miércoles, 30 de septiembre de 2009

Betty Jara de Fuentepalacio & Tello-Casoledo.

A ver si nos entendemos, no he escrito un post dedicado a ti hasta ahora porque no es tan sencillo. Tienes razón, sí que lo hice al principio, cuando te trajimos a casa. Pero no es lo mismo, porque aún no formabas parte de la familia. Eras una cosa pequeña que se movía y planteaba interrogantes fundamentales: ¿sabríamos cuidarte?, ¿nos quitarías todo el tiempo libre?, ¿serías un factor de estrés acumulado al trabajo?, ¿destrozarías la casa?, ¿la convertirías en una especie de pocilga pop?, ¿saldríamos cada mañana a la calle con un olor sospechoso? No te ofendas, que uno no había tenido mascotas hasta entonces, y ya sabes que a mí me gusta ponerme en lo peor para luego ir mejorando.



Claro que debí entender aquella señal del principio, en una de las primeras veces que salimos a la calle contigo, cuando ya tenías tus vacunas y podíamos pasearte. Era bastante tarde y los alrededores de la casa estaban a oscuras, caminábamos cerca de la guardería ésa donde te gusta asomar el hocico y ver a los niños, a esas horas cerrada, y de repente ocurrió algo: miramos hacia arriba y vimos cómo una bandada de pájaros cruzaba el cielo oscuro. Pero no los habituales que suelen verse, eran enormes y tenían la panza marrón o parduzca, de forma que por efecto de la luz de las farolas parecían estar iluminados ellos mismos, y eran tan grandes y marchaban en una formación tan perfecta que nos quedamos estupefactos y sobrecogidos por su belleza. Seguramente se trataría de aves migratorias que provenían de algún país lejano. Pero lo que no supe entender era que todo se debía a ti: que en adelante serías como un imán capaz de atraer a nuestra vida momentos agradables, hilarantes, hermosos, inolvidables, en suma. Y no has dejado de hacerlo cada uno de los días de estos cinco meses.



Así que hoy voy a ponerme sentimental (no me mires con esa cara, ya sé que siempre estoy sentimental) y comentar algunas cosas que me gustan de ti, y por las que te estoy agradecido.
En primer lugar, me has enseñado a ser tolerante en un doble sentido. A mí nunca me gustaron los perros (no tengas la desvengüenza de pensar que ya se nota, esto no tiene que ver con el hecho de que te tenga prohibido el chocolate), y era de los que ironizaba sobre la gente que exteriorizaba en exceso su aprecio, que se preocupaban por dónde dejarlos cuando se iban, que se hacían acompañar por ellos en todas partes, y que se inclinaban hacia el suelo, con sus mejores galas, para recoger caquitas como si tal cosa. Creo que todo es cuestión de lenguaje, normalmente cuando decimos "perro" estamos manifestando un ancestral desprecio, sugiriendo un escalón inferior en el reino de la naturaleza; si lo piensas bien, ese término se emplea incluso como insulto. Pronto empezamos a darnos cuenta de que eras sencillamente un ser vivo, de que sentías de una forma muy parecida a la nuestra: eras feliz en compañía de los tuyos, te sentías desamparada cuando nos alejábamos, te divertías un montón jugando, hasta volverte medio loca, y descansabas luego con una expresión memorable de placidez corroborada por encantadores ronquidos que aún hoy me sorprenden. Así que no fue difícil comenzar a tratarte como un ser vivo, y no una cosa. Para mucha gente, ese trato es revelador de alguna carencia psicológica de los dueños, tal pareciera que las mascotas debieran tenerse para a continuación hacerse los duros y tomar distancia. No es nuestro caso: desde hace cinco meses no hemos dejado de vivir como siempre lo habíamos hecho, salimos y entramos, estudiamos y leemos, practicamos deporte, viajamos... Resulta que al final sabemos cuidarte, y no destrozas la casa, no nos quitas más tiempo que el de cualquier otra tarea cotidiana, olemos a lo de siempre (bien, espero) y encima nos estás dando mucho más de lo que podré reflejar por escrito (te aviso, no obstante, que estos halagos no supondrán doble ración en la cena ni que puedas quedarte a dormir en el sofá). Pero volviendo al trato como el ser vivo que eres: en seguida nos fuimos adaptando los unos a los otros, y al tiempo que aceptabas nuestras reglas (con mejor o peor gana, todo hay que decirlo), nosotros aprendíamos a entenderte. Aprendimos que no eres un juguete con el que hacer gracias para mostrarlas a la gente, que no te podemos dar de comer tonterías, y que el único esfuerzo que requieres es el de proporcionarte ocasión para quemar tu energía. Y que todo sabe mejor aderezado con cariño. Al principio te cerrábamos en la habitación para dormir, y entonces te ponías a llorar con unos gritillos histriónicos y un desgarro flamenco que -perdón por la vulgaridad- nos los ponian de corbata. Pero nos hicimos fuertes y pensamos: de ahí no sale. Todo el mundo nos decía que nos arrepentiríamos en el futuro de las concesiones que hiciésemos mientras fuese cachorra. Pues no, resulta que no. Tras varios días llorando tú, y gritándote nosotros desde el otro lado de la puerta, decidimos sencillamente abrirla. Y a partir de entonces te limitas a dar una vuelta a oscuras, comprobar que seguimos por allí, y meterte en tu cama perruna. Quizá ésa sea la regla, tan simple como efectiva: ni tú puedes coartar nuestra vida en modo alguno, ni existe razón para que te hagamos sufrir un solo segundo de tu existencia. A partir de entonces la hemos seguido, y nos llevamos muy bien, ¿verdad?



