lunes, 19 de enero de 2009

"La calumnia", de William Wyler, o el silencio que mata.

Hay pocas películas imprescindibles, y ésta lo es no sólo desde el punto de vista cinematográfico, sino como una de esas obras de arte que desde un punto de vista cívico resultarían de obligado visionado para las personas que se están formando para ser miembros de la polis (y todas aquellas que necesitan un repaso, desgraciada mayoría). Claro que en estos tiempos tal responsabilidad cae sobre Hostel I, Hostel II, Hostel III, Hostel IV y la final de la Champions, y nada más lejos de mi ánimo que perturbar la paz social con propuestas subversivas. No obstante, me gustaría hablar de La calumnia, pues lo hago con la convicción de que es algo más que una película, y mucho más que un discurso panfletario. Es la realidad más punzante e insoportable la que se nos presenta en ella, una realidad que ha cambiado demasiado poco para que podamos tomar distancia y no sentirnos concernidos.

Ahora que he pegado la carátula aquí al lado me doy cuenta del error absurdo que contiene; me refiero a esas siluetas femeninas que se abrazan al fondo, lo que de inmediato puede encasillar la película en la mera reivindicación de una condición sexual. Así que empecemos por corregir ese dislate -causado en tiempos más recientes para su edición en DVD, imagino- colocando la portada original de 1961. Y es que la historia no trata acerca de la brutal represión a la que una sociedad somete a dos mujeres por mantener una relación lésbica. No. Ocurre así, en efecto, pero sólo ante la posibilidad de que sea cierto, lo que sin duda resulta doblemente aterrador. Se trata de uno de los aciertos del guión, el hecho de que todo proceda de un simple rumor propagado por una de las alumnas de su escuela, motivado por su estúpida rebeldía y su tal vez inconsciente crueldad infantil. Pero ese mero hecho es suficiente para que de inmediato la sociedad de orden, la gente de bien, proceda en defensa de "la moral y la inocencia de sus hijos": retiran a todos ellos de la escuela, condenan a las dos protagonistas a la miseria, las aíslan desde el punto de vista social, las contemplan de lejos como monstruos, las matan con su silencio. Hay una frase de la abuela de la niña que desencadena todo especialmente significativa, y que nos recuerda a la doctrina "Ferrín Calamita", viene a decir algo así como "que ellas sean o hagan lo que quieran, pero que las niñas no se vean afectadas". Ambas afirmaciones son falacias insultantes: por supuesto que las criaturas no se habrían visto sometidas a "riesgo moral" alguno, sobra decirlo, pero lo peor es ese "que ellas sean lo que quieran": no señor, no se les permite "ser lo que quieran", el precio de adoptar y mantener públicamente tal decisión es el silencio asesino, la soledad, la ruina, el cuestionamiento, las barreras, la condescendencia. La respetable señora que dice tal cosa se siente escandalizada porque esas dos mujeres se presenten y "entren" en su casa, cual si se hubiese visto invadida por ratas o sapos. Nos recuerda mucho a cierto argumentario que escuchamos hoy día con demasiada frecuencia: yo respeto sus derechos, pero no se me acerque, no contamine con su presencia mi sociedad, mi familia, mis hijos. Ah, los hijos, cuánto fascismo sale del armario en nombre de los hijos, qué gigantesca excusa para soltarse el pelo y liberar el aguilucho que llevamos dentro. El caso es que la película nos muestra todo ello de una manera elegante pero extraordinariamente cruda, en especial cuando una, sólo una, ya ven, de las mujeres reconoce que quizá exista algo de verdad en el rumor. Esas escenas en que una magnífica Shirley MacLaine estalla en un monólogo de agónico azoramiento nos conmueven porque quizá nunca hayamos visto tan fielmente representado en la pantalla el miedo a ser condenado por los semejantes a causa de una supuesta razón que no se alcanza a comprender. Su personaje no sólo se siente torturado por el mal que su conducta subconsciente nunca revelada, ni siquiera a sí misma, entiende que ha provocado en la vida de todos, el principal motivo de su angustia, por el contrario, es el espejo que esa sociedad implacable y compacta ha colocado frente a sus ojos, y el reflejo de su propia persona que en definitiva le muestra ese espejo como algo horrible, que merece tan sofisticado castigo: el de vivir apartada y en permanente amenaza por el puñal del desprecio.

El silencio es sin duda uno de los protagonistas del filme, y se maneja sabiamente cuando las primeras expresiones del rumor lo son al oído, o en la distancia, sin que el espectador llegue a escucharlo -el pecado que no osa decir su nombre, según Oscar Wilde-, pero también en la soledad espantosa en que viven a partir de entonces, como animales acorralados, o en el final auténticamente ejemplar, que no desvelaré por no fastidiar a un eventual lector@ que se sienta inclinad@ a verla, lo que evidentemente le aconsejo. Las interpretaciones alcanzan una sutileza magistral en este par de actrices inolvidables (la permanente tensión interior de MacLaine, la serenidad puntualmente rota de Hepburn), pero también en el caso de James Garner (o el buen hombre que aprende a conocerse a sí mismo: en realidad no se diferenciaba tanto de la gente de orden); de igual modo es de valorar el trabajo de las niñas, histriónicas y predecibles como en realidad se debe ser a esas edades, y en especial la labor del director, que mediante planos cortos nos ayuda a compartir la condena de las protagonistas.

Es un tópico, ya sé, pero resulta inevitable cuando uno entra en contacto con este tipo de obras cuestionarse si la sociedad que reflejan ha evolucionado en la buena dirección hasta llegar al momento presente. Podríamos decir que sí, al menos en el nivel del reflejo legislativo de los derechos individuales, y en el ambiente de pluralidad que se vive en ciertas ciudades, o siendo más precisos, en ciertos barrios de ciertas ciudades (porque en otros volveríamos al "yo le respeto, pero no se me acerque"). Pero en muchos otros ámbitos todo continúa exactamente igual. Y la intolerancia no sólo atañe a asuntos de identidad sexual o racial, de extranjería o de usos y costumbres. Desgraciadamente, el comportamiento grupal, la necesidad de incorporarse a una colectividad férrea y más o menos articulada (normalmente en torno a excusas absurdas: ser de un equipo de fútbol, de una peña de amigos, ser padres, ser vecinos...), representa el más alto fin de vida para demasiada gente. Y la consecuencia directa de ello, claro está, es que todo aquel que no se incorpore "al grupo" deja de ser de los nuestros para convertirse en el otro.

Como se suele decir en las malas películas o en las malas series "tengo un amigo" que comprendió en su adolescencia lo que significa el silencio que mata. Después de una infancia feliz y de una notable integración social, en la que se le vislumbraba un futuro destacado, tomó una irreverente decisión que nada tenía que ver con la religión, la sexualidad o la política: en vez de optar, superada la selectividad, por una de esas grandes carreras de los hombres hechos y derechos, para la que estaba capacitado, quiso matricularse en Historia del Arte al tiempo que trabajaba en su empeño de hacerse escritor. Lo que ocurrió entonces, por resumirlo, le hace sentir cierta identificación con películas como "La calumnia". Al final no pudo llevar adelante su propósito, y dicen las malas lenguas que se ha hecho abogado. Pero al menos debe agredecer a aquella época, según me cuenta, el hecho de le haya enseñado dónde está su trinchera: en la defensa serena pero irrefrenable de la diversidad, el único espacio apto para la razón y el progreso.

Es buen momento para acabar con una canción-poema de Morrissey que resume todo ello:

Used to be a sweet boy

Holding so tightly

To Daddy's hand

But that was all

In some distant land

Blazer and tie

And a big bright healthy smile

Used to make all

Of our trials worthwhile

Used to be a sweet boy

And I'm not to blame

But something went wrong

Something went wrong

And I know I'm not to blame

Something went wrong

Can't be to blame


domingo, 18 de enero de 2009

“Literatura y Derecho”, de Claudio Magris. El intelectual se pone la corbata.

Le ocurre a menudo al hombre de letras que se siente irracionalmente deslumbrado ante las ciencias o, más aún, ante aquellas parcelas del conocimiento que hacen referencia a las “cosas serias”, ya sabemos, las que mueven el dinero, el mireusté y los oscuros ceremoniales del poder. No de otro modo puede explicarse la edición de libros como este, pequeñas estafas intelectuales sin demasiada malicia ni peores propósitos que el de hacer currículum en las bellas letras a costa de las feas ignorancias. Deduzco por el prólogo de Fernando Savater que este curioso volumen reproduce alguna clase de discurso de recepción de parabienes académicos. Deduzco igualmente que el público destinatario del mismo no debe de estar demasiado versado en temas jurídicos, y se acerca al libro por el nombre de un narrador y ensayista fundamentalmente literario. Digo todo esto porque a cualquier persona que haya pasado por una Facultad de Derecho este opúsculo desconcertante le recordará sospechosamente al manual de Filosofía Jurídica de quinto curso.


