sábado, 28 de marzo de 2009

¡¡Henry James en Youtube!!

Esto de no poder dormirse te proporciona una horas tontas en las que te sientes liberado de hacer algo "práctico" y te permiten encontrar cosas tan encantadoras como las que siguen. Quién me iba a decir que el maestro iba a tener también su hueco en Youtube, pero qué grato es descubrir que alguien por ahí, a quien imaginamos buen lector@ de su obra, tiene la idea y emplea su tiempo y esfuerzo en hacer algo ciertamente hermoso: un vídeo que, sobre un fondo musical de Bach, homenajea a James y Wharton con una recreación pictórica y fotográfica de sus personajes femeninos (no podría faltar alguno de esos cuadros fascinantes de Sargent):

Pero si ya resulta sorprendente este vídeo, el segundo deja el María Moliner sin adjetivos para calificarlo. Un friqui ha compuesto una especie de canción a guitarra -la voz recuerda bastante a Lou Reed- con frases de James, incluida la del comienzo de "Retrato de una dama" y la de "Otra vuelta de tuerca". Para que luego digan del fraseo desesperantemente largo y denso del maestro:

Consciousness and perception
Realism's my predilection
Never married, virginal bachelor
Sexuality's a moral disaster

Under certain circumstances there are few hours in life more agreeable than the hour dedicated to the ceremony known as afternoon tea.

I'm on the outside looking in
Expatriate exposing sin
Deep experience is never peaceful
American responsibility is unequal

The story had held us, round the fire, sufficiently breathless, but except the obvious remark that it was gruesome, as, on Christmas Eve in an old house, a strange tale should essentially be.

Experience is never limited, and it is never complete; it is an immense sensibility, a kind of huge spider-web, of the finest silken threads, suspended in the chamber of consciousness and catching every air-borne particle in its tissue.

To criticize is to appropriate
Turn the screw, before you are too late
Start living the life you've imagined

Excellence does not require perfection

Me parece que este tipo tiene bastantes más dificultades para dormir que un servidor...

Mus, "La vida". Todos están aquí. Todos asturianos.

Qué hacer cuando las vías de tren están en obras -esta España nuestra siempre en obras, sin que nada mejore- y tienes que que viajar en autobús varias horas aplastado contra el cristal por un señor gordo de esos que se sientan abriendo mucho las piernas, para mejor reposar y sosegar su virilidad, debe de ser, mientras al otro lado del pasillo oyes a otra señora vociferar por el teléfono móvil "¡sí, sí, he ido a Madrid a investigar!!", y luego, por si el resto de los pasajeros no nos hemos enterado bien, le suelta al conductor "disculpe, ¿puedo poner la maleta aquí en medio... ? Es que llevo el ordenador, sabe, y si me lo roban y me quedo sin mi tesis doctoral...".

Me recordó a aquella letra de Francisco Nixon: "hay miles de feos en el andén/me pongo los cascos y empiezo a leer". Pues eso. Así que estuve buena parte del viaje escuchando a mis paisanos Mus. Este disco, "La vida" (título, por cierto, de uno de mis relatos del futuro "Junto al fuego") es una pequeña joya de culto. Tardé en encontrarle el punto, pero ahora, y han pasado dos años desde su publicación, recurro a él en momentos especiales, cuando uno necesita una inyección de buen gusto y delicadeza, lo que se puede hacer cada vez más frecuente, ya que comienza la Fórmula 1 de las narices y pronto volveremos a presenciar ese agradable espectáculo cotidiano de humanoides apiñados en torno al televisor en los bares.

"La vida" es un disco apacible y tierno, lleno de sensibilidad y matices instrumentales, cantado por una voz muy peculiar y con temas excelentes desde el punto de vista melódico. Las letras, en su mayoría, proceden de temas tradicionales asturianos, y quizá encajan mal con el tono entre folk y new-age de la música. Es una pena, porque en la actualidad hay buenos escritores en asturiano que podrían haber elaborado mejores versos. Pero en todo caso se trata de una decisión artística de Mónica y Fran totalmente respetable, y el resultado es igualmente bueno. Resulta muy agradable escuchar canciones en el idioma de mi tierra con este tono tan dulce. Dos ejemplos estupendos, en primero de ellos me parece un pequeño poema encantador:

'Sábana al vientu':


A esta hora en que más
muerde'l sol,
Faise-y difícil nun sentise especial.
Trabayando a 300
pies,
Descalzu y ensin arnés,
Contemplando esti cielu,
Un desierto
azul,
Una procesión de grúes, la llínia blanca d'un reactor...

Faise-y
difícil nun sentise especial
A la hora en que más muerde'l sol.

"Dende equí
puedo casi ver
La to ventana entornada, prenda del alma.
Y se que a una señal
que yo faiga,
Les ñubes van correr pa echase a dormir xunta mí.
Arde'l
cemento y la mio solombra trema
Como una sábana al vientu".



'Dulce amor':


En un barcu de
vela,
Marcho mañana;
En un barcu de vela
Para La Habana.

Entra dulce
amor,
Si vienes a veme;
Entra dulce amor
Si ye que quies quereme.

Entra
pola ventana
Y nun despiertes
A los mios padres, que tienen
Sueñu de
lliebres.

Entra dulce amor,
Si vienes a veme;
Entra dulce amor
Si ye que
quies quereme.

Lástima que no he encontrado en internet el tema que da título al álbum, "La vida", que tiene un tono distinto al resto, con una melodía preciosa y una especie de voz distorsionada, sorprendente, que suelta una perorata en inglés, con el tono casi paródico de un locutor de radio americano de los años cincuenta, acerca de la muerte y el recuerdo de los que ya únicamente estarán en ese cementerio que contempla con serenidad y tristeza. "Todos están aquí... todos asturianos", dice. A buena fe que uno se siente orgulloso de ser asturiano al escuchar el trabajo de estos artistas. (Y al niño del cochecito, Fernando Alonso, que le den por saco.)

P.D.: por cierto, en su MySpace han anunciado que dejan la música. Mala noticia. Espero que sea una decisión revisable, fruto del cansancio o del desánimo (yo sé mucho de eso).

jueves, 26 de marzo de 2009

'Virginia o el interior del mundo', de Álvaro Pombo. El 'fraseo instantáneo' como herramienta divina.

