domingo, 30 de agosto de 2009

"En el café de la juventud perdida". Cartografía sentimental.



¿Por qué ha tenido tan buena recepción esta novela? Uno se siente tentado de decir que porque es cortita, de lectura bastante directa y sencilla y con un título prometedor. Una vez leída, ciertamente que no se merece el impacto que ha alcanzado en España entre los medios y lectores "literarios". Se destaca de los libros de Modiano la precisión de sus escenarios parisinos en contraste con lo evanescente de sus historias y personajes. Esto, que tiene propósitos elogiosos, me parece más bien expresivo de una grave carencia.

"En el café de la juventud perdida" nos habla de un café, sí, llamado Le Condé, pero también y sobre todo de París, sus calles y sus barrios obsesivamente detallados, sus puntos fijos y zonas neutras, singular cartografía más imaginada que real para corazones solitarios y perdidos. Y eso es todo, porque los personajes parecen simples marionetas que danzan alrededor de ese protagonista central que es la ciudad, aunque supuestamente lo hagan en torno a la esquiva Louki. Cada uno de los capítulos cuenta con una voz narradora diferente, hasta que el final una de ellas se repite sin aparente lógica. Esta técnica ofrece en un principio apuntes interesantes, puesto que unas y otras se complementan y nos ofrecen datos que los anteriores no podían conocer. Sin embargo todo se queda en un "lo que podía haber sido y no fue", como ocurre en el caso del detective, sin duda prometedor pero finalmente inane al igual que el resto. La historia debía terminar de alguna manera, y para ello recurre el autor a un efecto argumental demasiado manido -que no revelaré para no chafar la lectura a quien pudiese estar interesado/a- y fácil. Quizá Modiano ya había contado lo que quería contar, su paseo sentimental por un París íntimo y, a la vez, universal.
Le damos, no obstante, el beneficio de la duda, y confiamos en que en otras obras podamos encontrar un trabajo de construcción de personajes que sostengan la narración con algo más que un poético callejero.

"Sólo un beso". Ken Loach nos habla de amor con el cuchillo afilado.



Veréis, hay una coña que tenemos en casa, y es que que al abogado y escritorcillo que suscribe le encantan las buenas historias románticas, lo de "buenas" es muy discutible, así que para entendernos diremos que son las que uno no encuentra precisamente en las secciones de "literatura romántica" o "cine romántico"; pues el caso es que cuando veo una de las que me gusta, al final, en la escena culminante, suelo comportarme como un hooligan con su equipo favorito, pero en vez de gritar "gol", aúllo diciendo "¡¡triunfó el amor, triunfó el amor!!". A veces Nuria me sigue en la celebración, con lo que si un juez de familia nos estuviese mirando, inmediatamente nos retiraría la custodia de nuestra perrilla Betty y nos encerraría por enajenación mental definitiva y definitoria.
"Sólo un beso", de Ken Loach, es una de esas películas en las que puedo permitirme festejar los buenos sentimientos a voz en grito. Y me ha entusiasmado en especial porque es obra de un autor caracterizado por el inequívoco contenido político y social de su cinematografía.
Hace poco nos acercamos a ver otra película, "Cinco días en Saigón" cuyo mayor hándicap según la crítica era que no nos hablaba lo suficiente de la miseria de esa ciudad y se limitaba a contar una historia supuestamente "sentimental" sobre unas personas a las que el azar une de manera hermosa e intensa. Se ve que para la intelectualidad europea el amor no es posible en el "tercer mundo", sino sólo las hambrunas y la muerte.
Lo mismo ocurre con el cine de Ken Loach, hubo quien vio en este título una suerte de deserción de sus ideales. ¿El viejo izquierdista contando una historia de amor? Pues sí, pero mucho más que una bonita y nada sensiblera relación entre dos personas provenientes de mundos muy distintos. Loach no podía guardar el cuchillo en su funda y quedarse en la superficie de las cosas. Aquí hay otro gran tema, y un gran tabú contemporáneo, contra el que embiste con objetividad y energía: la religión. Musulmanes y católicos reciben por igual, obviando la corrección política y con la mira puesta en los derechos humanos. Otras de las "instituciones" que derriba con desparpajo es la familia en cuanto guardiana de innobles tradiciones y supuestamente entregada a los amores filiales: aquí se nos muestra a las claras cómo puede ser un nicho de intolerancia, violencia psicológica y el más efectivo instrumento de implantación universal del patriarcado.
Menudo panorama, ¿verdad? Pero no es preocupéis, al final triunfa el amor. Y no sólo eso, sino la libertad individual, la defensa de la dignidad personal, etc. Esta película tiene ya unos años, yo la he conseguido con el periódico "Público". Hacéos con ella y planead una sesión de cine con vuestra pareja o alguien que tenga posibilidades de convertirse en tal. Podeis pedir una pizza y tomaros una(s) cerveza(s). El resto lo ponéis vosotros, que no me tengo yo que ocupar de todo.

