jueves, 26 de febrero de 2009

'Lección de historia.' (Un divertimento.)

Llegaron del cielo. Aparecieron de entre las nubes, como luces relampagueantes, al principio, y con una inédita materialización, de textura gelatinosa y forma ovoide, posteriormente, cuando se dejaron ver con claridad y ocuparon el techo de nuestras calles.


Nadie fue testigo de su salida, pero a las pocas horas minúsculos hombrecillos vestidos de blanco, con un casco enorme en el que se transparentaba un cerebro del tamaño de una sandía, comenzaron a deambular por entre nosotros. Sin que nadie supiese cómo, entraron en las casas, sacaron una especie de arma y proyectaron un haz de luz sobre concretas paredes que previamente habían escogido. Y de repente, ante la contemplación estupefacta de los habitantes, aquellas paredes se llenaron de libros, dispuestos en sencillas estanterías que no obstante daban sensación de firmeza. Fue horrible. En apenas una semana, y sin permiso previo o aun mera consulta, todas las casas disponían de la misma biblioteca, unos mil volúmenes en los que se compendiaba toda la sabiduría de la humanidad. Estaba dividida en secciones –arte, música, literatura, historia, filosofía, ciencia, política...-, y cada una de ellas parecía juiciosamente elaborada, según un primer dictamen de los expertos.


La gente, aterrorizada, abandonó sus casas, se refugió en los estadios de futbol, hubo actos de vandalismo y robos en los comercios... Una vez que pudo restablecerse el orden, las autoridades informaron de que no existía riesgo alguno en aquellos materiales bibliográficos, que habían superado todas las pruebas de radiación y toxicidad establecidas en los protocolos de terrorismo bacteriológico. Por otro lado, tanto las naves como sus misteriosos ocupantes habían desaparecido. Los gobiernos procederían a restaurar las cosas a su primitivo estado mediante un desalojo ordenado de la ocupación libresca. Hasta entonces, se rogaba mantener la calma.


La vuelta a la normalidad supuso que comenzasen los debates en televisión. Y una perniciosa ideología empezó a instilarse por los a sí mismos llamados ‘intelectuales’: según ellos, aquello no era sino una invitación a la lectura procedente de una civilización más avanzada que la nuestra. Uno de ellos, con el cinismo habitual, llegó a decir que “ya que ahora todos tenemos en nuestras casas esta formidable selección de libros, podríamos aprovechar”. Pero pronto hubo reacciones opuestas, y desde distintos ámbitos se les llamó colaboracionistas, hubo incluso esporádicas expresiones de violencia contra alguno de ellos, y poco a poco sus opiniones fueron perdiendo peso. El Vaticano convocó a los medios de comunicación para presentar la encíclica titulada “La libertad como atributo de Dios” con el que el Santo Padre pretendía proporcionar orientación en tiempos de incertidumbre: en ella se argumentaba que aquellos extraños seres de otros mundos habían pretendido ocupar el lugar de Dios, y que la libertad del hombre, su capacidad de decidir, era el más valioso atributo de que nos había dotado el Creador; por último, manifestaba que si algún cristiano, en el ámbito de su libre voluntad, decidía comenzar a leer, debía ceñirse a los libros que mejor se acomodaban a los valores humanistas que habían cimentado la tradición occidental, para lo que incluía, a modo de anexo, una práctica lista de títulos aconsejados y desaconsejados, en aras a salvaguardar su libertad.

Pero a pesar de todo, la gente no dejaba de sentirse incómoda con las abominables estanterías, que tanto espacio ocupaban en la casa, mientras que los trabajos de las autoridades para retirarlas se demoraban. “Qué se supone que tenemos que hacer con los libros esos”, se preguntaban. Tales inquietudes, curiosamente, recibieron consuelo de la manera más sencilla, y muy alejada de teorías y vagas discusiones: una tarde, en un programa de televisión, los reporteros se acercaron a un conocido empresario de la construcción, Vicente Moreno, “Vícen”, que salía de un restaurante con el último de sus amores, una conocida modelo y actriz y presentadora. Con la campechanía habitual de Vícen, inaudita en un hombre de su posición, explicó a los periodistas lo bien que había pasado el verano, y ante la pregunta de uno de ellos, que en tono de chanza le planteó si ya había empezado a leer los libros de la estantería, el afamado empresario contestó: “mire usté, yo no tengo tiempo para leer, estoy todo el día trabajando”. Qué poco consciente fue del inmenso bien que provocó su respuesta. La gente comenzó a repetirla en las conversaciones, y con el paso del tiempo la temible biblioteca, impuesta brutalmente por los invasores, dejó de ser una preocupación cotidiana, incluso comenzaron a promocionarse otros usos para ella, como aparador o percha.


Nadie esperaba que volviesen. Pero lo hicieron, sí, una mañana el cielo se cubrió de nuevo de enormes y blanquecinas píldoras gelatinosas, que emitían luces amenazantes y llenaron, para espanto de todos, las calles de aquellos seres monstruosos. Sin embargo esta vez no entraron en las casas. Únicamente fueron vistos en los bancos. Y al día siguiente, la gente se encontró con que en sus cuentas corrientes había sido ingresada una espantosa cantidad de ocho cifras. Los ‘intelectuales’ aprovecharon para salir de nuevo a la prensa y dar su sibilina opinión: “está claro que nos han hecho a todos millonarios con el fin de que podamos tener tiempo para leer”, decían. La firme reacción social contra tales manipulaciones llegó tarde: de alguna manera había calado en la gente, pese a que respetados expertos alertaron sobre las distorsiones que aquella inesperada liquidez provocaría en la economía, así como que se corría el riesgo de desabastecer a las empresas de mano de obra.



Nadie sabía muy bien qué hacer, aunque de manera espontánea comenzó a utilizarse el dinero. Durante un buen tiempo, y aun de manera engañosa, la gente fue feliz: se compraron coches y apartamentos en conocidos resorts de la costa, se hicieron la cirugía estética, se tatuaron los brazos y comenzaron a vestir ropa de las mejores marcas, adquirieron teléfonos y consolas de última generación, visitaron spas, y fomentaron las amistades precisamente en los mencionados resorts, mediante la celebración de fiestas con DJ’s residentes y paellas dominicales.


Pero algo no marchaba bien. Cada vez que las cuentas bancarias se quedaban a cero, los invasores volvían a aparecer e ingresaban un montante similar, lo que de nuevo era utilizado por las voces supuestamente ‘intelectuales’, ya en la clandestinidad, para reiterar su llamamiento a la espuria lectura, a la coacción de nuestra innegociable libertad. La gente vivía, en el fondo, azorada. Seguían preguntándose qué hacer con la estantería, que parecía estar allí, como juzgándolos. Lo cierto era que ahora tenían tiempo libre, y la situación se tornaba cada vez más incómoda.


Y entonces ocurrió. Siempre, a lo largo de la historia, en esas transcendentales encrucijadas en que a veces se encuentran los pueblos, aparece la figura de un líder que, de manera más o menos voluntaria, se erige en la voz de todos. Había pasado, a un menor nivel, con la certera opinión de Vícen, y entonces se repitió, pero a mucha mayor escala. Sucedió de la manera más imprevista, y de nuevo con la prensa como detonante. Era la final de la Copa de Europa de fútbol, el acontecimiento deportivo que contaba con mayor número de espectadores en todo el año. El futbolista más famoso de nuestro país, el ídolo de toda la juventud y de un noventa y tres por ciento de los hombres de entre treinta y setenta y cinco años (según la última encuesta oficial, correspondiendo el siete por ciento restante al entrañable Vícen), Alfonso Cenceño, alias ‘El matador del área’ era entrevistado una vez que había acabado el partido con triunfo de su equipo y derrota de los extranjeros, lo que supuso un estallido de euforia en toda la nación. Fue al final de la charla, en una pregunta que inesperadamente se apartó de lo futbolístico y que pretendía ser, de nuevo, una broma. “Bueno, con tanta celebración como te espera no tendrás tiempo para leer los libritos de la estantería, ¿no?”, dijo el periodista. Y entonces aquel hombre sencillo pero cabal, Alfonso Cenceño, respondió. Y lo hizo con una frase que ha pasado a la historia, una semilla en la que se encuentra el origen de todo lo que somos, un pensamiento que se ha transmitido de generación en generación, y que recordamos en cada aniversario de la aborrecible invasión como el inicio de la reconquista de nuestro ser:


Yo no leo porque no me sale de la punta la polla”.


Todos lo comprendimos. Era un llamamiento contra la resignación, una invitación a decidir por voluntad propia, a ser directores y responsables de nuestra vida. Le gente pronto comenzó a repetirla, se imprimió en camisetas, se coreó en manifestaciones, se le puso melodía, y hasta se convirtió en tono de móvil. Pero más que un mero lema, era una idea que encendió la rebelión.


Y en una de las visitas de los invasores para ingresar sus repulsivas cantidades en las cuentas, y pretender imponer de nuevo la costumbre de leer, la gente se enfrentó a ellos. Hubo disturbios en todas las ciudades, se repelió su ataque con furia bajo el grito “¡libertad, libertad, fuera la esclavitud!”, hubo linchamientos en las plazas, que después circularon en grabaciones por internet para orgullo de los libertadores, y las estanterías malditas se arrancaron de las paredes y los libros se enterraron en hondas fosas comunes. Los opresores desaparecieron. De las naves o de su origen nunca más se supo.

Y así fue, hijos míos, como construimos este mundo libre

martes, 24 de febrero de 2009

The beat(en) generation.

En estos días de cierto desánimo ciudadano qué mejor ocasión que recuperar a Matt Johnson (The The), artista más genialoide que genial, pero excelente autor de la banda sonora de mi vida. En este tema, cuyo título bromea con la Beat Generation de Kerouac, aparece acompañado nada menos que por Johnny Marr (ah, traidor...), y la letra es estupenda, aplicable por demás a muchas generaciones, supongo que a la de todo aquel que la escuche. Abramos nuestros ojos, abramos nuestra imaginación. Y construyamos el mundo.

When you cast your eyes upon the skylines
Of this once proud nation
Can you sense the fear and the hatred
Grwoing in the hearts of its population

And our youth, oh youth, are being seduced
by the greedy hands of politics and half truths

The beaten generation, the beaten generation
Reared on a diet of prejudice and mis-information
The beaten generation, the beaten generation
Open your eyes, open your imagination

We're being sedated by the gasoline fumes
and hypnotised by the satellites
Into believing what is good and what is right

You may be worshipping the temples of mammon
Or lost in the prisons of religion
But can you still walk back to happiness
When you've nowhere left to run?

