viernes, 26 de diciembre de 2008

Un señor formal en la Librería Mujeres.

La semana pasada nos acercamos a la Librería Mujeres para aprovisionarnos de cara a las fiestas. Es un rincón encantador de cultura, libertad (bandera republicana en el escaparate incluida... y aquí no tengo más remedio que acudir a una expresión machista: con un par) y tolerancia, en Madrid, provisto de un fondo bien cuidado de libros y una sección de objetos de regalo donde puede encontrarse algo de ese merchandising literario del que soy confeso fetichista. No veo nada malo en que se vendan pequeños cuadros o portalápices con la imagen de Clara Campoamor, Virginia Woolf o Simone de Beauvoir, sirve para poner cara a esas figuras extraordinarias, y también, a modo de justicia poética, para reparar su exclusión de determinados foros y cánones apolillados.
Mientras Nuria rebuscaba en las estanterías de estudios de género, yo me centraba en las literarias. Amig@ lector/a, pásate por allí aunque no seas especialista en el tema o ni siquiera te haya llamado la atención hasta ahora, disfrutarás cuando menos de un pequeño fondo literario escogido con buen criterio. En esa ocasión me llevé los "Cuentos europeos" de Doris Lessing, autora de la que aún no he leído nada, ni siquiera el famoso "Cuaderno dorado", y que me está gustando bastante.
A la hora de pagar (Nuria cargada de una cantidad obscena de esos libros tan complicados de leer... cualquier día se le va a ir la cabeza como a Alonso Quijano, y me saldrá a la calle hecha una Guerrilla Girl en versión gore, ya veréis... por cierto, qué pensamiento éste tan típico del machito que se siente amenazado -me adelanto yo a reconocerlo antes de que ella me saque los colores con un comentario-), la señora me coge el carnet y la tarjeta y, mirándome, me dice: "tienes cara de señor formal". "Bueno, es que lo soy... aunque eso debería decirlo ella", respondo señalando a Nuria. Y Nuria corrobora: "sí lo es, sí lo es", a lo que la señora replica: "¡pues que no lo sea tanto!".
Y es que tiene razón, la buena mujer. Es algo que me ha perseguido desde siempre. Ahora, cuando van pesando las canas, los kilos -sobre todo esto, claro que la culpa es de les casadielles de mi madre, cualquier reclamación, diríjase a ella-, etc, la cosa se va acentuando. Cuando me veo vestido con la seriedad que requiere el trabajo me siento como un Gobernador Civil del franquismo. Cuando entro en una tienda detecto cierta señal de alarma, como si de un momento a otro fuese a decirles: "Agencia Tributaria... hagan el favor de mostrarme las facturas del último cuatrimestre".
Siempre me he sentido joven y abierto de mentalidad, pero nunca he ejercido demasiado. Me gusta decir que, a mi edad (son treinta y ocho), yo ya estoy sólo para mi mesa camilla, mi café con leche, mis rosquillas de anís, mi batín, mi ABC y mi COPE, la radio amiga. Es una manera cachonda de reconocer que el mundo de los libros me ha hecho ver la vida un poco desde fuera, y en el fondo debo admitir que siempre lo he querido así. A fin de cuentas, con eso y con todo, tengo una pareja que ni en la mejor lotería (valga esto para compensar lo de la guerrilla) y me desenvuelvo en el trabajo con buenos resultados y una muy saludable fama de cabroncete, cuando hace falta. Pero siempre está ahí esa llamada, esa especie de voz arcana que me dice dónde está mi tierra prometida: entre páginas impresas y hojas en blanco, a veces atalaya desde la que observar el mundo, y a veces parapeto en el que protegerse de él. Creedme, no es una mala vida. Aunque te quede cara de señor formal.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Narrativas superheróicas. Los mitos contra el rizo rizado.

La revista literaria "Quimera" dedica el número de diciembre a las narrativas superheróicas, con algún ensayo interesante acerca de un género habitualmente maltratado por sus propios defensores. Como suele ocurrir, los grandes cambios de dirección en el criterio editorial responden más a un ligero temblor en el balance contable del final del ejercicio en curso que a una reflexión seria o un planteamiento creativo. Ocurre así, por ejemplo, en literatura. En los años noventa todo sello decente quería tener en sus filas un autor kronen. De vez en cuando le toca al género histórico o policíaco. En los últimos tres años, aproximadamente, nuestros editores han descubierto el ámbito iberomericano. Es claro que del otro lado del atlántico se escriben y se han escrito las mejores novelas en nuestra lengua, que de hecho, si algunos autores se están preocupando por el lenguaje, son los peruanos, argentinos, chilenos, etc., frente al acomodaticio narrador español, adalid de la "difícil sencillez" y el premio millonario ganado con el sudor de la frente de su agente. Pero el caso es que ahora hay un nuevo y mercantilizado boom que obedece a las necesidades expansivas de los grandes grupos de comunicación más que a una valoración estrictamente literaria. Mañana habrá otro mercado que explorar y los excelentes autores de esos países dejarán de ser tan excelentes de la noche a la mañana.


Volviendo a los cómics, los editores descubrieron que los adolescentes crecen, y que muchos se hacen adultos, comienzan a tener canas, se casan, se hacen abogados (ejem) y sin embargo continúan recordando con gusto aquellas viejas lecturas de mitos modernos vestidos con ridículas mallas. El modelo estaba bien claro y al alcance de la mano: la narrativa del cómic indie, que sin descuidar el entretenimiento llevaba años construyendo historias de mayor complejidad y potencia simbólica, y hablándonos de nuestro mundo con una agudeza reservada, de acuerdo con prejuicios ancestrales, a los géneros literarios convencionales. Así que de repente los superhéores comenzaron a verse metidos en problemas sentimentales, laborales, familiares, e incluso en un cuestionamiento social, que llegaban (y aún lo hacen) a ocupar el centro de la historia más que la repetitiva amenaza del villano de turno. El problema es que, como en casi todas las cosas, la clave está en acertar con el término medio. Durante estos años hemos visto a un Spiderman de sesenta años llorar la muerte de Mary Jane a causa de que las radiaciones de su cuerpo la habrían ido matando lentamente a lo largo de la vida, a un Hulk asalvajado convertirse en intelectual y viceversa, a los Vengadores reciclados en ejército paramilitar a las órdenes de un gobierno más que dudoso, ejército cuyas acciones provocan centenares de "efectos colaterales"... Por no hablar de las películas, en las que el paroxismo se ha alcanzado con ese James Bond hipertrofiado que lleva por título "El caballero oscuro" y que este año se ha llevado todos los parabienes imaginables. Resulta que ahora lo profundo y lo sutil es discutir si Batman tiene connotaciones fascistas. ¡Pues claro que es un fascista! (Y lo dice el abajo firmante, un modesto batmanólogo.) ¿Qué otro calificativo merece un multimillonario que se dedica a repartir hostias como panes por la noche sin juicio previo ni posibilidad alguna de defensa? Pero es que el error de estos sesudos planteamientos narrativos consiste precisamente en ocuparse de tales asuntos olvidando uno de los elementos fundamentales que sustentan la propia existencia del superhéroe: la suspensión de la verosimilitud consistente en que los malos lo son de manera indiscutible, porque así se nos dice y si dudamos acerca de ello, mejor que escojamos otra lectura. Batman, o Daredevil, y no digamos el ultaviolento Punisher, pueden permitirse golpear y dejar atados a una farola a un puñado de delincuentes porque de cara al lector estos últimos no pueden ser otra cosa. A diferencia de la realidad, donde todo está preñado de matices y el mal en pocas ocasiones aparece sin fisuras, en el territorio cómic necesitamos creernos que Joker, Luthor, Octopus o Bullseye son, sencillamente, malvados, y antes de que un puño enguantado les deforme la expresión no podemos plantearnos si existen pruebas suficientes o si deberíamos tomarle declaración con asistencia letrada.