En la charla digital que Álvaro Pombo tuvo con sus lectores, a través de El País, tuve ocasión de preguntarle si el hecho de dictar sus novelas había modificado de alguna manera su estilo. En la respuesta utilizó la expresión 'fraseo instantáneo' para referirse a su escritura, y a buena fe que no existe mejor manera de definir su peculiarísimo estilo, complicada mixtura entre un orador nervioso y vehemente y un narrador reflexivo con la que construye un universo lingüístico que engulle al lector y maneja a los personajes con un respeto mayor del que pudiera preverse. El narrador de esta novela resulta sumamente incierto, sin dejar de ser eficaz. Debería acuñarse un nuevo concepto en la preceptiva literaria de nombre 'omnisciencia pombiana' para describir el modo en que la voz narradora entra y sale de la historia con personalidad propia, incorporándose a ella con desparpajo pero sin que ese tono oral, como de cuento narrado por un amigo lúcido y extravagante, le reste credibilidad. Así, la lectura avanza por el interés de que la dota ese lenguaje fascinador hasta que de repente, en la página 173, nos encontramos con esto: "las mejores familias esperábamos...", e inevitablemente nos preguntamos quién demonio nos está contando el relato y si juega en él algún papel que desconozcamos, en la página 226 se vuelve a quedar con nosotros: "no hay por qué saber este detalle", dice como reprochando nuestra curiosidad... Claro que cualquier duda pierde sentido cuando casi al final, cercana la escena cumbre de la novela, nos suelta -nada menos-:"¿Cómo crees tú, lector hipócrita, semejante mío, hermano mío, que se aparecen los aparecidos?". Entonces terminas por convencerte de que la obra de este escritor posee eso tan valioso que tópica pero acertadamente se denomina "mundo propio", un mundo formal y de fondo, que aceptas o rechazas, siendo desaconsejable esta última opción por lo mucho que puedes perderte. Pocas prosas alcanzan el nivel de densidad de la de Pombo sin dejar de ser amena, sorprendente, poética a ratos, coloquial a otros, filosófica cuando le da la gana y estrictamente narrativa cuando se precisa. En general podemos decir que es un modelo de libertad que debería servir de aliento inspirador para todo el que escribe. Veamos un par de ejemplos: un párrafo analítico, en primer lugar: "Las familias son estructuras secretas hacia fuera y especulares, turbiamente especulares hacia dentro. Todos los que están dentro saben o sospechan lo que hacen o piensan o sospechan todos los demás, los que están fuera. Y los emparejamientos matrimoniales, los precedentes noviazgos, los tintineantes flirteos, son estructuras de confidencia especular. Cada familia define un estado excitado de la información vigente en cada momento. Ser novia o novio de algún miembro de la familia es entrar en el secreto." Y otro poético-monologal-delirante atribuido a esa abuela irónica y cascarrabias, innegablemente "pómbica": "Yo recuerdo que tu abuelo me decía: tienes malas vetas tú, Everilda, más ganga que otra cosa en lo que es la propia veta del metal precioso. Entreverada mucha ganga, mucho filamento de gangas inservibles, irresponsables, que no se van por mucho que la laves y la laves a base de cedazos, chorros de agua, no se van. Se quedan cascarilladas a lo largo del oro, como un polvo del color mismo del metal que engaña, igual que tú, Everilda, igual engañas tú. Como las hormigas arrastran una avispa muerta, que cuando quieres recordar ya no está donde estaba y la han llevado troceada al comedero".
Las mismas libertades se toma en lo que se refiere al tiempo, como corresponde a ese concepto de relato oral con formato escrito, de cuento novelado con prolijidad de tesis doctoral: a veces los hechos se nos narran en presente, otras en pasado, y es que, al igual que hacía Henry James, apenas son ocasionales puntos de avance en un discurso divagatorio que precisa de pocas justificaciones. Las hay, no obstante, en esta historia tan jamesiana, de mujer inteligente y rebelde en el punto de bifurcación de su destino, rodeada de fuerzas atrayentes y predecibles, la más poderosa de las cuales pertenece irremediablemente a otro tiempo, en la figura del enamorado muerto al que se reclama con un ardid sobrenatural. Virginia rechaza el mundo fácil y acomodaticio de su pretendiente, y encuentra en los Bárcena la vía de escape hacia una libertad que tan sólo intuye, y para la que precisa de una señal que tal vez ellos le pudiesen proporcionar; el hecho de que al final esa vía se revele como muerta será la causa de un desenlace a un tiempo efectista y simbólico, que seguramente nos habla de muchas mujeres de la época.
Es llamativo, a este respecto, el interés editorial por esa "nueva mujer" que en el cambio del siglo diecinueve al veinte comenzaba a asomarse a la literatura, al menos tres volúmenes de relatos han aparecido recientemente sobre el asunto. A ellos debe sumarse esta novela importante en la trayectoria del escritor y en la narrativa española reciente, que por encima de los interesantes temas que trata tiene algo de reivindicación del lenguaje como creador del mundo en el arte literario. Ese 'fraseo instantáneo', imponente y liberador, frente al mediocre fraseo televisivo de la prosa novelesca contemporánea. Pombo for president.

miércoles, 25 de marzo de 2009

'El grito del ángel' (una explicación).

Continúo publicando en el blog algunos relatos de corta extensión que formarán parte de 'Junto al fuego'. Los más largos, que entrarían dentro del concepto discutible de nouvelle, aparecerán en Bubok, y finalmente reunidos en un volumen. 'El grito del ángel' es un relato fantástico -a la manera en que se entendía en el diecinueve, espero- que tiene clara relación con un mito bíblico. Menos personal y emotivo que 'El refugio de Pablo', pero más directo e inquietante, seguramente, espero que resulte del agrado del hipotético pero siempre amable lector/a.

'El grito del ángel' (relato).