Andif they send in the special police
To deliver us from liberty and keep us from peace

Then won't the words sit ill upon their tongues
when they tell us justice is being done
and that freedom lives in the barrels of a warm gun

Por cierto, ahora me viene a la memoria una de tantas boutades de este músico, pero que define bien su compromiso con lo que hacía, y no deja de sonar irreverente en tiempos en que los verdaderos artistas tienen que pedir perdón por existir (al contrario de los constructores, que ni siquiera lo pedirán por lo que han hecho). Preguntado en los años ochenta por el encarecimiento de los discos, contestó algo así como (en la revista donde lo leí estaba traducido a pesetas): "¿Qué mi disco cuesta dos mil? Si yo pudiese cobraría cuatro mil... La gente está comprando cuatro años de mi puta vida". Qué bueno. Y la verdad es que uno tenía esa sensación cuando escuchaba un disco suyo, la de algo radicalmente independiente, elaborado a conciencia. Así le fue con su pirueta final, el Nakedself, que supuso su expulsión de la idustria discográfica y el paso a la libertad invisible de la autogestión.

lunes, 23 de febrero de 2009

Celia Amorós y Amelia Valcárcel, o la palabra en tiempos de onomatopeyas.

Vivimos afortunadamente ajenos al espectáculo televisivo que se ha montado con el asesinato de la adolescente sevillana, Marta. Leo en Público, no obstante, que el circo tiene las dimensiones del episodio de Alcàsser, un asunto que debería haber provocado la desaparición pública de unos cuantos/as respetadísimos profesionales del medio. Aunque este país nuestro es genial para olvidar, sólo así se explica que Ana Rosa Quintana (la formuladora de la teoría literaria de los “párrafos de transición” plagiables, mientras que los otros no lo serían, se entiende) esté donde esté, o que un fulano, cabeza de lista a las europeas por el principal partido de la oposición, tenga el cuajo de decir que el franquismo fue un período de “extraordinaria placidez”. El viernes, en el hotel, encendí el televisor y me encontré ¡al padre de la chica! haciendo declaraciones en tele cinco. Me costaba creerlo, y cambié inmediatamente al baloncesto. Más tarde leí que mientras se entrevistaba al pobre hombre solicitaban la opinión del público vía SMS sobre si sería bueno convocar un referendum para aprobar la cadena perpetua o la pena de muerte. Con un par.


Vamos a ver: no hace falta ser psicólogo para darse cuenta del estado de shock en que deben de vivir los familiares, de forma que concentrar su atención en un propósito reparador del sufrimiento puede ser un modo de sobrellevarlo, pero eso es algo que en todo caso deben decidir ellos -y nadie debería juzgarlo-. Lo que resulta obsceno es que las lumbreras hispánicas hayan decidido que es el momento de plantear cuestiones como la pena de muerte, la cadena perpetua, etc. Y se las ponen sobre la mesa nada menos que al padre de la víctima, con el cuerpo aún perdido con toda probabilidad en el fondo de un río. ¿Y quién se atreve a llevarle la contraria, planteados así los términos? ¿Quién le explica que la ciencia penal ya ha estudiado que lejos de generar un efecto disuasorio tales medidas pueden suponer todo lo contrario? Ya que me juego la vida, mejor acabar con la suya y esconder bien el cadáver que dejar el asunto a medias… cabe que piensen los causantes de violencia física o sexual.

Pero, por encima de todo, se está eludiendo una vez más el verdadero problema, que siempre suscita incomodidades significativamente elocuentes: la mayoría de este tipo de crímenes no responden a una maquinación de medios y resultados, sino a un golpe ira que sin embargo nada tiene que ver con la vieja “enajenación transitoria”. Lo que quiero destacar es que en la violencia de género no existe un verdadero cálculo de posibilidades, un “cuánto me puede caer si hago esto”, así que el debate no puede estar más desatinado. Al igual que ocurre con el terrorismo fanático y suicida, la represión penal poco tiene que hacer si no se atacan las causas. Y aquí volvemos a la ira. Hay algo que llama la atención en muchos de los agresores machistas, y es que no necesariamente poseen un historial previo de violencia referido su mismo sexo. Seguramente que en el trato social con sus congéneres sufren de vez en cuando sentimientos de fastidio, rabia, furia, etc., que sin embargo no se concretan en verdaderas peleas. Leo esta mañana en la prensa que, en efecto, así ocurría en el caso del agresor. ¿Por qué sin embargo la violencia física se ejerce con tanta facilidad sobre las mujeres? ¿Por qué incluso esa espantosa reacción que supone acabar con su vida y luego entregarse o tratar de suicidarse? ¿Qué fundamentos se sienten atacados cuando se trata de una mujer?


En mitad de tanto rebuzno, tanta onomatopeya y tanta algarabía, el jueves pasado se presentó un libro muy interesante en la Facultad de Derecho de la UNED: "Violencia de género. Una visión multidisciplinar". Intervinieron en la presentación, además de la coordinadora del texto y la Ministra de Igualdad, las profesoras Celia Amorós y Amelia Valcárcel, ambas sin duda de las mejores intelectuales con que contamos en este país. El acto, como todos los de este tipo, tiene carácter más o menos secreto, puesto que las palabras de estas científicas cuentan con poca acreditación frente a las de los tertulianos televisivos, pero invito a todo el mundo a escucharlas. Por suerte la UNED retransmite este tipo de eventos, que luego quedan colgados en su web, así que hemos podido ver las intervenciones con calma y cierta tristeza, por causa precisamente de su invisibilidad. Este es el enlace:


http://www.teleuned.com/teleuned2001/html/


Luego se va a "Teleactos"/"Derecho" y por allí tiene que estar.


Nos hablaron de las bases sobre las que siempre se ha asentado cualquier poder: el consenso y la fuerza. El poder machista ha contado desde siempre con un cierto, aunque abominable, consenso expresado a través del silencio y la incomprensión frente a las maltratadas, el disfraz de los tipos penales en expresiones estúpidas como "crimen pasional", el "algo habrá hecho" o "ellas también hacen daño, pero de otra manera", etc.; a lo que deberíamos añadir los eficaces resultados que ha obtenido el androcentrismo a lo largo de su andadura secular: el inacabable espíritu de 'sacrificio' de la mujer en aras de la unidad familiar, la condena social hacia la soltera, la culpabilización femenina en las crisis de pareja, el juicio dispar sobre el ejercicio de la sexualidad... La construcción de los géneros, en definitiva. ¿Y qué está ocurriendo ahora?, nos dicen estas notables pensadoras: que el poder masculino ha perdido el consenso. Ya no se disimula, ya no se está de acuerdo. ¿Y qué le queda al poder, para seguir siéndolo? La fuerza.


También llamaron la atención sobre el hecho de que esa ruptura consensual se produce exclusivamente con respecto a la violencia de mayor grado, pero no así cuando atañe a las pequeñas violencias cotidianas, que aún se toleran (por cierto, fue inevitable pensar que algo de eso he tratado en 'El lugar del enemigo').


En fin, poco puedo decir, salvo reiterar mi invitación al amable lector@ para que las escuche. Quizá luego le parezca, como a mí, tan perturbadora esa multitud que esperaba la entrada o salida de los asesinos de la comisaría y clamaba por una supuesta justicia que en sus manos resultaría aterradora. Cuántos de todos esos chicos que aullaban pasarían el test de una cámara oculta en el comportamiento con sus parejas. Pero no, el tema de la educación en igualdad no toca. Lo que toca es ver si encerramos de por vida o matamos a los culpables. Y a esperar el siguiente caso.


Termino con una cita de un interesante libro que estoy leyendo ('Fruta prohibida: una aproximación histórico-teorética al estudio del Derecho y el Estado', Juan Ramón Capella, Trotta):


"Hoy se percibe que la estructura patriarcal ha tenido gravísimas consecuencias. Su antigüedad la ha insertado incluso en el lenguaje, y también en las culturas populares -a través de giros lingüísticos, cosejas, frases, etc,-, dotándola de sólidas inercias reproductivas. Ha desarrollado socialmente lógicas públicas de violencia y de enfrentamiento en vez de dialogías de apaciguamiento, así como sólidas expectativas comunes acerca del comportamiento ajeno en función de ella. Ha hecho de los bienes de cultura de la especie más preciados en cada etapa un coto vedado tradicionalmente a las mujeres. Ha difundido una cocnepción bipolar de los seres humanos a tenor de la cual la estimación social de las mujeres se ha basado en sus cualidades animales (de atracción sexual y de fecundidad) y la de los varones en sus capacitaciones culturales (como guerrero-explorador y como intelectual). No sólo ha situado a la mitad de la especie humana en condiciones de explotación y opresión, sino que también ha cercenado el desarrollo multilateral de toda la especie, ya que los papeles sociales de vivir como hombre y vivir como mujer se han construido en la forma de conjuntos de cualidades diferenciados e incomunicados (por el procedimiento de estigmatizar a los comunicantes)".

San Valentín en Madrid, libros y arte, sol y caricias.

Nuria conmigo, haciéndome habitable un fin de semana de obligaciones académicas. Aquietando las fluctuaciones de mi mente, tal como le dicen en sus clases de yoga. El estrés, el futuro, la falta de tiempo y de sueño, los proyectos literarios o profesionales, las decisiones correctas o incorrectas. Pero entonces viene ella, y una caricia suya basta para sanarme. Pasamos el medio fin de semana que tenemos libre disfrutando de esas cosas pequeñas con que hemos construido un universo grande. Tiembla el mundo, pero nosotros nos queremos.

Exposiciones en el Reina Sofía, una maravilla, como casi siempre. Eulalia Valldosera -“Dependencias”-, partiendo de una concepción relativamente sencilla no se queda en la simpleza de un simbolismo evidente, como suele suceder en buena parte del arte contemporáneo, sino que proyecta sugerencias, belleza y sentido jugando con objetos cotidianos tradicionalmente ‘femeninos’, proyecciones de sombras, ceniza en el suelo, fotografías manipuladas. Los envases de productos de limpieza se convierten en figuras amenazantes, o se interrelacionan en una suerte de parodia de las fatales dependencias domésticas. Uno de ellos te permite grabar un mensaje con aquello que te gustaría limpiar de tu vida, y te promete hacerlo tal como deseas (estamos a punto de susurrarlo, pero una de esas extrañas caras-pez que te miran sin recato en los lugares públicos como los museos o los trenes nos roba la intimidad necesaria). Visitamos también la exposición de Paul Thek con menos interés, y sin embargo salimos sorprendidos por su versatilidad y su fuerza, de la crudeza al color.Luego nos vamos, claro, de caza libresca. Nuri se aprovisiona de materiales para sus estudios de género –tenemos ya algo de cachondeo con esa expresión: ‘materiales’, pero cuán hermosa sabiduría contienen- y yo me llevo la última novela de Alvaro Pombo, que está suponiendo para mí una experiencia lectora de esas tan poco frecuentes que uno desea que no se acabe –aunque ya se encarga el trabajo de quitarte tiempo para alargar la cosa-; ayer tenía una conversación digital con los lectores en “El País”, y le dejé una pregunta que respondió de la siguiente manera:


"Enhorabuena por esta novela extraordinaria, que me parece la más 'jamesiana' de las suyas. De hecho, tengo la teoría de que usted es Henry James reencarnado, con una vida más libre y seguramente más divertida. Así que le preguntaré algo que se suele decir sobre él: ¿piensa que el hecho de dictar sus novelas ha modificado de alguna manera su estilo?
Excelente pregunta, y no lo digo por el agradable piropo que me dedica y que ciertamente no merezco, aunque agradezco. Henry James llegó a dictar párrafos de gran complejidad sintáctica sin ninguna dificultad. Estos párrafos correspondían a la modulación, al empalabrado verbal de su conciencia sintáctica. Pensaba sintácticamente en voz alta. Cuando estoy en situación de escribir, en train de dire, la modulación de las frases, el fraseo instantáneo, en voz alta es una operación agradable si se tiene un compañero capaz de escribir tan deprisa como yo dicto. Yo tengo esa suerte. Es una gran suerte y es una experiencia narrativa oral."


