domingo, 31 de agosto de 2008

"Una lectora nada común", de Alan Bennet.

Una lectora nada común” (Anagrama), nouvelle que introduce con éxito al autor en nuestro idioma, nos habla, frente a lo que pudiera deducirse de la literalidad del título, de lo poco comunes que son todos los buenos lectores. El personaje escogido para su relato es lo de menos, aunque resulta eficaz como palpitante ejemplo de ser humano encorsetado por las convenciones. La lectura, precisamente, lo lleva a adquirir una visión propia, y la reacción hostil de su entorno resulta fácilmente reconocible. El hecho de que la Reina de Inglaterra comience a interesarse por los clásicos genera una alarma irracional en su entorno, y esa reacción de temor o desconfianza se manifiesta primeramente en el intento de acotar tan irreverente actividad en los márgenes de una ‘afición’ instructiva o ejemplarizante para la juventud. El nerviosismo de políticos y consejeros ante el desarrollo intelectual de la Reina, la modificación de sus bien atemperadas costumbres o la adopción de decisiones ‘propias’ resulta una opción narrativa inteligente para hablarnos sobre el poder transformador del arte. Es una novela que, por demás, se lee muy bien, a causa de su estilo ágil y la ironía con que retrata a los personajes y a los propios textos a los que la protagonista se enfrenta (por contraste, en ocasiones, con el recuerdo personal que tiene de sus autores en esas recepciones que con anterioridad poco significaban para ella).

lunes, 25 de agosto de 2008

A vueltas con Iris, y los libros que ha sepultado en mi biblioteca.

Concluyo la lectura de Amigos y amantes con la nostalgia prematura que sólo los grandes libros te dejan. Aunque no suele ser citada entre sus obras mayores, es sin duda la que más he disfrutado hasta el momento. Además de su manejo magistral del narrador en tercera persona —tan imbricado en la visión de cada personaje que contradice su aparente omnisciencia—, con constantes, oportunos y nada artificiosos cambios del punto de vista —que mantiene siempre la coherencia de sus decisiones, es decir, en ningún momento adquiere voz un personaje de forma inesperada con el fin de cerrar una escena o proporcionar una información—, descubrimos una novelista con una capacidad extraordinaria para la descripción del mundo físico en el más amplio sentido de la palabra. La minuciosidad del estudio psicológico de los personajes recuerda a lo que, según Carlos Pujol, era la especialidad de Henry James, esto es, “dividir un cabello en cuatro”, pero aun abundando en las digresiones de orden filosófico en torno a cuestiones como el amor —quizá su gran tema de análisis, siempre insuficiente, siempre irresuelto—, la soledad o la indecisión, nos encontramos con párrafos y aun capítulos enteros en que la naturaleza se convierte en un intruso insospechado y amenazador, y mediante una prosa rica en imágenes —en sus manos, el modo más eficaz de describir las sensaciones— llegamos a compartir la angustia y la necesidad de los personajes de un modo que ya quisieran muchos autores de novela comercial. La escena en que John Ducane y Pierce se quedan encerrados en una cueva es de lo mejor que he leído en muchos años, tanto en lo que se refiere a las oscuras motivaciones del segundo para acceder a ella atraído por la oscuridad y la muerte como a la epopeya posterior de ambos, en su lucha por la supervivencia.


La necesidad de amistad y consuelo es otra de las constantes de sus novelas, pero lo es en ésta especialmente, manifestada en el mero contacto de unos personajes con otros a través de las manos (Jonh Ducane con su chófer, Willy y Mary, en los que el simple y amistoso tacto constituye “su forma de hacer el amor”...). También es interesante el uso de elementos naturales como objetos simbólicos —la bola verde, los guijarros, el mar, siempre el mar—, y debo destacar el maravilloso capítulo decimoséptimo, en el que en una suerte de intermezzo hace coincidir a los personajes no sólo en un ámbito de tiempo y espacio, sino en unos mismos sentimientos y reflexiones. Porque todos, parece decirnos, pasamos por las mismas fases de pérdida, cobardía, enamoramiento, arrojo, torpeza, mezquindad y capricho en algún momento de nuestra vida; y tal vez por ello, al final, John no se atreve a erigirse en juez de Biranne, y opta por imponerle una obligación en aras precisamente de su felicidad.


Volviendo a la cuestión de los ‘acabados perfectos’ que le reprochaba Pombo, como lector agradezco que los personajes lleguen a algún punto en sus vidas después de casi seiscientas páginas de reflexiva parálisis, pero lo cierto es que tales acabados no son sino una último regalo que por cortesía se nos ofrece, pues una novela tan extensa y compleja nos ha proporcionado ya sobrados alicientes.


A lo largo de este año, Iris ya va dejando unos cuantos cadáveres en la sepultura de las baldas más bajas de las estanterías, que es donde coloco los libros que leo a la mitad y abandono, para que no me miren mal y me increpen cuando escojo otros. La irregularidad de Conrad en sus relatos marinos (aunque es excelente el incluido en el volumen colectivo Alter Ego, de Siruela, sobre el tema del doble), el amaneramiento de la prosa de Margaret Kennedy en “La ninfa constante”, la ligereza de Maughan —delicioso en las distancias cortas, débil en las novelas—, la pesadez de Henry Green (‘Viajando en grupo’, Lumen), o “El Halcón Peregrino”, de Glenway Wescott, libro sobrevalorado, con un abuso claro de un símbolo tan evidente, si lo comparamos con cualquiera de los objetos de Iris Murdoch a que he hecho referencia, que acaba siendo terriblemente aburrido. Tal vez los retome en algún momento, quizá no era la época adecuada, quizá se deba a mi temperamento adictivo... el caso es que de momento permanecerán allí abajo, y es posible que mueva las mesas y las sillas del comedor para que se vean menos.

martes, 19 de agosto de 2008

Contraindicaciones del ladrillo.