¿Quiere esto decir que el cómic superheróico ha de regresar a los tiempos de la rana zancuda y el batmito? No. Pero tampoco pretender ocupar el trono de Kafka o Dostoievsky. A través de ese camino ponderado -de empeños similares a los del maestro Wilkie Collins en literatura, por ejemplo- se han ido concibiendo alguno de los mejores títulos de los últimos tiempos. Ciñéndonos a las historias de los superhéroes tradicionales -nuestra moderna mitología-, recuerdo con agrado el Batman de Tierra de Nadie, donde un hombre desesperado debía enfrentarse al caos más perfecto, el provocado por la naturaleza (un terremoto), en una Gotham abandonada a su suerte por el resto del país. En la etapa post-Tierra de Nadie encontramos una de sus mejores historias, que bien haría el cine en aprovechar para futuros títulos de la franquicia: al casquivano Bruce Wayne se le asigna una guardaespaldas -bien pensado, resultaba inexplicable que no se hubiese hecho antes-, Sasha Bourdeaux, uno de los mejores caracteres femeninos de la historia del murciélago, creado por Greg Rucka. Y claro, a esta mujer inteligente y bien entrenada no se le escapan algunas contradicciones personales del papel de dandi barato que interpreta su protegido: es genial la escena en que nota cómo pasa, en segundos, de hacer el tonto con unas cucharas para divertir a una chica en una cena de gala a mostrarse como una animal tenso y acorralado cuando entran en escena unos asaltantes. A partir de ahí ella sospecha o sabe y él sospecha que ella sabe, lo que se nos muestra en unas viñetas mudas verdaderamente geniales. El descubrimiento del secreto lleva inevitablemente a que Sasha se implique en la lucha del vigilante, y en necesaria consecuencia, a la fatalidad. En las series "Bruce Wayne, ¿asesino?" y "Bruce Wayne, fugitivo", esta heroína trágica acaba en la cárcel por salvar el secreto de Batman, junto con el propio Wayne. Y aquí hay de nuevo episodios memorables: en uno de ellos se siente abandonada, puesto que no ha recibido comunicación alguna, y recibe una paliza en la cárcel. Cuando está apoyada contra la valla, sangrando, alguien le toca el hombro: es Wayne, en el módulo masculino, que con ese gesto callado le da las gracias y le dice que sigue allí, y que al final se resolverá todo.
Pero cuando se resuelve, Sasha ya no puede perdonar. Y en una escena digna del mejor cine clásico, se despiden en un parque, después de que ella haya desaparecido y Batman la haya buscado por todos los medios. Entonces el lector descubre que el secreto ha sido revelado intencionadamente, y que ser su compañera en la batalla era la única forma en que el héroe enmascarado podía tenerla cerca. Quizá nunca hasta ese cómic habíamos visto a un héroe tan humano, sin excesivos discursos psicológicos sobre el bien y el mal, el sentido de la venganza, etc.

En esa misma línea encontramos al Hulk de Bruce Jones, con historias vagamente inspiradas en el tono de "El fugitivo" de la vieja serie de televisión -en alguno de los números de esta colección ni siquera vemos a la bestia-, el Daredevil de Marvel Knights, con unas ilustraciones innovadoras, surrealistas a menudo, o la serie Civil War, de indudables connotaciones políticas en la era Bush, que concluye con la muerte del Capitán América, nada menos, otro personaje rico y deficientemente tratado por los guionistas.
En cuanto a las adaptaciones cinematográficas de la narrativa superheróica, la mayoría de las películas merecen la pena durante sólo media hora, exceptuando quizá el Hulk de Ang Lee. Superman Returns, por ejemplo, es una muestra clara de ese ánimo de rizar el rizo para satisfacer las ansias de profundidad de algún espectador avergonzado por leer tebeos. No es mi caso, desde luego, puesto que aunque no pueda situarlos en el mismo plano que la gran literatura, he de agradecerles que me hayan proporcionado alguno de los mejores ratos de entretenimiento desde bien niño, cuando soñaba con uno de esos fenómenos extraordinarios que te convertían en héroe. Soñaba con ser de los buenos, en definitiva. Quién lo iba a decir. La cosa se fue torciendo y acabé de abogado.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

"El caso Winslow." Honor, amor y ego.


Pasan los años y hay pocas películas que nos hayan causado el suficiente impacto como para desear volver a verlas en cualquier momento. Esta es, en mi caso, una de ellas. Está dirigida por David Mamet y se basa en una obra del dramaturgo Terence Rattigan. De este último ya se realizó una excelente adaptación de otra obra, titulada en España "La versión Browning", con una interpretación sobrecogedora de Albert Finney. En ella un viejo profesor de lenguas clásicas calificado por sus alumnos como "El Hitler del quinto curso" veía trastocarse todo su mundo a raíz de un regalo inesperado que le realizaba uno de sus pupilos (una traducción de Robert Browning), que atraviesa la coraza que lo protegía de las inclemencias de la vida y lo expone como un bebé desnudo ante su propio derrumbe: el fracaso de sus métodos pedagógicos, el fracaso de su matrimonio... su fracaso, en fin, como ser humano en relación con otros semejantes.