Segunda lección de tolerancia: la gente. Esa masa informe de personas anónimas con las que uno se cruza por la calle convencido de que nada tenemos en común, y ningún interés merecemos mutuamente. Al salir a pasear contigo empezábamos a contar: hasta doce o quince personas se detenían a conversar, te acariciaban, bromeaban contigo, nos contaban historias sobre sus perros... Y en apenas unos meses habíamos hablado con más desconocidos que en toda nuestra vida precedente. Ahora ya sabemos que en el trayecto hacia el centro puede que te encuentres a Golfo, Reina o el Putoblanco (ese nombre se lo he puesto yo porque estoy convencido de que te ha echado el ojo con oscuros propósitos amorosos, el canalla), y a la chica de la frutería, a la de la peluquería canina o a esa otra que suele estar a la puerta del gimnasio. Por no hablar de la camarera de la terraza donde solemos tomar cañas que siempre te saca un trozo de jamón o un hueso de pollo. ¿Y te acuerdas de aquel día en que nos tropezamos a una pareja de chicos y uno de ellos se lanzó sobre ti y empezó a darte besos ante la mirada estupefacta de tu dueño? No lo recordarás, porque a ti te encanta que te hagan carantoñas y te digan cosas, en seguida te pones de pie y tocas a la gente con esos movimientos de las patillas delanteras más propios de un gato.




Así que a tus ocho meses, que cumplirás este fin de semana, ya has estado en Madrid, en Gijón, en Galicia, el País Vasco... Y hasta en el despacho de Nuria, durante tres días, cuando hicimos obras en la casa. Y en todos estos lugares te portaste extraordinariamente bien y nos divertimos contigo. Bien es cierto que Nuria te devolvió a casa tras no haber superado el período de prueba previo a la contratación en su oficina. Aquí te vemos, junto a la papelera, seguramente esperando a que te subiese a sus muslos, donde te quedabas dormida, una vez cumplidas tus labores de vigilancia, que consistían en alarmarte cada vez que uno de sus compañeros de despacho pasaba al baño, o alguien llamaba a la puerta (deberíamos amaestrarte para que espantases a los comerciales de las editoriales jurídicas, ahora que lo pienso).

Más cosas que me gustan de ti:


-Tu picardía. La forma en que nos robas la ropa y te la escondes en tu cuarto, o cómo pretendes engañarnos simulando que haces esas cosas por las que te ganas una golosina, sin en realidad hacerlas. El modo en que, cuando recoges con la boca algo prohibido, te lo escondes bajo la lengua y lo tragas de golpe antes de que la autoridad competente te disuada de comértelo por medios escasamente coercitivos.

-Tu ternura. Es que así no ha manera de ponerse duros y presumir de lo mal que te tratamos. Eres pura emotividad. Con ocasión de un reciente viaje a Madrid tuvimos que dejarte en una residencia canina que es lo más aprecido a aquellas películas carcelarias de los años setenta. Pequeños departamentos de paredes blancas y puertas metálicas con rendija para ver al preso, cierre de pestillo y un reducido patio. En las celdas contigua había un perro enorme y muy loco que golpeteaba constantemente contra la pared. Nos fuimos con la sensación de haber vendido a nuestra madre, y eso que era uno de los mejores centros que encontramos, y cuando regresamos a recogerte, sucedió algo que no podré olvidar nunca. Primero, tus ojos de miedo. El perro de al lado se comportaba como el yeti en las leyendas más sangrientas, y tú estabas allí, hecha un ovillo en tu cama, con una expresión atemorizada que hablaba bien a las claras de lo mucho que tenemos en común, todos hijos a fin de cuentas de la naturaleza, la madre tierra o como cada cual quiera llamarlo (es que soy ateo). Recordé el miedo que yo había pasado en mis primeros días de colegio, cuando no lograba entender por qué motivo la felicidad había tenido que interrumpirse, y me habían arrancado de mi sitio, mis cosas, mi gente. Había estado lloviendo todo el fin de semana y debías de tener frío. Luego nos dimos cuenta de que ni siquiera te había atrevido a hacer tus necesidades. El caso es que en cuanto se abrió la puerta y me reconociste empezaste a saltar y correr con un nerviosismo imparable, y cuando apareció Nuria incluso se te escapó la orina. El veterinario se partía de risa, porque no había manera de ponerte el arnés. Te subimos al coche, te atamos en tu camita portátil de los viajes, y empezaste a llorar. Pero volvíamos ya a casa, y te puse esa canción instrumental que te tranquiliza en otras ocasiones, cuando bajamos a buscar a Nuria a sus clases de yoga, "Cola Jazz Vals", del último álbum de Cola Jet Set. Poco a poco volviste a ser tú, al darte cuenta, supongo, de que la vida recuperaba sus adorables rutinas.


