sábado, 27 de septiembre de 2008

Woody Allen pone el piloto automático. Hal Hartley y el misterio de la creación.

Uno tiende a ser comprensivo y amable con quien tantos buenos ratos le ha proporcionado. Así que la próxima vez que vea la estatua de Woody Allen en Oviedo le daré un codazo, le guiñaré el ojo y le diré "qué bien te lo has pasado en Barcelona, puñetero...". Porque si uno se pone serio con su última película, es para hacer astillas. La única crítica realmente honesta que he leído es la de Cahiers Du Cinema, que pone el acento en algo que como un aromilla pestilente no deja de incomodarnos a lo largo de toda la proyección: "Con motivo del rodaje de Mogambo, John ford reconoció que había aceptado el encargo para poder pasar un tranquilo mes de vacaciones en Africa. Woody Allen podría suscribir la proclama fordiana y convertir Vicky Cristina Barcelona en su Mogambo particular". Seguramente este título será uno de los que peor acomodo tengan en la filmografía del cineasta. Normalmente incluso sus películas más flojas te daban algo, aunque fuese un chispazo de ironía por la consciencia de estar navengando entre tópicos, o una muestra de artesanía ejemplar cuando se acercaba a un género muy concreto ('El sueño de Cassandra', la encantadora 'Todos dicen I love you'...). Lo más bondadoso que podemos decir de su peripecia española es que se ha quitado de encima la tarea. Y que de momento seguiremos esperando su próximo proyecto.
Para compensar, vemos 'Henry Fool', quizá el canto de cisne de Hal Hartley, uno de esos autores que parecen eternizarse en su condición de promesas. En esta película divertida y, como todas las suyas, incoherente y extraña, trata el asunto de la creación literaria, fácilmente extrapolable a cualquier otra rama del arte. Tiene una de las escenas con las que mas me reído en un cine, cuando Henry recibe una carta de respuesta de una editorial en los siguientes términos más o menos (recuerdo de memoria): 'Sr. Fool, esta respuesta es violenta porque violenta ha sido nuestra reacción al leer su poemario. Muérase, o deje de escribir". A pesar del tono de comedia -comedia indie, eso sí-, la película se acerca a cuanto de incomprensible tiene la creación artística, con su a menudo sorprendente y tal vez injusta distribución del talento. Presenta asimismo a dos arquetipos bastante próximos a la realidad: el supuesto escritor charlatán que parece muy leído y que conoce todas las claves del arte, y el callado y en apariencia medio idiota que resulta ser un creador brillante. Todos hemos tenido que soportar alguna vez a uno de los primeros, y todos soñamos quizá con ser uno de los segundos. Por lo demás, Parkey Posey está divertidísima, haciendo de hermana vulgar y desquiciada del protagonista -es fascinante, por cierto, la capacidad de esta actriz para enrolarse en los proyectos más extravagantes, recuerdo ahora 'The misadventures of Margaret', donde hacía de escritora neoyorquina neurótica, un clásico, y cuya banda sonora es un maravilloso disco de culto de mis adorados Saint Etienne-. La película, en fin, también deja irresuelto el misterio del propio director, de su carrera siempre irregular, a salvo precisamente de este título, su obra más acabada. Aún no he visto esa especie de secuela, 'Fay Grim', estrenada hace un año más o menos, pero me parece una idea estupenda el hecho de que parta del famoso manuscrito de Henry Fool, en el que debía contenerse toda la sabiduría del ser humano, y un cofre del tesoro para su director.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Plan de lectura.



Aquí están, como un pastel recién horneado y dispuesto sobre la mesa (por cierto, huelen extraordinariamente bien, soy un fetichista del olor de los libros). En cuanto acabe "La virgen en el jardín", de A. S. Byatt, y de corregir la plomiza novela del tal Casoledo, comenzaré 'el todo Proust' en esta maravillosa edición de Valdemar. He escogido la traducción de Mauro Armiño tras darle unas cuantas vueltas al asunto; hay opiniones para todos los gustos, pero en todo caso me apetecía leer la obra completa de la mano de un único traductor. Como tantas personas en España, cuando leí alguno de los tomos a los veintipocos años tan sólo existía la versión de Pedro Salinas y demás, y no recuerdo muy bien por qué, pero no me marcó tanto como otros clásicos a los que me acerqué en su día con notables expectativas. Intuyo que en esta ocasión será diferente, uno ha recorrido más camino literario para apreciarlo mejor. A principios de año me gustaría retomar otra gran obra para la que nunca acabo de encontrar el momento adecuado, "Una danza para la música del tiempo", de Anthony Powell. También en ese instante le sacaré una fotografía. Es otra de las fantásticas utilidades del blog: la de notario amateur. A partir de hoy, deja constancia de que esos tomos me están esperando; y pocas excusas pueden prosperar frente a la fe pública.



Más conciertos: Jeff Tweedy, Pauline en la Playa & Nosoträsh.

El concierto de la Casa Azul me ha traído el recuerdo de uno de los mejores a los que he asistido en mucho tiempo. Se trata del que ofrecieron Pauline en la Playa y Nosoträsh en Gijón. De las primeras había escuchado poco, y de las segundas el excelente 'Popemas'. Es una lástima que no se haya previsto la grabación y edición del evento, porque fue completamente memorable. El entorno era muy especial, el Jardín Botánico, lo que le proporcionó a medias belleza y solemnidad, pero lo mejor fue sin duda la música. Acompañadas por instrumentos de cuerda y coro encantador de niñas, los temas sonaron elegantes y precisos. Para mí supuso sobre todo el descubrimiento de Pauline en la Playa (luego me he dedicado a buscar y comprar sus cuatro discos, y continúo escuchando a todas horas el excelente 'Silabario'), pero uno de los atractivos del concierto era la alternancia entre ambos grupos, puesto que siendo las segundas un poco más poperas se creaba un contrapaunto interesante. A la salida me comentaba Nuria lo estupendas que pueden ser las mujeres cuando están por encima de prejuicios, tópicos y convencionalismos. Allí no había treintañeras intentado aparentar por todos medios que acababan de cumplir diecisiete, no había botox, silicona, minifaldas de infarto -infarto por atentado al buen gusto-, contoneos estúpidos, sensualidad de videoclip de tercera o letritas del tipo 'tú me dejaste/ya no sé qué hacer/ayer te largaste/voy a fenecer', o 'porque tengo un buen tipazo/y la sangre caliente/te soltaré un tetazo/si me miras de frente'. Tanto unas como otras, pero sobre todo Pauline, tienen las mejores letras del pop español, a mi entender. Y para mi memoria quedan los comentarios irónicos de las hermanas Alvarez entre canción y canción, el entusiamo de Montse con su coro, la espectacularidad de 'Gloria' seguida de 'Corazón Colilla', la solemnidad de 'Cabezas Locas', el encanto de 'El gato de Cheshire' y muchos otros detalles. Aquí dejo una breve muestra de uno de mis popemas favoritos, 'Polilla'.

También estuvimos hace poco en un concierto de Jeff Tweedy, en solitario, con sus guitarras, reinterpretando clásicos de Wilco con un sonido estupendo y esa voz tan personal. A principios de Octubre tendremos a Rufus, será la tercera vez. De momento, de entre mis bandas favoritas, sólo me he quedado sin ver a Saint Etienne. Espero que con motivo de la edición del próximo "London conversations" dejen a los chiquillos con la canguro y se animen a salir de gira.

‘Dietario voluble’. Vila-Matas dentro del libro.


En la portada aparece así, de espaldas al mundo y de cara al libro. Allí es donde se ha instalado y en ese paisaje se mueve. No es mal lugar. Cuando viaja parece hacerlo como excusa para recordar a los autores que le han descubierto un concreto lugar -el viaje se convierte en mera corroboración-, cuando vuelve, sigue leyendo y comentando lo que lee, y cuando opina sobre algo ajeno a la literatura lo hace breve e intensamente, como si irrumpiese en una reunión para dejar clara su postura y volver de inmediato a lo que estaba haciendo. No obstante, puede que alguno de los párrafos más interesantes del volumen sean ésos, como cuando nos habla de la elegancia del frío, o del malhumor general en nuestro país, que por otro lado no es muy adecuado “para la sabiduría y el pensamiento”. Y ni siquiera la insoslayable realidad de su ‘colapso’ físico parece ir más allá de un mal viento que abate las ventanas de ese hogar libresco desde el que contempla la vida. Algo que no tiene nada de escapismo –ahí está, bien que ocasional, su firmeza en el juicio sobre lo cotidiano-, sino de mera y gozosa elección.

