viernes, 31 de octubre de 2008

Los desastres de la guerra de Nancy Spero

Una de las mejores exposiciones que he visto en mucho tiempo. Cómo es que no conocíamos a esta artista, comentábamos (Nuri y yo). La verdad es que si me paro a pensar en mis lagunas y mi ignorancia sobre ciertos temas, seguramente iniciaría una vida de depravación: me haría peñista de algún equipo de fútbol, participaría en la organización de las fiestas patronales y me dedicaría a echar barriga, tomar carajillos y hacer quinielas (bueno, a lo de echar barriga ya me estoy dedicando, la verdad).

Está en el Reina Sofía, y aconsejo a todo el mundo acercarse a verla. De acuerdo con esa curiosa afición de la prensa cultural por la entomología, estaríamos ante una creadora feminista. La etiqueta, tan molesta como ésas de los libros que tanto cuesta quitar y que dejan un rastro gomoso en la contraportada, carece de sentido; salvo que se quiera entender como feminista cualquier expresión intelectual que deje constancia de que la violencia, desde el inicio de los tiempos, ha sido principalmente cosa de hombres, y que en cuanto se desata, escoge a las mujeres como primeras y a menudo principales víctimas. Quizá resulta incómodo que nos recuerden que el cuerpo femenino ha sido y sigue siendo objeto de expolio. Para reflexionar sobre todo ello la artista recurre a pinceladas simples y bruscas como una agresión, torbellinos de sangre en los que puede entreverse un vehículo de guerra o un cañón-falo y numerosas cabezas agonizantes —las ‘víctimas’ siempre aterradoras e indistinguibles— que salen disparadas por una explosión o una riada, o que simplemente se exponen a modo de trofeos de los vencedores.

Algunas salas estaban dedicadas a collages elaborados con noticias sobre las torturas de diversos regímenes dictatoriales —parece que en otros países sí que existe memoria histórica, en el nuestro todos hemos sido más o menos malos y es mejor olvidar—, entre los que resultaba impactante la serie realizada sobre una fotografía del asesinato de una mujer judía encontrada a un miembro de la Gestapo. Todo ello, sin embargo, es compatible con una técnica en la que también están presentes la armonía y la belleza –sobre todo en las obras realizadas mediante impresión en la pared-, lo que ayuda a la efectividad del efecto sobrecogedor de su contemplación. Algo con lo que me identifico de cara a un proyecto narrativo que tengo pensado para dentro de unos años (habrá otras cosas antes), gracias a ese margen de libertad y fantasía que te concede el anonimato y el cruel rechazo del mundo (oh!).

jueves, 30 de octubre de 2008

Meetings with Morrissey, de Len Brown (Omnibus Press)

Nada nuevo ofrece este libro de encuentros y desencuentros con Moz a lo largo de la carrera periodística del autor. Tampoco es un mal trabajo, pues lejos de tratarse del típico rastreo vital de sensacionalismos se centra en la evolución de Morrissey desde los Smiths, a través de esas entrevistas o pequeños diálogos que pudo mantener con él, y del análisis de sus discos y las noticias que iban apareciendo entretanto. Len Brown trabajó durante unos cuantos años en el NME, persistente antagonista del entrevistado, lo que complicó su relación en bastantes ocasiones –aunque el periodista no es demasiado explícito en este punto, imagino que por no arrojar piedras contra la mano que le dio de comer-, pero la imagen del artista que nos presenta parece bastante ecuánime y verosímil. Uno de los capítulos más interesantes del libro es aquel en el que se dedica a analizar la influencia de Wilde en Morrissey, especialmente en su etapa en solitario, la que, quizá por pereza, solemos considerar menos abundante en referencias literarias. A través de este pequeño ensayo vemos que no es así, y que ese mundo iconográfico de variados orígenes que tanta fascinación producía en los ochenta continúa presente. También llega a comparar, aunque con cierto pudor, el ‘exilio‘ americano de Moz –y posteriormente italiano... y ahora no se sabe- con la reclusión en Reading de Wilde, lo que sólo puede admitirse a efectos metafóricos, claro, pero no deja de ser brillante.

También incide en algo que todos los que lo seguimos podemos imaginarnos bastante bien: el trauma que le supuso el juicio contra Joyce y Rourke, baterista y bajista respectivamente de The Smiths, lo que el autor hace coincidir con un declive artístico que no todos los mozmaníacos reconocemos. Hace poco vi un documental no autorizado en el que varios periodistas y músicos que habían tenido contacto con él analizaban su carrera, y me llamó la atención el hecho de que uno de ellos afirmase que “Southpaw Grammar” –tradicionalmente su peor álbum- iba a ser comprendido quince años después. Pues bien, tan sólo han sido necesarios diez, porque ya se ha anunciado su reedición -con tres temas nuevos-, que dará la oportunidad a muchos de los que lo han conocido a través de You are the quarry y Ringleader of the tormentors de apreciar lo realmente bueno que era antes y lo mucho desmerecen estos dos últimos discos en comparación con los anteriores. Y es que los distingue, en mi opinión, el hecho de que tres o cuatro temas mantienen el nivel de escritura y composición de otros tiempos, mientras que el resto, sencillamente, se desploman. Así sucedía en el último álbum, canciones como “The father who must be killed” o “On the street I ran” serían caras B de viejos singles, pero lo peor es que reunidas en un mismo CD suenan repetitivas y vulgares, algo a lo que no nos tenía acostumbrados Morrissey. Nada que ver, por ejemplo, con los temas “de relleno”, si podían denominarse así, de “Viva Hate” o incluso del incomprendido “Kill Uncle”. De vez en cuando aparecen momentos que pueden situarse entre lo mejor de su trayectoria –“Dear God please help me”, “Iris Blood, English heart”, “Let me kiss you”- pero por lo general se limita a machacar una misma fórmula: esa producción sobrecargada, esa voz a la que sobran volumen y engolamiento... Los últimos singles, “That’s how people grow up” y “All you need is me” serían excepcionales sino los hubiésemos escuchado ya en “Ringleader...”. En directo, sin embargo, cada día se muestra con más fuerza y carisma, superando su timidez a base de chulería y boutades divertidísimas. Y es que ésa es la lástima, que continúa siendo un artista admirable al que acompaña cada vez menos el ángel de las buenas canciones. Una de las cosas más apreciables de esta etapa suya es el sentido del humor, que ha copado las portadas de los discos cuando antes lo hacía el fetichismo fotográfico atormentado. Al parecer, la de "Years of refusal" podría ser ésta:




