lunes, 29 de junio de 2009

La vida no escrita de Michael Jackson y el vitíligo como hipótesis (coda a una entrada anterior).

Por mucho que uno intente sustraerse de las sesudas e intelectualísimas reflexiones que generaciones añejas de periodistas conservadores -que nunca han escuchado un puñetero disco pop completo- están vertiendo estos días en la prensa, el hedor de esta marea putrefacta siempre llega a la costa. Ya me he hecho de acero ante la sorprendente, casi inverosímil, falta de rigor en los aspectos musicales: confunden los títulos y las fechas de los discos, despachan la etapa posterior a 'Bad' con cuatro generalidades, desconocen los porqués de tales o cuales hechos -la brusca interrupción de la promoción de 'Invincible', por ejemplo-, etc. Especial delito tiene en la era de la Wikipedia, que no servirá para otra cosa, ciertamente, pero sí constituye una erudita recopilación de discografías pop nada despreciable (me gusta pasearme por ellas, y os aseguro que en este aspecto -sólo en este aspecto- le da mil vueltas a la prensa "seria"). Y uno piensa el grado de fiabilidad que tendrán cuando hablen del crack financiero o las células madre, en fin... Pero es que en el aspecto personal ya cuesta algo más hacerse el loco y restar importancia a las cosas.


La vida de Michael Jackson tiene algo de gran tragedia aún no narrada, a la espera de que alguien -un Boswell, sí, discúlpeseme la irreverencia- la investigue y la cuente. Poco o nada sabemos, y esto es algo que cualquier opinador -como el que suscribe- debería colocar en el frontispicio de sus pequeñas lucubraciones. La verdad de su existencia me resulta tan lejana como la vida en otros planetas, y sólo siendo consciente de ello me permito especular -simplemente eso, especular- en torno a los datos que bien que mal se han ido haciendo públicos a lo largo de los años; es decir, elaboro hipótesis, pero siempre, inevitablemente, a partir de hechos, datos, noticias. Muchos periodistas de sueldo fijo y medios poderosos prefieren, en cambio, enredarse en su propia prosa metafórica y hablar del niño que no quería crecer, el negro que quiso ser blanco, el icono que cerró el siglo XX, etc. Las generalidades pseudopoéticas tienen la ventaja de que no hace falta informarse acerca del personaje, ni de su obra, muchos de esos artículos podrían aplicarse igualmente a Jacko y a cualquier otra figura popular, cual necrológica precocinada y lista para servir caliente.

Necesitamos, pues, ese libro de rigurosa investigación. Y sugerimos para él una buena vía de búsqueda: lo cierto es que algo ocurrió después del Victory Tour (1984). Por entonces el color de la piel de Michael era éste:







-Tres años después, éste:




-Y en 1991:








-Para, finalmente, acabar como todos conocemos:










Bien, de acuerdo con el noventa y nueve por ciento de la opinión mundial, tras publicar el disco más vendido de la historia, tener dinero para varias vidas y ser el personaje más admirado en todo el mundo, decidió renegar de su raza negra y convertirse en blanco, mediante un curioso sistema de clareado que sin embargo no ha sido imitado -que conste- desde entonces, pese a que la patente y una buena campaña publicitaria habría desbancado a Jacko de su trono de millonario en favor de tan creativos doctores.




Claro que también habría podido ocurrir esto:



¿Os suena el color de la piel "blanca" de estas fotos? Basta introducir en el google "vitíligo" para que encontremos infinidad de páginas sobre esta enfermedad, en las que siempre existe un apartado dedicado a las secuelas psicológicas. ¿Sería tan difícil imaginar lo que supondría algo así para un individuo de raza negra, que vivía precisamente de su imagen pública? ¿Puede esto tener algo que ver con la imaginería del monstruo, tan presente en la obra de Jacko, con su interés por El Hombre Elefante (ejemplo canónico del ser de aspecto monstruoso y corazón sensible, despreciado y adorado a un tiempo por el público de la época, en cuya sociedad se sentía aceptado y excluido a un tiempo) o la constante reelaboración de su propia imagen por vía de la cirugía? ¿Recuerda alguien que cuando se formuló la primera denuncia del menor -a principios de los noventa- la policía fotografió sus genitales puesto que un aspecto clave de su defensa era que presentaban "cierta peculiaridad" (¿el descoloramiento, las manchas irregulares, quizá?)?.