Muchos otros, que igualmente la realizamos en algún momento de nuestra juventud incapaz de concretar, tratamos de llevarla adelante con mayor o menor dificultad o fortuna. Aquí está la prueba gráfica de mi intento.





Pero no estoy sólo en ese viaje, sino con la mejor compañía que imaginarse pueda:




sábado, 20 de septiembre de 2008

Guille cantó para nosotros (y por un momento nos hizo felices).


Anoche estuvimos en el concierto de Guille Milkiway, con motivo de la inauguración del aula Camon en Alicante -cualquier proyecto cultural en el yermo perfecto en que han convertido esta ciudad es muy bienvenido-. El lugar resultaba bastante inadecuado, al menos a priori, con el público sentado en una sala excesivamente fría. La pesadilla perfecta para un artista tan genial, y quizá por ello inseguro y nervioso. Comenzó disculpándose por los errores que seguramente iba a cometer, y entre canción y canción expulsaba sus miedos con unos monólogos que habría firmado gustosamente Woody Allen. Guille es un tipo inteligente, divertido y extraordinariamente auténtico. La primera sección del concierto consistió en versiones a piano de algunos de sus temas, puesto que de alguna manera se sentía obligado a hacer de 'cantautor', y lo hizo extraordinariamente bien, siempre con la ironía y la desmitifación presentes, esa actitud de 'en el fondo, nada es importante', tan extraña en el panorama musical español, repleto de metafísicos de baratillo. La segunda parte tuvo un comienzo estupendo, con los androides materializándose en cinco paneles que proyectaron durante todos los temas imágenes alternas de esos cinco músicos irreales y encantadores. En pocos conciertos he visto comunicación tan sincera, intensa y divertida de un artista con su público -la gente coreaba cada letra, y aun los samples, efectos y susurros que enriquecen sus temas- hasta tal punto que el bueno de Guille se vio obligado a hacer eso que tan poco le gusta en otros artistas -la diferencia es que en ellos se trata de un mero cliché-: dar las gracias constantemente y mostrarse emocionado.
Pero es a él a quienes debemos estar agradecidos los que seguimos su trayectoria. Pocos músicos en el mundo del pop nos proporcionan tantos momentos de felicidad. Al escucharlo me da por pensar en que, pese a todo, el mundo evoluciona a mejor. Uno contempla con fascinación todo este movimiento de música pop independiente por su absoluta libertad de prejuicios. Parece que se han acabado los tiempos en que el prestigio estaba unido al desaliño instrumental, la voz rota, el ademán borrachuzo, las letras oscurísimas y algún episodio biográfico relacionado con detenciones policiales o tratamientos de desintoxicación. Guille reivindica la melodía, el parapapapá y el shubiduby -qué puede haber mejor que un buen shubiduby-, y un número creciente de público -mayoritariamente joven, y algunos canosos fuera de lugar como el que suscribe- se han unido a la cruzada sin pedir perdón por ello. Es un mundo amable, rico en referencias culturales, romántico y divertido. Se lo recomiendo.
Es media tarde, entra un fresquito agradable por la ventana y escucho el Hours de Bowie mientras escribo esto. Momento idóneo para hacer una listilla. Mis diez grupos o cantantes favoritos (junto con el disco que más me gusta de ellos, aunque en general suelen ser todos):
1.- Saint Etienne ('Sound of water')
2.- Morrissey ('Vauxhall and I')
3.- La Casa Azul ('La revolución sexual')
4.- Belle & Sebastian ('The life pursuit')
5.- Rufus Wainwright ('Want two')
6.- Everything but the girl ('Walking wounded')
7.- Pet shop boys ('Fundamental')
8.-Jay-Jay Johanson ('The long term physical effects...")
9.-Duran Duran ('Red Carpet Massacre')
10.- Michael Jackson ('Dangerous')
Y como estamos lanzados, una lista de películas, sin orden de preferencia:
-Chunking Express, Wong Kar Wai
-Everyone says I love you, Woody Allen
-Granujas de poca monta, Woody Allen
-Arsénico por Compasión, Frank Capra
-El guateque, Blake Edwars
-Notting Hill, Roger Michell
-Lo que queda del día, James Ivory
-The innocents, Jack Clayton
-Sospechosos habituales, Bryan Singer
-Mudholland Drive, David Lynch
-El rayo verde, Eric Rohmer
La lista de mis piezas favoritas de repostería rica en grasas saturadas la dejo para otro día.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Coda a las ‘Glorias de España’.

No vamos a pretender ahora que un Blog no tiene algo de inmodesto desahogo. Pues aquí ha estado el mío, en forma de seis Glorias de España a las que podría haber sumado decenas más. Triste revancha frente a su presencia multitudinaria y agobiante. Porque, en la vida diaria, no tienen demasiada gracia. A su paso dejan un rastro de daño, llanto y soledad. A veces la escritura es la única defensa.

Glorias de España (6): el mozo.



Ustedes conocerán a alguno. Tal vez una mañana, cuando se despertaron tras un sueño turbio, encontraron la ciudad convertida en una espantosa fiesta. Las calles por las que transitaban apenas unas horas antes estaban cortadas, y habían sido ocupadas por casetas, mesas y sillas, tendidos de papel de colores y bombillas. Estupefactos, se han acercado a ver qué era lo que pasaba, sorteando los muchos coches que ya se agrupaban en atascos tan perfectos e irresolubles que tenían algo de performance artística, y han visto un cartelito en el que se anunciaba lo siguiente:

Fiestas del Santo Patrono 2.008.
Programa


10.00 horas: Salida de los mozos a la calle para tirar petardos. Ingesta de cerveza.
11.00 horas: Salida del Santo Patrono desde la Sagrada Ermita del Pagano. Almuerzo popular. Ingesta de cerveza.
12.00 horas: Fiesta del choto viejo: emasculación del choto, evisceración del choto. Juegos de ultraviolencia popular. Ingesta de cerveza.
13.00 horas: Llegada del Santo Patrono. Banda municipal. Fin de la tortura popular del choto. Ingesta de cerveza.
14.00 horas: Comida popular e ingesta de cerveza.
17.00 horas: Concurso de exabruptos y defecaciones populares. Ingesta de cerveza.
18.00 horas: Apalizamiento colectivo del discrepante. Ingesta de cerveza
19.00 horas: Actuación de la orquesta “Paradiso”. Ingesta de Cerveza.
22.00 horas: Actuación de la orquesta “Nuevo Paradiso”. Ingesta de cerveza.
00.00 horas: Recepción de los equipos de reanimación del Servicio de Emergencias (se ruega presencia de familiares de mozos en coma etílico). Ingesta de cerveza.


Perturbados ante la imposibilidad de acceder con normalidad a su trabajo, han solicitado ustedes alguna explicación adicional de un señor que parecía estar organizándolo todo. Llevaba una camiseta blanca con un dibujo de un toro embravecido y la inscripción: “Peña Los Putos Amos”, y les responde con suma campechanía: “hombre, esto va a durar todo el día, o qué se creen... Pero primero aclaremos una cosa: ¿no serán ustedes discrepantes, por casualidad? Es que nosotros ya tenemos el nuestro, pero hay otras peñas que no, fíjese, a estas horas, con la fiesta a punto de comenzar. El apalizamiento colectivo del discrepante fue una innovación que se introdujo hace cinco años, y actualmente estamos tramitando su declaración de Interés Cultural. Consiste en que los mozos agarran a uno de esos que protesta contra las fiestas patronales y presenta escritos ante el Ayuntamiento o en la prensa y lo pasean por todo el pueblo para darle una somanta de hostias. Los primeros años la gente se ensañaba un poco, pero el Alcalde nos dijo que hay que humanizar la cosa, así que ahora está prohibido golpear con objetos o con el puño y nos limitamos a la mano vuelta autóctona.... Ah bueno, si no son discrepantes, entonces espero que disfruten de la jornada... ¿Saben en qué consiste la fiesta del choto? Esa sí que tiene ya la declaración de Interés Cultural y Raigambre Tradicional Acompasada. Se coge a media ocena de chotos viejos y se les reparte entre las peñas. Los atamos a una mesa y comienza la emasculación, que consiste en arrancarle los huevos con los dientes. Luego se escupen, y el mozo que llegue más lejos, gana el medio jamón y la litrona de cerveza de la abadía. Después se abre al choto en canal con las navajas populares y los vecinos les extraen las entrañas mientras cantan ‘Santo Patrono/sazóname lo que como’. La peña que lo hace antes tiene derecho a ingerir gratis doscientos cincuenta y dos litros de cerveza, y la que queda segunda, doscientos cincuenta y uno. Además, ahora, con estas cosas modernas de los móviles, lo grabamos todo y luego nos meamos de la risa.”