Ya comentaré más adelante esta novela, la mejor hasta el momento de las suyas.

El domingo tomamos el sol un rato en el retiro, y basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la vida es bonita. Y sin embargo hay quien se empeña en hacerla horrible. La prensa habla del asesinato de la adolescente de Sevilla (lo dejo para la próxima entrada).

jueves, 12 de febrero de 2009

'La flecha y el estigma (aventuras del hombre-paloma)." Relato.

Había empezado mordisqueándose los dedos, y tras haberlos enrojecido, tatuado de hileras de dientes y humedecido de saliva buscaba otras zonas más amplias y blandas en la geografía pálida de su mano derecha; esto podía resultar peligroso si en ese preciso momento los nervios lo azuzaban con más intensidad, en alguna ocasión había vuelto a casa lleno de moraduras y minúsculos puntos de sangre, pero era como si los despojos del miedo -una monstruosidad viva que lo iba corroyendo por dentro-, fluyesen a través de su cuerpo, desembocasen en los dientes y fuesen expulsados al morder, al igual que hacían las serpientes con su veneno; tal vez ésa fuera la causa de que al final se provocase heridas tan feas que debía mantenerlas ocultas estirando más de lo razonable las mangas del jersey, doler, en realidad, no dolía, además tampoco duraba mucho ni era demasiado frecuente, pues de lo contrario acabaría por resultar el remedio peor que la enfermedad, y de tanto concentrarse en la dentellada se olvidaría de repasar.
Cinco minutos, había dicho el maestro.
Cuatro páginas, de la veinticuatro a la veintiocho, apenas un vistazo y la repetición mental, apresurada, de las enumeraciones y las palabras extrañas, las plumas son de cuatro clases: remeras, en las alas, timoneras, en la cola, cuberteras, no, coberteras, que cubren... cu-ber, cu-bren... Bajó la vista y miró la respuesta en el libro de texto, lo que conllevaba la odiosa aceptación de una deficiencia y del fracaso. Más miedo. Y el plumón, para protegerse del frío. Hacía frío aquella tarde, aunque el aula estaba caliente, siempre lo estaba, y se hacía palpable en la opacidad vagarosa que poco a poco cubría las ventanas. Había un reloj encima de la pizarra cuyo segundero, a base de cortos y rotundos golpes como latigazos, señalaba la progresiva reducción de su tiempo. Los ojos de Miqui vagaban de él al libro, del libro a la mano maltratada y de ésta a la mesa del maestro que, amenazador, escogía en silencio nombres de la lista subiendo y bajando con el lápiz. A menudo se detenía en uno a reflexionar, se acariciaba la barbilla, levantaba la cabeza y lo buscaba, quizá para ver si de su aspecto podía deducirse algo que hiciese innecesaria la prueba. Entonces Miqui fruncía el ceño, vocalizaba, volcaba todos sus sentidos en la morfología del ave, recordaba determinados datos recontándolos con los dedos, que tamborileaban sobre los muslos por debajo de la mesa... Quería decirle: "no me saque ahí, por favor, he estudiado, no me haga salir ahí", pero su cuerpo de nueve años derivaba hacia la representación gestual de aquel mensaje, y cuando el profesor volvía a abismar la vista en la carpeta pensaba que probablemente habría mirado a otro y el peligro, a pesar de todo, seguía presente. Partes de la pluma remera: cañón, raquis, barbas y barbillas. Repetirlas de un tirón, sin fallos, lo agitaba en el asiento como si se tratase de una descarga eléctrica; sus pies, bajo el pupitre, enloquecían dando frenéticos botes, sentía cómo el sudor se le desparramaba por el rostro y a lo largo del costado, las orejas abrasadas... y de repente, la ráfaga de disparos: la brusquedad de una palabra con voz de adulto prorrumpió en los murmullos y los apagó durante varios segundos: había dicho no uno, sino dos nombres de dos niños que ya se levantaban y eran agradecidos por los demás con un largo suspiro de confortamiento. Llegaba entonces una calma engañosa, minutos en los que el cuerpo se relajaba y ni siquiera provocaba interés la prueba en marcha, ya que el éxito o el fracaso eran igualmente impredecibles y aleatorios -estaba seguro de ello-, pues no dependían verdaderamente de la persona, sino de la fortuna, del destino, del inoportuno y acuciante carraspeo del examinador, de los nervios del examinando, tantas cosas, en fin, que diluían el sofisma de que el que estudiaba, aprobaba. Miqui sabía que a pesar de conocer la frágil anatomía de las palomas mejor que la suya propia se quedaría totalmente bloqueado por el terror, y la mera posibilidad de ser el siguiente se convertía en una suerte de maldición capaz de borrar de su mente cuantos datos hubiera memorizado. Aquellos minutos se consumían entre las rápidas ojeadas al libro, el disfrute efímero de esa paz y la comprobación de que la aguja del minutero era muchísimo más lenta que la del segundero. El primer niño elegido había enmudecido tras la pregunta, se sonrojaba y con gesto muy serio miraba al vacío, daba la impresión de estar a punto de repescar la palabra matriz que generase toda su sapiencia camuflada, aunque probablemente no sabría qué decir o qué hacer y suplicaría en sus adentros que el profesor pusiese fin al ritual y le ordenase volver a su asiento. Así lo hizo, después de negar con la cabeza en un mohín de resignación que dictó al lápiz rojo la escritura de una flechita invertida en la casilla adecuada. Nadie posó la vista en el desahuciado, puesto que continuaban obsesivamente atentos al que permanecía de pie, apoyado en el encerado, esperando con una actitud en apariencia tranquila; había empero un signo delator, semejante al pedaleo y los mordiscos de Miqui, en cada uno de ellos, y el de éste eran sus párpados, que se abrían y cerraban a toda velocidad.
"Clases de plumas", dijo el maestro.
Lo cual descartaba el repaso de aquella cuestión para los demás si era contestada correctamente. "Remeras", empezó el muchacho. Veintiséis cabezas se levantaron al unísono. Parecía haberlo pronunciado con seguridad, tal vez lo supiese y el inesperado examen oral terminase en ese momento, los ojos del juzgador se perdían en la superficie empañada de las ventanas. Lo más horrible, pensaba Miqui, era que lo hacía así, como si nada, del mismo modo que él en el autobús, al volver a casa, miraba los paisajes que iban pasando; pero no era lo mismo, evidentemente no lo era; le habría parecido más normal que aquel hombre se mostrase enfurecido, cruel o simplemente causase espanto, igual que en las películas cuando uno podía ver acercarse al malo empuñando un arma mientras el bueno estaba de espaldas, o desconocía la identidad de su atacante, y sonaba una música turbadora; mas no había ningún gesto especial en su cara, ni una sonrisa ni una palabra. Tan sólo esperaba. Y el otro ya comenzaba a dudar en el segundo tipo de pluma, a adoptar la máscara de la mudez y acariciarse los labios con la yema de los dedos. Entretanto Miqui sucumbió a una nueva laxitud, producto esta vez de la fatiga, el miedo se disipó durante unos instantes irreales en los que ya nada importaba, ni la suerte del compañero que era examinado ni la incógnita de si habría un siguiente. La esquina superior derecha del libro mostraba varios dibujos del ave señalados por flechas que indicaban la absurda nomenclatura de su cuerpo. En verdad todo era mucho más sencillo, él lo sabía; no en vano pasaba algunas tardes en las carboneras jugando con las palomas, a veces Elena lo acompañaba y se quedaba maravillada ante la extraña forma en que se le acercaban llegando incluso a rodearlo para comer las migas que guardaba en una servilleta y escondía en el bolsillo a la salida del comedor del colegio; y ciertamente parecía como si al verlo de soslayo con sus veloces ojos asindáctilos lo reconociesen, luego picoteaban la comida de su mano, se le subían a los hombros y a los pies cuando estaba sentado y hasta se dejaban coger. Días antes, con motivo precisamente de los temas de estudio, había acudido con la intención de examinarlas, pero sin hacerles daño, claro, él nunca podría hacérselo, y no comprendía a los chicos que para divertirse -¡divertirse!- las apedreaban o fusilaban con una escopeta de perdigones; a fin de cuentas no causaban ningún mal, todo lo contrario: eran realmente bonitas y muy simpáticas, aquella manera de caminar moviendo la cabeza adelante y atrás como si se tratase de juguetes de cuerda, aquel encantador revoloteo que provocaban cuando por algún motivo incomprensible para las personas, quizá respondiendo a una orden de la jefa, se largaban todas al mismo tiempo... Había ido, pues, con el propósito de tratarlas respetuosamente, escogió una al azar y la rodeó con sus dedos largos mientras las demás comían ajenas al experimento. La paloma se asustó e hizo ademán de escapar deslizando sus alas por encima de las delicadas tenazas que la apresaban, pero Miqui sabía que si las mantenía inmóviles, sin soltar ni apretar durante un rato, lograría apaciguarla. Y así fue, en seguida bajó el ritmo de sus palpitaciones, detuvo el aleteo e incluso su cabecita retráctil adoptó un aire confiado que él aprovechó para liberar la presión de una mano y acariciarla. Al cabo de unos segundos había conseguido la comunicación. Entonces pudo proceder al análisis con toda confianza: la acercó a su rostro, separó cuidadosamente los apéndices y examinó la diversidad de las plumas y la peculiar sustancia que las recubría haciéndolas invulnerables al agua. Pero lo sorprendente era que en aquel instante, de forma casi inconsciente, había recitado de memoria el nombre de las partes que estaba mirando, y sin embargo ahora no las recordaba. La pregunta le obligó a recobrar bruscamente el sentido de la realidad, lo cual trajo consigo el inevitable dolor de estómago, la sensación de que algo se inflamaba allí dentro y estaba a punto de explotar. Alrededor de él volvió a condensarse el silencio, que apenas dejaba resquicios para algunos murmullos procedentes del aula del piso de arriba y misteriosos sonidos emitidos por el radiador; también se oía el segundero, pero no la voz del examinando que seguía atascado en las remeras.
"Puede sentarse", dijo de repente el profesor.
El eco de sus palabras se tradujo en miradas y susurros de pánico que probablemente expresaban un mismo deseo: el de que la prueba llegase a su fin y el inalterable hombre de la tarima y de la sotana se levantase y comenzase a explicar la siguiente lección como si tal cosa. Mas aún estaba inclinado sobre la lista, la bien conocida lista dividida en diminutas casillas de color naranja donde se apuntaban las sucesivas calificaciones y una más grande, a su lado, para hallar la media y definitiva; estaba inclinado y de nuevo, comprobó Miqui muerto de espanto, recorriendo los nombres con la punta del lápiz, sin tocarlos. Entonces se dio cuenta de que había caído en un exceso de seguridad, se había dedicado a pensar en otras cosas creyendo que el gran tiburón blanco tenía suficiente por aquella tarde. Volvió a concentrarse en el texto, volvió a llevarse la balsámica mano a la boca y en ese mismo momento oyó, todos oyeron, su nombre en la versión solemne y compuesta:
"Miguel Angel".
Fue como si él, el verdadero, se marchase y dejase su cuerpo, vacío y helado, a merced de otro del que en realidad no era responsable; imaginó que salía de sí mismo y se veía desde muy alto, más alto que el techo, caminar en dirección al encerado con torpes movimientos. Luego se detuvo, se dio la vuelta y quedó enfrentado a las veintiséis cabezas que, ahora sí, ya se sosegaban, de hecho podía verlas a todas, sin que nadie se agachase o buscase el abrigo de una espalda. El examinador pasó una página del libro, lo que le hizo pensar que debía de hallarse entre la veintisiete y la veintiocho, y que si se decidía por esta última la pregunta recaería en el apartado que peor llevaba preparado, lo del faisán, el cormorán..., pero no podía desazonarse porque el pedazo de carne débil que era ahora se encontraba desprovisto de cenestesia, incluso pensaba en otra cosa y tarareaba mentalmente la canción de Spiderman. Así, el Miqui que observaba a varios metros del suelo se encogió de nervios cuando escuchó la primera cuestión:
"¿qué quiere decir que las palomas son nidófilas",
mientras que el otro empezó a contestar con voz muy baja, aunque sin titubear, "que los pichones nacen ciegos, pelados y sin fuerza para abandonar el nido...". Idéntica reacción se produjo ante la segunda, añadida sin dejar tiempo intermedio:
"¿y granívoras?";
y la tercera:
"¿por qué decimos que son ovíparas?".
Entonces, tras la sucesión de respuestas correctas, el Miqui volandero empezó a descender lentamente y a devolver al cuerpo los sentidos; éste se vio afectado por un calor extraño, recuperó el tic-tac que sonaba sobre su cabeza, las toses esparcidas por el aula y los pataleos en el piso de arriba. Tenía los brazos cruzados y la vista puesta en el tablón de corcho de la pared del fondo. Creía dominar la situación, pero recordó que siempre había un peligro detrás de aquellos silencios, y así descubrió por el rabillo del ojo que el profesor indagaba en la página veintisiete, y aún más, la pasaba enérgicamente en busca de la veintiocho. Spiderman, el hombre araña.
"Hábleme del faisán y del cormorán", enunció.
Spiderman, que teje la red. La situación tomaba rasgos de irrealidad -llevaba examinando casi un cuarto de hora-, quizá se trataba de un plan, algo premeditado que por desgracia lo había escogido a él como objetivo último. De nuevo, pero con mayor furia, sintió que se dividía en dos personas; una no aceptaba o no resistía la prueba y se escapaba, Spiderman, no temes a nadie, la segunda balbuceaba determinadas características del faisán. "Eres el rey de las palomas", decía siempre su amiga Elena, "el hombre-paloma"... A él le encantaban esas cosas, soñaba constantemente con que un día le ocurriese uno de aquellos sucesos, por ejemplo el picotazo de una paloma afectada por la radiación tras un accidente nuclear, que convertían a las personas normales en maravillosos héroes que salvaban al mundo y se ganaban la admiración de gente como Elena; de hecho, pensar en ella, en la posibilidad de verla y pasar buenos ratos después de la clase, suponía un destello de luz en el precipicio al que había sido arrojado por la última pregunta. Spiderman, proteges el bien. Ni siquiera se atrevía a mirar desde la altura. El niño vencido del encerado pasó al cormorán, pero tampoco fue capaz de contestar satisfactoriamente. Solía ocurrir, pensó, el mecanismo obraba de tal forma que cuando se le oponía cierta resistencia, unas cuantas respuestas acertadas, la demostración de que algo al menos se había estudiado, en vez de conformarse buscaba un resquicio por donde poder asestar su aguijada. El maestro intentó ayudar concretando más las cuestiones e introdujo otras aledañas que sólo sirvieron para ensanchar la herida. Finalmente lo desechó diciendo:
"bueno, puede sentarse".
Los dos Miquis se reunieron en el pupitre, ambos exhaustos, y realizaron mecánicamente lo que de ellos se esperaba en esa tesitura: la nerviosa comprobación en el texto de los datos omitidos, el consiguiente cálculo mental del valor de la contestación dada y la elaboración de un pronóstico: flecha hacia abajo, siendo pesimista; R de regular, oscilando entre lo real y lo deseable; flecha hacia arriba, ni en sueños, acaso en las horas de delirio pero sólo para paliar el dolor de estómago. En cualquier caso, después de aquello, los siguientes días iban a convertirse en un infierno portátil: invisible para los otros, siempre a su lado. Curiosamente recibió la felicitación de varios compañeros cercanos, lo cual no lo impresionó en absoluto, pues sabía que los baremos que medían sus estudios y, en general, su vida, eran bien distintos a los de los demás. El maestro inició la exposición de la lección siguiente con la misma actitud insensible, como si no hubiese pasado nada. La clase volvió a ser tomada por los ruidos: palabras, libros que se abrían y se cerraban, lápices y bolígrafos que cambiaban de lugar estrepitosamente...
"Silencio", ordenó el docente.
Entonces Miqui reparó en las manchas, lo que le causó el mismo sobresalto que cuando una tarde, camino de casa y de forma totalmente sorpresiva, su mirada errática descubrió el cadáver, aún humeante por la violencia de la muerte, de un pequeño gato en el borde de la acera. Idéntica percepción del dolor puramente físico, tan diferente del que había experimentado minutos antes en el encerado, lo martirizó: las páginas del texto que acababa de comprobar estaban empapadas de una sustancia oscura parecida a la tinta de un bolígrafo descargado, pero mucho más fluxible. Alzó un brazo y señaló hacia fuera, tal como le habían indicado en caso de necesidad física para pedir permiso sin interrumpir la explicación, el cual le fue concedido con un pestañeo.
Anduvo despacio hasta la puerta, y una vez franqueada echó a correr y se introdujo en el lavabo con un temor inédito que barboteó en voz alta: "me estoy desangrando". Aun así, consciente de lo que ocurría, tardó varios segundos en retirar la manga del jersey a modo de venda y sacar a la luz el desagradable estigma de aquella tarde: una amplia zona de carne magullada bordeada de irregulares y superpuestas hileras de huellas dentales. El profesor debió de ir a buscarlo minutos después alarmado por su tardanza, pues fue él quien lo liberó de la inconsciencia con un poco de agua y unas palmadas. Al ser levantado Miqui reaccionó rápidamente y logró inventar una explicación inteligible para el desvanecimiento, extraída de las mismas conclusiones que su rescatador aventuró: apenas había probado bocado. El otro no reparó en su mano, ni parecía lo suficientemente alarmado para avisar a mamá o a papá. De esta forma todo quedó en un susto, en un secreto oculto bajo las mangas, en un zumo de naranja, unas galletas y una perorata de la señora de la cocina acerca de la importancia de una alimentación adecuada que escuchó con agrado, aunque más que nada prestase atención a la agradable música de su voz, favorecida por la lejanía del aula, donde aún debía de haber un aroma de examen reciente similar al de la tierra calcinada.
Sin embargo, al volver a casa, retornó la inquietud por las posibles consecuencias de las lagunas en lo que al faisán y al cormorán se refería haciendo que sus entrañas, una vez más, se retorciesen. Había en la habitación una bandeja con la merienda que no llegó a tocar. A medida que transcurría el tiempo la R de regular se iba disipando y dejaba vía libre a la abrumadora certeza del fracaso. En esas circunstancias se veía atrapado por una maraña de pensamientos lógicos y nada de lo que ocurría alrededor podía apartarlo de ellos, ni siquiera el beso de mamá cuando estaba acostado, horas más tarde, con los ojos cerrados y la mente puesta en lo que se había convertido su vida inmediata: una progresión interminable de escaramuzas destinadas a cambiar el sentido de una flecha en una hoja de calificación que apuntaba hacia abajo e, indirectamente, a lo más delicado de su alma.