"El caso Winslow" ('The Winslow Boy', en el original) obedece a un guión más contenido y una realización en la que la distancia emocional actúa en coherencia con la forma en que los propios personajes sobrellevan la historia. Ésta se origina por la expulsión del colegio que sufre el pequeño de la familia Winslow a causa de un supuesto robo sin mayor importancia que la que afecta a su educación. El padre, sin embargo, inicia una cruzada en pos de la justicia y, sobre todo, del honor, que es el gran tema de la obra. La lucha por el derecho, al fin y al cabo, de la que hablaba Von Ihering y que se presenta aquí como un empeño de la inteligencia, ajeno a arrebatos y visceralidades. Dado el cariz que toma la batalla, con la previsible rigidez de los sistemas judiciales del siglo diecinueve, la familia opta por contratar a un abogado que se convierte en una de las figuras más carismáticas de la película, y que nos enseña cómo el ego de un buen profesional puede convertirse en el motor de las mejores causas. A ello ayuda la notable e irónica interpretación de Jeremy Northam, uno de esos actores a los que ya no imaginamos sin traje de caballero victoriano, y un guión sin grandes subrayados pero con sutiles momentos de buena literatura. Recuerdo con mucho agrado el momento en que acuden al despacho del abogado y éste realiza un apresurado examen de la cuestión, mientras se viste para salir a otro compromiso, por ver si finalmente acepta o no el caso. Entonces le echa un vistazo a los papeles y comienza a interrogar al chico, mientras su ayudante indica a la familia que no lo interrumpa en ningún momento. Los diálogos, brillantemente tensos, concluyen con una interpelación a voz en grito para que el joven Winslow confiese y deje de causar disgustos a su familia. El chico rompe a llorar y tenor de lo que hemos oído todos deducimos que le ha conseguido sonsacar su culpabilidad. Pero de repente el abogado se dirige a su padre y le dice algo así como "llevaré su caso. Es claramente inocente", golpe de efecto que te hace revolver en el asiento y que, explicado más tarde con lógica detectivesca -a lo Holmes ilustrando a Watson-, resulta completamente lógico.

A medida que avanza la historia toda esa lucha por el honorabilidad se expresa con un lema enardecedor: "let right be done!!", "¡que se haga lo justo!". "Hacer justicia es fácil, hacer lo justo, no", se nos dice, con lo que la cuestión de fondo adquiere mayor profundidad filosófica y nos conduce a la vieja y quizá irresoluble discusión sobre el derecho positivo y el derecho natural, o los diversos conceptos de justicia que han de sustentar las leyes y podrían, en su caso, justificar su inaplicación.

¿Algún otro incentivo para ver esta maravillosa película? Pues sí señor, una sutil historia de amor entre dos opuestos: la hermana mayor del chico Winslow y el abogado. En un principio representan el uno para el otro tal vez algo que rechazan o temen (la revolucionaria y el hombre de orden), pero pronto, aunque de una manera ejemplarmente tratada que lo hace sonar como una agradable música de fondo, el conocimiento más profundo que provoca su cercanía en la batalla supera los prejuicios. Lamento mucho si le puedo chafar al amable lector o lectora el final de la peli, pero no me resisto a reproducir los últimos diálogos, cuando ella y él se despiden sin que hasta entonces se hubiese concretado ninguna insinuación sentimental:

“Él:¿Sigue con sus actividades feministas?
Ella: Oh, sí.
Él: Lástima, es una causa perdida.
Ella: ¿De verdad lo cree así Sir Robert? Qué poco conoce a las mujeres. Adiós, dudo que volvamos a vernos.
Él: ¿De verdad lo cree así Srta. Winslow? Qué poco conoce a los hombres."

Os recomiendo de veras esta película deliciosa, de cuyo recuerdo siempre echo mano cuando vienen malas sentencias y uno necesita seguir confiando en el sentido de la batalla. Porque en el del amor, Nuria mediante, nunca he perdido la confianza.

Faldita, delantal y cofia. 'Buena imagen' para la empresa. Mala imagen para sus señorías.


La Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha dictado una peculiar sentencia en la que considera que la obligación impuesta por una clínica privada a sus enfermeras de llevar obligatoriamente falda, delantal y cofia no resulta discriminatoria ni vulnera derecho alguno de las afectadas. Quería haber titulado esta entrada con la alusión a que esa 'buena imagen' que en teoría les proporciona tal vestimenta derivaba en una calamitosa imagen para la justicia, pero me he dado cuenta de que en modo alguno es así. La justicia nada tiene que ver con esta sentencia, y el desdoro ha de apuntarse exclusivamente en la cuenta de los magistrados que la han dictado. En ocasiones hablamos de 'Salas' y 'Tribunales' y perdemos la perspectiva de que detrás de estos términos se encuentran personas. Hagamos, pues, un poco de luz en torno a tan exquisitos intérpretes de la norma. Estos son sus nombres: Francisco Javier Vela Torres, José María Benavides Sánchez de Molina y José Manuel González Viñas. Les he quitado el "Don" y el "Ilustrísimo" por motivos obvios. Faltaría más que en un Estado democrático no se pudiese criticar una sentencia ni a quienes la han elaborado. Dentro de los límites de respeto que me imponen la Constitución y el Código Penal me siento legitimado para afirmar que se trata de un caso elocuente de indignidad intelectual y burda ausencia de cualquier rigor exigible a quien merezca calificarse como jurista.



Acabo de leerla con detenimiento, y resulta mucho peor de lo que parecía deducirse de las noticias. Es claro que en la mente de sus señorías el sentido del fallo aparecía indiscutible, y eso se transparenta en la redacción de los hechos probados. En ellos se nos van contando los antecedentes con una tendenciosidad destinada a persuadir de que el resultado ha de ser inequívoco: no de otro modo pueden entenderse las referencias a que el uniforme en cuestión llevaba quince años utilizándose, que la clínica tiene un total de siete centros repartidos por distintos lugares de la Comunidad Andaluza pero sólo en el de Cadiz se ha formulado la reclamación, y que sólo en éste, asimismo, es mayoritario el sindicato Comisiones Obreras, mientras que en el resto lo es UGT, organización que no ha respaldado la demanda.