-Tu gusto por lo bueno. Tonta no nos has salido. Aprecias la buena mesa, el paño fino (las mantas agradables, los cojines más blanditos), el agua recién puesta, los empapadores de suelo recién cambiados y los baños de agua tibia. Debe de venirte de familia. En la documentación de tu raza aparece que originariamente te llamabas "Jara", y que eras hija de un perro con un nombre entre espectacular, surrealista e incomprensible: Argos de Fuentepalacio. Quién demonios puede llamar así a un perro. Así que si unimos el nombre -más mundano- que nosotros te hemos puesto, Betty -en homenaje a Betty Friedan, notable autora feminista con expresión de bondad perruna, dicho sea indudablemente como un piropo-, lo que resulta es "Betty Jara de Fuentepalacio & Tello-Casoledo". Claro, esto explica tu porte aristocrático, tu afición al buen vivir, ese medio ladrido o tosecilla anglosajona que te sale cuando algo te incomoda, y tu secreta inclinación a ser dotada de criada y mayordomo, sí, no me lo niegues, ¿o es que no sueltas la tosecilla cuando se te cae una pelota del sofá al suelo simplemente para que te la cojamos? Menos mal que esas situaciones nos renace nuestra conciencia de clase y te respondemos "bájaté tú a por ella, tía vaga". Da igual, te queremos mucho, aunque tengas modos de aristócrata rancia. A fin de cuentas, hasta a los señores de uno se les coge cariño.


Hace poco, al recogerte de Alcatraz para volver a casa, como llevabas tal disgusto decidimos recompensarte con algo a la altura de tus necesidades. Así que pensamos: "vamos a prepararle un Ferrán". Un Ferrán es un Ferrán Adrià, claro está. Un plato de nueva cocina perruna consistente en reunir en una bandejita pijotera lo que más te gusta, y disponerlo con barata creatividad para el disfrute de todos tus sentidos. Aquí lo tenemos:

-Floritura impredecible de queso bien curado
-Emulsión bisexual de jamón de pavo
-Espuma catártica de cereales Special-K
-Salteado hipocondríaco de pienso perruno
-Velo vagaroso de huesito de pan
-En el centro: aire, soy como el aire, ahaá, con aroma de yogur danone

Bebida: agua, Lanjarón reserva 2009.





Hemos de decir que empezaste por el queso, luego el yogur, el pavo, los cereales y, al final, el pienso de todos los días. Y que inmediatamente levantaste la cabeza y nos miraste como preguntando: "ah, pero... ¿era esto?, ¿ya está?". Si te parece manera de comportarse en un resturante caro...


-El amor. Uno de los aprendizajes más emotivos y sorprendentes que hemos experimentado ha venido sucediendo en la sala de espera de los veterinarios. Allí hemos podido escuchar las mejores historias de amor imaginables. Por ejemplo, la de un perro precioso de ojos grises y pelo banco recogido de un contenedor es estado lamentable tras ser apaleado; poco a poco se fue recuperando con el cariño de la chica que lo encontró y toda su familia; no mucho tiempo después el veterinario les comunica tiene una grave enfermedad con pocas (pero alguna) posibilidad de tratamiento, así que desde entonces están aportando el dinero que no tienen para que el perro pueda vivir con la mayor calidad de vida posible. "Él lo haría por nosotros", nos explicaba la chica a punto de ceder al llanto. Y uno piensa en cómo son las cosas: hay gente que se dedica a apalear animales y arrojarlos al contenedor; y hay otra que se dedica a recoger ese mismo animal, quererlo, pedir un crédito y pagarles la quimioterapia. Pero también escuchamos bastantes casos más de perros enfermos y gente que se quedaba sin vacaciones por asumir su tratamiento. Bastaba observarlos mientras hablaban para llegar a la conclusión de que tener cerca a un animal nos hace mejores personas. Recuerdo ahora lo que dice John Berger en su ensayo clásico sobre arte que lleva por título Mirar: loz zoológicos son la expresión de un fracaso, y la culminación de un injustificada y radical separación entre las especies. Desde el inicio de la historia, la animal siempre se ha encontrado en el círculo más íntimo de la humana, compartían la caza, la lucha por la supervivencia, la crianza, el calor y los alimentos. Ellos son nosotros, y nosotros somos ellos. Un pensamiento especialmente doloroso en un país como el nuestro, con una salvaje tradición de maltrato animal.