Hablaba en una ocasión Camilo José Cela Conde acerca de una “enfermedad intelectual” que aquejaba a su padre: la erudipausia. Con ello se refería a la obsesión que el solemne escritor tenía por incluir en sus artículos numerosas citas de autoridades, que venían más o menos a cuento, y que procedían del esforzado trabajo de becarios, negros y otros difusos colaboradores. Así, para hablar del tráfico o del jamón ibérico, se colaba alguna sentencia enfática de Dante, Unamuno. Shakespeare u Ortega.


Pues bien, en este libro de Claudio Magris la vacua erudipausia es como un unto de mermelada que se escurre por los bordes y todo lo impregna. Valga un ejemplo:

“(…) el derecho natural –a través de Grocio, Pufendorf y otros- se une idealmente, aunque sin identificarse con ellos, con los derechos civiles de la modernidad liberal y democrática. Para Locke, el filósofo de la tolerancia y los derechos civiles, un Estado autoritario niega la naturaleza misma del hombre (…)

Si para el iusnaturalista (por ejemplo, para Santo Tomás, pero también para Locke o para Thoreau) las leyes injustas no son propiamente leyes… Hobbes escribe, por el contrario…”.


Y así podemos seguir. Lo dicho, un buen manual de Filosofía del Derecho, un buen traje y una corbata bonita, un público de similar respetabilidad, y venga, a recibir la medalla y atacar el vino español y los canapés. No hay en este libro pensamiento alguno, hilazón intelectual de ningún tipo, idea sobre literatura y derecho o cualquiera de ambos tomados por separado. Hay erudipausia, que en la era de google cada vez resulta más estentórea. Corren malos tiempos para la palabra auténtica, y crece al mismo tiempo la necesidad de encontrarla.

Textos como éste, enredados en la espiral de su vano deslumbramiento, no nos van ayudar en la tarea.

Siempre nos quedará París.

Así que olvidemos la crisis y huyamos. Los fans de Morrissey cada día están más tiquismiquis: que si en el vídeo se le ve mayor, que si esa sombra de ojos, que si el salto sobre la batería es el mismo de All you need is me, que si los perros son feos… ¡¡Yo es que ya no os soporto, amargaos!! Así que dedico este corta y pega de youtube a tres mozzas y un mozzo que sin duda sabrán disfrutarlo: mi Nuria, en primer lugar, que encima se la ha aprendido, Irene azuleléctrico –que estos días propone con buen tino la mejor receta para la crisis: el escapismo-, y Alba y Darío, que a lo mejor ya no son “Alba y Darío”, sino “Alba” y “Darío”, quién sabe, él por las lejanas europas echando de menos les fabes, entre otras cosas, y ella quizá en Asturias, bueno, mis mejores deseos para tod@s en cualquier caso.



“El refugio de Pablo” (una explicación).

Con esta historia sobre la pérdida de la infancia y los miedos que ello comporta abriré mi libro futuro de nouvelles y relatos, en el que trabajo bien que mal -más mal que bien- a costa del sueño pero con la ilusión de siempre. Constará de una docena de títulos, algunos bastante extensos. Hace poco lo he estado revisando y me apetecía colgarlo directamente, sin necesidad de pasarlo aún por Bubok. Espero que al amable lector@ le resulte de interés.

"El refugio de Pablo" (relato).

Ahora pienso que no era el goce de nuestra amistad lo que motivaba aquellos encuentros, de hecho apenas hablábamos, una vez expuestas, eso sí, las precarias novedades que recopilábamos con usura a lo largo del año y que suministraban una excusa para la habitual cita navideña. Las horas pasaban tontamente entre sonrisas, recuerdos y silencio. Podía decirse que tratábamos de detener el tiempo, así es como yo lo veo, parecíamos temer que una palabra inoportuna fuese a romper un vínculo tan valioso y perdurable, porque enredarnos en el presente siempre tenía algo de riesgo, y en cambio lo que habíamos vivido juntos era, precisamente, la raíz del afecto que, cercanos a los cuarenta, aún nos profesábamos. Tal vez por eso, y sólo durante ese día, ellas permanecían en casa con una actitud abnegada y complaciente que casi nunca se repetía. Solían aducir que nos comportábamos como viejos ex-combatientes —falseando antiguas batallas— y sobre todo que no les hacíamos caso de acuerdo con un dudoso criterio de antigüedad, a fin de cuentas las habíamos conocido a los ocho o nueve años. Normalmente era Pablo quien elegía el contexto, a menudo extravagante, y se las arreglaba para aparentar que se trataba de una mera ocurrencia: me llamaba por no sé qué de un concierto, o un restaurante nuevo y muy original, o una manifestación con recogida de firmas... y apostillaba: "qué te parece si vamos y de paso charlamos de los viejos tiempos". Supongo que en el instante de marcar mi número todavía guardaba un rastro de inquietud —el mismo que yo sentía cuando llegaba la Navidad y el teléfono no sonaba—, sin embargo el sonido de mi voz en seguida le decía que no era un extraño, que seguía siendo el mismo que a la edad de siete años lo esperaba en la acera, frente a su casa, portando una pistola de plástico o un balón de aquellos blancos con pentágonos azules que tan fácilmente se llevaba el viento.

Esta vez el contexto era un partido de waterpolo que al parecer había adquirido una importancia excesiva, derivada quizá de la precariedad con que se desarrollaba la escena deportiva local. Llegué cinco minutos tarde. Pablo me reservaba un asiento con el abrigo. Me agradó tanto verlo que de inmediato mi memoria recuperó imágenes y palabras de diversas épocas, y como suele suceder se quedó aleatoriamente con una que no guardaba necesaria relación con el momento: recordé aquella ocasión, perteneciente quizá a la adolescencia, en que me decía que iba a ser fotógrafo, pero no cualquier clase de fotógrafo, sino uno de esos que trabajan para las revistas científicas que solía leer: es decir, un individuo audaz y obsesivamente creativo, dispuesto a perder un brazo por sacar buenos planos de las fauces de un cocodrilo. El tipo del abrigo que me estrechaba la mano era, en cambio, redactor de una publicación semanal de escaso buen gusto referente a personas asesinadas o desaparecidas; pero todavía conservaba la sonrisa exagerada y dentona, los mofletes brillantes, el pelo rizado sin pretenderlo y el faldón de la camisa asomándose por debajo del jersey; además, también yo iba a ser paracaidista, y el tiempo, en comparación con él, me había castigado con más crueldad arrebatándome casi todo el cabello, amén de otras muchas cosas que me hacían dudar de la sinceridad de mi imagen especular cada mañana en el lavabo. Bastaron unos minutos para que comprobásemos que todo iba —o continuaba— bien. Había incluso una noticia extraordinaria: Elsa y él iban a casarse, por fin, lo que nos permitió instalarnos en seguida en el pasado y recordar con cuánta insistencia asegurábamos que nunca aceptaríamos otro compromiso que el de proteger nuestra independencia —propósito que, en mi caso, había sido quebrantado cinco años antes, con poco éxito—. Más tarde el transcurso del partido nos sugirió la evocación de decenas de anécdotas deportivas que ambos, o uno solo, habíamos protagonizado o presenciado. Y la risa nos dio sed. Y fue cuando me levanté a buscar las bebidas.