martes, 10 de febrero de 2009

"I'm throwing my arms around Paris", Mozz attacks!! (Y Saint Etienne también.)

Ayer salió a la venta el single "I'm throwing my arms around Paris", cuyo vídeo ya he colgado en entradas anteriores, así como un comentario sobre el álbum completo, que se publicará la semana que viene. La novedad está, pues, en las caras B, que nos confirman la buena veta de "Years of refusal". Las he comprado en Itunes y en una primera escucha me parecen estupendas, una sorpresa incluso, habida cuenta de lo grises que resultaban las de los singles de "Ringleader...".

"Because of my poor education" es un medio tiempo con predominancia de teclado y una melodía preciosa, un ligero cambio en la a menudo repetitiva secuencia rockera que caracteriza esta etapa de su carrera musical, "Shame is the name" es también un buen tema, con coros femeninos que, si no me equivoco, pertenecen a Chrissie Hynde, y ambas podrían haber cerrado perfectamente el "Refusal", así que es un placer ver cómo regresa a la buena tradición de canciones 'secretas' que nos regalaba en las caras B de los singles, tanto en los Smiths como en sus primeros años en solitario.



Por otro lado, vía jenesaispop, accedemos a una primera escucha del nuevo single de Saint Etienne, 'Method of modern love', tan elegante, encantador y pegadizo como los mejores de sus discos anteriores. Aunque yo prefiero su faceta más calmada y experimental, la verdad es que cuando se deciden a hacer un hit, lo bordan.
Y hablando de elegancia, también sale el primer adelanto del "Yes" de Pet Shop Boys, titulado "Love, etc.". Qué bien. Este va a ser un año de música, sofisticación y sonrisas. Amable lector@: te invito a disfrutar del pop sin prejuicios, como quien ofrece un brownie o una tarta de cereza -aunque al final acabemos todos en el dietista-.

domingo, 8 de febrero de 2009

"El regreso del soldado", de Rebecca West, o las virtudes de lo jamesiano.