Los temas del 'Refusal' que se van adelantando van desde más de lo mismo ('Something is squeezing my skull") a lo prometedor (sobre todo "Mama, lay softly on the river bed", pero también "I'm throwing my arms around Paris"). En cualquier caso, aquí estaremos esperando.

domingo, 26 de octubre de 2008

Everyday is like Sunday

Después de una semana bastante dura de trabajo remunerado y no remunerado, llega el maravilloso domingo. Leemos la prensa atrasada disfrutando un poco del sol de la terraza y escuchando algo de música. Hoy son Belle & Sebastian, Aimee Mann y Lykke Li, aunque normalmente suele ser Blossom Dearie la acompañante ideal de estas mañanas. Los suplementos culturales, viejos amigos con los que a menudo me enfado en cuanto tales, me descubren esta vez a Edmund Wilson, y me apunto un par de exposiciones en el IVAM y en La Casa Encendida. A la hora en que escribo esta entrada veo en la tele una entrevista a la maravillosa Cristina Fernández Cubas con motivo de la publicación de su libro de cuentos.
Pero como "todos los días son silenciosos y grises", ando algo resfriado, y Nuria me dice que me tome la pastilla amarilla, aunque ayer la probé y no me hace demasiado efecto. Cuando estuvimos en Tokio fue ella la que se resfrió, y buscando en internet vimos que todos los viajeros españoles que habían estado en Japón había acudido en algún momento a unas pastillas milagrosas en la curación de catarros. Así que nos acercamos a una farmacia y pudimos conseguirlas en uno de esos ejercicios de comunicación con los nipones que tiene algo de juego surrealista -lo de que todos hablan inglés es una leyenda urbana-. Se vendía sin receta, en un frasco encantador, como los de antes -aquéllos que buscaba sin éxito Juan Benet, según cuenta Francisco García Pérez en su ensayo biográfico-, y en el prospecto aparece un dibujito de un tío que tose, otro que estornuda y otro que se lleva la mano a la garganta. No cabía duda de que, al menos, no iba a matarnos. El caso es que a ella le funciona perfectamente, y a mí no del todo, por lo que me siento en cierto modo discriminado. Así que anoche, a las cuatro de la mañana, recurrí al Frenadol de toda la vida y con eso voy tirando. De todos modos tengo que llevarle unas cuantas pastillas amarillas a mi madre, otra gran defensora de la automedicación masiva e indiscriminada.
La novela está ya maquetada y tan sólo faltan los trámites de obtención del ISBN y demás. Me ha asustado un poco el precio -alrededor de veintinueve euros, por causa de las cuatrocientas noventa y cuatro páginas en que se queda-, pero como a fin de cuentas esperaba tener menos cinco lectores, ahora se convertirán en menos quince. Me preocupa un poco más el hecho de que me va a resultar bastante cara mi modesta distribución casera a las revistas, autores, críticos y librerías con los que quería compartirla. No obstante, en tiempos de crisis es cuando precisamente hay que aplicarse esa frase de Oscar Wilde que dice: un caballero no debe preocuparse jamás por el estado de su cuenta corriente. Al menos hasta que lleguen del juzgado para llevarse la tele, añadiría yo.
Esta semana, además de una exposición estupenda -Nancy Spero- de la que hablaré mañana, vimos la película 'Orlando' de Sally Potter, sobre el texto de Virginia Woolf. Tiene imágenes de una belleza cada vez más difícil de encontrar en el cine, pero el guionista parecía estar bajo los efectos del Frenadol y la pastilla amarilla juntos.

domingo, 19 de octubre de 2008

A. S. Byatt entre alcanfor.

Soy uno de esos lectores a los que les duele sobremanera abandonar la lectura de un libro. Tal vez porque la experiencia nos dice que en ocasiones hay que confiar y seguir un poquito más allá, donde tras un yermo de páginas secas acabaremos encontrando la tierra prometida, o por mero rechazo a ese elocuente criterio moderno de ‘si no me engancha en las primeras páginas, lo dejo’ con el que se alude únicamente al siempre limitado aspecto de la trama, como si todas las novelas hubiesen de tenerla y, más aún, con la obligación de que presente hechuras de intriga policial, enigma histórico o peripecia sobrenatural, todo ello, por supuesto, con un avanzar rápido y en frase sencilla. Bien al contrario, me interesan mucho las novelas retadoras desde cualquier punto de vista, ya sea su estructura, el uso del lenguaje, su sentido expansivo y medio oculto, etc. En el caso de 'La virgen en el jardín', ya que conocía otras obras de la autora, esperaba ya encontrarme con el párrafo moroso, una riqueza verbal extraordinaria y una historia vaga que transcurriría en un ambiente culto, abundante en referencias literarias, históricas y sobrentendidos de la vida universitaria inglesa que seguramente se me escaparían. En los relatos me había parecido una escritora excelente, y recuerdo con agrado 'La mujer que silba', último tomo de la tetralogía de Frederica Potter del que esta reciente publicación en España constituye su primera parte.
Pues no puedo más. Lo dejo. La riqueza en el lenguaje debe tener algún fin aparte de su mera exhibición, especialmente en párrafos descriptivos como el que sigue:
"La habitación de la señorita Wells era una estancia minúscula, decorada y transitoria. Librerías victorianas negras, con molduras góticas cortadas a máquina como las que arruinaron al joven Alfred Tennyson, encerraban una colección de objetos heterogéneos. Candeleros de cristal tallado, un bote para té de hojalata con rosas Gloire de Dijon pintadas, acericos de seda japonesa, un florero cónico de latón de Benarés con dos plumas de pavo real, tres galleteros (vidrio cilíndrico, porcelana con flores y mimbre, barril de madera con asa de latón), una bolsa de costura de cuero florentino, tijeras con un mango esmaltado que representaba una grulla, una taza Spode..."
Aún faltan unas cuantas líneas. Y en caso todas las páginas hay algo así, algo que no nos dice nada de los personajes, sino del amplio conocimiento decorativo de la autora. Hay un barroquismo verbal muy propio de ciertos autores de prestigio -en España, Cela- tras el que se esconde la nada, y aunque no creo que ése sea el caso de A. S. Byatt, de la que he apreciado otras cosas, desde luego que en esta novela, quizá primeriza, se acerca bastante a ello. Tampoco existen personajes de interés -o con vida, al menos-, ni un propósito simbólico que pudiese iluminarnos o un retrato histórico que tratase de instruirnos. Es la novela de una autora insegura que se esfuerza por mostrar todas sus capacidades intelectuales más que específicamente narrativas. Recuerdo aquel relato, 'Naturaleza muerta', que ya comenté en el blog, y en él los textos descriptivos tenían un evidente propósito: el de ocultar con un muro de palabras de exquisita precisión aquello de lo que precisamente no se hablaba, y que era lo sustancial de la historia. Sin ese sentido último, el abuso de la enumeración -listados inacabables de muebles, ropas, colores y texturas- nos remite a usos literarios obsoletos en estos tiempos de lectores estragados por lo visual, y necesitados en cambio -pienso yo- de reflexión estética y profundidad. Iris Murdoch lo entendió muy bien mucho antes de la fecha de publicación de esta novela fallida, y más aún los maestros y maestras de la narración 'intimista' como Austen, James, Wilkie Collins o las Brönte.
En fin, que lo dejo -ya ve el amable lector la parrafada que me cuesta tomar esa decisión-, así que ahora disfrutaré escogiendo el siguiente plato, aunque antes procuraré colocar este tomo en un lugar de las estanterías desde donde no pueda mirarme con malos ojos (dicen los tratadistas que a mi edad es tolerable una cierta neurosis).