Había oído decir en el vecindario que se trataba de un hombre extraño, y tal vez por eso comencé a observarlo desde la ventana del despacho en las pocas ocasiones que me permitía el trabajo, lo que normalmente estaba relacionado con la edad y la suspicacia de mis pacientes, siendo así que lograba verlo al menos un par de veces durante la tarde, en que me ocupaba de los más pequeños, mientras que me resultaba casi imposible hacerlo por la mañana, cuando atendía a los mayores, normalmente personas malcasadas que podían prescindir sin rubor de mis palabras, a las que incluso molestaba que se les interrumpiese, de tal forma que era frecuente que mi primera intervención pusiese fin a la media hora de consulta, para mi regocijo y su sorpresa; la relación con esta clase de clientes solía terminar por obra del mismo capricho que les había hecho iniciarla, y ello sin que existiese alguna señal de mejoría, algún avance en el desarrollo de su conflicto, simplemente se les acababa el dinero o -peor aún- se consideraban servidas con la simple permisión de su desahogo, circunstancias que en el décimo aniversario de la apertura del gabinete psicológico me habían hecho proponer a Marta, mi compañera, que abandonásemos para siempre el ejercicio de una profesión que llevaba camino de convertirse en algo muy distinto a lo que habíamos imaginado. Pero lo más curioso era que aquella gente que pagaba por una apacible escucha podía ofenderse si en algún instante les parecía que no me mostraba lo suficientemente implicado en su discurso de intrigas familiares, apenas me dejaban desviar la vista, carraspear, inclinar la cabeza u ojear por debajo de la mesa los minutos que iban transcurriendo en mi muñeca, así que me las ingeniaba para acercarme a la ventana y echar un vistazo justo en el momento en que ambos regresábamos de la sala de espera, y lo hacía con toda cautela, y rápidamente, hasta que un silencio severo y unos ojos ofendidos me recordaban que ellos habían pagado y yo debía entregarme.
Mas conseguí verlo, y pronto supe que se sometía a ciertas rutinas, lo que sin duda benefició mi curiosidad: salía de casa alrededor de las cuatro, y regresaba poco después con algunas compras. Era bastante alto, o al menos lo aparentaba desde la distancia, tenía una corpulencia globosa, como de marinero o antiguo combatiente, que le hacía andar con pesadez y ligeramente inclinado hacia delante, su pelo se reducía a una breve intermitencia de canas muy cortas y, en contraste, la piel de la cara semejaba estar siempre irritada, quizá por el sol o la bebida; llevaba una cazadora muy amplia de color azul marino, pantalones grises y botas oscuras, nunca le vi una ropa distinta, a pesar de que aquél era uno de los veranos más calurosos que se recordaban. "El vivo retrato de la sordidez", había dicho Marta cuando se lo describí, "un hombre huraño -aventuró-, un viejo abandonado por todos, con pensión escasa y pocas ganas de vivir. Tristemente frecuente, no entiendo por qué te interesa tanto, tenemos varios así en la consulta". Sin embargo había algo que no supe explicarle, algo que lo hacía diferente y que estaba más allá de su retraimiento, como si éste, lejos de ser herencia o molesta emanación de la fisiología, hubiese nacido en tiempo reciente y en forma de simple medida precautoria; sus movimientos, la manera de mirar y desenvolverse, daban fe de una seguridad y una indiferencia que no podían pertenecer a un hombre meramente patético. Claro que hasta entonces yo sólo manejaba conjeturas, así que decidí proveerme de datos más fiables y recurrí a la opinión de los vecinos del barrio. No quiero recordar el tipo de conversaciones que tuve que padecer y la cantidad de argucias de que hube de valerme, baste decir que en pocas semanas logré averiguar mucho más de lo que hubiera soñado: llevaba cerca de un año en la ciudad, pagaba un alquiler bastante alto por un piso de tres habitaciones que -según el testimonio de uno de los hijos del propietario- había llenado casi en su totalidad de libros, hablaba poco, aunque no era brusco y parecía instruido, lo que no dejaba de extrañar si se tenía en cuenta su errática y sacrificada trayectoria laboral y los ambientes en que ésta había discurrido: la legión y un prolongado ejercicio militar, muy bien remunerado, en el norte de Africa, bares de carretera y otros tugurios no por más céntricos menos inquietantes, y finalmente, el turbio mundo del boxeo; confidencias que nadie le había oído decir de palabra, pero que circulaban por ciertos locales en los que, como sospechaba, se había dejado llevar por el alcohol y la compañía; todo ello maravillado gracias a ciertos comentarios de una vecina suya que hablaban de extrañas visitas, información que pude ampliar por un antiguo compañero de estudios que trabajaba en el Ayuntamiento y que me dejaron aún más sorprendido: "parece ser que determinadas personas están interesadas en conocerlo, han llamado varias veces a Asuntos Sociales para preguntar por él", "qué clase de personas" -dije-, "sobre todo gente de la universidad, del mundo de la investigación... y también de sus aledaños, revistas pseudocientíficas, ya sabes. Pero desconozco los motivos, y nosotros no hemos ido a verlo porque, en lo que concierne a nuestro trabajo, desde luego no existen. Yo pienso que quizá haya superado de forma natural una enfermedad grave, tal vez el SIDA, o algo así". De cualquier forma el retrato que había podido obtener hacía ya de sobra apetecible al personaje, aunque ciertamente ignoraba qué papel podría jugar un psicólogo en todo aquello. Marta vivió el proceso con especial deleite, como si contemplase el juego de un niño, y a pesar de que se burlaba -"buscas el caso, el gran caso, aun a costa de hallarlo donde no existe"- fue ella quien por propia iniciativa completó el paso siguiente: una mañana depositó nuestra tarjeta en todos los buzones de su edificio, y cuando regresó me dijo, arqueando las cejas con esa expresión que la hacía a ratos encantadora, "he colocado el anzuelo. Ya sólo queda esperar... y que haya suerte".
El plazo duró demasiado, hasta tal punto que ya no lo recordaba como una auténtica expectativa, a medida que pasaban los días iba creciendo mi anhelo por adentrarme en aquella vida fascinante que en cierto modo había construido, juntando piezas, mi imaginación, pese a lo cual no estaba dispuesto a renunciar a la posibilidad de su existencia. Muchos fines de semana recibía la visita de mi familia y, al contrario que en el pasado, aborrecía sus halagos por la prosperidad económica que me había labrado con aquella profesión que tantos recelos despertaba en un principio, pero es que incluso en las voces amigas había un trasfondo dolorosamente irónico, una especie de guiño cómplice de picardías con el que se daba por cierta la naturaleza bastarda y delusoria de mi tarea. A veces pensaba que toda la gente que había pasado por el gabinete -en realidad cómo llamarlos, ¿pacientes, clientes..., borrachos de frustración, sin valor ni ganas de enfrentarla, que ocasionalmente lloraban en mi hombro y luego me invitaban a una copa?- se conocía, tal era su afinidad, y que me habían escogido y contratado por turnos a su servicio, del mismo modo que hacían los nobles con los músicos, los pintores y las concubinas; sólo así se explicaban las continuas órdenes que recibía, ya fuera de palabra -"dígale que estudie más, dígale que no salga con ese chico..."- o mediante una simple mirada -las tenues imposiciones de condescendencia y silencio-, y sólo así la sensación de ahogo que en los últimos tiempos sufría en mi despacho.
