viernes, 17 de abril de 2009

Betty.

Esta damita se ha incorporado a nuestra vida. ¿A que es guapa?



Betty (en homenaje a Betty Friedan, la autora de La mística de la feminidad) es una cachorrilla de Mini-Pinscher. Tiene poco más de dos meses y de momento va acostumbrándose a nosotros con inesperada placidez. Es muy cariñosa y juguetona (cuando crezca ríete tú de las Termópilas), y necesita muuuchos mimos. Hay algo encantador en la descripción que uno suele encontrar de esta raza en concreto, y es que a menudo los llaman "buscapleitos", porque no conocen enemigo grande y, llegado el caso, no son conscientes de su pequeñez frente a los gigantes. Me gusta esa filosofía.
Estamos muy ocupados con trabajo y estudios, pero para la ternura siempre hay tiempo, como decían los clásicos (o sea, Víctor y Ana).
Bienvenida a casa, pequeña Betty. Y a este blog, en el que, para empezar, te has convertido en etiqueta. Seguro que acabarás teniendo muchas entradas.

sábado, 11 de abril de 2009

Corín Tellado.

Esta asturiana encantadora ha fallecido hoy, después de haber escrito cuatro mil novelas con las que proporcionó innumerables horas de entretenimiento a mucha gente. Recuerdo a mi abuela completamente absorta leyendo sus historias, con la luz encendida a altas horas de la noche -ya quisiera uno enganchar así a sus hipotéticos lectores-; recuerdo también cómo iba a cambiar aquellos tomitos en rústica, metidos en una bolsa de plástico, a un quiosco donde por una pequeña cantidad salía tan contenta con otro puñado de novelas que previamente habrían pasado por las manos de decenas de personas, en una suerte de comunión silenciosa con la autora. Uno tiene la impresión de que, siendo tan vasta su obra y contando con millones de lectores en todo el ámbito iberoamericano, nunca fue lo suficientemente reconocida. Tal vez no haya un título suyo que pase a la historia, pero sí todos ellos, en conjunto: "las novelas de Corín". Una avanzada para su tiempo, que mostró a personajes femeninos dueños de su destino en tiempos en que el destino de todos estaba en manos de unos pocos. Vivió una vida sencilla, siempre trabajando y ajena a parabienes y alabanzas, con aquel carácter duro y socarrón que la hizo pasar de manera discreta por unos tiempos en que la celebridad se ha convertido en patología. Por eso hoy merece nuestro reconocimiento. Quizá la sociedad haya ido cambiando, pero siempre quedarán lectores de Corín. Descanse en la paz bien ganada de su innegable lugar en la historia.

viernes, 10 de abril de 2009

"Las hermanas Grimes", de Richard Yates (Alfaguara). Una historia de mujeres (y su lógica redundancia).

Leer esta novela ha supuesto para mí una experiencia literaria tan inolvidable como las mejores que recuerdo. Y es algo que me satisface doblemente por cuanto se trata de un autor del que me siento alejado desde el punto de vista estilístico, y al que sin embargo reconozco una maestría extraordinaria. Existen muy diversas maneras de encarar el arte de la novela, y todas ellas pueden constituir muy válidas vías para alcanzar un resultado brillante. Lo que ocurre es que dentro de cada una existen maestros -que a menudo las inauguran, como riachuelos que con persistente lentitud acaban abriendo un nuevo cauce- y penosos imitadores que tras la oportuna teorización de la técnica de su precursor, navegan por esa corriente a trompicones. La prosa de Yates es austera y cortante, de fácil aunque no rápida lectura. Siendo su propósito similar al de los grandes exploradores psicológicos de la novela, no opta al igual que muchos de ellos por el fraseo intrincado y el párrafo extenso a modo de remedo artístico del fluir impredecible de la conciencia. Se trata de un narrador que no se hace preguntas, que no intenta comprender o interpretar, se limita a describir, describir hechos y ocasionales pensamientos que suelen quedarse en lo superficial invitando, pues, al lector a que vaya más allá por sí solo. Pero es que ese límite que traza y no traspasa es ya lo suficientemente sugerente para que la novela se aleje de una historia costumbrista; nada que ver, pues, con la simpleza de la logia de la "difícil sencillez" que tanto abunda en los novelistas contemporáneos.