Un largo corredor circundaba los graderíos en el piso superior. Se hallaba desierto, las muchachas que atendían los puestos de golosinas y refrescos distraían el aburrimiento contemplando la ciudad oscura a través de los ventanales. Se me ocurrió que bien podíamos cambiar el partido por una charla deliciosa apoyados en el antepecho con las cervezas, el viento, los ruidos de la calle, las luces espolvoreadas a lo lejos en los bloques de edificios... Volví para proponérselo, pero no estaba. Al principio supuse que me había equivocado de zona o de asiento, algo muy frecuente y engorroso que suele terminar con una mano levantada y un "!aquí!". Sin embargo las espaldas de la pareja que teníamos delante reclamaron mi atención y me hicieron reparar en el par de butacas libres que quedaban detrás de ellos. Deduje que se había ido al baño, o a buscarme, y para evitar mayores confusiones ocupé mi puesto y esperé. La contienda, al parecer, pasaba por momentos emocionantes. Había en el recinto un murmullo insistente y compacto, como si de una sola voz susurradora se tratase, aunque a menudo estallaba en miles de fragmentos cacofónicos con motivo de una jugada espectacular o polémica. El ambiente me atrapó lo bastante para que no volviese a acordarme de Pablo hasta un buen rato después, cuando los nuestros ya daban muestras de resignación y el interés se iba diluyendo. Habían transcurrido más de diez minutos. Miré a todas partes, me levanté y salí al pasillo, desde donde tenía una vista completa del sector en que nos habíamos sentado. Escudriñé fila por fila barruntando la posibilidad de que se hubiese cambiado de sitio al descubrir entre la gente a algún conocido o a un compañero de trabajo, con lo cual me mostraba dispuesto a presumir semejante descortesía en él, y ésta fue la primera señal que percibí de que algo extraño estaba ocurriendo. Entonces volví al corredor, y de nuevo al bar. Las chicas seguían al lado de la ventana. Les describí a Pablo, les pregunté si había pasado por allí. Comprendí, a tenor del modo como me miraron para negar con la cabeza, que estaba demasiado nervioso. De alguna forma evitaba echar una ojeada el reloj y enfrentarme con un dato definitivamente inquietante. Anduve despacio hasta que me perdieron de vista y entonces eché a correr por el pasadizo en dirección a los lavabos. Sabía que con ello no haría sino aumentar mi inquietud, pero deseaba, por encima de todo, poner fin a aquella situación que se había complicado de forma absurda, aunque no dudaba, o no deseaba hacerlo, que existiría una explicación sencilla y el episodio se convertiría en una anécdota más para recordar en los encuentros venideros. Entré en los servicios. No había nadie. El olor me resultó especialmente repugnante, saqué un pañuelo y lo interpuse entre la hediondez y mis fosas nasales. Las cabinas de los retretes estaban cerradas. "Pablo", dije. A mi espalda sonaba el murmullo del agua que se deslizaba por el mingitorio sorteando los tropiezos de alcanfor. No obtuve respuesta. Acerqué la mano a una de las puertas de madera verde y la deslicé sin dificultad hasta que golpeó los azulejos de la pared, a su derecha. Hice lo mismo con las otras tres sin resultado. De pronto el estadio prorrumpió en gritos, aplausos y dilatados silbidos. El partido había llegado a un descanso, o algo así. Miré el reloj y me estremecí. Solía leer la revista de Pablo con bastante sorna, así era como él me recomendaba que lo hiciese, y si bien aquellos asuntos oscuros nunca lograban interesarme por completo con el tiempo había descubierto en ellos un rasgo realmente turbador: en la mayoría de los casos existía un punto en el que algo se hacía o dejaba de hacerse, y ese algo condicionaba los pasos ulteriores hasta tal extremo que los protagonistas giraban en torno a él como si fuese la clave de la resolución del enigma —de la desaparición— o del reparto de culpas. En esa tesitura me encontraba yo: repasando mentalmente, con una vehemencia próxima a la obsesión, el instante en el que había dejado a Pablo solo —¿abandonado, quizás?— y los hechos acaecidos posteriormente. Calculaba el tiempo, las distancias, los motivos. Y no encontraba nada.

El corredor se había llenado de gente. Traté de abrirme paso entre los cuerpos y alcanzar la entrada de los graderíos, mas apenas podía avanzar y a cada poco la multitud me hacía retroceder, como si tirasen de mí a su antojo con una de esas correas elásticas con que se domina a los perros. Decidí detenerme; me apoyé en la pared y esperé a que se fuesen. En aquel momento me asustaba su indiferencia: para ellos no era más que un accidente en el muro gris. El tumulto, no obstante, discurrió con prontitud, y el estadio se convirtió en una gigantesca caja de resonancia de nuevos pasos y nuevos gritos. Volví a la grada, que se asemejaba ahora a un puzzle de butacas de plástico con los colores del equipo. Descendí unos peldaños y revisé visualmente, una vez más, cada hilera y cada recodo —podía haberse caído, fulminado por uno de esos repentinos males cardiacos, y permanecer fatalmente oculto—. El desánimo, por fin, consiguió vencerme. Tomé el camino de salida y envidié la despreocupación de los que se quedaban, porque sólo yo me marcharía con una lamentable incertidumbre a cuestas. Poco antes de abandonar el lugar le pregunté a un portero: me dijo que no había visto a nadie con el aspecto de mi amigo, o que tal vez había visto demasiados.

Volví a casa enfrentado con una nueva indecisión: no sabía si debía llamarlo inmediatamente —con lo cual, y en caso de que no hubiese vuelto, lo que parecía más probable, alertaría a toda su familia de una forma probablemente innecesaria— o bien aguardar a ser llamado por él y escuchar la deseada explicación lógica que pondría en ridículo mis temores: un asunto urgente que casi no recordaba, un repentino aviso por la megafonía del estadio que yo no había podido oír... Opté por la segunda posibilidad y debo reconocer que a ello me llevó, simplemente, la cobardía. De ahí que cuando sonó el teléfono, en plena madrugada, corriese a cogerlo con el pavor y la vergüenza de un delincuente ingenuo al que hubiese sorprendido la policía. A duras penas reconocí la voz de Elsa, más que voz un desgarro frenético vertido en el sumidero del auricular: "ven, corre, no sé qué le pasa, ¡corre!"; creo que dijo algo así.

Corrí cuanto me fue posible. En los escasos semáforos que respeté me entretuve mirando el celaje oscuro que despuntaba por encima de los áticos. El cielo de una noche extraña, de una mala noche, recuerdo que reflexioné. Elsa esperaba sentada en el portal con las rodillas juntas y las manos enredadas en un torpe ovillo sobre ellas. Tenía los párpados hollados por las lágrimas y la mirada interrogadora de quien desiste de intervenir en un asunto al que no alcanza su comprensión. Quiso decir algo, pero rompió a llorar. Entramos apresuradamente en el ascensor. En ese momento pensé en lo más desagradable que se me ocurría: habían intentado atracarlo, lo habían herido... Me encontré con sus padres en el recibidor. La casa estaba a oscuras, el hombre llevaba una vela en la mano que rescataba de las sombras fragmentos de su cara, igualmente desencajada. "Pablo no quiere luz", dijo. Me adelanté a explicarles que se había marchado durante mi breve ausencia, y me disculpé por no haber sabido reaccionar. El hombre me ofreció la palmatoria y señaló con los ojos una habitación. Sus palabras me acompañaron durante el breve trayecto de pasillo: "llegó hace un rato, venía con eso debajo del brazo, bueno, traía las tablas y un martillo del garaje, estaba muy nervioso, cerró la puerta, no quiere hablar con nadie, no nos ha dicho nada, se pone muy violento, pensamos que sería peor llamar a la policía, conocemos a un psiquiatra, ya lo han avisado, va a venir de un momento a otro, no sabemos qué hacer, está ahí, no quiere salir, nunca le había pasado nada parecido..." Luego se detuvo y me dejó a solas frente a la puerta. La entorné con cuidado. "Soy yo...", anuncié con una molesta trabazón en la garganta. Di unos pasos adelante y estiré el brazo para buscar una suficiente cobertura lumínica de la vela que me permitiese orientarme. De no haberlo hecho habría tropezado con una especie de caja de forma cúbica construida con visible torpeza, pues lo único que parecía haber importado a su creador era la mera materialización de la misma, y no tanto el modo como quedaría resuelta; así, alguna de las tablas sobrepasaba en largura a las demás, otras lo hacían en anchura, y el desmadejado efecto estaba apuntalado por un exceso de clavos y cartones, muchos de ellos, a su vez, discordantes en tamaño. Mi presencia le resultaba incómoda, lo supe por el jadeo convulsivo que procedía de dentro. Muchas cosas se me pasaron por la cabeza: ignoraba si sería correcto iniciar la conversación con una broma —algo para restar importancia a la situación—, ya que tal vez eso fuese interpretado como una previsible cautela frente a la locura; tampoco podía intentar rescatarlo —hacerle entrar en razón— a la fuerza, porque era de prever que su respuesta sería la misma. Llegado este punto lo que sentí fueron ganas de reír: la escena lo merecía. Pero ocurrió, quizás, lo único que no esperaba: sin necesidad de persuasión alguna Pablo se decidió a hablar: "Era el niño, lo he visto", dijo. En un principio quedé desconcertado; apenas unos segundos después de haberlo oído no dudaba en atribuir tales palabras a una inexplicable dislocación mental, porque en seguida supe a qué —o a quién— se refería, y mi memoria, de un modo extraño, recuperó un recuerdo demasiado lejano e intranscendente para haber sido guardado durante tanto tiempo.