Dejemos de lado el Derecho, ya que con tales párrafos no se estaban consignando ciertos antecedentes previos a la aplicación e interpretación de la norma, sino que se pretendía persuadir, crear un estado de opinión favorable a lo que sería el fallo; no cabe duda de que una vez leídos el conflicto parece responder a una pretensión extravagante de un concreto grupo de presión social -quién sabe con qué oscuros intereses- y en un concreto lugar, una pretensión por lo demás opuesta al statu quo que se había mantenido durante quince años. Con tal planteamiento, la sentencia parece obedecer a la pura lógica. Comprenderá, pues, el amable lector o lectora que en vez de leyes estamos hablando de narrativa.
La cuestión de fondo es que la empresa obliga a las trabajadoras de la categoría profesional de enfermeras y auxiliares a llevar ese uniforme absurdo que parece responder a una fantasía masculina de corte atávico y motivaciones no ya sexuales, sino de pura y grosera dominación. La totalidad del personal masculino, así como el femenino de otras secciones, utilizan sin embargo el bien conocido juego de pantalón y camisa o camiseta de color claro. Digo bien conocido por cuanto uno de los argumentos de la empresa es el de que con esa medida se pretende facilitar la identificación de los profesionales por parte de los usuarios o pacientes. Basta acudir a cualquier otro de los muchos hospitales públicos o privados que han tenido a bien entrar en el siglo veintiuno para darnos cuenta de lo ridículo de ese pretexto.
Pero pasemos a la interpretación que del asunto realizan los ilustrísimos. Para cualquiera que esté familiarizado con la redacción de las sentencias se hace evidente que el noventa y nueve por ciento de los Fundamentos de Derecho de ésta es un mero "corta y pega" de doctrina constitucionalista en torno a la discriminación, así como de cita de normas relativas a la libertad del empresario para ordenar los elementos organizativos de su negocio en necesario contraste con los derechos inviolables del trabajador. Pues bien, después de ilustrarnos con este resumen jurídico de manual, aparecen las dos líneas de creación intelectual propia en las que los jueces actuantes subsumen el caso en la norma según su entender. Hélas aquí:
"(...) desprendiéndose de los autos que el uso de la repetida vestimenta obedece no a un problema sexista o de aprovechamiento singular del sexo en beneficio de la empresa y detrimento de la mujer, sino a consideraciones organizativas empresariales, ajenas a aquellos motivos, adoptados también, como ocurre en otros sectores laborales, con la finalidad de dar a la clientela una buena imagen de la empresa, a través de una adecuada uniformidad en el vestir"
Es decir, el fallo se fundamenta en que para la opinión de los magistrados firmantes la cofia, el delantal, la faldita y las medias son ejemplos de buena imagen y adecuada uniformidad en el vestir. Un juez es un ciudadano licenciado en Derecho que ha aprobado unas oposiciones. No ha sido tocado por el divino, ni es más listo que nadie, ni merece mayor consideración fuera de los rigores del procedimiento que la que se desprenda de su actuación. Junto con algunos profesionales de la judicatura excelentes, que sobrellevan más trabajo y presiones que las muchos seríamos capaces de soportar, que estudian detenidamente los casos y emplean con rigor y sabiduría las herramientas del derecho -he tenido la fortuna de conocer a unos cuantos-, nos encontramos a otros que no dejan de ser ignorantes prejuiciosos, o analfabetos funcionales (simplemente han memorizado un temario y lo han repetido como un loro, nada más) que jamás han leído un libro por voluntad propia y se encuentran fatalmente desconectados de la realidad, abstraídos en la mera contemplación de su hermoso reflejo en las aguas jurídicas, como el narciso del cuento. Nada nos garantiza que un juez no vaya a dictar sentencia de acuerdo con su ideología, visión del mundo o creencias, especialmente si existe en el caso ese margen valorativo que les permite campar a sus anchas bajo el palio de su respetabilidad social. A mí no me cabe duda de que cuando un señor afirma que la imagen tradicional de enfermerita es 'buena' está emitiendo un simple juicio de valor. Y ese juicio responde a un planteamiento de género, entendido como la configuración -social, estética, política, económica, moral- que se le ha dado al sexo, en esta ocasión femenino, a lo largo de la historia y que al final ha sedimentado un aparato ideológico en el que las mujeres son concebidas como algo complementario y necesariamente subordinado a los hombres. En este caso, las enfermeras han de vestirse así para "dar buena imagen", y es la dirección de la empresa, avalada ahora por la opinión de tan ilustres profesionales, quien ha decidido que se trata de lo correcto. Los demandantes han decidido que van a recurrir, y es de esperar que en instancias superiores se pondere adecuadamente la aludida libertad organizativa del empresario con los siempre superiores derechos a la no discriminación y la propia dignidad.
Pero de momento así están las cosas. Necesitaba escribir esta entrada para poder sentirme hoy orgulloso de ser jurista y de ser hombre.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Simón.

Seguramente han pasado más de treinta años, y continúo viendo esa imagen en mi memoria con una vivacidad dolorosa. No recuerdo la edad que tendría yo, o la que tendría él, pero ambos estábamos en el primer tramo de la educación general básica. No compartíamos curso, ni lo conocía de otra cosa por la que era amplia y maliciosamente conocido en el colegio: aquella presencia elefantiásica que le proporcionaban su altura y una obesidad natural, puesto que por entonces no era calificada como tal, se estaba o no se estaba gordo, simplemente, y la primera de las situaciones tenía fácil explicación en la dieta tradicional asturiana. Reconocía en su expresión y sus ademanes la pertenencia a un mundo que comenzaba a desaparecer: el del campo, con su discurrir previsible, ajeno no tanto a peligros cuanto a maldades. Me lo imaginaba echando una mano a sus padres en las labores a la vuelta del colegio, las cenas adustas, con mucho silencio y un acompañamiento cercano de cencerros y ese ruido como de gárgaras de las gallinas, el chasquido de la guadaña al segar la hierba, la mirada siempre escrutando el cielo por ver si el tiempo ayudaba a la economía... Simón tenía las mejillas sonrojadas, el pelo largo, con flequillo a un lado, y los ojos caídos de oso bueno; uno se figura, entre la ternura y el patetismo, el modo en que su madre -seguro que era ella- le prepararía la comida, con infinito cariño y la seguridad de que estaría haciendo lo correcto: el pan casero, los embutidos, la leche grasa, los potajes aromáticos en los que se mezclaría todo sin miramiento, los postres con mucha nata y azúcar... El orgullo de ver a su niño bien criado y contento. Qué crueldad, si hubiese sido consciente del mal que le estaba haciendo.
Porque yo no puedo olvidarme de ello. Una turba de lo que hoy llamaríamos 'acosadores' a su alrededor, el más estúpido o con vocación de líder -suele ser lo mismo- a la cabeza, junto a Simón, imitando su manera de andar mediante la hinchazón de su rostro y unos boqueos como de pez globo, los pasos muy forzados, los brazos en arco dibujando una barriga inabarcable. El patio del colegio incluía una pista de hockey, extravagancia propia de la época, cerrada por una valla metálica. Simón caminaba a lo largo de ella mientras soportaba la burla de aquella muchedumbre indigna -no menos de veinte habría-, y yo contemplaba la escena al otro lado del patio. En un momento dado, próximo ya al final de la pista, debió de derrumbarse, y se echó a llorar con la misma lentitud con que caminaba. Se sujetó a la valla con una mano y agachó levemente la cabeza. Pero de repente la levantó y nuestras miradas coincidieron. Las lágrimas habían trazado surcos claramente discernibles en la rojez de sus mejillas, sin embargo lo que con más intensidad recuerdo es su expresión. No comprendía nada. Por qué le hacían eso, por qué a él, por qué había gente que hacía tales cosas. Se sentiría desamparado y, al volver a casa, su mundo amable del pueblo y la familia y las tareas le parecería odioso, por irreal.
Quién sabe a qué responde el que nos acordemos de ciertas imágenes, a menudo menos llamativas o relevantes que otras posteriores que hemos presenciado. Yo me acuerdo de Simón, aferrado a la valla, mirándome, petrificado por el miedo y la soledad más intensa que puede sentirse, la provocada por la irracionalidad grupal. Tal vez la conservo para algo -algo más que una entrada en el blog-, pero no lo tengo del todo claro. A veces pienso que está muy conectada con lo que escribo, que si todas esas palabras pudiesen descorrerse como una tenue cortina, allí detrás estaría él, observándome sin pedirme nada desde aquel punto en que el conocimiento del mal arruinó su infancia.