Y una noche, después de la última visita, cuando me hallaba recogiendo las cosas en el escritorio, sentí un ruido procedente del pasillo, el roce de un cuerpo contra la puerta, unos pasos que se alejaban. Me acerqué y la abrí. La luz estaba apagada, asomé la cabeza y vi que había alguien al fondo; nuestra consulta era el primer departamento que uno podía encontrarse en la segunda planta -compartida además por un abogado, una gestoría, un oculista y una vidente-, y a esa hora, alrededor de las once, todos los demás se habían ido; así que alzando la voz, y un tanto a ciegas, le pregunté que a quién buscaba y le dije que probablemente estaría cerrado. No lo identifiqué al principio porque tardó mucho en acercarse, como si desconfiase. Luego avanzó poco a poco y se detuvo en el extremo del haz de luz que proyectaba mi cuarto sobre las baldosas. Alargó un brazo y me tendió la tarjeta del gabinete, la claridad me enseñó una mano inmensa. Entonces reconocí su ropa, las botas, la cazadora azul con aquellas tiras sueltas alrededor de los puños. "Es aquí", dije, "si quiere pasar...". Dudó por unos segundos, y luego entró con lentitud. Tan sólo me miró una vez, pero fue suficiente para hacerme desistir de examinarlo tal como estaba haciendo, y no obstante comprobé que tenía la piel fofa y cuarteada, que debía de ser mucho mayor de lo que su presencia física insinuaba, por lo que deduje que ésta le supondría una carga, algo muy común entre ciertos deportistas que se abandonan tras el retiro. Sus ojos eran, con todo, lo más imponente, parecían haber rastreado mi interior en apenas un destello verdoso, cuando le invité a sentarse y rodeé la mesa para colocarme frente a él pensé que sería inútil intentar ocultarle mi interés, que ya lo sabía todo, que estaba en sus manos; de ahí que obviase los habituales preludios y me limitase a entrelazar los dedos sobre la escribanía, lo que debió de juzgar correcto, pues apuntó una leve sonrisa y dijo: "necesito pastillas para dormir. El médico del seguro me ha dado éstas, pero no me hacen efecto". La voz era extraordinariamente dulce para provenir de aquella cabeza amplia, compacta y recorrida por infinidad de hilos rojizos, había sacado un papel del bolsillo y lo había depositado con delicadeza, desdoblándolo, en la mesa. Traía los nombres de media docena de tranquilizantes, la letra era grande y torpe. Los leí atentamente, pensé que no debía parecer nervioso, que quizá lo normal era que a aquellas horas estuviese cansado, arisco incluso, aunque procurase ocultarlo.
-Lo lamento -dije acariciándome la frente y las sienes con una mano-, los psicólogos no estamos habilitados para recetar o suministrar medicamentos. Pero puedo asegurarle que los que ha tomado son normalmente efectivos.
-Disculpe... -respondió mientras alargaba la mano para recoger la nota-, había oído lo contrario.
Tal como imaginaba aquel hombre lo sabía todo, y pese a la ingenuidad con que me contestó temí quedar en evidencia.
-... Es cierto que en ocasiones lo hago a través de mi hermano, que es psiquiatra, pero siempre se trata de casos excepcionales, como un complemento de la terapia. Y si lo que usted precisa es algo... más fuerte que esto, debo aconsejarle que se ponga en contacto con él. Le atenderá muy bien. Es el más inteligente de la familia.
No sonrió, tampoco hizo algún gesto afable, parecía contrariado, como si hubiese desperdiciado un esfuerzo.
-Le puedo dar su número, o arreglarle yo mismo una cita. Tiene consulta en el centro, se llega fácilmente en autobús -insistí sin éxito. El hombre intentó levantarse apoyándose con fuerza sobre la silla, pero tras fracasar una primera vez permaneció sentado y suspiró.
-Espero que me perdone, me cuesta mucho trabajo andar. Tengo las piernas... ah, usted es tan joven.
-No se preocupe, mi padre también tiene ese problema, ¿es artrosis?
-Es un poco de todo -dijo, y esta vez sonrió, por lo que me arriesgué a retenerlo.
-Así que no puede dormir... y cuánto tiempo hace.
-Trece años -soltó mirándome fijamente. "Estupendo", pensé, "ha querido impresionarme. Le gusta jugar. Le gusta ser protagonista del juego. Le gusta ser escuchado".
-Eso no es posible.
-Vaya si lo es... Aunque tiene razón, siempre duermo un rato, me despierto y vuelvo a dormir y vuelvo a despertarme.
-Y eso por qué ocurre -dije sin darle tiempo-, qué es lo que le despierta, los ruidos, el dolor de las piernas...
-La gelatina –murmuró sonriendo mientras clavaba sus ojos de cuarzo en mi cara, que apenas pudo mantenerse firme.
-No le entiendo.
-Perdone. Es una broma. Tengo que irme.
Hizo ademán de incorporarse, pero lo interrumpí antes de que llegase a tomar impulso. Sin duda la vergüenza que le causaba aquella situación benefició mi propósito.
-Y por qué no me lo explica, le aseguro que hoy he tenido un día muy largo, y nadie me ha contado una broma. No he oído más que desgracias.
-Esto también lo es.
-Bien, pues una más... Me gustaría ayudarle, si conociese mejor su problema quizá podría arreglar lo de mi hermano, así se ahorraría el tener que ir hasta allí. Le aseguro, en confianza, que para mí sería preferible firmarle un papel, sobre todo a estas horas... Vamos, ¿qué es eso de “la gelatina”?
Aquellas palabras, fruto de una intuitiva resolución que trataba de conjugar la cordialidad y el rigor, habían supuesto mi última jugada, con ellas entregaba todo lo que poseía, y era como si él estuviese examinando su valor encima de la mesa. Pasó dos dedos largos y gruesos varias veces por la madera, escudriñó las sombras de sudor que iban dejando a su paso y finalmente habló con un tono y un lenguaje similares, al menos en cuanto al fondo, al que reproduzco aquí:
-Es tan sólo un sueño. Un sueño que se repite. No tiene mayor interés.
-Yo creo que sí lo tiene -susurré con cautela.
-Le explicaré por qué no -cerró los ojos, inspiró profundamente y empezó a relatarlo con una precisión que sugería que llevaba mucho tiempo haciéndolo, tal vez a sí mismo-: estoy en una plataforma, une especie de trampolín en el vacío, no veo lo que hay debajo, ni encima, ni enfrente, pero sé que no hay nada. De pronto algo desciende muy rápidamente, y cuando pasa justo delante de mi cuerpo intento sujetarlo, es otro cuerpo, un cuerpo que no consigo agarrar, se me escurre entre los brazos, y en ese momento me salpica de una sustancia parecida a la gelatina, me quedo cubierto de ella. Y me despierto... No es necesario que busque interpretaciones o significados. El sueño tiene una correspondencia, digamos que exacta, con un episodio de mi vida que usted preferiría no conocer.