-Las risas: pero pasemos a algo más optimista, y es que cuánto nos hemos reído desde que te tenemos. Los motivos son variados: tus inexplicables miedos domésticos -a la aspiradora, al vaso de la termomix, al hecho de que nos subamos a una silla-; la forma en que has adoptado un peluche con forma de perrito al que llamamos "Betto", y que te acompaña a todas partes; aquella vez en que te paraste a saludar al caniche de una señora mayor y de repente empezasteis a correr y se enredaron las correas entre nuestros cuerpos, de manera que para liberarnos tuvimos que medio toquetearnos por todas partes, y aun así no había manera; tus divertidas peleas con Nuria, y esa frase que te dice tan a menudo con su acento granadino: "¡pollinerías las justas!", todo un lema educativo (aunque sé que lo hacéis para disimular, para hacer menos manifiesta la dolorosa evidencia de a quién quieres más, pedazo de traidora) ; o el otro día, en el veterinario, cuando vimos esperando fuera a una especie de jabalí enorme, pacíficamente sujeto con un arnés similar al tuyo



-Esto qué es? -preguntamos a los dueños.
-Un cerdo vietnamita -nos respondieron.
-Ahhh... y qué es lo que le pasa. ¿Está enfermo?
-No, es que se ha tragado una pastilla de jabón.
-...
-De jabón lagarto, además. Y lo traemos para ver qué hacemos. De momento no le hemos dado agua... Por si le salen pompas.


Ah, y no se me olvida mencionar entre las cosas que me agradan de ti, tu gusto literario. De un tiempo a esta parte has decidido, en las horas que tienes que pasar encerrada en tu cuarto en casa, atacar una de las estanterías de libros, sacar algún volumen y destrozarlo poco a poco con tus dientecillos de vampiro. De momento la has emprendido con una novela antigua de Lucía Etxeberría, lo cual ha merecido nuestro aplauso. También te has ocupado de un clásico de Onetti -eso ya hace menos gracia-, y de un libro de viñetas de abogados -nada que objetar, tampoco-. Entonces me toca regañarte con una de esas broncas teatrales que recuerdan al Fernando Fernán Gómez popular en youtube, para que te des cuenta de que lo has hecho mal. Y parece que más o menos surte efecto, porque hemos sacrificado ya el de Etxeberría y de momento te centras exclusivamente en él. Los ejemplares de "Los nuevos" y "El lugar del enemigo" están bastante más altos. Pero aun así, por si alguna vez cayesen al suelo, ya te lo advierto: ni se te ocurra. Me ofenderías en lo más profundo de mi alma. Pollinerías las justas.
Y ya acabo, no te quejes, una buena entrada de blog contigo de protagonista exclusiva, señorita Fuentepalacio. He tardado, sí, pero insisto en que era difícil. Ya no eres una cosa extraña y sospechosa, ni siquiera una mascota. El otro día, cuando pasábamos la tarde en la terraza oyendo llover y leyendo, contigo en medio, os miraba a ambas y pensaba: mira. Aquí están las dos. Mi pequeña familia.






Glamour y gallinas.

Ahora que estoy renovando mi idilio musical con Saint Etienne, me ha hecho gracia encontrar esta entrevista con la encantadora Sarah Cracknell en la que nos cuenta su vida en el campo. Ahora entiendo mejor la ironía de la canción "Relocate" del álbum "Tales from turnpike house" en la que una pareja discute sobre la conveniencia de abandonar la ciudad. Aunque parece que en su caso ha habido acuerdo desde el principio entre su marido y ella, no así los niños, que habituados a la tele y la consola, se aburren a los diez minutos de estar fuera. Bueno, digo yo que se puede estar fuera con la PSP o la DS igualmente.

La verdad es que nunca nos la habríamos imaginado rodeada de gallinas, pero afortunadamente su pose y esos zapatos incompatibles con la vida rural recuperan para la afición a la Sarah pijísima y bellamente distante. Cuarenta y un años espléndidos, tan sólo superada en hermosura por mi Nuriuca y si acaso Tilda Swinton, aunque últimamente cada día se parece más al cantante de Communards, con el corte de pelo que se ha hecho, y por ahí no paso:

'Come monday night' (Stuart Murdoch).


Come monday night
the day of work is done
Tuesday morning lose the grey of ordinariness
Start by putting off your chores
And all the crushing bores
Say your morning prayers
Sing a rousing song
Then sing it on the long walk home
Come monday night
we're in a state of praise
Twenty-million boys are caught up in a paper chase
If the weekend promised much
Then it failed to touch
On a single count
what i was hoping for
What i was hoping for
Come monday night
we turn the telly off
To listen to the silence
Light that comes in from outside
If you could catch it all
And pin it to your wall
Then you would sleep much better
Baby you would sleep much better
Maybe you would sleep much better
Baby you would sleep much better
Maybe you would sleep much better
Baby you would sleep much better

martes, 29 de septiembre de 2009

'Los nuevos' llama a las puertas de la posterioridad (¿la posterioridad se habrá cambiado de dirección?).