Lo único que sabemos es que a partir de 1984 la vida de Michael Jackson derivó en un carrusel de aparente extravagancia. Cuánto nos hemos reído de su mascarilla, de su paraguas para evitar que el sol lo tocase (tanta aversión tenía a la raza negra, al parecer, que no quería ni ponerse moreno... ¿o será que el sol es el mayor enemigo de los afectados por vitíligo?). ¿Y si, simplemente, era un ser humano enfermo? ¿Y si, en añadidura a su frenética infancia, siendo aún joven se encontró despojado de su propia imagen lenta pero inexorablemente? Por no hablar de que, poco más adelante, se vio convertido públicamente en un pederasta (la revisión de aquellos juicios merecería capítulo aparte), arruinado y despreciado por los mismos medios de comunicación que se ponían a sus pies cuando era poderoso.
En espera de esa investigación que tal vez no llegará nunca, repasemos los datos que hoy se han hecho públicos: pesaba 51 kilos, tenía cicatrices de trece operaciones de cirugía, estaba prácticamente calvo, carecía de tabique nasal y el lado derecho de la nariz de hallaba hundido, apenas comía, aunque ingería constantemente analgésicos. Pero falta uno, quizá el más relevante: Michael Jackson era blanco, completamente blanco. Con el tono de la leche, de la nieve, de las alas de los ángeles, de las piedras de los cementerios, de la espuma con que se rompen las olas. Ahí, en ese color imposible, se encuentra el vórtice que ha acabado con su vida.
Sólo es una hipótesis.

domingo, 28 de junio de 2009

'On this glorious occasion, of the splendid defeat'

Cito esa frase a la que me he referido en la entrada anterior, con que se abría el disco Maladjusted, para señalar de forma solemne el comienzo de la revisión y edición de "El hombre que espera". Espero poder concluirla en los próximos meses, al tiempo que acabo la versión manuscrita (sí, a boli azul tinta) de "Apuntes para una biografía del profesor Faure". Ambas aparecerán en un mismo tomo: "Zonas de sombra (dos novelas cortas)", por razones de afinidad que el intrigado y amabilísimo lector/a descubrirá en su momento. Vive la résistance!!

'Maladjusted (Expanded Edition).' Reedición del punto y aparte de Morrissey.


En 1995, tras la publicación de Southpaw Grammar, disco incomprendido hasta por buena parte de sus seguidores, Morrissey pasaba por algunos momentos difíciles a raíz de la demanda con que Mike Joyce no sólo cuestionaba el reparto de los beneficios de the Smiths, sino que en buena medida terminaba por ensuciar su recuerdo y su historia. No es difícil imaginar el esfuerzo artístico y personal con que afrontó la elaboración del nuevo álbum, en el que se recogía la mejor veta del Vauxhall junto con algunos apuntes del rock poderoso y experimental de su obra precedente.



'Maladjusted' comienza con el tema del mismo título, tras un sample de una película bélica antigua en voz del actor Anthony Newley, y muestra pronto sus cartas: la libertad creativa de siempre, que no renuncia a lo ya hecho ni se arredra ante los nuevos caminos, en este caso más de cuatro minutos de canción sin estribillo sobre la vieja y perdurable inadaptación. A ella sigue uno de los mejores singles de Morrissey, a mi entender, "Alma matters" (cuyo ritmo pegadizo de campanillas fue posteriormente plagiado por Bowie en el álbum "Heathen", escuchad "A better future", y luego hablamos... ay el duque blanco fue en esa ocasión el ladrón de guante blanco), que para la gente a la que se le atragantó 'Southpaw' significaba una vuelta a la melodía pop de estribillo encantador. El vídeo, además, era uno de los pocos mínimamente trabajados de la carrera de Mozz (siempre los ha aborrecido), en una entrada anterior lo he colgado. Continuaba el disco con un puñado de temas que recordaban al tono relajado y evocador del Vauxhall, pero en los que fallaba quizá producción para crear una atmósfera tan personal como aquélla. Entre ellos merece destacarse alguno que forma parte ya de su repertorio clásico, como "Trouble loves me", una balada con melodía de piano preciosa y emotiva, recuperada en la gira de "Ringleader of the tormentors" y alguno de los conciertos del "Tour of refusal" de este año. También, sin embargo, tenía este disco una caída importante: "Roy's keen", un tema medio pop de estribillo cansino y letra tontorrona (todo genio tiene sus descansos, y aquí Moz se pegó una buena siesta), aunque otras como "He cried" y "Wide to Receive" compensaban la cosa; tampoco el tercer single, "Satan Rejected My Soul" -en el que el riff comercial de Boz Boorer y la melodía iban cada uno por su lado- pasará a la historia, me temo.