'Mapa de los sonidos de Tokyo', el valor de la autoría.

Últimamente Isabel Coixet se ha convertido en el pim-pam-pum de algunos críticos y un puñado de espectadores a los que les inspira tan malos sentimientos que poco les importa el contenido de sus películas. Y no vamos a negar que en cierto modo se lo ha ganado, pues la mayoría de sus proyectos últimos aparecían condicionados por un guión tan débil que resultaba imposible de enmendar por su notable pulso estilístico. En mi caso reconozco que después de una película tan tramposa como "La vida secreta de las palabras" se me quitaron las ganas de ver la siguiente, "Elegy". Ayer fuimos a ver, por tanto, "Mapa de los sonidos..." con mucho escepticismo, y movidos más bien por nuestra querencia japonesa. Nos conformábamos con que la peli nos devolviese a Tokyo durante unos instantes, y esperábamos salir del cine recordando esa sociedad tan fascinante, para lo bueno y lo malo, y farfullando contra la Coixet, como siempre.
Pues no ha sido así. Me ha gustado mucho esta película, aunque parte, una vez más, de un guión discutible, que al menos por haberse ceñido a un canon no resulta tan endeble como en anteriores ocasiones. Nos cuenta una historia mil veces vista o leída: la del amor fou entre dos personajes malheridos, con sus consabidas escenas de sexo arrebatador y supuesta frialdad emocional; a ello se une el viejo tópico del asesino de corazón de piedra que (ay) se enamora de su víctima, de forma que se gana la venganza de quienes le han encargado el trabajo. Suena a conocido, ¿verdad? Sin embargo el argumento acaba teniendo una importancia relativa frente a la personalidad de la cineasta y su particular manera de rodar, ensamblar sonido e imagen o subrayar detalles tan significativos como sugerentes.
Arranca la película con una escena poderosa, la de la cosificación extrema de la mujer en la sociedad japonesa que supone esa comida de negocios en la que el cuerpo femenino hace de barra de sushi. A partir de ahí, la oscuridad y una sutil tensión propiciada por los silencios -Coixet siempre ha manejado bien los silencios- ocupan la pantalla y nos envuelven en una propuesta estilística que supera la eficacia narrativa. Ese segundo narrador de la película, el cazador de sonidos, aporta distancia y enigma al asunto, vemos a Ryu a través de sus ojos y así nos enseña a sentir por ella tanto interés como inducida compasión. El personaje de David, interpretado por uno de esos actores que nunca falla, Sergi López, es más esquemático y a ratos incomprensible, pero el encuentro entre ambos, y el posterior desarrollo de su relación, lo completa. La resolución de la historia es algo que, una vez más, hemos visto en infinidad de películas. Pero cuando salimos de la sala, y al día siguiente, son otras cosas las que pasan por nuestra cabeza: los limones con que Ryu trata de quitarse el olor a pescado en la ducha, la textura gomosa del mochi en sus labios, la compañía muda del investigador de los sonidos de Tokyo y su atormentada amiga, los planos aéreos de Tokyo, el hombre-planta de la estación de metro, y los adolescentes en terapia callejera a la salida; esa habitación de hotel que reproduce un vagón de metro, y donde el sexo es tan áspero como en los encuentros furtivos y violentos que, de acuerdo con la leyenda urbana -tal vez cierta-, han provocado que existan vagones exclusivamente para las mujeres; los planos cortos de rostros reconcentrados sorbiendo ramen; la calidez de una conversación en torno a dos copas de vino, mientras diluvia con fuerza al otro lado del escaparate de la vinoteca; las encantadoras cabinas de luces del parque de atracciones...
Abundan en el cine los productos de entretenimiento eficaces, cuya producción industrial, tan denostada, sirve al menos para afinar los detalles en aras de una coherencia narrativa que logre mantener la intensidad hasta el final. No es eso lo que le pedimos a cineastas como Coixet, sino algo que abunda mucho menos: su mirada personal de autora, la creatividad formal, el tratamiento riguroso del tiempo, las formas y los sonidos (entre ellos la música, emocionante la inclusión de "One Dove", de Antony, al final). Todo ello lo podemos encontrar en esta película. Si es poco o mucho, queda a decisión del espectador. Confiemos al menos en que este tipo de artistas no terminen por desaparecer a manos de la supuesta libertad del supuesto mercado, y ni siquiera tengamos la opción de discutirlo.