'Las hermanas Grimes', sorprendente título de la edición española del original 'The Easter Parade', es una historia sobre dos mujeres, sus dificultades personales y sociales, su relación con los hombres, su trabajo, sus esperanzas y frustraciones. Es, como consecuencia lógica, una historia feminista. Este último término debería ser en puridad una redundancia, pues no cabe duda de que las circunstancias exigen, o llevan implícita, una toma de postura, si bien sutilmente expresada. Las mujeres son, en esta obra, muñecas silenciosas cuya vida gira en torno a un catálogo de hombres no por reconocible menos lamentable: el egoísta obsesionado con su carrera, el egoísta obsesionado con su impotencia, el egoísta maltratador, el egoísta 'seductor', el egoísta, en suma. Nadie puede decir que Yates exagere, pues si algo caracteriza este libro es su profunda y dolorosa sensación de veracidad. Cada una de las hermanas Grimes parecen representar de alguna manera dos opciones de vida, o dos estadios evolutivos en el rol social femenino: el tradicional de ama de casa y el de 'mujer independiente'. Pero ambos, nos dice el autor, conducen al mismo callejón sin salida (al igual que la 'vía revolucionaria' de su conocida novela). Y es que poco pueden hacer las pequeñas transformaciones internas si no van acompañadas de las sociales. Las mujeres, como en el caso de Emily, han cambiado, pero el mundo no lo ha hecho. Es significativo, a este respecto, el tratamiento del sexo, descrito como algo insoportablemente frío y frustrante: la 'liberación' femenina parece que sólo haya servido para facilitar su disponibilidad de cara a los hombres, sin que el placer, la comunicación o aun la mera diversión ocupe lugar alguno. La primera e imperiosa relación de Emily es uno de los pasajes más desoladores del libro. Como esta sencilla frase, que en cierto modo condensa todos los sentimientos de las protagonistas: "La ventaja de estar sentada, mientras él estaba de pie, era que no tenía que mirarlo de frente". Toda la novela aparece recorrida por pequeños gestos y conversaciones absurdas que cimentan un universo asfixiante: la vulgaridad de la madre, bebida y con las piernas entreabiertas, los parlamentos vacuos e inacabables de la hermana Sarah, la brutalidad -hecha de gruñidos- del cuñado ...

Novela completamente recomendable que nos descubre a un autor con una sensibilidad extraordinaria para la creación de personajes femeninos, esa mitad de la humanidad hacia la que, afortunadamente, uno se siente más cercano, donde es más probable encontrar amabilidad e inteligencia. Como cercanos nos sentimos a las lágrimas de Emily Grimes, "a quien nadie entendía, y que no entendía nada". Richard Yates nos ayuda, con su arte, a entenderlo todo.

jueves, 9 de abril de 2009

Siri Hustvedt y Henry James.

Oh, milagro, parece que después de "Elegía por un americano" Siri Hustvedt va a empezar a ser conocida por su nombre, y no simplemente como la mujer de Paul Auster. Nuria ha empezado a leerlo y me dice que es excelente, así que lo cogeré en cuanto ella lo acabe.
Por el momento reproduzco estas interesantes declaraciones suyas en el último número de la revista Quimera, en las que habla de la influencia que el maestro ha ejercido sobre ella:
"(...) bajo la piel nos laten influencias muy distintas. Paul no lleva, por ejemplo, un Henry James dentro de él, mientras que para mí James es muy importante.
-¿Tan influenciada se siente por James?
(...) James me influye de una manera muy consciente, porque escribe constantemente sobre ese desorden emocional que a mí también me interesa, y aborda la ambigüedad en las relaciones con las personas, y tiene esa manera tan especial de complicarse la vida, de dilatar la acción, con un secreto que nunca llega".
Me ha resultado muy agradable esta reivindicación de James en una novelista que está viviendo un momento dulce a raíz de su último libro. Ciertamente, la influencia del maestro es algo fácilmente apreciable en la escritura de determinados autores, pero quizá debería incidirse más en el hecho de que es una influencia postrera, que aparece más como reconocimiento de una afinidad en la manera de abordar la escritura que en cuanto proceso de aprendizaje. La prosa de James y su arte narrativo son, en efecto, la culminación de unos determinados modos de hacer. Pero un narrador o narradora auténticos saben desde qué lugar contemplan el mundo y de qué manera desean contarlo antes de haber leído "La copa dorada", por ejemplo. Eso sí, una vez que la has leído, comprendes adónde querías llegar y donde nunca llegarás; lo grande que es su literatura y lo pequeña que es la tuya; y que, de cualquier modo, es en esa "casa de la novela" (como él mismo decía) donde te sientes bien acogido.