-Y que usted, llegado este punto, desearía contarme.
Aquella frase era una insolencia, y un reto. Así lo entendí en cuanto salió de mi cabeza. Y presumo que él también lo hizo, y que no dudó en aceptarlo. Después de un silencio incómodo empezó a mover los labios como si pronunciase un discurso largamente estudiado:
-Durante unos cuantos años fui árbitro de boxeo. Había peleado de joven, pero no tenía ningún futuro, así que acabé allí, en medio de los que se pegaban. Permítame aclarar que odio la violencia, la aborrezco, aunque no siempre fue así, y tuve que verla demasiado cerca para comprenderlo. Claro que aquello era un trabajo, una posibilidad mucho mejor que las que había tenido hasta entonces, se trataba precisamente de dominar la violencia, de someterla a unas reglas que debían hacerla honesta, si es que cabe la palabra, o señalar su fin, llegado el caso. No era un trabajo difícil, nunca llegué a actuar en grandes combates, y del ambiente qué puedo decirle, mucho más sórdido que el de las películas, sí..., pero en el fondo todos esos chicos son como animales, uno no siente demasiada pena cuando los ve destrozarse entre sí, y ellos no entienden nada de lo que les rodea, se limitan a golpear y recibir, lo único que puede pedirse es que todo transcurra de una forma natural, y en eso consistía mi labor. Pero hubo una excepción. No era la primera vez que conocía que el combate estaba arreglado, normalmente esta circunstancia hacía las cosas más fáciles, un buen jab en el segundo asalto y a la lona, solía tratarse de boxeadores maduros, viejas glorias a las que intentaban relanzar con una pelea fácil pero vistosa, un jovencito a quien, a falta de dinero, se le habría vendido la historia de que todos los grandes tenían que pasar alguna vez por ello, y que, si aceptaba, los promotores lo tendrían muy en cuenta de cara al futuro y sabrían ser generosos. No obstante, como podrá imaginar, no solían ser los chicos quienes tomaban la decisión, y a más de uno he visto levantarse llorando de rabia mientras el otro, el viejo, se pavoneaba con los brazos en alto. Por eso aquella noche no le pasó a nadie desapercibida la cara de Claut. Allí, en la esquina, junto a su preparador, parecía un chiquillo disgustado con la niñera, como si en cualquier momento fuese a llorar y gritar y pegarle patadas. Era rubio, tenía los ojos claros y una arruga permanente entre ellos, la piel muy pálida, que se sonrojaba con el esfuerzo... igual que un ángel de esos de los cuadros, no sé si me entiende. Desde luego no resultaba muy habitual ver a alguien así, daba la impresión de ser uno de esos aristócratas ingleses que boxeaban por la misma razón que les hacía visitar museos, como una forma de cultivar la belleza, he leído mucho sobre ello, sabe.... En fin, no sólo yo intuí algo extraño, porque poco antes de que comenzase la pelea recibí una instrucción muy clara: tenía que cortarla a la mínima oportunidad, en cuanto los puños del otro llegasen al chico con nitidez. Pero eso no pasó. Me refiero a lo que yo debía hacer. Hubo alternativas durante el combate, sí, pero no pude hacerlo, porque vi algo en el rostro de Claut que me lo impidió, un grito, el grito del niño que se rebela contra lo imposible. Al menos eso fue lo que pensé en aquellos momentos. Luego supe que era un grito de socorro, realmente me estaba pidiendo que detuviese la pelea tal como me había sido ordenado, delegaba en mí la decisión que él no podía tomar... Y cuando al final levanté su brazo de ganador me di cuenta de lo que había hecho, e imaginaba las consecuencias, así que le dije al oído que se fuese muy de prisa, que huyese. Yo me retiré al vestuario y esperé durante casi una hora la venganza, la oí caminar por los pasillos, y acercarse, pero pasó de largo. Entonces salí muy despacio, la gente se había ido, estaba ya todo a oscuras, pero me llamó la atención que aún no hubiesen apagado las luces dentro del polideportivo. Me acerqué hasta allí y vi que había alguien de pie en uno de los rincones del cuadrilátero. Era Claut, lo supe al instante, pese a que me daba la espalda. Y también la venganza que me aguardaba. Subí y lo miré de frente. Los focos proyectaban sobre él una avalancha de calor y silencio. Estaba de pie con la cabeza inclinada. Llevaba puesto el chándal, que era rojo, si bien el color más oscuro de la sangre lo había impregnado desde el cuello hasta la cintura. Caminé unos pasos en su dirección y justo entonces, como si hubiese hecho temblar el mundo, cayó hacia delante. Fui a recogerlo, pero se me escurrió entre los brazos, sentí cómo su cuerpo se deslizaba a lo largo del mío, su cara se paró en mi estómago, sus rodillas en el suelo. Los dos acabamos en la lona, y cuando me levanté y le di la vuelta pude ver bien aquel rostro de ángel, que ya sólo era un destrozo confuso de carne abierta. No quise denunciarlo, ya no tenía arreglo. Tampoco acudí a su entierro. Eso sí, abandoné para siempre el boxeo, y con ello la violencia, ya fuese o no reglada. Es decir, lo hice yo, pero ella no me ha abandonado a mí.
-Se le aparece cada noche en forma de sueño -dije, fascinado por la historia y deseoso, esta vez, de intervenir adecuadamente-, un sueño que tan sólo es fruto de los remordimientos que...
-No sólo es el sueño.
-Usted no tuvo culpa de nada. El pobre muchacho fue tan sólo el detonante que le permitió abandonar ese mundo.
-Debo irme. No puede entenderlo.
-Incluso ahora, cuando lo recuerda, podemos decir que es un pretexto...
Me levanté para dotar de mayor energía a las palabras. Mas el hombre estaba empeñado en irse, y se revolvió esforzadamente en la silla de tal modo que tuvo que echar el torso hacia delante y arrastrarla. Entonces fue cuando vi las manchas. Llevaba la cazadora medio abierta, y el movimiento me mostró su interior. Tenía la camisa empapada. "Está sangrando", dije con asombro. Se puso muy nervioso, sus brazos temblaron en pleno esfuerzo y cayó de rodillas. Salí de mi sitio y me lancé a socorrerlo. Se había tumbado boca arriba en el suelo, sollozando, tapándose la cara con las manos. "Déjeme", musitó. Bajé la cremallera de su cazadora y la abrí por completo. Pequeñas gotas de sangre dibujaban una extraña huella en el centro de la camisa, como si procediesen de una herida aún no cicatrizada. La desabotoné también, y su cuerpo quedó al descubierto. El hombre lanzó un grito, aún escondido tras las palmas. Sobre la piel, en pleno estómago, vi una herida, una especie de quemadura, bastante amplia, que rezumaba gotas de sangre y parecía, por la imposible coherencia de sus bordes, dibujar una figura muy concreta, seguramente un rostro humano, un rostro quizá aterrado o suplicante, con la boca y los ojos muy abiertos en una mueca espantosa que tras un contacto que imaginé apenas perceptible, fugaz y luminoso como los milagros, se había fijado allí para siempre.