Warhol en la Hayward Gallery. ¿Han pasado ya los quince minutos?

'Otras voces, otros ámbitos' es el título 'capotiano' con el que se han reunido algunos trabajos de Warhol en la Hayward Gallery, desde las portadas de discos o revistas a las famosas serigrafías, fotos y sobre todo, vídeos. La verdad es que ha sido muy entretenida, aunque sólo sea por el cotilleo de caras famosas de la época. La obra en sí me parece que va perdiendo con el paso de los años y acabará quedándose en curiosidad histórica, marca definidora de una corriente u oportuno filón para el merchandising. Aun así disfrutamos con algunas proyecciones, como una visita de un jovencísimo Bowie -creo que el de la época de Hunky Dory- a la Factory, a diversos programas de televisión por cable que produjo y por donde pasaban artistas, diseñadores de moda y celebridades diversas. Estuve viendo una entrevista bastante divertida a Paloma Picasso en la que contaba que su padre nunca llegó a hablar en inglés, pero sin embargo era un experto en vocalizar o verbalizar sonidos que se asemejaban notablemente a ese idioma, de forma que muchas de las figuras de entonces afirmaban haber mantenido interesantes conversaciones en inglés con Picasso, y en realidad no había sido así. Me reí especialmente porque en el plató estaba Georgia O'Keefe y acababa de decir que siempre había congeniado bien con él, y por la cara que puso al oír aquello me temo que era una más de las que supuestamente había hablado con él en la lengua de la Pérfida Albión.
En una sala proyectaban simultáneamente, a través de diversos paneles, buena parte de la obra cinemagtográfica de Warhol, incluidas algunas filmaciones poco conocidas y entre ellas una jam session hipnótica, por decirlo finamente, o fumeta, siendo más basto, de la Velvet Underground y Nico. Más de una hora de guitarreo repetitivo que finaliza cuando entra la policía por las quejas de los vecinos. Genial. Nico tocaba la pandereta con aire ausente y trataba de distraer a su niña pequeña, que jugaba en el suelo. La cámara permanecía fija, como si participase de la secuencia monótona de la música, y a veces se apagaba y despertaba de repente acercándose a los ojos impresionantes de Nico.
Está claro que Warhol marcó una época, que su trabajo no está exento de innovación y sentido y que supo relacionarse extraordinariamente. La pregunta que debemos hacernos es si su obra continúa vigente como la de Capote o si sus quince minutos, ampliamente prorrogados, ya han transcurrido.

sábado, 18 de octubre de 2008

Bacon en la Tate (algo más que desasosiego) y algunos otros.

La otra gran exposición de la temporada en Londres es sin duda la dedicada a Francis Bacon en la Tate, de mayor calado que la de Rothko, y que nos permitió profundizar en un artista que va más allá de su habitual presentación como un eficaz estudioso de la angustia contemporánea. Lo cierto es que la contemplación de una parte extensa de su obra nos muestra a un pintor de variados registros, siempre riguroso en la técnica e incansablemente experimental. Y uno de esos artistas que, por encima de las virtudes de su medio de expresión, nos ofrece una visión personal, conmovedora y demasiado verosímil de nuestro mundo. Valga como ejemplo este de la izquierda, Head VI, que bien podría haberse titulado "Conferencia Episcopal Española". Impresionantes resultaron sus trípticos dedicados a George Dyer, y de especial interés algunos cuadros con los que intentaba explorar nuevos territorios, alejándose de las figuras humanas de personalidad torturada, para profundizar en el uso del color y en el acercamiento a la naturaleza.



Por cierto, en una sala de la Tate Modern dedicada a adquisiciones más recientes encontramos algunos cuadros que por una u otra razón nos causaron bastante impacto, éste, de Chris Ofili, No woman no cry, ganador en su día del Turner y relacionado con un crimen racial -en cada una de las lágrimas aparece la imagen de la víctima-, este otro, de Ellen Gallagher, o Overnight, de Michael Raedecker, inquietante en su aparente sencillez. Y a mí particularmente me impresionaron los retratos de Meredith Framptom, una especie de Sargent contemporánea en lo que al manejo de la sugerencia se refiere.


Pero, ya que he mencionado el Turner, también visitamos la exposición de los aspirantes de este año, y la que escogeríamos sin duda es una instalación visual de Runa Islam deliciosamente subversiva, en la que una mujer va contemplando con detenimiento pero sin mostrar emoción alguna las piezas de la típica vajilla de boda y una a una las va dejando caer al suelo con movimientos que en ocasiones te ponen al límite de la tensión mientras esperas el definitivo que provoque el crash.