Entretanto, han aparecido decenas de mozos con la misma camiseta y han comenzado lanzar pequeños explosivos contra el suelo, lo que les causa, al parecer, infinitas carcajadas y una euforia intensa que tratan de compensar abriendo la boca bajo el grifo de un barril de cerveza. Aterrados, le han preguntado ustedes al organizador si de todos modos pueden pasar con el coche, puesto que necesitan acceder al trabajo.

“Vaya, vaya”, les contesta frunciendo el ceño, “parece que no están ustedes muy por la labor de respetar las tradiciones, no les interesa a ustedes la cultura de su ciudad, verdad, son los típicos desapegados a los que les da igual ocho que ochenta... Pues sepan que estas tradiciones son milenarias, tan milenarias que ni siquiera se sabe de dónde vienen, y deberían estar agradecidos de que este puñado de ciudadanos se esfuerce en conservarlas y mantenernos a todos unidos, porque ustedes no congenian, no congenian...”.

A su alrededor comienzan a agruparse los mozos, y se percatan de un fenómeno sumamente extraño: y es que, pese a hablar todos el mismo idioma, no pueden entenderlos. El tono es mucho más alto, casi desesperado, y vocales y consonantes han perdido su identidad para confundirse en una especie de grito cavernoso: “ehhhh o lu vando uelo vará la sevesa”, o, “oaaaá traí la cusca la barrila lo valotó, oé”.

Entonces aceptan que no habrá otro remedio que ponerse en caravana y esperar. A medida que pasan las horas, no cesan los gritos y los petardos, y el hedor a cerveza y orina se vuelve insoportable. Quizá hayan salido del coche, y por curiosidad, se hayan puesto a calcular cuánta gente intenta seguir su vida normal. El método es muy simple: basta con contar cuántos asisten a la fiesta y restarlos de los que no lo hacen. Entretenidos con esas operaciones, finaliza la jornada sin que hayan podido acceder al trabajo, aunque regresan a casa con los números hechos: once mil trescientas doce personas participan en las fiestas. Cuatrocientas noventa y siete mil seiscientas treinta y dos no lo hacen.

Justo al irse, un coche frena apresuradamente junto a uno de los recintos de la Peña “Los putos amos”. “¡¡¡¡Déjenme pasar, por favor, tengo que ir al hospital, llevo a mi hijo enfermo!!!!”. Una ocena de mozos le contestan “¡e onono cohone la busha hora la sevesa oé!”.


Meses después recordarán lo sucedido al leer en la prensa: “Condenado el injuriador de las Fiestas. El ciudadano que denunció a los peñistas y al Ayuntamiento por interrumpir el tráfico y dificultar su acceso al hospital por una urgencia (lo que habría causado, según su torticera versión, el fallecimiento de su hijo), no sólo ha visto fracasado su propósito, sino que ha resultado condenado el juicio posterior por injurias al pago de trescientos mil euros a las Peñas”.


Entonces se darán cuenta de que, lo más importante, pase lo que pase, es no discrepar.

Glorias de España (4): el amigo de sus amigos.

Ustedes conocerán a alguno. Pero si no fuese así, miren hacia arriba. Están allí. Si miran a los lados, en cambio, verán a sus semejantes, que bien que mal se pasan la vida con la cabeza inclinada y trabajando, mientras que en el estrato inmediatamente superior está el amigo de sus amigos tejiendo una red tan tupida que impide que a los de abajo les llegue calor y oscurece sus vidas. Claro que tal vez la culpa sea de estos últimos, que empecinados en sacar adelante la vida mediante el esfuerzo y estudiar, crear, ejecutar o embellecer, han descuidado un amplio espacio de la realidad en el que se ha instalado el amigo de sus amigos, y los susodichos, para tomar posesión del asunto y organizar el funcionamiento de la cosa.

Observe usted con atención de investigador cualquier centro de trabajo. Reparará en que existen dos especímenes claramente diferenciados: uno de ellos anda siempre acelerado, con la mirada presa de mil preocupaciones y sin tiempo para ir al baño, lo que en ocasiones puede suscitar la impresión de que se trata de alguien especialmente introvertido o incluso huraño; verá, sin embargo, que hay otro ejemplar de humanoide con una sonrisa tan imborrable que pareciese tallada en su rostro siempre relajado, oirá su voz a todas horas —habla mucho y con todo el mundo—, apenas interrumpida por el sonido de las palmaditas que reparte en las espaldas adecuadas, o que a él le devuelven en justa compensación, y le parecerá sin duda un tipo simpático.

Hubo un tiempo en que la sociedad se dividía con mayores o menores matices entre la gente que trabajaba y la gente del dinero. El desarrollo de las sociedades contemporáneas no ha supuesto trasvase alguno entre uno y otro ámbitos, sino la generación de un tercero, intercalado entre ambos, que ejerce de coadyuvante en la grata tarea succionadora de los de arriba. Hablamos de los amigos de sus amigos.

Lamento comunicarte, amable lector, que la selección depende en cierto modo del azar: si esta oscura fuerza le ha hecho nacer en un entorno de ‘amigos’ dedicados a la ingeniería química, no dude usted de que no tendrá dificultad alguna para dedicarse a la ingeniería química, da igual que sea un patán, a lo sumo irá cambiando de acomodo, pero siempre tendrá alguno. Ahora bien, como haya nacido en los arrabales de tan noble profesión, váyase preparando para trabajar como un maldito, ser mal pagado y, muchos años después y con un poco de suerte, abrirse un modestísimo hueco, sujeto siempre a incertidumbre.

El amigo de sus amigos tiene vocación de portero de discoteca, y se ha colocado, sobre todo en provincias, en la puerta de acceso de la Administración Pública, de los más lucrativos nichos de negocio, de las profesiones creativas, y de los inagotables manantiales de premios, subvenciones, parabienes y componendas. Al igual que el guardia del cuanto kafkiano, se dedica no tanto a abrir cuanto a sellar puertas y mantenerse vigilante del destino ajeno.

No obstante, tenemos algunas cosas que agradecerle en el ámbito del ocio y el esparcimiento. Al parecer, sofisticados ludópatas de los países más desarrollados viajan al nuestro para embarcarse en arriesgadas apuestas. Según los rumores se juegan varios millones de euros a que, en uno de esos ámbitos vigilados, es posible encontrar al menos dos personas, de una lista de cincuenta, que esté allí por su propia valía; esto es, carentes de familiares, amigos de amigos o amantes que les hayan proporcionado la llave de entrada. Cuentan que hasta ahora no ha sido imposible localizar ese par de seres extraños, aunque en algunos centros y dependencias sí que se ha encontrado uno, eso sí, con puesto provisional.

Otro de los aspectos más positivos del amigo de sus amigos es el hecho de que favorece la versatilidad y el ánimo emprendedor. Si uno es amigo de sus amigos y de repente quiere ser actor, comprar un barco, adquirir una entrada de fútbol, sacar plaza fija de Abrillantador de Warrants en el Banco de España, adelantar la cita del médico, tener mesa en un restaurante o ser admitido en un Posgrado de Activos Financieros Depredadores, sin duda que lo conseguirá, saldrá de su fila, se pasará a la otra, adelantándose doscientos puestos, y entrará el primero sin haber guardado turno a la intemperie, oye, el que vale, vale.