Aparece ahora la reedición de este disco notable con el que se cerraba una etapa y se abría un largo silencio previo a la reconquista que supuso "You are the quarry". Ha cambiado el artwork, tan criticado por algunas voces (recuerdo a un periodista que decía algo así como que Maladjusted empezaba con mal pie por culpa del jersey que llevaba Moz en la portada, tan triste, como de supermercado), y ahora aparece como un galán un poco rancio de peli antigua, quizá más aseado, sí, pero nada poético, no nos engañemos (además, el título encaja mal con la pose de turista). Pero bueno, como a Moz le perdonamos estas pequeñas minucias, pasemos al contenido: en primer lugar, las ausencias: ha eliminado "Papa Jack" y "Roy's keen" del tracklist. Nada que objetar sobre la segunda, que quizá se recuperará dentro de cincuenta años en alguna edición de coleccionista (¿cómo se venderá eso en un futuro digital? En fin, no nos compliquemos ahora con la metafísica...), pero sí que me parece injusta la supresión de la primera, un tema que podría haber encajado en el "Vauxhall and I" y que sólo se me ocurre que podía tener alguna clase de implicación personal que justificase la decisión.
Pero lo más notable del álbum es la inclusión de las caras B de entonces, que resultan excelentes, en especial Lost y otra a la que le tengo mucho aprecio porque siempre me ha encantado y continúo escuchándola a menudo: "I can have both", que aparecía en el single "Alma matters". Recomiendo la versión que aparece en el disco, pero he encontrado una toma en directo que casi nunca se repitió (Mozzer la define como increíblemente difícil, supongo que se refiere a su interpretación en vivo):

Staring in the window of the shop that never opens/ Planning my selection from all the treats inside/ Should I take as I desire - oh shall I, oh shall I ?/ Or should I hang around to be enticed inside ?/ I'm trying to explain to myself I can have both/ I'm trying to explain to the voice inside I can have both I can have both/ There's nobody around to say no/ Who've brain-washed the small shy boy inside/ He doesn't know he can have both

Aprecio en ella la riqueza de esa letra un tanto abstracta (ciertamente irreverente para la media del pop, con sus corazones rotos y demás faramalla...) en la que me reconozco, pues desde siempre me ha torturado la idea de decidir, de encontrarte frente a varios caminos -u objetos de esa "tienda que nunca abre"- y tener que tomar una determinación. Así me ocurre con frecuencia cuando pugnan el trabajo y el arte, y aunque trato de convencerme, como dice la canción, de que puedo tener ambos, trato de "explicarle a mi voz interior" que es posible, también me pregunto "quién habrá lavado el cerebro al niño tímido" que aún llevo dentro.

El disco concluye con "Sorrow will come in the end", ese recitado con fondo estremecedor de violines que servía de ajuste de cuentas con Mike Joyce, y que en la edición inglesa no estaba incluido.

Al igual que ocurría en "Southpaw grammar (Legacy Edition)" la obra pierde coherencia pero gana en buenos temas. Mejor que sean rescatados ahora, en todo caso, cuando el artista aún tiene voz y voto.

Después llegaría el "exilio americano", la falta de sello discográfico, el "Oye Esteban Tour" y, finalmente, la toma de la bastilla con "You are the quarry". Lo demás, es ruido... mucho ruido.

'Invincible.' Michael Jackson no nos deja solos.

