ser la mayoría de ellos, un poco de todo, según convenga en cada circunstancia.
Se trata, y discúlpeseme que me ponga tan absurdamente misterioso, del título escondido en siglas de mi segunda novela larga. La estoy acabando en estos días gracias a inconfesables malabarismos, horas de sueño y bastante indecisión, angustia y nervios. Quiero moverla un poco en el mercado y la primera oportunidad es un premio en el que ya comenté que tengo tan pocas esperanzas como grande es la excusa que me proporciona para sentarse de una vez y expulsar esta historia que me acompaña desde hace varios años.
Supone para mí algo diferente de todo lo que he hecho hasta ahora. una estrategia narrativa completamente distinta, en la que son los hechos los que tiran de ella, y no tanto el lenguaje. En "Los nuevos" pasaban muy pocas cosas, y el efecto de lo que pasaba en los personajes se analizaba minuciosamente. En UCDP hay un argumento o historia que va avanzando, y el análisis cede un tanto frente a la descripción de lo que sucede. Si esto acerca el libro a una lectura más asequible y géneros como el thriller legal, que es de lo que trata, me parece perfecto. Sólo sé que llevo mucho tiempo conviviendo con los personajes, asaltado por las escenas en cualquier momento del día, y necesitaba entrar ahí. Quizá representa mejor lo que soy y lo que quiero hacer en este momento. Hay una parte de mí que admira el arte literario de los grandes como el maestro Henry James, y otra parte que podríamos denominar "ciudadana" interesada en reflexionar sobre el mundo que me rodea y, sobre todo, tomar partido. Me repugna ese tópico que suelen utilizar muchos artistas: "mi trabajo no consiste en dar respuestas, sino en plantear preguntas". Está tan manido que cuando lo oigo dan ganas de vomitar. ¿Y entonces quién demonios propone respuestas en este mundo? Los políticos, claro, y los demás, en nuestro ámbito, nos limitamos a crticarlo todo generalizadamente formulando "preguntas". No estoy de acuerdo. En este libro señalo el mal con el dedo, y propongo, espero que una manera sutil y poco panfletaria, el bien. Lo cual me enfrenta a otro tópico moderno: "nadie sabe lo que es el mal y el bien". Estamos de acuerdo si los consideramos como conceptos, pero no tanto cuando hablamos de personas "que hacen el mal" y personas "que hacen el bien", o que al menos se limitan a vivir su vida sin hacer daño a nadie. Esto existe, claramente, y en el simple contexto de trabajo nos encontramos a diario con ejemplos en uno u otro sentido.
En UCDP están muchas cuestiones que me atraen y me preocupan: una cierta manera de entender mi profesión, algún problema particular del proceso judicial, la vulgaridad y el infinito poder de los que manejan los hilos, la soledad y el camino difícil de los diferentes (en su más amplio significado), la violencia de género, el sexismo... Espero que nada de ello sea incompatible con la literatura. La verdad es que hasta el momento las cosas van mejor de lo que mis prejuicios esperaban. Espero acabar a finales de octubre, toco madera, porque si no me temo que podría dejarla aparcada sine die. Así empieza la cosa:
"La palabra “desaparecida” fue lo primero que Pablo vio en el cartel, al salir de la zona de embarque del aeropuerto, justo antes de reparar en que la imagen a que aludía le resultaba familiar. Estaba impresa en letras oscuras de gran tamaño, y debajo de ellas había un número de teléfono que reconoció al instante como el del despacho de su padre. Tiempo después pensaría en el extraño orden con que había ido asimilando los datos: primero aquella palabra, luego el número, y finalmente la fotografía de Coral, su hermana pequeña. Como si la mente hubiese rechazado aceptar esta última en semejante contexto, el de esas cosas terribles que sólo ocurren en las noticias, y en la vida de otros."
Esperemos que en breve pueda anunciar el final.