Entretanto, la masa de los que no son amigos de sus amigos continúa sacando paladas de las minas de sal, mientras otros se las administran con ligero mohín de desprecio, pues no olvidemos que el amigo de sus amigos cree que ha llegado ahí porque lo vale, porque es el más espabilado, porque ha ganado en una carrera en la que todos partían desde el mismo punto y con las mismas posibilidades. El problema es que muchos de los que manejan la pala ni siquiera tienen tiempo para pararse a pensar en todo ello, apenas unos segundos para retirarse el sudor de la frente y respirar; y lo que es peor, buena parte de sus compañeros únicamente aspiran a colarse en el piso del arriba y ser, a su vez, tejedores de la red y gestores del esfuerzo ajeno.

No obstante, quizá sea mejor así. Cuentan que una vez, fruto de la casualidad, todos los de la pala se detuvieron a secarse el sudor al mismo tiempo. No fue nada intencionado, simplemente ocurrió. Entonces el mundo se detuvo y la red comenzó a rasgarse. Los amigos de sus amigos gritaron de puro pánico. A veces, aún se oyen sus ecos.

Glorias de España (5): el gran trabajador.

Ustedes conocerán a alguno, pero seguramente ignoran el origen extraordinario que los une. Y es que, una mañana, al gran trabajador le dio por mirarse en el espejo y, de repente, sin poder explicarse cómo, se encontró asomado a un terrible precipicio. Salió apresuradamente del baño, llegó hasta la cocina y allí estaban sentados su mujer y sus hijos, y de nuevo, para su espanto, apareció el abismo. Trató de olvidarse de ello, pero un domingo, después de comer, se sentó en el sofá y alguien le comentó: “qué bien, tienes toda la tarde para hacer lo que te apetezca y dedicarte a cultivar tus intereses, esto es vida...”. Y, por tercera vez, se encontró frente al vacío.

Es preciso que todos comprendamos que el gran trabajador se encuentra atrapado por su destino. Si no le hubiesen ocurrido tan extraños hechos, sería una personal perfectamente normal, pero existe un mundo mágico alrededor de nosotros y bien se sabe que nos hallamos sometidos a sus designios.

Así que gran trabajador se levanta a las ocho de la mañana y acude a, pongamos, su despacho. Apenas en unos minutos ya se le ha empezado a oscurecer el rostro, a amusgar la mirada, a encanecer el entrecejo. Y es que son muchas sus preocupaciones, tantas que a menudo lo atenazan y no le permiten arrancar. El gran trabajador recibe infinidad de llamadas y habla con numerosa gente, la faena se le acumula y apenas tiene tiempo para trabajar de tanto como debe pensar en cómo hacerlo. Las horas pasan, y llegan las tres de la tarde, sale de su oficina, sudado y descompuesto, y se va a comer con un cliente, donde la situación se alarga no menos de tres horas, pues los clientes también son grandes trabajadores y necesitan, entre todos, hallar la mejor manera de encauzar los negocios. Luego regresa a la oficina y se encierra de nuevo, tras dar un par de órdenes a los inútiles de los que está rodeado. A las nueve de la noche se asoma y descubre con indignación que todo el mundo se ha ido a casa. Piensa en lo desvergonzada que es la juventud, que no sabe lo que vale un peine, y decide despedir a tres o cuatro.

Así que busca nuevos grandes trabajadores, y le gusta supervisar personalmente las visitas. Hoy ha recibido a dos aspirantes interesantes, un chico con un currículum impresionante y una chica mona, en cuya trayectoria profesional apenas ha reparado, puesto que lo más importante es que sepa ser consciente de lo que es un gran trabajador y aprenda a valorarlo.

La primera entrevista, la del chico, transcurre bien, hasta que de repente al cretino se le ocurre preguntar: “disculpe... ¿cuál es el horario de trabajo?”. El gran trabajador se revuelve en el asiento y, resistiendo la tentación de abofetearlo, dice: “hombre, aquí no hay horario, aquí se trabaja intensamente y lo que haga falta...”. “Ya”, le contesta el joven, “si no hay problema por echar horas cuando se necesite, pero es por tener una orientación para coger el autobús y eso... además mi novia trabaja cerca y nos gusta comer juntos”. “Buenoooo.... mal empezamos”, piensa el gran trabajador, pero como le interesa el chaval por su buen expediente condesciende a farfullarle: “en principio de nueve a dos y de cuatro a siete, pero no me gustan los que se van a las siete”.

Con la chica las cosas van un poco mejor. Resulta que ella también tenía un currículum excelente, incluso mejor que el otro, pero lo fundamental es que le ha dicho (un poco azorada, el gran trabajador no entiende qué tenía de raro la pregunta) que estaba sin pareja en ese momento.

A los pocos días se incorporan a la empresa y el gran trabajador procura hacerles encargos a eso de las seis cuarenta y cinco de la tarde, para que no les ocurra dar la espantada. Antes, deduce por los envoltorios de las papeleras que tan sólo han tomado un sandwich de la máquina expendedora (el gran trabajador tenía comida con el primo por parte de madre de un cliente). Esa primera jornada acaba a las diez de la noche, y todos salen juntos y se despiden a las puertas de la empresa. El gran trabajador se permite hacerles alguna broma puesto que, a la vista de los resultados, parece que se van a adaptar bien a la dinámica.

Al día siguiente, alrededor de las tres de la tarde, el gran trabajador repara en que no tiene cita para ir a comer. Se pone de pie, se mete las manos en los bolsillos, mira la ventana, da un paseo alrededor de la mesa, se rasca la cabeza, calcula que está apenas a doce minutos en coche de su casa, pero de repente recuerda aquel precipicio aterrador y repara, de paso, en que deberían agilizarse los procesos de distribución con los clientes de la zona norte, por lo que decide reunirse con el chico nuevo, irse a comer y tratar el tema. Lo llama a su extensión pero alguien le contesta: “no está, se ha ido a comer con su novia, dice que antes de las cuatro volverá porque está muy apurado”. “Me cago en mi perra vida”, piensa el gran trabajador, “si esto me pasa por dar oportunidades a la gente”. Entonces piensa en que podría llamar a la chica nueva e introducirla de algún modo en la filosofía de la empresa, contarle los comienzos, lo duro que fue todo, el valor que tuvo que echarle al tomar ciertas decisiones a lo largo de su vida (como cuando uno de sus mayores clientes, Miguelito Quincalla, se planteó pasarse a la competencia, y él le dijo ”Miguelito, te voy a hablar como un hermano: te estás equivocando”. Y Miguelito se quedó), para que se dé cuenta de que está tratando con alguien admirable, coño, que se merece un respeto, porque a él nadie lo entiende, la primera su mujer y luego el resto de su familia. Entonces marca la extensión de la chica nueva, pero la misma voz de antes le explica que se ha ido a comer fuera porque le pilla cerca de unas clases de piano a las que acude, y le da tiempo a hacer ambas cosas antes de volver a su puesto. “¡No me toques los huevos, macho, la otra tocando el piano, este país se hunde, se hunde!”, reflexiona el gran trabajador.

Poco antes de superar el período de prueba, son despedidos. La noche en que tuvo que tomar tan aciaga decisión volvió malhumorado a casa, alrededor de las once y media. Los niños estaban ya acostados, y su madre y su mujer, viendo una película. “¿Mucho jaleo hoy”, le pregunta esta última. “Qué sabrás tú lo que es trabajar, no tienes ni puta idea de la presión que tengo... dónde está la cena”. Mientras se come la tortilla, a solas en la cocina, medita sobre la conveniencia de modificar el Plan Director de Maqueos Contables 2008/2009, y oye cómo su madre le dice a su esposa: “no te lo tomes a mal, tiene su temperamento, pero es un gran trabajador”. Menos mal, piensa, que alguien me comprende.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Glorias de España (3): el enamorado del amor.

Ustedes conocerán a alguno. Últimamente se distinguen por su cuidado aspecto, el pelo cortito, la tez bien tersa —les cuesta una pasta en cremas—, una estudiada perilla de aprendiz de chivo bajo el labio inferior, camisetas o jerseys ceñidos, casi reventones por una musculatura bien trabajada en el gimnasio que parece querer hacerse notar a gritos, pulseritas de cuero y anillos en dedos insospechados, zapatos de punta o zapatillas de audaces diseños, una mochililla o bolsita donde llevan su móvil, su cartera, algún aditamento cosmético, y en caso de haber niños —suele haberlos— abundantes kleenex y un juguete o una bolsa de ganchitos; y unos cuantos preservativos, claro.