Este pequeño post es un reconocimiento-agradecimiento a mi amigo-colega literario Rafa González Tejel. Gracias a sus buenas gestiones, que imagino próximas a una novela de espías, con encuentros en callejones turbios, mucha gabardina de cuellos altos y cigarrillos a medio consumir, un ejemplar de mi novela "Los nuevos" forma parte del catalogo bibliotecario de una institución pública, en una de sus sedes en el extranjero, a la que no haré referencia porque me consta que varios sicarios lo andan buscando para romperle las piernas o arrojarlo al río potomac con unos zapatos de cemento. El caso es que, cuando pasen los años y de mí ya no quede ni rastro -aunque pienso volver como fantasma para joder la vida a unos cuantos-, una copia de "Los nuevos" permanecerá depositada en un lugar libremente destinado a la lectura, disponible para el encuentro azaroso y quizá la recomendación boca-oreja. Entonces alguien descubrirá la novela y se preguntará... por qué demonios está allí; o no, a lo mejor aprecia sus pocos o muchos valores literarios. Gracias, Rafa, de veras.
Esta pequeña distribución por bibliotecas en su edición en papel es algo que se me había pasado por la cabeza y que haré de vez en cuando. Entretanto, y a la espera de la generalización del e-book, continúa descargable -e imprimible- en Bubok, como modesta pero orgullosa aportación a la República de las Letras, tal vez la única de la que me siento honrado ciudadano.

'Continental', el cajón de los secretos de Saint Etienne.



Queridos/as amigos/as, estoy entusiasmado con estas reediciones de Saint Etienne. Quiero ir escuchándolas poquito a poco, pero de momento me van proporcionando deliciosos descubrimientos. La faceta del grupo que siempre me ha gustado más es la de los temas pop minimalistas y melancólicos, con mucha presencia de teclados y atmósferas más que melodías propiamente dichas. De este tipo, quizá por su escasa comercialidad, encuentro bastantes entre las caras B, temas descartados e inéditos que incluyen las nuevas ediciones de su discografía. 'Continental', en este sentido, está siendo para mí una revelación, más aún en el CD de extras que en el de la primera versión. Temas como "It is true", "Groveley Road" o sobre todo el inédito "Under her spell" están haciendo del día a día de este escribidor un guateque pop, a la manera de Peter Sellers, lleno de gente agradable y extraña. Hombre, luego abro los ojos y me doy cuenta de que estoy en una cacería de Berlanga, pero eso es otro asunto.
Me parece estupendo que unos artistas reivindiquen su obra, injustamente desapercibida en muchos países. Al parecer van a salir en este formato los discos que faltan (¡¡qué bien!!): Good Humor, Finisterre y el extraordinario Tales from Turnpike House. Es como si le dijesen al mundo: bien, nosotros podemos incluso desaparecer como banda, pero aquí quedan nuestras ediciones canónicas. Esto es lo que hemos hecho.
Y lo que han hecho es una maravilla.

"Milwaukee at last!!", de Rufus Wainwright. That's entertainment.

Enredado como está con el estreno de su primera ópera, Prima Donna, Rufus Wainwright, el mayor talento de la música actual (Moz, no te enfades), nos regala esta golosina para pasar el rato mientras esperamos nuevas canciones. Los que tuvimos la suerte de poder asistir a alguno de los conciertos de la gira "Release the stars" lo agradecemos por los recuerdos impagables que nos brinda: su salida con aquel traje imposible como de servilletas y mantelería varia, el look fumeta de la banda, recién traídos del pasado, de Woodstock, concretamente, la bola de discoteca que se iluminaba en el estribillo del tema que daba título al álbum, su interpretación impecable y emocionante de tantas canciones hermosas: Going to a town, Sanssouci (qué preciosa), Rules and regulations... Todo podemos revivirlo en este CD que incluye un DVD (o viceversa) con el concierto. Envidio a los/as que no pudieron verlo en su día y lo disfrutan ahora por primera vez. Se emocionarán, se reirán, tararearán y le darán al "stop" del mando a distancia con una sonrisa implantada en la cara que ya no perderán en varios días. No falta una lectura sentida de "The art teacher", la mejor canción jamás escrita (perdona de nuevo, Moz), ni ese instante en que salía vestido con su trajecito tirolés y cantaba un tema tradicional de irlanda, Macushla, a capella, con esa pose de niño encantador en la fiesta fin de curso del colegio que tan cercano nos lo hace.