miércoles, 8 de abril de 2009

Felicidades clandestinas (el increíble caso del abogado y la casa de color azul).

Leo la colección de cuentos completos de Clarice Lispector que ha publicado Siruela y pienso en lo complicada que sería la vida sin las pequeñas felicidades clandestinas con las que ocasionalmente nos escabullimos de ella. Especialmente aquélla a la que se refiere el relato que da título a uno de los volúmenes recopilados en este tomo ('Felicidad clandestina'), mi favorito, en el que una niña logra hacerse con el libro que tanto ansiaba leer y mantiene con él una relación de "mujer con su amante", demorando el placer de acudir a su encuentro, disfrutando de ese goce íntimo e incompartible que proporciona la buena lectura. Y es que en estos tiempos el acto de leer -y añado: buenos libros, otro día discutiremos lo que sea tal cosa- aparece cada vez más como algo profundamente subversivo y, por lo tanto, secreto. Haced la prueba: jamás oiréis a un buen lector alardear de ese hecho, más bien solemos descubrir que lo es después de un cierto trato -salvo que tenga tanto ego y arrogancia que lleve un blog donde comente sus lecturas, claro-, mientras que al que le ha caído del cielo el último bestseller de nosequién y se lo zampa, como por casualidad, no tardará en propagarlo a amigos, vecinos, compañeros de trabajo y hasta a las parejas de mormones que lo paran por la calle.

La obra de Clarice Lispector es una fuente caudalosa de pequeños disfrutes, relatos de apenas tres o cuatro páginas en las que una escritura con capacidad deslumbrante para crear imágenes y forzar la realidad nos introduce en un mundo tenso y agradable a un tiempo, donde la observación sutil, el deseo y los sueños -infantiles o no- componen una obra original que ocupa un lugar extraño en la literatura moderna, más próximo a eso que se suele llamar "artista de culto" que a su aceptación popular o académica.

Volviendo a las felicidades clandestinas, pensaba en ellas hace unos días, en el coche, camino del juzgado. La semana pasada fue una de ésas en que uno recibe cierto reconocimiento en el trabajo, la gente expresa en ti su confianza y te sientes fuerte y capaz de todo. Pero no dejo de preguntarme si podría sobrellevar las cosas sin esos pequeños momentos secretos, la escritura mañanera, la lectura robada al tiempo, el cine o la música. Camino del juzgado, el serio y tenaz abogado con terno y maletín bailoteaba en el asiento escuchando a La Casa Azul. Cómo podría ser un buen doctor Jekyll si mi Hyde no saliese a la luz en cuanto tiene ocasión... Claro que me temo que ellos, los que esta semana me han dado palmadas y me han manifestado su buena consideración acerca de mi profesionalidad, tal vez cambiarían su opinión si me viesen minutos antes o después disfrutando de esto:

Problema suyo... ¿no os parece?

lunes, 6 de abril de 2009

"El amor de una mujer generosa", Alice Munro.