martes, 24 de marzo de 2009

La explicación de la crisis (palabra de jardinero).

Esta mañana he recordado una película extraordinaria que probablemente habréis visto, 'Being there', traducida en España como 'Bienvenido, Mr. Chance'. Protagonizada por Peter Sellers -un proyecto largamente querido que le permitió demostrar lo excelente actor que era, tras tantas comedias de patoso encantador-, se trata de una sátira política en la que un perfecto idiota, analfabeto, que ha pasado toda su vida encerrado entre cuatro paredes viendo la televisión y cuidando de un jardín, llega a ser candidato a la presidencia de Estados Unidos. La clave de su éxito está en su idiocia, dicho sea sin ánimo despectivo, sino en su sentido técnico o médico, o incluso en el común que recoge el diccionario de la Real Academia: "corto de entendimiento" o "que carece de toda instrucción". El jardinero Chance se limita a sonreír y asentir a lo que se le dice, y cuando habla lo hace de lo único sobre lo que sabe: la jardinería. Entonces suelta una perorata sobre las plantas, las estaciones, las tormentas, etc., y la gente piensa que está hablando en clave metafórica sobre asuntos políticos de vital importancia. Así, por una serie de azares encadenados (que lo llevan a conocer al Presidente en declive de los Estados Unidos), acaba apareciendo en televisión y es visto como un salvador por todo el país. En realidad su éxito radica en ser una especie de contenedor vacío que cada uno de los que lo rodean llena de acuerdo con sus particulares necesidades: para algunos es el amigo perfecto, el amante ideal, ya sea de hombres o de mujeres, el líder, el intelectual... Por ejemplo, en una cena, el Embajador ruso le suelta unos versos en su idioma, y como Chance sonríe, todos suponen que domina el ruso, y al final de la velada le han adjudicado ya varios títulos universitarios y experiencias profesionales del más alto nivel. Pero en realidad es un mero idiota que sólo sabe hablar de jardines.
Pues bien, esto viene a cuento de que en el contexto en que vivimos, de una crisis inexplicada y supuestamente inexplicable que como rayo de fuego divino debemos aceptar mansamente, he escuchado esta mañana una declaración del presidente de la Asociación Española de Banca que me ha iluminado el raciocinio. Estaba yo tomando mis cereales tan tranquilo y de repente se me ha congelado la mano y se me ha caído la cuchara al oír esto:
"El sistema financiero español es un árbol sólido, que únicamente puede necesitar que se pode o que alguna rama seca se sanee..."
Entonces lo comprendí todo. Era simplemente eso. Estamos dirigidos por idiotas.

domingo, 22 de marzo de 2009

“La prostitución es un trabajo tan respetable como cualquier otro” (y las hordas androcéntricas partiéndose de risa y tirando de billetera...).

El título entrecomillado de este post se ha convertido en un tópico de lo políticamente correcto. Con él no se hace referencia a la necesaria legalización de la prostitución, la cobertura social de tal actividad tan frecuentemente sometida a abusos inimaginables. Es claro que nadie con dos dedos de frente puede negarse a que las prostitutas cuenten con todo el amparo sanitario, policial, jurídico, etc., de forma que ninguna mujer se vea obligada por alguien a ejercer, y que existan controles que les permitan desarrollar el trabajo en condiciones mínimamente dignas.
La frasecita de marras, sin embargo, tiene que ver con algo que comentaba a propósito de la película de Pedro Almodóvar, y que este fin de semana trata asimismo Javier Marías en su artículo semanal. De acuerdo con ello resulta perfectamente “respetable” –suele emplearse esa expresión- el hecho de que cualquier mujer decida, en un momento dado, alquilar su cuerpo para que un hombre tenga relaciones sexuales con ella, por aquello de completar el sueldo o acceder a algo concreto a lo que éste no alcanza. Este es un problema con el que a menudo encuentro notables discrepancias con la gente de mi trinchera ideológica, aunque al mismo tiempo constato que no estoy solo, dentro de esa trinchera, en la defensa de tales criterios. El razonable rechazo a todas las imposiciones del pensamiento fascisto-eclesial que convirtieron este país en un yermo intelectual suele provocar estos efectos, al igual que ha ocurrido con la educación, donde hemos pasado de la autoridad arbitraria (la vara en la mano en mi infancia, o la manera de repartir las notas en mi colegio: por orden “del más burro al mejor”, con no pocas chanzas para el primero) al abandono de cualquier aspiración a la excelencia en pos de un igualitarismo que choca con la realidad en cuanto sale a la calle… Pues lo mismo, pienso, sucede con algunas cuestiones relacionadas con la sexualidad. Antes pretendía controlarla la iglesia –bueno, en realidad persisten-, y ahora esa visión “políticamente correcta”, entre bobalicona y buenista, que antes prefiere el todo vale al opino que no, eso sí, siempre que se trate de casa ajena, porque en la propia tenemos las cosas muy claras.
Vamos a ver: después de tanto esfuerzo intelectual y profesional de mujeres admirables en la lucha por lograr la igualdad de derechos y oportunidades, se nos quiere convencer de que una chica puede repetabilísimamente optar por sacarse un buen sueldo acostándose con señores con posibles. Cada vez que una de esas supuestas actrices de los famosos y legendarios books se pasa por la cama del encantador empresario del ladrillo, debemos “respetarla” y “aplaudirla” del mismo modo que a la actriz que tiene que trabajar diez horas en algo que no le gusta y pasar de casting en casting con una fe inmarcesible en su vocación; o, en general, del mismo modo que a la universitaria que madruga a las cinco de la mañana para estudiar y obtener los mejores resultados con el fin de aspirar a una beca que le permita desarrollar un trabajo intelectual en un campo concreto de la ciencia; o la profesional liberal, por ejemplo en mi campo, que pone contra las cuerdas al mismo empresario ladrillero en un juicio, defendiendo a sus trabajadores, al interés público medioambiental o al propietario al que han tangado una parcela. Según ese criterio buenrollista, igualmente respetable es el trabajo de esa letrada al que he hecho referencia que el de una compañera que, en vista de lo complicado que resulta abrirse camino en el mundo laboral, opte por solicitar su inclusión en el book.
Llámeme fascista el amable lector o lectora, pero pienso que en toda sociedad debe existir una axiología compartida, seguramente inspirada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por supuesto laica, y revisora permamente de las tradiciones, de forma que las someta a juicio sin reparos, pero que tampoco los tenga en aceptar de ellas lo que convenga al bien común. Y una de las cosas que en mi modesta opinión benefician ese bien común es el rechazo a esa equiparación de modos y actitudes a que he hecho referencia.
Javier Marías, uno de mis autores favoritos y –basta leerlo- un machista rancio del quince, dice que a fin de cuentas todos “alquilamos” algo cuando trabajamos. Pero seguramente en el mundo en que vivimos no haya nada que a los ojos del arrendador resulte tan expresivo de las diferentes “categorías” entre unos y otros como el intercambio sexual. Tal vez en una sociedad futura y mejor, donde el patriarcado no existiese, mujeres y hombres fuésemos por completo iguales en todos los ámbitos, y el sexo estuviese despojado de las connotaciones que aún lo condicionan, sería posible que cualquiera de nosotros optase por ese alquiler corporal a cambio de un precio con la misma asepsia con que contratamos o somos contratados para cualquier otra tarea. Pero en el mundo en que vivimos, no es así.
Uno piensa que cada vez que se suelta la frasecita “la prostitución es un trabajo tan respetable como cualquier otro” o se nos presenta –como en la película de Almodóvar- tan común y corriente que una profesional de cierto nivel en cualquier momento pueda optar por prostituirse para ganar unas perrillas, los puteros adinerados se parten de risa. Y es lamentable que muchas feministas, en este sentido, trabajen para ellos. Una de las cosas que más me sorprendieron cuando comencé a vivir y trabajar en el levante español es la costumbre –corroborada por varios testimonios fiables- de que las reuniones empresariales –siempre entre hombres, por supuesto, ellas nunca están en las mesas donde se decide la cosa- culminen con una buena comilona de arroz con conejo y caracoles, vino abundante, copas y licores, y la visita fraternal a un “puti” de lujo. Pues bien, en la medida en que insistamos en la idea de que la abogada –por seguir con el ejemplo- que a las diez de la mañana les proporcionaba un dictamen técnico podría estar esa misma tarde abierta de piernas en el camastro hortera del club de postín, y que todo ello es “perfectamente respetable”, me pregunto cómo podremos seguir defendiendo la igualdad salarial, y de acceso al poder, la conciliación familiar, etc. El respeto a la mujer como igual.
En definitiva, y dado que peino canas, me voy a permitir dar un consejo a la adolescente lectora que no tengo: estudia, trabaja, conviértete en una profesional brillante, disfruta del sexo todo lo que te apetezca –acuéstate con quien quieras, enamórate o no lo hagas, diviértete y sé feliz-, pero nunca permitas que durante media hora o una hora te conviertan en hueco carnoso a cambio de precio, nada, a sus ojos, te minusvalorará tanto, te lo aseguro; no creas a quien te dice que cuando echas doce horas frente a un ordenador, inundada por papeles, “te cosificas” igualmente. No es lo mismo, no para ellos, te lo aseguro –y yo estoy “en el otro lado”, escucho y a menudo soy destinatario de sus conversaciones-. No les hagas el juego.
La semana pasada César Vidal, ese defensor de libertades, decía en su prédica nocturna de la COPE que por culpa de Zapatero (o sea, de la crisis financiera mundial a la que nos han abocado los bancos y el sistema capitalista descontrolado…aunque el decía simplemente “Zapatero”, no sé si será una manera de resumirlo…) muchas chicas “normales” están optando por ejercer de prostitutas (entre ellas una profesora conocida suya), línea que para las mujeres parece muy natural cruzar, según esto, como si estuviese en su esencia –no se oyen tantas noticias sobre tíos en el paro que se hagan prostitutos, qué curioso-. Como vemos, este argumento parte de la misma “naturalidad” y “respetabilidad” existente entre la profesión de prostituta y profesora, de forma que sólo la necesidad de dinero explicaría una y otra. Vamos, que las mujeres con una notable formación intelectual sólo ejercen la profesión para la que han estudiado si van bien la Bolsa o el PIB, y si no, putas. En definitiva, se nos está vendiendo como una opción "natural" para el sexo femenino (no así para el masculino, insisto), y esa es la trampa de la supuesta "respetabilidad".
La vida es así de sorprendente. En ocasiones se vuelven compañeros de viaje César Vidal, Almodóvar y algunas voces feministas. Yo prefiero ir por libre.