Y se echaba de menos tener registrado -youtube aparte- el final de locura en que pausadamente se nos vestía de Judy Garland e improvisaba una coreografía divertidísima para el tema "Get happy" con toda su banda. Así como la interpretación de "Between my legs", donde en cada ciudad alguien del público que había colgado su vídeo en youtube, y resultaba elegido, salía al escenario para recitar los versos finales de la canción. Echad un vistazo en youtube a las propuestas que realizó la gente a lo largo del mundo, de veras que merece la pena por lo mucho que te ríes y lo emotiva que resulta semejante empatía con un artista. Debemos confesar, Nuria y yo, que nos enteramos tarde, porque si no habríamos colgado nuestra versión (ya solventaríamos lo del despido disciplinario de alguna forma). Pero, dejando de lado la diversión, qué palabras tan bonitas las de ese pequeño fragmento:
'Cause there's a river
running underground,
underneath the town
towards the sea,
That only
I know all about
On which
from this city
we can flee...


¿No os habéis sentido así alguna vez, no os gustaría coger a vuestra chica/o y lanzaros a ese río y alejaros de toda la grisura de la vida, representada quizá en la ciudad?
El CD aparece cortito de canciones, casi todo él se centra en el álbum "Release the Stars", aunque se les ha olvidado imperdonablemente la que es mi favorita, "Tiergarten". Pero el DVD es una maravilla, aparece el concierto entero, con clásicos de discos precedentes y curiosidades como "La complainte de la butte". Rufus en casa, en definitiva. Un amigo.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los placeres analógicos.

Hubo un tiempo en que, cuando ibas a una ciudad distinta a la tuya, llevabas apuntada la dirección de una tienda de discos de la que tenías vagas noticias. Entrabas en ella y empezabas a curiosear los álbumes con dedos nerviosos. Más tarde, con los CD's, ya empezó a cambiar la cosa, pero aun así seguías disfrutando del descubrimiento repentino de un título que llevabas tiempo buscando, o de la adquisición de una novedad de tu artista favorito. Llegabas a casa y examinabas la carátula, los títulos de crédito de cada canción, las bromas ocultas en los textos de agradecimiento, las fotografías del libreto, que complementaban la música y componían una obra total. Después había un goce añadido, el de prestar, grabar o intercambiar de mano en mano tus pequeños tesoros, con eruditas disquisiciones sobre tal o cual canción, o sobre el álbum entero, porque existía un componente artístico inequívoco en la concepción del mismo: no daba igual donde terminase la cara A y con qué tema empezase la B, y algunas obras estaban concebidas como expresión conceptual de una misma idea o atmósfera, aun desarrollada en diez cortes. De ese modo se disfrutaba la música no hace mucho tiempo.



No quiero extenderme en este momento acerca de las causas y motivos de todo ello, me reservo para una entrada futura en la que, entre otras cosas, examinaré un lector de e-books al que he tenido acceso. Me limito por el momento a reflejar mis humildes placeres analógicos:




-La vuelta a los discos: por ejemplo, me he hecho últimamente un regalo estupendo, la reedición ampliada, con cantidad de extras y temas nuevos, de parte de la discografía de Saint Etienne. Aquí están los CD's, ya daré la lata sobre ellos en otro post.






Mirad qué bonito es el interior, y cada uno va con su cuaderno de textos, créditos, entrevistas, etc.:





-Los libros: ahí están, siempre, entre mis mejores amigos:





-La escritura a mano: necesito hacerlo así, para escribir directamente en el ordenador ya está el trabajo alimenticio. La primera versión debe salir directamente de la mano, de un bolígrafo azul tinta, y alguno de los cuadernos chulos que me traigo de los viajes; tiene que ser lenta, costar esfuerzo, requerir tachaduras y una elección reflexiva de cada frase, y de la música que las encadena. Como dice la narradora de "Deseo de ser punk", a la que me he referido antes, los discos y los cuadernos se acaban, un mp3 o la pantalla del word no se acaban nunca. Por cierto, recomiendo a todo el mundo los nuevos colores de los cuadernos moleskine de tamaño cuartilla (no el famoso taccuino), azules y rojos, son estupendos. Éste es el manuscrito de "Apuntes para una biografía del profesor Faure", en el que trabajo bien que mal.




Así es que uno se quita gastos de otras cosas, como la ropa o los numerosos dispendios que proporcionan lustre social, y lo dedica a estos pequeños placeres que ayudan a sobrevivir, y que se acaban haciendo imprescindibles.

viernes, 11 de septiembre de 2009

"Deseo de ser punk", de Belén Gopegui. Subamos el volumen.

Excelente novela, de las que no te dejan salir ileso de la lectura, de las que abren una grieta en tu mundo que te coloca ante la decisión de taponarla rápidamente o hacerla más grande, para ver qué hay al otro lado de la pared. Algo así le ocurre a Marina, la narradora, adolescente de dieciséis años para la que todo cambia de repente cuando el padre de una amiga suya fallece. O eso deducimos, porque lo cierto es que ni ella misma sabe lo que le pasa; tan sólo que de un día para otro dimite de la vida rutinaria y derrotada del instituto, del futuro que la conduce a algo similar o quizá peor que lo que han conseguido sus padres: la indiferencia, el miedo permanente al desempleo, la sensación de no ser nadie, de no reconocerse, de haberse adaptado a una música vital simple y acomodaticia, como reproducida al dictado. Marina necesita encontrar su música, porque no la tiene, y cuando por fin lo hace desea hacer algo con ella, un "atentado musical" a volumen bien alto que despierte el pensamiento de algunos, pocos o muchos.