sábado, 15 de agosto de 2009

Un año de blog (agradecimientos y aviso de ausencias).

Se cumple un año desde que inicié esta bitácora a ratos literaria y siempre personal, y aunque la fecha no merezca figurar en calendario alguno, un caballero no debe hacer ascos a cualquier ocasión de desarrollar un poco de fatua solemnidad.
Así que quiero dar las gracias a quienes esporádica o asiduamente se pasan por aquí haciendo agradable lo que, más allá de mis motivos para escribir un buen puñado de veces al mes, no deja de ser una experiencia de comunicación. De veras que me siento honrado y agradecido por vuestra atención, seguramente más numerosa de lo que imaginaba cuando comencé esto.
Pero, además de mi madre -que no sólo me lee, sino que también me promociona, la tía-, hay tres lectores nada anónimos a quienes debo dirigirme en concreto por su voluntaria o involuntaria implicación en el sostenimiento de una tarea, la escritura, que en ocasiones requiere de esfuerzos desalentadores para dedicarle un poquito de tiempo:
-Gracias a "mi" Nuria, en primer lugar, por su apoyo y comprensión permanente, mi primera y más valiosa lectora. Cuento con ella para todo lo que hago en la vida, y el blog no podía ser una excepción. Es responsable, además, de que me levante y me acueste sonriendo, y así todo resulta más fácil.
-Y gracias a Irene y Rafa, cuyos comentarios me han levantado el ánimo y me han dado un arreón de energía en momentos muy concretos. Puedo decir que a causa de su generosidad esta pequeña bitácora no se cerró en más de una ocasión.
Dicho lo cual, amigos/as, es problable que en los próximos dos meses me ausente más de la cuenta. La culpa es de un proyecto de escritura al que le he marcado un plazo un tanto forzadamente con el propósito de finalizarlo tras mucho tiempo de compleja convivencia. La excusa es un premio literario en el que no tengo ninguna esperanza -estará previsiblemente amañado, como el 99% de ellos-, pero que me he tomado como eso, una excusa y un juego con el que atreverme a afrontar algo que en cierto modo se aparta de lo que llevo haciendo hasta ahora, y que requería un punto de locura capaz de eliminar mis propios prejuicios. Rafa sabe de lo que hablo (mi particular ofrecimiento de alma al diablo, jeje). Lo cierto es que estoy absorbido totalmente por ello, me requiere un gran esfuerzo -que debo compatibilizar con tres mil cosas-, así que habrá menos blog y más narrativa secreta.
Besos, abrazos, mucho amor, buena música, algo de cine (está mal la cosa...) y mejores libros para todos/as.

sábado, 8 de agosto de 2009

Atención, obra maestra: 'God help the girl'.