Durante los últimos años este país nuestro, paradigma de la honestidad y el buen gusto, realizó uno de los mayores descubrimientos de su historia: la democratización de la técnica especulativa. Hasta entonces eso era algo abominable que practicaban las grandes corporaciones, pero de repente el vecino del quinto descubrió que si compraba una segunda vivienda y la vendía antes incluso de escriturarla podía ganar un milloncejo en una semana. Y si se adquirían varias, en dos años uno podía embolsarse unos cuantos kilitos sin trabajar. También los hubo más arriesgados, que ponían algo de dinero y formaban sociedad con su cuñao y un primo muy resuelto que conocía al concejal de urbanismo, y compraban unos terrenitos con recalificación y licencia incluidas a cambio de un precio razonable –a menudo engañando a la abuela de turno que tenía una parcelilla en mitad del monte-; luego enrolaban a dos rumanos y dos magrebíes, y por cuatro duros (es decir, a duro por cabeza) ya tenían cuadrilla; entonces se construían cuatro chalés pareados, se vendían casi en su totalidad en negro y ya está: profesión, empresario. Dinero fácil sin gastos de Seguridad Social (total, extranjeros muertos de hambre hay muchos, si éste no quiere ya querrá el otro), eludiendo cuantos impuestos fuese posible, y a vivir. Todo ello, curiosamente, era compatible con que en las cenas entre amigos se pudiese criticar, en un momento dado, a las grandes multinacionales que tanto especulaban. El infierno siempre son los otros. Los chalés en cuestión apenas se sostenían, claro, pero a la hora de recibir las correspondientes reclamaciones judiciales ya se había cerrado el chiringuito y el dinero se había licuado en el burdo entramado de sociedades preparado para tales contingencias por el ‘jurista’ de turno, además, como los juicios duran años y las sentencias no se ejecutan...


El efecto secundario más pernicioso de la fiesta del ladrillo es que ha socializado la indignidad. Ganar dinero sin trabajar ni haberse formado previamente. Rehuir la mínima conciencia de lo público mediante la defraudación constante. Destrozar el medio ambiente sin ningún recato, con diversos colectivos profesionales –abogados, técnicos ambientales, urbanistas- al servicio del apaño legal mediante informes vergonzosos –sicario del informe, experto en relativismo medioambiental... profesiones de futuro-. Éste ha sido el paisaje moral de España durante los últimos quince años, por decir una cifra. Excepciones, claro que ha habido, gente honesta y trabajadora que se ha dedicado toda la vida a la construcción –y lo seguirán haciendo-, por supuesto que sí. Pero ello no obsta para que comprobemos, una vez más, que en cuanto se descuida la limpieza, el solar patrio se llena de cucarachas.


Ahora toca pagar la factura de esta fiestecilla privada en la que ‘empresarios’ y políticos danzaban y bebían y la banca ponía la orquesta, con la autoridad pública silbando y mirando hacia otro lado. ¿Y cuál es la receta para salir de la crisis? Moderar los salarios –que son los culpables de todo-, facilitar el despido, claro, y bajar impuestos para incentivar la iniciativa empresarial, es decir, el tímido asomo del dinero negro que se estuvo amasando. Entretanto, crisis, mucha crisis, y los sinvergüenzas aprovechando para no pagar a nadie y declarándose insolventes, que lo mueva el juzgado y el que tenga suerte, con la ayuda de dios, que cobre.


Una de las falacias más risibles o indignantes, según el rato, es la frasecilla recurrente de que la construcción “ha dado mucho trabajo”. El trabajo no se da, se contrata. No es un favor, ni una concesión graciable por la que se deba besar el anillo de nadie. El trabajador presta una serie de servicios a cambio de una retribución, según la clásica e inmejorable definición de contrato laboral, en un contexto de mutuo respeto, añadiría yo. Pero esto ya no se lo creé nadie, ni los principales interesados.


Todos vamos a pasarlo mal, pero al mismo tiempo algo nos dice que quizá era necesaria una buena catarsis. Ahora la pelea está en quién debe hacerse cargo de la cuenta y en qué porcentaje. Sin embargo, incluso eso parece secundario frente a las ideas, hábitos y principios que han ido germinando como desgraciadas contraindicaciones del ladrillo. Darles la vuelta costará bastante más que superar la crisis económica.

lunes, 18 de agosto de 2008

Un instante perfecto.






Lamb House. La casa donde vivió Henry James durante unos buenos años, desde 1898 a 1916, y escribió, entre muchas otras cosas, las tres novelas con que alcanzaba la cumbre de su estilo, tres hitos indiscutibles en la historia de la literatura: Las alas de la paloma, Los embajadores y La copa dorada. El año pasado fuimos a Rye, en East Sussex, a visitarla, y tomamos la foto que antecede desde el jardín. Me gusta mirar esta foto en cualquier momento, pero especialmente en los más grises, porque representa para mí una especie de instante de felicidad perfecta. Allí estábamos, después de haber recorrido las habitaciones que admitían la siempre peligrosa inspección de los turistas, sentados en un banco, lejos del mundo, al igual que esos dos caballeros que aparecen en la fotografía, con su porte tan típicamente inglés de eruditos extravagantes o algo así –aunque esto no puede apreciarse demasiado bien-.


En la entrada había una señora de no menos de setenta años que cobraba las entradas y sacaba las vueltas de una especie de caja de latón muy antigua. Apenas tres de los cuartos estaban abiertos, y en ellos había dispersos numerosos objetos, manuscritos –notas de correspondencia, fundamentalmente- y fotografías del maestro, incluido uno de sus bastones de paseo. Debo reconocer que tuve un comportamiento bastante poco digno para un asturiano criado en la cuenca minera. Me quedé sin habla, con el corazón a cien y una cara de lelo que desgraciadamente conservo en documento gráfico. Menos mal que Nuria tomó las riendas, sacó las fotos y me sugirió que tocase alguno de aquellos objetos, lo que hice con bastante reparo, temiendo que la señora del latón o un bobby expresamente traído de la capital me cogiesen por la oreja y me sacasen de allí. Ya en el jardín, luminoso y bien cuidado, resultaba fascinante pensar que el autor había estado paseando por alguno de los cuartos de la planta de arriba mientras dictaba aquellas frases tan certeramente intrincadas que tanto nos han enseñado sobre el arte de la novela y el ser humano de cualquier época.


Estuvimos sentados un buen rato, dejando pasar el tiempo, hojeando algunos libros suyos que habíamos llevado para el viaje en el tren, y luego fuimos a dar una vuelta por el pueblo, una villa encantadora de calles empedradas y antiguas casas con nombre propio. En una librería compré un volumen de David Lodge (‘The year of Henry James’) en el que, junto a ensayos propiamente literarios, cuenta algunas circunstancias divertidas que experimentó durante el proceso de redacción de su extraordinaria novela ‘El autor, el autor’, que por cierto presentó en Rye.