Afirma Jose María Guelbenzu en su crítica de esta notable novela que "haría empalidecer de envidia a Henry James", y sólo eso bastó, cómo no, para que me lanzase a leerla con el mayor interés; tal vez resulte demasiado audaz pretender aventurar la opinión del maestro, claro que si alguien se lo puede permitir es Guelbenzu, excelente autor (incluido su heterónimo J.M. Guelbenzu) y crítico fiable, así que yo me limitaré a destacar el aire inequívocamente jamesiano de esta obra de Rebecca West, que reune las mejores virtudes de la indagación psicológica filtrada por el punto de vista de un narrador discutible, así como de una prosa exigente y detallista, especialmente -y eso la diferencia de H.J.- en lo que atañe a la naturaleza. La historia es una de esas anécdotas que nos resultan familiares por su carácter de pequeño punto de partida para avanzar, retroceder o simplemente rodearlo sin descanso en el empeño de su propio análisis: Chris Baldry, el soldado a que hace referencia el título, regresa de la guerra con una tara en forma de una peculiar amnesia afectante a los últimos años, lo que le hace incapaz de reconocer a Kitty, su mujer, pero no así a la narradora, su prima Jenny, y menos aún a su antigua enamorada Margaret. El conflicto aparece sin dificultad para cualquier autor que se plantee manejar estos ingredientes narrativos, pero como siempre ocurre la pericia de cada cual es lo que acaba distinguiendo una novela rosa o un bestseller de quiosco de una deliciosa obra de arte. Y no puede negársele a Rebecca West el acierto de haber sabido sacar el máximo partido de la situación, y el haber escogido eficaces medios para hacerlo. Es Jenny quien nos cuenta la historia (su historia) desde una posición aparentemente pasiva y de criterios cambiantes, pero que al final se revela como fundamental para dirigir los hechos en una u otra dirección a través de pequeños gestos, algo normalmente común en estos focalizadores que quieren convencernos tanto de la bondad de sus pensamientos cuanto de la pulcritud de sus actuaciones. Así, junto con el dolor que le provoca la indiferencia de Chris hacia lo que era su mundo compartido de antes de la guerra (o más bien hacia ella... ¿puede que hubiese algo en marcha, fatalmente interrumpido, que no nos ha contado?), no ahorra descripciones bastante groseras de la fealdad y la pobreza de Margaret, y semeja colocarse del lado de Kitty en su indignada paciencia frente a los cambios. No tardará, en cambio, en contemplar con nuevos ojos a la usurpadora, en la que ve la representación de un mundo espiritual que parece atraer al soldado con mayor intensidad que el puramente físico, de la belleza y la elegancia, que representan su mujer y en cierto modo ella misma. El hecho de que, casi al final, manifieste comprender a partir de un mero gesto de Kitty que ésta "siempre la había odiado" revela de forma involuntaria una veleidad que seguramente obedece a que lo único que Jenny desea es continuar formando parte de su vida, en uno u otro bando.
La prosa se convierte en un elemento de poderosa configuración de la historia, para enmarcarla en el paisaje adecuado a cada escena, y adquiere especial densidad cuando memoria y presente se mezclan en el testimonio de Chris o la subjetividad de la narradora. El uso frecuente de las descripciones comporta un riesgo claro por la tendencia a la orginalidad, que puede derivar en un barroquismo pesado para el lector; sin embargo Rebecca West elude este defecto con el permanente propósito de anudar la naturaleza y los estados de ánimo, de forma que la primera es frágil y hermosa cuando los amantes se reunen y fría e inmóvil en la desolación hogareña a que conduce el abandono del soldado. Cuánto deberían aprender de este tipo de textos muchos autores contemporáneos, los de la secta de la "difícil sencillez".
Si algo cabe reprochar a la novela es un final en exceso simple, aun en su ambigüedad, y el recurso a una solución médica que bien hubiera podido estar presente desde el inicio. Pero de cualquier modo se trata de una excelente novela, que coloca de nuevo a una autora escasamente conocida entre las referencias básicas del lector español, precisamente esta semana en que se publica un tomo (ed. Ariel) que recoge a los "cien escritores fundamentales de la literatura universal del siglo XX, perfilados por los mejores especialistas. De James Joyce a Milan Kundera, De Joseh Conrad a Paul Celan. De Kavafis a Marguerite Yourncenar. De Robert Musil a Truman Capote...". Cien escritores, sí, pero noventa y cuatro varones y seis mujeres. Y hablamos de literatura, no de banca o de gobierno. Admirable el desparpajo del machismo ilustrado. Afortunadamente novelas como "El regreso del soldado" hacen que la rueda del arte literario siga girando, con independencia de quienes se dedican a glosar sus movimientos.

domingo, 1 de febrero de 2009

5:45. El despertar de las palabras.

A estas horas en que las luces siguen apagadas, las aceras vacías, y el silencio agota un efímero mandato, cuando nadie me acompaña –si acaso alguna mamá en bata, unos pisos más arriba o más abajo, que debe arañar tiempo al sueño para ir preparando ropas y desayunos y poder arreglarse un poquito ella misma, tal vez los que hornean los panes que luego nos comeremos, quizá un operario de mono fosforescente combatiendo el aburrimiento y el frío con escobazos, y por supuesto ese puñado de gente que aquí cerca ha pasado la noche al raso en espera de que se abran unas oficinas dispensadoras de oscuros papeles, escena cotidiana que hemos aprendido a soportar con no poca vergüenza-, cuando la luz de la lámpara baja todavía me hiere la vista y debo envolverme en una manta para sacrificar al frío tan sólo la punta de la nariz y los dedos, me doy cuenta de que aún no se han podido despertar las palabras. Y entonces pienso qué hago aquí, y sin querer abro las puertas a los demonios de la utilidad, y la cabeza se me va al trabajo remunerado, y el cuaderno recorrido de un lado a otro por frases en letra pequeñita me parece ridículo. Pero ya me he puesto los auriculares, y he escogido una de esas músicas cuya delicadeza me invita y me conduce, y antes de que pueda seguir pensando ya he leído el último párrafo del día anterior. De repente las palabras se despiertan. Todo continúa, todo estaba allí dentro. Un buen rato después cierro el cuaderno, apago la música. Y ya es difícil que nada, en el resto del día, pueda quitarme la sonrisa.

Libro de fantasmas. Lo que está muy dentro y nos interpela.


Para el lector, o sobre todo el espectador moderno, las historias fantasmales son cosa de los últimos años, y un tanto ya cansina. Por eso es oportuna la edición de libros como éste, un volumen excelentemente cuidado que nos recuerda la larga tradición de la que proceden. Comienza con un prólogo inteligente y divertido, seguramente sin pretenderlo, pues el autor-compilador de estos relatos trata de acercarse a la leyenda y queda envuelto en ella y convertido en inquietante niebla; porque cómo definir una figura que, ciertamente, no es sino la misma indefinición. Pese a ello resulta plausible la que realizó Ambrose Bierce, uno de los mejores artesanos de la materia: "signos exteriores y visibles de un miedo interno". Lo que nos conduce a la añoranza por aquellos tiempos (finales del siglo diecinueve y principios del veinte) en que se trataba esa figura de un modo muy distinto al presente. Los grandes cultores del género, o los que se acercaban a él desde sus bien asentados propósitos literarios, los utilizaban como medio para someter a sus personajes a una particular tensión narrativa, de este modo el susto perdía relevancia frente al enigma, la pregunta no respondida que se suscitaba a un tiempo en el personaje y en el lector. Qué hace eso ahí, qué quiere decirme y por qué a mí. El fantasma, pues, no precisaba de gestos ampulosos, ni de frases cavernosas, le bastaba mostrarse de manera más o menos confusa pero siempre serena. Y a partir de ahí era a su testigo, y por ende, al narrador, a quienes correspondía interrogarse, proceso que normalmente concluía con un íntimo descubrimiento del que quizá sólo el lector se apercibía. Es claro que los aparecidos de "Otra vuelta de tuerca", por ejemplo, no nos hablan sobre ellos mismos, sino sobre la institutriz que los contempla: sus frustraciones, sus deseos -tal vez demasiado oscuros para adquirir consciencia-, su necesidad de ser protectora y, en un mayor estadio, protegida... A elegir. Porque ésa es otra de las características del fantasma clásico, su perfil elegante y críptico traspasa la ficción para invadir al lector con un dulce desasosiego: el de quien ha entendido lo suficiente, pero no todo. De ahí que prefiramos aquellos relatos en los que eso se presenta como un reto a la inteligencia en vez de al sentimiento, de ahí que nos guste más Henry James que M. R. James, autor el primero de novelas fundamentales que nada tienen que ver con el tema fantástico, pero ocasional visitador del mismo, mientras que el segundo se especializó en presencias escalofriantes de gran eficacia pero escaso relieve.

El "Libro de fantasmas", en todo caso, recorre la tradición con una amplia perspectiva, y junto a fascinantes leyendas orientales -que no desdeñan la explicitud y la violencia- encontramos notables historias de espectros a cargo de muy distintos autores en los que quizá se echan de menos aquellos a que hemos hecho referencia, los que como diletantes extraordinariamente pertrechados de estilo y mundo propios incurrían en la práctica del género sin renunciar a ninguno de ambos, tal vez con los mejores resultados. Aun así merece la pena su lectura, y es admirable el modo en que se ha ordenado el texto en capítulos nombrados con lemas tan inquietantes como "lo que no descansa", "lo que suplica y quema", "lo que advierte", etc. También se incluyen un par de ensayos, a cargo del compilador y de Schopenhauer, que en coherencia con la materia nos dejan con más dudas que certezas. Y por encima de todo destaca la composición del libro, repleto de ilustraciones de artistas como Bacon o Gauguin o fotogramas de películas de Tarkovski o Hitchcock inmejorablemente imbricadas en el texto (la portada, un fuerte aperitivo, pertenece a una secuencia de la película Solaris). Uno de esos volúmenes, en fin, que da gusto tener entre las manos, como una caja de música o un paquete de regalo pidiendo ser abiertos.