Y ahora -redoble de tambores-, la última de Martin Creed. Cuando entramos en el museo nos llamó la atención el hecho de que se cruzase con nosotros una chica en ropa de deporte, con una de ellas mallas tobilleras Nike, top aerodinámico y zapatillas galácticas. Hombre, no es que hoy en día haya que acudir a los museos en corbata ni mucho menos, pero aquello parecía excesivo, máxime cuando estaba tomando resuello y bebiendo una botella de agua. Lo que ocurría es que no era una visitante, sino una obra de arte. Martin Creed ha puesto a correr a una serie de personas a paso de follao cada treinta segundos en una de las galerías más imponentes del museo, de forma que es fácil e incluso peligroso tropezarte con ellas y provocan en el espectador estupefacción y un sano cachondeo, que es de lo que se trata. No voy a entrar en la vieja discusión sobre lo que es y no es arte, en modo alguno considero que deban acotarse las formas de expresión -si se trata de eso-, lo que sí necesito que me suscite la obra artística es una impresión estética o emocional diferente a la de los objetos cotidianos que a menudo son su fundamento. Me temo que del sempiterno error a que conduce plantear ese debate se nutren ejemplares humanos como el tal Creed, así que mejor evitarlo. Quizá baste con distinguir entre arte y especulación monetaria, entre artistas e instrumentos de aquélla. El estímulo intelectual del que nació esta Work nº 850 fue, según las propias manifestaciones de su creador, una ocasión en que, acompañado por unos amigos, tuvo que salir pitando de un museo que estaba a punto de cerrar. Y remata: "creo que es buena idea contemplar los museos muy deprisa, eso me deja tiempo para otras cosas". Así que uno no ha perdido la esperanza de que el señor Creed aproveche ese tiempo libre para pensar. Aquí dejo una imagen de esta obra llamada a abrir nuevos caminos en el mundo del arte, el deporte y la economía.





jueves, 16 de octubre de 2008

Cuentos competos de Fernández Cubas. Mitomanías.

A cierta edad y con la profesión que me paga los cereales mañaneros uno debería ser un tipo caústico, de vuelta de todo, con mucho mireusté en la boca y esa especie de escepticismo existencial de los que necesitan hacer creer a los demás que todo es una porquería para poder llevarse la pasta con mayor confianza.
Y mira que lo intento, pero me pierde mi mitomanía. En la Feria del Libro del año pasado fue ver a Luis Magrinyà en el stand de Alba y salir pitando a buscar un libro suyo para que me lo firmase, aunque el hombre no estaba allí en tales funciones. Lo mismo me ocurre con Mr. Marías, si bien en este caso se procura mantener la máxima distancia, que son muchos los artículos de que hemos leído y conocemos el percal y, vaya, no es cuestión de provocar. Lo mismo me ocurrió con la primera novela de Belén Gopegui, hace muchos años, en Oviedo, o con Landero (aunque en esa ocasión hubo un cierto mosqueo, porque me temo que los ojos se le iban hacia mi dulce esposa, qué peligro tiene, el guitarrista) o Guelbenzu. Pero si guardo un buen recuerdo del trato directo con un autor es el de Cristina Fernández Cubas. Excelente noticia la publicación de todos sus cuentos reunidos en un solo volumen. Con los años se ha convertido en una especie de clásico secreto, y en estos tiempos es admirable su habilidad para seguir estando presente por medio únicamente de sus libros. En persona me pareció un encanto, y tanto Nuria como yo quedamos maravillados por esos ojos de niña misteriosa, como uno de sus personajes que se hubiese escapado del libro. Aunque tengo buena parte de sus relatos en volúmenes dispersos, pienso leer este tomo (después de A. S. Byatt, quizás) con la seguridad de que va a proporcionarme muy buenos momentos. Me identifico con ella en su admiración por el cuento fantástico clásico, y la reconozco como una inspiración para lo que ahora mismo estoy haciendo (mi tomillo o tomazo, porque será largo, de relatos y novelas cortas, culpable de las ojeras de este año y seguramente del que viene).
No obstante, trataré de seguir con la terapia y convertirme definitivamente en un hombre de provecho. Mire usté.

martes, 14 de octubre de 2008

Paradojas de color rojo en la Tate Modern

El must de la temporada artística londinense es la exposición que reúne en la Tate Modern algunas de las últimas series de Rothko con un criterio must o menos razonable o justificado mediante el que se interpreta la voluntad del artista sobre la disposición final, a modo de diferentes Rothko Rooms, de una serie de obras dispersas. Todo sea por el impacto de la exposición; show must go on, por seguir con la palabreja.
Acudió una verdadera multitud en la que pudo apreciarse de todo, desde la sinceridad en el disfrute de los cuadros y su comentario, hasta los éxtasis místicos con levitaciones incluidas que ocasionaron varias abolladuras en el cielorraso de las salas. Ironías aparte, hay algo que merece un aplauso en este tipo de eventos, y es que pese al marchandising, los clichés y su naturaleza de acto más social que artístico en muchos de los casos, al final las obras están ahí, tal como fueron concebidas –al menos en su individualidad- y a libre disposición del espectador, que puede optar por admirarlas sin más o recurrir a cuantas intermediaciones estime oportuno –libros, audioguías, folletos, visitas dirigidas, etc-. No ocurre así con otras facetas del arte, en las que a menudo se hacen adaptaciones de clásicos -del cine, la música o la literatura- modificando aspectos tan básicos como sus medios expresivos con el fin hacerlas teóricamente más asequibles para un público al que se presume idiota, como si con ese moldeado, glaseado, encurtido, amputación o rebanado no se perdiese nada del sentido último de la obra. Los museos actuales parecen a menudo una feria, sí, pero los cuadros están frente a nosotros y es posible abstraerse de todo y contemplarlos.

En este caso, para facilitar la tarea, al parecer, se incluían una serie de paneles en los que se reflejaban las pinturas sometidas a rayos ultravioleta, de forma que se pusiese de manifiesto la sutileza de las variaciones cromáticas. Uno no podía evitar la sensación de encontrarse frente a la habitual excusa teorética con la que se trata de ‘completar’ el sentido de una obra que se muestra excesivamente oscura frente al gran público, pero aun así sigo pensando que merece la pena cualquier esfuerzo por acercar el arte a la gente, siempre que el mismo recaiga sobre quien debe hacerlo: los divulgadores, los gestores culturales, y no sobre el artista. En el ámbito de la narrativa ser escucha a menudo esa falacia tan divertida de “he hecho un gran esfuerzo por depurar al máximo el lenguaje y hacerlo más simple”, pero cualquiera que escriba sabe perfectamente que, con independencia del trabajo técnico que se realice sobre la prosa, hay en cada autor un estilo que se ha ido creando con el paso de los años y que en modo alguno responde a una decisión razonada. La frase corta y seca o el párrafo largo y lleno de digresiones son medios igualmente válidos para la creación literaria, lo absurdo es imaginarse a un autor justo antes de escribir la primera palabra meditando si lo va a hacer a lo Proust o a lo Carver. A mí siempre me ha inspirado sospechas ese curioso empeño de algunos narradores por aclarar que aunque su prosa parece simple no lo es, cuando a lo largo de la historia hemos leído libros extraordinarios confeccionados con frases sencillas y pedanterías insoportables de una densidad inútil.