Y es que a nadie le cabe duda de que el fantasma del maestro se pasea por allí, enredado en sus pensamientos, seguramente escandalizado por el comportamiento de los turistas que acudimos a perturbar sus recuerdos, y molesto por la imposibilidad de encarnarse de nuevo y retocar una o dos frases o meras palabras de algún texto en concreto que, con los años, ha acabado por resultarle insatisfactorio.


Si es así, espero que me haya disculpado por haber manoseado su bastón (la culpa fue de Nuria, al fin y al cabo).

Alba y Darío

Los conocimos en el Saturday Night Fiber de este año, habíamos ido a ver a Morrissey, y nos retiramos después del concierto de ‘My bloody Valentine’. Estaban en la salida del recinto del parque Juan Carlos I de Madrid, buscando alguna parada de autobús para regresar al centro. Se acercaron a preguntarnos si sabíamos dónde había una, y en seguida simpatizamos, porque yo llevaba una camiseta con el lema “Xixón”, y la asturianía es algo que crea lazos en cualquier parte como las viejas señales de los masones. Ellos estudiaban en Oviedo, y estaban allí para ver a Morrissey, igualmente. Acabamos llevándolos en nuestro coche hasta el centro, después de perdernos unas cuantas veces, mientras compartíamos más música y gustos comunes. Al despedirnos prometieron que nos llamarían este verano, cuando estuviésemos en Gijón de vacaciones, para asistir al concierto de Lucas 15 en la Plaza Mayor.


No tenían por qué hacerlo, ciertamente. Por edad, podríamos incluso ser sus padres –un tanto precoces, pero padres, a fin de cuentas-, y los favores, por así llamarlo, no tienen por qué devolverse. O es que quizá uno está acostumbrado a la ingratitud, el desapego, el recelo, la falta de espontaneidad, etc. El caso es que, ya en Gijón, en la primera semana de agosto, recibimos varias llamadas en el móvil que no llegamos a ver a tiempo y un mensaje, en la misma tarde del concierto, en el que nos invitaban a pasar por allí. Así lo hicimos, finalmente, y todo fue de lo más agradable. Nos presentaron a todos sus amigos y disfrutamos de un buen rato viendo cómo el cafre de Nacho Vegas atraía un verdadero diluvio sobre Gijón con su pose de ‘estoy aquí tocando por haceros un favor’, actitud maldita que encanta a los malditos de diseño.


Al acabar el concierto dejamos que los chicos continuasen la noche a sus anchas y nos fuimos por nuestro lado, era lo correcto. Pero uno no puede evitar recordar aquello como algo entrañable y, dada la media habitual de comportamiento en la gente de nuestra edad, como algo excepcional. Nos contaron sus planes futuros –los estudios de posgrado iban a separarlos-, y no parecían especialmente temerosos frente a la incertidumbre.


Dado que no soy creyente, me gustaría al menos interceder ante el azar y pedirle que se porte bien con Alba y Darío, gente madura, inteligente y de buen fondo. Y a ellos, desearles que lo que sean dentro de quince o veinte años se parezca lo suficiente a lo que quieran ser en este momento. Creo que Nuria y yo lo hemos conseguido.

sábado, 16 de agosto de 2008

La nueva Grub Street, y la revancha de Melville.

Aquí está la Grub Street victoriana, con lo que
sin duda es el fantasma de una niña, dicho sea de paso.



Otro de los libros más interesantes que he leído en los últimos meses es 'La nueva Grub Street', de George Gissing (Alba Editorial... algún día Luis Magrinyà recibirá el triste homenaje que supone un post exclusivo en este blog perdido en el océano de la red), brutal anticipación -fechada en 1891- de la sociedad literaria contemporánea. Un mundo en el que el talento y el trabajo es sustituido por el arribismo y los contactos. Resulta sorprendente leer los planteamientos del personaje Jasper, autor de 'basura de calidad', como él mismo reconoce. En ningún momento piensa en la literatura como arte, sino como mero negocio en el que debe dar los pasos adecuados en la dirección correcta. Las suyas son decisiones empresariales, que no literarias. Pero el mayor acierto de esta especie de augurio del futuro no está en las respuestas estereotipadas de los editores -apenas han cambiado en un siglo-, la necesidad ineludible de conseguir contactos para adentrarse en la sociedad literaria -que es desgraciado sinónimo de publicar un libro-, la adaptación a los gustos de un público que se analiza desde una perspectiva sociológica, disgregándolo en sectores que requieren productos diversos, la aparición de agentes y profesores de creación literaria... La peor de las profecías, y sin duda exitosa, es el desparpajo con que se defiende y acepta toda esa indignidad. Hasta la propia expresión 'basura de calidad' anticipa el desvergonzado encomio de los llamados 'best-sellers de calidad' que parece obligado en revistas, páginas de crítica y programas de televisión, quizá temerosos de que se les enfade la industria (quede claro que con tal término no se refieren los corifeos a Marías, Vargas Llosa o similares, ciertamente que las ventas no están reñidas con la calidad, pero es que aprovechando que se ha acuñado esa expresión pretende colarse cada truño...). El final de esta excelente novela supone el triunfo de los personajes más ambiciosos -Jasper y Amy- unidos en un paisaje desolado de muerte y miseria. Resulta, desde el punto de vista de la mera narración, un final pesimista. Pero tal ves la venganza literaria del autor consista en mostrar a esos personajes tal como son -y tal como podemos identificarlos en nuestro mundo-, y contraponer sus vulgares y exitosos empeños a los del resto -en especial Rearden y Biffen-.
Por lo demás, la novela está razonablemente bien escrita, aunque la voz narradora resulta confusa en su alcance y la historia avance con ciertos golpes de efecto de fácil uso -muertes repentinas, herencias inesperadas- que llevan a distanciarnos de lo que se cuenta, a tomar conciencia de que leemos uno de esos novelones ingleses, deliciosos y previsibles. Hubiese necesitado un paso más en el camino del arte -paso que da Iris Murdoch, por ejemplo-. Los diálogos son quizá lo mejor, y en todo caso cuenta con ese valor profético que hace que de por sí merezca la pena.
Hablando de venganzas, la biografía de Melville publicada por Seix Barral viene a complementar de algún modo a 'Grub Street'. Lo que no está en la primera -el verdadero porqué del fracaso de Melville- quizá deba interpretarse a la luz de lo que nos cuenta la segunda. Imagino que la sociedad literaria que retrata Gissing se había ido fraguando durante décadas, y habría ido dejando cadáveres en la cuneta como el de Melville. Cuesta creer que los gustos del público no supiesen aceptar su producción narrativa, en especial cuando la historia de la ballena ha acabado convirtiéndose en el mito popular que tan bien refleja Delblanco en las primeras páginas. Tal vez existiesen otros motivos y 'La nueva Grub Street', aun referida a un país distinto, pueda explicárnoslos. Aun así, la revancha de Melville es algo que proporciona consuelo al lector, teniendo en cuenta la extraordinaria vigencia que tienen en nuestros días textos como Bartleby o Billy Budd.