Y cómo concluir este comentario sin una buena historia, en especial cuando su protagonista y relatora es tan de fiar como Nuria. Veréis, hace años, cuando iniciaba su carrera profesional, trabajó en un despacho en el que debía ocuparse de la asesoría laboral de un modo especialmente intenso, y entiéndase el adjetivo como un eufemismo para suavizar la referencia a esa explotación que con tanto desparpajo practica el empresariado español por el bien de la economía nacional. Siendo además una persona responsable, y con la presión habitual de los comienzos, no eran extrañas las tardes en que se quedaba sola y alargaba la jornada hasta la noche. En ocasiones, cuando el cansancio era ya demasiado, dormía brevemente en un sillón y luego, más o menos despejada, continuaba la faena. Algunas generaciones hemos recibido esa educación estúpida que camufla bajo el término “responsabilidad” nuestra configuración como piezas idóneas de un sistema que convierte al trabajador en mera herramienta –que en calidad de tal se puede llevar al límite de su rendimiento-, y se tardan muchos años y se precisa mucha angustia para darte cuenta de que algo no funciona, y finalmente de que todo era mentira: los únicos imperativos morales a que debemos someternos son el de ser felices y el de no hacer daño a nada ni nadie. El de “ser responsables” era un truco de la patronal. Pero volviendo a esas noches, en una de ellas comenzó a ver algo extraño: imaginemos una oficina amplia, con numerosos puestos de trabajo vacíos salvo, de repente, uno de ellos, al fondo, en el que un hombre de unos sesenta años, con gafas, el pelo cano y un jersey de un color rojizo parecía estar concentrado en su trabajo con la mirada inclinada hacia la mesa. Claro que la imagen sólo duraba unos segundos, y he destacado la palabra ver porque, según el testimonio de Nuria, tampoco podía calificarse así exactamente el modo en que lo percibía: se hallaba a medio camino entre la imaginación y la efectiva impresión visual. No se trataba de algo que se pudiese tocar y tampoco, empero, de un sueño, puesto que ocurría ya despierta y se repitió en más de una ocasión, siempre con las mismas características fisionómicas, que pertenecían en todo caso a alguien que no conocía. Aquello nunca se expresaba verbal o gestualmente, tan sólo estaba allí y ni siquiera llegaba a inquietarla, bien al contrario sentía que de alguna manera se presentaba para hacerle compañía.
No fue hasta semanas después cuando el asunto encontró una suerte de explicación, y fue porque sus compañeras de trabajo con más experiencia miraban, bromeando, unas viejas fotos en las que, sorpresiva e inequívocamente, reconoció al hombre que trabajaba junto a ella en aquellas noches solitarias de desvelo. Al preguntar por él le comentaron que era el fundador de la oficina, fallecido años atrás, y al que recordaban siempre ocupando una concreta mesa –la previsible- con su viejo jersey y su gesto reconcentrado. Pero nunca antes le habían hablado de aquella persona, ni ella la había visto en otras imágenes que las que habían acudido a su encuentro en una bruma de irrealidad.



Cómo interpretar su silencio, o su presencia dudosa. Pero si no hay certezas, podemos asirnos quizá a las suposiciones: lo cierto es que Nuria acabó tomando la decisión de dejar aquel trabajo, y a partir de entonces ha llevado una trayectoria laboral –ardua como lo es para cualquiera que adopte tales principios- en que son sus guías la libertad, el respeto, la independencia y ese par de imperativos morales a que hemos hecho referencia. Ignoramos si tal era la intención del visitante, pero de ser así sólo cabe pedirle que continúe paseando sus enigmas por todos aquellos lugares en que una persona joven se vea enredada en la trampa de la maliciosamente denominada responsabilidad.

“Revolutionary Road”, tabúes y verdades.

Me he propuesto hacer una reseña de esta película sin emplear expresiones como “el lado oscuro del sueño americano”, a ver si es posible. En principio no me sentía atraído por ella, pero un comentario acerca de Richard Yates -autor al que no conocía y que a partir de ahora tendré en cuenta- en el blog de José Luis Piquero, y la intuición siempre fiable de Nuria me convencieron, aunque acudí cargado de silenciosos prejuicios. Pues vaya, es una película estupenda. Sam Mendes no siempre hace las cosas muy bien, pero tampoco llega a hacerlas mal. Aquí ha acertado recreando ese universo perfecto de color melocotón de la América de los años cincuenta, en el que la luz y los objetos cotidianos actúan casi como elementos coercitivos. Si algo caracteriza a este director, en todo caso, es el equilibrio entre su labor creadora con la cámara y su puesta a disposición del personaje. Los dos protagonistas, grandes actores, están impecables (aunque, como dice Nuri, parece que ahora le han tocado a ella los excluyentes aplausos): DiCaprio ambiguo, cínico y crispado por sus subterráneas turbulencias, Winslet más explícita pero también más emotiva. Cuando están juntos, como animales recelosos, la impresión de sordidez que nos transmiten sus gestos contrasta con el escenario ordenado de su hogar familiar. La historia podría haberse malogrado en manos de un director torpe, y si aquí no ha sucedido de esa manera, no cabe duda de que el mérito de Mendes va incluso más allá de lo visible.

El tema, por otro lado, presenta una originalidad casi irreverente. Y es que además de una reflexión sobre el efecto que causan ciertos modos de vida rutinarios y no elegidos, contiene una alusión nada velada a los hijos como elemento devastador en las vidas de sus padres, especialmente cuando su concepción procede del error, la inercia o los convencionalismos. Son memorables, y provocan en algunos espectadores una inmediata identificación, las escenas en que la pareja comunica a sus amigos su deseo de cambiar de vida, de profesión, de lugar, etc. El impacto que tal manifestación ocasiona en los otros es extraordinario, si bien sostenido y disimulado por convenientes sonrisas. A nadie agrada contemplar su imagen en espejo ajeno. Pese a todo, cada uno de los personajes protagonistas es lo suficientemente rico para eludir el mero juego de buenos y malos, y es de destacar la presencia del loco irrazonable como vocero de ocultas razones.
Hay una imagen en esta película que expresa de un modo simbólico, pero nada forzado, su trasfondo, y es el momento en que tras provocarse el aborto April se acerca a la venta y la cámara se aleja despacio para que sendas manchas de sangre, en la falda y en el suelo, irrumpan en el ámbito apacible de su cárcel hogareña. Me recuerda a aquella escena de Blue Velvet en que Lynch, tras mostrarnos el típico barrio idílico americano, se aproxima a un bonito árbol para que descubramos en él una repugnante invasión de hormigas nerviosas. Así nos muestra ese fotograma de Revolutionary Road el lado oscuro del sueño americano (oh, vaya).

'Siete mesas de billar francés', o el sopor administrado de dos segundos en dos segundos.


Uno tiene la impresión de haber visto esta película ya muchas veces en el cine español, de la que no puede considerarse representativa pero sí desgraciadamente común. Hay una obscena falta de respeto en la forma con que algunos artistas deciden acercarse al barrio. Lo primero que se nota es que ni de lejos han pisado uno, porque no de otro modo pueden entender muchas cosas. En primer lugar, la mitologización absurda de personajes que distan mucho de resultar lejanamente interesantes, y bien que los hay en esos núcleos de la ciudad marginados de las oportunidades. Aquí se trata de un puñado de barrigones de bar que tiempo atrás habían formado un equipo de billar, cuya resurrección se les solicita en aras de una historia de supervivencia tan frívola como maniquea. El caso es que la petición le da pie a la directora para hacerles desplegar un desfile estomagante de gestos enigmáticos, miraditas profundas y perfiles duros que por un momento te hacen pensar en una película de fantasías medievales, o quizá de espías o de superhéroes, en la que un grupo de nobles caballeros que esconden en su memoria muchos secretos, grandes gestas e innobles escabechinas, deben reunirse por vez última para salvar al mundo del mayor de sus peligros. Pero lo peor de todo son los diálogos, algo que te suele provocar verdadera desesperación y un efecto poderoso de distancia con lo que se está contando que te impide no ya disfrutarlo, sino incluso implicarte mínimamente en ello. Este cine se pretende realista, tanto el entorno social como los personajes y las circunstancias vitales que configuran la trama resultan plenamente reconocibles, pero no así sus palabras: hablan con un misticismo asfixiante, cual si estuvieran obligados a soltar una sentencia en cada frase y les hubiesen anulado la espontaneidad de por vida, ya estén enfadados o con ganas de juerga; de hecho cualquiera de ambas circunstancias concluye del mismo modo: mediante una frase lapidaria pronunciada por uno de ellos, que ocasiona de inmediato la interrupción de la risa o las lágrimas del otro, y después quizá un mutis o un abrazo. En realidad todo responde a que su creador los considera como marionetas o meros elementos de atrezzo, atrezzo hablado, para componer una escenita; en un momento particularmente sonrojante uno de los personajes femeninos descuelga de la pared las fotos del padre de su hijastra para azotarlas contra el suelo e inducirle una especie de catarsis, pues bien, la segunda se opone con aparente firmeza en la voz pero con un gesto ridículo de los brazos, que simplemente se dirigen a los de la otra para presentar resistencia (¿?), y así una y otra vez, hasta que el fin deseado por la directora, la catarsis, tiene lugar y venga, pasemos a la siguiente secuencia; por no hablar del instante en que ambas acuden a cenar a un restaurante chino y desean que un tercer juego de cubertería, el del padre fallecido, permanezca en la mesa, aun sin ser utilizado: esta escena es, suponemos, el golpe de humor de la película, y golpe es, pero al sentido común, por la sorprendente inverosimilitud de los diálogos, el histrionismo de las protagonistas y el modo en que se burlan con no poco racismo del oriental que supuestamente no las entiende. Otro ejemplo: una chica acude a un banco del parque a reunirse con su marido después de haberse largado de casa tras descubrir que él, de profesión policía, había estado prevaricando con el fin, nada menos, de mantener otra familia paralela y secreta –hijo incluido- que había ido formando desde el mismo inicio de su relación. En fin, suponemos que en una historia que se pretende realista –insisto en que ésa es la clave- uno supondría que tal encuentro habría de transcurrir de forma harto tensa, con reproches en tono violento, gritos o insultos, gestos de dolor, etc. Pero no, estos artistas de la poetización de la vida, hacen que ella se acerque muy lentamente, que se siente en el banco, que ambos miren al horizonte un momentito, en silencio, hasta que el madero putero y ladrón suelta: “te oí acercarte… pero temí darme la vuelta”. Que viva el arte español. Al rato de empezar la película me dio por seguir una especie de juego consistente en contar los segundos que tardan inevitablemente los personajes en responder cuando otro les habla, y puedo asegurarles que son dos. Nunca se interrumpen, o transparentan en el decurso del diálogo las emociones que ese momento estén experimentando: sean éstas cuales sean, esperan educadamente dos segundos antes de contestar. Imaginemos algo así: “Tu padre no era como tú crees” (uno, dos) “qué quieres decir con eso” (uno, dos) “¿es que no sabes que tenía una amante?” (uno, dos) “estás mintiendo” (uno, dos) “sabes que no es así, mírame a la cara y dime que no lo sabes” (uno, dos) “estás loca, eres una enferma”, etc. Hagan la prueba en este tipo de películas. Tal vez sea preciso ese tono artificioso y monocorde para rellenar las conversaciones de profundos aforismos. El mismo rigor narrativo que aplican a la creación de personajes puede advertirse en su contexto vital: en una secuencia determinada los billares están llenos de deudas y las protagonistas no tienen un euro para sobrevivir a las reformas necesarias, en la siguiente ya hay unos tipos trabajando, y en unas cuantas más, el negocio está lleno de gente y de los problemas económicos ya nunca más se sabe. Es que esos temas son demasiado molestos y vulgares para nuestros artistas, claro está, así que se mencionan, pero no se tratan.
En fin, nadie espera realismo en una novela de Javier Marías, pese a que igualmente discurran en lugares que podemos localizar en el mapa y con personas de carne y hueso. Pero sí en estas historias de vago compromiso social -o más bien de safari antropológico por el barrio- sin otro propósito estético o intelectual que el de mecer, ya no agitar, conciencias consumidoras de películas “con mensaje”. Tal vez algún día aprendan del gran cine documental. O del gran cine, sin más.