Wilde. Sin la venia.


Reportaje en 'Público' acerca de un libro de Merlin Holland, nieto de Oscar Wilde, en el que hace un repaso a las circunstancias del juicio contra el Marqués de Queensberry. Señala, erróneamente, que se han "descubierto" o "recuperado" las actas del proceso, cuando en realidad llevaban muchos años disponibles incluso para el lector español. Mi edición es de Valdemar, del año 1996 ('Los procesos contra Oscar Wilde', lleva por título). De cualquier modo, se trata de una lectura muy interesante no sólo desde el punto de vista literario -qué otro autor podía hacer arte del simple diálogo con tanta facilidad-, sino desde el jurídico e histórico igualmente, aunque sólo sea para consolarnos con la idea de que, aun a tientas, las cosas han ido a mejor. Además, en la medida en que logremos abstraernos de la desgracia personal del protagonista, estas actas contienen la tensión narrativa de las clásicas películas judiciales, a pesar de su final desgraciadamente cierto. También podemos deducir a lo largo de los numerosos enfrentamientos dialécticos entre acusador y acusado cuándo la estrella de este último se extingue, cuándo comente errores en sus respuestas y de qué forma una confianza excesiva en su verdad y su inteligencia lo destruyen. Es curioso cómo, en un plano conflictivo muy distinto, la actitud de Morrissey en el famoso juicio contra Joyce se asemejó fatalmente a la de Wilde. Ambos mantenían una distancia arrogante respecto a lo juzgado que acabó por condenarlos.



Por otro lado, sorprende e irrita el ropaje solemne de un sistema judicial tan escasamente garantista, donde se condenaba con base en indicios e ideas predeterminadas. En este sentido, discrepo del juicio demasiado benévolo que se hace de Clarke, el abogado de Oscar Wilde, en un volumen aparecido en España casi por las mismas fechas del libro de actas. Me refiero a 'Grandes Abogados, Grandes Procesos Que Hicieron Historia' (VV.AA., Aranzadi, 1997), donde se incluye a Clarke entre esos nombres ilustres que engrandecieron la profesión a lo largo de los siglos. Ciertamente que no contaba con mucho margen de maniobra, pero la lectura de sus alegatos e interrogatorios da fe de un jurista pacato, superado por las circunstancias y más bienintencionado que efectivo. En ese libro misceláneo sobre los grandes abogados (hoy todos somos pequeños, pequeñísimos) se hace más hincapié en lo complicado que era sostener la defensa de aquella causa en su época que en la dirección técnica del proceso, por lo que el mérito atribuido no deja de ser relativo -cuando, a poco que se conozca la historia, no aparecen por ningún lado trazos de compromiso ético en la actitud de Clarke, sino mera y quizá insuficiente profesionalidad-. No obstante lo cual, ha de quedar claro que de poco habrían servido sus esfuerzos frente a una justicia cegada por la intolerancia de quienes dictaban y aplicaban las normas.
Algo hemos cambiado, sí, pero siempre quedan personan renuentes a ese cambio, y frente a ellas sólo cabe la beligerancia intelectual. La misma que con luminosa evidencia se desprende de la obra de Wilde, que murió como vivió, sin pedir la venia.

'Los nuevos' y 'El lugar del enemigo'.

He estado retrasando la publicación de mis libros para que no coincidiesen con los lanzamientos de los discos de Britney Spears y Raphael... Bueno, la verdad es que, aunque he tenido eso muy en cuenta, también han influido las dificultades del 'hágaselo usted mismo'. Pero ya están ahí, y poco puedo añadir a lo ya dicho.
O quizás sí. Esta cita de Malcolm Lowry, que corresponde a la carta que envió el dos de enero de mil novecientos cuarenta y seis al editor Jonathan Cape. Se trata de un documento de extraordinario interés para todo aquel que, en una otra circunstancias, ha de defender su trabajo creativo. En esa ocasión lo hacía Lowry con su 'Bajo el volcán', y nada más lejos de mi intención que el buscar una equiparación desvergonzada entre tan indiscutible autor y los balbuceos del que suscribe. Pero el caso es que todo lo que dice resulta descarnadamente cierto. Se refiere a un informe negativo de uno de los lectores de la editorial (ah, qué tiempos aquellos, cuando existían lectores, y editores...):
"Es cierto que la novela se pone en marcha grave y lentamente, y creo, por varias razones, que lo que él considera un error (ya que en general esa lentitud resultaría un error en cualquier novela) debió de pesar más fuertemente sobre él de lo que lo haría sobre el lector ordinario, ya que para éste se ha previsto que la gravedad tenga sus compensaciones. Es decir, que si el libro estuviera ya impreso y sus páginas no contuvieran la muda súplica y el aspecto desesperado de un manuscrito no publicado, me parece que el interés del lector sería mucho más vivo al principio, exactamente igual que si setratara, digamos, de un clásico ya estabñecido, ante el cual los sentimientos del lector son diferentes; aunque tal vez se dijera: "Dios mío, qué duro es esto", se esforzaría por chapotear a lo largo de oscuros cenagales -en realidad se sentiría avergonzado si no lo hiciera-, porque tendría la certeza de que los pasajes posteriores van a compensarle." (Malcolm Lowry, "El viaje que nunca termina. Correspondencia (1926-1957)", Tusquets, 2000).
'Los nuevos', sobre todo, y 'El lugar del enemigo' se asoman al mundo con discreción y desde una posición orgullosamente marginal. No cabe mayor "muda súplica" y "aspecto desesperado" que el de la edición de autor. Así que uno está preparado para el silencio -la gran arma del mundo cultural, que todo el mundo utiliza con agresividad poco disimulada-, el escepticismo, la ayuda desinteresada de quienes vagamente te conocen y a pesar de no haber leído nunca no dudarán en hacerte un favor y decirte qué es lo que ha fallado, etc. No ya por temperamento, que siempre resulta discutible cuando uno opina de sí mismo, sino por mi dedicación presente a la abogacía, estoy habituado a que unos mismos hechos susciten diversas y aun irreconciliables interpretaciones. Se aprende a vivir junto a la discrepancia, y se defiende la postura propia con una vehemencia compatible con ese respeto. Y sin perder la media sonrisa a que ya me he referido en aquel post de agosto donde hablaba acerca de todo esto.
Por lo demás, en los aspectos puramente prácticos, he optado por una portada funcional y austera en la que únicamente me permito una especie de puerta o ventanita con una imagen a modo de sugerencia e invitación. Aun así, el precio de venta en papel de 'Los nuevos' se ha disparado, a causa de su tamaño, y por supuesto renunciando a cualquier beneficio. 'El lugar del enemigo', una nouvelle, en realidad, es más asequible. Con el paso del tiempo iré colgando alguna otra de similar tamaño, dentro del proyecto en marcha de mi libro de relatos y novelas cortas.
'Los nuevos' me ha ido acompañando a lo largo de bastantes años, en diversas ciudades, y muy distintas circunstancias de mi vida. Hay una suerte de paradójica tristeza en el hecho de que el proceso haya concluido. Conservo diversos borradores, una carta emocionante y alentadora de un editor, que me invitaba a recortar una parte (poco antes de que lo echaran sonoramente del sello que él mismo había fundado... imagino que no sería por lo mío, vaya), cuadernos de apuntes en los que las dudas se iban resolviendo o mudando en otras... Me acuerdo de muchos días y lugares donde mi historia de amor-odio con ella se materializó en concretas decisiones, como por ejemplo aquel hotel de Badajoz en que inicié la última revisión, a principios del año pasado, o aquella vez, en Asturias, cuando dije "se acabó" y destruí todas las copias que creía poseer -había que haberme visto meses después rebuscando en CD's y en un ordenador viejo por si aparecía un archivo olvidado, y menos mal que apareció-.
Pero todo ha concluido. La criatura se ha echado a la calle -aunque sea una calle solitaria y silenciosa- y no puedo evitar pensar si estará bien orientada o le soltarán un navajazo o se morirá de aburrimiento antes de encontrar su camino. Incluso si hay camino. Claro que todo esto se soluciona trabajando más en nuevos proyectos. Así que se acabó la tontería. Seguro que Britney y Raphael no están tan inseguros con sus discos.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Balada del querulante.