De momento puedo hablar sólo del primer relato de este libro, que lleva su mismo título. Se trata en realidad de una nouvelle de ochenta páginas, estructurada en una suerte de capítulos sin aparente conexión cuando empiezas a leerlos, pero que se revelan sopresivamente complementarios. La historia tiene ese aire sureño tan querido por los narradores canadienses. En muchos aspectos me recuerda a 'Resurgir', de Margaret Atwood, sobre todo por el uso de la naturaleza como entorno en apariencia inane pero secretamente hostil. Una paisaje que explica y quizá justifica la deshumanización de buena parte de los personajes, como si su naturaleza racional se hubiese ido desecando al igual que esos árboles arrugados, repletos de nudos y oquedades, que perviven en los bosques sin declinación ni esperanza.
Comienza la historia con el descubrimiento de un cadáver por parte de un grupo de chiquillos, y las decisiones que toman o dejan de tomar a raíz del mismo. Este arranque poderoso nos sitúa en un entorno social de miedos y silencios, de hombres duros y familias acobardadas donde la palabra se pierde en favor de gestos escrupulosamente descritos por una voz narradora distanciada. Pasamos luego a conocer a la 'mujer generosa' del título, una suerte de enfermera vocacional que destaca de inmediato por su posición extraña dentro de ese universo de jaulas de madera, olores antiguos y mezquindades. Precisamente es su diferencia la que le hace contemplar los acontecimientos desde fuera, por muy comprometida que pueda encontrarse emocionalmente -en verdad lo está-, y de ese modo nos implica desde la posición activa que el arte literario exige del lector: nada hay del todo evidente en la narración de Munro, ni el lenguaje ni lo que con él se cuenta. A medida que transcurren las páginas uno va percibiendo tensión, sin que deduzca de dónde procede o adónde se dirige, dada la aparente desconexión de los capítulos, que podrían quedarse en un retrato de costumbres. Y de repente, aparece el giro magistral: pero no al modo de los thrillers de suspense con sus golpes de efecto, sino como consecuencia lógica de algo que estaba ahí, quieto pero vivo, al igual que esos nidos huraños que ocupan las hendeduras del árbol viejo.
El final no es demasiado optimista, la mujer generosa necesita la verdad, aun a costa de su posible inmolación. Y el lector concluye que en el mundo que le retrata Alice Munro poco lugar queda para personas como ella. Así nos habla a veces de la vida la gran literatura.

Agenda de conciertos.

Aquí, en presencia de mi blog como fedatario, y siendo yo mayor de edad (ya sé que no lo aparento, pero justo es que lo admita), expreso mi voluntad de acudir en el 2.009 a los siguientes conciertos, con la confianza de que pasen por España los que no están confirmados:
Antony & The Johnsons (Murcia o Madrid, mayo)
Leonard Cohen (Granada, agosto)
Jacko (Londres, en el verano, crisis mediante... hay que estar allí)
Morrissey (por lo civil o lo criminal).
Depeche Mode (donde fuera menester).
Pet Shop Boys (espero que salgan de gira, sus espectáculos suelen ser lo más estético del pop actual, el de 'Fundamental' resultó inolvidable: aquel 'Rent' con los amantes encerrados en cubos de colores, en una metáfora hermosa de la incomunicación...).
Hombre, y Belle & Sebastian sacan disco este año, aún no he podido verlos en directo, por desgracia. Si hay gira, considérense añadidos.
Y para que conste lo firma en Alicante, a 6 de abril de 2.009, el rufián de Casoledo.

"Yes" (Pet Shop Boys). El arte de la canción perfecta.