Ya he hablado de este disco en una entrada anterior, pero es que a medida que lo escucho no dejo de apreciarlo más y más. Ya estábamos acostumbrados a que "Belle & Sebastian" nos ofreciese una obra excelente en cada título, pero este proyecto en solitario de Stuart Murdoch es sencillamente magistral. Además la propia concepción del álbum me parece una historia preciosa, que afortunadamente su mujer ha ido filmando en un documental, "Girl singer needed", que esperamos poder ver entero -de momento, sólo un trailer-: hace años comenzó a deambular por su cabeza una canción, ('God help the girl') y de ahí nació el propósito de contar una historia a través de diferentes formatos; ahora tenemos el disco, y más adelante vendrá la película. Este es, ante todo, un proyecto con chicas, voces femeninas a la manera de las grandes del soul y el pop de pasadas décadas. Pero parte de su encanto estriba en que se trata de nombres desconocidos hasta ahora para el público. Murdoch puso varios anuncios con el lema "Girl singer needed" y unas especificaciones divertidas que excluían el tipo "Celine Dion" (¡horror!).Realizó así un casting y acabó encontrando las voces idóneas, frescas, sensibles y sorprendentes. Entre ellas, estas tres señoritas, alguna de las cuales no había cantado ante el público en su vida. Pero sobre todas destaca la que ha acabado adjudicándose el papel central, Catherine Ireton, que tiene hechuras de estrella clásica y a la que podemos augurar una larga carrera en esto de la música. Qué mejor manera de comenzar que hacerlo de este modo, en un proyecto artístico elegante, delicado y auspiciado por la calidad innegable de uno de los mejores compositores del pop contemporáneo.




El primer single, completamente atípico para la época en que vivimos , "Come monday night" es uno de los temas más preciosos que pueden escucharse, y el aire añejo del vídeo lo hace encantador. Como lo he colgado en una entrada anterior, añado esta vez una breve grabación sobre la presentación en directo del álbum, pero os invito a que lo veáis de todos modos.











Suele ocurrirme que muchas épocas de mi vida aparecen marcadas por una concreta lectura o música. El verano de 2009 siempre será para mí el de 'Come monday night', 'God help the girl' y tantas otras de este disco excepcional. Bueno, tampoco puedo olvidarme de los Cola Jet Set, que con sus guitarras y sus tambores también me hacen sonreír y tararear como si la vida fuese únicamente bonita.


En cuanto a las lecturas, disfruto de los 'Cuentos europeos' de Doris Lessing, un volumen maravillosamente editado por Lumen y que he venido aplazando a lo largo del año -son casi mil páginas-; constituye un placer literario de esos que a uno le gusta saborear y demorar.


viernes, 7 de agosto de 2009

Grandes momentos en la historia del pop (capítulo primero).

1.- Jarvis Cocker boicotea una actuación televisiva de Michael Jackson. Un toque de angostura en un cóctel excesivamente empalagoso:


Ocurrió en la entrega de los Brit Awards en 1996. Michael Jackson participaba en la ceremonia interpretando su single 'Planet earth'. Una aclaración previa: los o las siempre amables y nunca suspicaces lectores/as sabrán por entradas previas de este blog acerca de mi adoración por Jacko, así que no soy sospechoso de haberle tenido especial manía, sino todo lo contrario. Precisamente el considerarme un seguidor antiguo y leal me habilita para criticar sus excesos. Y aquella actuación, perdónenme los fans, era de los más graves. La canción ya es durilla de soportar, uno de esos himnos infantiloides que acaba en una catarsis de gritos roncos, coros gospel, etc. Pero es que la puesta en escena resultaba completamente inenarrable, aunque intentaré relatarla (como en el vídeo que incluyo en este post sólo aparece el momento divertido, os invito a buscarlo completo en youtube). La cosa duraba nada menos que nueve minutos. El escenario estaba a oscuras, y aparecía una enorme luna llena al fondo. Jacko surgía entre humos y ventiladores, con melena al viento como era habitual, e iniciaba su canción entre forzadísimas expresiones de lástima y dolor por el planeta tierra, que era de lo que iba la letra. Hasta ahí el asunto iba más o menos bien, pero entonces empiezan a salir niños, adultos y abuelillos de la misma luna, cada uno de una raza poco más o menos, y todos vienen llorando, al tiempo que hacen los coros de la canción. En el momento de máxima intensidad dramática, Jacko se sube a una plataforma móvil y empieza a bailotear con sus típicos gestos. Al final desciende de los cielos, se quita toda la ropa negra que lleva y se mezcla entre la gente como un ángel, vestido de blanco y luminoso, y todos los niños, adultos y abuelillos acuden a abrazarlo uno a uno y posan para la cámara sonriendo: una nena india, un negrillo, un rabino, un matrimonio con hijos que haría las delicias de la COPE, etc.


Por allí andaba Jarvis Cocker, por entonces líder del grupo Pulp. Y debió de quedarse atónito y avergonzado ante el espectáculo, como nos ocurre ahora, a años vista. Así que pensó que aquello no había hijomadre que lo aguantase, y salió al escenario: se mezcló entre los figurantes, hizo gestos de todo tipo, mientras un par de guardaespaldas trataban de sacarlo afuera, correteó por la escena, dibujó su silueta en la luna de las narices braceando como un loco, y al parecer, aunque por desgracia eso no lo recoge el vídeo, ¡¡le tocó el culo al propio Michael Jackson!!.


Qué queréis que os diga. La irreverente invasión de Cocker se agradece. Quizá gracias a ella la trayectoria de Jacko continúa siendo admirable, porque esa actuación habría hecho muy dura la revisión de su carrera.


De los niños, los matrimonios y los abuelillos participantes en el número musical hemos tenido alguna noticia posterior: los primeros se han dedicado al terrorismo y el trapicheo, las parejas se han divorciado y han cambiado de sexo, y los abuelillos han terminado sus días en la cárcel por pirómanos, además de que se sospecha que son los autores de los famosos círculos marcianos de los campos ingleses. Es duro sobrevivir a algo así.






2.- 'Wake me up before you go-go', de Wham. Sobran las palabras (o quizá el nudo que se nos pone en la garganta nos priva de ellas):


Este vídeo es responsable de que uno -en contadas ocasiones, eso sí-, se comporte como en la leyenda bíblica, y reniegue por tres veces del pop de los ochenta. Si le comento a alguien que me encanta aquella música y de repente sale a la luz este videoclip, el sudor empieza a bajar a chorros por mi cara, me desanudo la corbata, me tiembla el labio inferior y necesito subirme las gafas con un empujoncillo del dedo en la zona de la nariz. Podemos soportar los primeros minutos de George Michael de saltimbanqui en pijama, su pelo cardado y sus aretes, o esa sonrisa de vendedor de biblias, incluso los guitarrazos estentóreos de Andrew Ridgeley -que nada tienen que ver con la melodía-. Pero todo cambia cuando aparecen con la segunda vestimenta de este vídeo. En el año 1996 los países integrantes de Naciones Unidas presentaron a la Asamblea General una propuesta de modificación del articulado de la Declaración Universal de Derechos Humanos que añadía uno nuevo con el siguiente tenor:


"Todo ser humano tiene el derecho de no sufrir agresiones estéticas insoportables. Para que una manifestación o conducta visualmente apreciable pueda calificarse como agresión estética insoportable se tomará como referencia base el vídeo Wake me up before you go-go, del grupo pop Wham"


Al final no llegó a aprobarse por la oposición de Rusia, pero ahí está como criterio comparativo.