Hoy que todo está siendo dicho y escrito –la mayoría de las veces errónea o estúpidamente- acerca de la muerte de Michael Jackson quizá lo único que merezca la pena sea la evocación íntima de lo que ha supuesto en nuestra vida, de aquellos momentos en que su música y/o su presencia nos ha acompañado con esa intensidad comunicativa y aun afectiva propia del gran arte.
La mañana del viernes tenía que madrugar un poquito más, y en seguida escuché la noticia en la radio. Conmocionado, después de preparar el desayuno volví a la cama para despertar despacito a Nuria –instantes de ternura de los que nunca nos hemos privado por muchas prisas que nos acucien- y le susurré que tenía que comunicarle una noticia triste para ambos procedente del mundo del espectáculo. “Te lo diré con música”, comenté, y me levanté para poner en el Ipod ‘Smile’, versión encantadora del tema clásico de Charles Chaplin que incluyó en su álbum History, y que nos dice que hay que sonreír siempre, aunque el corazón te duela.





Apenas comenzaron las primeras notas, Nuria se estremeció y permanecidos un rato abrazados, en silencio, con Betty circulando alrededor sin comprender lo que pasaba (si hubiese podido hacerlo, habría llorado, seguro).


A estas alturas de mi vida tengo la suficiente acreditación de ciudadano serio y responsable para que me importe un carajo si a alguien le parece o no patética esta clase de cosas. Si algo me enseña el trabajo es la cantidad de gente mezquina, miserable, abyecta, que se dedica a hacer el mal. No soy abogado que lidie con violencias o psicopatías, pero sí con los pequeños comportamientos sociales, aparentemente aceptados y casi invisibles, que ensucian nuestra vida sin que en ocasiones nos demos cuenta: el machismo, la corrupción, la defraudación, los prohombres que supuestamente “crean riqueza” (para sus bolsillos desde luego que no cabe la menor duda), el autoritarismo, la intolerancia, el tradicionalismo más salvaje (ay, esas fiestas populares españolas…). De ahí que cada día me sienta más orgulloso de mi otro lado, del Casoledo que tararea singles de Cola Jet Set, Saint Etienne o La Casa Azul, devora literatura intimista, trata de crear la suya –con mayor o menor fortuna- y disfruta del cine o de las conversaciones divertidas y un poco chifladas. El apelativo “friki” me parece, cada vez más, una condición a reivindicar: la del que guarda con celo un espacio en su vida donde revivir la ilusión por las cosas con el entusiasmo de los chiquillos, un edén libre y desprejuiciado que apela a la delicadeza, la sonrisa y, por muy maltratada que esté la palabra, a la sensibilidad.

Jacko vivía en ese lugar, y coincidimos en no pocas ocasiones. La primera de ellas fue el programa televisivo de nochevieja, hace más de veinticinco años, donde unos jovencísimos Martes y 13 anunciaban un vídeo muy largo del tal Michael Jackson. Lo recuerdo por el chiste típico de Millán: “sí, vamos a ponerlo porque jack-son las once”. El vídeo era Thriller. Poco hay que decir sobre él, salvo que nadie ha hecho algo más grande en la música pop, y que inauguraba un mundo nuevo en lo audiovisual, como se ha demostrado a lo largo de los años. En aquellas vacaciones de navidad unas amigas, cuatro hermanas de las que era vecino, me prestaron la cassette del álbum a cambio de otra mía, la banda sonora de la película Flashdance. Me hice tan adicto a aquella música –y a las coreografías, que trataba de imitar con torpes movimientos… la naturaleza sólo me ha dado cuerpo para escribir novelas- que llegado el momento de devolvérnoslas me hice un poco el loco y, andando andando, me quedé con la cinta (Natalia, Clara, Sonia, Paula… dondequiera que estéis… ¡perdonadme! Aunque tampoco os quejéis demasiado, que Flashdance no era un mal trueque...). Todavía la conservo, y cuántas veces la escuché. Ni siquiera la edición conmemorativa que salió el año pasado -y que me compré, cómo no-, puede igualar en encanto a aquella cassette blanca con letras naranja casi desleídas por el uso.
Un par de años después publicó ‘Victory’, con sus hermanos, a modo de excusa para la pequeña gira de reunificación que hicieron por Estados Unidos tras el éxito, también, de Germaine Jackson con “Dynamite”. ‘Víctory’ es un álbum que contiene una joya oculta: “Be not always”, cantada por Jacko casi a capella, un tema hermoso pero tan triste que desaconsejo escucharlo en estas fechas, con su muerte reciente. Luego vendría ‘Bad’, quizá el que menos que me gusta, aunque el vídeo de Smooth Criminal ha pasado a la historia prácticamente al mismo nivel que Thriller. Y en 1991, creo, mi favorito, el más arriesgado y adelantado a su tiempo: ‘Dangerous’, un álbum aún por descubrir, pero ya largamente imitado, en el que dio un giro eléctrico y callejero a su música que no fue del todo comprendido. ‘Jam’, ‘In the closet’, ‘Why you wanna trip on me?’ o ‘Dangerous’ son extraordinarias, pero ‘Who is it’ nos muestra la grandeza de un entertainer que sabe sobreactuar del modo adecuado para exacerbar el sentimiento y convertir un medio-tiempo rítmico y con estribillo difícil en una pieza pop inolvidable.