Hay ocasiones en la vida del ser humano en que se encuentra en una encrucijada, en una bifurcación trascendental para su destino. Queridos/as amigos/as, ésta es una de ellas -musicalmente hablando-: o eres de U2 (rock descafeinado, mesiánico, medio católico- sí-pero-no, inofensivo, vacuo y disimuladamente mainstream), o de los Pet Shop Boys (pop sin complejos, elegante, divertido, profundo sin querer serlo, provocador sin pose e indisimuladamente mainstream). Hay que elegir, y no me miréis para otro lado, venga, a mojarse. Yo lo tengo claro: Pet Shop Boys.
A nadie debería soprender que en "Yes" hayan vuelto a reunir un puñado de canciones perfectas, lo de menos es que en esta ocasión cuenten con productores de esos que no fallan (Xenomania) o con alguna colaboración de lujo (Johnny 'Iscariote' Marr), el caso es que al final están las buenas melodías de siempre, la producción cuidada y unos textos que te sorprenden por su inesperada riqueza de ideas e imágenes en un envoltorio tan accesible y directo. Vamos a darle un repaso:
Love, etc.: Primer single, con un vídeo estupendo. Mejor que el 'I'm with stupid' del 'Fundamental' pero no la canción más destacada de 'Yes'. Aun así se agradece su desenfado -esos coros- y el ritmo permanente sobre el que cabalga la voz siempre joven de Neil Tennant.
All over the world: medio tiempo pegadizo de orquestacion épica similar "Integral", del disco anterior, aunque más apacible.
Beautiful people: chula chula, se te queda a la primera. ¿Y quién no puede estar de acuerdo con el estribillo? I want to live like beautiful people/Give like beautiful people/With like beautiful people around-
Did you see me coming: bailable y encantadora, podría ser otro single.
Vulnerable: ooooh... empezamos a ponernos sensibles, otro medio tiempo marca de la casa. You may think I'm strong/And I can do no wrong/But I'm vulnerable/So vulnerable/Without you.
More than a dream:
otro tema para salir a bailar, con un estribillo muy elegante que recuerda vagamente a la música disco de los setenta. Yo voto por él como segundo single.
Building a wall : de nuevo -algo en lo que son maestros- el uso de palabras lanzadas al aire que adquieren una fuerza peculiar. La melodía es quizá la más floja del album, pero la compensa una letra poderosa sobre otro tema muy querido para ellos ('Numb'): la idea del encierro, de ponerse a salvo de las inclemenencias sociales mirando hacia dentro. Coincidimos.
King of rome: la balada del album, preciosa, siempre han sido buenos haciendo esta clase de temas, normalmente de culto, aquéllos casi secretos que uno descubre después del bailoteo.
Pandemonium: parece que los fans la eligen como single, es muy alegre, tiene unos coros como de musical. Quizá es la que más suena a lo que suelen hacer, pero es irresistible, como siempre.
The way it used to be: canción que podría ser una balada tristísima o un tema bailable de acuerdo con el tempo y los ritmos con que se vista; optan por un término medio no del todo conseguido, pero de cualquier modo es imposible que hagan una melodía pop verdaderamente mala.
Legacy: el relleno del disco, sin demasiado relieve musical ni emotividad, canción discursiva con un simple ritmo de fondo. Mínima tacha en un álbum excelente.
Yo me he comprado la edición en dos Cd's, con la portada negra y un tema extra ('This used to be the future') en compañía de Phil Oakey, el cantante de The Human League (ah, qué viejos nos hacemos...), que por cierto merece la pena por sí solo. Os lo recomiendo.
Aquí está el vídeo de Love, etc. (y al que no le guste es un animal, es un animal...).

domingo, 5 de abril de 2009

Remembranza del quinqui.