El rock como metáfora violentadora de conciencias, como mensaje político o mero grito más explicativo que reivindicativo. "Interrumpo la emisión para subir el volumen de vuestros receptores y que nuestra angustia os entre por las orejas", escribe Marina, y a uno le dan ganas de ingresar en su comando unipersonal y difundir el mensaje.


Belén Gopegui es un verdadero mundo aparte en la narrativa española. El criterio bienpensante de los que mandan en esto de la cultura nos dice que cualquier atisbo de reflexión sobre las tensiones entre lo colectivo y lo privado como las que alientan los libros de esta autora deben etiquetarse en una "literatura de compromiso" ya superada. Así es que merecen una buena recepción crítica en la que siempre se desliza un pero referido a su propósito supuestamente panfletario. En cambio, las novelas que reproducen y legitiman el sistema capitalismo-androcentrismo (valga la redundancia) parecen resultar ajenas a la política, cuando no hacen sino apuntalarla, aunque vayan disfrazadas de entretenidas historias de detectives o cultísimas indagaciones en la historia. Si por algo se libra Gopegui de la demonización es por su extraordinario dominio de la técnica literaria, poco reproche merece la calidad de sus propuestas, aunque irriten a más de uno, quizá a causa del peligro que suponen para la conciencia ciudadana, tan satisfecha de sí misma y a la que sobra y basta con ser alimentada de vez en cuando mediante alguna campaña solidaria.


Claro que, como autora, puede que esté más acertada en unas ocasiones que en otras, o que los temas que trata y las historias que cuenta exijan demasiada explicitud. "Deseo de ser punk" ha de contarse sin duda entre sus mejores aciertos. Hay algo que destaca en la novela, y que la emparenta con aquella primera "La escala de los mapas", y es el estilo, la inteligencia y la belleza discreta de sus metáforas, ideas e imágenes. Ésta es una obra que ha requerido un trabajo extraordinario con el lenguaje, que finalmente resulta tan inverosímil como eficaz. No pretende Gopegui imitar el habla de las chicas de dieciséis años, sino interpretar verbalmente su pensamiento. Y así resulta una suerte de monólogo lleno de idas y venidas de lo profundo a lo banal, del dolor al humor, ninguna de sus anteriores obras tenía tanto sentido del humor. Marina nos divierte, nos emociona, y nos hace pensar. Como suele decirse, el que o la que pueda que venga y lo mejore, incluido Salinger. El mercado editorial ya se ha encargado de etiquetar a esta obra con referencia a "El guardián entre el centeno". Pero tan sólo el tono nos la recuerda. Más que de la angustia de los adolescentes, nos habla de la angustia de todos nosotros.



Y qué podemos hacer. Pues está claro: encontrar nuestra música, compartirla con otros, subir el volumen, y que el sonido traspase el estudiado silencio de los que dirigen nuestras vidas.

'Swords', álbum recopilatorio de caras-B de Morrissey.

Gracias a la inefable página Morrissey-solo (o como el muy ladino la denomina: "Morrissey so low") accedemos al tracklist y la carátula de Swords, el álbum de caras-B que saldrá el mes que viene.



El listado de temas en su versión CD es el que sigue:

"Good Looking Man About Town"
"Don't Make Fun Of Daddy's Voice"
"If You Don't Like Me, Don't Look At Me"
"Ganglord"
"My Dearest Love"
"The Never-Played Symphonies"
"Sweetie-Pie"
"Christian Dior"
"Shame Is The Name"
"Munich Air Disaster 1958"
"I Knew I Was Next"
"It's Hard To Walk Tall When You're Small"
"Teenage Dad On His Estate"
"Children In Pieces"
"Friday Mourning"
"My Life Is A Succession Of People Saying Goodbye"
"Drive-In Saturday"
"Because Of My Poor Education"


Disc 2 - Live in Warsaw 2009

1. Black Cloud
2. I'm Throwing My Arms Around Paris
3. I Just Want To See The Boy Happy
4. Why Don't You Find Out For Yourself
5. One Day Goodbye Will Be Farewell
6. You Just Haven’t Earned It Yet, Baby
7. Life Is A Pigsty
8. I'm OK By Myself


Dado que los consumidores hemos decidido movilizarnos al grito de "cultura gratis" -yo me he salido del rebaño, y lo que no me pueda pagar sencillamente no lo compro y espero-, los artistas se ven obligados a publicar más de la cuenta como excusa no ya para ganar dinero con el disco, que a fin de cuentas pocos adquieren, sino como una trámite necesario para salir de gira. En este caso, con independencia de ello, la verdad es que merece la pena. Encontrar legalmente los singles es cada día más complicado, así que la mayoría de estos temas no los conozco o simplemente los he escuchado alguna vez en youtube. Puede que un puñado de canciones sean discutibles, pero también hay hallazgos como "Ganglord" o "Because of my poor education".