Volviendo a la Tate, es de reconocer que la presentación de los cuadros de Rothko en una sala amplia siguiendo una especie de cadencia de colores provocaba un efecto interesante, así como la variación en la paleta de unas a otras, del rojo al marrón y el negro, fundamentalmente. En todo caso uno no deja de pensar que se trata del típico autor de más valor histórico –dentro de la historia del arte- que verdaderamente artístico. Un pintor de mérito en su momento que recibió una acogida quizá excesiva –momento justo, lugar adecuado- cuyos ecos aún percibimos, si bien en la voz de algunos especialistas y no tanto en las propias obras.

Paradojas de los museos modernos: cambias de planta, te sales del must, y comienzas a pasártelo bien. Nuria comentaba que en cierto modo suponía un fracaso para el museo el hecho de que hubiese un contraste tan grande de público entre la exposición temporal y la permanente. La verdad es que estábamos prácticamente solos, y aunque se nos había hecho un poco tarde pudimos al menos visitarla con más calma que en anteriores ocasiones y disfrutar de cosas como las series The Hotel Room, de Sophie Calle (tengamos cuidado a partir de ahora con el personal artista de los hoteles), The Pack, de Beuys (una furgoneta de la que se desparraman kits de supervivencia y que tiene que ver con un episodio biográfico suyo), y una obra de uno de nuestros favoritos: Let a Thousand Flowers Bloom, de Anselm Kiefer. En esta ocasión las flores muertas, como promesas corrompidas, se entrelazan y arremolinan con la violencia habitual sobre la figura de Mao Tse Tung y nos revelan las entrañas de los ‘líderes carismáticos’. Siempre potente, Kiefer, del que nunca olvidamos aquel cuadro inspirado en el famoso Todesfuge de Celan o sus camas vacías de las “Mujeres de la Revolución” que se han caído de la historia.


Vaya, quién me mandará a mí hojear la prensa. Interrumpo esta entrada para salir un rato a rebozarme en el lodazal de lo cotidiano. Ahora vuelvo.

lunes, 13 de octubre de 2008

Virginia Woolf camino de Oxbridge.

Mientras el mundo económico -o 'el mundo', sin más adjetivos- arde a manos de los modernos nerones, procuramos devolverles el mismo desprecio con que malbaratan nuestras vidas y nos refugiamos en lo único que, mal que nos pese, no está sometido a precio. Pasamos unos días en Londres disfrutando de las exposiciones, las librerías y todo aquello que tenga algo hermoso que ofrecernos. Viajamos en tren a Oxford, y como no puedo llevar conmigo la novela de A. S. Byatt, que pesa demasiado, comienzo a leer por recomendación de Nuria el famoso ensayo de Virginia Woolf, 'Un cuarto propio', que recientemente ella ha terminado. Hasta ahora no me había interesado por la obra ensayística de esta autora, a la que sin embargo consideraba como una maestra narrativa en mi juventud, así que este libro ha supuesto una sorpresa extraordinaria para mí, una de esas experiencias lectoras tan gratificantes como la amistad o el propio viaje. Conocía el tema del ensayo, pero no la ingeniosa forma de abordarlo, mediante un artificio literario tan sutil y malintencionado que lo volvió inapelable en su tiempo, e igualmente lo hace en el nuestro. La ficción como vía marginal para llegar al conocimiento. De qué otro modo podía afrontar un asunto tan audaz para la época. Y así, lo que al principio puede parecer un mecanismo inofensivo -pese a que va puntuando la narración con alusiones directas al tema de fondo: la prohibición para la mujer de acceder a determinados lugares, el trato discriminatorio que se le dispensa en lo cotidiano- acaba por convertirse en la manera más eficaz de exponer su razonamiento, de forma que uno se imagina los rostros entre estupefactos y sobrecogidos de los prebostes académicos que asistían a las conferencias que son origen del libro. El texto, desde el punto de vista literario, en nada desmerece de sus relatos y novelas, si acaso presenta un rasgo que sólo en menor medida se puede hallar en el resto de su producción: el sentido del humor.
En una librería de este Oxford que tan poco se parece ya al Oxbridge de su imaginación -gracias a personas como ella- hojeo un libro de fotografías del grupo de Bloomsbury, entre las que abundan retratos de Virginia Woolf con sus ojos delicadamente tristes y su expresión de inteligencia serena. A su alrededor, una patulea de seres locos, excéntricos y fundamentalmente libres que conservan la misma impresión de frescura intelectual pese a que el tiempo los haya convertido en poco menos que una marca.
Y, a propósito de esto, resulta conmovedora la existencia de ese divertido merchandising literario que abunda en países como Inglaterra y Francia. Puede que haya quien lo considere como algo vulgar, pero a mí me emociona ver mi mundo hecho juguetes. Es señal del aprecio que se le tiene. El hecho de que haya una tienda dedicada a Lewis Carrol, u otra al fetichismo impúdico del libro -en la Bodleian Library-, representa una saludable normalidad para lo literario que no se podría dar en España, donde continúa recluido en el ghetto de los treinta mil lectores que sostienen la edición verdaderamente 'literaria' y sus 'habitaciones propias' donde germinan la soledad y las dioptrías.

martes, 7 de octubre de 2008

‘Santuario’, de Edith Warthon.