Ah, aquellos quinquis de la infancia..., figuras míticas en su doble existencia: la real, que te hacía cruzar de acera por la calle, y la pesadillesca, que prolongaba su presencia inquietante en sueños donde nunca salías bien parado, ya fuese porque te cosían a navajazos o simplemente porque te veías condenado a una huida eterna a través de calles sucias y estrechas, hasta que sonaba el despertador o tu madre te encendía la luz y comprendías que, de momento, estabas a salvo.
Este viernes tuve la posibilidad de compartir viaje en tren con la personificación cincuentona de aquellos quinquis de mi infancia. Hombres ajados y pese a todo vencedores, supervivientes de mil peleas y mil ingestas de cualquier sustancia peligrosa que circulase por la calle, catadores de abismos y sibaritas de crueldades. Entrañables, en cierto modo, ahora que los ves tan mayores y derrotados y piensas: "la madre que os parió, con lo que me habéis hecho sufrir... y en lo que os habéis quedao".
Veréis: los de mi infancia tuvieron nombres encantadores como El Queli, El Rúben (si, ya sé que es una falta de ortografía, pero pronúnciese así, Rúben, si no, pierde toda la magia) y, sobre todo, El Chuchi. Este último me hace recordar aquella frase magnífica de la película Sospechosos Habituales, que repito ahora cambiando únicamente el nombre: "yo no creo en dios ni en el diablo, y sólo tengo miedo a una cosa en la vida... El Chuchi". Llevaba pelo rizado a lo afro, tenía una expresión arrogante, con un labio superior grueso y chuleta y unos ojos profundos como bocas de cañón; corrían sobre él numerosas leyendas urbanas, las más temible de las cuales hacía referencia a su afición por detener en plena calle a inocentes púberes, empollones de colegio de pago como un servidor lo era en aquella época, y soltarles: "qué prefieres, ¿mordisco o pincho?". Claramente uno no se esperaba semejante pregunta a las cuatro de la tarde, en fin, mientras se dirigía, balón en mano o bolsita de gominolas en mano, camino de casa de algún amiguete para llamar al timbre a ver si bajaba; no obstante, una prudencia elemental haría a sus víctimas -quizá después de algún llanto e imploración sin efecto- elegir el mordisco, tal vez porque sonase menos mortal. Escogida, pues, la opción que la banda de El Chuchi te había ofrecido para pasar el rato, llegaba la ejecución del acto: sacaban unos alicates, te cogían entre dos, te pillaban la carne rosa del pómulo y apretaban cuando podían. La leyenda hablaba de desmayos instantáneos por el dolor. Comprenderá el amable lector/a que después de oír la historia uno no pegase ojo en varios días.
Afortunadamente, El Chuchi no llegó más que a robarme un par de balones, aunque treinta años más tarde aún recuerdo la ocasión en que uno de sus lugartenientes nos hizo un gesto, desde el interior de un solar en construcción -nada menos-, a un amigo y a mí, transmitiéndonos un escueto y aterrador mensaje: "El Chuchi os llama". Lamentablemente, no había ningún delegado de la Federación Española de Atletismo por la zona, pues no cabe duda de que algún record de velocidad batimos en la huida a través de las calles hasta entonces previsibles y familiares del barrio de Pumarín, en Gijón. A veces recuerdo la expresión cuando tengo un compromiso especialmente delicado por delante, como un juicio difícil o similar, entonces vuelve a llamarme El Chuchi, pero ya no hay escapatoria y debo enfrentarme a él como el hombre en que, bien que mal, me he convertido.
No fueron pocas las ocasiones en que algunos otros, en principio anónimos, pero que perfectamente podrían responder a nombres como El Ríchar y El Yoni, me detuvieron en la calle y me arrebataron el dinero recién dado por mi abuela para ir al cine y comprarme una bolsita de chuches. La señal de alerta siempre procedía del modo como te llamaban: "pss... ¡oche!, ¡oche... ven p'a cá!", entonces ya podías ir sacando el dinero del bolsillo. En mi inocencia, recuerdo que a alguno traté de explicarle "es que es lo único que tengo, iba a ir al cine", y me respondió "qué cine ni qué cojones" -ahora también me ocurre de otra manera: lo que me dicen es algo así como "este tribunal acuerda desestimar el recurso de apelación...-, y fue de ese modo como de niño conocí el miedo a otros seres humanos, como aprendí a aborrecer la violencia, como sentí que el ego más poderoso puede verse humillado en cualquier instante, por lo que mejor tomarse las cosas a broma... Aquellos quinquis, pues, supusieron un aprendizaje de vida impagable, especialmente cuando uno ha sobrevivido a ello sin mayores secuelas. Luego, con el desarrollo económico, la modernidad, las drogas y demás, parecen haber desaparecido del paisaje urbano, y las formas de delincuencia son hoy más difusas y temibles.
Ahora los contemplo ahí, al otro lado del pasillo, en el tren, con el mismo hablar siseante, pero sin otra capacidad ya para pinchar ni morder que no sea la del bocadillo de tortilla que llevan envuelto en papel de periódico, como en una escena triste de posguerra. Pero aun así me encojo un poquito en el asiento, y pienso que como queden con hambre, cuando saque mi sandwich pijotero de pavo y rúcula, mi porción de bizcococho de té verde -especialidad de Nuri-, y mi galleta casera de chocolate enviada desde Asturias -tupper mediante- por la santa de mi madre, les llegarán los efluvios y justo en el momento en que vaya a hincarle el diente, oiré que alguien me dice: 'psss... ¡oche!, ¡oche!". Y no tendré adónde salir corriendo.