Estábamos acabando el bachillerato, creo, sucedió en uno de esos viajes de estudios en los que se juega a ser libre, a buscar todo lo prohibido eludiendo la vigilancia puntillosa de la autoridad académica. Habíamos viajado hasta la costa, por increíble que pareciese muchos de aquellos chicos iban a ver el mar por primera vez, eran otros tiempos, supongo, el caso es que se apuntó tanta gente que no había modo de controlarnos, y Pablo y yo y quizá tres o cuatro más emprendimos una espontánea excursión por el cerro. El verdadero propósito —más que disfrutar de las aguas bravas que golpeaban el acantilado— era compartir unos cuantos cigarrillos y soltar unas cuantas procacidades lejos de la mirada de los curas. Nos tumbamos en la hierba —bastante cerca del precipicio, pues no hay mejor libertad que la que proporciona una moderada imprudencia— y matamos el tiempo identificando cuerpos de mujer en la consistencia globular de las nubes. Entonces Pablo, en el transcurso o como resultado de una broma amenazó con arrojarse al vacío, y todos, claro, lo animamos a hacerlo bajo el pretexto de que tendríamos un día de luto —sin clases— en el colegio. Y se levantó —nos reímos—, echó a andar, se acercó al borde, recuerdo sus brazos extendidos, "a que vuelo y os quedáis pasmados", tiró el cigarrillo, se acercó aún más, casi al límite, incluso podíamos sentir el vértigo, "a que vuelo" —risas, voces, burlas—, dobló el tronco hacia adelante, estiró el cuello, miró el fondo. Gritó. Se dio la vuelta con un movimiento súbito, espantado, los brazos girando en el aire, corrió hacia nosotros sin dejar de soltar alaridos. "Hay un niño", dijo. Nos callamos de repente igual que quien oye un estruendo. "Hay un niño", repitió. Recuerdo que en aquel momento me pareció que, pese a haber dado la espalda a lo que lo había asustado, su vista no se posaba en ninguno de nosotros. Miraba más allá, a algo incierto, y debo interpretar el silencio en que nos sumió como una demostración de nuestro descreimiento: estábamos esperando a que se echase a reír y resolviese la situación en el único sentido en que cabía imaginar que fuese resuelta. Sucedió, en cambio, que uno de los chicos quebró la espera al preguntar a qué se refería; "un niño muerto", contestó, y aquello fue interpretado por todos —excepto yo— de forma que se cumplían sus vaticinios. "¿Es alguien del colegio? Si no lo es no servirá para el luto...", "nada, aquí no valen excusas, te tiras o no te tiras...". Las gracias de los muchachos no consiguieron suavizar su expresión; cuando uno de ellos hizo ademán de acercarse al borde del acantilado él lo detuvo, sujetándolo con violencia por el brazo, y le dijo: "no mires", lo que coadyuvó, sin duda alguna, para que la broma acabase por convertirse en fundamento. Afortunadamente la llamada de uno de nuestros preceptores permitió que todo terminase en aquel instante, sin embargo durante el resto de la jornada no dejé de observar a Pablo, y poco a poco me fui convenciendo de que no nos había mentido. Daba la impresión de sentirse muy solo —la clase de soledad a que castiga el conocimiento de un gran secreto—, apenas hablaba con nadie, y si lo hacía trataba de concluir en seguida para retomar sus cogitaciones. Así que en el viaje de vuelta me senté a su lado y procurando que no nos oyesen le dije: "cómo era". Al escuchar mi voz se volvió —estaba ensimismado mirando por la ventanilla—, sus ojos expresaron sorpresa y agradecimiento; por unos segundos pensé, al igual que antes, que se echaría a reír, pero torció la cabeza de nuevo en dirección a la ventana y con la voz de una persona desamparada, desbloqueando la garganta, tragándose las lágrimas, habló: "era pequeño, como los de segundo o tercero, flotaba en el agua, una ola lo trajo justo cuando yo me asomé, quedó parado en la orilla, estaba muerto, tenía las manos pegadas al cuerpo y los ojos cerrados, así..., con la piel muy pálida, y una especie de uniforme, un pantalón corto y un jersey de color oscuro...". La descripción se plegaba a la de las imágenes mortuorias que habíamos visto a menudo en la televisión, circunstancia del todo inverosímil —reflexioné al llegar a casa— puesto que si al cuerpo lo había depositado la marea no podía hallarse en semejante postura, más propia de la minuciosidad de una ceremonia. Lo cierto es que todo concluyó con aquella conversación, ni siquiera me atreví a proponerle que se lo contase a alguien, pues comprendí que la incredulidad de los demás, en sus circunstancias, sería insoportable.

Alguna vez, muchos años después, volvimos a mencionar el asunto como uno de tantos episodios de la infancia que permanecían en una neblina de recuerdos inciertos, hasta tal punto que ni el propio Pablo se atrevía a ratificar la versión que en su momento había dado, y prefería dejar los hechos en ese aura de grata indeterminación, lo que según su criterio los dotaba de la naturaleza que posee todo lo inolvidable. Quizás por eso los había evocado en cuanto le había oído decir aquella frase: "era el niño, lo he visto". El niño no podía ser otro, e idénticas fueron, a su vez, mis reacciones: volví a pensar que se trataba de una broma, pero de inmediato recapacité y me di cuenta de que había pasado toda la jornada atribuyendo a Pablo una actitud que en absoluto le pertenecía, como si de ese modo pudiese librarme de actuar. Así que me aproximé a la caja, apoyé en ella las manos, y le dije "estás seguro de que era él". Me pareció oír, al igual que en el pasado, una expresión de confortamiento. "Tienes que haberte equivocado", sugerí. "Era él, flotaba en el agua en la misma postura", respondió. Creo que ciertas situaciones plantean un desafío a la razón, y que llega un punto en que se debe escoger entre abandonarlas o continuar a sabiendas de que esto implica la aceptación de sus particulares reglas; por suerte yo me eché atrás, pese a que entendía el sentido de lo que estaba pasando —si es que realmente existe un sentido en la locura—, es decir, que había construido un refugio en el protegerse delimitando su mirada y evitando así la posibilidad de volver a ver aquello que le había causado semejante trastorno; decidí, pues, comportarme como cualquier persona en mi lugar y le reproché la situación absurda que había puesto en marcha. Entonces empezó a gritar, me echó del cuarto, siempre recordaré la voz, una voz que parecía de otro, en verdad de un chiquillo amedrentado. Al salir al recibidor, con la vela casi extinta, expliqué a la familia lo que creía conocer: no había que preocuparse demasiado, la propia violencia de su estado indicaba que a buen seguro éste era el momento álgido, Pablo se encontraba bien —físicamente bien—, aunque en un evidente estado de shock, o algo parecido. Para mi sorpresa aquel pobre informe consiguió calmarlos un poco. El padre trajo unas sillas y nos sentamos a conversar en espera de la llegada del psiquiatra. Elsa me preguntó si sabía lo que le había pasado, a ellos no les había dicho nada, si bien la madre afirmaba haberle oído susurrar "era horrible, no lo entendéis..."; estaba claro que no podía contarles el suceso del cerro —sin duda me juzgarían cómplice o causante de su delirio—, así que se me ocurrió sobre la marcha una justificación que, inesperadamente, me alumbró una vía posible en el camino de lo razonable: tal vez había sufrido una experiencia aterradora, un atraco con violencia, algo que le hubiese causado una fuerte impresión..., lo importante era que las consecuencias, aparentemente, no pasaban de ahí. El timbre del telefonillo sonó como anuncio de esperanza. Al instante apareció un hombre de unos sesenta años que con el aspecto grave y a la vez sereno de un experto nos escuchó y entró, sin más, en la habitación. El silencio con que aguardamos algún desenlace manifestaba nuestro descanso, ahora el peso estaba mejor repartido, o al menos, pensé, lo soportaba quien se había preparado para ello. Apenas cuarenta minutos después el hombre salió y dijo "va bien, no hay problema, es mejor que se acuesten, que no vea a nadie cuando salga, me traen un vaso de agua, por favor...". Confieso que me derrumbé al oírlo, avergonzado por mi propia debilidad. Luego convinimos en que lo más prudente sería que me fuese a casa, al día siguiente, a primera hora, me llamarían. Y así ocurrió. Elsa me dijo que todo había pasado, Pablo dormía tranquilo con la ayuda de unas pastillas, en adelante debería proseguir el tratamiento, al menos hasta que se lograse averiguar cuál había sido el verdadero motivo, que su memoria parecía ignorar a propósito. Sólo entonces pude dormir.