Este libro ejemplifica las mejores virtudes de aquello que podríamos llamar ‘novela psicológica’, ‘initimista’ o, al modo de Luis Magrinyà, ‘de la vida privada’. En los últimos tiempos, como ocurre con todo, tales expresiones han perdido cualquier referencia a la notable tradición literaria de la que surgieron y se han convertido en un marchamo válido para toda clase de exudaciones sentimentales. Pero en ella encontramos profundidad, sutileza, trabajo de la voz narrativa y búsqueda de un lugar desde donde contar la historia con la mejor perspectiva para poder comprenderla en todo su alcance y sus matices. Es significativo el hecho de que muchas de las grandes autoras de la historia literaria empleaban un lenguaje analítico y elusivo en sus narraciones, propio tal vez de unas circunstancias sociales en las que escasamente podían permitir que asomase la complejidad de su pensamiento. Quizá en los libros era donde podía mostrarse con plena libertad, aun con la certeza de que simplemente iban a ser considerados como 'historias para mujeres'. El tiempo, sin embargo, las ha puesto en su sitio, y no dejan de tener vigencia en unos tiempos hostiles para la reflexión y el arte como los presentes.
La novela tiene dos partes de una sugerente simetría: en la primera es la protagonista o foco de la narración la que se ve convulsionada en primera persona por los hechos y ha de tomar una decisión que atañe a su conciencia moral. En la segunda, es su propio hijo el que debe hacerlo, pero la madre no se limita a ser en este caso una observadora preocupada por las consecuencias de lo que pueda ocurrir, sino que se ve asimismo implicada de un modo más intenso, puesto que la postura que ella tomó tiempo atrás entra en juego de nuevo y se ve sometida a juicio. En una visión apresurada podría parecer que la autora configura al personaje femenino principal como único poseedor de la virtud frente a la corrupción, o inclinación hacia ella, de los masculinos. Sin embargo no es así, puesto que no se muestra inmune frente a la posibilidad de obtener el éxito por caminos torcidos, lo que en realidad la caracteriza es su capacidad de cuestionar la bondad de sus decisiones, frente a la ligereza con que las adoptan los demás -incluida la prometida de su hijo-. Todo este proceso requiere un lenguaje preciso que refleje, ni más ni menos, lo complicada que es la vida para los que dudan.
El libro tiene también una lectura más específicamente histórica o sociológica, referida a la vieja historia de las mujeres y su 'clímax místico de anulación', irónica manera de decir lo bien conocido: que durante mucho tiempo, y tal vez ahora y seguramente mañana, encontramos en ellas ese 'santuario' simbólico al que acudir en tiempos convulsos en busca de sabiduría y ejemplo.

domingo, 5 de octubre de 2008

Damien Hirst, eficaz pieza del engranaje y luchador de la causa.

Nuria me habla sobre un excelente artículo de Vargas Llosa (por cierto, no estaría de más que se pronunciase ahora sobre el alcance del libre mercado, con la que está cayendo) en el PAÍS acerca del asunto de las subastas en Sotheby's de las obras de Damien Hirst (la caradura de platino, creo que era una de ellas) , el chico de moda de los Young British Artists. Coincidimos en que poco tiene que ver esto con el arte, ciertamente, pero presenta al menos el valor de ser un ejemplo depurado de capitalismo especulativo: se encumbra un objeto, se comercia con él en ese punto, a varios pies del suelo, caen beneficios por aquí y por allá para compradores e intermediarios, y a otra cosa. Da igual que se trate de una supuesta obra de arte (en este caso, más supuesta que nunca), del petróleo, de los bonos de deuda o de los limones. El negocio consiste en generar beneficios mediante la inflación, el control de las opiniones y la creación de mitologías. En realidad esta noticia debería formar parte de la sección de economía. O de la de sucesos.

Rufus Wainwright en la Ciudad de la Luz (ahora, lo que importa).

Comenzó con 'The art teacher', una de las mejores canciones que uno ha podido escuchar en su vida. Apareció antes con un traje espectacular de esos que lleva últimamente, y con ademanes un tanto tímidos. Pero, como dijo al final, su relación con España es una de las cosas más maravillosas que están ocurriendo en su vida, y pronto se fue animando con comentarios divertidísimos sobre nuestro país, su afición por los pastelillos morunos y el jaleo que se hacía con los nombres de las ciudades. Musicalmente estuvo extraordinario, como siempre. Los temas nunca suenan despojados en acústico, porque su voz los arropa y consigue que apenas pierdan matices. Sonaron hermosas y emocionantes "Want", "Rebel Prince", "Grey Gardens", "Not ready to love", y encantadora "Sanssouci", sólo con la guitarra. Hizo dos bises en los que incluyó temas de su primer disco, al que siempre vuelve, como "Danny Boy" y finalizó con "Cigarettes and Chocolate Milk", "Poses" y, cómo no, "Hallelujah". El cariño de la gente lo obligó a salir ese par de veces, pese a que se le notaba algo cansado, sin duda la gira en solitario está siendo larga.
Si hay algo que pueda definir los conciertos de Rufus es la sensación de cercanía y de casi familiaridad que se desarrolla entre el artista y su audiencia. Aparte de escuchar su música, lo que le apetece a la gente es salir de copas y hablar con él o llevárselo a cenar. Y, por otro lado, el propio Rufus no evita comentar con absoluta espontaneidad lo que se le pasa por la cabeza, ya sea referido a su familia, a sus sentimientos o a los errores que puede cometer en la interpretación, por supuesto que siempre con el sentido del humor habitual -y que, en primer lugar, se aplica a sí mismo-. Pero todo ello no sería suficiente si no estuviese auspiciado por un repertorio musical que ya es clásico, y que uno no se cansa de escuchar.
Cuando uno se siente melancólico por el contraste entre los momentos efímeros de belleza y la aburrida, inacabable y burda presión de lo cotidiano... ¡qué mejor que hacer una lista!. Mis diez temas preferidos de Rufus, aunque está difícil:
1.- The art teacher
2.- Going to a town
3.- Tiergarten
4.- Grey gardens
5.- The one you love
6.- Natasha
7.- Go or go ahead
8.-Between my legs
9.-Want
10.- Sanssouci
Toda ellas son como pequeños suplementos vitamínicos que ayudan a sobrellevar el día a día. Hagan la prueba: cuando vean una foto de Carlos Fabra tarareen eso de Tadzio, oh, Tadzio, oh... Puedo asegurarles que se sentirán mejor.

Rufus Wainwright en la Ciudad de la Luz (primero, un gruñido).