En este libro admirable ('Memoria de Pleitos', Thomson-Civitas) , el profesor Díez-Picazo se permite un descanso en la literatura jurídica de corte más técnico para echar la vista atrás y sonreír un rato. Porque si algo caracteriza este puñado de recuerdos reunidos en un volumen inusual es la ironía. Digo inusual puesto que tal clase de intentos no abundan entre el gremio, sobre todo porque cada vez es más escaso el abogado humanista, bibliófago e inclinado a la reflexión escrita que quizá existió en otros tiempos; los presentes son más propicios para el picapleitos de sonrisa permanente, infinita capacidad de servilismo, un ligero conocimiento de vinos y vehículos y una segura convicción de que su trabajo requiere dejar en casa, o arrojar a la cuneta, cualquier atisbo de juicio ético. Con este panorama, cómo van a escribir libros quienes sólo tienen el cerebro avezado a la búsqueda de argucias para que la gente que tiene mucho dinero tenga más dinero, por la vía de obtenerlo o de dejar de pagarlo.
Así que es de agradecer este librito, donde un profesional del derecho de amplia trayectoria y bien ganado prestigio nos habla de su trabajo con una pudorosa forma narrativa que convierte el recuerdo o el apunte anecdótico en pequeño relato de final casi siempre inacabado -a fin de cuentas es uno de los caracteres de los pleitos, su prolongación infinita en el tiempo, aun con sentencia firme- y moraleja humorística.
Uno de los personajes más divertidos a los que se acerca es el 'querulante', término al parecer científico para lo que el propio autor calificaba como pleitoadicto. Al leerlo no he podido sino pensar en el mío. Sí, amables lectores, yo también tengo un querulante. Un entrañable y persistente antagonista que no me deja descansar ni un sólo mes sin tener que discutirle algún escrito. Actualmente trabajo para la Administración, y es bien sabido que en modesta contrapartida frente a las potestades a menudo excesivas con que cuenta la cosa pública para tratar de poner orden o al menos concierto en nuestras vidas, se encuentra la posibilidad de pleitear contra ella sin excesivas cortapisas. Los juicios contencioso-administrativos rara vez concluyen con una condena en costas para el recurrente, salvo que haya sostenido su demanda con temeridad y/o mala fe. Pues bien, éste es uno de ellos. La primera vez que recibí uno de sus escritos levanté la vista de la mesa y pensé: párate un momento a reflexionar, repara en este instante irrepetible... porque te encuentras ante el libelo más ilegible que probablemente te encontrarás en tu vida.
Y es que mi querulante, llamémosle López-Coromina, es abogado y se representa a sí mismo. Se dedica al delicioso mercado del ladrillo y aledaños, y tan sólo con una de las plusvalías que ha ganado en los últimos años tendría, siendo razonable, para vivir varias vidas, tanto él como sus hijos y aun sus nietos. Pero al hombre no le agrada demasiado tributar, y como debe de tener mucho tiempo libre, se dedica a ponernos pleitos, que casualmente me han sido turnados a mí.
En virtud precisamente de ese respeto que merece la posibilidad de oponerse a las decisiones de la Administración, uno tendía a tratarlo en los escritos con cierta distancia profesional, a pesar de que los suyos no sólo manifestaban una ignorancia peligrosa de los mínimos fundamentos jurídicos, sino que estaban llenos de exabruptos, desprecios, sarcasmos y complejas explicaciones a tenor de las cuales toda una potentísima maquinaria pública estaría conspirando día y noche en contra suya. El hombre debe de imaginarse a media docena de caballeros de traje negro, gafas oscuras e inquietante gomina que, tras franquear una puerta acorazada con una clave secreta ('cultivamos nuestra inquina/pa joder a Coromina'), se reúnen con el fin de planificar nuevos empellones de papeleo con el que abrumarlo. La realidad no es así. Por resumirlo: como ha tratado de eludir el pago de impuestos por todas las vías posibles (curiosa afición que tiene la gente adinerada, con el bien que podían hacer si les gustase, yo qué sé, el arte), al final lo han cazado y el pufo ha ido creciendo. Hallándose ya en fase de embargo, pretende reabrir discusiones sobre las deudas que ya no permite el procedimiento, puesto que era mucho antes cuando debía haberlo hecho.
Pero no lo entiende, o no quiere entenderlo. E insiste, a cada paso, con un nuevo recurso, con el mismo tono encendido, la dignidad herida, el discurso hamletiano (aunque la sintaxis se asemeja más a la de un adolescente tras doce horas seguidas de videoconsola y un par de botellas de coca-cola de dos litros), la pose victimista del aplastado por la infantería administrativa. Y yo, al borde de la esquizofrenia, con la duda perenne de si un tono neutral le dará pie a pensar que lleva razón, o de si poner los puntos sobre las íes aumentará su cabreo e implicará nuevos recursos. A veces hago una cosa, y otras la contraria, pero me temo que el resultado es el mismo.
Estamos unidos. Como Holmes y Moriarty, como Batman y... no, iba a decir el Joker, pero éste se parece más al Sombrerero Loco. Claro que, en este punto de nuestra larga relación, ¿por qué he de ser yo el héroe y él el villano? ¿No puede ser al revés? ¿No necesito yo su presencia para dar sentido a mi tarea?
Comprobará el amable lector o lectora que con este asunto se me está yendo la olla.
El año que viene tenemos señalada nuestra primera vista pública; hasta ahora, por cuestión de la cuantía, todo ha sido escrito. Nos veremos, pues, las caras por vez primera, en un duelo de final incierto, en el que los dos podemos acabar enredados en nuestro común destino, despeñándonos por un precipicio o ahogándonos en la violencia de una cascada. O tal vez luchemos con espada, y ambos nos atravesemos con ella y caigamos de rodillas, el uno sobre el otro, mientras yo le susurro que no puede oponerse a la diligencia de embargo y él, que la deuda está prescrita.
Porque una cosa tengo clara. Al igual que Ruiz Mateos, cuando se encontró con Boyer, le espetó: "¡ven aquí a pelear como un macho!", algo me dice que lo nuestro, llegado ese punto, ya no se podrá resolver con finos quiebros jurídicos. O él o yo nos habremos vuelto lo suficientemente locos para combatir a manos desnudas. O a jamonazos. Si vuelvo ileso, podré continuar con mi vida. Y si no, el mundo deberá arreglárselas sin la cuota impositiva de López-Coromina.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Canción de Navidad.