Vila-Matas seduce y destruye.

Uno de los comentarios que con más frecuencia hemos leído acerca del último libro de narrativa de Eduardo Vila-Matas ('Exploradores del abismo', Anagrama) es que con él iniciaba el autor un nuevo camino dentro de su trayectoria tras un cierto agotamiento de las formas y los temas de sus novelas anteriores. Parece ser una de esas ideas que se propagan por la prensa, como derramadas con la tinta aún fresca, y se repiten a modo de práctico formulismo para todo aquel que no se ha tomado la molestia de leer el libro. Porque salvo el formato 'cuento' en vez de 'novela' no hay nada que distinga especialmente este título de los precedentes. Claro que todo podría obedecer a un plan del propio Vila-Matas, que hace de críticos y lectores uno más de sus personajes. A lo largo del libro él mismo especula sobre la nueva dirección que va tomando su narrativa, y todos asentimos. No más metaliteratura, dice, aunque los relatos rebosan de ella, y nosotros asentimos. En realidad juega con el público como consigo mismo, e igualmente de manera exitosa. Me recuerda a aquel personaje de la película Magnolia que tenía métodos infalibles para seducir. Al parecer está preparando nueva novela, aunque en septiembre saldrá un volumen de sus diarios. Cuente lo que nos cuente, nos lo creeremos. Y lo disfrutaremos.

Asociación de Burgueses Suficientemente 'Epatados'





Nunca había visto a la Fura del Bauls, recuerdo cómo los definía Umbral -de las pocas cosas que me han hecho gracia de un autor tan sobrevalorado-: "unos brutos sin mensaje, y además, si te descuidas, te cae una hostia', así que tenía curiosidad por comprobar hasta qué punto resultaban interesantes como propuesta artística. Dejando de lado los tópicos sobre la mayor o menor interacción con el público y el carácter experimental y vanguardista de sus montajes -etiquetas, a fin de cuentas-, asistí a su obra Boris Godunov con una expectación que no se brinda a otros artistas más previsibles. Lo cierto es que me he llevado una sorpresa desagradable precisamente por lo simples y conservadores que son o han acabado siendo. Tal vez no era el montaje más adecuado para introducirse en su mundo, y por eso no me atrevo a enjuiciarlos totalmente, sino tan sólo por lo que he visto: La historia, partiendo de una oscura obra de Pushkin sobre los mecanismos de ascenso y permanencia en el poder, se interrumpe con la entrada en el teatro de unos terroristas que, tal como ocurrió en Moscú con el asalto al Dubrovka, amenazan con matar a todos los presentes si las fuerzas militares no se retiran de su país. El arranque es prometedor, el espectador se convierte de repente en rehén y los secuestradores se despliegan por el patio de butacas urdiendo cables de explosivos y procurando cubrir todas las entradas del edificio. Al tiempo, gracias a unas pantallas de vídeo, vemos cómo la policía o el ejército se acerca apresuradamente al teatro. Planteada así la situación podría crear un efecto inquietante en el público, que no obstante, libre de cualquier peligro físico, se vería incitado a reflexionar sobre lo que ocurre. Si embargo, al poco tiempo, todo se viene abajo por culpa del texto. Los terroristas responden a una serie de estereotipos dibujados con brocha gorda -el líder ilustrado, posibilista y no del todo mal tipo, una especie de Che de nuestro tiempo; el mero psicópata del que no puede salir nada bueno, ni hacia los rehenes ni hacia sus propios compañeros; la joven desorientada ideológicamente que se ha enrolado en el grupo por una suerte de altruismo mal entendido; la agraviada a la que sólo el rencor proporciona consuelo-, esto, que ha sido alabado por algunos medios, resulta torpemente ejecutado por un texto cargado de tópicos y sentimentalismos de película de sobremesa. Me atrevo a decir incluso que el libreto asfixia a los actores y los encierra en el callejón sin salida de una interpretaciones histriónicas, que queriendo ser realistas parecen del todo inverosímiles: esas miradas sostenidas y 'profundas', esos silencios y de repente esas salidas de tono vociferantes que buscan expresar una desesperación con resultado fatalmente teatral... El espectador adopta una distancia excesiva con respecto a la obra, en mi caso tuve la sensación de estar presenciando el típico teatro comercial repleto de parlamentos efectistas. Y es una lástima, porque en el aspecto escenográfico y visual tienen sobradas fuerzas, pero me temo que les ocurre lo que a buena parte del cine contemporáneo: directores que carecen de la suficiente experiencia lectora que les permita encarar un texto con una mínima pericia narrativa, y que en vez de echar mano de colaboradores se empeñan es escribir sus guiones -ay nuestro Pedro!!!-, cuando los resultados serían mucho mejores si se limitasen a dirigir, que es lo suyo. Esto se aprecia muy bien en el doble rasero con que juzgan a los clásicos: los del cine pertenecen sin duda al canon socialmente admitido, pero cuando hablan de referencias literarias se permiten incluir productos de moda sin ningún interés.