'Los abrazos rotos.' El emperador desnudo quiere ser guionista.

Pedro Almodóvar se ha convertido en una marca paradójicamente patriótica, en especial desde que sus películas han abandonado aquellas maneras entre castizas y modernas donde los personajes “característicos”, tan propios de nuestro cine, se imbricaban en un contexto novedoso y colorista a través de unos diálogos llenos de ingenio y sin otra pretensión que la de encadenar situaciones propiciatorias. De un tiempo a esta parte, el cineasta parece haberse hecho “adulto”, con la consecuencia de dirigir su obra hacia la relectura de diversos géneros clásicos mediante una narrativa visual extraordinariamente cuidada y una apelación constante, a veces exitosa y otras no tanto, al melodrama.
Habiéndose convertido en un poderoso artesano de su propio lenguaje, donde las escenas cada vez se componen y se ruedan mejor, donde abunda el efecto estético sorprendente y evocador, Almodóvar tiene, no obstante, un grave problema, y es que continúa empeñado en ser guionista. Y, al parecer, no hay nadie que se atreva a decirle que debería buscarse uno con el que trabajar, porque su cine último no sólo ganaría mucho, sino que en ocasiones se haría sencillamente soportable.
“Los abrazos rotos” está siendo publicitada con numerosas entrevistas en las que tal es la entrega de los periodistas, y tales los tópicos sobre el artista iluminado, que acaban adoptando un tono delirante. No sólo ya se glosa la película como si se tratase de una obra hermética, repleta de senderos intransitables sin la previa interpretación autorizada, sino que se le pregunta cómo y en qué lugar la concibió, que sentía al escribirla, etc., el viejo tópico del artista romántico que baja de su guarida en la montaña tras haber acogido a la musa en un encuentro erótico-místico. Así ha ocurrido también con el inenarrable corto “La concejala antropófaga”, en el que si algo esperanzador se vislumbra es la añoranza del cineasta por su juventud subversiva, algo que también aparece en ese homenaje que se brinda en las escenas finales de “Los abrazos…”, con el guiño a “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Pero precisamente estos dos apuntes nostálgicos reflejan que esa vuelta atrás, o ese deseo de retomar antiguas formas, requerirá bastante más que la mera intención, puesto que si algo ponen de manifiesto es su dificultad presente para la escritura humorística, ácida o disparatada de los viejos tiempos. Qué duda cabe de que la España actual no es la de los ochenta, y a nadie –salvo a los palmeros y los convencidos- le parece tronchante que una mujer hable de “comerse una polla”.
Pero volviendo a su cine actual, y con el deseo de que ese atisbo de ruptura llegue a buen puerto, “Los abrazos rotos” incide con saña en las mismas carencias que afectaban a sus últimas películas: un guión incomprensiblemente malo, carente del mínimo rigor narrativo, una historia tópica hasta decir basta, sobredosis de complacencia, en definitiva. Dicen quienes lo conocen o lo han tratado que tiene uno de esos egos con los que es mejor ponerse a cubierto (cuentan que hace unos días tuvieron que sacar de una emisora de radio, por la puerta de atrás, al crítico Carlos Boyero a toda prisa porque si no iba a coincidir con Almodóvar, y tras la mala reseña del primero en “El País”, podía liarse una buena), cosa que tampoco es de reprochar en un mundo de artistas mediocres y correctos. El problema de este tipo de personalidad es que puede barrer de su alrededor cualquier asomo de discrepancia, y cifrándolo todo a su propio punto de vista se expone a un declive sin término, porque precisamente a causa de vivir rodeado de halagadores le resultará inexplicable que alguien de fuera ponga algún pero a sus películas, y al final pasa lo que pasa.
¿Y qué es lo que ha pasado en ‘Los abrazos rotos’? Pues un guión desastroso, en el que a pesar de tanta mística y tanta palabrería sobre “el cine dentro del cine” nos encontramos con una de las historias más trilladas de la peor literatura negra de quiosco: artista bohemio se liga a la querida del magnate enamorado, y éste se venga. Son tantas las ocasiones en que hemos presenciado lo mismo en una pantalla que se nos han borrado sus títulos de la memoria, al igual que se nos borrará éste. Y es que el problema deriva de que la incursión en modelos genéricos en que se ha empecinado Almodóvar comporta sus particulares exigencias: y las más notable de ellas es un guión riguroso, verosímil, alejado de tópicos, que sostenga la intriga y permita su enriquecimiento con otro tipo de propuestas estéticas o reflexiones de toda índole. El de esta película es tan previsible que molesta, y a su alrededor bailan escenas sin otras justificación que la mera ocurrencia, carentes de la gracia de antaño y por supuesto de una mínima trabazón con la historia que se cuenta: así sucede en el polvo del principio entre la rubiaza y el protagonista, o en los diálogos penosamente inacabables sobre el proyecto de película de vampiros, o en las propias escenas de “Chicas y maletas” (da la impresión de que en ocasiones el director se regodease en el cameo de amigos y conocidos, de que el film fuese una excusa para la foto de “Pedro y su troupe” en la alfombra roja de un cine madrileño). El metraje avanza lento, aburrido, con un permanente sonar del timbre y entrar y salir de gente que nada aporta (ese hijo del magnate, personaje potente y prometedor, del todo malogrado), con episodios tan inverosímiles que dan risa: si en un momento dado la chica –Penélope- se va a ir de casa, mandándolo todo a paseo por su romance con el director, ¿cómo es posible que minutos más tarde, después de haber sido arrojada por una escalera –que por cierto anunciaba a gritos lo que iba a pasar- cambie de opinión para que se acabe la película con el dinero del empresario que la ha empujado… es que un rato antes no le importaba la peli y después de la hostia sí?
Mención aparte, aunque abundaré en ello en otro post, es el tratamiento de los personajes femeninos. Uno de los lugares comunes que rodea a este artista afortunado es que se trata de un “director de mujeres”, síntoma evidente de los más bien escasos requisitos que se exigen para optar a semejante título. Y es que si las fuentes cinematográficas y literarias de Almodóvar pueden estimarse variadas en aspectos tales como la dirección propiamente dicha, en la creación de personajes femeninos parece existir un único modelo inspirador: la copla española. Es decir, un modelo inmóvil desde hace cincuenta años, conformado por mujeres que, permítaseme la expresión, avanzan en la vida “a golpe de coño”, que no pasan de putas o amantes cuya vida gira obsesiva e inevitablemente en torno a un hombre, siempre envueltas en historias muy “pasionales”, si me dejas me mato o te mato o te mato y me mato. En este caso tenemos a un par de chicas: la primera de ellas es secretaria de uno de los empresarios más importantes de este país, pero antes ha ejercido de prostituta ocasional y ahora lo hace cuando necesita especialmente dinero; cualquiera que tenga un mínimo trato con el mundo empresarial sabe que esto es de lo más común, vamos… El caso es que la chica lo deja todo por el empresario, para llevar vestidos repletos de oros, y cuando quiere iniciar tímidamente una carrera de actriz, no duda en seguir acostándose con él para que “su nuevo hombre” (¡ole!), esto es, el director de cine, acabe la película. En el otro lado tenemos al personaje interpretado por Blanca Portillo, una especie de ayudante o secretaria –de nuevo- totalmente dedicada a la carrera del director, que en un momento dado tiene un hijo con él pero no se lo dice como para no molestar, y que cuando el otro se lía con la actriz, en un arrebato típico de la pasión española (¡olé de nuevo!), se venga. En una película de Almodóvar es imposible que un personaje femenino tenga estudios superiores, sea independiente y actúe sin seguir necesaria e inevitablemente, como por condena divina, los dictados de “su coño”. Los hombres, sin embargo, son brillantes o brutales, pero siempre misteriosos, machotes, buenos amantes y con un punto crueles que los hace irresistibles, al parecer. Eso sí, cómo no, siguen necesaria e inevitablemente los dictados de “su polla”.
Con tales mimbres, y despojado ya el guión no sólo de coherencia, que tampoco la había en los primeros tiempos, sino del sentido del humor y la frescura de entonces, no puede sino salir lo que ha salido: una excusa más para la entrevista y la foto. Y es una lástima, porque nadie puede negarle el que se haya convertido en un apreciable estilista con la cámara, y el que sepa escoger a un plantel de actores ciertamente solvente, aunque Blanca Portillo necesita una comedia con urgencia, o su rictus acabará siendo parodiado por los humoristas en los programas más friquis.
El problema, en definitiva, es que nadie osa decirle al emperador que no lleva traje, que va completamente desnudo. Y que, encima, debería replantearse lo de ser guionista. Porque somos muchos los que seguimos confiando en su talento, y en que tarde o temprano acabará encontrando el camino. Aunque sus numerosos aduladores, y la prensa acomodaticia, nos hagan sentir la necesidad de huir por la puerta de atrás.

martes, 17 de marzo de 2009

Primer Set List del 'Tour of Refusal 2009'

This Charming Man / Billy Budd / Black Cloud / Let Me Kiss You / How Soon Is Now? / I'm Throwing My Arms Around Paris / How Can Anybody Possibly Know How I Feel? / Ask / Seasick, Yet Still Docked / Something Is Squeezing My Skull / Death Of A Disco Dancer / You Say You Don't Love Me / It's Not Your Birthday Anymore / The Loop / Why Don't You Find Out For Yourself? / Best Friend On The Payroll / I Keep Mine Hidden / Sorry Doesn't Help / The World Is Full Of Crashing Bores / I'm OK By Myself // First Of The Gang To Die

Aunque imagino que irá cambiando bastante, como ha ocurrido otros años, llaman la atención unas cuantas cosas, mayoritariamente buenas: la timidez con que se incluyen temas del Refusal, seguramente por haberlos machacado tanto en la gira anterior; la siempre sorprendente elección de alguna canción de la época Smiths, como This Charming Man; y por fin un poco de justicia con Southpaw Grammar, siempre me ha parecido que es un disco a rescatar en directo, y aprovechando la reedición han colocado en el Set List Best Friend on The Payroll, uno de mis favoritos. En todo caso tiene buena pinta, variado, potente y polémico como siempre. Ah, y reivindicativo, basta que exista una opinión bastante unánime sobre lo flojos que resultan Sorry Doesn't Help y I'm OK By Myself para que el tío no los fosilice en el CD. Hay artistas libres y artistas siervos. Y luego está Morrissey.

Tristeza

"Quisiera huir, como un venado herido, hacia Arkansas..." (O. Wilde)

domingo, 15 de marzo de 2009

¡¡Por fin... mi ideología!! Give the three-piece a chance!!

Tantos años sintiéndome incómodo con unos u otros partidos políticos, votando con la nariz tapada, y casi siempre por frenar a lo más cavernario... Y de repente, he aquí una ideología con la que me identifico y que pienso seguir en adelante como un militante de base, pero muy concienciado... ¡¡EL ANARCO-DANDISMO!!

De momento no se ha organizado en cuanto colectivo, y su único medio de expresión es la revista "The chap", pero no tardaremos en alcanzar el poder en unos años. Tal como decía Leonard Cohen (un clarísimo anarco-dandi) primero tomaremos Manhattan, y luego Berlín (o París). España me temo que deberemos dejarla para el final, aquí hay mucho por hacer...