Música, felicidad, desnudez.

Ahora que el bueno de Mozz se nos ha descolgado con una fotillo en pelota picada de ésas que disfruta la gente de mente abierta, y nos provoca en cambio una tosecilla nerviosa y una mirada esquiva de pudor masculino a los estrechos como el que suscribe, vamos a reivindicar un tema y un vídeo de la época en que andaba medio desaparecido y tan sólo un puñado de fieles sosteníamos la antorcha:

Y con el permiso de mi chica, y tal vez a modo de sutil venganza por la moderada admiración que profesa a cierto bailarín, un par de vídeos de la encantadora Sarah Cracknell: el primero, un oldie de Saint Etienne, uno de sus hits más poperos y perfectos, y el segundo, la versión acústica de su éxito en solitario del año pasado, The journey continues. Así me quito el mono de la espera del London Conversations, cuyo lanzamiento se ha retrasado ya varias veces. Ahora, al parecer, va a estar acompañado de un par de temas nuevos reunidos en un single prometedor ('Method of Modern Love / This Is Tomorrow') que de momento sólo puede reservarse a través de su web. Soy un poco pesado con esto, pero Saint Etienne me hace feliz, y ya está.

La reforma de la Sala de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra como reflejo y paradigma de los males de la cultura española.

En una entrada anterior, con motivo de la discusión que sobre este asunto se suscitó en los medios, analicé brevemente el conflicto entre las competencias del Ministerio de Asuntos Exteriores y el de Cultura en lo que atañe a la política cultural en el exterior, por lo que en el presente comentario me centraré en otras cuestiones, dado que la polémica acerca de la Cúpula se ha convertido en cierto modo en un paradigma de ciertos vicios de la cultura española y de ciertos prejuicios atávicos de la sociedad a la que en principio se dirige, por lo que puede ser abordado desde distintas perspectivas. Decir, no obstante, que con el paso del tiempo ese conflicto entre Ministerios ha pasado por dos fases bastante habituales en política: un exacerbamiento manifestado a través de la prensa y un repentino silencio, imaginamos que previa recriminación de las más altas instancias, para concluir sin solución alguna. Ya en febrero del pasado año se planteaba el problema al aparecer en los medios de comunicación la reclamación que César Antonio Molina realizaba de tales competencias, y frente a ello se afirmaba por parte de Exteriores que "se ha creado un nuevo concepto que implica a la cultura y al desarrollo” como argumento en favor de sus atribuciones. No cabe duda de que el episodio de la reforma de la Sala de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra ha actualizado este problema, en especial tras la gestión poco afortunada de la obra a la que luego nos referiremos —y hasta el punto de poner de acuerdo a parte del Gobierno y la oposición, que se muestra a favor del Ministerio de Cultura—, pero tras el cruce habitual de declaraciones parece que finalmente todo se remite a esos indeterminados mecanismos de “cooperación” entre Ministerios que se han revelado ineficientes. En este sentido, pues, podemos concluir que la polémica no ha servido de detonante para la adopción de necesarias decisiones relacionadas con tales ámbitos competenciales, y es de esperar que episodios similares se repitan.
No cabe duda de que la actuación consistente en la reforma de la Sala de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra ha de considerarse como una manifestación de las políticas públicas “intervencionistas” en el ámbito cultural, la cual, ante todo, viene avalada por la Constitución, con independencia de tratarse de una concreta decisión política que, como todas, puede encontrarse sometida a opiniones contradictorias. Linde-Paniagua nos recuerda que “la intervención de la Administración en la sociedad es una constante desde la creación de los estados modernos, y aún antes, de manera que lo singular de nuestra época no es el fenómeno mismo de la intervención administrativa en la sociedad (al margen de las técnicas formales, materiales u organizativas utilizadas que están en continua transformación), sino la concurrencia de dos caracteres sobresalientes como son: que la habilitación de la Administración para intervenir en la sociedad se encuentra consagrada en el texto constitucional; y la extensión e intensidad del intervencionismo. No se trata, sin embargo, de dos diferencias menores las que separan al modelo actual del anterior a la era constitucional. En efecto, antes del constitucionalismo (y particularmente antes del constitucionalismo democrático que en el caso español, al margen de la experiencia republicana de los años treinta del siglo XX, no tendrá lugar sino a partir de la Constitución de 1978), el intervencionismo público será de carácter patrimonial (monarca-súbditos) mientras que en la actualidad es de carácter democrático (representantes de ciudadanos), lo que supone una diferencia sustancial. Pero además, la extensión e intensidad del intervencionismo público son incomparables con cualquier antecedente conocido antes de la Segunda Guerra Mundial”. Estas dos características nos ponen en relación con sendos aspectos relacionados con la actuación que estamos estudiando: pese a la visión que con particular insistencia se ha dado en la prensa, que más adelante trataremos, no nos encontramos ante una intervención inédita, sino que cuenta incluso con antecedentes históricos; cuestión distinta es el juicio que nos merezca en cuanto manifestación de una concreta política cultural: siguiendo a Lluis Bonet, que a su vez cita un artículo de Giménez Frontín, podemos resumir gráficamente las diversas opciones de política cultural en tres modelos: “fotografía (la política cultural orientada prioritariamente a la propia imagen y proyección, como una mera operación promocional), guardia urbano (la política cultural intervencionista que quiere decidir por dónde tiene que pasar todo el mundo) y rotonda (que crea normas porque todo el mundo pueda hacer su camino)”, sin embargo, más interesante que cuestionarnos si el modelo idóneo es uno u otro nos parece la vía de abordar los instrumentos legales que se han utilizado para realizar esta obra, segundo aspecto de los dos a los que hacíamos referencia. Y es que siguiendo de nuevo a Linde-Paniagua: “el primer principio constitucional que articula el intervencionismo administrativo es el de sumisión de la Administración a la Ley y al Derecho. Este principio se deduce explícitamente de los artículos 9.1 (los poderes públicos están sujetos a laConstitución y al resto del ordenamiento jurídico), 103.1 (la Administración actúa con sometimiento pleno a la Ley y al Derecho), e implícitamente del artículo 106.1, todos ellos de la Constitución, que atribuye a los Tribunales el control de la legalidad de la actuación administrativa y el sometimiento de la misma a los fines que la justifican. De este principio se derivan entre otros el principio de vinculación de la Administración a los mandatos positivos o negativos establecidos en la Constitución. El segundo principio constitucional que importa destacar es el de actuación administrativa sometida al procedimiento administrativo, que se deduce del artículo 105.c) del texto constitucional”, de modo que cuando una decisión política viene revestida de completo e indiscutible amparo legal, transparencia y rigor tanto en su elaboración como en su presentación, no cabe duda de que bastante tiene ganado con vistas a su recepción en la opinión pública.

La iniciativa de la remodelación integral de la sala XX del Palacio de las Naciones de Ginebra —rebautizada como sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de las Civilizaciones— surge en la visita que a la misma realizan los Reyes en marzo de 2.005. El antecedente más directo de este proyecto son los murales de Josep Maria Sert en la sala del consejo del Palacio de la Sociedad de Naciones en Ginebra, solicitud que en su día realizó la ONU y que aceptó y aprobó el gobierno republicano español. Pero como acertadamente ha señalado Catalina Sierra[: “Estos días se ha comparado también esta obra de Picasso con el proyecto de Barceló en Ginebra (...) Según explica Antonio Sánchez, conservador del Reina Sofía, está documentado que el presupuesto oficial del pabellón fue de 872.475 francos (el gobierno francés subvencionó con 375.000 francos), pero el gasto real repartido en otras partidas fue casi el doble. Se sabe también que Picasso cobró 150.000 francos por pintar el Guernica. Teniendo en cuenta que en 1937 cada franco equivalía a 56,5 pesetas, Picasso cobró 8,47 millones de las antiguas pesetas. Según el INE, el equivalente a 12 millones de euros de hoy.”

Ahora bien, adoptada la decisión política veamos el modo en que se articuló legalmente:

El 28 de febrero de 2.007 se firma un “Memorandum de entendimiento” entre el Ministerio de Asuntos Exteriores y la ONU para la realización del proyecto.
El 24 de abril de 2.007 se constituye la Fundación Onuart, como entidad privada sin ánimo privado y con financiación mixta. Sus “objetivos primordiales son promover el diálogo a través del arte contemporáneo español, favorecer el entendimiento entre culturas y sociedades, y estimular el multilateralismo en Ginebra”. Materializados a través del referido proyecto y sin que hasta el momento conste la planificación de algún otro.
Sin embargo, y es un dato muy a tener en cuenta, tal como se reconoce por parte de la propia Fundación: “el proyecto comenzó a ejecutarse el nueve de abril de 2.007” mediante las labores de desmantelamiento de la cúpula existente en la sala y el reforzamiento de la bóveda con vistas al proyecto.


Es decir, las obras comienzan incluso antes de la creación de la Fundación que habría de financiarlas. Sin ánimo de extendernos en un análisis jurídico que no es objeto de este comentario, resulta evidente que la elección de este instrumento para financiar la obra busca, entre otros objetivos, el de eludir los rigores de la legislación contractual administrativa, que vienen enunciados con claridad en el artículo primero de la Ley 30/2007, de 30 octubre, de Contratos de las Administraciones Públicas: “La presente Ley tiene por objeto regular la contratación del sector público, a fin de garantizar que la misma se ajusta a los principios de libertad de acceso a las licitaciones, publicidad y transparencia de los procedimientos, y no discriminación e igualdad de trato entre los candidatos, y de asegurar, en conexión con el objetivo de estabilidad presupuestaria y control del gasto, una eficiente utilización de los fondos destinados a la realización de obras, la adquisición de bienes y la contratación de servicios mediante la exigencia de la definición previa de las necesidades a satisfacer, la salvaguarda de la libre competencia y la selección de la oferta económicamente más ventajosa.
Es igualmente objeto de esta Ley la regulación del régimen jurídico aplicable a los efectos, cumplimiento y extinción de los contratos administrativos, en atención a los fines institucionales de carácter público que a través de los mismos se tratan de realizar.”