Durante los siguientes días no dejé de telefonearles y de recibir noticias acerca de ciertos progresos tendentes a la normalidad. Sin embargo, pese a que en ningún instante se mostraron interesados en esclarecer lo sucedido —ni en conocer mi participación en ello, aun como simple testigo—, empecé a advertir desafecto en sus voces, como si necesitasen olvidar de una vez y mi insistencia supusiese un obstáculo. Con esa idea, poco a poco, me fui distanciando. Trataba de convencerme de lo correcto de mi actitud con el argumento de que, a fin de cuentas, Pablo ya no era un amigo en sentido cierto de la palabra, sino una especie de oficiante en la ceremonia anual de regreso a los buenos momentos, y que lo mismo debía de ser yo para él. Además, por aquellas fechas me sobraban los problemas: tuve que mudarme de piso varias veces por culpa de algún negocio desgraciado en que cometí el error de meterme, mi actual compañera pasaba un tiempo en Inglaterra —demasiado sin llamar— por motivos de trabajo, y la sentencia de un juez tendencioso redujo mi presencia en la vida de mi hija a unas cuantas visitas semanales harto humillantes, acontecimientos que no merecerían ser citados si no fuese por su contribución al alejamiento que en tres o cuatro meses experimenté con respecto al asunto. Este período concluyó con una postal: a mediados de abril se me comunicaba la celebración de la boda, que transcurriría, como suele decirse, "en la intimidad familiar"; la frialdad del mensaje me hizo entender que preferían mantener el mismo estado de cosas, así que me limité a felicitarlos por escrito. Recuerdo que entonces me sentí liberado de toda responsabilidad, e incluso llegué a relatar a algunos amigos la historia del tipo que se había escondido en un refugio de cartones para no ver a los fantasmas que, según él, le perseguían; hablaba de ello igual que si lo hubiese oído contar en una conversación ajena, y creo que en el fondo estaba convencido de que había sido así. Hasta que poco tiempo después me llegó una segunda carta que me avisaba de la muerte de Pablo, o más correctamente, de su desaparición. Había sucedido durante la luna de miel, en un viaje en barco, algunas personas aseguraban haberlo visto caer al agua, si bien de momento, seguía sin encontrarse el cuerpo. Finalizaba con una postdata manuscrita en la que reconocí la letra redonda y espaciosa de Elsa: "Tenemos que hablar", y un número de teléfono.

Me resistí a llamar. Ni siquiera podía asimilar la noticia, menos aún, por lo tanto, cualquier discusión —desgraciadamente baldía— acerca de lo que sabíamos unos y otros y lo que deberíamos haber hecho. Mas fue ella quien forzó el encuentro. Quedamos una tarde en una cafetería cercana a nuestro antiguo colegio. Acudí dispuesto a defenderme, a no desfallecer en presencia de nadie, a no darles motivos para el mínimo reproche, pues aquella revista estúpida en que él trabajaba también me había enseñado que ante la más cruel injusticia, la muerte, siempre se hacía necesario encontrar rápidamente un culpable. No obstante, en cuanto me vio, Elsa se echó a llorar. Me dio las gracias, me dijo que el último día Pablo había estado hablando de mí, que tenía proyectos... Comenzamos a recordar todo lo bueno, nos reímos, espantamos el miedo y la desconfianza. Luego salimos a dar un paseo y con la voz ya reposada me dijo: "qué fue lo que pasó aquel día". Creo que mis labios, de alguna forma, traicionaron a mi voluntad; seguro como estaba de que el único perjudicado sería yo, me sentí más sereno y consolado que nunca cuando contesté: "vio algo, un niño muerto, al parecer. Ya le había pasado antes, a los diecisiete años, era una especie de fantasía, o una pesadilla, mejor. Si no os lo dije fue porque yo mismo me negaba a aceptar que estuviese enfermo. Qué podíamos haber hecho, ¿encerrarlo, sólo por eso? Tú convivías con él, sabes que no era un loco...". "No lo era", dijo Elsa, "porque yo también lo he visto". Seguimos caminando en silencio, me di cuenta de que de repente se había hecho de noche y tenía frío. "No sé si se trataba de un niño o una niña, estaba flotando en el agua, al principio pensé que podía ser un trozo de madera, o un pez, pero me fijé mejor y descubrí una cara, unos brazos..., era horrible. Pablo dormía en una de las hamacas de cubierta, y la gente que había cerca de mí, una pareja de ancianos, parecía no ver nada. Volví a mi sitio y poco a poco me fui convenciendo de que no podía ser real, esa mañana no me encontraba muy bien, y el sol pegaba muy fuerte... Al final estaba tan nerviosa que tuve que meterme en la cama, en mi habitación. Esperaba que Pablo viniese a buscarme, esperé durante un par de horas, pero fue el capitán quien vino a decirme que había desaparecido." La acompañé hasta la estación de tren, ninguno de los dos se esforzó por comprender todo aquello, era como un maleficio que nos había tocado en suerte sobrellevar. Ella, incluso, manifestó algo que expresaba fielmente su resignación: "sea lo que sea espero que se lo haya llevado a un lugar donde pueda ser feliz". Antes de irse me entregó las llaves del piso de sus suegros, planeaban ponerlo en venta —nadie se atrevía a volver allí—; y me pidió, ya que mi profesión estaba relacionada con eso, que me ocupase de ciertos trámites. Fue la última vez que la vi. Semanas después leí en el periódico, con odio y repugnancia, que la cadencia implacable de aquella maldición había culminado una etapa más llevándose a Elsa: la habían encontrado en la bañera, pálida y sosegada entre aguas rojas. Y entonces supe que en la siguiente debería estar yo, es decir, que yo también tendría que verlo en varias ocasiones. Tan sólo sería cuestión de tiempo.

Saqué una baja médica en el trabajo y me dediqué a esperar el fin de semana encerrado en casa. El sábado, por fin, pude visitar a mi hija y despedirme de ella, pasamos un buen rato juntos en el parque: contemplé sus juegos, la retahíla de palabras y canciones enhebradas que susurraba como para sí, feliz e inconsciente. Luego fui al piso, y pese a estar ya curado de espantos me estremecí al descubrir que en el comedor, detrás de la puerta, permanecían las tablas, los cartones y una caja de herramientas. Estuve toda la noche mirando los álbumes de fotos de Pablo. Debo decir que lloré en algún momento —yo nunca suelo hacerlo—, quizá de tristeza, pero también de rabia, como si golpease mentalmente contra aquel muro ininteligible y me hiciese daño. Había una fotografía en especial —muy antigua, del primer viaje de estudios— realmente encantadora: los cuatro —incluida mi actual compañera— estábamos tumbados en la hierba y alguien, probablemente el padre de uno de nosotros, nos enfocaba desde arriba. La certeza de que al menos dos no podrían repetirla me hizo anhelar con más fuerza que nunca aquella época, y me figuré que ya nada de lo que me ofreciese el futuro llegaría a consolarme.

Y entonces, un buen día, lo vi. Había intentado regresar al trabajo, dejarme acunar por los hábitos... Pero cuando atravesaba una glorieta cercana a mi casa, a última hora de la tarde, con las calles medio desiertas, sentí la necesidad de mirar en el fondo de la fuente: su rostro se transparentó como el reclamo de un recuerdo. Tuve, miedo, por supuesto, e hice ademán de salir huyendo; sin embargo, al alejarme unos metros y verlo más pequeño comenzó a inspirarme lástima. Dejé el maletín en el suelo y fui hacia él con pasos lentos. Todos estaban en lo cierto: era horrible. Había un contraste cruel entre su rigidez y el esmero con que iba vestido y arreglado, que le hacía seguir pareciendo hermoso. Tenía los ojos abiertos, se los cerré con una mano y estuve velándolo hasta que oí ruido de gente a mi espalda. Ocurrió hace dos semanas. Las mismas que llevo viviendo en el refugio de Pablo.

domingo, 11 de enero de 2009

"Cuando se abrió la puerta. Cuentos de la nueva mujer (1882-1914)."

Alba editorial continúa proporcionándonos las mayores satisfacciones literarias de cada año. Éste que comienza lo hace bien acompañado por una edición exquisita de relatos cuyo eje temático es la plena incorporación de la mujer como "personaje" o focalizador, según diría Henry James, a la literatura; pero es una mujer "nueva", como bien señala el título de este volumen, puesto que lejos aún de la articulación intelectual del discurso feminista, sí que empezamos a vislumbrar en la historia un cambio de actitud en los comportamientos y relaciones sociales propiciado por la modificación del modo en que la mujer se ve a sí misma -el modo como los otros la ven, aun hoy día permanece inexplicablemente idéntico al de hace siglos en muchos casos-. Esa mujer 'nueva' decide por sí sola, tiene una fuerte personalidad que no se molesta en esconder y coloca la vida intelectual en el centro de sus propósitos. En muchos de estos relatos es ella la que, con la naturalidad que le había sido arrebatada, y sin excesivos aspavientos, se muestra dueña de su destino: rechaza casamientos aconsejables, sostiene vocaciones complicadas -con su correspondiente gravamen de sacrificio personal-, y provoca con sus conversaciones agudas no pocos sobresaltos en la mentalidad aturullada del hombre de la época; claro que al mismo tiempo vemos cómo algunos de esos caballeros se suman con gusto a los cambios y encuentran fascinante la transformación: por primera vez la mujer es una verdadera compañera, que no mero complemento, admirable por muchas más facetas que su belleza y educación -que en aquella época deberíamos considerar sinónimo de "discreción"-.