El enamorado del amor nace de una cierta dificultad para interpretar la realidad. Los últimos estudios científicos sobre el caso discrepan sobre si el motivo se debe algún impacto violento en la cabeza sufrido durante su infancia o a un exceso de consumo de bocadillos de chopped. El caso es que el enamorado del amor parece genéticamente incapaz de comprender que cualquier mujer que entre en contacto social con él —una dependienta, una funcionaria, una comercial, una policía, una empresaria, una magistrada del Tribunal Supremo o la profesora de su niño, pongamos por caso— pueda estar pensando en otra cosa que no sea lanzarse sobre su cuerpo y entregarse a eso, al amor. El enamorado del amor sólo concibe las relaciones hombre/mujer en términos de juego de seducción, da igual que la fémina en cuestión esté preocupada por un asunto del trabajo, por el constipado de su niño, por la salud de sus padres, por el cambio climático o la política económica, él considerará que si le sonríe es que quiere guerra, que si aparta la vista se está haciendo la interesante, que si lo manda a la mierda es una tipa que se hace la dura y le plantea un reto aún más alentador... Hasta tal punto han mutado sus capacidades perceptivas aquel golpe en la cabeza o aquellos bocadillos de chopped.


El enamorado del amor ha aprendido a hablar de manera agradable tras el concienzudo estudio de cuatro telefilmes y dos libros de autoayuda. Así es que gusta de pronunciar espontáneos discursos sobre el sentido de la vida, la necesidad de seguir los dictados del corazón, la importancia de las pequeñas cosas que te dan la felicidad y la liberación del consumismo materialista. Si tiene hijos, insistimos en que suele estar casado y tenerlos, contará a su última presa que la paternidad le ha cambiado la vida, y que sus niños son lo primero. Asimismo se mostrará como un defensor de la igualdad y la libertad femeninas, pese a que una traducción gráfica de su visión de la mujer la representaría como unos pechos y un sexo con patas.


El enamorado del amor crece en la tierra de cultivo de la amabilidad. Una de las más importantes discrepancias de fondo que mantiene con lo real es precisamente esa: ser amable equivale, de acuerdo con su concepción del mundo, a abrirle la puerta de acceso a un universo de insospechados placeres, un jardín de vegetación voluptuosa y sabias fuentes de hidromiel donde se rebozan odaliscas en tanga. Si una compañera de trabajo le pregunta qué tal su fin de semana o si está recuperado del resfriado, si se acerca a la máquina de café y le dice, por mera cortesía, si desea que le traiga uno, el enamorado del amor percibirá en ello una señal inequívoca de incitación al cortejo.


Y es que al enamorado del amor se le han conferido altas misiones —aunque de momento ignoramos por quién—: redimir a las casadas aburridas, proporcionar sus primeras experiencias a las jóvenes, desatar el desenfreno en las que considera reprimidas, quebrar la voluntad de las más inquebrantables. Para ello no reparará en gastos, al menos de tiempo: se hará el encontradizo, enviará mensajes de móvil de desaforado romanticismo, interpretará el papel de padrazo a la salida del colegio —donde aguardan decenas de madres con minifalda, oh, l’amour—…

Hasta tal punto llegan sus esfuerzos que en algunos casos adquiere una notable capacidad mimética, como un moderno Zelig pasado por el tarot del amor y un frasco de pachulí. Así, si se encuentra en presencia de una mujer intelectual, soltará alguna frase del estilo: “yo he sido un gran lector de los presocráticos” —previamente habrá leído la palabra ‘presocráticos’ en algún artículo de esas revistas divulgativas de historia o ciencia en la sala de espera del esteticista, justo antes de su sesión de depilación integral, y cuando decimos integral, entiéndase la palabra hasta sus más recónditos extremos—, si la muchacha es, por el contrario, una macarrilla de buen ver, será más chulo que nadie, y se presentará como tuneador de motos, si la nena es del Opus, le hablará de que, en cierto modo, él ha estado toda la vida buscando un sentido trascendental a su existencia. El objetivo final, pese a tan elevadas palabras —siempre en tono de voz bajo y meditativo—, y pese a tan refinados modales —la silla retirada en el restaurante, el pase usted primero, la mano tendida al subir un escalón—, es el polvete. Pero si no se consigue, da igual, lo dulce es el camino, la mera posibilidad, el juego. Que la otra parte no quiera ni haya querido nunca participar es cuestión, como decimos, que se le escapa, así que tiene la fortuna de vivir siempre jugando, como un niño al que se le entregase la llave del parque de atracciones y un saco lleno de fichas.

No obstante, la diversión se disfruta el doble si el enamorado del amor encuentra un acólito, alguien más joven y de su mismo sexo, a quien hacer partícipe de sus hazañas e impartir magistrales lecciones nacidas de la más amplia experiencia. En ese caso, al gozar de un público permanente, la a menudo ingrata tarea del enamorado del amor adquiere nuevos matices, pues incluso el fracaso resulta más gozoso al tener quien aplauda su tentativa. De nuevo, poco importa si el acólito de veras quiere serlo, o simplemente tolera un margen de pesadez en aras de la amistad, al fin y al cabo si uno falla habrá otro, lo importante es que siempre cuente con un compañero de juegos al que, demostrando su poder, invitar al parque.


Claro que dentro del enamorado del amor puede haber dos categorías. El que podríamos llamar simple o de gama baja, de cuyas acciones cabe tan sólo esperar un problema conyugal –por un estúpido malentendido en el que la dama en cuestión ni siquiera había reparado—, o una incómoda tensión —prolongada por la amabilidad— que al final se torna fácil de resolver con un simple “que me dejes en paz y te vayas a la mierda, imbécil”, ya sea verbal o vía SMS. Sin embargo existe otra clase de enamorado del amor de rasgos más inquietantes, y es el que se encuentra en situación de dominio, léase el superior en el ámbito laboral. En tales casos la cuestión se torna más complicada, el juego más angustioso, y cuesta encontrar la salida del misterioso laberinto que dibuja el niño con su lápiz rojo, el mismo que puede tachar tu nombre de una plantilla. Cuando el enamorado del amor jefe bromea con su compañera de menor rango en el escalafón de la empresa, o le propone comentar alguna cuestión laboral tomando un café —en el que curiosamente surgen aspectos poco laborales—, resulta muy complicado entender el juego, y curiosamente uno de los dos jugadores no sólo no se divierte, sino que pasa miedo. Claro que aquí, comprendámoslo, la tara sensorial del enamorado del amor se agudiza, cómo va a sospechar él que las sonrisas y el respeto y el aguante obedecen a ese terror a la hipoteca o los gastos del colegio de los chiquillos, cómo vamos a convencerlo de que no es su atractivo personal, su vaga erudición de vinos, el rugido del motor de su coche o su poder dentro del gremio lo que les lleva a brindarle su tiempo. Además, qué demonios, siempre habrá alguna que se venda, que quiera rollo por su propio interés, no es así, y esto es un mercado, ¿no?…

Pero no interrumpamos la música con tan vulgares razonamientos. ¿No la oyes? Son los violines que anuncian al enamorado del amor. Te ha visto sentada en un parque o en un café leyendo un libro, tan sola —bien es sabido que la lectura es señal evidente de no tener otra cosa en que ocupar el tiempo—, y ha llegado para salvarte, para sublimar tu triste vida y hacerte mujer. Deja lo que tengas entre manos y entrégate al juego. A fin de cuentas, para eso has nacido.

Glorias de España (2): el aficionado.

Ustedes conocerán a alguno. Fíjense en las cafeterías de las estaciones de servicio: las familias o grupos de amigos que viajan en los vehículos entran y se dispersan por las instalaciones, unos van al baño, otros a las colas de esos deliciosos bocadillos de espuma de jamón, otros a la sección de prensa... Al fondo, o en una esquina, hay un televisor. Y de repente, alguien cambia el canal y aparece la retransmisión de un evento deportivo; da igual el que sea, waterpolo, hípica, remo universitario... si se trata de fútbol, coches o motos, los sucesos se desencadenan en una secuencia formidable, pero puede ser cualquier otro. El caso es que, de repente, manadas de seres con bermudas, piernas peludas, barrigas de vacuno y chanclas romanas, se agrupan en torno al televisor. Atrás quedan, olvidadas, las mujeres, los hijos y los abuelos. Bañados por la luz mágica de la pantalla, comienzan a rezongar, reírse, mirarse unos a otros con gestos de instantánea complicidad, colocarse bien el membrum virilis, todo ello al tiempo que emiten sonidos como “uyyy...” —si ha lugar—, o expresiones del tipo: “quince cero, qué cabrón”, “el Rochenback éste es una máquina”, o “dale una buena hostia”...