Y es que no ha habido nada, ni siquiera en las Marbellas o los Benidormes, que pueda superar a esa combinación de suéter rosa, short paquetero blanquiazul, calcetinillos y zapatillas de deporte, y a modo de traca final... ¡¡¡guantes amarillos!!! Cuando bailan mezclados con el coro nos ofrecen una espeluznante exhibición de patorras gordas, como una de esas viejas masculinidades que se reúnen los viernes pa' echar un partido de futbito y luego tomar unas birras y hablar de tías, y aparecen en la cancha con sus piernas peludas y la camiseta de Raúl. Para completar el estilismo de manera idónea, el bueno de Andrew Ridgeley se toca la cabeza con un gorro de Rommel, el zorro del desierto. George Michael no lleva gorra porque no había nada que encajase en aquel cardado cementoso.


Y mira tú que la canción es resultona, imposible resistirse a bailotear un poco, pero el vídeo ha quedado grabado a fuego en nuestro cortex cerebral. Todos los teintañeros casi cuarentones que hemos vivido esto deberíamos reunirnos al menos una vez al año para hablar de ello, y echarlo fuera.





3.- Bowie pretende hacerle sombra a Morrissey, fábula de los dos gallos, el corralillo y la espantá:


En 1995 David Bowie acababa de publicar uno de sus discos más experimentales, Outside, que por cierto envejece maravillosamente, por entonces mal recibido entre el público pero bastante mejor en la crítica. Morrissey andaba prácticamente en las mismas, con su Southpaw Grammar recién salido llevando todos los palos posibles (ya hemos visto en una entrada precedente cómo ha "resucitado" ahora). El caso es que alguien planteó la idea de que saliesen de gira juntos, a fin de cuentas Moz era un admirador de Bowie desde su juventud, y el segundo le correspondía, por ejemplo, con la versión (horrorosa, dicho sea de paso) de "I know it's gonna happen someday" en su álbum "Black tie white noise".

Así lo hicieron, ejerciendo Morrissey a modo de telonero. Imaginamos que para tomar esa decisión debía de ser muy consciente de su relativa presencia en el mundo musical por aquel entonces (lo cual dudamos, el ego de Mozzy resiste silencios, bajas ventas y aun invasiones bárbaras), o quizá se trataba simplemene del mucho respeto que guardaba hacia uno de sus mayores ídolos.

Fuese como fuese, todo iba más o menos bien. Hasta que Bowie tiene una idea "genial": en mitad de la interpretación de "Cosmic Dancer" a cargo de Morrissey, él aparecería de repente y lo acompañaría en la canción, lo que debería provocar su retirada gradual del escenario, así como la de sus músicos, para dejar el sitio al Duque Blanco.

A quién se le ocurre. Eso sonaba a "Pascual, haga el favor de recoger la mesa y dejarla lista para el señorito". Quien conozca la timidez de Morrissey, tan grande como el ego al que nos hemos referido, comprenderá que no llegó a provocar una discusión al respecto. Ocurrió así, como vemos en el vídeo (Moz sonríe cuando aparece Bowie y el público empieza a aplaudir cual si dijese: "ahora viene lo bueno"), y una noche debió de pensárselo y llegó a la siguiente conclusión: a tomar por saco. Cogió un coche y desapareció, dejando al parecer colgados a sus propios músicos. Desde entonces los dos gallos no han vuelto a hablarse.

Y Morrissey lo explica de manera natural y calmada en este vídeo, sin aparente rencor. Se trataba únicamente de que aquello no le permitía siquiera despedirse de su público.

Claro que no puede evitar apostillar que Bowie era un gran artista en los setenta... pero no ahora.

Te queremos, Moz.