El volumen tiene el valor añadido para el que escribe de incluir un relato de Henry James ('Alas Rotas'), memorable, como siempre, aunque quizá no la mejor elección representativa del tema. También es de reprochar que hubiese aparecido ya en el libro que la misma editorial publicó en 2.005 con el título "Lo más selecto". En cualquier caso aún no lo había leído, y he econtrado en él todo lo que le falta a buena parte de la literatura contemporánea: una prosa exigente, adecuada a la intencionalidad indagatoria de la narración, el juego del punto de vista, que convierte una historia nimia en un juego encantador de ocultaciones, el dibujo paulatino de sus personajes, nunca vulgares, y la necesidad de ver más allá de lo que el propio autor nos cuenta para entender cabalmente el relato. Nos obliga a ser activos como lectores, y nos hace disfrutar doblemente de la experiencia artística gracias a ello. La historia parece haber surgido de una de esas conversaciones captadas al vuelo en los numerosos actos sociales a los que acudía para satisfacer sus ansias de entomólogo literario, y que después iban creciendo en su cabeza y en su cuaderno de notas, hasta que a través del lenguaje comenzaba a tirar delicadamente del hilo -y siempre aparecía en el otro extremo mucho más de lo que había imaginado-.
En el libro aparece también un relato de Constance Fenimore Woolson, esa especie de amor imposible de la juventud de James y desgraciada protagonista de uno de los episodios más desgarradoramente emotivos de la vida del maestro, cuando ante el fallecimiento de Constance en Venecia tuvo que desplazarse allí apresuradamente para hacerse cargo de sus cosas, y enterrar en el agua buena parte de sus vestidos, que se resistían a hundirse, como nuestros recuerdos más importantes. Siempre he pensado que aquella vivencia le había inspirado una de sus obras maestras, "La bestia en la jungla" -título que a modo de homenaje he escogido para este blog, y espero no estar ensuciando demasiado su memoria-, puesto que no resulta complicado imaginarse al propio James sorprendido ante la muerte de su enamorada, y reconociendo entonces que eso -el amor que sentía por ella- era "la bestia" que toda su vida había estado esperando que saltase del interior de "la jungla", de tal modo que cuando ahora se daba cuenta ya era demasiado tarde: no había otra cosa, nada más extraordinario lo estaba esperando al otro lado de la frondosidad opaca de la selva, salvo ese amor.
Volviendo al relato de Fenimore Woolson ('La calle del Jacinto') es claramente uno de los que más se acomodan al lema de esta colección. En él descubrimos a esa mujer nueva en toda su riqueza psicológica, fiel a sus valores y firme en sus determinaciones, incapaz de perdonar no tanto por empecinamiento cuanto por respeto a sí misma; su protagonista soporta peor la condescendencia que la mentira, y actúa de acuerdo con ese credo aun a costa de penurias y soledades. En este cuento, excelentemente escrito y enigmáticamente concluido, apreciamos del mismo modo la evolución masculina ante los nuevos tiempos: del tono amable pero siempre irónico y juguetón del hombre admirado hacia la joven admiradora, pasamos a una gradual consideración de sus aptitudes personales que culmina en un insólito sacrificio para la literatura de la época: es él quien, diríamos hoy, asume la "ética del cuidado" -hacia su madre- en aras de demostrarle que puede hacerlo, y que él será para ella lo que en algún momento había soñado que ella sería para él.
Completando el universo jamesiano, encontramos asimismo un relato de Edith Warthon ("La tragedia de la musa" título que recuerda al de la novela "La musa trágica" del maestro, aunque nada tienen que ver), especialmente irónico sin que se note excesivamente que trate de serlo. En él la 'nueva mujer' se libera de su alienadora condición de 'musa' llegada ya a la mediana edad, cuando muere el artista al que tanto ella como su marido había dedicado la vida. Entonces decide experimentar, o más bien descubrir, lo que supone ser admirada por sí misma, a través de un admirador que lo era en realidad de su proyección poética en la obra del fallecido. El relato concluye con el artificio de la confesión a través de una carta, muy querido por Wharton, en el que se expone igualmente el pesar por las oportunidades perdidas. Y es que esa dicotomía vida-arte estaba muy presente en los mejores autores de la época, como los que incluye esta antología, pero no lo hacía del modo pueril y egocéntrico con que los autores contemporáneos se aproximan al asunto, a menudo en el cine. Bien al contrario -y quizá se trate de una cuestión de mera honestidad personal-, el verdadero artista sabe -y expone- que no hay nada del mito romántico en tales conflictos, sino dolorosas decisiones que, como en una manta insuficiente para el cobijo, dejan descubierto un flanco cuando se tira del otro.

Un libro excelente, en definitiva, para empezar el año literario, en el que encontramos otros autores y autoras de la máxima calidad, como Virginia Woolf, Thomas Hardy, George Gissing o Katherine Mansfield. Todos ellos nos hablan, en añadidura a la sobrada recompensa de su arte, de esas mujeres admirables que bosquejaron lo que aún hoy está lejos de alcanzarse: la adecuación de las viejas concepciones de género a la igualdad de fondo que nos caracteriza como seres humanos. Igualdad no sólo de derechos, sino de respeto. En la primera se van dado muchos pasos, y en la segunda también, pero con demasiada frecuencia hacia atrás.

“Years of refusal”, canción a canción.


Gracias a la web Morrissey-solo -auténtica mozzpedia con un afán de actualización ciertamente obsesivo que les lleva a registrar no sólo lo que hace el artista, sino cualquier cosa que se diga sobre él en cualquier lugar del mundo- podemos escuchar el nuevo disco antes de que salga, aunque por descontado acudiremos a las tiendas a comprar el CD cuando aparezca el mes que viene, y si sale en caja especial de luxe con libreto, trozo de camisa y firma con rotulador edding rojo o plastidecor azul, mejor que mejor.

“Years of refusal” se asoma al mundo musical completamente condicionado por una decisión errónea que Morrissey tomó el año pasado: en el lanzamiento del recopilatorio “Greatest Hits” se incluían como reclamo dos temas nuevos que ahora aparecen aquí de nuevo, con la fuerza perdida ya en su larga difusión precedente (como single, en el álbum y en los conciertos). Es una lástima porque encajan bastante bien en este disco, y aun con los peros que merecen, hay que reconocer que son de lo más pegadizo del mismo, y que junto con otros temas conforman una obra más sólida de lo esperado y siempre inferior a lo hecho en viejos y mejores tiempos.

Como reproche podemos decir que, una vez más, el estilo que inició en You are the quarry se prolonga y consolida: una producción de escasos matices, una voz en exceso gritona, que subraya las melodías y pone la instrumentación a su servicio, una misma estructura musical que ya suena a demasiado escuchada (aunque más diversa en este caso), con esos arranques de batería y guitarra poderosas, en definitiva, una sobreabundancia del aburrido “rock adulto” especialmente apto para los conciertos -parece que los temas se produjesen con vistas a su reproducción en las largas giras-. Pero ése es el signo de los tiempos, y siempre he considerado absurdo comparar a un artista con lo que hizo en otros tiempos y esperar que repita antiguas fórmulas, dependientes de la edad mucho más de lo que nos gusta reconocer.

Pese a todo, y quizá porque se esperaba un verdadero desastre, a tenor del poco tirón que tenían los temas nuevos en los conciertos del año pasado, la verdad es que el disco no decepciona, e incluso puede calificarse como el mejor de la trilogía “post-quarry. Vamos a repasar tema por tema:

1.- “Something is squeezing my skull”: muy potente una vez producida, sin duda un futuro single, y un tema excelente para abrir los directos. Las guitarras marcan un ritmo un tanto previsible, pero la voz se quiebra en un estribillo más original de lo esperado -Moz es un especialista en romper así las melodías- y la convierte en una canción muy especial, de las mejores de los últimos tiempos, a pesar de que en los conciertos no me parecía gran cosa.

2.- “Mama, lay softly on the riverbed”: uno de los mayores logros de la carrera de Moz. La percusión militar, la voz contenida, el estribillo acompañado por unos arreglos de singular emotividad... Y una letra de compromiso social y afectivo que sólo se puede escribir cuando la vida te ha dejado el suficiente poso. “Life is nothing much to lose, it's just so lonely here without you”... qué bonito, ¡¡viva Moz!! Una canción compleja que te deja tocado cuando acaba, con esa batería que se calla de repente.