Y es que ser aficionado es un trabajo a tiempo completo, uno nunca deja de serlo, porque forma parte de su esencia. El aficionado ojea el Marca los lunes para ver cómo se presenta la cosa, y a partir de ahí es un no parar: la liga, la champions, la ACB, las motos y los coches del domingo, el Tour de Francia, la Vuelta a España, balonmano, boxeo o fútbol americano en los canales de pago, tenis... cada día hay una estimulante retransmisión para el aficionado, que vive su afición de manera tan apasionada que poco tiempo le queda, muy a su pesar, para cualquier otra actividad.

¿Quiere usted mantenerse eternamente joven? ¡Hágase aficionado! Este colectivo ha aprendido a detener el tiempo de una manera admirable. Pregúntenle a un aficionado de catorce años cuáles son las cosas que le gustan, y le responderá: “no sé..., el fúbol, la bici, los coches, las motos y salir con los colegas”. Hágale de nuevo esa pregunta a los veinticinco años, a los treinta y siete —ya con dos hijos— y a los cuarenta y ocho, y obtendrá idéntica respuesta. Sus intereses permanecen firmemente similares, pese a que no ocurra lo mismo con otros aspectos de su mismidad: así, con los años, el aficionado comienza a inflarse, la cara y la panza se le redondean, el rostro adquiere una alcohólica rojez, y la manos un torpor de tenazas, pero sin embargo podrá impartirte una clase magistral sobre cómo hay que controlar la respiración en el quilómetro veintisiete de ascenso en bicicleta al puerto de L’Angliru que te dejará deslumbrado.

Hoy día ser aficionado se ha convertido en muy seria cosa. Los medios de prensa, atentos como es habitual a las grandes cuestiones de su tiempo, han sabido darse cuenta muy bien, y no dejan de incidir en ello: a los futbolistas se les pregunta “qué tienes que decir a la afición”, o se comparte con ellos un sentimiento entrañable —“con esta afición todo es posible”—; también han acuñado leyes morales incontestables como “el aficionado es el que paga, y tiene derecho a protestar” o “la afición es lo primero, todo se lo debemos a ellos”.

Así que el aficionado ha tomado afortunada conciencia de su relevancia para la sociedad moderna, y no duda en ejercer como tal. Si alguien reta a su equipo, procederá como un dios ofendido y el contrario será voceado y apalizado en grupo, si hubiere oportunidad. Si el presidente de su club no ficha nuevos jugadores, será voceado y apalizado en grupo, si hubiere oportunidad. Si los ficha, pero mal, igualmente. Y lo mismo si su entrenador no obtiene los resultados esperados, o su un jugador parece apático o disminuye su rendimiento. La naturaleza cuasi divina del aficionado le permite apiñarse en la salida de los recintos deportivos para insultar a quien sea, organizar manifestaciones, hacer pintadas, lanzar objetos contundentes, volcar contenedores y romper escaparates. Como los dioses, a nadie debe rendir cuentas de sus actos: puede vocear para que despidan a un entrenador y pongan a otro, pero si este segundo resulta peor que el primero, vocearán al presidente por haber tomado tal decisión.

Claro que no todo son problemas y tensiones, a menudo también hay éxitos que festejar —en tales supuestos, vuelve a dar igual el deporte de que se trate, lo importante es que haya salido mucho por la tele—. El aficionado se reúne con unos cuantos cientos de semejantes y, embriagados de felicidad, se suben a las estatuas y arrancan sus cabezas, se tiran vestidos a las fuentes, vomitan en las esquinas y agitan con ferocidad camisetas sudadas.

Estas manifestaciones de entrañable emotividad hacia ‘sus colores’ también se dan en otros supuestos, como cuando ocurre alguna fatalidad o alguna injusticia que afecte a un jugador, a un equipo completo, o a un pueblo. Entonces el duelo y la solidaridad llegan a extremos paroxísticos, las ‘aficiones’ se hermanan y se intercambian camisetas entre emocionados aplausos, las calles son invadidas, esta vez de forma pacífica, para compartir tales sentimientos mediante pegadizos cánticos.

Y es que, si algo define al aficionado, es su pasión por la lírica. A ellos debemos espontáneas tonadas de carácter épico, como el bien conocido “a por ellos oé”. Esta partícula, ‘oé’, se repite a modo de delicioso ritornello en numerosas otras composiciones, valga como ejemplo el “puta Equis —equis es el equipo contrario— eoé, puta equis eoé, puta equis eoé eoeoé”, Aunque en otras ocasiones se opta por la prosa directa, sin concesiones, como en el siempre jocoso (tararéese con la melodía de ‘Guantanamera’): “Hí-jodeputa, fulano hí-jodeputa, hí-jodepuuuta, fulano hí-jodeputa”.


Un curioso fenómeno que interesa a los tratadistas es el de que tales cánticos se repiten de unos a otros estadios, e incluso países, con someras adaptaciones a la idiosincrasia local. Todo ello resulta una tanto contradictorio con la especificidad de la que se enorgullecen los aficionados de cada equipo. Así, quien sigue a un determinado club o deportista se considera inequívocamente diferente como ser humano de los que siguen a otro cualquiera. Tal afecto hacia una figura deportiva parece que definiría por completo a una persona, sin necesidad de reparar en otros aspectos de la vida. En fin, los tratadistas continúan estudiando la materia y no dudaré en dar cuenta de sus avances cuando se produzcan. Asimismo dejaremos para otro momento las aportaciones del aficionado en el mundo de la moda, baste decir que ha conseguido liberarla de absurdos corsés: por ejemplo, un caballero puede hoy día llevar un serio pantalón de corte clásico, azul marino o beige, zapatos de piel y, creatividad al poder, una camiseta de la selección brasileña con el número diez y el nombre del jugador estrella —Horterinho, pongamos por caso— impresos en su espalda.

Lo cierto es que el aficionado se mantiene admirablemente aislado del resto de las cosas. Así como es capaz de movilizarse y ocupar ciudades, derribar gobiernos, apalizar individuos o colectividades o atraer inversiones, simplemente porque su club no haya podido a hacer frente a las deudas derivadas de los millones de euros de jornal de sus deportistas, permanece impasible ante resto de los cotidianos sucesos, que si acaso merecen una breve discusión en el bar. Hace unas semanas, con motivo de la aprobación de la Directiva Europea de la Esclavitud de 65 horas —antecedente del Futuro Reglamento Comunitario sobre la Reinstauración del Derecho de Pernada— pensaba yo, “ya verás la que se va a liar”. Pero no. Pasaban los días, salías a la calle, y allí no había ni dios. “Será por las olimpiadas”, me dije, y seguramente estaba en lo cierto. Lo malo es que ahora empieza la liga de fútbol y ya dudo de que vaya a ocurrir algo, en fin...

Hay quien dice —las malas lenguas, sin duda— que tal modelo de ciudadano, cuando se extiende en número suficiente, es el sueño dorado de los que mandan, y que en oscuros despachos hay unos personajes aún más oscuros muriéndose de risa. Pero yo sinceramente pienso que no es para tanto. A veces el aficionado se pronuncia, sobre todo en esos momentos en que alcanza el cenit de su carrera: cuando por azar, en la calle o a las puertas del estadio, una cámara de televisión lo enfoca y alguien le pregunta: “¿un pronóstico para el partido de esta tarde?”. Entonces adopta una expresión de solemnidad, mira al horizonte de toda su existencia, reflexiona, analiza y con una sonrisa y un gesto de seguridad responde: “dos a uno, con goles de Pichín y Morillo”. Y luego se queda mirando como si dijese “qué, qué te ha parecido, eh”. Hermosos instantes de plenitud.

Quizá podamos concluir, pues, que el aficionado sólo toma partido cuando hay partido. Si esto es bueno o malo, decídalo usted, amable lector.