Comenzaron por entonces sus problemas con el mundo entero, y los mismos noticiarios que se interrumpían para anunciar sus vídeos, tomaban ahora una de las piedras del suelo y participaban con alborozo en el linchamiento. Desde un principio parecía claro que la denuncia de aquella familia por supuestos abusos a un menor rechinaba por todas partes (al final llegaron a un acuerdo económico y se acabó el pleito, curiosos sentimientos paternales ésos que se sofocan con dólares y dejan en libertad al presunto pederasta), pero ya no importaba, a partir de ahí su vida entraría en picado. No es momento ahora para recordar todo aquello, ya se encargará la prensa estos días de explotar frasecillas tópicas como “personaje controvertido”, “siempre envuelto en polémica” y similares. Tan sólo quiero recordar la mayor de todas las estupideces, que con el tiempo se fue olvidando, como siempre, sin que ninguno de los miles de opinadores que la utilizaron se molestase en reconocer que era eso, una estupidez: me refiero a lo de “el negro que se convirtió en blanco”, el supuesto blanqueamiento de la piel para huir de su raza. Cuántas veces tuvimos que oírlo, daba igual que el color no fuese “blanco” a la manera de la raza “blanca”, sino blanco porcelana, completamente anormal (¿se le habría ido la mano al cirujano al escoger la carta de colores?); daba igual que él mismo lo desmintiese y explicase que padecía vitíligo, una enfermedad perfectamente reconocida y diagnosticada que acaba con la pigmentación de la piel (desde entonces, en alguna ocasión he visto a personas que la padecen, y se trata claramente del mismo caso: el tratamiento, si lo hubo, consistiría en eliminar las manchas de color oscuro que se dispersarían por toda su cara y su piel con un efecto desagradable –de ahí su permanente identificación con el hombre elefante-); daba igual que, pese a en teoría querer ser blanco, no dejase de reivindicar su raza negra en numerosos actos. Todo daba igual. Recuerdo un artículo de prensa que leí en un diario español en los mismos días en que salía a la luz la noticia de la denuncia por abusos, decía el autor –insigne comentarista político-: “es un monstruo, siempre lo ha sido”. De eso se trataba, ¿verdad?

Pero volvamos a la música, que con la que le estaba cayendo encima se volvió cada vez más furiosa y personal, o en palabras de la prensa, “un fracaso comercial tras otro” (vender siete millones de Invincible en 2001, con toda la prensa en contra y la piratería ya arraigada, es un fracaso comercial, ya veis). Lo que ocurre es que dentro de cincuenta años seguirán escuchándose los excelentes temas del History (vol. II), o los cinco inéditos de “Blood on the dance floor” (¿habeis escuchado Morphine?… Sólo quien ha sufrido mucho puede crear esa canción), así como un buen puñado de temas del último y bastante maltratado ‘Invincible’ (entre ellos los tres trallazos del comienzo: Unbreakable, Invincible y Heartbreaker… quien pueda hacerlo mejor, que levante la mano). Seguiremos dentro de mucho tiempo admirando esos vídeos irrepetibles, desde el sensual “In the closet” al sucio y cabaretero “Blood on the dance floor”, o incluso ese intento no del todo conseguido, pero aun así resultón, de imitar a “Thriller” que supuso ‘Ghosts’. Y, por encima de todos, al futurista “Scream", aún hoy sorprendente:



Seguiremos, en definitiva, recordando su voz elegante, agresiva o sufridora, sus bailes imposibles, su concepción del álbum como obra grandilocuente y carismática. Y aquellos directos que los afortunados que han podido presenciarlos podrán conservar entre los recuerdos más valiosos de su vida. ¿Se ha visto algo más potente en un escenario que el comienzo del show en la gira Dangerous? El escenario a oscuras, Carmina Burana, fuegos artificiales, de repente un foco de luz… y aparecía él, con una especie de uniforme de guerrero estelar, gafas oscuras y una pose hierática y desafiante, como a punto de pelearse con alguien. Entonces cesaba la música y se quedaba allí, inmóvil, en silencio, frente al público… ¡un minuto! Y sólo cuando la gente ya se había vuelto loca de excitación hacía un pequeño gesto y comenzaba el “one, two three” de ‘Jam’, y el guerrero se ponía en movimiento; para al final del concierto salir volando (¡!) del escenario con un propulsor como de astronauta. Me recuerdo impactado frente a un cartel publicitario, enorme, cuando aquella gira pasó por Asturias: no había ni una sola palabra en él: tan sólo un fondo oscuro, los ojos de Michael tal como aparecía en la portada inolvidable del disco, y la fecha del concierto. A eso se le llama creatividad, dominio de los recursos escénicos, arte. Pero de ello no se hablará estos días.

Jacko, como todos los grandes artistas, nos ha hecho sentirnos menos solos en nuestro mundo y nos ha hecho participar en el suyo, un universo irreal pero arrebatadoramente mágico que recuerda al de esos cuentos infantiles –o no tanto- en que sus protagonistas abandonan la cotidianidad a través de una puerta encantada. Consuela saber que, al menos, fue conocedor en esta etapa última de su vida de que volvía a contar con el aprecio del público, ahí está el éxito de sus recopilatorios, o esa colección de singles-vídeos -“Visionary”- que se agotó en todas las tiendas.

Ha muerto, sí, pero quizá en el único sentido de que ya no podrá sorprendernos con algo nuevo –al parecer tenía ya el asombro empaquetado y listo para servir en sus conciertos de Londres-. Por lo demás, sigue entre nosotros como únicamente pueden hacerlo los grandes artistas.
La mañana del viernes me compré unas chapitas para llevar a modo de humilde homenaje. Nuria se puso una muy chula, la de la portada del Dangerous yo otra con el lema “King of pop”. Las llevamos durante todo el día; nos hizo sentir que no nos ha dejado solos en este otro mundo demasiado real, pero donde Michael Jackson no podrá morirse nunca. Porque es invencible.


lunes, 15 de junio de 2009

Planes de batalla.

Vuelta, pues, a mis escaramuzas literarias, y qué mejor para salir de un bloqueo que revisar lo ya hecho. Pasar a limpio y publicar en Bubok 'El hombre que espera', una de mis nouvelles más queridas. En ella, con la excusa de un trabajo periodístico sobre un grupo de pop imaginario y desopilante intento hablar de los seres invisibles que a menudo sostienen las grandes gestas, y cuán profundo llega a ser el alcance de su desaparición a los ojos de un tercero. También intentaré concluir 'Apuntes para una biografía del profesor Faure', en la que aparece el mismo narrador que en la anterior -un periodista irónico y más humano de lo que quisiera-, esta vez con una historia acerca de la tensión entre vida real e imaginada que supone una especie de añadido a 'Los nuevos', puesto que la protagoniza uno de sus personajes más importantes, el 'ausente'. Aunque no trata de los mismos hechos y situaciones que la novela, sí que se puden intuir, aun tangencialmente, y en todo caso la adopción de su punto de vista resulta de interés para un eventual lector de 'Los nuevos'.
Lecturas: nada más terapéutico que volver al maestro. 'After Henry James', pese a mis reticencias iniciales, el que un grupo de autores españoles concluyen relatos apuntados en los cuadernos de notas jamesianos. Y, ya de él, 'Lady Berberina' y quizá 'Roderick Hudson'.
En fin, que vuelvo, y espero que tan en forma como ellos:
'Gold' (Spandau Ballet, Tubridy Tonight show, 2009):

Falling down (reflexiones de cumpleaños).

'Falling down' (Duran Duran, 2007):


"Because I'm falling down

With people standing round

But before I hit the ground

Is there time

Could I find

someone out there to help me?"