3.- “Black cloud”: el disco sigue bien, un tema muy bueno, con una melodía que sube, baja, se interrumpe -marca de la casa...-, pero que se te va quedado tras varias escuchas. Siempre ha tenido alguna canción así en todos los álbumes, que iba ganando a medida que la asimilabas. A mí me molesta un poco la batería, y la superposición guitarrera, es quizá el corte del disco en el que más se nota la mano del productor.

4.- “I'm throwing my arms around Paris”: el “Let me kiss you” o “I like you” de este álbum. A mí me encanta. Hacía tiempo que Moz no nos presentaba un medio tiempo tan accesible. Qué demonios, escribir una buena canción es lo más difícil del mundo, y ésta lo es. Además, el tópico parisino es inagotable, y por lo tanto nada inoportuno.

5.- “All you need is me”: bueno, ya la conocemos. Al principio sonaba a más de lo mismo, pero es justo reconocer que con el tiempo se ha ido volviendo irresistible. Quizá sea ese tono eufórico, medio macarrilla y rockabilly, o el par de buenos estribillos concentrados en apenas tres minutos. En este disco encaja muy bien, especialmente después de “Paris...”

6.- “When I last spoke to Carol”: vaya, la polémica del disco. Los fans anglosajones se han vuelto locos con ella, les suena demasiado latina, incluso hablan de mariachis (?)... Sí, es cierto que tiene un cierto sabor mexicano o de spaghetti western engolado... Pero crucemos todo ello con Madness y una voz más canalla que nunca, y se convierte en un temazo que, en mi opinión, aporta la ruptura necesaria en este momento del disco para impedir su desfallecimiento. Cuando había caras A y caras B, éste habría sido un cierre excelente de la primera.

7.- “That's how people grow up”: el otro single ya conocido. A la gente no le gusta la voz de Kristeen Young al comienzo, pero yo creo que le añade originalidad. De no haberse publicado ya, llamaría más la atención; ahora únicamente logra mantener el buen nivel del disco, lo que no es poco.

8.- “One day goodbye will be farewell”: en este punto es donde comenzaba a despeñarse el “Ringleader of the tormentors”, y la verdad es que parecía que volvería a suceder lo mismo cuando escuché el tema por vez primera. Pero poco a poco he ido entendiéndolo, la melodía no está nada mal, además los instrumentos de viento y esos coros locos, de nuevo con aromas mexicanos, le dan un punto diferente. Jerry Finn ha hecho un buen trabajo con una melodía-puzzle de las habituales en Moz.

9.- “It's not your birthday anymore”: aquí está una de las claves del álbum. A la altura de la canción novena los anteriores ya no tenían nada que decir. Pero este corte es de lo mejor que ha hecho en los últimos años, e incluso el comienzo recuerda a aquellos tiempos en que la voz era más un medio que un fin. El falsete hacia la mitad y, como siempre, esa especie de nueva canción dentro de la canción que lo sigue, son estupendos. Un gran tema, de letra emocionante, de esas que uno canta a voces en casa cuando nadie te oye (yo pienso hacerlo, aunque seguro que Nuri, al leer esto, me estará espiando para echarse unas risas).

10.- “You were good in your time”: estaba claro que tarde o temprano Moz se nos iba a ir por la senda del crooner crepuscular. Éste es un primer paso. La voz es excelente, la melodía un pelín vulgar, quizá, pero mantiene el buen tono, y se ve beneficiada por la producción, de nuevo: esas voces como de película antigua que suenan al fondo -al igual que en “Spring-heeled Jim”-, los arreglos de cuerda, y la súbita desaparición de la melodía en un abismo de experimentación sonora y oscuridad -a la que se augura un efecto actoral dramático en directo, Sacha Distel al poder-, como en “Black-eyed Susan”... Resulta que es el décimo corte, y de momento no podemos decir que haya algo realmente malo.

11.- “Sorry doesn't help”: como sale de esa especie de interludio “new age” con que se cierra el tema precedente, y además comienza con unas guitarras de rock sinfónico, suena bastante mejor de lo que merece. El ritmo recuerda algo a “Tomorrow”, y el estribillo no está nada mal. ¡Vaya, ya van once!

12.- “I'm ok by myself”: pero no doce. ¡No no no no! ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Por qué había que concluir el disco con más batería y guitarrazos? Bien es verdad que la canción en sí no es mala, tiene una de esas melodías imposibles de seguir a la primera con que Moz compone sus mejores canciones, pero el efecto se acaba perdiendo. Aquí sí que habría hecho falta una labor más creativa de Jerry Finn. El final está muy bien, con la voz distorsionada, uno se imagina que terminará así los conciertos (con Esteban Patricio tirándose por el suelo y Boz Boorer poniendo caras), antes de algún bis generoso.


Y ya está. No tan bueno como lo más notable de él, ni tan malo como parecía. Y mejor, en cualquier caso, que buena parte de lo que se publica. Enlaza con “Southpaw grammar”, aun sin el sabor auténtico que tenía éste -y que podremos disfrutar ahora con su reedición, por cierto-, y se aleja de la paleta gris de “Ringleader...”. Añade unos cuantos clásicos a su trayectoria -”Mama”, “Birthday”, quizá “Paris” y “Skull”...-, y no nos hace perder la confianza en él, y van ya muchos años. Morrissey continúa siendo uno de los pocos artistas de referencia en la música pop, un mito popular y un amigo lejano en el espacio y cercano en el afecto que continúa haciéndonos la vida más agradable. Si el disco ha perdido la entidad artística que tenía en otros tiempos en favor de su conversión en sofisticada excusa para salir de gira, debemos decir que ésta es una buena excusa. Nos vemos en los conciertos, mozmaníac@s, peleando a muerte por las primeras filas.

lunes, 5 de enero de 2009

“Funny games”, o el burgués que mata lo que ama.

Era de los pocos seres humanos vivos que no había visto esta película, y me refiero a la original, no el remake americano, que no obstante es inexplicablemente lo mismo. Esta obra maestra de la cinematografía europea resulta ser uno de los peores filmes que me haya tragado en mi vida. Supuestamente pretende hacernos reflexionar sobre el porqué de la atracción del espectador contemporáneo hacia la violencia, en especial mediante esas puntuales interpelaciones que uno de los agresores realiza a la pantalla. Ya. Pero es que ese público no se encuentra en esta sala. Están en la de al lado, viendo “Hostel XIX”, o “El matarife del viernes 13 regresa por Halloween”, o algo así. El público de esta sala es el cultureta, hombre, a él va dirigida la peli.

Y es que hay algo que la caracteriza por encima de todo, una circunstancia cuidadosamente escogida en el guión sin la cual no puede entenderse: la familia masacrada es la representación más tópica de la burguesía. Escuchan ópera (ya ven, los creadores de finales del siglo veinte continúan identificando la música culta con el gran capital), tienen un barquito, una casa grande en el campo con su césped impoluto, juegan al golf... Se merecen, pues, alguna clase de castigo, alguna culpa tienen. La elección de unos personajes así es del todo menos inocente. ¿Podemos decir entonces que el tema de la película es la violencia? Noooo... Debemos rectificar, porque de ser así, los hechos que relata podrían haber sucedido en un barrio inmigrante. ¿Se imaginan ustedes que ese par de asesinos implacables se presentase en un pisito de la periferia y torturase a una humilde familia trabajadora? ¡¡Qué espanto!! Entonces el público cultureta se habría salido del cine al grito de ¡fascismo!.


No. Eso no sería posible, porque el verdadero tema de fondo de esta película, como el de tantas otras, es la representación ficticia de un artista burgués atacando su imagen en el espejo. Esta clase de directores laureados, que viven de hotel de lujo en hotel de lujo, que hace muchos años que no saben lo que es el desagradable mundo cotidiano, que se han convertido, en definitiva, en seres acomodados, con su casita, su césped, su buen coche y su barquito o similar, de vez en cuando se miran al espejo y no lo soportan. Entonces hacen una película en la que se dinamita el modo de vida burgués. Y la van a presentar de festival en festival. Y luego viene Hollywood, como en este caso, y les paga una pasta por autoplagiarse con estrellas de renombre, y la cobran bien a gusto, pero en las entrevistas continúan pontificando con esa excusa tan barata de “atacar el sistema desde dentro”.