(Dicho lo cual, puxa Sporting.)

Glorias de España (1): el de la carpetilla.

Ustedes conocerán a alguno. Tiene entre cincuenta y sesenta años, es bajito y bastante rechoncho, pese a la frenética actividad que desarrolla y que a continuación detallaremos. Estudió perito mercantil o administrativo y en algún momento de su juventud, ya olvidada, cursos de contabilidad o finanzas. Trabajó llevando los papeles en algún pequeño negocio o asesoría, y siempre llega a una etapa de la vida en que su actividad profesional le concede bastante tiempo, o acaso haya podido prejubilarse u obtener una incapacidad —que le consiguió un primo de su cuñao que trabaja en el Instituto de la Seguridad Social— derivada de vagos dolores de espalda.

El caso es que esa disponibilidad de tiempo le descubre su verdadera vocación: ser hombre de mundo, de mundo económico, el que entiende de papeles, vaya. Y tal vocación se materializa en el momento en que acude a un supermercado y en la sección de objetos escolares se compra una carpeta de tamaño cuartilla. A partir de entonces se siente con seguridad y medios para comenzar.

¿Y qué es lo que impulsa la primera de sus acciones? Pues la constatación, quizá circunstancial, de que en el recibo del Impuesto de Bienes Inmuebles existe un pequeño error, a su juicio, que le hace pagar 0,35 céntimos de más cada mes. Esa minúscula tara en el recibo se convierte de repente en el motor de su vida, le impide conciliar el sueño, le taladra el pensamiento. Al año supone equis, y a lo largo de toda una vida.... mejor ni mentarlo. Tiene que resolverlo. Así que un buen día mete los papeles en su carpetilla y acude indignado al departamento correspondiente, donde trata con displicencia a una señorita que le indica que no es ella la encargada de ese tributo, y recibe el consejo de otra amable joven sobre los recursos que debía interponer, en su caso. ‘¿Cómo que recurso?, ¿no pueden ustedes resolverlo ahora, en el ordenador? ¡Oiga, yo pago mis impuestos, yo les pago a ustedes, que lo sepan!’, vocifera. ‘Pero es que si se trata de una discrepancia en la superficie, eso le corresponde a catastro’, explica la joven. Esa última palabra suena como una dulce melodía de clarinete en sus oídos: “catastro”. Allá que se va con su carpetilla.

Después de tres meses y varios altercados en todo tipo de dependencias públicas, consigue o no consigue que le den la razón. Cuando no lo consigue es porque se frena, porque el camino se ha cerrado, sólo cabe ir a juicio y él no piensa pagar a los sinvergüenzas de los abogaos. Se basta y se sobra para entender las leyes y aun la naturaleza humana.

Al concluir esta cruenta batalla puede que advierta que en la factura de teléfono se le cargan 1,75 euros en un concepto que no tiene del todo claro. Inicia entonces otra reclamación, esta vez mediante siete escritos rebosantes de un ánimo indignado. Luego será la comisión de la tarjeta de crédito de su banco. Luego, la cuota del seguro del coche.

Estas experiencias previas le hacen dar el salto. “Estamos haciendo el tonto, María”, le dice a su mujer, “claro, como aquí nadie se preocupa de las cosas y pensáis todos que el dinero cae del cielo...”. Y es que a lo largo de sus peripecias por el maravilloso mundo de las oficinas administrativas ha tenido tiempo de tomarse algún café con sus semejantes o charlar en las salas de espera, y ha ido atando cabos. Resulta que si crea catorce sociedades y pone el piso familiar a nombre de la decimotercera, en la que la administradora única será su chiquilla en cuanto cumpla los dieciocho años, podría evadir no sé qué impuesto. Y a su vez, si al mayor lo hace autónomo como empresario hostelero, y luego se da de baja, y luego se da de alta como tocador de guitarrón domiciliado en la Alpujarra, podría obtener una subvención. Y si su mujer y él, en vez de la declaración conjunta, la hacen hipermétrica, se ahorrarían un siete por ciento del pago de los intereses de la cuenta de ahorro que podría abrir en ese banco escandinavo que te remunera con un tres por ciento y te regala media cubertería de plata de ley.

Tales ambiciosos objetivos le llevan horas y horas de estudio en la casa, sacrificando cualquier posible dedicación a otros asuntos, como la lectura, el deporte o las bellas artes. Y la familia, incomprensiva como siempre ante los grandes hombres que han movido la humanidad, lo perturba con absurdas conversaciones, películas en televisión, salidas de fin de semana o cenas especiales. Así que, en consecuencia, les propina unas buenas broncas en las que a todos les queda claro que no tienen ni puta idea de cómo se ganan los cuartos y lo duro que resulta hacerse respetar en la jungla burocrática.

El cenit de su carrera se alcanza cuando el azar lo lleva a tratar con los grandes personajes de nuestro tiempo: notarios, políticos, empresarios de la construcción. En el fondo, tiene muy claro que siempre ha sido uno de ellos, y si no ha alcanzado sus logros ni entrado en su sociedad, ha sido porque se ha visto lamentablemente lastrado por una familia de inútiles y haraganes. En el breve contacto que tiene con tales personajes podemos apreciar en él a un hombre nuevo, exquisitamente educado, sonriente hasta que los músculos de la cara se le amoratan; se apresura a pagar la cuenta en los bares y se despide con un “ya nos veremos” que le hace regresar a casa con una expresión multiorgásmica que sólo perderá cuando compruebe que pasan las semanas y aquel azar no se repite. Pero claro, quién lo va a llamar a él, con esa familia de perdedores que tiene.

Sí, seguramente ustedes conocerán a alguno. Puede que haya llamado a su puerta, mientras leían un libro, escuchaban música bailando a saltos sobre el sofá, hacían el amor con su pareja o preparaban una receta complicada. Han ido a ver quién era y se han encontrado con él, que les ha dicho algo así como: “buenas, soy el vecino del cuarto, verá, es que he visto que hay unas manchas de humedad en la escalera y seguramente es por culpa suya, porque la fluxa de la juntura de la tubería adyacente escaldea cuando rezuma”. “Ah, bien, no se preocupe, hablaré con mi seguro y vendrán a ver de qué se trata”, le responden, amables y deseosos de regresar a lo que estaban haciendo. Y sin que ustedes sepan por qué, esa respuesta parece irritarlo: “no, no, el seguro no tiene nada que decir, está claro que la fluxa de la juntura de la tubería adyacente escaldea cuando rezuma, así que lo que tienen que hacer es repararlo inmediatamente, díganselo, eh, díganselo”, concluye. Y como al día siguiente, sobre la misma hora, no haya acudido alguien del seguro, tengan por ídem que se presentará de nuevo en su casa, con peores modos, y hasta lo oirán susurrar, de camino a la suya, “esta gente me quiere tomar el pelo”. Háganme caso. Si esto ocurre y reconocen a uno de ellos —recuerden el dato de la carpetilla—, obedezcan, obedezcan siempre. En este tipo de cosas sobran los valientes.

Llega la Navidad, y reunido con toda la familia en la cena de nochebuena, se mostrará callado, vagamente sonriente, pero ajeno a lo que se habla. En un momento de la noche sacará un papel doblado, lo desdoblará y comentará que ha hecho un cálculo del dinero que ha conseguido ahorrarle a la familia durante todo el año con sus actividades en defensa de la misma –él todo lo hace por la familia-: “ochenta y cinco euros con cuarenta y siete céntimos”. Pero si a eso le unimos, continúa, lo que habría que haberle pagado a un asesor para que se hiciese cargo de tan complejas tramitaciones, la cosa ascendería a no menos de setecientos euros. “Vamos”, sentencia, “que esta cena de hoy, la he pagado yo”. Y sonríe. Más tarde volverá a recordárselo a todos, mientras brindan por el nuevo año, en el que, por cierto, anuncia, parece que saldrá una reforma fiscal que podría traerles algún quebradero de cabeza. Pero que no se inquieten. Él se ocupará de todo.

lunes, 1 de septiembre de 2008

‘Los inconsolables’, de Kazuo Ishiguro, en el canon de los escritores españoles.