Concierto de Rufus Wainwright en uno de los estudios de la Ciudad de la Luz. Unas seiscientas personas, en el mismo día en que asistían, al parecer, cuarenta mil para contemplar los barquitos de la Volvo Ocean Race, que según las previsiones políticas va a suponer setenta millones de euros para la ciudad de Alicante -yo ya estoy haciendo planes y no sé en qué demonios voy a gastar mi parte-. Esto de 'la Vorvo' es uno más de los escándalos financiero-epeculativo-ladrillero-populistas que ofenden a la inteligencia, el buen gusto y la sensibilidad. Han asistido cuarenta mil, sí, a la llamada de la riqueza, el polo náutico, el bocadillo y la cerveza. Pero doscientas sesenta mil, aproximadamente, no han asistido. Así que uno agradecería a los responsables políticos que no hablen de 'mayorías' o de 'lo que quiere el pueblo', que no nos tomen por idiotas, que se forren, que prevariquen, que despilfarren nuestros impuestos, que escupan en las caritas de los niños que acuden a clase en barracones, en los enfermos con cama en los pasillos o en los que simplemente esperan en casa llenos de angustia, que hagan todo eso, sí, pero que no pretendan que les aplaudamos la gracia de esas cifras de beneficios que de ser ciertas convertirían la Comunidad Valenciana en un oasis de prosperidad en tiempos de crisis. Tras el fin de semana de orgía automovilística de hace poco se habló de nuevo de millones y trillones de beneficios para Valencia. A los pocos días, sin embargo, se conoció que en el ámbito del comercio el impacto había sido poco menos que nulo. Qué mayor indicador se necesita. Lo que verdaderamente genera riqueza en una ciudad es el hecho de que esa afluencia de visitas repercuta y se extienda por todo su entramado económico. Y está claro que si los comercios no ven un duro, es que la cosa se ha reducido a cuatro hoteles, cuatro restaurantes y determinadas instalaciones ad hoc. La teoría de que gracias a ello miles de turistas potenciales se planteen viajar a esa ciudad donde se organiza la Formula 1 es una broma. Todos sabemos muy bien qué tipo de turista se acerca por estos pagos y qué es lo que busca. Con sólo una parte del dinero que se ha gastado en estas dos exhibiciones burdas de gomina, gafas de sol y politos con el ribete rojigualda, se podría haber puesto en marcha algún proyecto cultural que generase un turismo de calidad, persistente a lo largo del año, y del que tenemos buenos ejemplos en otros lugares de España con bastantes peores condiciones que la Comunidad Valenciana.
Y todo ello, en tiempos de crisis, y mientras el Gobierno valenciano, día sí y día no, acusa al central de despilfarro, y de 'no tomar medidas'. Medidas, imagino, como las del sainete de impartir Educación de la Ciudadanía en inglés, para que los chavales no sean 'adoctrinados' en la igualdad de género, el respeto a las diferencias, el entendimiento de la sociedad como algo necesariamente plural, etc. Un profesor de filosofía hablando de Derechos Humanos y otro, como el muñeco de un ventrílocuo, traduciendo al inglés sin que los alumnos puedan enterarse de nada -pues de practicar cómo se dice 'hola, quiero dos billetes a Londres' pasan de repente a cuestiones jurídicas de inevitable profundidad-, que al final es de lo que se trata. La historia habrá de juzgarlos algún día, y lo digo con toda solemnidad.
Pues vaya, que se me ha ido la mano, yo quería hablar de un músico talentoso, sofisticado, que nos regaló ayer sensibilidad y belleza, pero a veces es imposible no atender a lo que ocurre al otro lado de los muros que, cada vez más, nos cobijan frente a la marea de vulgaridad que no deja de crecer a nuestro alrededor. En fin, que estuvimos unos seiscientos inadaptados, amargados y raros a los que nos les apeteció compartir el jolgorio popular. Y mereció la pena. Ahora sigo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El autor de 'Beltraffio'.

Los relatos de Henry James son un saco sin fondo. No hay editorial de nuevo cuño que no publique alguno, dados los muchos inéditos en lengua española, le añada una portada bonita y se apunte un buen tanto para introducirse en el mercado. Esto es maravilloso, por un lado, para todos sus lectores, pero también conlleva el riesgo de ofrecer traducciones infumables. No es el caso de la edición de El autor de 'Beltraffio', novela corta en la que aparecen algunos de los temas que obsesionan al autor: las relaciones conflictivas entre el arte y la vida, la inocencia frente a la corrupción -ambas sometidas a la interpretación de unos actores no demasiado fiables, como siempre es magistral la elaboración de una voz que juzga y analiza con menos imparcialidad de lo que quisiera hacernos creer-, representada especialmente por la infancia, esos niños jamesianos siempre sacrificados por los vaivenes crueles de unos adultos incapaces de ver o sentir más allá de lo que les permiten sus miedos... La prosa aparece bien cuidada, y es que la traducción no debió asumir demasiados retos, al tratase de una obra de la primera época (entre Washington Square y Las Bostonianas). No se trata de un libro destacado dentro de su trayectoria, pero sí dentro la ficción que se publica actualmente en cualquier país. Funambulista en su web alguna novedad más para ese año, y recientemente se ha editado 'Guarda y tutela' en El Aleph, que aún no he leído. Carlos Pujol hablaba bien de esta novela en una crítica en no sé qué suplemento cultural, así que en principio merecerá la pena. Si alguna duda me surge es por el hecho de que el propio James la hubiese excluido en su día de la 'Edición de Nueva York'. ¿Estamos legitimados los lectores del futuro para recuperar textos desechados en su día por sus autores? La respuesta ha de ser "sí", aunque sólo sea por gratitud hacia Kakfa y su representación del eterno desasosiego.

Capítulo del 1 de octubre, en el que nuestro héroe, sometido a numerosas exigencias laborales, medita no obstante sobre la dificultad en el arte.

El estrés laboral y la falta de sueño por los vicios creativos le dan a uno un punto de visionario alucinado que no debo desaprovechar para descargar un poco contra la penosa consideración de la obra artística en los medios de prensa de consumo masivo.