Esta canción habla de mi vida, de mi vida literaria. En ella me caigo muchas veces, pero siempre hay alguien que en el último momento me ayuda a levantarme. Malos tiempos para la lírica, con el trabajo cada vez más exigente, y dos posgrados. La lucha por el futuro. Planes que se han venido abajo, y otros aparcados por falta de tiempo. Me caigo. Pero justo antes de que impacte contra el suelo, alguien acude a echarme una mano. Se llama Nuria, llevamos juntos ocho años, y siempre está ahí, atenta para sostenerme. Claro que no todo se reduce a eso, también nos reímos mucho y disfrutamos de la vida cuanto podemos. Pero uno también se cae, a veces. Y es más fácil levantarse cuando alguien te coge de la mano. No mates a Casoledo, me dice ahora, vuelve a La Bestia. Cómo no hacer caso a quien más te quiere.

'El hombre del traje gris', de Sloan Wilson (Libros del Asteroide). Capra en el infierno.

Esta es una de esas novelas de lectura sencilla pero que contiene profundidades a los que otras, de prosa e intenciones aparentemente más complejas, no llegan ni de lejos.
Antes de hablar sobre ella me gustaría consignar una primera y refrescante impresión relacionada con su tema y su contexto: el mundo del trabajo, las oficinas, los "hombres de traje gris" y maletín de cuero que bajo su aspecto engañoso de triunfadores en el edén del capitalismo esconden la faz oscura del nuevo proletariado; una faz, ciertamente, limpia de sangre, carbón o polvo del camino, pero que acaso no sea sino el reflejo de heridas más hondas que sólo a una cierta distancia, e incluso desde una mirada colectiva, resultan perceptibles. Es curioso que el gran proyecto profesional en el que se ve envuelto el protagonista gire precisamente en torno a la salud mental, que parte de su trabajo consista en coadyuvar para que los americanos tomen conciencia de ese problema creciente; tal vez, aun de manera involuntaria, el autor haya empleado esta circunstancia como velada indicación de hacia dónde van los males del trabajador contemporáneo. Pero volviendo a la primera impresión a la que me refería, es de agradecer que en estos tiempos podamos leer, gracias a la publicación de Libros del Asteroide (sello editorial que se está abriendo camino con el buen gusto como bandera), una novela que aborde el mundo laboral. Indudablemente el trabajo es la actividad a la que los seres humanos ofrecemos el mayor número de horas y preocupaciones a lo largo de nuestra vida; la actividad asimismo que más nos condiciona en todos los órdenes (la vida privada, nuestra salud, nuestra concepción del mundo), donde con frecuencia se encuentran los mejores enemigos, y si hay suerte un puñado de amigos; donde cada cambio en los procesos productivos trastoca nuestra vida hasta extremos inimaginables hace poco más de un siglo. Y sin embargo, la narración contemporánea (tanto literaria como cinematográfica) permanece sorprendentemente ajena a ese mundo; claro que en realidad no debe haber tal sorpresa, por cuanto es bien conocido que en la actualidad "el artista oficial" es alguien con los contactos precisos y los medios necesarios (todos ellos normalmente procedentes de la política) para vivir el agradable limbo de lo creativo, de forma que encontraremos infinidad de historias sobre las crisis creativas, los amores frustrados, las experiencias místicas en paisajes extraños, y el duro camino onano-destructivo de la noche, el sexo y los alcoholes diversos... Pero nadie nos hablará del que madruga, coge cinco metros y comparece en un puesto de trabajo que es la única agarradera que le permite salvarse del vacío, lo que anula por completo su voluntad, sus esperanzas y, sobre todo, su conciencia de clase. Vivimos en un mundo en el que la única perspectiva del trabajador es llevarse bien con los que mandan, de forma que cuando el jefe o el político carraspea, sus subordinados no pueden conciliar el sueño tratando de interpretar ese carraspeo. Pero "los artistas oficiales" están muy ocupados habándonos del atormentado mundo interior de "los artistas oficiales" como para perder el tiempo el vulgaridades semejantes.