Disfrutaremos de este disco, por tanto.

Y, ya puestos, a ver si nos movilizamos al grito de "¡urbanismo gratis!". La que se puede liar.

"Foot of the mountain", de A-ha. Elegancia al pie de la montaña.

Hay un prejuicio muy común entre el público cultureta -sin ánimo peyorativo, para bien o para mal camino entre ellos- de acuerdo con el cual los inicios de un artista contienen siempre lo mejor de su trayectoria, una calidad y una supuesta frescura que poco a poco se van perdiendo con los años. Así, cuando el creador decide continuar con su obra o retomarla pasada cierta edad, lo hace inevitablemente por dinero y sus intentos no dejan de resultar patéticos. Tiene algo de fascistoide esta manera de pensar, que entroniza la juventud sobre todas las cosas y concibe al autor como una foto fija, de modo que todo lo que se aparte de ella merece desdén o explícito rechazo. En el mundo del pop ocurre así, por ejemplo, con Morrissey. Recuerdo cuando hace unos años fui a comprar el "You are the quarry" al FNAC. Como no localizaba el disco, le pregunté al chico de la sección de música y me contestó: "no me extraña que no lo hayas encontrado. Míralo en la portada... no parece él". Pues claro. Ya no era el joven lánguido, gafapasta y depresivo de los años ochenta, sino un hombre de cerca de cincuenta años de complexión ancha que había sustituido el lamento por la mordacidad. A uno puede gustarle más el de antes, pero que lo sea por afinidad lírica o musical, y no simplemente porque "haya cambiado". En fin, supongo que ese prejuicio se pierde con la edad.



Y es que de no ser así los seguidores de la música pop pueden perderse la extraordinaria carrera de A-ha en la década del dos mil. Tras unos años de desconcierto, en que su propia evolución personal los apartó del público adolescente que hasta entonces los había sostenido, regresaron en el año 2000 con el álbum "Minor Earth Major Sky". Su primer single, "Summer moved on" tuvo un impacto notable, y anunciaba con claridad los nuevos tiempos: se había acabado los jovencillos del "Take on me". Ahora nos encontrábamos con una banda adulta que cultivaba un pop elegante, sofisticado y un punto melancólico. Pero lo más relevante era lo que de una manera sencilla distingue a los buenos de los malos discos: su excelente colección de canciones. (Aquí tenemos "Summer moved on").






Si hay algo que desde entonces caracteriza los álbumes de A-ha es precisamente eso: la sensación de que uno tras otro todos los temas son memorables. Lo único que puede llegar a cansarte es la peculiaridad de su sonido y el tono de voz de Morten Harket, pero al igual que en las catas de vino, te das un paseo por sonidos más guitarreros y en seguida tienes limpio el gusto para disfrutarlos de nuevo.


Cada uno de los títulos posteriores ha seguido con esa tónica de excelencia, desde Lifelines (2002) a Analogue (2005). Mientras el primero contenía alguna de las mejores canciones de su carrera -como la que daba título al álbum- el segundo supuso una interesante evolución de su estilo hacia una oscuridad e incluso agresividad que fueron bien recibidas, quizá porque continuaron fieles a lo que más importa, las buenas canciones. El primer single, Celice sufrió una pequeña polémica a causa del contenido este vídeo, que no va a asustar a nadie precisamente, pero ya sabéis cómo son estas cosas...





Entre medias publicaron un álbum en directo que tiene un título estupendo, procedente de la letra de un tema antiguo ('The swing of things'): How can I sleep with your voice in my head.

Ahora vuelven con "Foot of the mountain", que supone un retorno desprejuiciado al uso de sintetizadores para componer pegadizos estribillos sonoros. El disco vuelve a contener una maravillosa colección de temas pop para escuchar mil veces, cuyas melodías te persiguen -afortunadamente- hasta en el contexto siempre cacofónico del trabajo. Una pequeña curiosidad para los moz-maníacos: en una de las entrevistas de promoción de "Foot of the mountain" los tres A-ha declararon su admiración por Morrissey y señalaron que uno de los temas de este álbum, Shadowside, podía encajar nada menos que en el "Vauxhall and I"...


Bueno, en esta entrada no he hecho sino hablar bien de los noruegos... ¡pero por ahí no paso, ah no, no señor! Shadowside está bien, pero pretender que pueda tener encaje en la obra maestra del Mozzo...


En fin, disculpemos este lapsus y despidámonos con el vídeo del single, "Foot of the mountain". Como primera elección es un poco sorprendente, porque no es de las mejores del álbum, pero sí que resulta representativa de su sonido.