Me gusta la Navidad. Sí, ya sé lo del consumismo, las falacias de los buenos sentimientos, los programas horrorosos de la televisión, esas reuniones de parientes lejanos en el árbol familiar y más aún en el corazón a los que aplastarías la cabeza con media docena de tabletas de turrón duro atadas con una cuerda -el craneo roto, la sangre salpicándolo todo y tú riendo como loco, ha, ha, ha...-. Pero da igual, y no quiero buscarle explicación. Me gusta el frío, las calles iluminadas, los escaparates, la esperanza falsa de un mundo nuevo, la exposición obscena de los últimos lanzamientos de libros -"¡La edición definitiva y anotadísima de Los Pilares del Terruño!", "¡El tomo segundo de las obras completas de Juan Goytisolo, junto con un anexo especial en el que el autor nos explica por qué está siempre de mala leche!", "¡La última novela de Belén Gopegui, y de regalo un cheque-descuento para sus compras en Tous o Ágatha Ruiz de la Prada!", "¡Los nuevos, de Casoledo, el libro que no debería faltar en el hogar de una familia decente!"-, de discos -"¡El EP de las canciones descartadas del segundo descarte de los temas desechados del álbum de Coldplay!", "¡El último disco de Bumbury, que incluye el manuscrito en el que los auores plagiados manifiestan que se reservan el ejercicio de las acciones legales pertinentes!"-, o esos maravillosos packs especiales de DVD's -"¡Ordet, de Dreyer, y Air Force One por sólo diecisiete euros!", "¡La decimosexta temporada de la serie Doctores sin título de Medicina!", o esos videojuegos para niños que simulan las más diversas profesiones -"¡Imagina ser poeta de la experiencia!", "¡Imagina ser el juez Ferrín Calamita!"-... Me encanta todo ese batiburrillo de proposiciones siempre indecentes. Y es que sólo se puede disfrutar de la navidad por la vía de suspender nuestra capacidad crítica, nuestra mayor o menor madurez y conciencia ciudadana. Pero qué tiene de malo hacerlo, al fin y al cabo no es la única vez a lo largo del año en que nos obligamos a ello.
Hace quince días estaba tomando un café mañanero en Madrid y de repente me di cuenta de que estaba sonando "The Christmas song". Fue la señal de salida. Desde entonces ando dándole vuelta a los regalos, ojeando escaparates de librerías, y escuchando música apropiada para la ocasión.
Pero todo este rollo -hoy no me he tomado la pastilla para la verborrea- tenía como fin proponeros una especie canción de navidad que no se encontrará en ninguno de esos álbumes recopilatorios al uso. Aparece en el disco "Amplified heart", de Everything but the girl. Se titula 25th December y en mi opinión -al menos la de hoy- es una de las canciones más hermosas jamás escritas. Ben Watt y su guitarra cantando esto:
"And I see forests and it's the 25th of December
and my old man plays the piano for Christmas.
He plays the piano for Christmas.

And we're all there, all the aunties and uncles,
and the angel's on the top of the tree.
Up there o the top of the tree.

And I never, no I never ever realised.
And I never, no I never ever realised.

Have I enough time, have I just some time,
to revisit, to go back, to return, to open my mouth again
and say something different this time.

And I see bags of newspaper and a car in the carport,
and you're a grown up and still unsure,
and I'm thirty and I don't know nothing no more.

And I never, no I never ever realised.
And I never, no I never ever realised.

And I'm sitting, sitting on the top of the stairs,
and you're crying out on the towpath by the river
with all the swans and all the people walking by.

And all of a sudden I'm stuck with an urge to unlock a door
with a key that's too big for my hands
and I drop it, and it falls at your feet.

Come on, come on, it's there at your feet.
And I never, no I never ever realised.
And I never, no I never ever realised."
Os recomiendo su escucha (no me preguntéis cómo ni dónde... siempre pierdo todos los pleitos con la SGAE). Os ayudará a pulsar el pause y empezar a cogerle cariño a la Navidad.

lunes, 1 de diciembre de 2008

“Lucy Gayheart”, Willa Cather (Alba).