Recientemente el diario 'El País' ha realizado una encuesta entre cien escritores españoles acerca de los diez libros que cambiaron su vida. El objeto era confeccionar una lista de cien libros, una suerte de canon que, desde mi punto de vista, tiene más importancia de lo que pudiera parecer, sobre todo porque pone a disposición de un público amplio, el que normalmente adquiere el periódico los domingos -y este reportaje es portada de su suplemento dominical-, una selección de cien de los mejores libros que pueden leerse elaborada mediante un criterio exclusivamente literario. Y he ahí la novedad, porque afortunadamente se ha prescindido de las habituales mixtificaciones publicitarias acerca de los 'best-sellers de calidad', y los escritores —pese a alguno que no puede dejar de aprovechar para hacerse el gracioso a costa del enunciado de la pregunta— han emitido un juicio libre y convenientemente subjetivo. El listado es lo suficientemente previsible para resultar fiable, porque a fin de cuentas la historia ha ido sedimentando el prestigio de unas buenas decenas de libros, y cualquier extravagancia en esta materia no deja de decir más sobre el ego del opinante que sobre el propio canon.


Una de las novelas elegidas, en el puesto 93, es 'Los inconsolables' de Kazuo Ishiguro. Y tanto a Nuria como a mí nos ha alegrado sobremanera, porque este verano los dos la hemos leído y opinamos que se merece estar ahí. Se trata, sin duda, de una de las obras más arriesgadas y rompedoras que nos ha proporcionado la literatura durante los últimos decenios. En el afán moderno por hallarle parentescos se cita a Kafka y Lewis Carrol, pero sus raíces se encuentran ante todo en el ‘territorio Ishiguro’, un mundo cuyo basamento se halla sobre todo en el lenguaje, gracias al que lo inverosímil se convierte en descarnadamente real y pueden pasar las cosas más atroces en un ambiente de formas exquisitas. Desde las primeras páginas de la novela, los extensos monólogos de los personajes, de ademanes victorianos y prosa elegante, construyen un mundo propio en que las reglas sobre el tiempo y el espacio dejan de ser las usuales. Una conversación en el trayecto de subida de un ascensor de hotel puede alargarse durante muchas páginas, y los encuentros y desencuentros en una noche la hacen interminable, el espacio en que se desarrolla la no-historia es un laberinto de habitaciones que de repente se estrechan en pasadizos o minúsculas salas adjuntas en las que la realidad se deforma, a la manera de las cortinas de David Lynch, los escenarios aparecen y desaparecen, dentro de un autobús hay una fiesta, y la sala de ensayo de un hotel resulta ser una especie de armario desolador expuesto al público... Todos los personajes tienen la necesidad de pedir algo al narrador, el pianista Ryder, todos esperan mucho de él y parecen conocerlo de antes, su presencia en la ciudad suscita unas expectativas que nada tienen que ver con un simple concierto; cada personaje que se encuentra o sale a su paso ve en él una proyección de sus propios deseos: el padre y marido perfecto, el líder carismático, el amigo afín, la esperanza y el consuelo... ¿Es Ryder una especie de encarnación de dios? Lo cierto es que escucha a todos pacientemente y parece comprenderlos, pero nunca hace nada de lo que se espera de él, y a su vez, tampoco parece que ellos confíen en que pueda hacerlo, simplemente le cuentan sus problemas, lo implican e imploran. Luego la vida sigue, y continúan solos. Al final las heridas de la ciudad no se han cerrado, nada se ha resulto, y Ryder proseguirá su gira en otro lugar. Aunque es su voz la que escuchamos –leemos-, no llegamos a conocerlo, y nos sorprende su tolerancia, su capacidad para hacerse responsable que lo que no le concierne, y su incapacidad para llevar a cabo las tareas que se desprenden de esa responsabilidad. En ocasiones parece un dios angustiado por no poder hacer lo que se espera de él, pero en seguida un nuevo requerimiento lo distrae y olvida el anterior, o es algún obstáculo físico – construido a fin de cuentas por los propios hombres- el que se lo impide; a fin de cuentas se trata de una deidad creada artificiosamente por los habitantes de esa ciudad innominada, que puede ser cualquiera, como mero receptor de sus frustraciones —¿es así como ha de entenderse el sentimiento religioso?—. El libro nos habla de la incomunicación y la desesperanza, de la angustiosa necesidad del otro y de la imposibilidad de llegar a crear lazos firmes entre ambos. A este respecto, una técnica interesante que utiliza el autor es la de que el narrador, en primera persona, se permita en ocasiones adoptar el punto de vista de un personaje concreto, penetrar en sus recuerdos y analizar sus temores, sin que de ello no obstante se extraiga alguna consecuencia apreciable, tan sólo forma parte del juego de su inútil empatía. Al igual que el mayordomo de ‘Los restos del día’, los desolados clones de ‘Nunca me abandones’ o el buscador de respuestas Cristopher Banks en ‘Cuando fuimos huérfanos’, conviven en el pianista Ryder un deseo intenso de conocer e intervenir y una desasosegante naturalidad en la aceptación del destino, como si pese a las tentativas que todos ellos realizan para cambiarlo, el resultado fuese una confirmación de lo que ya sospechaban. Así es como vivimos, parece decirnos Ishiguro. Tal vez sea aconsejable no pensarlo demasiado y, a semejanza de ellos, seguir intentándolo.


Volviendo al canon, se nos ha ocurrido hacer nuestra propia selección. Y lo primero es acotar los criterios para realizarla, en primer lugar, ciñéndonos al enunciado un tanto cursi de la pregunta: libros que nos ha cambiado la vida, que yo sustituiría por algo tan sencillo como los libros que más te hayan gustado o marcado a lo largo de tu vida, según puedas recordar. De este modo apelamos más al gusto lector —incluso nuestro gusto pretérito, cuando leíamos tumbados en el suelo con un bocadillo de nocilla en la mano— que a los aspectos más técnicos o formativos: no cabe duda de que algunos nos han enseñado mucho sobre la propia lectura, la escritura o la vida en general, pero se trata de escoger aquellos que no podemos olvidar, aunque no sepamos explicar muy bien por qué. Asimismo nos hemos impuesto no repetir autor, porque muy probablemente la lista se reduciría a dos o tres, si se trata de establecer una clasificación, así que se quedan fuera, yo qué sé, Otra vuelta de tuerca, Mientras agonizo, y tantas otras. Somos una pareja bien avenida, a deducir por nuestras respectivas elecciones, puesto que la práctica totalidad de ellos se incluirían en ambas si en vez de diez fuesen veinte o treinta los escogidos. Por ejemplo, Nuria incluye dos cómics que también formarían parte de mi listado más amplio — también Watchmen, dicho sea de paso—. Y en él habría lugar para la poesía –en la que soy un diletante con mala conciencia—, así como para autores en lengua castellana –La Regenta, los relatos de Cortázar, Juegos de la Edad Tardía, Saúl ante Samuel, La dama del viento Sur, El mercurio, La conquista del aire, Tu rostro mañana...—, y se repararían carencias notables como Proust, Joyce, Stendhal, Chejov, Jane Austen, Musil y tantos otros. Pero me temo que la selección se acabaría convirtiendo en uno de esos mamotretos absurdos del tipo “quién es quién en el mundo de los negocios”, así que vamos allá:


La lista de Nuria:

-El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
-La isla del tesoro, R. L. Stevenson
-Los inconsolables, Kazuo Ishiguro
-La música del azar, Paul Auster
-La bestia en la jungla, Henry James
-La metamorfosis, Kafka
-Viaje al centro de la tierra, Julio Verne
-El perro de los baskerville, Conan Doyle
-Sandman, Neil Gaiman
-From Hell, Alan Moore

Mi lista:

-La copa dorada, Henry James
-El ruido y la furia, William Faulkner
-La metamorfosis, Kafka
-El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde
-Mansfield Park, Jane Austen
-El hombre invisible, H. G. Wells
-El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Stevenson
-Los inconsolables, Kazuo Ishiguro
-El príncipe negro, Iris Murdoch
-Bajo el volcán, Malcolm Lowry


No crea el amable lector que me ha pasado inadvertida una ausencia intolerable en la lista de mi mujer: ‘Los nuevos’, de Francisco Casoledo. Quiero pensar que estaría en el undécimo lugar. De otro modo, me retiraría a una cabaña de los Picos de Europa y callaría para siempre —así que mejor no preguntar—.