En definitiva, Boris Godunov se queda en una más de las obras facilonas destinadas a aquello que se llamaba 'epatar al burgués'. Pero dado que el intento se lleva repitiendo durante decenios, animo a la Asociación Mundial de Burgueses Suficientemente Epatados para que emita un comunicado en el que pida que cesen los hostigamientos a su conciencia: ya la tienen suficientemente inquieta, y prometen seguir acudiendo a este tipo de obras, o a películas similares, o leer libros de ese calibre, y exclamar al final: "qué dura, eh, decía verdades como puños, esto nos ha de llevar a reflexionar sobre qué mundo estamos construyendo...".

viernes, 15 de agosto de 2008

'Crematorio', de Rafael Chirbes

Una de esas novelas irritantes por lo que pudo haber sido y no fue. Una mesa de delicadas formas decorativas que cojea y resulta de uso imposible. La prosa es excelente, la caracterización de los personajes perfecta, pero la sucesión de monólogos provocados por un hecho concreto acaban por fatigar al lector, que en seguida comprende que nada se desarrolla, el novelista es una especie de notario que da fe de lo que ocurre en un momento dado con técnica exquisita y mucha profundidad, pero al final todo parece un artificio creado en aras de dar forma literaria a un discurso que bien podría quedarse en político, periodístico o sociológico. En realidad no crea personajes, sino que caracteriza arquetipos, e introduce la mano en su cuerpo de madera para hacerlos hablar. Me recuerda a Lobo Antunes, son autores de un solo libro, y uno no entiende la incompatibilidad entre su estilo y la narración -especialmente cuando no faltan ocasiones en que la intentan con extremo pudor, como pidiendo perdón-. Esta clase de libros precisan siempre de una reseña que los complete, algo del estilo 'impresionante retrato generacional', 'fotografía de un país y de una época' o 'magistral exploración de la memoria colectiva'. Sí, Crematorio es todo eso pero podría y tal vez debería ser algo más. Quizá lo intente con otras novelas de este autor. Recuerdo que hace años leí un libro suyo de ensayos en Anagrama, bastante interesante. Tengo "La larga marcha", que provocó ácidas críticas de manera casi unánime, así que a lo mejor me decido por él -teniendo en cuenta las también unánimemente elogiosas que ha recibido la última-.
Entretanto, y alternándolo con Iris, leo a ratos los cuentos de Ricardo Menéndez Salmón ('Gritar', en Lengua de Trapo). Una voz disonante en la nueva narrativa española por la calidad de su prosa y su -me temo- insolente invocación de la tradición literaria. Recuerdo una entrevista genial en Quimera, donde sacaba los colores a los adocenados 'congresistas' de la última tribu novelesco-juvenil.

Ivy Comptom-Burnett

El segundo descubrimiento del año. 'Una herencia y su historia' (Lumen) es uno de esos libros que te descolocan por completo, y ante los que tienes la sensación de vivir una experiencia inédita. Hace años había empezado a leer una novela suya que había publicado Anagrama, y ya había apreciado sus mejores virtudes: la tensión casi insoportable de su escritura dialogística, llena de sugerencias y oscuros trasfondos, el uso de la elipsis, que provoca que la historia vaya avanzado en capítulos adustos que carecen de otras referencias que las esparcidas en el discurrir de las conversaciones, y que van marcando la historia como hachazos... Hay tanta violencia y sordidez enterradas en esas charlas de salón de té que uno a veces llega a dudar de que esté pasando lo que cree que está pasando. Así ocurre en el final, que -de nuevo una autora de segundas lecturas obligatorias- te obliga a retroceder y verificar que estás en lo cierto. Resulta fascinante cómo una arquetípica señora inglesa, según dicen sus biógrafos, a la que uno imagina escribiendo envuelta en un chal junto a su taza de té y sus scones, con gesto seco que de inmediato se tornará en la predisposición socialmente exigible -maravilloso, por cierto, el prólogo de Natalia Ginzburg que la retrata con la misma curiosidad y el mismo afecto que a mí me ha suscitado- pueda tener semejante visión despiadada de la condición humana. Pero además de ello es una escritora extraordinariamente dotada desde el punto de vista técnico, y un verdadero regalo para cualquiera que pretenda aprender este arte.

A. S. Byatt


Recientemente he leído un relato excelente de A. S. Byatt, cuyo sentido último sólo se me reveló horas más tarde. Al principio, de hecho, me dejó bastante frío. Se trata de “Material en Bruto”, incluido en “El libro negro de los cuentos” (Alfaguara). El comienzo, con ese aire de comedia sobre el mundo de los talleres literarios, y las sucesivas reacciones de los alumnos ante los ejercicios de una compañera, presagiaban alguna suerte de ligereza que quiebra en un final áspero, excesivamente brusco. Quizá el problema era que los personajes parecían demasiado vivos para ser simple vehículo de un mensaje. Pero tanto éste como la forma en que se nos transmite tienen tanta potencia que pronto te hacen olvidarte de ‘ellos’. En primer lugar la alumna aventajada, minuciosa escritora del pasado, de sus días de colada o de limpieza de la cocina en párrafos benetianos. Como lector busqué el enigma de ella, y el enigma estaba en sus textos, que nos hablaban de un tiempo de orden, delicadeza y previsibilidad. Sus compañeros, por el contrario, nos hablaban de caos y violencia. La resolución del relato nos dice que estaban en lo cierto. La vida es tal como la describen, pero no así la literatura. Los ejercicios de aquella alumna pudieron conmover al profesor, hacerle volver a la escritura, hasta que la vida lo arrastra de nuevo y se encierra en el submundo de la mediocridad. Quizá sea un mensaje pesimista el que nos transmite Byatt. Por un instante, el arte resplandece y hace que todo cambie, sitúa a profesor y alumna en otra escala, varios peldaños por encima del resto. Pero todo se derrumba cuando la realidad imita no ya al arte, sino a las vulgares y efectistas realizaciones de los alumnos. Sólo si ponemos la vista en la tradición, el sentido y la belleza conseguiremos salvar la obra artística, podemos deducir, aunque no a nosotros mismos.

Es curioso que, en este sentido, presente semejanzas con Syllabius, de Benet. Me gusta la interpretación que de él hace Constantino Bértolo en un número que ahora mismo no recuerdo de la revista Quimera. Aunque la conclusión es justamente la contraria: en “Material en bruto” no cae fulminado quien abandona, sino quien precisamente resiste.

La lectura de Byatt me ha llevado a ver la película Premonición, basada en su novela más reconocida, que tiene visos de buen cine, aunque pasó sin pena ni gloria, no se destripaba a nadie en todo el metraje.

Perlas ensangrentadas


Ilustro esta entrada con un anuncio publicitario 'sin complejos'.