Todo ello en coherencia con la Directiva europea 2004/18/CEE, de contratos públicos de obras, de suministro y de servicios, que trata de lograr como uno de sus objetivos centrales el de la “absoluta transparencia”, y que su transposición al ordenamiento español se concreta someramente en los siguientes requisitos procedimentales:

-Resolución del órgano de contratación en la que se acordará el inicio del expediente y se justificará la tramitación del mismo (arts. 93 a 97)., con descripción de la totalidad del objeto del contrato (art. 73.1).
-Justificación adecuada del procedimiento y de los criterios de adjudicación
-Pliegos de cláusulas administrativas particulares
-Pliegos de prescripciones técnicas
-En caso de que la financiación del contrato se efectúe con aportaciones de distinta procedencia, como así ocurrió en el proyecto que nos ocupa, tramitación en un sólo expediente, debiendo acreditarse su plena disponibilidad y el orden de su abono, con inclusión de una garantía para su efectividad
-Certificado de la existencia de crédito
-Fiscalización del Interventor
-Aprobación del gasto (salvo presentación del proyecto por licitadores y adjudicación por concurso)
-Acuerdo motivado con la aprobación del expediente de contratación y disposición de la apertura de la fase de adjudicación


¿Se han seguido estos criterios en la toma de decisión, adjudicación y desarrollo procedimental del Proyecto que analizamos? Resulta claro que la respuesta ha de ser negativa: no ha existido transparencia alguna en la toma de decisiones; a día de hoy, aún no está claro el procedimiento de elección del artista, y menos aún los recursos financieros con los que se ha contado; desconocemos el sueldo final de Barceló, amparado por un incomprensible “contrato de confidencialidad” (que precisamente en el ámbito público tiene su contexto menos indicado); se han empleado supuestamente Fondos de Ayuda al Desarrollo, rebatidos con la pobre argumentación de que "más de la mitad de la ayuda de los FAD no es Ayuda Oficial al Desarrollo", sólo aquello que así establece el Gobierno de acuerdo a las reglas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), a la que cada año el Ejecutivo remite un informe para su control y ratificación, pero sin aclarar finalmente a qué concreta partida presupuestaria y de qué Ministerio u Organismo proceden, eludiendo, insistimos, el sistema de controles de la regulación de la contratación pública y aun los propios principios constitucionales, ya aludidos, de sometimiento de la Administración al imperio de la ley, y teniendo en cuenta que en todo caso los FAD nunca podrían haber sido adjudicados a una Fundación Privada. Pero incluso en el plano de la comunicación pública del proyecto se ha actuado de la peor forma, con unas respuestas titubeantes, que pasaron de una actitud irrazonablemente defensiva (“el arte no tiene precio”, fue la primera respuesta del Ministro Moratinos ante las preguntas acerca de la financiación) a unos intentos de explicación incoherentes (así, por un lado Javier Garrigues reconocía la aportación de fondos FAD, mientras que los portavoces parlamentarios lo negaban).

Ciertamente que cabe pensar que de haberse tramitado el proyecto bajo la supervisión del Ministerio de Cultura las intervenciones públicas habrían adquirido mayor solvencia, aunque solo sea en virtud del conocimiento más específico del sector que se les supone. Pero eso no es suficiente. Sólo si se respetan las “reglas del juego” las decisiones políticas contarán con un margen de respeto que situará las polémicas en el ámbito de las legítimas diferencias de criterio acerca de las concretas decisiones adoptadas. No de otro modo puede explicarse que buena parte de la discusión, tal como ha sido planteada por ciertos medios de comunicación y partidos políticos, como ya hemos tratado en el foro del Máster, se ha fundamentado en la falaz contraposición entre necesidades vitales (“vacunas para los niños pobres”, llegaron a decir) y el arte, cuando el mismo partido de la oposición, en las Comunidades Autónomas que gobierna, ha realizado iguales o mayores dispendios tanto o más cuestionables (financiación de la película de José Luis Garci por la Comunidad de Madrid, estreno de la película del ciclo James Bond en Valencia).

De loable puede calificarse la implantación de un código de buenas prácticas por parte del Ministerio de Cultura destinado a los Museos y Centros de Arte, y que de alguna manera ha acabado por convertirse en un código básico aplicable a cualquier institución cultural; pero su mera existencia es al mismo tiempo señal de una anomalía: existiendo un cuerpo legal plenamente desarrollado y con decenios de práctica cotidiana (Ley de Procedimiento Administrativo, Ley de Subvenciones, Ley de contratos, legislación de patrimonio, etc.) la adopción de esa especie de “compromiso ético” inspirado por el Ministerio no viene sino a confirmarnos que en buena medida la Cultura ha terminado por convertirse en un territorio en el que el Derecho existe, pero no se aplica. Produce cierto asombro la pudibundez con que se dice en su apartado quinto: “El documento no tiene carácter normativo y sólo supondrá compromisos para aquellas instituciones que lo asuman y sin que en ningún caso pueda suponer el desistimiento de la responsabilidad política y cultural de las instituciones que, por otra parte, dispondrán del control de los tiempos a la hora de ir poniendo en práctica las recomendaciones que aquí se expresan. El Ministerio de Cultura hace propias estas buenas prácticas y anima a que las administraciones autonómicas y locales las adopten.” Por el contrario, encontramos un ejemplo de instrucción interna sometida al rigor legal exigible, y por lo tanto un modelo a seguir, en las “Instrucciones de SEACEX para la adjudicación de contratos no sujetos a regulación armonizada”, en las que se recoge el marco normativo, se establecen una serie de principios de actuación inspirados en tales regulaciones y se detalla el procedimiento de manera que no quepa margen para la arbitrariedad.

Arbitrariedad que apenas acallados los ecos de la disputa por la “Cúpula de Barceló” ha vuelto a aparecer en su nombramiento como representante español en la Bienal de Venecia. El siguiente artículo de prensa resumen bien las irregularidades presentes en esa decisión:

“Las bienales de arte dependen directamente del Ministerio de Exteriores y Cooperación y, concretamente, de la Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas, a cuyo frente está Antonio Nicolau Martí. Lo habitual es que se designe a un comisario y que éste decida al artista o artistas que ocupen el Pabellón de España en la bienal.
Pero en este caso la cosa parece haber seguido otros cauces. Se decidió que Barceló fuera quien representase a España en la próxima bienal y todo apunta a que se ha escogido al comisario idóneo para ello, Enrique Juncosa, director del Museo Irlandés de Arte Moderno en Dublín, quien, además de ser mallorquín como él, es un buen amigo suyo y ha comisariado numerosas exposiciones del artista. Juncosa negó rotundamente a ABC el viernes, desde Málaga, que le hubieran nombrado comisario del pabellón español: «No sé nada; no he recibido ninguna llamada ni me han comunicado nada hasta ahora». Sí comentó al menos que Barceló había expresado en la pasada edición de la bienal veneciana su deseo de estar allí en la próxima cita. Deseo pedido y concedido por Exteriores.


(...)Ya en las últimas citas en Venecia fue muy discutido el sistema de elección de los comisarios del pabellón español. En 2005 se escogió a Bartomeu Marí, entonces responsable de exposiciones del Macba, quien designó a Antoni Muntadas. El proyecto contó con financiación de la Generalitat catalana. En 2007 el comisario fue el gallego Alberto Ruiz de Samaniego, quien llevó a cinco artistas al pabellón español (dos eran gallegos) y, claro, el patrocinio corría a cargo de la Xunta gallega. En 2009 es de prever que con comisario y artista mallorquines, el Gobierno balear esté echando cuentas.”

Y lo mismo podríamos decir sobre otros casos recientes en los que no nos detendremos para no extendernos en exceso: el disco de temas tradicionales en euskera de Kepa Junquera financiado por el Gobierno Vasco con 702.000 euros —que provocó un manifiesto en protesta de más de 250 músicos vascos—, el escándalo del desfalco en el museo Guggenheim-Bilbao, el nombramiento “a dedo” de Víctor Ullate como Director del Ballet Clásico Nacional, mientras que a Nacho Duato se le pretende aplicar el Código de Buenas prácticas, etc.

No es objeto de este comentario calificar la intencionalidad o el rigor de cualquier artículo periodístico relacionado con estos temas. Lo único que se pretende poner de manifiesto es lo siguiente:

-existen las normas, y son perfectamente aplicables, aun por analogía, a cualquiera de los procedimientos que requieren las decisiones de política cultural
-es la voluntad de no cumplirlas, eludiéndolas con mayor o menor sofisticación y fortuna, lo que da pie a que se planteen ante la sociedad debates maniqueos y reproches demagógicos, aun con un trasfondo de realidad, que sólo pueden perjudicar al sector.

Dos citas a modo de conclusión:
“La cultura es otro nombre de la propaganda. Hay que pagar por ello un precio muy elevado, porque el Estado, en lugar de distinguir los órdenes en esta vasta “esfera cultural” que controla, siente la gran tentación, en la que no deja de caer, de convertir este sistema en un colosal distribuidor de recursos que permite hacer que el ocio de las masas refluya hacia obras intelectuales y, a la inversa, facilitar que las preferencias de la camarilla en el poder invadan el ocio de las masas.” (Marc Fumaroli.)
“¿Cómo explicar (justificar, en sentido económico) las enormes inversiones, aportadas muchas veces por el erario público, que son necesarias para sufragar a los divos, si no fuera porque su divinidad se constituye gracias precisamente a esas grandes inversiones?” (Gustavo Bueno)

Las maneras de actuar en el mundo de la cultura (lo que incluye no sólo a los responsables públicos que promueven las políticas en ese ámbito, sino a los profesionales de todo tipo que trabajan en él: gestores, artistas, representantes, etc.) deberían representar una alternativa ética a las quiebras que en el mundo del mercado, entendido en un sentido amplio como foro de intercambio de bienes y servicios, han producido las ideologías desreguladoras que, en aras de una supuesta libertad que defienden con fundamentalismo, nos han conducido a una de las mayores crisis económicas de los últimos siglos. ¿Ocurre así?, podemos preguntarnos, y la respuesta es no, y más aún, justo al contrario, desde el mundo de la cultura se imitan las peores prácticas del mercado: la corrupción pública y privada, las comisiones ilegales, los grupos de poder que controlan el presupuesto, la elusión permanente de la norma, el abuso de la subcontratación —a menudo con fines fraudulentos—, la búsqueda de monopolios, el amaño de premios y adjudicaciones, la ausencia de un mínimo respeto a los derechos de los trabajadores (la figura del “becario” como excusa para la explotación laboral, la temporalidad), el sometimiento servil a la autoridad pública en aras de un beneficio personal... Tal como ocurre en las peores empresas y en las oficinas y despachos más siniestros. Una gran oportunidad perdida, en definitiva, y una situación cuya enmienda nos atañe a todos lo que trabajan en este sector, con frecuencia movidos por razones vocacionales que parecen perderse en el camino.