Estas son unas fotos de mis compañeros, incluidas las de una protesta contra la vulgaridad que realizaron en la Tate Modern:






El programa ideológico del anarco-dandismo se fundamenta en el lema Give the three-piece a chance, es decir, dale una oportunidad al traje de tres piezas. Y es que se trata de combatir la vulgaridad y recuperar las formas caballerescas en todos los ámbitos sociales, mediante acciones alejadas de cualquier tipo de revuelta violenta o chabacana, y más bien consistentes en una encantadora languidez y un bien administrado snobismo. Como tal programa es lo suficientemente amplio para que cada cual pueda adaptarlo a su propia individualidad anarco-dandi, he aquí mi manifiesto:
1.- Un caballero no debe dejar de serlo por muy duras que sean las circunstancias.
2.- La violencia no es caballeresca.
3.- Un caballero debe tratar a una dama de igual a igual, como no podría ser de otro modo, pero con exquisita gentileza.
4.- Un caballero jamás (y subrayo jamás) debe ponerse bermudas y chanclas en el verano.
5.- Un caballero espera prudente y con gesto adusto su puesto en la cola, sin repartir codazos ni adelantar puestos creyendo engañar a alguien.
6.- Un caballero jamás (subráyese como en el punto cuarto) debe alzar la voz, salvo dolor físico insoportable.
7.- Un caballero ha de conducir su vehículo con una elegante y distanciada vista al frente, y sin perder los nervios bajo ninguna excusa. Si realiza un reproche con malos modos a alguien, dejará de inmediato de ser un caballero y le será anulada su tarjeta de admisión al Club Belafonte.
8.- Un caballero nunca debe hablar en público de sexo, y si lo hace, que sea a través de adorables circunloquios.
9.- Un caballero no debe mostrarse ebrio en ocasión alguna, incluso aunque efectivamente lo esté.
10.- Así se esté hundiendo el mundo, quebrado por violentos terremotos, sepultado por ríos de lava o anegado por terribles tormentas, un caballero no debe dejar nunca de leer alta literatura.
11.- La música pop, para un caballero, falleció en los años ochenta. Descanse en paz. Sus desconsolados seguidores la recordamos.
12.- Un caballero no debe prolongar las conversaciones laborales más allá del horario de trabajo, a riesgo de no ser admitido en el Club Belafonte.
13.- Los únicos pinchazos de aguja que un caballero debe admitir en su piel procederán de estricta prescripción médica o de un error fatal de su sastre. Esto es, la mera intención -confirmada por dos testigos- de hacerse uno de esos espantosos tatuajes, supondrá su proscripción social inapelable.
14.- Un caballero renegará de toda ostentación materialista relacionada con vehículos, puros -sobre todo puros-, barcos y demás tentaciones de las clases ociosas. Pero jamás (vid. subrayado) dirá que no a una buena edición en tapa dura de los clásicos, cueste lo que cueste.
15.- El reloj de muñeca de un caballero jamás excederá, en su diámetro, del tamaño de una moneda de cincuenta céntimos, poco más o menos. Esos relojes deportivos de gruesa esfera y desmesurado precio son propios de los malandrines del ladrillo, donde nunca se ha conocido a un caballero.
16.- Un caballero gustará de las canciones y las novelas de amor, pero sólo se enamorará una vez, y será para siempre. La infidelidad y aun el flirteo son prácticas tabernarias que afean el perfil y ensombrecen el alma.
17.- Un caballero sonreirá siempre a los amigos y aun a los desconocidos, aunque su corazón esté destrozado. Eso sí: sonreirá siempre, pero jamás carcajeará dando palmas. La ciencia aún no conoce caso alguno de chimpancé caballero.
18.- Un caballero jamás dejará que se arruine su temple por la grosería y la idiocia habituales en nuestro mundo. Si acaso, afilará su ironía.
19.- Un caballero tratará a los niños como pequeños caballeros. La ciencia tampoco ha determinado que sea imprescindible poner voz de dibujo animado o cara de tonto para tratar con niños. Son inteligentes y divertidos. Como un buen caballero.
20.- En caso de cualquier vacilación o laguna en el comportamiento social no recogida por los artículos precedentes, aplíquese sencillamente el primero, y todo irá bien.
Esta es mi propuesta. ¿Te unes a ella?

'Los nuevos' (special edition).

Esta es special, collector's o limited edición de Los nuevos, en tapa dura y con sobrecubierta. Tan limitada, vamos, que sólo existe una copia para mí, aunque puede conseguirse a través de lulu.com, lo cual desaconsejo, puesto que los gastos de envío la hacen excesivamente cara. No obstante, ¿a que queda chula? Qué queréis que os diga, después de tanto trabajo, estoy razonable y moderadamente orgulloso de mi libro.




Madre de alquiler.

Me desplomo en el asiento del tren bastante cansado tras una de esas semanas-tifón en el trabajo que no te matan, pero casi. Tengo sueño, mas no acabo de dormirme por una especie de nervio interior similar al dedo que no puede dejar de apretar el gatillo tras horas disparando a inciertos enemigos. Entonces siento una especie de gorjeo a mi espalda y a través del cristal veo a una madre tratando de acomodar bien a un bebé a su lado. Se trata de un pequeño de color, realmente precioso; aunque algo le molesta, pues no puede estarse quieto y bracea y protesta en su lenguaje ininteligible. Vuelvo la vista hacia delante e intento concentrarme en el descanso, me vendría bien un rato de ojos cerrados. Pero no hay manera, retornan las preocupaciones, el trabajo oscuro y a menudo infructuoso de los pensamientos cuando quieren encontrar una salida del lodazal en que se han enterrado, y no saben cómo.
Entonces la chica del asiento de atrás comienza a apaciguar a su bebé susurrándole esa vieja canción: "un elefante, se balanceaba, sobre la tela de una araña...". Y todo se desdibuja, y todo desaparece, salvo su voz.
Y en apenas seis o siete elefantes, no una, sino dos criaturas se ven dulcemente conducidas hacia el más plácido sueño.

viernes, 13 de marzo de 2009

Me llamo Fran, y en ocasiones compro discos.


Y es que la industria, en vez de lloriquear tanto, debería aplicar sus esfuerzos a la tarea de recuperar el disco como objeto artístico, con un valor añadido al meramente musical. Todos apreciamos mucho la movilidad que nos proporciona la reproducción digital, pero muchos añoramos aquella vieja excitación de comprar vinilos. Prueba de ello es esta pared de casa que hemos empapelado con viejas y entrañables carátulas que simplemente hemos plastificado, al considerar que ocuparían ahí un lugar más honroso que en el fondo de un cajón.







Aquí está buena parte de nuestra historia, en lo que a mí respecta, álbumes que me han marcado de manera tan intensa como los mejores libros que haya podido leer: "Technique", de New Order, esa foto interior del "Rank" de The Smiths, en la que un puñado de fans se disputan un jirón de camisa de Moz, "Little Creatures" y "Naked" de Talking Heads, la contraportada del "Mind Bomb" de The The, o casi todas las de Echo & The Bunnymen, una verdadera maravilla, desde "Ocean Rain" a "Porcupine".



Pues todo esto viene a cuento de la estupenda edición -por fin- del "London Conversations" de Saint Etienne. Echad un vistazo:





Se presenta en forma de libro de tapa dura, contiene un texto bastante extenso sobre la historia de la banda, y estas fotografías estupendas en las que aparecen todas las portadas de sus singles y buena parte de las que ocuparon en los medios de prensa musicales.

El 'Refusal' de Moz, sin ser una edición especial, tampoco está nada mal:








Y es que cuando se trata de un artista al que admiras y respetas, y se trata de una edición cuidada, pocas reticencias puede uno tener a gastarse el dinero en ello, al igual que hacemos y haremos con los libros. Tiene algo de justicia poética el hecho de que vayamos a ser los consumidores peor tratados y más olvidados por las discográficas los que sostendremos los restos del negocio. Sin embargo, el público masivo, menos sensible a las manifestaciones culturales y únicamente entragado a las modas, es el que más piratea, al que le da igual una cosa que otra con tal que entre fácilmente y suene mucho por la tele. Lo mismo sucederá con los libros cuando el Kindle o similares se popularicen, me atrevo a aventurar que muchas editoriales desaparecerán por el pirateo, pero las que mejor cuidan a un lector exigente (Alba Editorial es un buen ejemplo) seguirán ahí.


Hablando de música, nosotros no nos pensamos perder uno de los conciertos-catarsis-apoteosis de Michael Jackson en Londres, por lo civil o lo criminal, trabajando mucho o atracando un banco, o el colchón de uno de esos empresarios ladrilleros que ahora se declaran en quiebra (en quiebra de dinero A, el B está buen recaudo, no los verás pasar hambre de lujos) y echan a todo el mundo a la puta calle sin pagar un euro. Sea como fuere, tenemos que ver a Jacko, ¿tú no?