Una de las actividades más peligrosas a las que puede dedicarse el lector atento a las noticias y comentarios de prensa es la de coleccionar perlas. Y digo peligrosa porque uno no da abasto, y al final el ordenador, o la carpetilla preparada al efecto, acaba por convertirse en el típico cuarto trastero lleno de objetos del pasado que ya no nos atrevemos a abrir por la contemplación deprimente de tanta inmundicia. No obstante voy a detenerme en dos de ellas, antes de archivarlas, aunque sólo sea por compartir mi estupefacción con los eventuales lectores de este blog.


La primera, y de mayor valor en el mercado del ‘pensamiento con dos cojones’, es este artículo de José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital. El título ya promete y marca el tono de elegancia que caracterizará el artículo: “Palos con gusto no duelen”. Cito algunas frases completamente elocuentes —sobra cualquier interpretación—:


“Convido a las feministas a que hagan suya esta nueva reivindicación "de género": que las mujeres maltratadas que defiendan a su pareja vayan también a la cárcel por incitación pública a la violencia.

¿Qué hacemos, entonces, con esas hembras complacientes que, sin tener miedo de su pareja aunque ésta les pegue, y usando su libre voluntad, piensan que unos apalizamientos de vez en vez les merecen la pena porque a cambio ellas sienten esa íntima satisfacción o comodidad de seguir el tradicional "rol" pasivo, subalterno, el inconfesado placer del sometimiento, de cumplir órdenes sin pensar, tan oscuro pero tan real?

(...) No hace falta leer a William Faulkner para enterarse de que en el profundo sur, tras la guerra civil que manumitió a los esclavos algodoneros, hubo muchos que permanecieron junto a los "massas" del látigo teóricamente como criados y mayordomos, amas de cría y tatas, pero en realidad, de puertas adentro, como lo que habían sido siempre: esclavos. Nunca se habían dedicado a otra cosa y no otra cosa sabían ser. Pero lo peor: no querían tampoco. Y lo hacían con algo que podríamos calificar (con pudor) de gusto. De satisfacción por no desmandarse. El miedo a la libertad, que no vamos a descubrir ahora.”


Una de las cosas que más llama la atención de este tipo de opinantes —al decir ‘este tipo’ creo que todos nos entendemos— es la elección de los temas sobre los que se ocupan: si se trata de asuntos de género no hablarán sobre los cadáveres que debemos enterrar todas las semanas, ni sobre las desigualdades salariales, el acoso sexual, las políticas educativas que durante siglos —y en este país nuestro, especialmente durante cuarenta años— han mantenido el statu quo de prevalencia masculina, etc. No. Lo que más les preocupa son las ‘hembras’ que no denuncian y parecen disfrutar de su sumisión. Si se trata de hablar de relaciones laborales, siempre habrá algún recuerdo a los liberados sindicales o los trabajadores que se acomodan en el cobro del paro. Si hay que hablar de inmigración, qué podemos decir: bandas organizadas, utilización abusiva de la Seguridad Social... Es claro que la elección de los motivos define a un escritor, pero con independencia de ello, son contenidos como los de este artículo los que despejan cualquier duda.

Uno de los argumentos favoritos de los fundamentalistas de la libertad es el de que, siendo el hombre —y la hembra— libres por naturaleza, o porque lo diga la Constitución, cualquier circunstancia real de sometimiento, acoso o explotación viene a ser culpa suya. En el concreto caso de las cuestiones de género, si las entrevistas de trabajo son sexistas e humillantes, si las condiciones laborales son discriminatorias, o si sufren agresiones de su pareja, lo que se les dice es algo así: “mire usté, el ordenamiento jurídico la protege, acuda usté a los tribunales”. El Estado, a través de la legislación, no debe intervenir nunca en el normal desenvolvimiento de la sociedad, han de ser los propios individuos los que se defiendan a través de los mecanismos jurídicos pertinentes. La lógica es aplastante. Imaginémoslo a través de un pequeño diálogo:


-Buenas, tardes, apreciado jefe. ¿Puedo pasar?
-Claro, claro, pase.
-Mire, es que dado que hace diez minutos me ha metido usted mano y me ha amenazado con que si no teníamos relaciones sexuales me comenzaría a encomendar labores humillantes y muy por debajo de mi categoría profesional, he decidido acudir a los tribunales en defensa de mis derechos e intereses legítimos.
-Ah, muy bien.
-Se lo comento porque al tener una hipoteca creciente y dos chiquillos me preocuparía que por esta reclamación pudiesen despedirme de inmediato, en vez de echarlo a usted, como debería ocurrir. El shock emocional y los problemas de autoestima que pueda ocasionarme su abuso los superaré, pero temo lo que pueda ocurrir con mi puesto de trabajo, para el que estoy plenamente capacitada y he desempeñado durante años con responsabilidad. Además, el juicio puede prolongarse durante mucho tiempo... Y algunas compañeras me han comentado que las que denuncian pueden verse demonizadas de inmediato en un sector que dirigen personas como usted, a las que no le gustan las mujeres embarazadas o conflictivas, que viene a ser lo mismo.
-No se preocupe, acuda usted a los tribunales en defensa de sus derechos e intereses legítimos y el juez tomará la decisión más justa y conforme a derecho. Entretanto todo seguirá igual en el trabajo, nada debe usted temer por mi parte y por la de mis colegas del sector. Precisamente este fin de semana tengo cena con la Peña de Directivos Priápicos y les comentaré que continúen confiando en su capacidad profesional pese a esta denuncia, para el improbable caso de que deba usted abandonar su trabajo.
-Me quedo tranquila, nuestros argumentos se confrontarán ante la ley y ambos aceptaremos la decisión que se adopte caballerosamente.


Este diálogo chusco podemos aplicarlo a cualquier situación de abuso asociado a superioridad que se nos ocurra, y en cualquiera de los ámbitos a que nos hemos referido. Según esto, los miembros de determinadas razas, los homosexuales y lesbianas, los niñ@s que sufren acoso escolar, etc., padecen esas situaciones por una insana afición al sometimiento. Son como una especie infrahumana, nacida para obedecer a otros e incapaz de superarse, por lo que deben cargar con un alto porcentaje de culpa en sus desgracias.