No ocurrió así con Sloan Wilson, que supo leer la gran novela de su tiempo y transcribirla hasta hacerla perdurable en el nuestro. Porque lo que ha de quedar claro es que no estamos ante una obra meramente constumbrista, un mapa de la América de los cincuenta, quizá de moda por 'Revolutionary Road'. Nos encontramos, por el contrario, ante la gran epopeya del hombre moderno: su maleta, su traje gris, y sus decisiones, sobre todo estas últimas. El personaje principal se ve ante diferentes bifurcaciones en el camino de su vida que lo obligan a decidir, y ése es el tema de fondo de la novela, el del ser humano permanentemente constreñido por un trabajo sobre el que carece de cualquier capacidad de autodeterminación, ajeno a sus ilusiones, incierto en su contenido, su plazo o su finalidad, y retribuido siempre en ese límite que funciona como implacable atadura: suficiente para poder sobrevivir como ejemplar de la especie humana -al menos de momento... cualquier previsión de gastos futuros como los estudios de los hijos, resulta aterradora- e insuficiente para ser ciudadano y persona. ¿Pero cómo dejarlo, y si me quedo sin nada, y si cambio a peor, quién soy yo para decir por los que de mí dependen? Frente a todos esos dilemas nos sitúa la novela, y lo hace a través de una narración llevada en volandas por un lenguaje ágil, directo pero en modo alguno simple, con diálogos creíbles sin ser meramente imitativos de tonos y formas, y ocasionales licencias poéticas o simbólicas introducidas con plena fuerza y ninguna disonancia: el desconchón de la pared en forma de interrogación, la mandolina como recuerdo fosilizado de días felices, el ascensor como puente entre la serenidad y la inquietud, la mano de la niña en la de su padre, "suave como una tórtola".
Pero si hay un aspecto verdaderamente conseguido en el libro son los personajes: habrá opiniones, como la del prólogo a cargo de Jonathan Franzen -completamente prescindible y que aconsejo al lector pasar de largo-, que los enjuicien como poco creíbles, bien es conocida la ad¡nimadversión de ciertos autores contemporáneos hacia los finales más o menos justos y más o menos "felices", proporciona mucho mayor prestigio el hecho de que todos acaben hechos unos zorros, que haya un suicidio, una ruptura matrimonial dolorosa, una escena final que nos muestre a las claras la soledad del protagonista... Nada de eso encontrará el lector en la novela; por el contrario, los personajes evolucionan y crecen a través de las mareas de sus conflictos: el "hombre del traje gris" aprende a aceptar como parte de su vida el pasado doloroso de la guerra, y de ese recuerdo obtiene fuerza suficiente para aprender a ser audaz y sincero ante su jefe; éste, por su parte -y con una sutileza que debemos reconocerle al autor- descubre las grietas de su aparentemente impoluta carrera de éxito y trata de repararlas -o exorcizarlas- convirtiendo a su empleado en una especie de propósito redentor, al reconocer en él algo que nunca se atrevería ser pero que merece su deferencia; la mujer "se empodera" en una especie de huida hacia adelante que al final tiene mucho más sentido del que hubiese podido preverse, lo que la convierte quizá en la más valiente de todos ellos, la única que de manera decidida toma las riendas y sigue una dirección en la que también hay lugar para entender al otro -la vida pasada de su marido y la consecuencia que trae consigo, que no especificaré para no desvelar más de lo necesario al lector/a-; el juez deja de tener dolor de estómago cuando comprende que no todo es mezquino y no todo es conflicto, que la justicia aparece de vez en cuando y nos ilumina con su brillo tímido; el anciano ambicioso recibe una elegante derrota de manos de caballeros honrados; el chupatintas envidioso y rencoroso no tiene otro remedio que hacer un mutis a regañadientes; el honesto compañero de guerra promueve con sus atemperadas gestiones un final aceptable para todos...
Frank Capra, en definitiva, sumido en el infierno laboral de la sociedad de la información y los servicios que en los años cincuenta ya estaba despuntando. Por desgracia, la vida real que conocemos se aleja demasiado de sus películas, y son los malos quienes suelen llevarse el gato al agua. De ahí el error, insisto, de las narraciones tremendistas tan al uso en nuestros tiempos: que todo es una mierda no necesitamos que nos lo cuenten, basta encender la tele. Los seres humanos necesitamos también esperanza, una esperanza más alta que la proveniente de las dudosas verdades de la religión o la política; aquélla que, en sus mejores realizaciones, nos ofrece el arte.