Quién nos iba a decir que también a esta excelente editorial tendríamos que pedirle de vez en cuando el libro de reclamaciones. De Willa Cather había leído “Mi enemigo mortal”, una visión aterradora de esos momentos en que el amor se trueca en odio ante la cercanía del final de la vida, contada de un modo sutil, distante y jamesiano que causaba impacto en el lector. Esto me llevó a acercarme a sus relatos, aparecidos en la colección Clásica Maior, con su tapa dura y su lujo dorado, y ya entonces me quedé con la sensación de haber oído demasiadas veces la misma música. Lucy Gayheart se abandona al tópico de esas viejas novelas en que un personaje femenino afronta, en su juventud, las primeras pasiones, con sus gravámenes habituales de dudas, frustración y sufrimiento. La diferencia con otros autores más acertados en su tratamiento del asunto es que Willa Cather no acierta en la forma de contarlo: el narrador, de manera desconcertante, parece formar parte del entorno de la protagonista (“La gente de Haverford sigue hablando de Lucy Gayheart. A decir verdad, tampoco es que se hable mucho de ella, porque la vida sigue y nosotros vivimos en el presente”, así comienza el libro), para después, de manera inverosímil, traducir pensamientos y contemplar intimidades no ya sólo de ella, sino también del resto de personajes que conforman el esbozo de historia en que se resume la novela. Ese titubeo del punto de vista, unido a un lenguaje sin relieve, va haciendo cansina la lectura, que tampoco cuenta con los golpes de efecto de Dickens o Collins ni la vivacidad de una Austen o George Elliot. Y, sin embargo, la narración comenzaba con un potente elemento simbólico, en la escena en que, contemplando el cielo nocturno, tras haber patinado con su adusto pretendiente juvenil, Lucy repara en algo que le suscita una extraña identificación: “(...) Había visto aparecer la primera estrella en el cielo, que iba oscureciéndose progresivamente, y el corazón le subió a la garganta. Este punto de luz plateado le hablaba como una señal, de una vida y de unos sentimientos que no pertenecían a aquel lugar. Se sintió abrumada. Se había dirigido a la estrella con un simple pensamiento y ésta le había respondido; se habían reconocido al instante (...) Todo volvió a ser confuso después. Lucy cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Harry para huir de aquello que había estado tan cerca de alcanzar. Era demasiado brillante y demasiado afilado. Dolía, y la hacía sentirse pequeña y perdida”. Esta delicada representación del deseo de ser otro, o de estar en otro lugar, y del estremecimiento que ambos conllevan, se malogra a medida que la novela se va llenando de peripecias anodinas y tragedias fáciles con que hacerla avanzar. Tan sólo en ocasiones revive el talento de la autora para expresar lo inexpresable (“algo hermoso y sereno pasó del corazón de Sebastian al de Lucy: sabiduría y tristeza”, “la música no dejaba de evocarle sentimientos que experimentaba en el estudio de Sebastian: la creencia en un mundo invisible e inviolable”) e indagar en el amor como forma de conocimiento, hacia el cual el ser amado se convierte en “la puerta y el camino”.

Uno tiene, pues, la impresión de que fue una idea la que dio pie a esta obra. Pero ese primer impulso necesitaba compaginarse con el medio elegido para desarrollarla o transmitirla; no eran en este caso el ensayo o el poema (aunque podrían haberlo sido), sino una narración que, por muy difusos que resulten los márgenes en que puede delimitarse el término, precisa de un rigor y una intensidad ausentes en esta novela tópica de desamores y muertes estrepitosas.

Rembrandt en el Museo del Prado. Merece la pena.

Sí, aunque debamos darnos codazos con la gente y desarrollar oscuras tácticas para acercarnos a un cuadro. Aunque tengamos la tentación de taparnos los oídos por esa incomprensible costumbre hispánica de vocear en un museo como en un campo de fútbol (sólo les falta el uuuuy!! en caso de que estimasen que algún propósito artístico de las obras no ha sido conseguido por muy poquito). Aunque nuestro orgullo de culturetas pedantes se encuentre más a gusto en la galería recóndita, el local underground o la performance gallináceo-sexual. Aunque todo esté ya dicho.

Es que Rembrandt era muy bueno. Merece la pena contemplar esas pinturas extraordinarias que constituyen una especie de metáfora del mejor arte narrativo: un miasma de oscuridad en el que de repente hay un estallido de luz que nos descubre una escena —y parece sorprender tanto al espectador como a sus protagonistas— que cuenta mucho más de lo que simplemente podemos ver —gestos atrapados en un instante—; o ese personaje huraño o divertido, el propio pintor, que a veces nos interpela, construido con una técnica en apariencia confusa y una paleta de marrones como la de la tierra y la carne.

Volver a los clásicos tiene algo de esa nostalgia por la seguridad familiar que sufre el que pasa mucho de su vida fuera. Lo que no quiere decir que todo sea previsible, siempre hay algún matiz diferente o alguna sorpresa. En el caso de esta exposición, he escogido un cuadro para llevarme a casa en mi próxima visita al museo —no digan las autoridades competentes que no les he advertido—:




Os invito a ir y elegir el vuestro.

El miedo (anexo a la entrada precedente).

Mañana de cuatro juicios. En uno de ellos testificaba un bombero por un asunto de tasas municipales. Antes estuvimos hablando un rato y me contó lo siguiente: hace poco recibieron una llamada a propósito de una mujer que se había caído por la ventana desde un décimo piso. Afortunadamente impactó en uno de los salientes de la fachada y fue a parar a la terraza del séptimo o el sexto. Gracias a eso salvó la vida. Pero tuvieron que presentarse para sacarla de allí porque no había nadie en la vivienda en cuestión y no podía moverse. Su marido estaba tratando de descender en su ayuda (?) con una cuerda. Los bomberos tiraron la puerta de la casa y llegaron hasta ella. El marido se mostró dicharachero, tratando de quitarle importancia al "susto", que había sido motivado por un tropezón mientras la accidentada buscaba a su gato. Pero algo no cuadraba. Durante todo el rato la mujer permanecía abrazada a un bombero, en estado de shock, y ni siquiera miraba a su pareja. Rodeada de personal del Cuerpo y de un par de Guardias Civiles, se limitó a asegurar que se había caído. "Tienes que tener cuidado, ya sabes lo que pasó la última vez", le dijo el marido. Una frase demasiado ambigua para la ocasión. Entonces el que me contó la historia se acercó a ella y le susurró que camino del hospital iría sola con un Guardia Civil en la ambulancia, por si tenía que explicarle algo más. Y finalmente lo hizo.
Una mujer amparada por media docena de miembros de la seguridad del Estado no se atreve a contar que su marido la arrojado por la ventana, en presencia de él. Eso es el miedo. Hay que sufrir algo así para alcanzar a entenderlo. Merece comprensión y respeto. Al mismo tiempo que se intenta por todos los medios que traten de superarlo. Me gustaría que todas esas cabezas pensantes -si la caspa les permite pensar- que imputan cierto masoquismo a las mujeres a las que les cuesta denunciar hiciesen todos los días unas horitas de ronda con quienes viven el problema en primera línea. Tal vez entonces nos pondríamos todos de acuerdo y las cosas empezarían a mejorar.
Descansen en paz las víctimas de hoy, uno de diciembre.