Pero lo cierto es que en el concreto caso de los individuos de color —sí, yo practico el lenguaje políticamente correcto, y estoy orgulloso de ello— las cosas han cambiado mucho. Es difícil que nadie, en las sociedades modernas, se burle de un negro por el solo hecho de serlo. Hace mucho tiempo que la igualdad entre razas se encuentra fuera de discusión. Pues bien, esto no ha ocurrido porque cuatro individuos hayan acudido a los tribunales, sino por una acción efectiva, intensa y permanente en defensa de los derechos del ser humano. Una acción que se ha concretado en leyes y políticas educativas a favor de los discriminados. Exactamente lo mismo que ha de hacerse con los asuntos que afectan al género. Tan sólo después de muchos años en que se haya enseñado a las mujeres, desde niñas, que son iguales al hombre en todos los sentidos —no basta con darlo por supuesto—, y que no han de consentir discriminación alguna, podremos ocuparnos de gravísimo problema de las ‘aficionadas a la sumisión’. Hasta entonces sería deseable una mínima decencia intelectual.




La segunda ‘perla’ es de más difícil localización. Aparece en la revista profesional de los Graduados Sociales y la firma el director de una escuela de negocios. El artículo se titula “Mujer y liderazgo”, y pretende ser buenrollista y defensor de la mujer en los siguientes términos, en los que me permito intercalar algunos comentarios:


“(…) el balance se inclina muy desequlibradamente hacia el hombre, sólo un 7 por 100 de empresas están dirigidas por mujeres.
¿En qué puede mejorar la mujer para llegar a los puestos de responsabilidad?”

(Es decir, si sólo existen mujeres directivas en ese ridículo porcentaje, es que algo están ellas haciendo mal, cómo ayudarlas a mejorarlo. El autor tiene algunas respuestas:)


“Las mujeres tienen que mejorar su red de contactos, deben concienciarse de que para triunfar en cualquier ámbito hay que dedicarse a fomentar una red de relacione públicas que pueden ser la clave del éxito (…)”


(¡Acabaramos! ¡Los contactos, ahí estaba la clave! Es que las tías se enrollan poco, no son mucho de salir a tomar cervezas con los compañeros, tienen la nefasta manía de comer en casa, con su familia o simplemente con su pareja, y a veces por que les da por ocuparse de sus hijos, incluso suelen practicar el nefasto hábito de estudiar y prepararse profesionalmente… ¡Cómo no se han enterado de que este es el país de los contactos! ¡Nenas, hay que comer y cenar más con los colegas!)


“Convendría también concienciar a las mujeres de que tan negativo como ser machista es ser feminista, hay mujeres que aprovechan su posición de poder para intentar una revancha histórica, frente al hombre que ha adoptado una posición relevante a lo largo de la historia. Erradique la mujer líder de su pensamiento todo lo que tenga que ver con el resentimiento o la venganza”


(Cuánto tenemos que agradecer a analistas tan sesudos cómo este el que afronten uno de los graves problemas de nuestro tiempo: el revanchismo y los ocultos deseos de venganza de las mujeres directivas. Por otro lado, es claro que tan malo es ser machista como feminista, explotador como reivindicativo, nazi como perseguidor de nazis, fascista como defensor de los derechos civiles… la clave es eso, hombre, los contactos, el buen rollo y aquí no pasa —ni ha pasado— nada.)


“(…) la mayoría de las directivas están en contra de la ley de igualdad pues piensan que acceden al puesto, no por los méritos, el esfuerzo, la brillantez, la excelencia de su trabajo, sino por la cuota a cubrir; por otra parte, muchas de ellas reconocen que las zancadillas profesionales vienen a veces de las mismas mujeres”


(Aquí nuestro autor pasa de ser un articulista ingenioso de dudosa sintaxis a un verdadero teórico de las libertades, pero tan sólo nos gustaría comentarle un par de cuestiones: primera, la ley de igualdad no es ‘una ley de cuotas’ —es aconsejable leerse las cosas de las uno va a hablar—, las diversas acciones que se hacen imprescindibles en materia de género no se limitan a la caricatura de ‘mitad hombres, mitad mujeres’; y en segundo lugar, me gustaría realizar un ruego o llamamiento a todo aquel que se dedique a analizar la actualidad en cualquier medio y con cualquier difusión: ¿sería posible que se tratasen los temas con un mínimo de rigor?, ¿es razonable que los juicios se formulen con base en lo que dos o tres personas de nuestro entorno nos comentan?, ¿cabe extraer conclusiones generales a partir de casos aislados? Dicen las mujeres directivas que son otras mujeres las que les ponen las peores zancadillas; dicen las mujeres directivas que están en contra de cualquier tipo de cuota; dice mi prima Paqui que no existe el cambio climático porque las plantas de su terraza crecen que es un primor; dice mi cuñao Jose que no hay listas de espera ni colapso en los hospitales porque él fue la semana pasada y lo atendieron estupendamente… Y digo yo, que antes de ponerse a escribir tonterías uno debería tener en cuenta el valor del silencio.)




Esta mañana, como casi todas, nos relatan las noticias un nuevo asesinato machista. En tal contexto artículos tan mentecatos como los precedentes resultan especialmente lamentables. La crítica a las concretas iniciativas de este u otro gobierno, así como al acierto de sus responsables, resulta imprescindible. Pero no es crítica política lo que se entrevé en el lenguaje garrulo de estas lumbreras, sino lo de siempre. Y un valioso recordatorio de la necesidad de la acción pública en este concreto campo.