Por lo demás, la película es un completo dislate de una inverosimilitud insultante. En un momento dado, uno de los atacantes “rebobina” la cinta en vista de que algo ha salido mal en sus planes, pues bien, eso mismo ha estado haciendo el director todo el tiempo: dotar a los personajes-víctima de una quietud de borregos que les hace renunciar incluso a claras posibilidades de defensa –por ejemplo, coger un cuchillo en una de las idas de la madre a la cocina, estando ya secuestrados- y, en último término, a algo que aparece en cualquier ser humano en tales circunstancias –máxime cuando es un hijo el amenazado-: el instinto de supervivencia. Pero nada de esto importa, en realidad, porque esos vulgares detalles de coherencia más propia de un thriller -en el que el espectador exige que la tensión obedezca a un sentido- ensuciarían la brillantez de la propuesta artística. Y de lo que se trata, al final, es de que el buen burgués artista haga su catarsis y los buenos burgueses espectadores comenten, al salir de cine y camino del restaurante Thai donde van a cenar, lo ciegos que vivimos en nuestro mundo acomodado, frente a las amenazas que están ahí fuera.

Haneke merece que nos presentemos en su casa y le pidamos unos huevos para, a continuación, estrellárselos en la cabeza.

“Petulia”, de Richard Lester. El encanto envenenado.

La edición de esta película de los años sesenta en DVD me llamó la atención por lo que prometía en su carátula y en algunas reseñas que estuve hojeando antes de comprarla: una obra propia de su época, con el guión inteligente pero desestructurado, un universo colorista y musical y una historia amable. Ello, ya de por sí, habría resultado suficiente, y sin embargo contiene mucho más. Se trata de un sorprendente acercamiento al tema de la violencia de género, cuando aún no se calificaba como tal (y sus cifras, por tanto, perdían entidad al verse subsumidas en ese término grosero y justificativo: “crímenes pasionales”), y contada de una manera experimental en cuanto a la forma pero extraordinariamente realista y certera en cuanto al fondo. Poco a poco el montaje un tanto alocado acaba teniendo sentido, y consiguen emocionarnos esos planos de los ojos bellos y tristes de Petulia, la impotencia de Archie, su amor imposible, y la última invocación, en la escena final, que expresa lo alejados que a veces están los sueños de sus verdaderas posibilidades. Magistral es el discurso del padre del agresor y suegro de Petulia en el que no sólo justifica lo ocurrido, sino que define cuál ha de ser la condición de la mujer en la sociedad moderna. Lo que produce escalofríos es que, cuarenta años después, para muchas personas las cosas no hayan cambiado. Película extraordinariamente efectiva por su apariencia de caramelo, y el gusto profundo y nada dulce que escondía dentro.

“El intercambio” y “Los girasoles ciegos”.

Sesión doble de cine en las lejanas Asturias. De “El intercambio” se ha dicho que es una película correcta, una obra menor dentro de la trayectoria de Clint Eastwood. Imagino que quien así opina la compara con las muy alabadas y laureadas “Million Dollar Baby” y “Mystic River”; echará de menos, me temo, la acumulación burda de desgracias sensacionalistas, completamente desligadas del argumento principal, con el que un cineasta astuto y experimentado apelaba a las vísceras del espectador para dejarlo inoperante. “Million Dollar...” era, desde el punto de vista narrativo, un disparate propio de alumno de taller de escritura creativa -de ésos que al año siguiente se apuntan a otro de mandolina- convencido de que si no pasa algo “muy fuerte” es que no pasa nada, así que echó mano de la vieja fórmula: personaje angelical, historia de superación, tono amable... y cuando el espectador le ha cogido suficiente cariño, ¡a masacrarlo! Primero, tetrapléjica, luego le cortamos una pierna, luego la familia le causa el mayor daño afectivo posible, y finalmente pide la eutanasia... A ver quién tiene narices de salir del cine sin el corazón encogido y la misma frase en los labios: “un peliculón”. En “Mystic River”, el puñetazo en el estómago tocaba al principio de la historia, y podía prescindirse de él para todo lo que ocurría con posterioridad: la cara de tipo auténtico de Sean Penn habría sido la misma, y su andar de cow-boy atormentado, y sus tragos a la botella con la mirada perdida en el horizonte, porque la vida era una mierda... En esas dos películas el bueno de Eastwood se me reveló como un excelente humorista, pero resulta que no, que no era en cachondeo. Así que no tenía ninguna gana de ver esta última, hasta que una recomendación autorizada (Rafa González Tejel, amig@ lector@, no olvides este nombre, y si hay algún editor en la sala, le aconsejo que tampoco) me hizo cambiar de opinión, afortunadamente. “El intercambio” es, ante todo, cine adulto, lo que en estos tiempos que corren ya hace que merezca la pena el gasto de la entrada. En segundo lugar, cine contenido, que no pierde los papeles en ningún momento, y en el que la tragedia o incluso el sensacionalismo se encuentra perfectamente imbricado en la narración. Nada más trágico, en principio, que la incertidumbre de una desaparición, especialmente si los implicados son un niño y su madre; pero aquí no abunda “el desgarro” tan querido en los casos precedentes, sino la grave y dolorosa batalla del ser humano contra esa incertidumbre. Rodada con una luz fría que le da un tono de otra época (cuando el cine pensaba más allá del adolescente palomitero), y con un casting extraordinario, en el que cada rostro nos habla con mayor elocuencia que el propio guión -el asesino aniñado e irritante, la madre serena, consciente de estar jugando una partida larga, el reverendo hecho invulnerable por la fuerza de su misión, el abogado cerebral, la ambigüedad infantil como representación sutil del mal...-, todo transcurre sin grandes momentos de arte ni grandes desfallecimientos, y uno tiene la sensación de haber disfrutado, algo difícil desde hacía tiempo, al menos en lo que se refiere a los estrenos.

“Los girasoles ciegos” presenta idénticas virtudes, aunque en este caso el guión debía afrontar mayores dificultades al adaptar un relato corto en forma monologal en el que el lenguaje se llevaba la mejor parte. Aun así se consigue construir una historia de pocos hechos y grandes tensiones en pequeños gestos, con unos actores de premio -qué inquietante Raúl Arévalo, cuánta desesperación oculta en Maribel Verdú, y qué cabal representación del derrumbe la de Javier Cámara- y una dirección humilde, puesta por completo a su servicio, que era lo que tocaba. ¿Hace falta mandar un saludo a los que se han sentido ofendidos porque la película “reabre heridas” al recordarnos que la iglesia católica ha estado siempre del lado de las dictaduras y de los poderosos (con notables excepciones en el día a día que en nada empecen la crítica a una institución más política que religiosa)? Bueno, hace poco han estado de manifestación por Madrid (preocupados por el ataque a la familia que supone el hecho de que algunos ciudadanos tengan la libertad de formar otro tipo de familia), así que ya se habrán saludado entre ellos.

Increíble pero cierto (oda a los recursos humanos).

Este diálogo tuvo lugar en una librería perteneciente a una importante cadena nacional.

-Clienta: mire, quisiera comprarle un libro a mi marido, pero no sé muy bien cuál, si pudiese orientarme...

-Dependienta: bueno, eso depende de lo que le guste, si le gusta el arte..., o la antología..., o, no sé, si es un entrañable de la vida, tenemos la Historia del Scalextric...

Estrés vacuno.

La semana pasada nos encontrábamos trabajando en el salón de la casa de mis padres, en los alrededores de Gijón. Se trata de un cuarto lleno de luz natural y en el que se contempla un paisaje encantador, de prados muy verdes, casitas de aldea, suaves montañas... Normalmente, en la ciudad, la tarea intelectual suele verse interrumpida por llamadas, exigencias laborales de última hora, correos electrónicos. Ese día hubo una llamada, sí, pero para avisarnos que se nos había metido una vaca en el huerto. La primera sensación es de shock: uno no está acostumbrado a esto. No se trataba del tráfico, de una resolución judicial inesperada, de un cliente impertinente... No. Una vaca. Así que salimos más estupefactos que decididos a ver cómo se solucionaba aquello. Gracias a unos vecinos, termino yéndose por donde había venido, más que nada para no se alejase de sus compañeras, que pastaban tranquilamente en el terreno de al lado. Es lo mismo que puede pasarte cuando visitas los Picos de Europa, de repente te ves obligado a detener el coche porque una de ellas ha invadido la carretera y ha decido hacerse dueña de tus ritmos de vida. Es una sana terapia contra la neurosis de los tiempos modernos. Aquí no manda tu agenda. Manda la naturaleza.

2.009.

Aun con cierto retraso, debido a una gripe que me ha tenido completamente k.o., me parece oportuno saludar a todos los amables lectores o lectoras que se asoman por este blog. Deseo que el año 2.009 sea generoso con vosotr@s, estoy seguro de que al final no resultará tan tremendo en lo económico como nos vaticinan. De cualquier modo, me gustaría que éste continuase siendo un lugar de sosegada y a menudo silenciosa reunión, donde las palabras nos den algo de calor y cobijo, al igual que a mí me lo proporcionan otras bitácoras que visito. Un abrazo a tod@s.