Este verano compramos unas cuantas películas con la satisfacción de saber que merecía la pena gastar en ellas unos euros, y el motivo fue que cada vez resulta más inútil ir al cine a ver cualquier estreno cinematográfico avalado por la prensa. La entrada es injustificadamente cara, han laminado las pocas salas con criterio que existían en las ciudades y se hace imprescindible acudir a esos grandes centros comerciales en los que cada vez te sientes más prisionero de algo que no sabes muy bien reconocer. Simplemente miras a un lado y a otro y piensas que las cosas no van bien, como en El show de Truman. Las palomitas, las hordas de adolescentes con look de futbolista multimillonario —ellos— y de acompañante de futbolista multimillonario —ellas—, las franquicias de comida rápida rodeando la sala de cine como las quijadas de un tiburón… Algo va mal, y no sabes explicar el qué, mientras repentinamente te entra hambre y te planteas si entras en Mac Donalds, o si en Planet Hollywood, o Doner Kebab, o la Cantina Mariachi o Los Cien Montaditos. Tal vez decides no optar por ninguno, pero acabarás comprándote unas obleas de neumático roto con salsa de carburador firmadas por Fernando Alonso, con un ticket descuento para adquirir un peluche del Señor Director de la cadena de cines, o dos litros y medio de zumo de impericia con un cucurucho extra-grande de retruécanos fritos, que acompañados por un par de salchichas de puro buey con aroma químico de esparto conforman el menú “Extra-dumb” de la semana. Luego entras y un chico con demasiados años para ir vestido de animador de equipo de voleibol de instituto te aclara: “la sala cinco está a la derecha, después de la cuatro”, y te sientas ante una pantalla descomunal y muy brillante que anuncia con música estridente y dibujos animados cegadores que vas a vivir una grandiosa aventura, aunque la peli trate del viaje de un anciano japonés desde su vivienda a la estafeta de correos. Claro que este tipo de películas es peligroso, porque como a los siete minutos no hayan descerrajado un tiro en la cabeza de alguien es probable que los remedos de futbolistas multimillonarios comiencen a decir en voz alta cosas muy graciosas, para solaz del personal. Y si siguen impacientándose y molestando no tienes a quién avisar, porque el chico del uniforme humillante es el mismo que pone la peli, vende las chucherías, limpia los váteres y pasea con la otra mano los perros de la señora del Señor Director de la cadena de cines. En todo caso, si ha habido suerte, sales del centro comercial, aún deslumbrado por tanta luz y tanto cartel, con el andar lento y un poco balanceante, mirando a ninguna parte, la boca entreabierta y un hilillo de baba cayéndote por el labio inferior, mientras susurras “quero volvé el próximo fin de semana”. Cuando te recuperas descubres, en efecto, que algo no va bien.

Así que a principios de verano compramos unos DVD’s, otros ya los teníamos, y hemos pasado buenos ratos viendo cine en casa. Por ejemplo, a Bergman. ¡Sacrilegio! Ya nadie ve las películas de Bergman. Se ha convertido en un sinónimo tal de elitismo parodiable que en una especie de giro extraño se encuentra cercano al desprestigio, en vez de lo contrario. Y uno se pregunta cómo es posible cuando su obra es todo menos esa colección de artefactos vacuos y pretenciosos con que se la suele dibujar: relatos fantásticos memorables —El Séptimo Sello—, historias de notable exploración intimista como —Un verano con Mónica o Fresas Salvajes—, o fábulas sobre niños atrapados en el lodazal de los adultos —Fanny y Alexander—… Todas estas películas continúan hablando al espectador de hoy con la fuerza vigente de los clásicos.

El problema es que la conversión del arte en producto de consumo masivo, ligado al propósito de obtener una rentabilidad, ha acabado por desvirtuar completamente su carácter y su propósito. No es necesario hacer un repaso de la situación, basta fijarse en uno de los últimos ejemplos que nos ofrece la prensa diaria. La película 'Tiro en la cabeza', de Jaime Rosales. Resulta que al buen hombre se le ha ocurrido tomar distancia con respecto a lo filma -y contempla el espectador- hasta el punto de hacer inaudibles los diálogos. Ha estimado que es la mejor forma de acercarse a unos hechos que en este caso tienen desgraciado fundamento en la realidad. Ignoro si tal elección habrá servido para hacer una buena película. Pero lo que me parece un síntoma preocupante de ignorancia, prejuicio y catetismo por parte de la opinión pública es el hecho de que el director haya tenido que justificarse una y otra vez, y que las críticas y reseñas se centren exclusivamente en esa cuestión, hasta el punto de que en vez de por su título acabará conociéndose como 'la peli que no se oye'. Lo que considero valioso, en cambio, es que un creador haya reflexionado sobre las herramientas con las que trabaja antes de ponerse a 'contar'. Porque este mera acción suele conllevar decisiones diferentes y arriesgadas, ya que no se limita al camino conocido y a menudo impuesto por convencionalismos de los que ni siquiera llegamos a ser conscientes. Cuestión distinta es que la opción resulte gratuita o contribuya a generar sentido, realidad, impacto, belleza, ruptura, conocimiento o lo que sea que pueda esperarse de una obra de arte. El monólogo interior en Faulkner, la visión fragmentaria en Virginia Woolf o la corriente de conciencia en Proust se hallan imbricados con sus personajes y lo que piensan o dicen, independientemente de que haya propiamente una historia, de manera que uno no puede imaginarse ambos aspectos transmitidos de diferente modo. En este mundo nuestro todo ha sido ya dicho y escrito, no hay intriga capaz de sorprendernos, ni mecanismo argumental que, en realidad, suponga una gran sorpresa. La clave está en la forma y la visión del mundo del creador. Es cierto que abundan los bluffs, esas obras que no viven si no van acompañadas de una elaboración crítica que las complete, pero muchas más son las previsibles, que tan sólo buscan satisfacer a una determinada franja de mercado conformando un círculo vicioso en el que entontecen a la gente mientras se justifican diciendo que es lo que quieren.
De ahí que, a la espera del ver la película, no quepa sino aplaudir la libertad de un creador cuyas declaraciones, por cierto, no carecen de mérito. Sobre todo cuando afirma que pretende llegar a todo el mundo, que el gran arte siempre ha sido popular. Parece una boutade irreverente en una sociedad como la nuestra, que se siente retada u ofendida en su orgullo en cuanto algún artista se sale del tiesto, pero esas palabras tienen más importancia de lo que parece. Nos está diciendo que es precisamente el público quien debe hacer un esfuerzo por acercarse a su creatividad. Y no es poco, cuando la gran mayoría de los cineastas, escritores y músicos buscan complacer a toda costa al llamado 'gusto medio' (que no deja de ser un marchamo publicitario, en realidad la gente es mucho más variada de lo que se nos quiere vender): novelas históricas con enigmas de serie B, películas que se limitan a encadenar efectos o escenas sensacionalistas, 'microrrelatos' (esas repetitivas pildorillas de ingenio barato, en su mayor parte) para leer en el metro, porque se supone que ya no queda tiempo para más...
Pero todo esto se va a acabar. Esta noche subiré al monte con un puñado de best-sellers y realizaré un conjuro. Mañana, a eso de las doce, regresaré con los volúmenes debajo del brazo y los colocaré de nuevo en las librerías. Los fantasmas de Juan Benet y Miguel Espinosa los habrán reescrito. Luego continuaré con las películas, y después... se admiten propuestas.