Queremos tanto a Iris





A medida que pasa el tiempo y uno va leyendo parece cada vez más difícil encontrar a un autor que te suscite esa entrega propia de los descubrimientos de juventud. De ahí el entusiasmo que me provocó ‘El Príncipe Negro’, de Iris Murdoch, novela publicada por Lumen. La lectura de una obra de arte literario suele exigir un poco de paciencia. Si siguiésemos el criterio moderno de que todo aquello que no nos ha ‘enganchado’ a las pocas páginas —y cuál ha de ser la vía de enganche: ¿un argumento destinado a proporcionar distracción al llamado lector medio?, ¿el sentido?, ¿el lenguaje?...— debe ser desechado, ningún clásico, o tal vez muy pocos, pasarían la prueba. ‘El Príncipe Negro’ se hace a menudo pesada, esas páginas de diálogos que no parecen conducir a ninguna parte ni proporcionan información o ayudan a entender a los personajes, ese continuo entrar y salir de los mismos, como en un vodevil, pero con escaso efecto humorístico, los digresiones filosóficas o literarias aparentemente arbitrarias… Poco a poco, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que hay en esas páginas mayor hondura de lo que pueda parecer. Y es que la caracterización de los personajes y las relaciones humanas es mucho más compleja en Murdoch de lo que nos tiene acostumbrada la ficción al uso. Al final, con un magistral giro dramático en las últimas páginas, todo lo anterior vuelve a nuestra memoria, como arrastrado por la fuerza de esa especie de catarsis, y nos damos cuenta de que tenía sentido, hasta los diálogos más prolijos y cansinos, y hasta tal punto que nos vemos obligados a volver atrás y releer, abrumados por la brillantez de la resolución y con una cierta mala conciencia producto de nuestros prejuicios. He estado a punto de abandonar la lectura de esta maravillosa novela, y no es algo que pueda reprochar a su autora. El ‘turno de réplica’ con que finaliza, en el que el resto de los personajes desmienten e interpelan la versión del narrador, es una verdadera delicia. Luego, un epílogo del ‘editor’ —cuya identidad es asimismo discutida por todos, y que llega a plantearse si no habrá un novelista que haya movido los hilos de sus pequeñas miserias— concluye sin concluir una historia en que todo, incluso el título, permanece sometido al juicio de un lector necesariamente activo. Excelente novela, que invita a leer más cosas de esta autora. Me llama la atención que en alguna declaración se haya considerado escritora de ‘novelas tradicionales’. Es evidente que sólo cabe apreciarlas así si nos atenemos al noble sentido con que la palabra ‘tradición’ —pese a la que está cayendo— debe entenderse en literatura.


Aceptando con gusto esa invitación a la lectura de sus novelas, he seguido por “El mar, el mar”, que ganó en 1978 el Broker Prize. Más extensa y deslavazada que la anterior, añade sin embargo un extra a los numerosos atractivos de su prosa: la sorpresa de los párrafos descriptivos que interrumpen las numerosas escenas de interrelación personal —siempre frustrantes para los personajes, como cuerpos extraños que rebotasen al acercarse—, con un lenguaje de la percepción sensorial —el mar, los colores del cielo, las rocas y plantas que rodean la casa— extraordinariamente rico, recuerda algo a ‘Las Olas’ de Virginia Woolf. También es magistral en el uso del punto de vista, algo a lo que ya nos había acostumbrado el narrador de ‘El Príncipe Negro’. En este caso, sin embargo, no resulta replicado por nadie, y debemos atenernos a su desquiciada y mezquina visión de los hechos. Este es otro de los rasgos característicos de la obra de Murdoch: resulta complicado empalizar con la mayoría de los personajes, no es una autora de buenos y malos, sino una exploradora del caos en los sentimientos. En el desarrollo de la conciencia opta por tono menos distanciado que el de Henry James, es más una naturalista divertida que un entomólogo obsesivo, lo que en cierto modo provoca esa adicción en el lector, que se olvida de llegar a alguna parte y se limita a desear que no se acabe. El final de ‘El mar, el mar’ está menos definido que en el caso anterior. Esa perfección en los acabados es algo que le reprocha Pombo en el prólogo de estas ediciones españolas, y es cierto que quizá se trate de una concesión que se compadece mal con la fuerte impresión de vida con que discurre el resto del libro. Pero también se agradece que nos fuerce el gesto por asombro o sonrisa, para que cuando cerremos el libro pensemos en lo mucho que nos ha dado y lo mucho que la queremos por ello.


Ahora estoy con ‘Amigos y amantes’ —curiosa traducción del original The Nice and the Good—, y de nuevo tengo la sensación de querer demorar su lectura para mejor disfrutarla. Ahora la excusa sobre la que giran la patulea de personajes extravagantes, con sus sentimientos confusos y sus obsesiones, es un suicidio cuya causa ha de resolverse. En esta novela emplea la tercera persona, si bien una tercera persona limitada, jamesiana igualmente, lo que le permite abundar en el análisis psicológico. Hasta el momento me está gustando aún más que las anteriores.


Supongo que a todos los lectores de Iris Murdoch les habrá dolido como a mí la imagen que de ella proyecta la desgraciada película de Richard Eyre —pese a contar con un reparto que podía aventurar lo mejor: Kate Winslet y Judi Dench como Iris en sus distintas edades, y un magnífico Jim Broadbent como John Bayley), basada en un libro autobiográfico de su marido que a uno no le quedan ganas de leer. Esta extraordinaria novelista padeció alzheimer en los últimos años de su vida, y la película —e imagino que el libro— no ahora ningún detalle al respecto, y sólo se detiene en su juventud para explicarnos, cómo no, que era un tanto relajada en lo sexual. Es ya muy frecuente esa especie de revisionismo literario que busca detalles sensacionalistas en la vida de autores fallecidos para exponerlos como en un museo teratológico. Pues bien, el principal efecto de esa película es que durante muchos años su nombre haya quedado asociado a esa enfermedad, lo que resulta completamente disparatado. No había reseña a sus libros o su persona en la que no se mencionasen sus padecimientos —la manida escena de los teletubbies, qué estupidez—, así que corríamos el riesgo de olvidarnos de que aquella mujer maravillosa fue la creadora de esas novelas que hoy y dentro de cien años seguirán proporcionándonos placer estético y ayudándonos a entender al ser humano. Parece que las cosas se van corrigiendo, y pasado el humo quedan los libros, y una imagen como la que prece a este texto, que es la forma en que me gusta recordar a la señora Iris Murdoch.






Excusatio non petita

Inicio este blog como uno más de los intentos, a veces patéticos, a veces heroicos, por sostener con firmeza mi bandera frente a la tormenta. El viento me zarandea y la desgarra, el agua socava mi resistencia, pero aquí sigo. Lo hago para acostumbrarme al hecho físico de la escritura, para introducirla en mi vida como una cuña que detenga o entorpezca la fuga continua del tiempo, para echarla de menos cuando no pueda hacerlo e intentar que la narrativa consista en una natural y disimulada prolongación de este otro trabajo.
Comenzaré alternando las entradas del día a día con algunas notas de lecturas que he ido tomando en los últimos tiempos.
Vamos allá, con este breve texto nace un brote más en el infinito campo de narcisos de la blogosfera.