jueves, 2 de abril de 2009

Tilda Swinton. El oficio de actriz. La condición de persona. (A propósito de 'Julia').

Uno de los espectáculos más estremecedores que te puede ofrecer el planeta tierra en estos tiempos es el desfile por la alfombra roja previo a la Gala de los Oscar. Los extraños azares de la vida y el pensamiento hacen que la imagen de los tíos apenas tenga importancia, van siempre estupendos, al parecer, ya lleven traje, esmoquin o taparrabos, ya lleven barbilla de tres días, estudiado desaliño o rostro despejado e impoluto y cabello engominado, cual boda aznareña. Pero ellas, ah ellas... eso es otra cosa, pobres de ellas como no quede claro que el hilillo del tanga contiene incrustaciones de Svarovski, que los zapatos han sido elaborados con doble baño de oros y platas, y que el cierre ha sido diseñado por Tom Ford en una noche de tormenta, o como no se presenten espectacularmente disfrazadas de princesa egipcia, de vampiresa transilvánica o de impúdica emulación de actriz clásica (Lana Turner, Audrey Hepburn y Grace Kelly suelen ser las más imitadas). ¿Y creen que alguna de ellas se rebela contra ese estado de cosas y demuestra un poco más de personalidad? Pues sí señor.

Pero empecemos por el principio:

Aquí están Pe y Mo. La primera, actriz del montoncillo, vestida de figura ya consolidada, "madura" y "en su mejor momento", aun al borde de la asfixia por las apreturas, y con ese pelo recogido y esa mano en jarras tan española, que sólo le falta a la pose el botijo y un globito donde se le vea decir "¡Quillo!". Y Mo, de profesión... espera... sí... que lo tengo en la punta de la lengua... ¡modelo!... no... ¡actriz!... Bueno, a lo que íbamos, Mo amenazando con el escote y contrarrestando la amenza con una diadema de princesilla y unos pendientes a juego. Muy femenino todo.

Seguimos:


Ejemplo del look princesa-vampira, en el primer caso (junto con uno de esos maquillajes de escasa sutileza que parecen consistir en llenar un barreño de potingues y hundir la cara), y de emperatriz romana y de pirateo clásico, respectivamente, en Blanchett y Kidman. Por no hablar de mi otrora admirada Anne Hathaway (dios mío, qué me ocurría... ya me lo decía Nuria, vas mal, vas mal..) con ese florón rojo sangre, la palidez-porcelanosa, y el pelo recogido de la manera más desafortunada para proporcionar motivos de reproche a los especialistas del ramo, por aquello de las orejas.

Todas ellas, eso sí, con los gramos justitos en el cuerpo, es decir, bastantes kilos por debajo de lo que cualquier profesional de la medicina consideraría saludable, no vayamos a dar que decir.
Aquí están: un puñado de mujeres haciendo el juego a un sistema que las considera muñecas de uso temporal. Luego, en las entrevistas, pueden mostrarse con mucho carácter, muy comprometidas, etc. Pero su imagen les está diciendo a las adolescentes varias cosas: a) manténte diez kilos por debajo de tu peso, b) vístete como ellos quieren que te vistas c) tetas al poder (si no las tienes, te las pones, que un 'problema' que se arregla con dinero no es problema, hija de mi vida...).

¿Existe alguna mujer entre las celebrities que pueda admirar un hombre de verdad? ¿Y qué es un hombre de verdad?, preguntará el atribulado lector/a... Pues aquel al que gustan las mujeres inteligentes, independientes, retadoras y con una belleza subjetiva y personal. Compañeras en la vida y no aditamentos más o menos sustituibles.

Y entonces, en mitad de la alfombra roja, aparece ella:


Y claro, saltan todas las alarmas: ¿donde están las tetas?, ¿y los oros?, ¿y los pendientes largos como panes de medio kilo?, ¿y las diademas de kryptonita, los collares de diamantes del fondo del Nilo?, ¿y el maquillaje grafitero?, ¿alguien ha pesado a esta señorita antes de permitirle entrar en la Gala...? Traiganme a Ramírez, el encargado de protocolo, que se va a enterar, hombre...

Aquí está: una mujer con personalidad propia, bellísima, pero sobre todo, distinta. Esto en cuanto a la apreciación estética. Porque lo relevante es que se trata de una excelente actriz, una de las mejores que han aparecido en los últimos decenios y que, si tiene suerte con los guiones -que dado el estado actual del cine es mucho pedir-, permanecerá en la historia de su arte. La recuerdo ahora en el papel de abogada pérfida en la excelente película "Michael Clayton". La he visto un par de veces, y alguna más caerá, porque se trata de extraordinario cine de actores, y de una historia compleja y comprometida sin discursos fáciles. En ella hace de representante legal de los malos, una empresa contaminante, y aunque hubiese sido muy sencillo administrar el papel con unas dosis de frialdad y dureza, consigue hacernos la maldad humana, en el sentido de cercana a lo que todos, al fin y al cabo, somos o podemos ser. La buena gente es de nuestra especie, pero los peores también. Y el arte honesto debe abrir al menos un pequeño resquicio por donde contemplarlos con profundidad y conocer sus sentimientos y sus motivaciones, por mucho que no las compartamos y nos reafirmen en nuestra idea de que merecen el mayor castigo. Los malos más malos, en mi opinión, son los simples descerebrados; en el caso de este personaje, Swinton se las arreglaba para mostrárnoslo siempre al borde del derrumbamiento, impávida por fuera y especialmente en público, pero sorprendentemente azorada, sudorosa y tartamudeante por dentro. Un ser humano que tan sólo se ha dejado poseer por el demonio de la lógica empresarial.


Ayer vimos 'Julia', su última película estrenada en España. Si no se tratase de una historia áspera, desasosegante e incómoda, su actuación habría llevado todos los premios imaginables. Julia es una alcohólica cuya vida se limita el enredo inacabable en el mundo sórdido de los locales cutres, la borrachera cotidiana, el despertar con un aliento horrible en compañía de sabe dios quién o tirada en un callejón. En un momento dado le sale un plan delicitivo para hacerse rica, y trata de llevarlo a delante con torpeza, de forma que todo se va complicando. El argumento no es nada del otro mundo, pero sí la actuación de esta actriz maravillosa. En unos minutos apenas te olvidas de su nombre, y sólo ves a Julia, una adicta, intratable, sucia, impulsiva, incoherente, desastrada y cruel mujer que intenta salir adelante a golpe de improvisación. Volviendo al tema del aspecto físico, en una escena aparece medio desnuda, y los que ves en la pantalla (¡sacrilegio!) es algo tan normal y cotidiano en la calle que te desconcierta contemplarlo en el cine: alguna supuesta "imperfección" en su cuerpo, pero de las de verdad, no de las de "Charlize Teron haciendo de fea y gorda para los Oscar". Como en toda buena historia, los personajes no se limitan a ser arquetipos y evolucionan, pero con sutileza. En ésta, Julia acaba transformándose tan sólo en un último plano de apenas segundos, cuando toma la decisión correcta y aun así mira con ojos expresivos y tristes aquello a lo que acaba de renunciar. Y pasan las horas y uno no olvida su mirada. En eso, a fin de cuentas, consiste el arte.

Afortunadamente, Tilda Swinton tendrá una carrera larga, cualquiera que sea el medio en que pueda y quiera desarrollarla. Las otras, sin embargo, desaparecerán como globos pinchados tras una fiesta infantil.